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Tárzan de los monos.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 27. Reaparece el gigante
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Un taxi se detuvo ante una antigua mansión de las afueras de Baltimore.

Se apeó del vehículo un hombre de unos cuarenta años, apuesto y bien parecido, el cual pagó al taxista y despidió el coche.

Instantes después, el pasajero del taxi entraba en la biblioteca de la vieja residencia.

-¡Ah, señor Canler! -exclamó un anciano, al tiempo que se levantaba para saludarle.

-Buenas tardes, mi querido profesor -correspondió el recién llegado, mientras tendía la diestra cordialmente.

-¿,Quién le abrió la puerta? -preguntó el profesor.

-Esmeralda.

-Entonces anunciará a Jane que ha llegado usted -dijo el anciano.

-No, profesor -repuso Canler-, porque he venido principalmente para verle a usted.

-Me siento muy honrado -agradeció el anciano.

-Profesor -continuó Robert Canler, silabeando despacio, como si sopesara cuidadosamente sus palabras-. He venido esta tarde para hablar con usted acerca de Jane.

»Ya conoce usted mis deseos y ha sido usted lo suficientemente generoso como para dar el visto bueno a mis aspiraciones.

El profesor Archimedes Q. Porter se removió inquieto en su sillón. Aquel tema siempre le hacía sentirse incómodo. No comprendía la razón. Canler era un partido estupendo.

-Pero Jane... -prosiguió Canler-. No consigo entenderla. Nunca le falta una excusa u otra para darme largas. Cada vez que me despido de ella, siempre tengo la sensación de que deja escapar un suspiro de alivio.

-Bueno, bueno -dijo el profesor Porter-. Vamos, vamos, señor Canler. Jane es una hija de los más obediente. Hará justo lo que yo le diga que haga.

-¿Cuento, pues, con su apoyo? -preguntó Canler, con un deje de tranquilidad matizando su voz.

-Desde luego, señor, desde luego -confirmó el profesor Porter-. ¿Cómo podría usted dudarlo?

Ahí tiene usted al joven Clayton, ¿sabe? -sugirió Canler-. Lleva meses rondándola. Ignoro hasta qué punto se siente Jane atraída por él, pero, además del título, ese muchacho va a heredar de su padre bienes que constituyen una cuantiosa fortuna, y nada tendría de extraño que, al final, conquistara a Jane, a menos que... -Canler se interrumpió, sin acabar la frase.

-Bueno, bueno, señor Canler... ¿A menos que qué...?

-A menos que se encargue usted de arreglarlo todo para que Jane y yo nos casemos inmediatamente -precisó Canler, vocalizando las palabras lenta y claramente.

-Ya le sugerí a Jane que eso sería lo más conveniente -declaró el profesor en tono triste-, puesto que no podemos atender los gastos de mantenimiento de esta casa y llevar el tren de vida que requiere el círculo de amistades en el que alternamos aquí.

-¿Y qué contestó ella? -preguntó Canler.

-Dijo que aún no está preparada para casarse. Con nadie -respondió el profesor Porter-. Y que podríamos irnos a vivir a la hacienda del norte de Wisconsin que le dejó su madre.

»Dará para mantenernos y un poco más. Los aparceros siempre le han sacado lo suficiente para vivir y, además, siempre han enviado algo de renta a Jane, año tras año. Mi hija tiene intención de que nos traslademos a la hacienda a principios de la semana próxima. Philander y el señor Clayton ya se adelantaron para tenerlo todo listo cuando lleguemos.

-¿Clayton ha ido allí? -exclamó Canler, visiblemente contrariado-. ¿Por qué no me lo dijeron a mí? Me habría alegrado mucho llegarme a esa granja y poner a punto todas las comodidades.

-Jane sabe que le debemos a usted demasiado, señor Canler -se excusó el profesor Porter.

Canler se aprestaba a responder, cuando el vestíbulo sonaron unos pasos y Jane Porter apareció en la entrada de la pieza.

-¡Ah, perdón! -exclamó la muchacha, y se detuvo en el umbral-. Creí que estabas solo, papá.

