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Tárzan de los monos.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 7. La luz del conocimiento
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Al cabo de lo que le pareció una eternidad, el pobre muchacho herido se vio otra vez en condiciones de andar y, a partir de ese momento, su recuperación fue tan rápida que en cuestión de un mes volvió a sentirse fuerte y dinámico como nunca.

Durante su convalecencia no cesó de darle vueltas en la cabeza a la pelea con el gorila y su idea primordial consistió en recobrar cuanto antes aquella prodigiosa arma gracias a la cual había pasado de débil víctima propiciatoria, sin esperanza de salvación, a poco menos que invencible soberano terror de la jungla.

Además, anhelaba volver a la cabaña y proseguir el examen de su fantástico contenido.

Así que una mañana, a primera hora, se puso en marcha, en solitario, dispuesto a reanudar su exploración. Tras un rato de búsqueda localizó los huesos, ya limpios, de su difunto contendiente el gorila y, cerca de ellos, parcialmente oculto bajo unas hojas caídas, encontró el cuchillo, rojo a causa de la sangre seca del gorila y del óxido que había aplicado sobre su metal el tiempo que llevaba expuesto a la humedad del suelo.

No le gustó el cambio experimentado por su otrora superficie bruñida y rutilante; pero seguía siendo un arma formidable, que estaba decidido a usar provechosamente cada vez que se presentase la ocasión de hacerlo. Albergaba la intención de no retroceder nunca más ante los temibles ataques del viejo Tublat.

Instantes después se encontraba ya ante la cabaña y, tras unos minutos de forcejeo, había accionado el pestillo y entrado en la vivienda. Lo que más le interesaba, en primer lugar, era aprender el funcionamiento del mecanismo de la cerradura, cosa que consiguió a base de examinarlo con toda su atención mientras la puerta estaba abierta. Comprobó así qué era exactamente lo que la mantenía cerrada y el sistema mediante el cual se abría al manipularlo.

Descubrió que podía correr y descorrer el pestillo de la cerradura desde dentro, de modo que lo dejó pasado para que no existiese la menor oportunidad de que le molestasen mientras efectuaba su inspección.

Emprendió un reconocimiento sistemático del interior de la cabaña, pero los libros llamaron de inmediato su atención: parecían ejercer una poderosa influencia sobre él, hasta el punto de que ninguna otra cosa le seducía tanto como el señuelo que constituían aquellos enigmas intrigantes con que le desafiaban.

Había, entre otros volúmenes, una cartilla, varios libros infantiles de lecturas, unos cuantos llenos de ilustraciones y un gran diccionario. A todos los echó un vistazo, pero lo que más le encantaba eran las ilustraciones, aunque aquellos extraños bichitos que cubrían las páginas carentes de dibujos o grabados excitaban su curiosidad y le sumían en profundas cavilaciones.

En cuclillas encima de la mesa de la cabaña construida por su padre -el terso, bronceado y desnudo cuerpecito inclinado sobre el libro que sostenía entre las fuertes y delgadas manos, caída la larga cabellera negra desde la bien formada cabeza, brillantes las inteligentes pupilas- Tarzán de los Monos, alevín de hombre primitivo, ofrecía una imagen llena de patetismo y promesas. Era como una alegoría de los primeros pasos a través de la negra noche de la ignorancia en busca de la luz del conocimiento.

El rostro del niño se contraía en sus esfuerzos por aprender, porque, de una manera ambigua y nebulosa, Tarzán había captado parcialmente los principios de una idea destinada a ser la clave y la solución del desconcertante rompecabezas que constituían aquellos extraños insectos.

Tenía en las manos una cartilla abierta en una página ilustrada con un mono pequeño, muy parecido a él mismo, pero cubierto, a excepción de las manos y la cara, con unas extrañas pieles de colores, que eso imaginaba que debía de ser la ropa: la chaqueta y los pantalones de la figura. Al pie de ésta había cuatro bichitos de aquellos:

NIÑO

Tarzán observó en seguida que aquellos cuatro caracteres de la página se repetían a menudo, siempre en el mismo orden.

Otro detalle que comprobó: los tales bichitos eran relativamente pocos, es decir, que algunos también se repetían muchas veces, que en otras ocasiones aparecían solos, aunque lo más frecuente es que hubiera varios juntos.

