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La Isla del Dr. Moreau.  Herbert George Wells
Capítulo 22. El hombre solo
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Zarpé al llegar la tarde, empujado lenta y constantemente por una suave brisa del sudoeste. La isla se hacía cada vez más pequeña, y la delgada espiral de humo se veía ya como una fina raya sobre la cálida puesta de sol. El océano se alzaba a mi alrededor, borrando de mi vista aquella mancha oscura. La luz, fugitiva gloria del sol, comenzó a desaparecer del cielo como una cortina luminosa, y al fin pude mirar el inmenso abismo azul que el sol ocultaba, y observar las flotantes huestes de estrellas. El mar estaba en calma, el cielo estaba en calma; yo estaba a solas con la noche.

Navegué a la deriva durante tres días, sin apenas comer ni beber, pensando en todo lo que me había sucedido, y sin demasiados deseos de volver a ver a nadie. Llevaba puestos unos harapos y mi pelo era una maraña sucia. Sin duda, mis rescatadores me tomaron por loco. Es extraño, pero no sentía ningún deseo de regresar a la civilización. Me alegraba únicamente de verme libre de la vileza de los Monstruos salvajes. Al tercer día fui rescatado por un bergantín que cubría la ruta entre Asia y San Francisco. Ni el capitán ni el piloto dieron crédito a mi relato, pues pensaron que la soledad y el peligro me habían trastornado. Ante el temor de que su opinión pudiese contagiar a otros, me abstuve de proseguir el relato de mi aventura, y fingí no recordar nada de lo ocurrido desde el naufragio del Lady Vain hasta el momento de mi rescate, es decir, durante un año.

Tuve que actuar con la mayor prudencia para alejar de mí la sospecha de la locura. Me atormentaban los recuerdos de la Ley, de los dos marinos muertos, de las emboscadas en la oscuridad, de aquel cuerpo en el cañaveral... Por extraño que parezca, mi regreso a la civilización, en lugar de proporcionarme la confianza y la tranquilidad que yo esperaba, acrecentó la inseguridad y el temor que había experimentado durante mi estancia en la isla. Resultaba casi tan insólito para los hombres como lo había sido para los Monstruos. Tal vez se me había pegado algo de la ferocidad de mis compañeros.

Dicen que el terror es una enfermedad; sea como fuere, puedo dar fe de que, desde hace ya varios años, se ha apoderado de mí el desasosiego; un desasosiego comparable al de un cachorro de león a medio domesticar. Mi trastorno adquirió una forma muy extraña. No lograba quitarme de la cabeza la idea de que los hombres y mujeres que conocía eran otros monstruos pasablemente humanos, animales con forma de persona, y que en cualquier momento podían comenzar a transformarse, a mostrar este o aquel síntoma de su naturaleza bestial. Pero he confiado mi caso a un hombre extraordinariamente capaz, un hombre que había conocido a Moreau y parecía dar cierto crédito a mi historia, un psiquiatra que me ha ayudado mucho.

Aunque supongo que el terror de la isla no me abandonará nunca, a veces se oculta en lo más recóndito de mi mente: una nube lejana, un recuerdo, una leve desconfianza; pero hay momentos en que la nubecilla se extiende y oscurece el cielo por completo. Entonces miro a la gente que me rodea y el miedo se apodera de mí. Veo unos rostros resplandecientes y animados, otros sombríos o peligrosos, otros inseguros, insinceros; ninguno que tenga la reposada autoridad de un alma sensata. Siento que el animal se está apoderando de ellos, que en cualquier momento la degradación de los isleños va a reproducirse a gran escala. Sé que todo es una ilusión, que esos hombres y mujeres son seres perfectamente normales, llenos de sentimientos humanos y de ternura, libres del instinto, en lugar de esclavos de una fantástica Ley: seres diametralmente opuestos a los Monstruos. Sin embargo, me asusta su presencia, sus miradas curiosas, sus preguntas y su insistencia, y ansío estar a solas, lejos de ellos.

Por esta razón vivo cerca del campo, y puedo refugiarme en él cuando esa sombra se cierne sobre mi alma. Qué agradable resulta entonces el campo solitario, bajo las nubes llevadas por el viento. Cuando vivía en Londres, el terror era casi insoportable. No podía olvidarme de la gente: sus voces entraban por las ventanas, las puertas eran una endeble protección. Caminaba por las calles para combatir mi alucinación: mujeres entrometidas me acosaban con sus gritos, hombres furtivos y voraces me miraban con envidia, obreros pálidos y agotados ––los ojos cansados y el paso ansioso como ciervos heridos–– pasaban tosiendo a mi lado, ancianos encorvados y taciturnos murmuraban para sus adentros, y un tropel de niños se burlaba descaradamente de mí. Entonces me refugiaba en una capilla, e incluso allí ––tal era mi desasosiego–– me parecía que el cura farfullaba las mismas incongruencias que el Hombre Mono; o en una biblioteca, donde aquellos rostros concentrados en los libros parecían fieras al acecho. Particularmente nauseabundos eran los rostros vacíos e inexpresivos de la gente que viajaba en los trenes y en el ómnibus; me recordaban tanto a los muertos que sólo me atrevía a viajar cuando estaba seguro de ser el único pasajero. Ni yo mismo parecía un ser normal, sino un animal atormentado que quisiera vagar para calmar algún trastorno del cerebro, como una oveja enferma.

Pero, gracias a Dios, este estado de ánimo es cada vez menos frecuente. Me he alejado del caos de las ciudades y de las multitudes, y me paso el día rodeado de libros doctos, de ventanas llenas de luz en esta vida iluminada por las resplandecientes almas de los hombres. Veo a pocos extraños, y mi servicio doméstico es muy reducido. Dedico los días a la lectura y a los experimentos de química, y paso muchas noches claras en el laboratorio de astronomía. El brillo de las estrellas me produce, aunque no sepa cómo ni por qué, una sensación de paz y seguridad infinitas. Creo que es allí, en las vastas y eternas leyes de la materia, y no en las preocupaciones, en los pecados y en los problemas cotidianos de los hombres, donde lo que en nosotros pueda haber de superior al animal debe buscar el sosiego y la esperanza. Sin esa ilusión no podría vivir. Y así, en la esperanza y la soledad, concluye mi historia.

Edward PRENDICK

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