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Tárzan de los monos.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 4. Los monos
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En la floresta de la altiplanicie, a kilómetro y medio del océano, el viejo Kerchak el Mono se agitaba entre sus congéneres, presa de un frenético acceso de furia.

Los miembros más jóvenes y ágiles de la tribu huyeron a la desbandada hacia las copas de los grandes árboles, para eludir la cólera del jefe; preferían arriesgar la vida desplazándose por ramas que apenas soportarían su peso, a afrontar la ira incontrolada del viejo Kerchak.

Los demás machos se dispersaron en todas direcciones, pero no antes de que la exasperada bestia hubiese quebrado con sus poderosas y espumeantes mandíbulas las vértebras de uno de ellos.

Una desgraciada hembra joven resbaló en la insegura rama que la sostenía y fue a parar al suelo, casi a los pies de Kerchak.

Al tiempo que profería un grito salvaje, la bestia se precipitó sobre ella, le desgarró una buena parte del costado de una feroz dentellada y luego empezó a golpearla sañudamente en los hombros y en la cabeza, con una rama rota, hasta hacerle trizas el cráneo.

La mirada de Kerchak se posó después en Kala, que había ido en busca de alimento y regresaba con su hijito, ajena por completo al estado de iracundia violenta en que se encontraba el viejo macho. De súbito, los chillidos de aviso de sus semejantes la advirtieron y Kala intentó emprender una loca huida.

Pero Kerchak se encontraba muy cerca de ella, tan cerca que poco le faltó para agarrarla de un tobillo. El macho lo hubiera conseguido de no andar Kala lo suficientemente lista como para dar un gran salto en el espacio y lanzarse de un árbol a otro: una maniobra peligrosísima, que los simios rara vez intentan, a menos que se vean acorralados por alguna amenaza y no tengan más alternativa.

El primer salto le salió muy bien, pero cuando se agarraba a la rama del otro árbol, la repentina sacudida del movimiento hizo que se desprendiera la cría que se aferraba a su cuello y Kala vio que su hijito, entre aullidos espeluznantes, caía retorciéndose y dando volteretas en el aire, hasta estrellarse contra el suelo, tras un descenso de diez metros.

Al tiempo que emitía un pequeño grito, mezcla de espanto y desolación, Kala se lanzó de cabeza junto a su retoño, sin preocuparse del peligro que constituía Kerchak; pero cuando recogió el cuerpo destrozado de su hijito y se lo llevó al pecho, la vida había desaparecido de él.

Sentada en el suelo, entre gemidos sordos, la abatida Kala acunó al pequeño; Kerchak no trató de molestarla. Con la muerte del pequeño se disipó la demoníaca furia del viejo macho tan súbitamente como había aparecido.

Kerchak era un formidable mono soberano, que pesaría cerca de ciento sesenta kilos. Tenía una frente estrecha y hundida, ojillos diminutos, inyectados en sangre y muy juntos a los lados de la chata y basta nariz; sus orejas eran grandes y delgadas, aunque más reducidas que las de la mayoría de sus prójimos.

Su mal genio y su enorme fortaleza física le conferían una indiscutible superioridad en la pequeña tribu, en cuyo seno había nacido cosa de veinte años antes.

Se encontraba en la plenitud de la vida y en todo el bosque por el que se desplazaba no había un solo congénere que osara discutirle la supremacía de la jefatura, como tampoco se atrevían a incomodarle los demás animales gigantescos de la selva.

El viejo Tantor, el elefante, era el único de toda aquella región salvaje que no le temía... y también era el único al que temía Kerchak. Cuando Tantor barritaba, el gigantesco simio emprendía la retirada con sus compañeros y ascendía a las alturas de los árboles de la segunda terraza.

La tribu de antropoides que regía Kerchak con mano de hierro y colmillos siempre a la vista, constaba de seis u ocho familias, cada una de las cuales estaba formada por un macho adulto, con sus hembras y sus hijos. En total, la tribu ascendería a sesenta o setenta monos.

Kala era la compañera más joven de un macho llamado Tublat, que quiere decir nariz partida, y la cría que la mona había visto morir al precipitarse contra el suelo era el primer hijo que alumbraba; porque Kala sólo tenía nueve o diez años.

No obstante su juventud, Kala era grande y fuerte: un animal espléndido, de cuerpo bien proporcionado, largas extremidades y frente ancha y abombada, lo que denotaba una inteligencia superior a la de la mayoría de sus congéneres. Como madre también poseía una gran capacidad para el cariño y para el dolor.

