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Tárzan de los monos.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 19. La llamada de lo primitivo
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Desde que Tarzán abandonó la tribu de gigantescos antropoides entre los que se crió, las discordias y luchas intestinas desgarraban continuamente el clan. Terkoz resultó un soberano caprichoso y despiadado, así que, uno tras otro, muchos de los monos viejos, a los que la edad debilitaba, sobre los cuales el feroz Terkoz se complacía particularmente en desahogar sus instintos brutales, optaron por coger a su familia y buscar la tranquilidad de zonas interiores más seguras, lejos del tirano.

Pero la incesante truculencia de Terkoz llevó a la desesperación a quienes seguían viviendo en el seno de la tribu, hasta que uno de ellos se acordó de la recomendación que les hizo Tarzán al partir.

-Si tenéis un jefe cruel, no cometáis el error en que caen los otros monos y no intentéis luchar contra él de uno en uno. Lo que debéis hacer es atacarlo al mismo tiempo dos, tres o cuatro de vosotros. Si obráis así, entonces no habrá jefe que se atreva a extralimitarse y abusar de los miembros de la tribu, porque entre cuatro siempre podréis matar a cualquier jefe que se pase de la raya.

El simio que recordó tan sensato consejo lo repitió a varios de sus congéneres, de forma que cuando Terkoz regresó al clan aquel día se encontró con un caluroso comité de recepción.

No hubo formulismos protocolarios. En cuanto Terkoz llegó al grupo, cinco enormes cuadrumanos saltaron sobre él.

En el fondo, Terkoz era un tremendo cobarde, como suele ser el caso de los fanfarrones, tanto si se trata de hombres como de simios; así que en vez de plantar cara a sus retadores, dispuesto a luchar y, de ser necesario, morir, se zafó de ellos con toda la rapidez que pudo, emprendió veloz huida y se refugió tras la pantalla protectora del follaje de la selva.

Intentó en dos ocasiones incorporarse a la tribu, pero en ambas se vio atacado y puesto en fuga. Por fin se dio por vencido y, rebosante de odio y furor, se adentró en la jungla.

Anduvo varios días deambulando sin rumbo, despechado y cada vez más rabioso, a la caza de algún ser más débil que él sobre el que descargar su colérico rencor.

En tal estado de ánimo, aquel bestial antropoide se desplazaba de árbol en árbol cuando, de pronto, avistó a las dos mujeres en la selva.

Se encontraba justamente sobre sus cabezas cuando las vio. La primera noticia que tuvo Jane Porter de la presencia de aquel monstruo fue cuando el enorme cuerpo velludo aterrizó de golpe junto a ella y los ojos de la muchacha, al volver la cabeza, tropezaron con aquella espantosa cara y las rugientes fauces, abiertas a menos de treinta centímetros de su persona.

Un agudo grito se escapó de los labios de Jane Porter cuando la mano de la fiera le aferró un brazo. Después se vio atraída hacia aquellos espeluznantes colmillos ávidos de clavarse en su garganta. Pero cuando parecían a punto de llegar a la tersa piel de la joven, el antropoide cambió de idea.

La tribu se le había quedado las hembras. Debía encontrar otras para sustituirlas. Aquella mona blanca sin pelo sería la primera hembra de su nuevo clan. Se la echó rudamente cruzada sobre los peludos y anchos hombros, saltó otra vez a la enramada y se alejó a través de los árboles, cargado con Jane.

El chillido aterrorizado de Esmeralda se mezcló una vez con el de la muchacha y luego, como era su costumbre cuando la situación requería valor y presencia de ánimo, Esmeralda se desvaneció.

Pero Jane no perdió el conocimiento. Desde luego, aquella cara horrible se oprimía contra la suya y el aliento fétido que la bestia lanzaba sobre sus fosas nasales la paralizaron de miedo, pero su mente se mantenía clara y se daba perfecta cuenta de todo lo que ocurría.