Fue pasando las páginas despacio, examinando las imágenes y los textos, a la búsqueda de una repetición de la secuencia niño. La encontró debajo de una ilustración que representaba otro pequeño mono acompañado de un extraño animal de cuatro patas, parecido a un chacal, aunque no lo era. Al pie de ese grabado, los bichitos se alineaban así:

UN NIÑO Y UN PERRO

Allí estaban los cuatro extraños insectos que iban siempre con el mono pequeño.

Fue adelantando así, despacio, muy despacio, porque era una tarea ardua y laboriosa la que se había impuesto sin darse cuenta -una tarea que a cualquiera de nosotros nos parecería imposible: la tarea de aprender a leer sin tener el menor conocimiento de las letras ni del lenguaje escrito, ni la más remota idea de que tales cosas existiesen.

No lo consiguió en un día, ni en una semana, ni en un mes, ni en un año; pero poco a poco, muy lentamente, fue aprendiendo, a partir del instante en que barruntó las posibilidades que prometían aquellos bichitos, de modo que, cuando andaba por los quince años, Tarzán conocía las diversas combinaciones de letras que acompañaban a cada una de las figuras representadas en la cartilla y un par de las de los libros ilustrados.

Por entonces sólo había podido hacerse una idea bastante nebulosa del significado y empleo de artículos, conjunciones, verbos, adverbios, pronombres y demás.

Un día, cuando contaba doce años o así, encontró un puñado de lápices en un cajón que no había visto antes, situado bajo la superficie de la mesa, y al pasar la punta de uno de ellos sobre la madera del mueble descubrió con enorme satisfacción que dejaba la marca de una línea negra.

Se entregó con tal entusiasmo y asiduidad al jueguecito de sacarle partido gráfico a aquel nuevo juguete que, al cabo de una semana, toda la superficie de la mesa era una masa de garabatos, rayas y círculos entrelazados, mientras la mina del lápiz se había gastado por completo. Así que cogió otro lapicero, aunque en esta ocasión con un objetivo concreto en el ánimo.

Trataría de reproducir algunos de los bichitos que culebreaban en las páginas de los libros.

Una labor difícil, ya que sostenía el lápiz agarrado con la mano cerrada, como si empuñase una daga por el mango, lo cual no contribuía a facilitarle la escritura y menos a posibilitar la legibilidad de los resultados.

Sin embargo, perseveró afanosamente meses y meses, siempre que podía ir a la cabaña, hasta que, tras infinitas pruebas, descubrió el modo y la postura adecuada para dominar el lápiz y dirigirlo de forma que le resultase factible reproducir, aunque toscamente, las letras.

Así se inició en la escritura.

Copiar los bichitos aquellos le permitió aprender otra cosa: su número; y aunque no sabía contar, tal como nosotros lo entendemos, no por ello dejaba el muchacho de tener una idea de cantidad, con los dedos de las manos como base de sus cálculos.

La exploración a través de los diversos libros de que disponía le convenció de que había descubierto todas las clases de bichitos que con más frecuencia se repetían en las distintas combinaciones, y no le costó gran cosa disponerlas en el orden adecuado, gracias a la insistencia con que repasó una y otra vez, el fascinante alfabeto ilustrado que figuraba en la cartilla.

Su educación fue avanzando; pero los mayores hallazgos los efectuó en el inagotable almacén del gran diccionario ilustrado, porque allí aprendió más a través de las imágenes que del texto, incluso después de haber comprendido el significado de las letras-insectos.

Cuando descubrió la disposición de las palabras según el orden alfabético, se dedicó con gran placer a buscar y localizar las combinaciones con las que se había familiarizado. Y las palabras que las sucedían, la definición de las mismas, le permitió adentrarse provechosamente en los laberintos del conocimiento.

A los diecisiete años ya había aprendido a leer las sencillas palabras y frases del catón y comprendía perfectamente la verdadera y maravillosa finalidad de los bichitos.

Ya no se avergonzaba su cuerpo desprovisto de pelo ni de sus facciones humanas, porque la razón ya le había informado de que pertenecía a una raza distinta a la de sus salvajes y peludos compañeros. Él era un HOMBRE, ellos eran MONOS, y los monos pequeños que se desplazaban por las alturas de la floresta eran MICOS. Sabía también que Sabor era una LEONA, Histah una SERPIENTE y Tantor un ELEFANTE. Y así aprendió a leer.

