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El Elixir De Larga Vida.  Honorato de Balzac
Libro. El Elixir De Larga Vida
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Al lector: al comienzo de su carrera literaria recibio el autor; de manos de un amigo muerto hacia tiempo, el tema de esta obra, que mas tarde encontro en una antologia a principios de este siglo; y, segun sus conjeturas, se trata de una fantasia creada por Hoffmann de Berlin, publicada en algun almanaque aleman y olvidada por sus editores.

La Comedie Humaine es lo suficientemente original para que el autor pueda confesar una copia inocente; como La Fontaine, ha tratado a su manera, y sin saberlo, un hecho ya contado. Esto no ha sido una broma como estaba de moda en 1830, epoca en la que todo autor escribia cosas atroces para complacer a las jovencitas. Cuando el lector llegue al elegante parricidio de don Juan, intente adivinar cual seria la conducta, en situaciones mas o menos semejantes, de gentes honestas que en el siglo XIX toman dinero de rentas vitalicias con la excusa de un catarro, o que alquilan una casa a una anciana por el resto de sus dias. ?Resucitarian a sus arrendatarios? Desearia que «pesadores–jurados» examinasen concienzudamente que grado de similitud puede existir entre don Juan y los padres que casan a sus hijos por interes. La sociedad humana, que segun algunos filosofos avanza por una via de progreso, ?considera como un paso hacia el bien el arte de esperar pasar a mejor vida? Esta ciencia ha creado oficios honestos, por medio de los cuales se vive de la muerte. Algunas personas tienen como ocupacion la de esperar un fallecimiento, la abrigan, se acurrucan cada manana sobre el cadaver, lo convierten en almohada por la noche: se trata de los coadjutores, cardenales supernumerarios, tontineros, etc. Hay que anadir gente elegante presurosa por comprar una propiedad cuyo precio sobrepasa sus posibilidades, pero que consideran logica y friamente el tiempo de vida que les queda a sus padres o a sus suegras, octogenarias o septuagenarias, diciendo: «Antes de tres anos heredare seguramente, y entonces...». Un asesino nos desagrada menos que un espia. El asesino lo es quiza por un arrebato de locura, puede arrepentirse, ennoblecer.

Pero el espia es siempre un espia; es espia en la cama, en la mesa, andando, de noche, de dia; es vil a cada momento, ?que es, pues, ser un asesino, cuando un espia es vil? Pues bien, ?no acabamos de reconocer que hay en la sociedad unos seres que llevados por nuestras leyes, por nuestras costumbres y nuestros habitos piensan sin cesar en la muerte de los suyos y la codician? Sopesan lo que vale un ataud mientras compran cachemira para sus mujeres, subiendo la escalera del teatro, queriendo ir a la Comedia o deseando un coche. Asesinan en el momento en que tos seres queridos, llenos de inocencia, les dan a besar por la noche frentes infantiles, mientras dicen:

–Buenas noches, padre.

A todas horas ven los ojos que quisieran cerrar; y que cada manana se abren a la luz como el de Belvidero en esta obra. ?Solo Dios sabe el numero de parricidios que se cometen con el pensamiento! Imaginemos a un hombre que tiene que pagar mil escudos de renta vitalicia a una anciana, y que ambos viven en el campo, separados por un riachuelo, pero tan extranos uno a otro como para poderse odiar cordialmente, sin faltar a las humanas conveniencias que colocan una mascara sobre el rostro de dos hermanos, de los cuales uno obtendra el mayorazgo y otro una legitimacion. Toda la civilizacion europea reposa en la herencia como sobre un eje, seria una locura suprimirla; pero, ?no se podria hacer como con las maquinas que son el orgullo de nuestra epoca, es decir; perfeccionar el engranaje principal?

Si el autor ha conservado la vieja formula AL LECTOR en una obra en la que se trata de representar todas las formas literarias, es para incluir una observacion relativa a algunos trabajos, y sobre todo a este. Cada una de sus composiciones esta basada en ideas mas o menos nuevas cuya expresion le parece util, puede haber considerado la prioridad de ciertas formulas, de ciertos pensamientos que, mas tarde, han pasado al campo literario, y una vez alli quiza se han vulgarizado. Las fechas de la publicacion primitiva de cada obra no deben, pues, serles indiferentes a aquellos lectores que quieran hacerles justicia.

