David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 47. Martha
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Habíamos entrado en el barrio de Westminster. Como ha­bíamos encontrado a Martha llevando dirección opuesta a la nuestra, habíamos tenido que volver atrás para seguirla, y fue ya cerca de la abadía de Westminster cuando abandonó las calles ruidosas y frecuentadas. Andaba tan deprisa que, una vez fuera de la gente que atravesaba el puente en todas las direcciones, no conseguimos alcanzarla hasta una estre­cha callejuela, a lo largo de la orilla por Millbanck. En aquel momento atravesaba la calzada como para evitar a los que la seguían y, sin perder siquiera tiempo en mirar tras de sí, ace­leró el paso.

El río me apareció a través de un sombrío pasaje, donde estaban algunos carros, y al ver aquello cambié de idea. To­qué el brazo de mi compañero, y en lugar de atravesar la ca­lle, como había hecho Martha, continuamos por la misma acera, ocultándonos lo más posible, a la sombra de las casas, pero siempre siguiéndola muy de cerca.

Existía entonces, y existe todavía hoy, al final de aquella calle, un pequeño cobertizo en ruinas. Está colocado precisa­mente donde termina la calle y donde la carretera empieza a extenderse, entre el río y un alineamiento de casas. En cuanto llegó allí y vio el río se detuvo como si hubiera llegado al punto de su destino; después se puso a bajar lentamente a lo largo del río, sin dejar de mirar un solo instante.

En el primer momento había creído que se dirigía a al­guna casa, y hasta había esperado vagamente que encontrá­ramos algo que nos pudiera ayudar sobre las huellas de la que buscábamos. Pero al ver el agua verdosa a través de la callejuela tuve el secreto presentimiento de que no iría más lejos.

Todo lo que nos rodeaba era triste, solitario y sombrío aquella noche. No había aceras ni casas en el camino monó­tono que rodeaba la vasta extensión de la prisión. Un estan­camiento de agua depositaba su fango a los pies de aquel in­menso edificio. Hierbas medio podridas cubrían aquel terreno. Por un lado, las casas en ruinas, mal empezadas y que nunca se habían terminado; por otro, un amontona­miento de cosas de hierro informes: ruedas, tubos, hornos, áncoras y no sé cuántas cosas más, como avergonzadas de sí mismas, que parecían vanamente tratar de ocultarse bajo el polvo y el fango de que estaban cubiertas. En la orilla opuesta, el resplandor deslumbrante y el ruido de las fábri­cas parecían complacerse en turbar el reposo de la noche; pero el espeso humo que vomitaban sus gruesas chimeneas no se conmovía y continuaba elevándose en una columna in­cesante. Se decía que allí, en los tiempos de mucha peste, habían cavado una fosa para arrojar los muertos; y aquella creencia había extendido por las cercanías una influencia fa­tal; parecía que la peste hubiera terminado por descompo­nerse en aquella forma nueva y que se hubiera combinado con la espuma del río, manchado por su contacto, formando aquel barrizal inmundo.

Allí era donde, sin duda creyéndose formada del mismo barro, y creyéndose el desecho de la naturaleza, reclamada por aquella cloaca, la muchacha que habíamos seguido en su carrera permanecía sola y triste mirando al agua.

Había algunas barcas aquí y allá, en el fango de la orilla, y escondiéndonos tras de ellas pudimos deslizamos a su lado sin ser vistos. Hice señas a míster Peggotty de que permane­ciera donde estaba, y me dirigí yo solo a ella. Me acercaba temblando, pues al verla terminar. tan bruscamente su rápida carrera, y al observarla allí, de pie, bajo la sombra del puente cavernoso, siempre absorta en el espectáculo de aquella agua ruidosa, no podía reprimir un secreto temor.

Yo creo que se hablaba a sí misma. La vi quitarse el chal y envolverse en él las manos con la agitación nerviosa de una sonámbula. Jamás olvidaré que en toda su persona había una agitación salvaje que me tuvo en angustia mortal, con el temor de verla hundirse ante mis ojos, hasta el momento en que sentí que tenía su brazo apresado en mi mano.