-Sólo soy yo, Jane -advirtió Canler, que se había puesto en pie-, ¿no quiere pasar e integrarse en este grupo familiar? Precisamente hablábamos de usted.

-Gracias -dijo Jane. Tras entrar, aceptó la silla que Canler le ofrecía-. Sólo quería decirle a mi padre que Tobey bajará mañana de la facultad a recoger sus libros. Quiero que te asegures, papá, de que señalas bien todas las cosas que no vas a necesitar hasta el otoño. Por favor, no te lleves a Wisconsin toda la biblioteca, como te la hubieras llevado a África si no llego a ponerme seria.

-¿Estaba Tobey aquí? -preguntó el profesor Porter.

-Sí, acabo de decirle adiós. Esmeralda y él intercambian ahora experiencias religiosas en el porche trasero.

-¡Vaya, hombre, vaya, tengo que verle en seguida! -dijo el profesor-. Perdonadme un momento, hijos.

El profesor salió presuroso del cuarto.

En cuanto no pudo oír lo que decían, Canler se dirigió a Jane.

-Veamos, Jane -abordó bruscamente-. ¿Cuánto tiempo se va a alargar esto? No se niega a casarse conmigo, pero tampoco me ha hecho ninguna promesa. Quiero sacar la licencia matrimonial mañana mismo, para que podamos casarnos sin ceremonias aparatosas antes de que salga usted para Wisconsin. No deseo organizar ninguna fiesta por todo lo alto y estoy seguro de que usted taco.

La joven se quedó de piedra, pero mantuvo la cabeza valerosamente alta.

-Ya sabe que tal es el deseo de su padre -añadió Canler.

-Sí, lo sé.

Las palabras de Jane apenas superaron el volumen del susurro. Al cabo de unos segundos manifestó, en tono gélido, contenido:

-¿Se da cuenta de que me está comprando? ¿De que me consigue a cambio de unos miserables dólares? Claro que sí que lo sabe, Robert Canler, y esa era la esperanza que alimentaba su cerebro cuando prestó el dinero a mi padre para esa aventura disparatada, que a no ser por una circunstancia de lo más misterioso hubiera resultado un éxito económico de primera magnitud.

»Pero, usted, señor Canler, hubiera sido el más sorprendido. Ni por asomo podía ocurrírsele que la empresa tuviese alguna probabilidad de salir bien. Es usted un hombre de negocios demasiado experto para suponer tal cosa. Un hombre de negocios demasiado bueno para prestar dinero a alguien que iba a invertirlo en la búsqueda de un tesoro enterrado, o para prestar dinero sin garantías absolutas... a menos que tuviese usted algún otro objetivo en perspectiva.

»Sabía perfectamente que, al prestárselo a mi padre sin garantías, tenía en sus manos el honor de los Porter mucho mejor sujeto que con ellas. No ignoraba que esa era la mejor arma para obligarme al matrimonio, sin dar la impresión de que me obligaba a casarme con usted.

»Nunca sacó a relucir el préstamo. En cualquier otro hombre, yo hubiera pensado que tal gesto procedía de un alma noble y magnánima. Pero usted es taimado, señor don Robert Canler. Le conozco mejor de lo que cree.

»Ciertamente, me casaré con usted, si no veo medio de evitarlo, pero dejemos las cosas claras de una vez por todas.

Mientras la muchacha hablaba, el rostro de Robert Canler fue cambiando de color, pasando alternativamente del rojo al lívido y viceversa. Cuando Jane hubo terminado, el hombre se puso en pie y una sonrisa cínica onduló sus labios.

-Me asombra, Jane -dijo-. Creí que tenía más dominio de sí... más orgullo. Claro que no le falta razón. La estoy comprando y no ignoraba que usted lo sabía, pero supuse que preferiría fingir lo contrario. Pensé que el respeto que siente usted hacia su persona y el orgullo de los Porter le impedirían reconocer, ni siquiera ante sí misma, que era una mujer en venta. Pero que sea como a usted le plazca, mi querida joven -añadió en tono alegre, algo frívolo-. Va a ser mía y eso es lo único que me interesa.