La lectura proporciona amigos desconocidos y ?que amigo, el lector! tenemos amigos conocidos que no leen nada nuestro. El autor espera haber pagado su deuda dedicando esta obra DIIS IGNOTIS.

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvidero una noche de invierno a un principe de la casa de Este. En aquella epoca, una fiesta era un maravilloso espectaculo de riquezas reales de que unicamente un gran senor podia disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte cuyos blancos marmoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquia. Vestidas de saten, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones energicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferian ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algun gesto, el tono, servian a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancolicos o burlones.

Una parecia decir:

–Mi belleza sabe reanimar el corazon helado de un hombre viejo.

Otra:

–Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecia ruborizarse:

–En el fondo de mi corazon siento remordimientos –decia–. Soy catolica, y temo al infierno. Pero os amo tanto ?tanto! que podria sacrificaros la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quio, exclamaba:

–?Viva la alegria! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aun del encuentro de la vispera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvidero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.

–?No me confiaria a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara! –despues habia reido; pero su mano convulsa hacia anicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

–?Cuando seras Gran Duque? –pregunto la sexta al principe, con una expresion de alegria asesina en los dientes y de delirio baquico en los ojos.

–?Y cuando morira tu padre? –dijo la septima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

–?Ah, no me hableis de ello! –exclamo el joven y hermoso don Juan Belvidero–.

?Solo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo principe lanzaron un grito de horror. Doscientos anos mas tarde y bajo Luis XV las gentes de buen gusto hubieran reido ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgia las almas tienen aun demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplacion de las mujeres mas arrebatadoras, quizas habia aun, en el fondo de los corazones, un poco de verguenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgia la ahoga en las ultimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, segun la expresion de Rabelais, hasta las sandalias. En aquel momento de silencio se abrio una puerta, y, como en el festin de Belsasar , Dios hizo acto de presencia y aparecio bajo la forma de un viejo sirviente de pelo blanco, andar vacilante y de ceno contraido. Entro con una expresion triste; con una mirada marchito las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el purpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespon de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrias palabras:

–Senor; vuestro padre se esta muriendo.

Don Juan se levanto haciendo a sus invitados un gesto que bien podria traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los dias».

?Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jovenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgia? La muerte es tan repentina en sus caprichos como una cortesana en sus desdenes; pero mas fiel, pues nunca engano a nadie.

Cuando don Juan cerro la puerta de la sala y enfilo una larga galeria tan fria como oscura, se esforzo por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, habia arrojado su alegria junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducia al joven hacia la camara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frio, el silencio, la oscuridad, y quiza por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examino su vida y se quedo pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolome Belvidero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que habia pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como habia atravesado con frecuencia las talismanicas regiones de Oriente, habia adquirido inmensas riquezas y una sabiduria mas valiosa, decia, que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo mas minimo.

–Prefiero un diente a un rubi, y el poder al saber –exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oir contar a don Juan alguna locura de su juventud y decia en tono jovial, prodigandole el oro:

–Querido hijo, haz solo tonterias que te diviertan.

Era el unico anciano que se complacia en ver a un hombre joven, el amor paterno enganaba a su avanzada edad en la contemplacion de una vida tan brillante. A la edad de sesenta anos Belvidero se habia enamorado de un angel de paz y de belleza. Don Juan habia sido el unico fruto de este amor tardio y pasajero. Desde hacia quince anos, este hombre lamentaba la perdida de su amada Juana. Sus numerosos sirvientes y tambien su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extranas costumbres que adopto. Confinado en el ala mas incomoda de su palacio, salia raramente, y ni el mismo don Juan podia entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venia por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecia buscar alguna cosa que le faltase; caminaba sonador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegria, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutian jugando a los dados en las gradas, Bartolome comia siete onzas de pan al dia y bebia agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel companero. Jamas se quejaba del ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendian, se limitaba a decir: «?ah, es don Juan que vuelve!». Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvidero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenia todos los defectos de un nino mimado. Vivia con Bartolome como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor; y dejandose querer.

Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus anos jovenes, don Juan se dio cuenta de que le seria dificil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazon mientras atravesaba la galeria, estuvo proximo a perdonar a Belvidero por haber vivido tanto tiempo. Le venian sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladron se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millon bien robado. Cruzo pronto las altas y frias salas que constituian los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmosfera humeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerias y armarios cubiertos de polvo, se encontro en la antigua habitacion del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lampara, situada sobre una mesa de forma gotica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz mas o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frio a traves de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azotando las vidrieras, producia un ruido sordo. Aquella escena, contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar; que no pudo evitar un estremecimiento. Despues tuvo frio, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento ilumino la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenia tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacia aun mas horribles.

Contraida por el dolor; la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lugubre energia era sostenida por los aullidos de la tempestad.

A pesar de tales signos de destruccion, brillaba en aquella cabeza un increible caracter de poder. Un espiritu superior que combatia a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecia que Bartolome buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella mirada, fija y fria, era mas escalofriante por cuanto que la cabeza permanecia en una inmovilidad semejante a la de los craneos situados sobre la mesa de los medicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sabanas del lecho, permitia ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salian de su boca tenian tambien algo de mecanico.

Don Juan sintio una cierta verguenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

–?Te divertias! –exclamo el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompanaba, domino el bramido del huracan y resono en la camara funebre. Don Juan no quiso oir aquel salvaje asentimiento.

Bartolome dijo:

–No te quiero aqui, hijo mio.

Aquella frase llena de dulzura lastimo a don Juan, que no perdono a su padre semejante punalada de bondad.

–?Que remordimientos, padre! –dijo hipocritamente.

–?Pobre Juanito! –continuo el moribundo con voz sorda–, ?tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

–?Oh! –exclamo don Juan–, ?si fuera posible devolverte a la vida dandote parte de la mia! («cosas asi pueden decirse siempre, ?es como si ofreciera el mundo a mi amante!»).

Apenas concluyo este pensamiento cuando ladro el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyo haber sido comprendido por el perro.

–Ya sabia, hijo mio, que podia contar contigo –exclamo el moribundo–, vivire.

Podras estar contento. Vivire, pero sin quitarte un solo dia que te pertenezca.

«Delira», se dijo a si mismo don Juan. Luego anadio en voz alta:

–Si, padre querido, vivireis ciertamente, porque vuestra imagen permanecera en mi corazon.

–No se trata de esa vida –dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogio una de esas sospechas que solo nacen en la cabecera de los moribundos–. Escuchame, hijo –continuo con la voz debilitada por este ultimo esfuerzo–, no tengo yo mas ganas de morirme que tu de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», penso el hijo arrodillandose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavericas de Bartolome.

–Pero –continuo en voz alta–, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

–Dios soy yo –replico el anciano refunfunando.

–No blasfemeis –dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre–. Guardaos de hacerlo, habeis recibido la Extremauncion, y no podria hallar consuelo viendoos morir en pecado.

–?Quieres escucharme? –exclamo el moribundo, cuya boca crujio.

Don Juan cedio. Reino un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aun los acordes de la viola y la deliciosa voz, debiles como un dia naciente. El moribundo sonrio.

–Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traido musica. ?Una fiesta!, mujeres jovenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

–Es el colmo del delirio –dijo don Juan.

–He descubierto el medio de resucitar. Mira, busca en el cajon de la mesa; podras abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

–Ya esta, padre.

–Bien, coge un pequeno frasco de cristal de roca.

–Aqui esta.

–He empleado veinte anos en... –en aquel instante, el anciano sintio proximo el final y reunio toda su energia para decir–: Tan pronto como haya exhalado el ultimo suspiro, me frotaras todo el cuerpo con esta agua, y renacere.

–Pues hay bastante poco –replico el joven.