A partir de entonces, sus progresos se aceleraron. Con ayuda del gran diccionario y la vivaz inteligencia de un cerebro saludable, dotado de una hereditaria capacidad de raciocinio superior a lo normal, el chico adivinaba con perspicacia la mayor parte de las cosas que no comprendía y la mayor parte de las veces sus suposiciones se acercaban mucho a la realidad.

El curso de su educación se veía interrumpido durante algunos periodos, debido a los hábitos nómadas de la tribu, pero ni siquiera cuando se encontraba lejos de los libros, la activa mente del muchacho dejaba de profundizar en los misterios de lo que constituía su fascinante pasatiempo.

Se valía de trozos de corteza de árbol, hojas lisas e incluso espacios de tierra batida para, con la punta del cuchillo de monte, copiar de memoria y repasar las lecciones que iba aprendiendo.

Y mientras seguía su tendencia a resolver los misterios que le planteaba su biblioteca, tampoco descuidaba las más rigurosas obligaciones de la vida cotidiana.

Continuaba ejercitándose con la cuerda y jugueteando con el cuchillo, que había aprendido a afilar frotando la hoja sobre piedras planas.

Desde la llegada de Tarzán, la tribu había aumentado el número de sus componentes, porque bajo el caudillaje de Kerchak lograron ahuyentar mediante el miedo a los otros clanes que habitaban en aquella parte de la selva, así que disponían de alimentos de sobra y sufrían muy pocas bajas, por no decir que ninguna, como consecuencia de las incursiones de los depredadores de la zona.

De ahí que, cuando alcanzaban la edad adulta, los machos jóvenes consideraban mucho más cómodo tomar compañeras de su propia tribu o, si capturaban alguna hembra de otro pueblo, preferían llevarla a la familia de Kerchak y mantener una relación amistosa con él, antes que fundar un nuevo clan o luchar con el temible Kerchak por la supremacía en la tribu.

En alguna que otra ocasión, un simio más indómito que sus congéneres optaba por esta última alternativa, pero nadie había conseguido aún arrebatar la palma de la victoria al feroz y bestial Kerchak.

Tarzán ocupaba en la tribu una situación singular. Todos parecían considerarle uno más de ellos, aunque no dejaban de darse cuenta de que era distinto. Los machos de más edad o hacían caso omiso de él, como si no existiera, o le odiaban a muerte, y a no ser por su prodigiosa agilidad y rapidez y por la inflexible protección de la gigantesca Kala lo habrían eliminado mucho tiempo atrás.

Tublat era su adversario más enconado, firme y tenaz, pero precisamente gracias a Tublat el acoso cesó de pronto, cuando Tarzán contaba unos trece años, y todos los enemigos le dejaron en paz, aislado, aparte, sin meterse con él salvo en las ocasiones en que a alguno de ellos le entraba la ventolera de lanzarse al ataque sin más ni más, impulsado por uno de esos arrebatos de furia irracional que suelen asaltar a los machos de muchas especies de animales salvajes de la selva. En tales casos, nadie estaba a salvo.

El día en que Tarzán dejó bien sentado su derecho a que le respetaran, la tribu estaba reunida en un pequeño anfiteatro natural que la jungla había dejado libre de lianas y enredaderas en una hondonada, un valle entre bajos cerros.

Era un espacio abierto de forma casi circular. A derecha e izquierda se elevaban los formidables gigantes de la selva virgen, con la intrincada maleza del monte bajo formando entre los gruesos troncos una espesura tan densa que la única forma de acceder a aquel claro era a través de las ramas más altas de los árboles.

Allí, a cubierto de cualquier posible interrupción, acostumbraba la tribu a reunirse. En el centro del anfiteatro había uno de aquellos extraños tambores de barro que se fabrican los antropoides para acompañar sus extravagantes ritos, cuya barahúnda a veces han oído los hombres en el interior de la jungla, aunque nadie ha sido nunca testigo de tales ceremonias.

Muchos expedicionarios han visto los tambores de los grandes monos y algunos han oído su repiqueteo y la escandalosa algazara de aquellos primarios señores de la jungla, pero Tarzán, lord Greystoke, es, sin la menor duda, el único ser humano que ha participado personalmente en la demencial, embriagadora y desenfrenada orgía del Dum-Dum.

