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Tárzan de los monos.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 11. «Rey de los monos»
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Aún no había oscurecido cuando llegó al lugar donde acampaba la tribu, aunque hizo un alto para desenterrar y devorar los restos del jabalí que había escondido el día antes. Se detuvo también para recoger lo que dejó oculto en la copa de un árbol: el arco y las flechas de Kulonga.

Muy cargado iba Tarzán cuando se descolgó de las ramas para aterrizar en medio del clan de Kerchak.

Henchido el pecho, relató orgullosamente su gloriosa aventura y exhibió el botín conquistado.

Kerchak emitió un gruñido y se retiró: se sentía celoso de aquel extraño miembro de su tribu. Buscó en su miserable cerebro alguna excusa que le permitiese desahogar la rabia y el odio que le inspiraba Tarzán.

Al día siguiente, con los primeros resplandores de la aurora, el hombre mono estaba ya ejercitándose en el manejo del arco y las flechas. Al principio no acertaba el blanco con ninguno de los disparos, pero poco a poco fue aprendiendo a dirigir de modo certero las pequeñas saetas y al cabo de un mes tiraba bastante bien. Pero alcanzar aquella aptitud le costó prácticamente todas sus existencias de flechas.

La tribu continuaba encontrando buena caza en la vecindad de la playa, así que Tarzán de los Monos alternó su entrenamiento de arquero con el estudio de los libros que formaban la no muy amplia aunque sí bien elegida biblioteca de su padre.

Durante ese periodo el joven lord inglés encontró oculto en la parte trasera de uno de los armarios de la cabaña una cajita metálica. Tenía la llave en la cerradura y unos momentos de examen y tanteos le premiaron con la recompensa oportuna: el receptáculo se abrió.

Dentro de la cajita halló el retrato descolorido de un joven de afable semblante, un guardapelo de oro con diamantes engastados, unido a una cadena también de oro, y unas cuantas cartas.

Tarzán examinó todo aquello meticulosamente.

La fotografía fue lo que más le gustó, porque los ojos sonreían y el rostro tenía expresión franca y sincera. Era su padre.

También el guardapelo le parecía algo estupendo. Se pasó la cadena alrededor del cuello, al estilo del adorno que había visto era tan corriente entre los negros cuyo poblado visitara. Las brillantes piedras preciosas resaltaron de un modo extraño sobre su tersa y bronceada piel.

Le costaba mucho trabajo descifrar las cartas, ya que no había aprendido gran cosa acerca de la escritura a mano, así que las depositó en la cajita, con el retrato, y dedicó su atención al libro.

Estaba escrito a mano casi en su totalidad y aunque los bichitos aquellos le eran familiares, su disposición y las combinaciones que formaban no podían serle más extrañas, hasta el punto de resultarle completamente incomprensibles.

Hacía bastante tiempo que Tarzán aprendió a utilizar el diccionario, pero, con no poca congoja y perplejidad, comprobó que tal conocimiento no le servía de nada en aquella emergencia. No localizó en el diccionario ni una sola palabra de las caligrafiadas en el libro, por lo que volvió a dejarlo en la cajita, si bien lo hizo con la firme determinación de reanudar más adelante las investigaciones para desentrañar los misterios que encerrase el volumen.

Poco sabía Tarzán que entre las cubiertas de aquel libro se encontraba la clave de su origen, la solución al extraño enigma de su vida. Se trataba del diario de John Clayton, lord Greystoke, redactado en francés, como siempre tuvo por costumbre.

Tarzán volvió a guardar la cajita en el armario, pero a partir de aquel momento llevó siempre en el corazón las facciones del enérgico y sonriente rostro de su padre, como también llevó siempre en el cerebro la firme resolución de resolver el misterio de las insólitas palabras del libro.

De momento, tenía entre manos un asunto más importante, porque se le habían acabado las flechas y no le quedaba más alternativa que volver a la aldea de los hombres negros para renovar las existencias.