Si bien Bartolome ya no podia hablar; tenia aun la facultad de oir y de ver, y al oir esto, su cabeza se volvio hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedo torcido como el de una estatua de marmol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, mas grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba muerto, muerto perdiendo su unica, su ultima ilusion. Buscando asilo en el corazon de su hijo encontro una tumba mas honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habian erizado tambien por el horror; y su mirada convulsa hablaba aun. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

–?Vaya!, se acabo el buen hombre –exclamo don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lampara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no habia visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir; del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. La lampara arrojaba rafagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola habia enmudecido. Belvidero se estremecio creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresion rigida de sus ojos acusadores los cerro del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otono. Permanecio de pie, inmovil, perdido en un mundo de pensamientos. De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompio el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros broto un sudor mas frio que el acero de un punal. Un gallo de madera pintada surgio de lo alto de un reloj de pared, y canto tres veces. Era una de esas maquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacian despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la epoca. El alba enrojecia ya las ventanas. Don Juan habia pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era mas fiel a su servicio que el en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolome. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseia uno particular al hombre, llamado corazon. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor; el esceptico don Juan volvio a colocarlo en el cajon de la mesita gotica. En tan solemne momento oyo un tumulto sordo en la galeria: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrio y el principe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extrano desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la manana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pesame de costumbre.

–?Oh, oh!, ?se habra tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? –dijo el principe al oido de la Brambilla.

–Su padre era un buen hombre –le respondio ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habian impreso a sus rasgos una expresion tan extrana que impuso silencio a semejante grupo.

Los hombres permanecieron inmoviles. Las mujeres, que tenian los labios secos por el vino y las mejillas cardenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar.

Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo como el esplendor; las alegrias, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba asi ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religion se acoplaban por entonces tan bien, que la religion era un exceso, y los excesos una religion. El principe estrecho afectuosamente la mano de don Juan, y despues, todos los rostros adoptaron simultaneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoria desaparecio, dejando la sala vacia. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el principe a la Rivabarella:

–Y bien, ?quien habria creido a don Juan un fanfarron impio? ?Ama a su padre!

–?Os habeis fijado en el perro negro? –pregunto la Brambilla.

–Ya es inmensamente rico –dijo suspirando Blanca Cavatolino.

–?Y eso que importa! –exclamo la orgullosa Baronesa, aquella que habia roto la bombonera.

–?Como que que importa? –exclamo el duque–. ?Con sus escudos el es tan principe como yo!

Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Despues de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvio a la camara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoismo. Encontro alli a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho funebre en el cual iba a ser expuesto al dia siguiente el difunto senor; en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectaculo que toda Ferrara vendria a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

–Dejadme solo aqui –dijo con voz alterada– y no entreis hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salio el ultimo solo sonaron debilmente en las losas, cerro don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamo:

–?Veamos!

El cuerpo de Bartolome estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectaculo de un cadaver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habian colocado una sabana sobre el cuerpo, envolviendole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacia en el centro de la habitacion, y la sabana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun asi duras, rigidas y heladas. El rostro tenia ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompanaba, don Juan temblo al destapar el magico frasco de cristal. Cuando se acerco a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven habia sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgo el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; parecio como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazon: «?impregna un ojo!». Tomo un pano y, despues de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor; lo paso lentamente sobre el parpado derecho del cadaver. El ojo se abrio.

–?Ah! ?Ah! –dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en suenos la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veia un ojo lleno de vida, un ojo de nino en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestanas negras, brillaba como ese unico resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecia querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordia. Todas las pasiones humanas se agitaban en el. Eran las mas tiernas suplicas: la colera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el ultimo escalon del patibulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedio espantado, paseo por la habitacion sin atreverse a mirar aquel ojo, que veia de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

–?Bien podria haber vivido cien anos! –exclamo sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabolica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel parpado inteligente se cerro y volvio a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «?Si! », don Juan no se hubiera asustado mas.

«?Que hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel parpado blanco.

Sus esfuerzos fueron vanos.

–?Reventarlo? ?Seria acaso un parricidio? –se preguntaba.

–Si –dijo el ojo con un guino de una sorprendente ironia.