Es incuestionable que de esta primitiva ceremonia proceden todas las formas y ritos de la Iglesia y el Estado Moderno, porque a través de incontables épocas, desde el otro lado de las más altas murallas sobre las que asomaba el alba de una humanidad naciente, peludos predecesores interpretaron las danzas rituales del Dum-Dum al ritmo de sus tambores de barro, bajo la claridad brillante de una luna tropical cuyos rayos iluminaban las profundidades de una imponente selva que, entre las tinieblas de su larga noche, ha mantenido hasta nuestros días inmutable su virginidad y oculta la inconcebible perspectiva de su largo pasado muerto cuando nuestro velludo antecesor saltó de las ramas de un árbol para aterrizar ágilmente sobre el mullido césped donde tuvo lugar el primer encuentro.

El día en que Tarzán consiguió librarse de la persecución a que había estado sometido despiadadamente a lo largo de doce de los trece años de su existencia, la tribu, cuyo censo ascendía ya a cien individuos, se había desplazado silenciosamente a través de las ramas inferiores de los árboles para dejarse caer sin hacer ruido en el suelo del anfiteatro.

Los ritos del Dum-Dum celebraban acontecimientos importantes en la vida de la tribu -una victoria, la captura de un prisionero, el hecho de haber acabado con la vida de algún feroz habitante de la jungla, la muerte o la subida al «trono» de algún nuevo rey- y se desarrollaban de acuerdo con un solemne y aparatoso ceremonial.

Aquel día se trataba de la muerte de un simio gigantesco, miembro de otra tribu, y cuando los monos del clan de Kerchak irrumpieron en el claro, pudo contemplarse la llegada de dos machos enormes cargados con el cadáver del vencido.

Depositaron su carga delante del tambor de barro y luego se sentaron en cuclillas a ambos lados del cuerpo, como centinelas que montan guardia, mientras los demás miembros de la comunidad se acomodaban en rincones alfombrados de hierba dispuestos a dormir hasta que la luna apareciese en el cielo y diera la señal del inicio de la salvaje orgía.

Durante varias horas reinó sobre el claro la quietud más absoluta, sólo interrumpida fugazmente por las notas discordantes de alguna cotorra de plumaje brillante o por los trinos o gorjeos de los miles de aves que revoloteaban sin cesar entre las coloristas orquídeas o los rutilantes capullos que florecían en la minada de ramas cubiertas de musgo de los soberanos de la floresta.

Por último, cuando la noche dejó caer su oscuridad sobre la selva, los monos empezaron a removerse y, al cabo de muy poco, habían formado un amplio círculo alrededor del tambor de barro. Las hembras y los jóvenes formaban, sentados, la delgada línea periférica exterior del círculo, mientras delante de ellos se alineaban los machos adultos. Tres hembras ancianas se sentaron ante el tambor, armada cada una de ellas con su correspondiente y nudosa rama de treinta a cuarenta y cinco centímetros de longitud.

En cuanto la ascendente luna proyectó la plata de sus tenues rayos sobre las copas de los árboles circundantes, las simias empezaron a golpear despacio y suavemente la rimbombante superficie del tambor.

A medida que aumentaba la claridad en el anfiteatro, las hembras incrementaron la frecuencia y el ímpetu de sus golpes, hasta que un rítmico y salvaje estruendo invadió la jungla en un ámbito de varios kilómetros a la redonda. Feroces y gigantescos animales interrumpieron en seco la caza de las presas a las que acosaban, erguidas las orejas y alzada la cabeza, para escuchar el sordo estruendo indicador de que los monos estaban celebrando su Dum-Dum.

De vez en cuando, alguna fiera de la jungla lanzaba al aire un chillido agudo o respondía a la salvaje batahola de los antropoides con un rugido desafiante, pero ningún animal selvático se acercó dispuesto a investigar o atacar, porque los gigantescos monos, reunidos con todo el poderío de su número, infundían un respeto profundo a todos los habitantes de la jungla.

Cuando el redoble del tambor alcanzó un volumen casi ensordecedor, Kerchak se colocó de un salto en el centro del claro, entre los machos sentados en cuclillas y las ancianas hembras que batían el tambor.