Se puso en camino a primera hora de la mañana siguiente, cubrió la distancia a bastante velocidad y llegó al claro de la aldea antes del mediodía. Volvió a apostarse en lo alto del mismo árbol gigante de la otra vez y, como en la ocasión anterior, vio mujeres en los campos de cultivo y en la calle de la aldea. Y también vio el caldero, que burbujeaba inmediatamente debajo de él.

Se mantuvo horas y horas a la espera de la oportunidad de descender sin que le vieran y apoderarse de las flechas que había ido a buscar; pero no ocurrió nada que indujera a los habitantes de la aldea a alejarse de sus chozas. El día se acercaba ya al ocaso y Tarzán de los Monos seguía agazapado encima de la mujer del caldero, ajena ésta por completo a aquel espionaje.

Empezaron a volver las mujeres que trabajaban en los campos. Emergieron de la selva los guerreros que habían salido de caza y, cuando todos estuvieron dentro del recinto de las empalizadas, se cerraron y atrancaron los portones.

En diversos puntos de la aldea aparecieron marmitas humeantes. Delante de cada choza, una mujer presidía el hirviente guiso y en todas las manos se veían tortas de llantén y de mandioca.

De pronto sonó un grito en el extremo de la explanada.

Tarzán miró hacia allí.

Era una partida de eufóricos cazadores que llegaban de la parte del norte, cargados con un animal que se resistía con tal vigor que tenían que llevarlo medio a rastras.

Al acercarse el grupo, los de dentro abrieron los portones para que entrasen en la aldea y entonces, cuando vieron la pieza que habían cobrado, un grito salvaje sacudió el aire, rumbo al cielo, porque la víctima era un hombre.

Lo arrastraron calle adelante, el prisionero seguía resistiéndose, las mujeres y los niños se abalanzaron sobre él, armados con palos y piedras, y Tarzán de los Monos, joven y selvática criatura de la jungla, se asombró de la crueldad que demostraban aquellos seres de su misma especie.

De todos los pobladores de la selva, sólo Sheeta, el leopardo, torturaba a sus presas. El sentido ético impulsaba a los demás a deparar a sus víctimas una muerte rápida y caritativa.

Acerca del comportamiento de los hombres, Tarzán sólo había encontrado en los libros detalles dispersos.

Cuando siguió a Kulonga a través de la selva había esperado llegar a una ciudad de extrañas casas sobre ruedas, con un árbol plantado en el tejado de una de ellas del que saldrían nubecillas de humo negro... O a un mar cubierto de imponentes edificios flotantes, los cuales, según había aprendido, tenían sus correspondientes nombres: barcos y botes, navíos y vapores.

Se sintió lastimosamente desilusionado al ver aquella mísera aldea de negros, oculta en un rincón de su selva, y sin una sola casa que fuese tan grande como la cabaña de que disponía él en la lejana playa.

Comprobó que aquellos seres eran más perversos que los simios de su tribu y tan salvajes y crueles como la propia Sabor. Tarzán empezó a tener muy mala opinión de su propia especie.

Los negros habían atado a su pobre víctima a un poste plantado casi en mitad del poblado, frente a la choza de Mbonga, y allí formaron un círculo de guerreros que empezaron a chillar, a bailar y a girar entre cabriolas alrededor de su presa, al tiempo que enarbolaban centelleantes cuchillos y amenazadores venablos.

Las mujeres, sentadas en un círculo más amplio, gritaban y golpeaban rítmicamente los tambores. Aquello le recordó a Tarzán el Dum-Dum, por lo que adivinó lo que iba a ocurrir. Se preguntó si se abalanzarían sobre el hombre para comérselo vivo. Los monos no hacían cosa semejante.

El círculo de guerreros que rodeaba al cautivo se fue acercando cada vez más a éste, mientras se agitaban en frenética danza al ritmo enloquecedor de los tambores. Por último, un venablo abandonó veloz la mano que lo empuñaba y fue a clavarse en la víctima. Fue la señal para que otros cincuenta hiciesen lo propio.

Ojos, orejas, brazos y piernas recibieron el aguijón de las armas de los crueles lanceros; el cuerpo se retorció lamentablemente mientras los venablos se clavaban en todos los puntos que no cubrían partes vitales.

