Читать параллельно с  Английский  Русский 
La Isla del Dr. Moreau.  Herbert George Wells
Capítulo 20. A solas con los Monstruos
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

Les hice frente, pues en ellos estaba mi destino. Estaba solo, tenía un brazo roto y, en el bolsillo, un revólver al que le faltaban dos balas. Entre las astillas esparcidas por la playa encontré las dos hachas con las que habían desguazado los botes. La marea subía a mis espaldas.

No me quedaba más remedio que echarle valor. Miré fijamente los rostros de los Monstruos que se acercaban. Ellos rehuyeron mi mirada y husmearon con los hocicos temblorosos los cadáveres que yacían en la playa a mis espaldas. Avancé unos pasos, recogí el látigo ensangrentado que reposaba junto al cadáver del Hombre Lobo y lo hice restallar.

Se detuvieron y me miraron con extrañeza.

––¡Saludad! ––dije––. ¡Inclinaos ante mí!

Vacilaron un instante. Uno de ellos dobló las rodillas. Repetí la orden, con el corazón en un puño, y avancé hacia ellos. Primero se arrodilló uno, luego los otros dos.

Me di la vuelta y caminé hacia los cadáveres, sin apartar la vista de los tres Monstruos arrodillados, como un actor que hace mutis por el foro sin quitar la vista del público.

––Quebrantaron la Ley ––dije, al tiempo que apoyaba un pie sobre el Recitador––. Por eso han muerto. Incluso el Recitador de la Ley. Y el Hombre del Látigo. ¡Grande es la Ley! Venid a ver.

––No hay escapatoria ––dijo uno de ellos, mientras se acercaba a mirar.

––No hay escapatoria ––dije yo––. Por lo tanto, escuchad y haced lo que os ordeno.

Se pusieron en pie, interrogándose con la mirada. ––Quedaos ahí ––dije.

Recogí las dos hachas y las colgué del brazo en cabestrillo; luego, le di la vuelta a Montgomery, cogí su revólver, viendo que aún le quedaban dos balas, y hurgando en su bolsillo encontré seis cartuchos más.

––Lleváoslo ––dije, poniéndome otra vez en pie y señalando con el látigo el cadáver de Montgomery––. Lleváoslo de aquí y arrojadlo al mar.

Se acercaron, temerosos todavía de Montgomery, pero más temerosos aún del chasquido del látigo ensangrentado y, luego de algunos titubeos, restallidos de látigo y amenazas, lo levantaron con precaución, lo bajaron hasta la playa y se adentraron chapoteando en las relucientes olas.

––¡Venga! ––dije––. ¡Adelante! ¡Lleváoslo lejos! Avanzaron hasta que el agua les llegó a los hombros, se detuvieron y me miraron.

––Soltadlo ––dije.

El cuerpo de Montgomery se hundió bruscamente en medio de un gran chapoteo, y yo sentí que se me encogía el corazón.

––¡Bien! ––dije con un nudo en la garganta.

Corrieron asustados hacia la orilla, dejando largas estelas negras en el agua plateada. Al llegar a la arena se detuvieron y volvieron la cabeza hacia el mar, como si temiesen que Montgomery pudiese resurgir exigiendo venganza.

––Y ahora éstos ––dije, señalando a los otros cadáveres.

Se cuidaron mucho de no acercarse al lugar donde habían arrojado a Montgomery y arrastraron los cadáveres unos cien metros por la playa antes de vadear para echarlos al agua.

Mientras observaba cómo se deshacían de los restos mutilados de M'ling, oí un ligero ruido de pasos a mis espaldas, y, volviéndome bruscamente, vi al enorme Cerdo Hiena a unos diez metros de mí. Tenía la cabeza gacha, los ojos brillantes clavados en mí y las gruesas manos deformes pegadas al cuerpo. Al volverme cambió la postura de acecho y desvió ligeramente la mirada.

Nos miramos fijamente a los ojos un momento. Solté el látigo y saqué la pistola del bolsillo. Estaba dispuesto a matar a aquella bestia, la más temida de cuantas quedaban en la isla, al menor pretexto. Podrá parecer una vileza, pero ésa era mi intención. Le tenía mucho más miedo a él que a cualesquiera otros dos Monstruos juntos. Su supervivencia, no me cabía duda, era una amenaza para la mía.

Hice acopio de valor durante varios segundos. Luego grité:

––¡Saluda! ¡Arrodíllate!

Un gruñido dejó entrever sus colmillos.

––¿Quién eres tú para decirme...?

Quizá un poco precipitadamente, saqué el revólver, apunté y disparé. Le oí gritar, vi que corría y torcía en diagonal; supe que había fallado, y tiré del percutor con el pulgar dispuesto a disparar de nuevo. Pero huía a toda velocidad, saltando de un lado a otro, y no me atreví a errar de nuevo el tiro. De vez en cuando volvía la cabeza para mirarme por encima del hombro. Corrió por la pendiente de la playa y desapareció entre la densa masa de humo que aún salía del recinto en llamas. Me quedé un rato mirándolo. Luego me volví hacia mis tres obedientes Monstruos y les hice una seña para que soltasen el cadáver que transportaban. Regresé junto al fuego, al lugar donde habían caído los cuerpos, y removí la arena con el pie hasta que desaparecieron todas las manchas de sangre.