A una velocidad que a Jane le pareció portentosa, la bestia la llevó a través del arbolado, sin que la joven gritase ni se resistiera. La repentina aparición del simio la había dejado confundida hasta tal punto que pensaba que la conducía hacia la playa.

Por tal motivo, Jane decidió reservar sus energías y la voz hasta cerciorarse de que se habían acercado tanto al campamento como para que si pedía socorro pudieran oírla.

Lo ignoraba entonces, no podía saberlo, pero la verdad es que el antropoide la iba adentrando cada vez más en la tupida jungla.

El mismo grito que llevó a Clayton y a los dos ancianos a trompicones a través de la maleza selvática, había conducido antes a Tarzán de los Monos directamente al lugar donde yacía Esmeralda, pero el interés de Tarzán no se centraba en la mujer, aunque sí hizo una pausa junto a ella para cerciorarse de que estaba ilesa.

Escrutó momentáneamente el suelo y las ramas de los árboles, hasta que el simio que llevaba dentro, en virtud del ambiente en que se había criado y la formación que había recibido, combinado con la inteligencia heredada de sus antecesores, transmitieron a su mente la historia completa de lo sucedido, con tanto detalle y claridad como si lo hubiera visto con sus propios ojos.

Se lanzó inmediatamente a las oscilantes enramadas y emprendió la persecución por las alturas, siguiendo unos rastros que ningún otro ser humano hubiese podido detectar y mucho menos interpretar.

En los extremos de las ramas, donde el antropoide toma impulso para arrojarse desde allí a otro árbol, hay más huellas reveladoras del paso de la pieza que se persigue, pero menos señales que indiquen la dirección que ha tomado. La presión es allí siempre hacia abajo, hacia la punta de la rama, tanto si el mono salta al árbol como si se impulsa para abandonarlo. En el centro del árbol, donde las señales del paso son más débiles, la dirección se marca con toda claridad.

Allí, en aquella rama, la enorme planta del pie del fugitivo ha aplastado una oruga, y el instinto indica a Tarzán el punto donde el mismo pie se apoyará tras la zancada siguiente. Mira hacia dicho punto y encuentra una diminuta partícula de larva destrozada, un indicio que no es mayor que una mota de humedad.

Un poco más allá, la uña de una mano ha puesto hacia arriba un trozo de corteza y el sentido de la grieta indica la dirección en que marcha quien ha arrancado la corteza. Otras veces es en una rama grande o en el mismo tronco del árbol donde el roce ha hecho que se queden allí unas hebras de pelo que, dada la posición en que han quedado atrapadas debajo de la corteza, comunican a Tarzán que está en el buen camino.

Tampoco necesitaba el hombre mono reducir la marcha para percibir tales aparentemente débiles huellas del paso de la fiera a la que perseguía.

Para Tarzán todas destacaban de modo palmario sobre la minada de desgarrones, trozos de corteza arrancados y demás señales que sembraban aquella frondosa ruta. Pero a lo que más partido sacaba el hombre-mono era a su fino olfato. Al avanzar con el viento de cara sus fosas nasales, sensibles como las de un sabueso, contaban con gran ventaja.

Hay quien cree que los animales de especies consideradas inferiores están especialmente dotadas de un sentido del olfato superior al del hombre, pero en realidad todo es cuestión de adiestramiento y desarrollo.

La supervivencia del hombre depende de la perfección de los sentidos menos de lo que pudiera creerse. Su capacidad de raciocinio le ha liberado de numerosos esfuerzos y obligaciones, por lo que muchas de sus facultades se han anquilosado. Es algo que les ha ocurrido también a diversos músculos que, como los de las orejas y el cuero cabelludo, son inútiles por mera falta de uso.

Esos músculos están ahí, en torno a los apéndices auriculares y bajo la cabellera, lo mismo que están los nervios que transmiten las sensaciones al cerebro, pero todos se encuentran en estado de subdesarrollo porque no los necesitamos.

No ocurría así con Tarzán de los Monos. Desde la más tierna infancia su supervivencia dependió de la agudeza de su vista, oído, olfato, tacto y gusto mucho más que de la facultad de razonamiento, que desarrolló bastante más despacio.