Sin pronunciar palabra, Jane dio media vuelta y abandonó la estancia.

Sin haberse casado, por supuesto, Jane Porter partió hacia Wisconsin, acompañada de su padre y de Esmeralda. Cuando el tren arrancó, la muchacha dijo adiós fríamente a Robert Canler, que había ido a la estación a despedirla y que en el momento en que el convoy se ponía en marcha prometió a la joven que se reuniría con ellos en el plazo de una o dos semanas.

En la estación de destino los esperaban Clayton y el señor Philander, que acudieron a recibirlos con un gran automóvil de turismo, en el que emprendieron rápidamente la marcha en dirección norte, a través de espesos bosques, rumbo a la pequeña hacienda que la muchacha no había visitado desde que era niña.

El edificio de la granja se erguía en lo alto de una pequeña elevación del terreno, a unos cien metros de la casa de los aparceros. Había experimentado una profunda y total transformación en el curso de las tres semanas que Clayton y el señor Philander pasaron allí.

El primero había contratado a un pequeño ejército de carpinteros y enyesadores, de fontaneros y pintores, que llevó desde una ciudad distante y que convirtieron lo que cuando llegaron no era más que un destartalado caserón en un precioso y acogedor hotelito de dos plantas con todas las comodidades que pudieron procurarse en tan breve espacio de tiempo.

-¡Pero, señor Clayton! ¿Qué ha hecho usted? -se asustó Jane Porter. El corazón le dio un vuelco al pensar en las proporciones del importe a que ascenderían aquellas reformas.

-¡A callar! -le advirtió Clayton-. No permita que su padre sospeche. Si usted no da muestras de extrañeza ni dice nada, él ni siquiera se dará cuenta. Lo cierto es que no podía consentir que viviese en el espantoso tugurio, rebosante de ruina y suciedad, que encontramos el señor Philander y yo. Y esto es muy poco, en comparación con lo que me gustaría hacer, Jane. En atención a su padre, por favor, no se le ocurra mencionarlo.

-Pero a usted le consta que no podemos devolvérselo -protestó la joven-. ¿Por qué quiere imponerme una deuda tan tremenda?

-No se trata de usted, Jane -se explicó Clayton en tono apesadumbrado-. Si fuera sólo por usted, créame que no lo habría hecho, porque desde el primer momento he sabido que lo único que conseguiría iba a ser que me mirase con malos ojos. Pero es que no soportaba la idea de ver a ese querido anciano viviendo en el antro que encontramos al venir aquí. ¿Por qué no me hace el favor de creer que lo hice por él y me concede al menos esa menudencia de satisfacción?

-Le creo, señor Clayton -dijo la muchacha-, porque le conozco y sé que es lo bastante espléndido y desinteresado como para haberlo hecho sólo por él... y, ¡ah! Cecil, quisiera poder pagarle como se merece... ¡y como a usted le gustaría!

-¿Por qué no puede, Jane?

-Porque amo a otro.

-¿A Canler?

-No.

-Pero va a casarse con él. El propio Canler me lo dijo cuando me disponía a salir de Baltimore.

La joven esbozó una mueca.

-No lo quiero -afirmó, casi con altivez.

-¿Es a causa del dinero, Jane?

La muchacha asintió con la cabeza.

-¿Eso significa, pues, que soy mucho menos atractivo que Canler? También soy bastante rico, tengo dinero para cubrir todas nuestras posibles necesidades y más -dijo Clayton amargamente.

-No le quiero, Cecil -repuso Jane-, pero le respeto. Si he de deshonrarme formalizando semejante trato con un hombre, prefiero hacerlo con uno al que desprecie. Yo aborrecería al hombre que me comprara y que me aceptase sabiendo que no lo amo, sea quien fuere ese hombre. Usted será más feliz soltero -concluyó-, pero contando con mi respeto y mi amistad, que casado conmigo y recibiendo a todas horas mi desprecio.

El joven no insistió más, pero si alguna vez un hombre albergó instintos asesinos en su corazón, ese hombre fue William Cecil Clayton, lord Greystoke, cuando, una semana después, Robert Canler detuvo su ronroneante seis cilindros frente al edificio de la granja.