Las mujeres y los niños chillaban jubilosamente.

A los guerreros se les hacía la boca agua y se relamían de gusto ante el festín con que iban a regalarse. Rivalizaban en salvajismo unos con otros, a ver quien cometía mayores atrocidades y quien torturaba de forma más inhumana al aún consciente prisionero.

Tarzán de los Monos vio entonces llegada su oportunidad. Todos los habitantes de la aldea no tenían ojos más que para el espectáculo que se desarrollaba alrededor del poste. La luz diurna había dado paso a la oscuridad de una noche sin luna y sólo el resplandor de las fogatas próximas al lugar de la orgía desparramaba un tenue y vacilante resplandor por el agitado escenario.

Poco a poco, el ágil muchacho se deslizó hasta el blando piso del extremo de la calle de la aldea. Recogió rápidamente las flechas, todas, esa vez, porque había llevado consigo unas cuantas fibras largas para hacer con ellas un fardo.

Sin precipitarse, envolvió las flechas con cuidado y luego, en el momento en que se disponía a retirarse, un demonio travieso puso en su corazón el capricho de cometer una diablura. Miró en torno, mientras pensaba qué jugarreta podría gastar a aquellos grotescos seres para que tuviesen plena conciencia de que estuvo entre ellos.

Dejó en el suelo, al pie de un árbol, el bulto de las flechas y se deslizó entre las sombras de la parte lateral de la calle hasta llegar a la entrada de la misma choza en la que entró durante su primera visita.

El interior estaba a oscuras, pero Tarzán tanteó con las manos y no tardó en encontrar el objeto que buscaba. Sin más dilación, se dirigió a la puerta.

Sin embargo, apenas había dado un paso cuando su afinado oído percibió el rumor de unos pasos que se acercaban. Un segundo después, la figura de una mujer oscurecía el hueco de la entrada de la choza.

Tarzán retrocedió en silencio hasta la pared del fondo y llevó la mano hasta la empuñadura del cuchillo de su padre. La mujer se llegó rápidamente al centro de la choza. Allí hizo una pausa y buscó a tientas lo que había ido a buscar. Evidentemente, no estaba habituada a aquella estancia, porque tuvo que seguir tanteando y, en su exploración, fue aproximándose cada vez más al sitio donde se hallaba Tarzán.

Se acercó tanto que el hombre mono sintió el calor animal del desnudo cuerpo de la mujer. Tarzán levantó el cuchillo de caza pero, en aquel momento, la mujer se desvió a un lado y exhaló un «¡Ah!» gutural, revelador de que su búsqueda había culminado felizmente.

Dio media vuelta al instante y abandonó la choza. Cuando cruzó la puerta, Tarzán vio que llevaba en las manos una olla.

El hombre mono se apresuró a salir también y, al reconocer el terreno, en la misma entrada, observó que las mujeres de la aldea salían a paso vivo de los chamizos, todas ellas con pucheros, ollas y marmitas. Llenaron de agua los recipientes y depositaron cierto número de ellos cerca del poste donde la moribunda víctima se inclinaba medio caída hacia adelante, una masa de sufrimiento, inerte y ensangrentada.

En el momento en que juzgó que no había nadie por las proximidades, Tarzán se dirigió a todo correr hacia el punto donde había dejado el fardo con las flechas, el pie del árbol del extremo de la calle de la aldea. Como en la ocasión anterior, volcó el caldero de un puntapié antes de saltar, serpenteante y felino, a las ramas inferiores del gigante del bosque.

Trepó silenciosamente hacia la copa hasta dar con una atalaya desde la que le era factible contemplar, a través de una abertura del follaje, lo que sucedía a sus pies.

Las mujeres preparaban al prisionero para introducirlo, troceado, en sus ollas y pucheros, mientras los hombres descansaban tras la agotadora danza de su orgía demencial. Una relativa calma reinaba en el poblado.

Tarzán levantó por encima de la cabeza lo que había sustraído en la choza y, con certera puntería, hija de la larga práctica desarrollada a lo largo de muchos años de arrojar cocos y otros frutos, lo disparó hacia el grupo de salvajes.

