David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 18. Mirada retrospectiva
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¡Mis días de colegial! ¡El silencioso deslizarse de mi exis­tencia! ¡El oculto a insensible progreso de mi vida; de la ni­ñez a la juventud!

Dejadme que piense, mirando hacia atrás, en el agua que corre de aquel río que ahora es sólo un cauce seco y con ho­jas. Quizá a lo largo de su curso podré encontrar aún huellas que me recuerden su correr de antaño.

Y durante un momento volveré a ocupar mi sitio en la catedral, donde íbamos todos los domingos por la mañana, después de reunirnos con tal fin en clase. El olor a tierra húmeda, el aire frío, el sentimiento de que la puerta de la iglesia está cerrada al mundo, el sonido del órgano bajo los arcos blancos de la nave central, son las alas que me sostienen planeando sobre aquellos días lejanos, como si soñara medio despierto.

Ya no soy el último de la clase. En pocos meses he sal­tado sobre varias cabezas. Pero Adams, el primero, me pa­rece todavía una criatura extraordinaria y lejana, colocada en alturas inaccesibles. Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo, porque ella no sabe el talento, la sabiduría que posee Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que Agnes aspira verme llegar algún día. Adams no es mi amigo, ni mi protector, como Steerforth, pero siento por él veneración y respeto; sobre todo me interesa pensar lo que hará cuando salga del colegio, y pienso si habrá en el mundo alguien bastante presuntuoso que se atreva a competir con él.

Pero... ¿a quién recuerdo ahora? A miss Shepherd, a quien amo.

Miss Shepherd es alumna de miss Nitingal, y yo adoro a miss Shepherd. Es una niña de carita redonda y bucles rubios.

Las alumnas de miss Nitingal van también a la catedral los domingos, y yo no puedo mirar a mi libro, pues a pesar mío tengo que estar mirando a miss Shepherd. Cuando el coro canta, me parece oír a miss Shepherd. Introduzco en se­creto el nombre de miss Shepherd en los oficios, lo pongo en medio de la familia real. Y en casa, solo en mi habitación, estoy a punto de gritar: «¡Oh miss Shepherd, miss Shepherd! », en un arrebato de entusiasmo.

Durante cierto tiempo estoy en la mayor incertidumbre, sin saber los sentimientos de ella; pero por fin la suerte me es propicia y nos encontramos en casa del profesor de baile. Miss Shepherd baila conmigo. Toco su guante, y siento un estremecimiento que me sube desde el puño a la punta de los pelos. No digo nada tierno a miss Shepherd, pero nos com­prendemos. Miss Shepherd y yo vivimos en la esperanza de estar un día unidos.

¿Por qué doy a hurtadillas a miss Shepherd doce nueces de Brasil? No expresan cariño; son difíciles de envolver, formando un paquete poco regular; son muy duras y cuesta tra­bajo cascarlas aun en la rendija de una puerta; además la al­mendra es aceitosa. Sin embargo, me parece un regalo con­veniente para ofrecer a miss Shepherd. También le llevo bizcochos calientes y naranjas, muchísimas naranjas. Un día doy un beso a miss Shepherd en el guardarropa. ¡Qué éxta­sis! Y cuál es mi indignación al día siguiente cuando oigo rumores de que miss Nitingal ha castigado a miss Shepherd por torcer los pies hacia adentro.

Miss Shepherd es la preocupación y el sueño de mi vida. ¿Cómo es posible que haya roto con ella? No lo sé. Sin em­bargo, es un hecho. Oigo contar bajito que miss Shepherd se ha atrevido a decir que le fastidia que la mire tanto, y que ha confesado que le gusta más Jones. ¡Jones! ¡Un muchacho que no vale la pena! El abismo se abre entre nosotros. Por último, otro día que me encuentro, mientras paseo, con las alumnas de miss Nitingal, miss Shepherd hace un gesto al pasar y se ríe con su compañera. Todo ha terminado. La pa­sión de mi vida (como a mí me parece que ha durado una vida es como si así fuera) ha pasado; mis Shepherd desapa­rece de los oficios, la familia real no vuelve a saber de ella.

Obtengo un puesto más adelantado en clase y nadie turba mi reposo. Ya no soy amable con las alumnas de miss Nitin­gal, ni me gusta ninguna, aunque fueran dos veces más nu­merosas y veinte veces más guapas. Considero las lecciones de baile como una molestia y me pregunto por qué esas ni­ñas no bailarán solas dejándonos en paz. Me hago fuerte en versos latinos y olvido abrocharme las botas. El doctor Strong habla de mí públicamente como de un muchacho de mucho porvenir. Míster Dick está loco de alegría, y mi tía me envía una guinea en el primer correo.