En el mismo instante exclamé: « ¡Martha!» . Ella lanzó un grito de terror y trató de escapar; solo no hubiera tenido la fuerza para retenerla; pero un brazo más vigoroso que el mío la cogió. Y cuando ella, levantando los ojos, vio quién era, ya no hizo el menor esfuerzo para desasirse antes de caer a nues­tros pies. La transportamos fuera del agua, en un sitio donde había algunas piedras grandes, y la hicimos sentarse; no ce­saba de llorar y de gemir, con la cabeza oculta entre las manos.

-¡El río! ¡El río! --exclamaba apasionadamente.

-Chis, chis -le dije-; tranquilícese.

Pero ella repetía siempre las mismas palabras, clamando: « ¡El río! ».

-Es como yo, lo sé -decía-, y le pertenezco. Es la única compañía que merezco ya. Como yo, desciende de un lugar campestre y tranquilo, donde sus aguas corrían inocentes; ahora corre turbia, entre calles sombrías, y se va, como mi vida, hacia un inmenso océano agitado sin cesar. Debo irme con él.

Nunca he oído una voz ni unas palabras tan llenas de de­sesperación.

-No puedo resistirlo-, no puedo dejar de pensarlo sin ce­sar. Me persigue noche y día. Es la única cosa en el mundo digna de mí y de que soy digna. ¡Oh, qué horrible río!

Al mirar el rostro de mi compañero pensé que en él hu­biera adivinado toda la historia de su sobrina, si no la hu­biera sabido de antemano, al ver la expresión con que obser­vaba a Martha sin decir una palabra ni moverse. Nunca he visto, ni en la realidad ni en pintura, el horror y la compa­sión mezclados de una manera más conmovedora. Temblaba como una hoja, y su mano estaba fría como el mármol. Su mirada me alarmó.

-Está en un arrebato de locura -murmuré al oído de míster Peggotty-; dentro de un momento hablará de otro modo.

No sé lo que querría contestarme; movió los labios y creyó sin duda haberme hablado; pero no había hecho más que señalarla, extendiendo la mano.

Estallaba de nuevo en sollozos, con la cabeza oculta entre las piedras, como una imagen lamentable de vergüenza y de ruina. Convencido de que debíamos dejarla el tiempo nece­sario para tranquilizarse antes de dirigirle la palabra, detuve a míster Peggotty, que la quería levantar, y esperamos en si­lencio a que se fuera serenando.

-Martha -le dije entonces, inclinándome para levan­tarla, pues parecía que quería alejarse, y, en su debilidad, iba a caer de nuevo al suelo- Martha, ¿sabe usted quién está aquí conmigo?

-Sí -me dijo débilmente.

-¿Sabe usted que la hemos seguido mucho rato esta noche?

Sacudió la cabeza, sin mirarnos, y continuaba humilde­mente inclinada, con su sombrero y su chal en una mano, mientras con la otra se apretaba convulsivamente la frente.

-¿Está usted lo bastante tranquila -le dije- para ha­blar conmigo de un asunto que le interesó tan vivamente (Dios quiera que lo recuerde usted) una noche en que ne­vaba?

Volvió a sollozar, diciéndome que me daba las gracias por no haberla arrojado aquel día de la puerta.

-No quiero decir nada para justificarme -repuso al cabo de un momento-; soy culpable, soy una perdida, no tengo la menor esperanza. Pero dígale, caballero (y se ale­jaba de míster Peggotty), si tiene usted alguna compasión de mí, dígale que yo no he sido la causa de su desgracia.

-Nunca ha pensado nadie semejante cosa -repuse con emoción.

-Si no me equivoco, es usted quien estaba en la cocina la noche que ella se compadeció de mí y que fue tan buena conmigo, pues ella no me rechazaba como los demás, y me socorría. ¿Era usted, caballero?

-Sí -respondí.

-Hace mucho tiempo que estaría en el río -repuso, lan­zando al agua una terrible mirada -si tuviera que repro­charme el haberle hecho nunca el menor daño. Desde la pri­mera noche de este invierno me hubiese hecho justicia si no me hubiera sentido inocente de su desgracia.

