David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 30. Una desgracia
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Llegué por la noche a Yarmouth y me dirigí a la posada. Sabía que la habitación reservada por Peggotty, «mi habita­ción», sería ocupada pronto por otro, si es que el terrible «visitante» a quien todos los vivos tienen que dejar el sitio no había llegado ya a la casa. Me dirigí, por lo tanto, a la po­sada para comer y alquilar un cuarto.

Eran las diez de la noche cuando salí. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, y el pueblo estaba triste. Cuando llegué ante la casa de Omer y Joram las ventanas estaban cerradas, pero la puerta de la tienda estaba abierta todavía. Como veía a lo lejos a míster Omer, que fumaba su pipa cerca de la puerta de la trastienda, entré y pregunté cómo es­taba.

-Por mi alma, ¿es usted? --dijo míster Omer-. ¿Cómo está usted? Siéntese. ¿Supongo que el humo no le molestará.

-Nada de eso; al contrario, me gusta... en la pipa de otro.

-¿En la suya no? --dijo míster Omer riendo-. Tanto mejor, caballero; es mala costumbre para los jóvenes. Sién­tese. Yo si fumo es a causa del asma.

Míster Omer había adelantado una silla para mí, y se vol­vió a sentar sin aliento, aspirando el humo de su pipa como si esperase encontrar en ella el soplo necesario a su existencia.

-Estoy muy preocupado con las malas noticias que me han dado de Barkis- le dije.

Míster Omer me miró con aire grave, sacudiendo la ca­beza.

-¿Sabe usted cómo está ahora? -pregunté.

-Esa es precisamente la pregunta que le hubiera hecho -dijo míster Omer-, si no hubiera sido por un sentimiento de delicadeza. Es una de las cosas molestas de nuestro ofi­cio. Cuando hay algún enfermo, no podemos preguntar cómo sigue.

Era una dificultad que no había previsto; había temido, al entrar, oír el antiguo martillo. Sin embargo, puesto que míster Omer había tocado aquella cuerda, yo no podía por menos de aprobar su delicadeza.

-Sí, sí; ¿comprende usted? -dijo míster Omer con un movimiento de cabeza-. No nos atrevemos. Sería un golpe del que muchos no se repondrían si oían decir: «Omer y Jo­ram le saludan y desean saber cómo se encuentra usted», hoy por la mañana, hoy por la tarde, según la ocasión.

Asentí con la cabeza, y Omer tomando aliento con ayuda de su pipa, continuó:

-Es una de las cosas del oficio que nos impiden tener muchas atenciones que de buena gana tendríamos a veces -dijo míster Omer-. Vea usted, por ejemplo: hace cua­renta años que conozco a Barkis. Si no he salido a hablarle toda las veces que pasaba por aquí, no he salido ninguna; pues bien, ahora no puedo ir a preguntar cómo sigue.

Convine con míster Omer que era muy desagradable.

-Y que no estoy yo menos cerca de ello que otro, mí­reme. La respiración me faltará uno de estos días y no es probable que esté muy interesado en la situación en que es­toy. Digo que no es probable, tratándose de un hombre que sabe que cualquier día puede faltarle la respiración, y más todavía si ese hombre es abuelo ---lijo míster Omer.

-No es nada probable -dije.

-Tampoco es que me queje de mi oficio -dijo míster Omer-. Todo tiene sus pros y sus contras; eso ya se sabe: todo lo que yo pediría es que se educara a la gente de ma­nera que tuviera el espíritu un poco más fuerte.

Míster Omer fumó un instante en silencio con aire de bon­dad y complacencia; después dijo volviendo a su primer asunto:

-Estamos obligados a contentamos con saber las noti­cias de Barkis por Emily. Ella sabe nuestra verdadera inten­ción y no tiene más escrúpulos ni sospechas que si fuéramos corderitos. Minnie y Joram acaban de ir a casa de Barkis, donde ella va también en cuanto termina su trabajo, para ayudar un poco a su tía. Han ido a saber del pobre hombre; si quiere usted esperar su vuelta, traerán noticias. ¿Quiere usted tomar algo? ¿Un ponche con ron? ¿Quiere usted to­marlo conmigo, pues es lo que bebo siempre mientras fumo? -dijo míster Omer cogiendo su vaso-. Dicen que es bueno para la garganta y que facilita esta desgraciada respiración. Pero, ¿sabe usted? -continuó con voz ronca-, no es el conducto lo que está en mal estado. Es lo que yo le digo siempre a Minnie: «Dame el soplo, hija mía, y yo me encar­garé de encontrarle paso, querida».