Pero no dejaba de ser un mono, una fiera formidable, enorme y salvaje, perteneciente a la familia de 108 gorilas, pero con un nivel de inteligencia superior a la media de la especie; contar además con la fortaleza física de dicha especie convertía a los miembros de la tribu de Kerchak en los más terribles de aquellos antropoides predecesores del hombre.

Cuando la tribu observó que la furia de Kerchak había cesado, procedieron a descender poco a poco de sus retiros arbóreos y a reanudar las diversas ocupaciones que habían interrumpido.

Los jóvenes empezaron a zangolotear y juguetear entre los árboles y matorrales. Algunos adultos se tumbaron sobre la mullida capa de vegetación seca o a medio pudrir que tapizaba el suelo, mientras otros removían las ramas caídas o los montoncitos de tierra, a la búsqueda de insectos o pequeños reptiles, que solían formar parte de su dieta alimenticia.

Y aún había otros que se dedicaban a buscar en los árboles circundantes frutas, pájaros y huevos de ave.

Llevaban entreteniéndose así cosa de una hora cuando Kerchak los convocó, les ordenó que le siguieran y echó a andar en dirección al mar.

Solían trasladarse por tierra, a pie, siempre que se tratara de terreno descubierto, siguiendo la senda de los grandes elefantes cuyas ideas y venidas abrían los únicos caminos existentes a través de los embrollados laberintos de maleza, enredaderas, plantas trepadoras, árboles y arbustos. Los monos caminaban con desmañados movimiento balanceantes, apoyando en el suelo los nudillos de las manos cerradas e impulsando hacia adelante sus corpachones desgarbados.

Pero cuando se desplazaban por las enramadas bajas se movían con mayor rapidez. Saltaban de rama en rama con la misma agilidad de sus primos hermanos los micos. Durante todo aquel recorrido, Kala llevó apretado contra su pecho el cuerpecillo sin vida de su cría.

Poco después del mediodía llegaron a un altozano desde el que se dominaba la playa. Allí, a sus pies, se alzaba la casita que, al parecer, era el objetivo de Kerchak.

Había visto caer a muchos de sus congéneres, muertos inmediatamente después de que resonara en el aire el estruendo que producía el bastón negro que empuñaba el extraño mono blanco que vivía en aquella guarida mágica. Y, en su mente bestial, Kerchak había adoptado la determinación de apoderarse de aquel mortífero instrumento y explorar el interior del misterioso cubil.

Anhelaba locamente, con todos sus feroces instintos, hundir los colmillos en el cuello de aquel extraño ser al que había aprendido a odiar y a temer. Tal era la razón por la que frecuentemente se acercaba allí con su tribu, para reconocer el terreno, a la espera de la oportunidad de coger desprevenido al simio blanco.

Últimamente se abstenían de atacar e incluso de dejarse ver; porque en cada ocasión que lo hicieron, el pequeño palo rugió fragorosamente y su terrible mensaje de muerte acabó con algunos miembros de la tribu.

Aquel día no se observaba el menor rastro del hombre por los alrededores y, desde la atalaya en que se encontraban, los monos vieron que la puerta de la cabaña estaba abierta. Despacio, cautelosa y silenciosamente, se deslizaron por la selva hacia la pequeña construcción.

No hubo gruñidos ni fieros gritos rabiosos: el palito negro les había enseñado a aproximarse sin hacer el más leve ruido susceptible de despertarlo.

Fueron avanzando poco a poco y, por último, el propio Kerchak se llegó a la puerta y asomó sigilosamente la cabeza para echar un vistazo al interior. Tras él iban dos machos y, a continuación, Kala, que seguía estrechando contra el pecho el cadáver de su hijo.

Dentro de la guarida vieron al extraño mono blanco con medio cuerpo echado sobre la mesa y la cabeza enterrada entre los brazos. En el lecho había una figura cubierta por una lona y de una minúscula y rústica cuna se elevaban los lloriqueantes gemidos de un cachorro.

Kerchak entró silenciosamente, encogido sobre sí mismo, preparado para atacar. En aquel momento, John Clayton se incorporó con súbito impulso y su mirada tropezó con los simios.

El cuadro que vieron sus ojos debió de inundarle de horror, porque allí, en la misma puerta, pero dentro de la estancia,• se hallaban tres enormes monos, detrás de los cuales se arracimaban varios más; no llegó a saber cuántos, porque sus revólveres colgaban en la pared del fondo, junto al rifle, y Kerchak desencadenaba ya su asalto.