Erguido en toda su estatura, echó la cabeza hacia atrás y con la vista clavada en la luna, se golpeó el pecho con sus peludas manazas y profirió un escalofriante bramido.

Una, dos, tres veces resonó el grito aterrador a través de las hirvientes soledades de aquel mundo indeciblemente vivo y, sin embargo, inconcebiblemente muerto.

Luego, Kerchak se agachó y se deslizó silenciosamente por la explanada, desviándose para no acercarse demasiado al cadáver tendido ante el tamboraltar, aunque, al pasar por delante, clavaba en el simio muerto sus ojillos feroces, perversos e inyectados en sangre.

Otro macho saltó a la arena y, al tiempo que repetía los pavorosos rugidos del rey de la tribu, siguió la estela de éste. Inmediatamente, otro y otro y otro hicieron lo propio, en rápida sucesión, y la selva se saturó con las notas disonantes de los casi ininterrumpidos gritos sanguinarios de los simios.

Era el desafío y el vapuleo.

Cuando los machos adultos se integraron a la línea de los que danzaban en círculo, dio comienzo el ataque.

Kerchak empuñó una de las estacas amontonadas al alcance de todos para tal fin, se lanzó furiosamente hacia el mono muerto y asestó al cadáver un garrotazo tremebundo, al tiempo que emitía gruñidos y gritos de combate. El clamor batiente del tambor se acentuaba, así como la frecuencia del redoble, y los guerreros, tras acercarse a la víctima de la cacería y descargar su golpe con la estaca, se integraban en el demente torbellino de la Danza de la Muerte.

Tarzán era uno más de aquella horda de salvajes saltarines. La gracia de su cuerpo musculoso, moreno y bañado en sudor, reluciente a la luz de la luna, destacaba entre las torpes y desmañadas bestias peludas que se movían junto a él.

Ninguno era más ladino que él en aquella pantomima de cacería, ninguno se conducía con más ferocidad que él en el ataque salvaje, ninguno saltaba en el aire más alto que él en aquella Danza de la Muerte.

A medida que se incrementaba la rapidez y el estruendo del tambor, los danzarines empezaron a dar muestras cada vez más evidentes de la embriaguez que les producía aquel ritmo frenético y sus propios gritos salvajes. Multiplicaron sus brincos y saltos, de sus colmillos goteaba la saliva y tenían los labios y el pecho salpicados de espuma.

La extraña danza se prolongó durante media hora, al cabo de la cual, a una indicación de Kerchak, el repique del tambor cesó y las hembras que lo tocaban se escabulleron rápidamente y atravesaron la línea de bailarines para dirigirse a la fila exterior de sentados espectadores. Luego, todos a una, los machos adultos se lanzaron de cabeza sobre el cadáver de la víctima a la que con sus terroríficos estacazos habían convertido ya en una masa de pulpa velluda.

La carne rara vez llegaba a la boca de los monos en cantidades que pudieran considerar satisfactorias, de modo que hundir las mandíbulas y saborear aquella carne fresca constituía para ellos un adecuado colofón a la orgía. Así que su placentero propósito era devorar al extinto enemigo sobre el que proyectaban ahora su atención.

Enormes colmillos se hundieron en el cadáver, del que arrancaron dentellados buenos pedazos. Los monos más fuertes consiguieron los bocados más apetitosos, mientras que los más débiles daban vueltas en la parte exterior del círculo de la partida de rugientes competidores, a la espera de una oportunidad de acercarse e hincar el diente a un despojo que cayera o distraer los restos de un hueso antes de que todo hubiese desaparecido.

Tarzán deseaba y necesitaba comer carne más que los propios simios. Descendiente de una raza de carnívoros, pensaba que nunca, en toda su vida, había saciado su apetito de comida animal. Ahora, su cuerpo flexible y menudo se colaba habilidosamente entre el apretado conjunto de contendientes que forcejeaban y desgarraban. El chico trataba de obtener así, filtrándose entre ellos, una ración que jamás habría podido conseguir mediante la fuerza bruta.

Llevaba al costado el cuchillo de caza de su desconocido padre, envainado en una funda que él mismo se confeccionó tomando como modelo la que ilustraba uno de sus libros-tesoro.