Transcurrió una semana, una semana cargada de tensión, sin incidencias de importancia, pero incómoda y violenta para todos los moradores de la casita de la hacienda de Wisconsin.

Canler no cesaba de apremiar para que la boda se celebrase de inmediato.

Al final, la joven accedió, por pura náusea, asqueada de tanto aguantar la continua, cargante y odiosa insistencia del plúmbeo galán.

Se acordó que, a la mañana siguiente, Canler se acercaría a la ciudad, al volante de su automóvil, en busca de la licencia matrimonial y de un pastor.

Clayton se hubiera ido en cuanto se anunció el proyecto, pero la mirada cansina y desesperada de Jane le retuvo. No podía abandonarla.

Aún quedaba la posibilidad de que ocurriese algo y el muchacho trató de consolarse con esa idea. En el fondo de su mente sabía que sólo se precisaba un minúsculo chispazo para que su odio hacia Canler se transformara en sanguinario instinto asesino.

A la mañana siguiente, temprano, Canler partió rumbo a la ciudad.

Por el este se vislumbraba un velo de humo que flotaba sobre los árboles, rozando sus copas. Una semana antes se había declarado un incendio forestal no lejos de donde se encontraba la hacienda, pero los vientos soplaban hacia el oeste y las llamas no les amenazaban.

Cerca del mediodía, Jane salió a dar un paseo. No permitió que Clayton la acompañase. Dijo que quería estar sola y él respetó sus deseos.

En la casa, el profesor Porter y el señor Philander estaban inmersos en una profunda discusión relativa a algún importante problema científico.

Esmeralda dormitaba en la cocina y Clayton, que apenas había podido pegar ojo la noche anterior, se echó en el sofá de la sala de estar, cerró sus ojos rebosantes de insomnio y se entregó a una especie de sopor irregular.

Por el este, los negros nubarrones de humo ascendieron hacia las alturas celestes, empezaron de pronto a formar remolinos y luego se desplazaron con rapidez en dirección oeste.

Avanzaban de modo uniforme. Los aparceros de la hacienda no se hallaban en casa, porque era día de mercado, y nadie se apercibió de la celérica aproximación del devastador demonio del fuego.

Las llamas no tardaron en cruzar la carretera del sur y cortar el camino de regreso de Canler. Una leve oscilación del viento condujo el frente del incendio forestal hacia el norte; después sopló en sentido contrario y las llamas casi se detuvieron del todo, como si una mano hubiese tirado de la traílla que las dominaba.

De súbito, por el nordeste apareció un enorme automóvil negro, que rodaba a toda velocidad carretera adelante.

Se detuvo con una brusca sacudida delante del hotelito y un gigante de pelo negro saltó del vehículo y corrió al porche. Irrumpió en el edificio sin interrumpir para nada su carrera. Clayton seguía acostado en el sofá. El hombre se paró en seco, sorprendido, pero luego se situó de un brinco junto al durmiente.

Al tiempo que lo sacudía enérgicamente por un hombro, exclamó:

-¡Dios mío, Clayton! ¿Es que aquí están todos locos? ¿No sabe que las llamas les rodean casi por completo? ¿Dónde está la señorita Porter?

Clayton se puso en pie de un salto. No reconoció a aquel hombre, pero sí entendió sus palabras y en dos zancadas se plantó en el porche.

-¡Scott! -gritó, y, acto seguido, se precipitó de nuevo al interior de la casa-. ¡Jane! ¡Jane! ¿Dónde está?

En cuestión de segundos Esmeralda, el profesor Porter y el señor Philander se reunieron con los dos hombres.

-¿Dónde está la señorita Jane? -se exaltó Clayton, mientras cogía a Esmeralda por los hombros y la sacudía brutalmente.

-Oh, Dios me valga, señor Clayton, salió a dar un paseo.

-¿Todavía no ha vuelto?

Sin esperar respuesta, Clayton salió disparado al patio, seguido por los demás.