De los cinco sentidos, el menos desarrollado en Tarzán era el del gusto, porque su paladar saboreaba casi con la misma delectación las exquisitas frutas del bosque que la carne cruda que llevase cierto tiempo enterrada, aunque en esto último apenas difería de los más civilizados gastrónomos.

Tarzán se desplazaba casi en absoluto silencio, aunque velozmente, tras las huellas de Terkoz y su presa, pero la bestia fugitiva percibió el acercamiento de su perseguidor y eso le hizo acelerar la marcha.

Recorrieron cinco kilómetros antes de que Tarzán los alcanzase y entonces, al comprender que era inútil seguir huyendo, Terkoz descendió a un pequeño claro, donde podría revolverse y combatir para conservar la presa o, si el que le perseguía era superior a él en tamaño y fuerza, tendría el recurso de intentar la huida.

Aún sostenía a Jane con el enorme brazo cuando Tarzán saltó como un leopardo a la palestra que la naturaleza proporcionaba para aquella pelea primitiva.

Cuando Terkoz vio que quien le perseguía era Tarzán, llegó a la conclusión de que aquella era la hembra de su enemigo, puesto que ambos tenían el mismo aspecto -eran blancos y carecían de pelo- y acogió con inmenso regocijo la oportunidad de vengarse de aquel odiado rival.

Para Jane Porter, la aparición de aquel hombre que parecía un dios fue como un sedante para los nervios.

Por la descripción que le habían hecho su padre, el señor Philander y Clayton, la muchacha comprendió que debía de tratarse de la misma criatura maravillosa que los había salvado y vio en él no sólo a un protector sino también a un amigo.

Pero cuando Terkoz la apartó a un lado bruscamente, para afrontar el ataque de Tarzán, y la muchacha observó las gigantescas proporciones del simio, sus poderosos músculos y el filo aterrador de sus colmillos, el ánimo se le vino abajo. ¿Cómo podía vencer un hombre a tan imponente adversario?

Se acercaron el uno al otro como dos toros que se acometen con furia, como dos lobos que buscan clavar sus dientes en la garganta del contrario. La delgada hoja del cuchillo del hombre frente a los largos caninos del simio.

Con el juncal, esbelto y juvenil cuerpo aplastado contra el tronco de un árbol colosal, apretadas las manos sobre el agitado seno, desorbitados los ojos en los que se mezclaba el horror, la fascinación, el miedo y la admiración, Jane Porter contemplaba aquel combate entre un mono primario y un hombre primitivo que luchaban por la posesión de una mujer... que peleaban por ella.

Cuando los formidables músculos de los hombros y de la espalda del hombre se convirtieron en apretados nudos bajo la tensión y el esfuerzo, mientras los bíceps y el antebrazo mantenían a raya a los poderosos colmillos, la capa formada por siglos de civilización y cultura desapareció de la empañada vista de la muchacha de Baltimore.

Cuando el largo cuchillo se hundió profundamente una docena de veces y bebió la sangre que fluía por el corazón de Terkoz y cuando el impresionante cuerpo cayó sin vida contra el suelo, fue una mujer primitiva la que se precipitó hacia adelante, con los brazos tendidos, al encuentro del hombre primitivo que había luchado por ella, que la había ganado en feroz lid.

¿Y Tarzán?

Hizo lo que cualquier hombre con sangre en las venas hubiera hecho sin necesidad de que le aleccionaran. Acogió a la mujer en sus brazos y colmó de besos los palpitantes labios que se entreabrían para él.

Durante un momento, Jane permaneció allí, con los párpados entrecerrados. Durante un momento -el primero en su joven vida- comprendió el significado del amor.

Pero tan repentinamente como había desaparecido, la capa de civilización y cultura volvió a ocupar su sitio y los remordimientos de una conciencia ultrajada extendieron un cendal escarlata sobre el rostro de la muchacha que, mortificada, apartó de sí a Tarzán de los Monos y hundió el semblante entre las manos.