Hábil y acertadamente dirigido, se estrelló en la cabeza de uno de los guerreros, que fue a dar con sus huesos en el suelo. El objeto rodó después entre las mujeres y se detuvo junto al ya medio descuartizado cuerpo que preparaban para el festín.

Durante unos segundos cuantos estaban allí se quedaron mirando consternadísimos y luego, todos a una, salieron corriendo en todas direcciones, hacia sus respectivas chozas.

Lo que desde el suelo se les había quedado mirando a ellos era una sonriente calavera. El hecho de que hubiese caído del cielo constituía un milagro atinadamente orientado a despertar sus terrores supersticiosos.

Tarzán de los Monos los dejó así sumidos en el pavor, merced a aquella nueva manifestación de la presencia de un invisible y diabólico poder ultraterrenal que acechaba en la selva contigua a su aldea.

Poco después, cuando descubrieron el caldero volcado y la desaparición, una vez más, de las flechas, irrumpió en sus mentes la idea de que sin duda, al construir su poblado en aquella parte de la jungla, habían ofendido a algún dios importante y poderoso, cuyo favor no se molestaron en propiciar. A partir de entonces, para reconciliarse con aquel omnipotente espíritu, todos los días se colocaba una ofrenda de alimentos al pie del gran árbol bajo cuyas ramas habían desaparecido las flechas.

Pero la semilla del pánico había arraigado profundamente y, aunque Tarzán de los Monos no lo sabía del todo, lo cierto es que había echado los cimientos de una futura infelicidad que le afectaría a él y a su tribu.

Pernoctó aquella noche en el bosque, no lejos de la aldea, y casi con el alba emprendió la marcha en dirección al paraje donde se encontraba el clan. Avanzaba despacio, porque se entretenía buscando alimento por el camino. Sólo encontró unas pocas bayas y algún que otro gusano y el hambre le acuciaba ya cuando, al levantar la cabeza, después de haber mirado debajo de un tronco, vio a Sabor, la leona, erguida en mitad del sendero, a menos de veinte pasos de él.

Los enormes ojos amarillos estaban clavados en Tarzán con un ominoso y pérfido brillo en las pupilas. El felino se pasó la roja lengua por los labios anhelantes, al tiempo que bajaba el cuerpo para aproximarse con cautelosos movimientos, pegado el vientre al suelo.

Tarzán no intentó la huida. Acogió gustoso la oportunidad que, ciertamente, había estado esperando durante días, ahora que iba armado con algo más que una cuerda hecha de hierbas.

Se descolgó el arco rápidamente del hombro y tomó una flecha bien impregnada de veneno. Sabor inició el salto y la pequeña saeta fue a su encuentro y la alcanzó en el aire. Simultáneamente, Tarzán se apartó a un lado con celérico brinco y en el mismo instante en que el gran félido aterrizaba, otra flecha de punta mortífera se hundió profundamente en el lomo de Sabor.

La fiera lanzó un impresionante rugido, dio media vuelta e inició de nuevo el ataque... para encontrarse con que otra saeta se le clavaba en un ojo. Sin embargo, esta vez se encontraba demasiado cerca para que el hombre mono tuviera tiempo de apartarse y esquivar el cuerpo del felino.

Tarzán de los Monos cayó bajo el impulso y el peso de su enemiga, pero el centelleante cuchillo salió a relucir y encontró carne. Permanecieron así unos segundos, al cabo de los cuales Tarzán comprendió que la masa inerte que tenía encima se encontraba lejos de poder hacer daño de nuevo a hombre o simio alguno.

Logró zafarse, no sin dificultad, del enorme peso que tenía encima y cuando se puso en pie y bajó la mirada sobre la pieza que había cobrado gracias a su habilidad, un arrebato de alborozo inundó todo su ser.

Hinchó el pecho, colocó un pie sobre el cadáver de su formidable enemiga, echó la cabeza atrás y lanzó al aire el rugiente desafío del mono macho victorioso.

El salvaje grito de triunfo repercutió por los amplios espacios de la selva. Las aves se inmovilizaron y los depredadores y las bestias de mayor tamaño se alejaron precavida y sigilosamente, porque en toda la jungla pocos eran los que estaban dispuestos a buscar camorra con los grandes antropoides.