Verdaderamente tenía el aliento tan corto que asustaba el verle reír. Cuando recobró la palabra le di las gracias por el ponche que me había ofrecido, y que rechacé diciendo que acababa de comer; pero añadí que, puesto que tenía la amabilidad de invitarme, esperaría la vuelta de su yerno y de su hija; después le pedí noticias de la pequeña Emily.

-A decir verdad -dijo míster Omer dejando su pipa para poder frotarse la barbilla-, yo cstrré más tranquilo cuando se haya casado.

-¿Por qué? -pregunté.

-Porque está inquieta -dijo míster Omer-. No es que no esté tan bonita como antes; al contrario, más bonita que nunca; ni es que trabaje menos; al contrario, valía por seis obreras y sigue valiéndolo; pero ella quiere alegría. ¿Com­prende usted lo que quiero decir? -continuó míster Omer fumando un poco y restregándose después la barbilla-. Lo que se entiende en general por la expresión: «Vamos, ¡fuerte, valiente!, ¡un buen golpe de remo!, ¡otro buen golpe!, ¡hurra! » . A esto es a lo que me refiero que, en general, le falta a Emily.

El rostro y los ademanes de míster Omer eran tan expresi­vos, que pude, en conciencia, hacerle un gesto expresando que le comprendía. Mi vivacidad de comprensión pareció gustarle, y siguió:

-Ahora bien; yo considero que la principal causa de esto es el estado transitorio en que está. He hablado a menudo de esto con su tío y con su novio por las noches, después del trabajo, y considero que es la principal causa de su inquie­tud. Usted recordará siempre -prosiguió míster Omer- que Emily es una criaturita extraordinariamente afectuosa. El proverbio dice que no se puede hacer una bolsa de seda con la oreja de una trucha. Yo no sé nada; pero creo que, en efecto, sí se puede; la cosa es tener tiempo. Y usted sabe que ha hecho de ese viejo barco una morada que vale más que un palacio de piedra y mármol.

-Estoy seguro --dije.

-El ver a esa linda chiquilla acercarse a su tío, ver cómo cada día está más unida a él, es conmovedor. Y cuando sucede así es porque hay lucha, y ¿para qué prolongarla inútilmente?

Yo escuchaba atento al buen anciano, aprobando de todo corazón cuanto decía.

-Y por eso les he dicho --continuó míster Omer en tono de bondad y condescendencia-: «No consideréis el apren­dizaje de Emily como un compromiso; podéis hacer lo que queráis. Sus servicios me han producido más de lo que me esperaba; Omer y Joram pueden borrar el resto del tiempo convenido, y estará la niña libre el día que les convenga a ustedes. Si después ella quiere arreglarse con nosotros para hacernos algún trabajo en su casa, muy bien; si no le con­viene, también muy bien». De todas maneras, no nos perju­dica, pues sabe usted --dijo míster Omer tocándome con su pipa- no hay cuidado de que un hombre tan corto de resue­llo como yo, y que además tiene nietos, vaya a oprimir a un hermoso pajarito de ojos azules como ella.

-No, no; no hay cuidado; ya lo sabemos -dije.

-No, no; tiene usted razón -dijo míster Omer-. Pues bien; su primo... ¿ya sabe usted que es su primo con quien se va a casar?

-¡Oh, sí! -repliqué-. Le conozco muy bien.

-Naturalmente -repuso míster Omer-; su primo, que está en buena posición y que tiene mucho trabajo, y después de haberme dado las gracias cordialmente (y debo decir que su conducta en este asunto me ha dado la mejor opinión de él), su primo ha alquilado una casita, la más confortable que pueda imaginarse. Esa casita está amueblada de arriba abajo y arreglada como si fuera de muñecas; y creo que si el pobre Barkis no se hubiera puesto tan malo, a estas horas estarían casados; pero eso lo ha retrasado.

-Y Emily, míster Omer -pregunté-, ¿está ahora más tranquila?

-Pues ¿sabe usted? -repuso acariciándose la papada-. Como es natural, no puede esperarse que se tranquilice es­tando a punto de cambiar y de separarse, y todo eso. La muerte de Barkis no lo retrasaría demasiado, pero sí su es­tado crónico de enfermedad. En todo caso, es una situación equívoca, como puede usted ver

-Sí, lo veo.

-En consecuencia, Emily está un poco preocupada, y hasta inquieta, quizá más que nunca. Parece amar cada vez más a su tío y sentir más vivamente el separarse de todos no­sotros. Si le digo una palabra bondadosa se le saltan las lá­grimas, y si usted la viera con la niña de Minnie, no podría olvidarlo jamás. Es extraordinario -dijo míster Omer re­flexionando- lo que quiero a esa niña.