-¿Por dónde se fue? -preguntó a Esmeralda el gigante de negra cabellera.

-Carretera abajo -gritó la aterrada mujer, y señaló hacia el sur, por donde se alzaba una densa muralla de llamas rugientes que impedía ver más allá.

-Que todos suban al otro coche -indicó a Clayton el desconocido recién llegado-. Al llegar he visto que había uno. Lléveselos, aléjese con ellos por la carretera del norte. Deje aquí mi automóvil. Si encuentro a la señorita Porter, nos hará falta. Si no, nadie lo necesitará. Haga lo que le digo -apremió, al ver que Clayton titubeaba.

A continuación vieron alejarse a la gigantesca figura, que atravesó la explanada con paso rápido y flexible, hacia el noroeste, donde las llamas aún no habían tocado el bosque.

Todos tuvieron la inexplicable sensación de que acababan de quitarles de encima de los hombros una enorme responsabilidad, al tiempo que experimentaban una especie de confianza implícita en la capacidad de aquel extraño para salvar a Jane, si era posible salvarla.

-¿Quién es? -preguntó el profesor Porter.

-No lo sé -respondió Clayton-. Me llamó por mi nombre y conocía a Jane, ya que me preguntó por ella. Y también llamó a Esmeralda por su nombre.

-En ese hombre hay algo que me resulta familiar -exclamó el señor Philander-. Y, no obstante, Dios santo, estoy seguro de que es la primera vez que lo veo.

-¡Vaya, vaya! -profirió el profesor Porter-. ¡De lo más extraordinario! ¿Quién podría ser? ¿Y por qué tengo la sensación de que Jane está a salvo, ahora que ese hombre ha ido en su busca?

-No puedo responderle, profesor -dijo Clayton, serio-, pero tengo esa misma extraña sensación.

»¡Pero, venga! -animó-. Tenemos que salir de aquí en seguida, si no queremos que el fuego nos corte la retirada.

Todos corrieron hacia el automóvil de Clayton.

Cuando Jane dio media vuelta para desandar lo andado y regresar a casa, la alarma se apoderó de ella al notar lo cerca que parecía flotar el humo del incendio y, mientras aceleraba la marcha, la alarma se convirtió en algo muy próximo al pánico al darse cuenta de la rapidez con que las llamas se abrían paso en la foresta para interponerse entre ella y el hotelito de la hacienda.

Por último, no tuvo más remedio que adentrarse por la espesura del bosque e intentar dar un rodeo, como fuera, en torno a las llamas para alcanzar la casa.

Tardó muy poco en hacerse evidente para ella la inutilidad del intento y en seguida se percató la joven de que su única esperanza consistía en volver sobre sus pasos, hacia la carretera y luego volar en dirección sur, rumbo a la ciudad.

Los veinte minutos que tardó en alcanzar la carretera fueron tiempo suficiente para que las llamas le cortasen la retirada con la misma eficacia que antes le habían bloqueado el avance.

Sólo pudo recorrer un breve tramo del camino antes de verse obligada a hacer un brusco alto, al ver que frente a ella se levantaba otro muro de fuego. Un ramal de aquel siniestro incendio se había desmembrado del cuerpo principal a cosa de kilómetro y medio, por el sur, y envolvía ahora con sus garras implacables aquella pequeña franja de carretera.

Jane comprendió que era inútil repetir el intento de abrirse paso a través de la maleza.

Ya había probado una vez y fracasó. Comprendió entonces que, en cuestión de minutos, todo el espacio, comprendido entre los frentes de fuego del norte y el del sur sería una ingente masa de llamas ondulantes.

Sosegadamente, la muchacha se arrodilló sobre el polvo del camino y rezó pidiéndole a Dios fortaleza de ánimo para afrontar su destino con valor. También le pidió que librara de la muerte a su padre y a sus amigos.

De pronto, oyó que, en el bosque, alguien voceaba su nombre:

-¡Jane! ¡Jane Porter!

Sonaba fuerte y claro, pero la voz le era desconocida.

-¡Aquí! -gritó la joven-. ¡Aquí! ¡En la carretera!