–?Ja! ?Ja! ?Aqui hay brujeria! –exclamo don Juan, y se acerco al ojo para reventarlo. Una lagrima rodo por las mejillas hundidas del cadaver; y cayo en la mano de Belvidero–. ?Esta ardiendo! –grito sentandose.

Aquella lucha le habia fatigado como si hubiera combatido contra un angel, como Jacob.

Finalmente se levanto diciendo para si:

«?Mientras no haya sangre...!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, revento el ojo aplastandolo con un pano, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oir. El pobre perro de aguas expiro aullando.

«?Sabria el el secreto?», se pregunto don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvidero paso por un hijo piadoso. Levanto sobre la tumba de su padre un monumento y confio la realizacion de las figuras a los artistas mas celebres de su tiempo. Solo estuvo completamente tranquilo el dia en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religion, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterro el unico remordimiento que hubiera rozado su corazon en los momentos de cansancio fisico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ?Acaso no tenia dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetro en el principio de la vida social y abrazo mejor al mundo, puesto que lo veia a traves de una tumba. Analizo a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomo el alma y la materia, las arrojo en un crisol, no encontro nada, y desde entonces se convirtio en DON JUAN.

Dueno de las ilusiones de la vida, se lanzo, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderandose del mundo. Su felicidad no podia ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lampara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre.

No; se asio a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesia y los sublimes arrebatos de la pasion humana no le interesaban. No cometio el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequenas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los mas altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias. Bien podia, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero preferia sentarse y secar bajo sus besos mas de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, alli por donde pasaba devoraba todo sin pudor; queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y faciles. Amando solo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironia un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servian de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un extasis embriagador, don Juan las seguia, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante aleman sabe serlo. Pero decia YO cuando su amante, loca, extasiada decia NOSOTROS. Sabia dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerle creer que era un joven colegial que dice a su primera companera de baile:

«?Te gusta bailar?», tambien sabia enrojecer a proposito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Habia burla en su simpleza y risa en sus lagrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un sequito o me morire enferma del pecho».

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulacion; para la mayoria de los jovenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espiritus es un salon, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era el. Modelo de gracia y de belleza, con un espiritu seductor; amarro su barca en todas las orillas; pero, haciendose llevar; solo iba alli adonde queria ser llevado. Cuanto mas vivio, mas dudo. Examinando a los hombres, adivino con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardia; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organizacion; y, gracias a una fatalidad singular; se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenian ninguna consideracion entre los hombres. «?Que broma tan absurda!» –se dijo–. «No procede de un dios.» Y entonces, renunciando a un mundo mejor; jamas se descubrio al oir pronunciar un nombre, y considero a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero tambien, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecia en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Senor Dimanche . Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Moliere, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imagenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltaran quiza ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. Terribles imagenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnandose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironia como el divino Rabelais; o, incluso, se ria de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el mas celebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvidero precedio a todos ellos. Se rio de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, habia conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le habia dicho riendo:

–Si es absolutamente preciso elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre mas recursos que el genio del mal.

–Si, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

–?Siempre pensais en vuestras indulgencias? –respondio Belvidero–. ?Pues bien!, tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

–?Ah! si es asi como entiendes la vejez –exclamo el papa– corres el riesgo de ser canonizado.

–Despues de vuestra ascension al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que estaban construyendo la inmensa basilica consagrada a San Pedro.

–San Pedro es el hombre de genio que dejo constituido nuestro doble poder –dijo el papa a don Juan–, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrara todo esto y habra que volver a empezar...

Don Juan y el papa se echaron a reir; se habian entendido bien. Un necio habria ido a la manana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madame, pero Belvidero acudio a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovera hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que esta destinada a probar a las gentes honestas que Belvidero no murio en un duelo con una piedra como algunos litografos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvidero alcanzo la edad de sesenta anos, se instalo en Espana. Alli, ya anciano, se caso con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo habia calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Habia observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos.

Dona Elvira, educada santamente por una anciana tia en lo mas profundo de Andalucia, en un castillo a pocas leguas de Sanlucar, era toda gracia y devocion. Don Juan adivino que aquella joven seria del tipo de mujer que combate largamente una pasion antes de ceder; y por ello penso poder conservarla virtuosa hasta su muerte.

Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus dias de vejez.

Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolome, don Juan decidio utilizar los actos mas insignificantes de su vejez para el exito del drama que debia consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permanecio oculta en los sotanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna establecio una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. Pero semejante maquiavelica especulacion no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvidero, su hijo, se convirtio en un espanol tan concienzudamente religioso como impio era su padre, quizas en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo prodigo.

El abad de Sanlucar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvidero y de Felipe. Aquel eclesiastico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificacion y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizas esperaba el anciano senor matar a algun monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podia serlo el mismo don Juan, bien porque dona Elvira tuviera mas prudencia o virtud de la que Espana le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus ultimos dias como un viejo cura rural, sin escandalos en su casa. A veces, sentia placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigia realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma.

En fin, nunca se sentia tan feliz como cuando oia al galante abad de Sanlucar; a dona Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvidero prodigaba a su persona, llegaron los dias de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto mas desgarradores cuanto mas ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado mas alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que el se mofaba, se dormia por las noches pensando en un quizas. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgias, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones habia retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenia una pituita pertinaz, una molesta ciatica y una gota brutal. Veia como sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las mas blancas damas, las mas engalanadas, dejando el salon desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejia le aprisiono sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal dia se volvio taciturno y duro. Acusaba la dedicacion de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran asi prodigados porque habia puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lagrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvia afectuosa para decirles:

«Queridos mios, querida esposa, ?me perdonais, verdad? Os atormento un poco.

?Ay, gran Dios! ?como te sirves de mi para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegria, soy su calamidad». De este modo les encadeno a la cabecera de su cama, haciendoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resulto infinitamente mejor que el que su padre habia utilizado en otro tiempo con el.

Por fin llego a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, habia que manejarle como una falua que entra en un canal peligroso. Luego, llego el dia de la muerte. Aquel brillante y esceptico personaje de quien solo el entendimiento sobrevivia a la mas espantosa de las destrucciones, se vio entre un medico y un confesor; los dos seres que le eran mas antipaticos. Pero estuvo jovial con ellos. ?Acaso no habia para el una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diafana para el, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintio la proximidad de la muerte. El cielo de Espana era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecia que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurreccion, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel candido ser.

–Felipe –le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven.

Nunca antes habia pronunciado asi «Felipe» aquel padre inflexible.

–Escuchame, hijo mio –continuo el moribundo–. Soy un gran pecador. Durante mi vida, tambien he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontifice temio que la excesiva exaltacion de mis sentidos me hiciese cometer algun pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos oleos; me regalo un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontraras el frasco en el cajon de esa mesa gotica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podra servirte aun, querido Felipe. Jurame por tu salvacion eterna que ejecutaras puntualmente mis ordenes.

Felipe miro a su padre. Don Juan conocia demasiado la expresion de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre habia muerto en la desesperanza de su propia mirada.

–Tu merecias otro padre –continuo don Juan–. Me atrevo a confesarte, hijo mio, que en el momento en que el venerable abad de Sanlucar me administraba el viatico, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

–?Oh, padre!

–Y me decia a mi mismo que, cuando Satan haga su paz, tendra que acordar el perdon de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Ire, pues al infierno, hijo mio, si no cumples mi voluntad.

–?Oh, decidmela pronto, padre!

–Tan pronto como haya cerrado los ojos –continuo don Juan–, unos minutos despues, cogeras mi cuerpo, aun caliente, y lo extenderas sobre una mesa, en medio de la habitacion. Despues apagaras la luz. El resplandor de las estrellas debera ser suficiente. Me despojaras de mis ropas, rezaras padrenuestros y avemarias elevando tu alma a Dios y humedeceras cuidadosamente con esta agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mio, el poder de Dios es tan grande, que no deberas asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintio llegar la muerte, anadio con voz terrible:

–Coge bien el frasco.

Y expiro dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lagrimas banaron su rostro ironico y palido.