Y en Londres otro lord Greystoke conversaba con sus semejantes en la Cámara de los Lores, pero ninguno temblaba ante el sonido de su voz suave y tranquila.

La carne de Sabor resultó ser de lo más insípido, incluso para el poco exigente paladar de Tarzán de los Monos, pero el hambre fue el condimento más eficaz para la dureza y el sabor rancio de la vianda. Luego, saciado el apetito y lleno el estómago, el hombre mono se dispuso de nuevo a dormir. Antes, sin embargo, debía quitar la piel a la leona, porque precisamente ese era el objetivo principal que inspiraba su deseo de acabar con la vida de Sabor.

Desolló a la leona. Con gran destreza, porque ya había practicado la operación con animales menores. Cuando hubo concluido la tarea, llevó su trofeo a la horquilla de un árbol alto y allí, acurrucado en el codo que formaban unas ramas, se quedó profundamente dormido. Un sueño sin pesadillas.

Lo poco que había dormido últimamente, el agotador ejercicio físico y el hecho de haber llenado a gusto el estómago propiciaron el descanso reparador. Tarzán de los Monos durmió veinticuatro horas: no se despertó hasta el mediodía de la jornada siguiente. Se encaminó directamente al lugar donde dejara el cadáver de Sabor y se llevó un enorme disgusto al comprobar que otros hambrientos moradores de la selva habían devorado a la leona, dejando sólo los huesos limpios.

Al cabo de media hora de camino, sin prisas, a través de la selva avistó un cervatillo, y antes de que el joven animal se percatase de que andaba cerca de allí un enemigo, la minúscula saeta se le había alojado en el cuello.

El ponzoñoso virus actuaba con tal rapidez que apenas había dado doce zancadas, tras recibir el impacto, cuando el ciervo cayó redondo en el suelo, muerto. Tarzán volvió a regalarse con otro banquete, pero esa vez no durmió.

Lo que sí hizo, en cambio, fue apresurarse en alcanzar el punto donde había dejado a su tribu. Al llegar, le faltó tiempo para mostrar orgullosamente la piel de Sabor, la leona.

-¡Mirad! -exclamó-. ¡Mirad, monos de Kerchak! ¡Ved la hazaña que ha realizado Tarzán, el formidable matador! ¿Quién, entre todos vosotros, ha matado a un miembro del pueblo de Numa? Tarzán es el más poderoso de todos vosotros, porque Tarzán no es un mono. Tarzán es... -Se interrumpió al llegar a ese punto, ya que en el lenguaje de los antropoides no existía la palabra que designase al hombre, y Tarzán no podía pronunciarla, sólo sabía escribirla... en inglés.

La tribu se congregó a su alrededor para contemplar la prueba de su imponente proeza y para escuchar sus palabras.

Sólo Kerchak permaneció donde estaba, dedicado a incubar su odio y su rabia.

De súbito, algo estalló en el perverso y limitado cerebro del simio. Al tiempo que lanzaba un terrorífico bramido, la ciclópea bestia dio un salto que le situó en medio de los reunidos.

A copia de mordiscos y zarpazos de sus enormes manos, mató y dejó lisiados a una docena de congéneres, provocando la huida de los demás, que escaparon hacia las ramas superiores de los árboles.

Con las fauces despidiendo espumarajos y manifestando mediante alaridos lo demencial de su furia, Kerchak miró a su alrededor, buscando al ser que más odiaba. Lo vio sentado en una cercana rama baja.

-Ven aquí, Tarzán, gran luchador provocó Kerchak-. ¡Baja a probar los colmillos de otro luchador mejor que tú! ¿Acaso los luchadores poderosos huyen a refugiarse en los árboles a la menor señal de peligro?

Y Kerchak emitió a continuación el agudo grito de desafío propio de su especie.

Tarzán descendió tranquilamente al suelo. Contenido el aliento, los miembros del clan observaban la escena desde la seguridad de las altas enramadas donde se habían cobijado, mientras Kerchak, sin dejar de rugir, se lanzaban al ataque de la relativamente enclenque figura.