-Se sabe demasiado la causa de su huida -le dije- y estamos seguros de que usted es completamente inocente.

-¡Oh! Si no hubiera tenido tan mal corazón -repuso la pobre muchacha, con un sentimiento angustioso- hubiese debido cambiar con sus consejos. ¡Fue tan buena para mí! Siempre me hablaba con prudencia y dulzura. ¿Cómo sería posible creer que tuviera ganas de hacerla como yo, cono­ciéndome como me conozco? ¡Yo, que he perdido todo lo que podía ligarme a la vida; yo, que mi mayor pena era pensar que con mi conducta me veía separada de ella para siem­pre!

Míster Peggotty, que permanecía con los ojos bajos y la mano derecha apoyada en el borde de una barca, se tapó el rostro con la otra mano.

-Y cuando supe por uno del lugar lo que había ocurrido -exclamó Martha-, mi mayor angustia fue el pensar que recordarían lo buena que había sido conmigo, y que dirían que yo la había pervertido. Pero Dios sabe que, por el con­trario, hubiese dado mi vida para devolverle su honor y su nombre.

La pobre muchacha, poco acostumbrada a dominarse, se abandonaba a toda la agonía de su dolor y de su remordi­miento.

-Hubiese dado mi vida. No, hubiese hecho más todavía: hubiese vivido; hubiese vivido envejecida y abandonada en estas calles miserables; hubiese vagado en las tinieblas; hu­biese visto amanecer el día sobre las murallas blanqueadas; hubiese recordado que, hacía tiempo, ese mismo sol brillaba en mi habitación y me despertaba joven, y... hubiese hecho eso por salvarla.

Se dejó caer de nuevo en medio de las piedras, y, cogién­dolas con las dos manos, en su angustia, parecía querer rom­perlas. A cada instante cambiaba de postura; tan pronto ex­tendía sus brazos delgados como los retorcía delante de su cara para ocultarse un poco a la luz, que la avergonzaba; tan pronto inclinaba la cabeza hacia el suelo, como si fuera de­masiado pesada para ella, bajo el peso de tantos recuerdos dolorosos.

--Qué quiere usted que haga? -dijo por último, lu­chando con su desesperación---. ¿Cómo podré continuar vi­viendo así, llevando sobre mí mi propia maldición, yo que no soy más que una vergüenza viva para todo lo que se me acerca? --

De pronto se volvió hacia mi compañero:

-¡Pisotéeme, máteme! Cuando ella era su orgullo hu­biese creído usted que le hacía daño con tropezarme con ella en la calle. ¿Pero para qué? Usted no me creería... ¿Y por qué había usted de creer ni una sola de las palabras que salen de la boca de una miserable como yo? Usted enrojecería de vergüenza aun ahora, si ella cambiase una palabra conmigo. No me quejo. No digo que seamos iguales; sé muy bien que hay una grande... muy grande distancia entre nosotras. Digo únicamente, al sentir todo el peso de mi crimen y de mi miseria, que la quiero con todo mi corazón, y que la quiero. Recháceme, como todo el mundo me rechaza; má­teme por haberla buscado y conocido, criminal como soy, pero no piense eso de mí.

Mientras le dirigía aquellas súplicas, él la miraba con el alma angustiada. Cuando guardó silencio la levantó con dul­zura.

-Martha -dijo-, ¡Dios me guarde de juzgarla! ¡Dios me libre a mí, más que a cualquier otro en el mundo! No puedes figurarte cómo he cambiado. ¡En fin!

Se detuvo un momento y después prosiguió:

-¿No comprendes por qué míster Copperfield y yo que­remos hablarte? ¿No sabes lo que queremos? Escucha.

Su influencia sobre ella fue completa. Permaneció ante él sin moverse, como si temiera encontrarse con su mirada, y su dolor exaltado se volvió mudo.

-Puesto que oyó usted lo que hablábamos míster Davy y yo el día en que nevaba tanto, sabe que yo he estado (¡ay!, ¿y dónde no habré estado?) buscando por todas partes, muy lejos, a mi querida sobrina. Mi querida sobrina -repitió con firmeza-, porque ahora es para mí más querida que nunca, Martha.