La ocasión me pareció propicia para preguntarle a míster Omer, antes de que volvieran Minnie y su yerno a interrum­pimos, si sabía algo de Martha.

-¡Ah! -dijo sacudiendo la cabeza con abatimiento, Nada bueno. Es una historia triste por cualquier lado que se mire. Nunca he creído que esa muchacha esté corrompida; no lo diría delante de mi hija Minnie; se enfadaría; pero yo no lo he creído nunca.

Míster Omer percibió los pasos de su hija, que yo no ha­bía sentido todavía, y me tocó con la pipa, guiñándome un ojo como advertencia. Casi enseguida entró Minnie con su marido.

Traían la noticia de que Barkis estaba cada vez peor; que había perdido el conocimiento, y que míster Chillip había dicho tristemente en la cocina, al marcharse no hacía cinco minutos, que toda la escuela de Medicina, la de Cirugía y la de Farmacia reunidas no podrían salvarle. En primer lugar, los médicos y cirujanos no podían ya nada, había dicho míster Chillip, y todo lo que los farmacéuticos pudieran ha­cer sería envenenarle.

Al oír esta noticia y saber que mister Peggotty estaba en casa de su hermana decidí irme enseguida. Di las buenas no­ches a míster Omer y a míster y mistress Joram y tomé el ca­mino de casa de Peggotty con una seria simpatía por Barkis, que lo transformaba completamente a mis ojos.

Llamé dulcemente a la puerta y míster Peggotty vino a abrirme. El verme no los sorprendió tanto como yo espe­raba. Lo mismo observé en Peggotty cuando apareció, y es una cosa que he recordado después muy a menudo, pensando que en la espera de aquel terrible desenlace cualquier otro cambio o sorpresa no significaban nada.

Estreché la mano a míster Peggotty y entré en la cocina mientras él cerraba suavemente la puerta. La pequeña Emily, con la cabeza entre las manos, estaba sentada delante del fuego. Ham estaba de pie a su lado.

Hablábamos bajo y escuchábamos de vez en cuando los ruidos de la habitación de encima. Durante mi última visita no había pensado en ello; pero ahora ¡qué extraño se me ha­cía no ver a Barkis en la cocina!

-Ha sido usted muy bueno viniendo, señorito Davy -me dijo míster Peggotty.

-¡Oh, sí, muy bueno! --dijo Ham.

-Emily -dijo míster Peggotty-, mira, querida, aquí está el señorito Davy. Vamos, ¡valor, hija mía! ¿No dices nada al señorito Davy?

Emily temblaba con todos sus miembros. Todavía la veo. Su mano estaba helada cuando la toqué; todavía la siento. No hizo más movimiento que retirarla; después se deslizó de su silla y, acercándose dulcemente a su tío, se inclinó sobre su pecho sin decir nada, temblando siempre.

-Tiene un corazoncito tan bueno --dijo míster Peggotty acariciando sus lindos cabellos con su mano callosa-, que no puede soportar esta pena. Es muy natural: los jóvenes, se­ñorito Davy, no están acostumbrados a esta clase de pruebas y tienen la timidez de este pajarillo; ¡es natural!

Emily se estrechó contra su pecho sin decir una palabra ni levantar la cabeza.

-Es tarde, hija mía, y Ham te espera para llevarte a casa. Anda, vete con él; ¡también él tiene un corazón de oro! ¿Qué, Emily? ¿Qué dices, cariño mío?

El sonido de su voz no llegó a mis oídos; pero él bajó la cabeza como escuchando, y después dijo:

-¿Quieres quedarte con tu tío? ¡Vamos, de ninguna ma­nera! ¿Quedarte con tu tío, chiquilla, cuando el que va a ser tu marido dentro de unos días está aquí para llevarte a casa? Vamos; nadie lo creería al ver a esta chiquilla al lado de un viejo gruñón como yo -dijo míster Peggotty mirándonos a los dos con un orgullo infinito-; pero el mar no contiene más sal que el corazón de la pequeña Emily contiene de ter­nura para su tío; ¡locuela!

-Emily tiene razón, señorito Davy -dijo Ham-; y puesto que Emily lo desea y está un poco inquieta y asus­tada, la dejaré aquí hasta mañana por la mañana. Pero per­mítanme que me quede también.

-No, no -dijo míster Peggotty-; no puede ser; ya es casi como si estuvieras casado, y no puedo perder un día de trabajo, ni tampoco velar esta noche y trabajar mañana. Vuélvete a casa. ¿Es que temes que no te cuidemos bien a Emily?