A Tarzán le sorprendió encontrar entre sus brazos a la muchacha a la que había aprendido a amar de una manera ambigua y abstracta. Ella se había dejado abrazar voluntariamente y ahora le rechazaba. Pero luego la sorpresa se repitió, aunque en sentido contrario.

Volvió a acercarse a Jane y le cogió un brazo. La joven se revolvió como una tigresa y sus puños descargaron repetidos golpes sobre el amplio pecho del hombre-mono.

Tarzán fue incapaz de entenderlo.

Un momento antes su intención era llevar inmediatamente a Jane junto a sus allegados, pero ese momento se perdía ya en un pretérito distante y nebuloso que nunca volvería a repetirse y, con él, la intención se había alejado también hacia el reino de lo imposible.

Tarzán de los Monos había sentido oprimida contra su cuerpo la figura cálida y flexible. Había notado sobre su mejilla el aliento dulce y tibio. La boca había aventado una nueva llama de vida dentro de su pecho. Unos labios perfectos se habían unido a los suyos en besos ardientes que estamparon una marca profunda en su espíritu, una marca que anunciaba el nacimiento de un nuevo Tarzán.

Volvió a posar la mano sobre el brazo de la muchacha. Ella volvió a rechazarle. Y Tarzán de los Monos hizo entonces lo mismo que hubiera hecho su primer ascendiente.

Cogió a su mujer en brazos y la llevó consigo al interior de la selva.

A la mañana siguiente, con el alba, el estampido de un cañón despertó a los cuatro ocupantes de la cabaña de las proximidades de la playa. Clayton fue el primero en salir precipitadamente, para encontrarse con que al otro lado de la boca del puerto natural, bastante mar adentro, habían fondeado dos buques. Uno era el Arrow y el otro un pequeño crucero francés. Por la borda de este último toda la tripulación miraba hacia tierra y a Clayton le resultó evidente, mientras los demás llegaban junto a él, que el cañonazo que había oído lo dispararon los del crucero para llamar su atención, si es que aún estaban en la cabaña.

Ambas naves se encontraban a considerable distancia de la orilla y era problemático que, incluso con catalejo, pudieran divisar los sombreros que en el centro de la playa, entre las dos puntas del golfo, agitaban los miembros de la partida.

Esmeralda se había quitado el rojo delantal y lo ondeaba frenéticamente por encima de la cabeza, pero Clayton, temeroso de que ni así pudieran verlos, echó a correr hacia la punta norte donde se hallaba la pira de la señal presta para que la encendiesen.

Le pareció que transcurría una eternidad, lo mismo que a los que se quedaron detrás, conteniendo el aliento, antes de que llegara al montón de maleza y ramas secas.

Cuando salió de la espesura y volvió a ver los buques, la consternación le inundó al comprobar que el Arrow se hacía a la vela y el crucero empezaba también a navegar.

Se apresuró a prender la hoguera, por una docena de puntos, corrió al extremo del promontorio y allí se rasgó la camisa, la ató a una rama que encontró caída y procedió a agitar aquel improvisado estandarte por encima de su cabeza.

Pero los barcos continuaron su maniobra, dispuestos a alejarse, y Clayton ya se había despedido de toda esperanza cuando la columna de humo, enorme por entonces, elevada por encima de la floresta como una gruesa aguja vertical, llamó la atención de un vigía del crucero y, automáticamente, una docena de catalejos enfocaron la playa.

Clayton vio entonces que los dos buques viraban de nuevo y, mientras el Arrow se quedaba tranquilamente al pairo en el océano, el crucero se fue aproximando lentamente a la orilla.

Se detuvo a cierta distancia y allí arriaron un bote, que se dirigió a la playa.

La barca llegó al promontorio y un joven oficial echó pie a tierra.

- ,Monsieur Clayton, presumo? -saludó.

-¡Gracias a Dios que han venido! -respondió Clayton-. Es posible que aún no sea demasiado tarde.