Se tapó los ojos con las manos, pero siguió tranquila.

-He oído contar a Emily ---continuó míster Peggotty­que usted se quedó huérfana siendo muy pequeñita y que ningún amigo reemplazó a sus padres. Quizá si hubiera usted tenido un amigo, por rudo y bruto que hubiera sido, ha­bría terminado por quererle, y quizá habría usted llegado a ser para él lo que mi sobrina es para mí.

Martha temblaba en silencio; míster Peggotty la envolvió cuidadosamente en su chal, que había dejado caer

-Estoy convencido de que si me volviera a ver me se­guiría hasta el fin del mundo; pero también sé que huirá al fin del mundo para evitarme. No tiene derecho para dudar de mi cariño, y no duda; no, no duda -repitió con una tran­quila certidumbre de la verdad de sus palabras-; pero existe la vergüenza entre nosotros, y eso es lo que nos separa.

Era evidente, por la manera firme y clara con que hablaba, que había estudiado a fondo cada detalle de aquella cues­tión, que lo era todo para él.

-A míster Davy y a mí nos parece probable -conti­nuó- que algún día dirija hacia Londres su pobre peregri­nación solitaria. Creemos míster Davy y yo, y todos noso­tros, que usted es inocente como el recién nacido de su desgracia. Decía usted que había sido buena y dulce con us­ted. ¡Que Dios la bendiga; ya lo sé! Sé que siempre ha sido buena con todo el mundo. Usted, que le está agradecida y que la quiere, ayúdenos a encontrarla, ¡y que el Cielo la re­compense!

Por primera vez levantó rápidamente sus ojos hacia él, como si no pudiera dar crédito a sus oídos.

-¿Se fiaría usted de mí? -preguntó con sorpresa y en voz baja.

-De todo corazón --dijo míster Peggotty.

-¿Y me permite usted que le hable si llego a encontrarla? ¿Que le ofrezca un asilo, si es que lo tengo, para compartirlo con ella? ¿Y que después venga, sin decírselo, a buscarla para llevarla a su lado? -preguntó vivamente.

Los dos al mismo tiempo contestamos: «Sí».

Martha levantó los ojos al cielo y declaró solemnemente que se consagraba ardiente y fielmente a aquel objetivo, que no lo abandonaría ni se distraería de ello mientras hubiera la menor esperanza. Puso al cielo de testigo de que si flaquea­ba en su obra consentía en verse más miserable y más deses­perada, si era posible, de lo que lo había estado aquella no­che, al borde de aquel río, y que renunciaba para siempre a implorar el socorro de Dios ni de los hombres.

Hablaba en voz baja, sin mirarnos, como si se dirigiera al cielo, que estaba por encima de nosotros; después fijó de nuevo los ojos en el agua sombría...

Creímos necesario decirle cuanto sabíamos, y yo se lo conté todo. Ella escuchaba con la mayor atención, y su cara cambiaba a cada momento; pero en todas sus expresiones se leía el mismo designio. A veces sus ojos se llenaban de lá­grimas, pero las reprimía al momento. Parecía como si su exaltación pasada hubiera dado lugar a una calma profunda.

Cuando dejé de hablar me preguntó dónde podría it a bus­carnos si se presentaba la ocasión. Un débil farol iluminaba la carretera, y escribí nuestras dos direcciones en una hoja de mi agenda, y se la entregué. Martha se la guardó en el pe­cho. Después le pregunté dónde vivía. Guardó silencio, y al cabo de un momento me dijo que no vivía mucho tiempo se­guido en el mismo sitio; quizá valía más no saberlo.

El señor Peggotty me sugirió en voz baja una idea que ya se me había ocurrido a mí. Saqué mi bolsa; pero me fue im­posible convencerla de que aceptara nada, ni obtener de ella la promesa de que consentiría más adelante. Yo le dije que, para un hombre de su condición, míster Peggotty no era pobre, y que no podíamos resolvemos a verla emprender se­mejante empresa solamente con sus recursos. Fue inque­brantable, y míster Peggotty tampoco tuvo más éxito que yo; le dio las gracias con reconocimiento, pero sin cambiar de resolución.