Despedí a mis tres esbirros con un movimiento de la mano y caminé playa arriba hasta adentrarme en la espesura. Llevaba la pistola en la mano y el látigo y las hachas colgadas del cabestrillo. Deseaba estar a solas para reflexionar sobre la situación en la que me encontraba.

Algo terrible, de lo que apenas empezaba a darme cuenta, era que no había un solo lugar seguro en toda la isla donde descansar y dormir. Había recuperado las fuerzas asombrosamente desde mi llegada a la isla, pero aún era proclive al nerviosismo y me venía abajo ante la adversidad. Pensé que lo mejor sería cruzar de nuevo la isla e instalarme entre los Monstruos, confiándoles mi propia seguridad personal. Pero me faltó el ánimo. Regresé a la playa, y, girando hacia el este por delante del recinto en llamas, me dirigí hacia un banco de arena y coral que avanzaba hasta el arrecife. Allí podría sentarme a reflexionar, de espaldas al mar y haciendo frente a cualquier posible sorpresa. Y allí estuve sentado un buen rato, la cara entre las rodillas y el sol abrasándome la cabeza. Un creciente temor se apoderaba de mí, pese a lo cual planeé el modo de sobrevivir hasta la hora de mi rescate, si es que esa hora llegaba. Intenté analizar la situación con la mayor ecuanimidad, pero no lograba desprenderme de mis sentimientos.

Me puse a darle vueltas en la cabeza a la desesperación de Montgomery. «Cambiarán ––dijo––. Seguro que cambiarán.» Y Moreau, ¿qué había dicho Moreau? «Su bestialidad es cada día mayor...» Luego volví a acordarme del Cerdo Hiena. Estaba seguro de que, si no mataba a aquella bestia, ella me mataría a mí ... El Recitador de la Ley había muerto. ¡Qué desgracia!... Ahora sabían que los Hombres del Látigo podían morir igual que ellos...

¿Me estarían espiando desde las masas verdes de helechos y palmeras, a la espera de tenerme a su alcance? ¿Qué estarían tramando contra mí? ¿Qué les estaría diciendo el Cerdo Hiena? Mi imaginación me sumía en un mar de temores infundados.

Mis pensamientos quedaron interrumpidos por los gritos de unas aves marinas que se precipitaban hacia un objeto negro que las olas habían depositado en la arena, cerca del recinto. Sabía muy bien de qué se trataba, pero me faltó valor para ir a ahuyentarlas. Comencé a caminar por la playa en dirección contraria, con la intención de bordear el extremo oriental de la isla y acercarme así al barranco de las cabañas, sin exponerme a las posibles emboscadas de la selva.

Después de recorrer aproximadamente un kilómetro, advertí la presencia de uno de mis tres Monstruos, que salía de los matorrales en dirección a mí. Las fantasías de mi imaginación me habían puesto tan nervioso que inmediatamente saqué el revólver. Ni siquiera sus gestos suplicantes consiguieron desarmarme.

Se me acercó con vacilación.

––¡Márchate! ––le grité.

La actitud asustadiza y servil de aquella criatura era propia de un perro. Retrocedió un poco, como un perro ahuyentado, y se detuvo, mirándome con ojos suplicantes.

––¡Márchate! ––repetí––. Note acerques.

––¿No puedo acercarme a ti? ––preguntó.

––¡No! Márchate ––insistí, haciendo sonar el látigo. Luego, sosteniendo el látigo con los dientes, me agaché para coger una piedra y, amenazándolo con ella, logré que se alejase.

Así, a solas, llegué hasta el barranco de los Monstruos y, escondido entre las hierbas y los juncos que lo separaban del mar, los observé a medida que iban apareciendo, intentando juzgar por su actitud y sus gestos en qué medida les había afectado la muerte de Moreau y de Montgomery y la destrucción de la Casa del Dolor. Entonces comprendí el desatino de mi cobardía. Si hubiera tenido el mismo valor que al amanecer, si no hubiera permitido que se disipara en reflexiones solitarias, podría haberme adueñado del cetro vacante de Moreau y dominar a los Monstruos. Pero había perdido la oportunidad, y había descendido al rango de simple líder de mis iguales.

Hacia el mediodía, algunos se tumbaron al sol sobre la arena caliente. La imperiosa voz del hambre y de la sed prevalecía sobre mis temores. Salí de mi escondite entre los matorrales y, revólver en mano, descendí hacia donde estaban sentadas aquellas criaturas. Una de ellas, una Mujer Lobo, volvió la cabeza y me miró con asombro; los demás la imitaron. Ninguno hizo ademán de levantarse o saludar. Estaba demasiado débil y cansado para enfrentarme a tantos, y dejé pasar la ocasión.

––Quiero comer ––dije, casi disculpándome, mientras me acercaba a ellos.

––Hay comida en las cabañas ––dijo un Oso jabalí medio dormido, volviendo la cabeza hacia otro lado.

Pasé por delante de ellos y me adentré en la sombra y los hedores del barranco casi desierto. En una cabaña vacía me di un festín de fruta y, tras tapar la puerta con unas ramas medio podridas, me coloqué frente a ella con la mano sobre el revólver. La fatiga de las últimas treinta horas empezaba a dejarse sentir, y caí en un ligero sopor, con la esperanza de que mi frágil barricada hiciera el ruido suficiente para evitarme cualquier sorpresa desagradable si alguien la derribaba.