Vio entonces una figura que se desplazaba por entre las ramas con la rapidez de una ardilla.

Un cambio de dirección del viento impulsó una nube de humo, que los envolvió, y la muchacha perdió de vista al hombre que avanzaba hacia ella.

Súbitamente, notó que un brazo largo y robusto la rodeaba. Se vio levantada en peso y, a continuación, el aire le azotó el rostro y, de cuando en cuando, sintió el roce de alguna rama, mientras alguien la llevaba en volandas.

Abrió los ojos.

Abajo, a bastante distancia, se encontraba el suelo y la maleza que lo cubría.

A su alrededor, el follaje de la enramada.

El hombre gigantesco que la llevaba iba saltando de árbol en árbol y Jane creyó estar viviendo en sueños la misma experiencia que tuvo en aquella lejana selva de África.

¡Ah, si fuese el mismo hombre que tan velozmente la llevó aquel día a través del enmarañado follaje! Y, sin embargo, ¿qué otra persona en todo el mundo tendría la fuerza y la agilidad que se necesitaban para hacer lo que aquel hombre estaba haciendo?

Lanzó inopinadamente una furtiva mirada a aquel rostro que tenía tan cerca del suyo... y emitió un sobresaltado jadeo. ¡Era él!

-¡Mi hombre de la selva! -susurró-. ¡No es posible, debo estar delirando!

-Sí, tu hombre, Jane Porter. Tu hombre primitivo y salvaje que llega de la jungla para reclamar a su compañera... -Añadió en tono casi fiero-: La mujer que huyó de él.

-Yo no huí -murmuró Jane-. Sólo accedí a marcharme después de obligarles a todos a esperar una semana, a ver si volvías.

Habían llegado ya a un punto lejos del incendio y el hombre se volvió hacia el claro.

Caminaron juntos, uno al costado del otro, hacia la casa de la hacienda. El viento cambió de dirección una vez más y el fuego retrocedió, ardiendo sobre sí mismo... Una hora más así y se habría consumido. -¿Por qué no regresaste? -preguntó la muchacha. -Tuve que cuidar a D'Arnot. Estaba muy grave. -¡Ah, lo sabía! -exclamó Jane.

-Dijeron que habías ido a reunirte con los negros... que los indígenas eran tu pueblo.

Tarzán se echó a reír.

-Pero no les creíste, ¿verdad, Jane?

-No... ¿cómo he de llamarte? -preguntó-. ¿Cuál es tu nombre?

-Cuando me conociste, yo era Tarzán de los Monos.

-¡Tarzán de los Monos! -se sorprendió Jane-. Entonces, ¿la carta a la que respondí al marcharme era tuya?

-Sí, ¿de quién creías que era?

-Lo ignoraba, lo único que sabía era que no podía ser tuya porque Tarzán de los Monos la escribió en inglés y tú eras incapaz de entender una sola palabra de cualquier idioma.

Estalló de nuevo la alegre carcajada de Tarzán.

-Es una larga historia, pero lo que pasaba era que escribía lo que no me era posible expresar de viva voz... y ahora D'Arnot ha empeorado las cosas al enseñarme a hablar francés en vez de inglés.

»Vamos -invitó-, sube a mi coche; tenemos que alcanzar a tu padre y a los demás. Van por delante, pero no mucho.

Mientras conducía, preguntó:

-Entonces, cuando decías en tu carta destinada a Tarzán de los Monos que amabas a otro... ¿acaso te referías a mí?

-Es posible -repuso Jane simplemente.

-Pero en Baltimore... ¡Ah, no sabes cómo te busqué y lo que me ha costado dar contigo!... En Baltimore me dijeron que posiblemente ya estarías casada. Que un hombre llamado Canler había venido a desposarte. ¿Es cierto?

-Sí.

-¿Le quieres?

-No.

-Y a mí, ¿me quieres a mí?

La joven enterró el rostro entre las manos.

-Estoy prometida a otro hombre. No puedo contestarte, Tarzán de los Monos.

-Tienes que contestarme. Veamos, ¿por qué vas a casarte con un hombre al que no quieres? -Mi padre le debe dinero.