-Encontraré trabajo -dijo-; lo intentaré.

-Acepte por lo menos entre tanto nuestra ayuda -le dije yo.

-No puedo hacer por dinero lo que les he prometido -respondió-; aunque tuviera que morirme de hambre no podría aceptarlo. Darme dinero sería como retirarme la con­fianza, quitarme el objetivo a que quiero dedicarme, pri­varme de la única cosa en el mundo que puede impedirme el tirarme al río.

-En nombre del gran Juez, ante quien apareceremos to­dos un día, desecha esa terrible idea. Todos podemos hacer el bien en este mundo únicamente con querer hacerlo.

Martha temblaba, y su rostro estaba todavía más pálido cuando contestó:

---Quizá han recibido ustedes del cielo la misión de salvar a una criatura miserable. No me atrevo a creerlo; no merezco esa gracia. Si consiguiera hacer un poco de bien, quizá em­pezaría a esperar; pero hasta ahora mi conducta ha sido mala. Por primera vez desde hace mucho tiempo deseo vivir para consagrarme a la obra que ustedes me han encargado. No sé nada más, y nada más puedo decir.

Trató de retener las lágrimas, que corrían de nuevo por su rostro, y alargando hacia míster Peggotty su mano temblo­rosa, le tocó como si poseyera alguna virtud bienhechora; después se alejó por la calle solitaria. Había estado enferma: se veía en su rostro pálido y delgado, en sus ojos hundidos, que revelaban grandes sufrimientos y crueles privaciones.

La seguimos de lejos hasta estar de vuelta en los barrios populosos. Yo tenía una confianza tan absoluta en ella, que insinué a míster Peggotty que quizá sería mejor no seguirla más tiempo; podría creer que queríamos vigilarla. Fue de mi opinión, y dejando a Martha que siguiera su camino, nos di­rigimos hacia Highgate. Me acompañó todavía un rato, y cuando nos separarnos, rogando a Dios que bendijera aquel nuevo esfuerzo, había en su voz una tierna compasión muy comprensible.

Era media noche cuando llegué a casa. Iba a entrar, escu­chando las campanadas de Saint Paul, que llegaban en medio del ruido de los relojes de la ciudad, cuando observé con sorpresa que la puerta del jardín de mi tía estaba abierta y que se veía una débil luz delante de la casa.

Pensé si sería presa de uno de sus antiguos terrores y esta­ría observando a lo lejos los progresos de algún incendio imaginario, y me acerqué para hablarle. ¡Cuál no sería mi asombro al ver un hombre en su jardín!

Tenía en las manos una botella y un vaso y se dedicaba a beber. Me detuve en medio de los árboles y, a la luz de la luna, que aparecía a través de las nubes, reconocí al hombre que había encontrado una vez, yendo con mi tía, en las ca­lles de Londres, después de haber creído durante mucho tiempo que era un ser fantástico, una alucinación del pobre cerebro de míster Dick.

Comía y bebía con buen apetito, y al mismo tiempo ob­servaba con curiosidad la casa, como si fuera la primera vez que la viese. Se inclinó para dejar la botella en el suelo; des­pués miró a su alrededor con inquietud, corno un hombre que tiene prisa por marcharse.

La luz de la casa se oscureció un momento cuando mi tía pasó por delante. Parecía muy conmovida, y oí que le ponía dinero en la mano.

-¿Qué quieres que haga con esto? -preguntó el hom­bre.

-No puedo darte más -respondió mi tía.

-Entonces no me voy, toma; ¡esto no lo quiero!

-¡Malvado! -repuso mi tía con viva emoción, ¿Cómo puedes tratarme así? Pero soy demasiado buena pre­guntándotelo. ¡Sabes mi debilidad! Si quisiera desembara­zarme para siempre de tus visitas no tendría más que aban­donarte a la suerte que mereces.

-Pues bien, ¿por qué no me abandonas a la suerte que merezco?

-¿Y eres tú quien me hace esa pregunta? -repuso mi tía---. Se necesita tener poco corazón.