-¿Qué quiere decir, monsieur?

Clayton le explicó el secuestro de Jane Porter y lo imprescindible que resultaba disponer de hombres armados que colaborasen en la búsqueda de la joven.

-¡Mon Dieu! -exclamó contrito el oficial-. Ayer habríamos llegado a tiempo. Hoy es posible que, por desgracia, no podamos encontrar ya a esa pobre dama. Es horrible, monsieur. Espantosamente horrible.

Nuevos botes se destacaban ya del crucero y Clayton, tras indicar la entrada de la bahía al oficial, subió con él a la barca y ésta puso proa al interior de la rada. Los demás botes les siguieron.

Toda la partida desembarcaba al cabo de un momento en el lugar donde se encontraban el profesor Porter, el señor Philander y la lloriqueante Esmeralda.

Entre los oficiales del último bote arriado del crucero iba el capitán del buque, quien, al tener noticia del rapto de Jane, solicitó voluntarios entre sus hombres, en magnánimo gesto, para que acompañasen al profesor Porter y a Clayton en su búsqueda.

Entre aquellos valientes y altruistas franceses no hubo un solo oficial ni un solo marinero que no se brindara al instante para participar en la expedición de rescate.

El capitán eligió a veinte marineros y dos oficiales, los tenientes DArnot y Charpentier. Se envió una barca al crucero con la misión de llevar a tierra víveres, municiones y carabinas; los marineros ya iban armados de revólveres.

Luego, al interrogarle Clayton respecto a las circunstancias por las que fondearon a la vista de tierra y dispararon un cañonazo en plan de aviso, el capitán Dufranne explicó que, un mes antes habían avistado al Arrow, que navegaba con rumbo suroeste casi a todo trapo. Cuando le indicaron que se aproximara, el Arrow, en lugar de obedecer, largó todavía más vela.

Lo persiguieron hasta la puesta del sol y le dispararon unos cuantos cañonazos, pero a la mañana siguiente el Arrow no aparecía por parte alguna. Durante varias semanas continuaron la búsqueda a lo largo del litoral, en una y otra dirección, y estaban a punto de dar por olvidado el incidente de la persecución cuando una mañana, pocos días antes, el vigía avistó un buque a la deriva, sacudido por el violento oleaje y evidentemente sin nadie que lo gobernara.

Al acercarse al pecio comprobaron con sorpresa que se trataba de la misma nave que había huido de ellos unas semanas atrás. Las velas de trinquete y mesana estaban izadas como si se pretendiera mantener el buque de proa al viento, pero el huracán había roto las escotas y convertido las velas en jirones.

Dadas las condiciones en que se encontraba el buque, en medio de aquella mar embravecida, resultaba tan difícil como peligroso abordarlo, y como tampoco se apreciaba signo alguno de vida en cubierta, se decidió aguardar hasta que la tormenta amainase y las aguas se calmaran. Pero entonces apareció una figura que se aferraba a la barandilla de la borda y les dirigía débiles y desesperadas señales, en petición de socorro.

Arriaron un bote inmediatamente y se ordenó a los tripulantes que se acercaran al Arrow e intentasen subir a bordo.

El espectáculo que se ofreció a los ojos de los franceses no podía ser más dantesco.

Una docena de muertos y moribundos rodaban por la cubierta de un lado para otro, impulsados por los vaivenes del barco. Los vivos se entremezclaban con los muertos. Había dos cadáveres que parecían parcialmente devorados, como si los lobos se hubiesen cebado en ellos.

Los tripulantes de la nave francesa se hicieron de inmediato con el gobierno del Arrow y después condujeron a los supervivientes enfermos a sus literas.

Envolvieron a los muertos en lonas embreadas y los dejaron atados en cubierta, a la espera de que sus compañeros los identificasen, antes de arrojarlos al océano.

Cuando los franceses subieron a la cubierta del Arrow, ninguno de los marineros vivos estaba consciente. Incluso el pobre diablo que había atraído su atención con las desesperadas señales se desmayó antes de enterarse si habían atendido su petición de ayuda.