Cuando el mono rey soltó la desmadejada figura de quien había sido John Clayton, lord Greystoke, proyectó su atención sobre la cunita; pero Kala se le adelantó y, antes de que el gran simio alargase las manos, la mona se había apoderado ya de la criatura con rápido movimiento y, sin dar tiempo a Kerchak para que le cortara el paso, salió disparada hacia la puerta, cruzó el umbral y se refugió en la copa de uno de los árboles más altos.

Al tiempo que cogía el niño de Alice Clayton, Kala dejó caer el cadáver de su retoño en la cuna vacía; porque los gemidos de aquella criatura viva despertaron en el pecho de la mona el estímulo maternal que el hijo muerto ya no podía alentar.

En las ramas superiores de aquel árbol gigantesco, la mona apretó contra sí el gimoteante chiquillo y el instinto, tan predominante en el ánimo de aquella fiera como lo había sido en el de la tierna y hermosa madre -el instinto del amor materno-, no tardó en transmitir sus ondas tranquilizadoras al cerebro medio formado del cachorro de hombre, que al instante dejó de llorar.

Después, el hambre colmó el foso que los separaba y el hijo de un lord inglés y una dama inglesa se amamantó en el pecho de Kala, la gran mona salvaje.

Mientras, los simios que se encontraban en el interior de la cabaña examinaban cautelosamente lo que contenía aquella insólita guarida.

Una vez convencido de que Clayton estaba muerto, Kerchak dedicó su atención a lo que yacía sobre la cama, cubierto por un trozo de vela de barco.

Cautelosamente levantó una esquina del sudario, pero cuando vio el cuerpo de la mujer que había debajo tiró con brusquedad de la lona y cogió entre sus peludas manazas la blanca e inmóvil garganta.

Un momento después hundía profundamente los dedos en la fría carne y, al percatarse de que la mujer ya estaba muerta, se apartó de ella para examinar el resto de lo que había en el cuarto; no volvió a perder el tiempo con los cadáveres de lady Alice o sir John.

Captó su atención el rifle que colgaba en una de las paredes; era el extraño palo, ensordecedor y mortífero cuya posesión llevaba meses anhelando; pero ahora que lo tenía a su alcance casi le faltaba valor para cogerlo.

Se fue acercando a aquel objeto, con toda la prudencia del mundo, listo para emprender la retirada precipitadamente si aquel barrote soltaba alguno de los profundos bramidos que Kerchak ya había escuchado en otras ocasiones, cuando encañonaba a aquellos miembros de su tribu que, impulsados por la ignorancia o la imprudencia, atacaban a aquel prodigioso simio blanco que lo esgrimía.

En lo profundo del cerebro de la bestia algo le aseguró que aquel bastón tonante sólo era peligroso cuando lo empuñase alguien que supiera manipularlo, pero tuvieron que transcurrir varios minutos antes de que el mono se decidiera a tocarlo.

En vez de hacerlo en seguida, anduvo de un lado a otro del cuarto, paseándose por delante del rifle y volviendo la cabeza para que ni por un segundo dejaran sus ojos de contemplar aquel objeto de deseo.

Se valía de sus largos brazos como un hombre utiliza las muletas, mientras su cuerpo se bamboleaba a derecha e izquierda al ritmo de las zancadas de sus idas y venidas. Todo ello sin dejar de emitir profundos gruñidos que de vez en cuando alternaba con alguno de aquellos alaridos penetrantes, sin duda el sonido más aterrador de toda la jungla.

Se detuvo por fin frente al arma. Alzó despacio una de sus manos enormes hasta casi tocar con los dedos el brillante cañón del rifle, pero la retiró con brusquedad y reanudó sus celéricos pasos.

Fue como si con aquel despliegue de osadía y con la ayuda de su salvaje vozarrón, la enorme bestia tratara de infundirse el suficiente valor para empuñar el rifle.

Volvió a detenerse delante del arma y en esa oportunidad consiguió el objetivo de llevar su mano reacia hasta el frío acero... sólo para retirarla automáticamente y emprender de nuevo su nervioso paseo.

La extraña ceremonia se repitió varias veces, pero de una para otra el mono fue adquiriendo confianza hasta que, finalmente, el rifle abandonó el gancho del que colgaba y las manos del gigantesco simio lo sostuvieron.