Permaneció un momento sonando el dinero en la mano y. gruñendo, sacudiendo la cabeza con descontento. Por fin dijo:

-¿Es esto todo lo que quieres darme?

-Es todo lo que puedo darte -dijo mi tía-. Ya sabes que tuve muchas pérdidas; soy mucho más pobre de lo que era antes, ya te lo he dicho. Ahora que ya tienes lo que bus­cabas, ¿por qué me atormentas quedándote aquí y demos­trándome cómo te has vuelto?

-Me he vuelto muy miserable --dijo-, y vivo como un búho.

-Me has despojado de cuanto poseía --dijo mi tía-, y durante muchos años me has endurecido el corazón. Me has tratado de la manera más pérfida, más ingrata y más cruel. Vamos, arrepiéntete; no añadas nuevos pecados a los que ya tienes.

-Sí, todo eso está muy bien, es muy bonito, a fe mía. ¡En fin, puesto que tengo que conformarme por el mo­mento!...

A pesar suyo pareció avergonzado por las lágrimas de mi tía, y salió con sigilo del jardín. Yo avancé rápidamente, como si acabara de llegar, y al encontrarnos nos dirigimos una mirada poco amistosa.

-Tía --dije vivamente-, ¿otra vez este hombre viene a asustarte? Déjame que le hable. ¿Quién es?

-Hijo mío --dijo, agarrándome del brazo-, entra y no me hables en diez minutos.

Nos sentamos en su salón. Ella se ocultó detrás de su anti­guo biombo verde, que estaba sujeto en el respaldo de una silla, y durante un cuarto de hora, poco más o menos, la vi enjugarse a cada momento los ojos. Después se levantó y vino a sentarse a mi lado.

-Trot -me dijo con serenidad-, es mi marido.

-¿Tu marido? ¡Si yo creía que había muerto!

-Ha muerto para mí -respondió mi tía-; pero vive.

Yo estaba mudo de asombro.

-Betsey Trotwood no tiene aspecto de dejarse seducir por una tierna pasión -dijo con tranquilidad-; pero hubo un tiempo, Trot, en que había puesto en ese hombre su confianza entera; un tiempo, Trot, en que le amaba sincera­mente, en que no hubiera retrocedido ante ningún sacrificio, por afecto a él. Y él la ha recompensado comiéndose su fortuna y rompiéndole el corazón. Entonces Betsey ha ente­rrado de una vez para siempre toda su sensibilidad, en una tumba que ella misma ha cavado y vuelto a cerrar.

-¡Mi querida, mi buena tía!

-He sido generosa con él -continuó, poniendo su mano encima de las mías-. Lo puedo decir ahora, Trot: he sido generosa con él. Él había sido tan cruel conmigo, que hu­biera podido obtener una separación muy provechosa para mis intereses; pero no he querido. Ha disipado en un se­gundo cuanto le había dado, y ha ido cayendo cada día más bajo. No sé si hasta se ha casado con otra mujer. Se ha hecho un aventurero, un jugador, un tunante. Le acabas de ver tal como está ahora; pero era un hombre excelente cuando yo me casé con él --dijo mi tía, cuya voz contenía todavía algo de su admiración pasada-, y como era una pobre loca, le creía la encarnación del honor.

Me estrechó la mano y movió la cabeza.

-Ahora ya no es nada para mí, Trot; menos que nada. Pero mejor que verle castigar por sus faltas (lo que le ocurri­ría infaliblemente si viviera en este país) le doy de vez en cuando más de lo que puedo, a condición de que se aleje. Estaba loca cuando me casé con él, y aún soy tan incorregi­ble, que no querría ver maltratado al hombre sobre el que pude hacerme en aquel tiempo tan absurdas ilusiones, pues creía en él, Trot, con toda mi alma.

Mi tía lanzó un suspiro y se sacudió suavemente la falda.

-Ahora, querido -me dijo-, ya lo sabes todo, desde el principio hasta el fin, y no necesitamos volver a hablar de ello; y por descontado a nadie dirás una palabra. Es mi locura, la historia de mi locura, y debemos guardarla entre nosotros.