El oficial galo no necesitó mucho tiempo para averiguar la causa de aquella terrible catástrofe, porque cuando procedieron a buscar agua y coñac para reanimar a los hombres, descubrieron que a bordo no quedaba alimento de ninguna clase.

De inmediato, el oficial indicó a los tripulantes del crucero que enviasen agua, medicinas y víveres. Otra lancha efectuó el peligroso viaje al Arrow.

Cuando se aplicaron los oportunos reconstituyentes a los enfermos, éstos recobraron el conocimiento y explicaron lo sucedido. Una historia que conocemos ya hasta la partida del Arrow, tras el asesinato de Snipes y el entierro de su cadáver colocado encima del cofre del tesoro.

Al parecer, cuando el crucero emprendió la persecución del Arrow, el pánico cundió entre los sediciosos, que continuaron atravesando el Atlántico durante varias singladuras después de despistar al buque galo. Pero al darse cuenta de que el agua y las provisiones empezaban a escasear a bordo, viraron de nuevo hacia el este.

Como quiera que nadie tenía siquiera nociones de navegación, no tardaron en surgir diferencias acerca del rumbo y el punto de destino. Al cabo de tres días de navegar con rumbo este sin divisar tierra, desviaron la nave hacia el norte, al temerse que los vientos del norte que habían predominado días atrás los hubieran empujado hacia el sur de África.

Mantuvieron el rumbo nornordeste durante dos singladuras, al cabo de las cuales entraron en un periodo de calma chicha que se prolongó durante cerca de ocho días. Se quedaron sin agua y con vituallas para una sola jornada.

La situación degeneró rápidamente. Fue de mal en peor. Un hombre se volvió loco y se arrojó por la borda. Otro se abrió las venas y se alimentó bebiendo su propia sangre.

Cuando murió lo arrojaron también por la borda, aunque más de uno propuso dejar el cadáver en el barco. El hambre estaba transformando a aquellos hombres en bestias salvajes.

Cuarenta y ocho horas antes de que el crucero los abordara, los marineros del Arrow se encontraban en tal estado de debilidad que no podían manejar el barco y, ese mismo día fallecieron tres hombres. A la mañana siguiente uno de los cadáveres apareció parcialmente devorado.

A lo largo de todo el día, los hombres se fulminaron con la mirada unos a otros, como animales de presa, y, cuando amaneció de nuevo, la carne de dos de los cadáveres había desaparecido casi por completo.

Aquel macabro alimento no había mejorado la condición física de los amotinados y el anhelo de agua representaba la agonía más terrible y desoladora que tenían que afrontar. Y entonces se presentó allí el crucero.

Cuando se recuperaron los que pudieron hacerlo, el comandante tuvo su versión de los sucesos; sin embargo, los marineros eran demasiado ignorantes para poder precisar al capitán del buque francés el punto exacto de la costa en que dejaron abandonados al profesor y a los demás miembros de su grupo. De modo que el crucero navegó a lo largo del litoral, disparando de vez en cuando la señal de su cañón y escudriñando con el catalejo hasta el último centímetro de la costa.

Echaban el ancla al llegar la noche, por lo que no dejaron sin examinar una sola partícula de litoral, y ocurrió que la noche anterior llegaron a la altura de la playa donde estaba el campamento que buscaban.

Los que se encontraban en tierra no habían oído los cañonazos de la tarde anterior, tal vez por hallarse dentro de la espesura, entregados a la búsqueda de Jane. Posiblemente, el ruido de sus propios pasos a través de los matorrales habría sofocado el sordo estampido de la lejana pieza artillera.

Para cuando ambas partes hubieron concluido el relato de sus diversas aventuras, la barca cargada de

víveres y armas para la expedición llegó procedente del crucero.

En cuestión de minutos el reducido cuerpo de marineros y los dos oficiales franceses, junto con Clayton y el profesor Porter, emprendió la desesperanzada búsqueda por la inextricable jungla.