Al comprobar que no le causaba ningún daño, Kerchak procedió a estudiarlo con más interés. Sus dedos la recorrieron de un extremo a otro, miró por el agujero de la boca hacia las negras profundidades internas del cañón, acarició el punto de mira, la recámara, la culata y, por último, el gatillo.

Mientras realizaba aquellas operaciones, algunos monos habían entrado en la cabaña y permanecían sentados en el suelo, junto a la puerta, con la mirada fija en el cacique de la tribu. Los de fuera, apiñados ante la entrada, extendían el cuello para echar un vistazo a lo que pasaba dentro.

Inopinadamente el dedo de Kerchak apretó el gatillo. Se produjo un rugido ensordecedor en la pequeña estancia y los monos que estaban a un lado y otro de la puerta tropezaron atropelladamente y cayeron unos sobre otros en su frenética precipitación fugitiva.

Kerchak se llevó también un susto de muerte, tan aterrado se quedó que ni siquiera tuvo ánimo suficiente para arrojar lejos de sí el objeto causante de aquel estrépito terrible. El simio salió disparado hacia la puerta, con el rifle aún firmemente apretado en su mano.

Al franquear el hueco, el punto de mira del arma se enganchó en el borde de la puerta, que se abría hacia adentro, y el ímpetu de la huida de Kerchak hizo que la hoja de madera se cerrase a sus espaldas.

Kerchak se detuvo a escasa distancia de la cabaña y, al darse cuenta de que aún llevaba cogido el rifle, se apresuró a soltarlo como si se tratara de un hierro al rojo vivo. No efectuó ningún otro intento de recogerlo; la atronadora detonación había sido demasiado para los nervios del simio. No obstante, ahora tenía el absoluto convencimiento de que aquel palo era completamente inofensivo si se le dejaba en paz, si no se le tocaba.

Hubo de pasar una hora antes de que los monos se recuperaran del sobresalto lo bastante como para acercarse de nuevo a la cabaña a fin de reanudar las investigaciones. Cuando finalmente lo hicieron, se llevaron un buen disgusto: la puerta estaba cerrada y atrancada de tal modo que no les fue posible forzarla.

El pestillo de resbalón que tan hábilmente había fabricado Clayton entró en la placa de cierre, a causa del portazo que dio Kerchak al trabársele la mira del rifle cuando salió, y a los monos no se les brindaba ninguna otra vía de acceso, porque las ventanas tenían fuertes barrotes enrejados.

Tras merodear un rato por los alrededores, los cuadrumanos iniciaron el regreso hacia la espesura de la selva y las zonas altas de donde procedieron.

Kala no había descendido una sola vez de los árboles desde que trepó con la criatura recién adoptada, pero Kerchak le ordenó que bajase al suelo y se uniera a los demás. En la voz del mono rey no se apreciaba el más leve tono de cólera, por lo que la hembra no se hizo de rogar y se descolgó de rama en rama para unirse a la tribu, que regresaba a sus lares.

Los que intentaron echar un vistazo al extraño nuevo hijo de Kala se vieron rechazados por los amenazadores colmillos de la hembra, que no dudó en enseñarlos, feroz, al tiempo que emitía sordos gruñidos y voces de advertencia.

Cuando le aseguraron que nadie pretendía hacer daño a su cachorro, Kala les permitió acercarse, aunque de ninguna manera los dejó tocar a la criatura.

Era como si supiese que el niño era un ser débil, frágil y delicado, lo que le hacía temer que las toscas manos de sus congéneres le lastimaran.

Aún tomó otra precaución, la cual incrementaba para ella las dificultades de la marcha. No había olvidado la muerte de su retoño, así que sostenía con fuerza al niño, con una mano, mientras utilizaba sólo la otra para avanzar.

Los demás jóvenes viajaban sobre las espaldas de sus respectivas madres; aferrados los bracitos alrededor de los peludos cuellos y con las extremidades inferiores apretadas al cuerpo de las simias, bajo las axilas.

No lo llevaba así Kala, que apretaba firmemente contra su pecho el cuerpecillo del infantil lord Greystoke. Las diminutas manos del niño se agarraban a la larga pelambre negra que cubría el cuerpo de la mona. Kala no estaba dispuesta a correr ningún riesgo: ya había visto a su cría desprendérsele de la espalda y sufrir una muerte terrible. No deseaba que aquello se repitiera.