A la memoria de Tarzán acudió de pronto el recuerdo de la carta que había leído... así como el nombre de Robert Canler y los problemas que entonces no logró entender.

Sonrió.

-Si tu padre no hubiese perdido el tesoro, no te verías obligada a mantener tu promesa con ese individuo, ese tal Canler, ¿no es así?

-Podría pedirle que me liberase de ella.

-¿Y si él se negara?

-Cumpliría mi promesa.

Tarzán guardó silencio durante unos segundos. El automóvil avanzaba a bastante velocidad por aquella carretera sembrada de baches. El incendio seguía crepitando amenazador a su derecha y otro cambio de dirección del viento podía lanzar las furiosas llamas sobre ellos y cortarles la vía de escape.

Por último, dejaron a su espalda el punto de peligro y Tarzán redujo la marcha.

-¿Supón que se lo pido yo? -aventuró Tarzán.

-Difícilmente accedería a la petición de un desconocido -repuso la joven-. En especial a uno que me quiere para él.

Terkoz lo hizo -recordó Tarzán, torvamente.

Jane se estremeció y alzó la cabeza, temerosa, para mirar la gigantesca figura que iba a su lado. Comprendió que se refería al gran antropoide al que había matado por defenderla.

-Esto no es la selva africana -recordó Jane-. Ya no eres una bestia salvaje. Eres un caballero y los caballeros no matan a sangre fría.

-En el fondo, sigo siendo una fiera salvaje -articuló Tarzán en voz baja, como si hablara consigo mismo.

El silencio volvió a caer sobre ellos.

-Jane -preguntó Tarzán por último-, si no estuvieses ligada a ese compromiso, ¿te casarías conmigo?

La muchacha no respondió en seguida, pero él aguardó pacientemente.

Jane se esforzaba en ordenar sus ideas.

¿Qué sabía de aquella extraña criatura que iba a su lado? ¿Qué sabía él de su propia persona? ¿Quién era? ¿Quiénes eran sus padres?

Porque, incluso su nombre sugería un origen enigmático y tenía reminiscencias de vida selvática.

En realidad, no tenía nombre. ¿Acaso ella podría ser feliz con aquel ser abandonado en la jungla? ¿Podría encontrar algún punto en común con un marido que se había pasado la vida en las copas de los árboles de la soledad africana, alternando y peleando con feroces antropoides; desgarrando los flancos temblorosos de una presa recién sacrificada, hundiendo su potente dentadura en la carne cruda y arrancando la parte que le correspondía mientras sus compañeros gruñían y bregaban en torno suyo, tratando de conseguir su ración?

¿Podría elevarse hasta el nivel propio de la esfera social en que ella alternaba? ¿Podría ella soportar la idea de descender al medio ambiente en que se movía él? ¿Podrían cada uno de ellos ser felices unidos en un matrimonio tan desigual?

-No me has contestado -dijo Tarzán-. ¿Tienes miedo de herirme?

-No sé que responderte -confesó Jane tristemente-. Ni siquiera sé qué pensar.

-¿No me quieres, pues? -insistió él, en tono normal.

-Vale más que no me lo preguntes. Serás más feliz sin mí. Nunca podrás adaptarte a los compromisos, cortapisas y formalismos de la sociedad... La civilización te resultará insoportable y no tardarás en añorar la libertad de tu antigua vida, una existencia para la que me considero tan poco preparada como inadecuado puedes sentirte tú para la mía.

-Me parece que te entiendo -repuso Tarzán sosegadamente-. No voy a acuciarte, porque prefiero verte a ti feliz que ser feliz yo. Ahora comprendo que de ninguna manera podrías ser feliz con... un mono.

En su tono se apreció un leve matiz de amargura.

-No -protestó Jane-. No digas eso. No entiendes...

Pero antes de que tuviese tiempo de continuar, doblaron una curva que surgió repentinamente y se encontraron en medio de un caserío.

Ante ellos se encontraba el automóvil de Clayton y, a su alrededor, los miembros del grupo que había trasladado allí desde el hotelito de la hacienda.