La sombra de un chico de una camicería aparece ante mí como la cabeza armada en Macheth. ¿Quién es ese mucha­cho? Es el terror de la juventud de Canterbury. Corren rumo­res de que la médula de buey con que unge sus cabellos le da una fuerza sobrenatural, y que podría luchar contra un hom­bre. Es un chico de cara ancha, con cuello de toro, las meji­llas rojas, mal espíritu y peor lengua. Y el principal empleo que hace de ella es hablar mal de los alumnos del doctor Strong. Dijo públicamente que con una sola mano y la otra atada a la espalda era capaz de dar una paliza a cualquiera y nombró a varios (a mí entre otros). Esperaba en la calle a los más pequeños de nuestros compañeros y los machacaba a puñetazos. Un día me desafió en voz alta al pasar por su lado, a consecuencia de lo cual decidí que nos pegásemos.

En una noche de verano, en una verde hondonada, en el rincón de una tapia, nos encontramos. Me acompañan unos cuantos compañeros elegidos; mi adversario ha llegado con otros dos carniceros, un mozo de café y un deshollinador. Terminados los preliminares, el carnicero y yo nos encontra­mos frente a frente. En un instante me hace ver las estrellas asestándome un golpe en una ceja. Un minuto después ya no sé dónde está la tapia ni dónde estoy yo, ni veo a nadie. Pierdo la noción de quién es el carnicero y quién soy yo. Me parece que nos confundimos uno con otro, luchando cuerpo a cuerpo sobre la hierba aplastada bajo nuestros pies. A ve­ces veo a mi enemigo ensangrentado, pero tranquilo; a veces no veo nada y me apoyo sin aliento contra la rodilla de uno de mis compañeros. Otras veces me lanzo con furia contra el carnicero y me araño los puños con su rostro, lo que no pa­rece turbarle lo más mínimo. Por fin, me despierto con la ca­beza mal, como si saliera de un profundo sueño, y veo al carnicero que se aleja arreglándose la blusa y recibiendo las felicitaciones de sus dos compañeros y del deshollinador y del mozo de café, de lo que deduzco, muy justamente, que la victoria es suya.

Me llevan a casa en un estado deplorable, me aplican carne cruda encima de los ojos, me frotan con vinagre y brandy. Mi labio superior se hincha poco a poco de una ma­nera desenfrenada. Durante tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada guapo con la pantalla verde encima de los ojos, y me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una hermana. Simpatiza con mis infortunios, lee para mí en voz alta, y gracias a ella el tiempo pasa rápida y dulcemente. Agnes es mi confidente y le cuento con todo detalle mi aven­tura con el carnicero y todas las ofensas que me había hecho; ella opina que no podía por menos que pegarme, aunque tiembla y se estremece al pensar en aquel terrible combate.

El tiempo pasa sin que yo me dé cuenta, pues Adams no está ya a la cabeza de la clase. Hace ya mucho tiempo que salió del colegio, tanto que cuando vuelve a hacer una visita al doctor Strong soy yo el único que queda de su época. Va a entrar en la Audiencia, y piensa hacerse abogado y llevar pe­luca. Me sorprende que sea tan modesto; además, su aspecto es mucho menos imponente de lo que yo creía y todavía no ha revolucionado el mundo, como yo me esperaba, pues me parece que las cosas siguen lo mismo que antes de que Adams entrara en una vida activa.

Aquí hay una laguna en la que los grandes guerreros de la historia y de la poesía desfilan ante mí en ejércitos innume­rables. Parece que no se acaban nunca. ¿Qué viene después? Estoy a la cabeza de la clase y miro desde mi altura la larga fila de mis camaradas, observando con un interés lleno de condescendencia a los que me recuerdan lo que yo era a su edad. Además, me parece que ya no tengo nada que ver con aquel niño; lo recuerdo como algo que se ha dejado en el ca­mino de la vida, algo al lado de lo que se ha pasado, y a ve­ces pienso en él como si fuera un extraño.

¿Y la niña de mi llegada a casa de míster Wickfield, dónde está? También ha desaparecido, y en su lugar una criatura que es exactamente el retrato de abajo y que no es ya una niña dirige la casa; Agnes, mi querida hermana, como yo la llamo, mi guía, mi amiga, el ángel bueno de todos los que viven bajo su influencia de paz y de virtud y de modes­tia; Agnes es ahora una mujer.