Pese a sus cortas extremidades inferiores, Kerchak medía algo más de dos metros de estatura. Los fuertes músculos hinchaban y redondeaban sus hombros enormes. La reducida nuca no era más que un tendón de hierro que sobresalía en la base del cráneo, de suerte que la cabeza daba la impresión de ser una bola que asomaba en lo alto de una gigantesca montaña de carne.

La rugiente boca contraía los labios hacia arriba para dejar al descubierto unos espeluznantes colmillos y en los criminales ojillos inyectados en sangre brillaba el reflejo de la locura asesina que animaba a Kerchak.

Tarzán le aguardaba. Era también un animal de músculos poderosos, pero su metro ochenta de estatura y la envergadura de sus brazos, con todo lo robustos que eran, parecían lastimosamente insuficientes para afrontar con éxito la prueba que les esperaba.

El arco y las flechas se encontraban a cierta distancia, donde los había dejado mientras enseñaba la piel de Sabor a sus compañeros simios, de modo que tuvo que plantar cara a Kerchak sólo con el cuchillo de monte y su inteligencia superior para compensar la feroz potencia física de su antagonista.

Cuando el rugiente simio se abalanzó sobre él, lord Greystoke desenvainó el cuchillo y, tras lanzar al aire un grito de desafío tan escalofriante como el de su enemigo, se precipitó hacia adelante, listo para hacer frente al enemigo. Tarzán era demasiado listo para permitir que aquellos largos brazos peludos se cerraran en torno a su cuerpo y en el preciso instante en que ambos contendientes iban a tomar violento contacto, lord Greystoke agarró una de las gruesas muñecas del mono y, a la vez que daba un ágil salto hacia un lado, hundió el cuchillo hasta la empuñadura en la parte lateral del torso de Kerchak, debajo del corazón.

Pero antes de que pudiera retirar la hoja, el rápido movimiento que ejecutó el simio para envolver entre sus poderosos brazos a Tarzán, alejó la mano de éste de la empuñadura del cuchillo.

Kerchak dirigió un golpe tremendo con la mano abierta a la cabeza del hombre-mono, golpe que, de haber llegado a su destino, hubiera aplastado la sien de Tarzán.

Pero el hombre-mono era rápido de movimientos, esquivó el manotazo agachando la cabeza y, con el puño, descargó un derechazo demoledor que se estrelló en la boca del estómago de Kerchak.

Se tambaleó el simio que, con la mortal herida del costado parecía a punto de venirse abajo; pero hizo acopio de fuerzas con un tremendo esfuerzo y se recuperó momentáneamente, al menos el tiempo suficiente para zafarse de la mano de Tarzán que le sujetaba la muñeca y cerrar los fornidos brazos alrededor del cuerpo de su duro adversario.

Apretó contra sí al hombre-mono, mientras las ávidas mandíbulas buscaban la garganta de Tarzán, pero los acerados dedos del joven lord llegaron al propio cuello de Kerchak antes de que los inhumanos dientes pudieran acercarse a la tersa y bronceada piel.

Siguieron forcejeando así, uno tratando de arrancar la vida de su adversario clavándole los terribles colmillos, y el otro esforzándose en estrangular al simio apretándole la garganta, a la vez que mantenía apartadas de sí las rugientes fauces de la bestia.

La fuerza superior del mono fue imponiéndose poco a poco y los colmillos del esforzado simio apenas se encontraban ya a dos centímetros y medio del cuello de Tarzán cuando, con repentino estremecimiento, el cuerpo colosal de Kerchak se tensó, rígido, durante un segundo, para luego desplomarse inerte contra el suelo.

Kerchak había muerto.

Tarzán de los Monos retiró el cuchillo que le había permitido superar en combate a seres de músculos más potentes que los suyos, apoyó el pie en el cuello del derrotado enemigo y, una vez más, el grito ululante, salvaje y triunfal del vencedor surcó los aires de la selva virgen.

Así conquistó el joven lord Greystoke el trono y el título de rey de los monos.