Era cerca de medianoche cuando don Felipe Belvidero coloco el cadaver de su padre sobre la mesa. Despues de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apago la lampara. La suave luz producida por la claridad de la luna cuyos extranos reflejos iluminaban el campo, permitio al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven impregno un pano en el licor que, sumido en la oracion, ungio fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oia estremecimientos indescriptibles, pero los atribuia a los juegos de la brisa en la cima de los arboles. Cuando humedecio el brazo derecho sintio que un brazo fuerte y vigoroso le cogia el cuello, ?el brazo de su padre!

Profirio un grito desgarrador y dejo caer el frasco, que se rompio. El licor se evaporo.

Las gentes del castillo acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitacion estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. Despues, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antinoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecia. Un anciano servidor grito:

–?Milagro! –Y todos los espanoles repitieron–: ?Milagro!

Dona Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mando buscar al abad de Sanlucar. Cuando el prior contemplo con sus propios ojos el milagro, decidio aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don Juan seria canonizado sin ninguna duda, fijo la apoteosica ceremonia en su convento, que en lo sucesivo se llamaria, dijo, San– Juan–de–Lucar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los espanoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan dificiles de creer las hechicerias religiosas con que el abad de Sanlucar celebro el traslado del bienaventurado don Juan Belvidero a su iglesia. Dias despues de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurreccion era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de mas de cincuenta leguas alrededor de Sanlucar, que resultaba comico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. La antigua mezquita del convento de Sanlucar; una maravillosa edificacion construida por los moros, cuyas bovedas escuchaban desde hacia tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Ala, no pudo contener a la multitud que acudia a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que solo se doblaban alli. Encantadoras campesinas, cuyas basquinas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de cabellos blancos. Jovenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Habia, ademas, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompanadas por sus bienamados; recien casados; ninos que se cogian de la mano, temerosos. Alli estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veian de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoracion a la que nuestras modernas operas solo podrian aproximarse debilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un magico aspecto al monumento. Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerias, las figuras sarracenas recortadas, los mas delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo. Era un oceano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habria podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lamparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos, palidecia ante el relicario en que se encontraba don Juan. El cuerpo del impio resplandecia de pedreria, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafin, y sustituia en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El abad de Sanlucar, adornado con los habitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su baculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillon de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiasticas, iban y venian en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llego la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzo a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum.

?Sublime grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en extasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el organo no domino el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Solo las agudas notas de la voz joven de los ninos del coro y los amplios acentos de algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

–Te Deum laudamus!

Aquel canto salia del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompio el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diafanos y azulados sobre las fantasias maravillosas de la arquitectura.

Todo era riqueza, perfume, luz y melodia. En el instante en que aquella musica de amor y de reconocimiento se concentro en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlon, respondio con una espantosa carcajada y se acomodo en su relicario. Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corria de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleon. Turbo aquella melodia de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecia, el cielo maldecia. La iglesia temblo en sus antiguos cimientos.

–Te Deum laudamus! –decia la asamblea.

–?Al diablo todos!, ?sois unas bestias! ?Dios! Dios!, ?carajos demonios!, ?animales, sois unos estupidos con vuestro viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrio como un rio de lava ardiente en una erupcion del Vesubio.

–Deus sabaoth, sabaoth! –gritaron los cristianos.

–?Insultais la majestad del infierno! contesto don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazo a la asamblea con gestos de desesperacion e ironia.

–El santo nos bendice –dijeron las viejas mujeres, los ninos y los novios, gentes credulas.

Asi somos frecuentemente enganados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazon.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:

–Sancte Johannes, ora pro nobis –entendio claramente:

–Oh, coglione!

–?Que pasa ahi arriba? –exclamo el dean al ver moverse el relicario.

–El santo dice diabluras –respondio el abad. Entonces, aquella cabeza viviente se separo violentamente del cuerpo que ya no vivia y cayo sobre el craneo amarillo del oficiante.

–?Acuerdate de dona Elvira! –grito la cabeza devorando la del abad.

Este profirio un horrible grito que turbo la ceremonia. Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

–?Imbecil! ?y dices que hay un Dios? –grito la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

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