¿Qué nuevo cambio se ha operado en mí? He crecido, mis rasgos se han acentuado y he adquirido alguna instrucción durante los años transcurridos. Llevo un reloj de oro con ca­dena, una sortija en el dedo meñique y una chaqueta larga. Abuso del cosmético, lo que, unido con la sortija, es mala señal. ¿Estaré enamorado de nuevo? Sí; adoro a la mayor de las hermanas Larkins.

La mayor de las hermanas Larkins no es ninguna niña. Es alta, morena, con los ojos negros, y una hermosa figura de mujer. Miss Larkins, la mayor, no es ninguna chiquilla, pues su hermana pequeña no lo es, y la mayor debe de tener tres o cuatro años más. Quizá miss Larkins tenga unos treinta años. Y mi pasión por ella es desenfrenada.

Miss Larkins, la mayor, conoce a muchos oficiales, y es una cosa que me molesta mucho el verla hablar con ellos en la calle, y verlos a ellos cruzar de acera para salirle al en­cuentro cuando ven desde lejos su sobrero (le gustan los sombreros de colores muy vivos) al lado del sombrero de su hermana. Ella se ríe, habla y parece divertirse mucho. Yo paso todos mis ratos de ocio paseando con la esperanza de encontrarla, y si consigo verla (tengo derecho a saludarla, pues conozco a su padre), ¡qué felicidad! Verdaderamente merezco al menos un saludo de vez en cuando. Las torturas que soporto por la noche, en el baile, pensando que miss Larkins bailará con los oficiales, necesitan compensación, y cuento con ella si hay justicia en el mundo.

El amor me quita el apetito y me obliga a llevar constan­temente una corbata nueva; no estoy tranquilo más que cuando me pongo mis mejores trajes y limpio mis zapatos una y otra vez. Así me parece que soy más digno de la ma­yor de las Larkins. Todo lo que le pertenece o se relaciona con ella se me hace precioso. Míster Larkins, un caballero viejo, brusco, con papada doble y uno de los ojos inmóviles en la cara, me parece el hombre más interesante. Cuando no puedo encontrar a su hija voy a los sitios donde tengo esperanzas de encontrarme con él. Le digo: «¿Cómo está usted, míster Larkins? ¿Y las señoras, siguen bien?». Y mis pala­bras me parecen tan reveladoras, que me sonrojo. Pienso continuamente en mi edad; tengo diecisiete años; pero aun­que sean muy pocos para miss Larkins, la mayor, ¡qué me importa! No tardaré en tener veintiuno. Al atardecer me pa­seo por los alrededores de casa con míster Larkins, aunque me destroza el corazón ver a los oficiales que entran en ella y oírles en el salón donde miss Larkins está tocando el harpa. En varias ocasiones me he paseado por allí tristemente, cuando ya todos estaban acostados y tratando de adivinar cuál será la habitación de la mayor de las Larkins (y confun­diéndola de fijo con la de su padre). A veces desearía que hubiera fuego en la casa para atravesarla entre la gente in­móvil de terror y apoyando una escala en su ventana salvarla en mis brazos. Después me gustaría volver a buscar algo que ella hubiera olvidado y morir entre las llamas. Por lo general era muy desinteresado en mi amor y me conformaba con ex­pirar ante miss Larkins haciendo un gesto noble. Por lo ge­neral era así; pero no siempre. A veces tenía pensamientos más alegres, y mientras me visto (ocupación de dos horas) para un gran baile que van a dar los Larkins y por el que sus­piro hace semanas, dejo a mi espíritu libre, en sueños agra­dables, y me figuro que tengo el valor de hacer una declara­ción a miss Larkins y me la represento reclinando su cabeza en mi hombro y diciendo: «¡Oh míster Copperfield! ¿Puedo dar crédito a mis oídos?»; y me figuro a míster Larkins espe­rándome a la mañana siguiente y diciéndome: « Querido Copperfield, mi hija me lo ha contado todo, y su excesiva juventud no es un inconveniente. ¡Aquí tenéis veinte mil li­bras y sed felices!». Me imagino a mi tía cediendo y bendi­ciéndonos y a míster Dick y al doctor Strong presenciando la ceremonia de nuestro matrimonio. Creo que no me falta sentido común ni modestia; lo creo pensando en mi pasado; sin embargo, hacía aquellos planes.