Ham cedió a aquellas razones y cogió su sombrero para marcharse. Hasta en el momento en que la besó (y yo no le veía nunca acercarse a ella sin pensar que la naturaleza le había dado un corazón de caballero), Emily parecía apre­tarse más contra su tío, tratando de evitar a su novio. Cerré la puerta tras de él, para no turbar el silencio que reinaba en la casa, y al volverme vi que mister Peggotty todavía estaba hablando a su sobrina.

-Ahora -le decía- voy a subir a decir a tu tía que el señorito Davy está aquí; eso la consolará. Siéntate al lado del fuego entre tanto, querida mía, y caliéntate las manos, que las tienes como el hielo. Pero ¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de ese modo? ¿Qué? ¿Que quieres su­bir conmigo? Bueno, ven. Si a su tío le arrojaran de casa y le obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peggotty con el mismo orgullo de un momento antes-, creo verdadera­mente que querrías acompañarle, pero pronto me va a su­plantar otro, ¿no es verdad, Emily?

Al subir un momento después, cuando pasé por el lado de la puerta de mi habitacioncita, que estaba sumida en la oscuri­dad, me pareció que Emily yacía tendida en el suelo; pero aun ahora no sé si era ella o si fue una ilusión de las sombras que confundían todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación.

Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la co­cina, en el terror que inspiraba la muerte a la pequeña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a las otras razones que me había dado míster Omer, la causa del cambio que se ha­bía operado en ella. Tuve tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de pensar con más indulgencia en aquella debili­dad, mientras contaba los latidos del péndulo del reloj, per­cibiendo cada vez más la solemnidad del silencio que rei­naba a mi alrededor. Peggotty me estrechó en sus brazos y me dio las gracias mil veces por haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus propias palabras), y me rogó que subiera con ella, diciéndome, entre sollozos, que Barkis me apreciaba mucho; que había hablado mucho de mí antes de perder el conocimiento, y que en el caso en que lo recobrara estaba segura de que mi presencia le alegraría si es que toda­vía podia alegrarse con algo en el mundo.

Pero esto era cosa absurda, según me pareció cuando le vi. Estaba acostado con la cabeza y los hombros fuera del lecho, en una posición muy incómoda, medio apoyado en el cofre que le había costado tantas preocupaciones. Supe que cuando ya no había sido capaz de arrastrarse fuera del lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba allí por medio del bastón, como yo le había visto hacer, lo había hecho co­locar encima de una silla al lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos noche y día. En aquel momento se apoyaba en él; el tiempo y la vida se le escapaban; pero conservaba su cofre, y las últimas palabras que había pronunciado para de­sechar sospechas eran: «Trajes viejos».

-Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que tra­taba de hacer alegre inclinándose hacia él, mientras su her­mano y yo permanecíamos a los pies de la cama-, aquí está mi querido niño Davy, que fue quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio, con el que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes! ¿Quieres hablar al señorito Davy?

Continuaba mudo y sin conocimiento, como el cofre, que era lo único que daba algo de expresión a su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo estrechaba.

-Se va con la marea -me dijo míster Peggotty tapán­dose la boca con la mano.

Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peggotty tam­bién. Repetí en voz baja:

-¿Con la marea?

-En las costas --dijo mister Peggotty- siempre se muere con la marea baja, y, por el contrario, siempre se viene al mundo con la marea alta, y no se es totalmente del mundo más que en plena marea. Pues bien; él se irá con la marea. Esta baja a las tres y media y no volverá a subir hasta media hora después. Si dura hasta que el mar empiece a subir no entregará su espíritu mientras estemos en plena marea, y es­perará para marcharse a la próxima marea baja.

Continuábamos allí mirándole. El tiempo transcurría; las horas pasaban. No puedo decir qué misterioso influjo ejercía mi presencia sobre él; pero cuando empezó a murmurar algunas palabras en su delirio hablaba de llevarme a la pen­sión.

-Vuelve en sí -dijo Peggotty.

Míster Peggotty me tocó en el brazo, diciéndome bajo, en tono convencido y respetuoso:

-La marea baja, y se va.

-Barkis, amigo mío -exclamó Peggotty.

-C. P. Barkis --exclamó él con voz débil-: ¡la mejor mujer que hay en el mundo!

-Mira; aquí está Davy -dijo Peggotty, pues abría los ojos.

Iba a preguntarle si me reconocía, cuando hizo un es­fuerzo para extender su brazo, y me dijo claramente, con una dulce sonrisa:

-¡Barkis está dispuesto!

Y el mar bajaba, y se fue con la marea.