Entro en la casa encantada, donde hay luces, charlas, mú­sicas, flores y oficiales (los veo con pena), y la mayor de las Larkins, radiante de belleza. Está vestida de azul y con flo­res azules en sus cabellos (no me olvides), como si ella nece­sitara «no me olvides». Es la primera fiesta de importancia a que he sido invitado y estoy muy cohibido, porque nadie se ocupa de mí ni parece que tengan nada que decirme, excepto míster Larkins, que me pregunta por mis compañeros de co­legio. Podría haber evitado el hacerlo, pues no he ido a su casa para que se me ignore.

Después de permanecer en la puerta durante cierto tiempo y recrear mis ojos con la diosa de mi corazón, ella se acerca a mí, ¡ella!, la mayor de las Larkins y me pregunta con ama­bilidad si no bailo.

-Con usted sí, miss Larkins.

-¿Con nadie más? -me pregunta ella.

-No tengo gusto en bailar con nadie más.

Miss Larkins ríe ruborizada (por lo menos a mí me lo pa­rece) y dice:

-Este baile no puedo; el próximo lo bailaré con gusto.

Llega el momento.

-Creo que es un vals -dice miss Larkins titubeando un poco cuando me acerco a ella- ¿Sabe usted bailar el vals? Porque si no, el capitán Bailey...

Pero yo bailo el vals (y hasta me parece que muy bien) y me llevo a miss Larkins, quitándosela al capitán Bailey y haciéndole desgraciado, no me cabe duda; pero no me importa. ¡He sufrido tanto! Estoy bailando con la mayor de las Larkins... No sé dónde, entre quién, ni cuánto tiempo; sólo sé que vuelo en el espacio, con un ángel azul, en es­tado de delirio, hasta que me encuentro solo con ella sen­tado en un sofá. Ella admira la flor (camelia rosa del Japón; precio, media corona) que llevo en el ojal. Se la entrego di­ciendo:

-Pido por ella un precio inestimable, miss Larkins.

-¿De verdad? ¿Qué pide usted? -me contesta miss Larkins.

-Una de sus flores, que será para mí mayor tesoro que el oro de un avaro.

-Es usted muy atrevido -dijo miss Larkins-,tome.

Me la dio con agrado. Yo la acerqué a mis labios, y des­pués me la guardé en el pecho. Miss Larkins, riendo, se agarró de mi brazo y me dijo:

-Ahora vuelva usted a llevarme al lado del capitán Bailey.

Estoy perdido en el recuerdo de la deliciosa entrevista y del vals, cuando la veo dirigirse hacia mí, del brazo de un caballero de cierta edad que ha estado jugando toda la noche al whist. Me dice:

-¡Oh! Aquí está mi atrevido amiguito. Míster Chestler desea conocerle, míster Copperfield.

Noto enseguida que debe de ser un amigo de mucha con­fianza y me siento halagado.

-Admiro su buen gusto -dice míster Chestier-, le honra. No sé si le interesará a usted el cultivo de tierras; pero poseo una finca muy grande, y si alguna vez le apetece acer­carse por allí, por Ashford, a visitarnos, tendremos mucho gusto en hospedarle en casa todo el tiempo que quiera.

Doy a míster Chestier las gracias más efusivas y le estre­cho las manos. Creo estar en un sueño de felicidad, bailo otro vals con la mayor de las Larkins -¡dice que bailo tan bien!- y vuelvo a casa en un estado de beatitud indescripti­ble. Toda la noche estoy bailando el vals en mi imaginación, enlazando con mi brazo el tape azul de mi divinidad. Du­rante varios días sigo perdido en extáticas reflexiones; pero no la veo en la calle ni en su casa. Me consuela de ello el re­cuerdo sagrado de la flor marchita.

-Trotwood -me dice Agnes un día después de cenar-, ¿a que no lo figuras quién se casa mañana? Alguien a quien admiras.

-¿Supongo que no serás tú, Agnes?

-Yo no -contesta levantando su rostro risueño de la música que estaba copiando- ¿Lo has oído, papá? Es miss Larkins, la mayor.

-¿Con... con el capitán Bailey? -tengo apenas la fuerza de preguntar.

-No, con ningún capitán; con míster Chestler, que es un agricultor.

Durante una o dos semanas estoy abatido. Me quito la sortija, me pongo las peores ropas, dejo de usar cosmético y lloro con frecuencia sobre la flor marchita que fue de miss Larkins. Al cabo de aquel tiempo observo que me cansa ese género de vida, y habiendo recibido otra provocación del carnicero, tiro la flor, le cito, nos pegamos y le venzo con gloria. Esto y la reaparición de mi sortija y el use moderado del cosmético son las últimas huellas que encuentro de mi llegada a los dieciocho años.