Llegó por fin al núcleo de aquel banquete que tan celéricamente estaba desapareciendo y cortó con el afilado cuchillo una porción más generosa de lo que se había atrevido a esperar, un entero antebrazo peludo que sobresalía por debajo de los pies del poderoso Kerchak, quien estaba tan ocupado en la tarea de perpetuar sus prerrogativas reales de glotonería que no llegó a percatarse de aquel delito de lése majesté.

De forma que, bien apretada contra el pecho el horroroso botín, Tarzán retrocedió escurriéndose por debajo de la masa que bregaba encima de la presa.

Entre los que daban vueltas infructuosamente en los aledaños de los afortunados devoradores de carne se encontraba el viejo Tublat. Había sido uno de los primeros en llegar al festín, pero se había retirado con un buen trozo y ahora, tras haberlo consumido tranquilamente, se disponía a abrirse camino de nuevo para hacerse con otro pedazo.

Vio a Tarzán emerger de debajo del grupo de afanosos monos batalladores, con el velludo antebrazo apretado firmemente contra el cuerpo.

Los ojillos porcinos de Tublat, juntos e inyectados en sangre, lanzaron fulgurantes rayos de odio al tropezarse con aquel ser al que aborrecía intensamente. También brillaba en ellos la voraz codicia que despertaba en el simio el magnífico bocado que llevaba el muchacho.

Sin embargo, Tarzán vio con idéntica rapidez a su enemigo y adivinó automáticamente las intenciones de la bestia. Dio un salto con toda la ligereza de que fue capaz y trató de refugiarse entre las hembras y los jóvenes, con la esperanza de escapar gracias a su protección.

Pero Tublat le pisaba ya los talones, por lo que Tarzán no tuvo tiempo de encontrar un escondite apropiado, lo que le hizo comprender que lo que se imponía era intentar la huida a toda costa.

Se dirigió como un rayo hacia los árboles más próximos y, con ágil salto, se aferró con la mano libre a una de las ramas bajas, se puso entre los dientes el antebrazo del mono muerto y trepó a toda velocidad, seguido de cerca por Tublat.

Continuó ascendiendo hacia la oscilante copa de uno de los más altos monarcas del bosque, donde su perseguidor no se atrevería a subir. Se acomodó allí y procedió a disfrutar de la situación lanzando insultos y burlonas provocaciones a la furibunda bestia que soltaba espumarajos de rabia por la boca quince metros más abajo.

Y entonces Tublat se volvió loco.

Al tiempo que emitía pavorosos bramidos y rugidos, saltó precipitadamente al suelo, entre las hembras y los pequeños, hundió sus formidables colmillos en una docena de tiernas gargantas infantiles y arrancó respetables trozos de carne de las espaldas y pechos de las hembras que se pusieron al alcance de sus garras.

Tarzán contempló aquel frenesí asesino que se desarrollaba al resplandor de la luna. Vio huir a las hembras y a los jóvenes, que se desperdigaron en busca del refugio que ofrecían los árboles. A continuación, los grandes machos que se encontraban en el centro del claro sufrieron en sus carnes los poderosos dientes de su enloquecido congénere y, en cuestión de segundos, se dispersaron y perdieron de vista, engullidos por las negras sombras que proyectaba la fronda de la selva.

En el anfiteatro, cerca de Tublat, sólo quedó una hembra rezagada, que corría con toda la rapidez que le era posible hacia el árbol que ocupaba Tarzán. El feroz Tublat iba a la zaga de la mona.

Era Kala y en cuanto Tarzán observó que Tublat ganaba terreno y no iba a tardar en alcanzarla, rápidamente se dejó caer a plomo, como una piedra, de rama en rama, hacia su madre adoptiva.

Kala llegó al pie de las ramas en las que Tarzán se había agazapado, a la espera del resultado de aquella carrera de persecución.

La mona dio un salto y se agarró a una rama baja. Quedó inmediatamente encima de la cabeza de Tublat, que en un tris estuvo de cogerla. Kala hubiera podido ponerse a salvo de no ser porque, con un ominoso chasquido, la rama se quebró y la mona cayó en peso sobre la cabeza de Tublat, al que derribó contra el suelo.

Ambos se incorporaron instantáneamente, pero aunque habían reaccionado con suma presteza, Tarzán fue aún más rápido, de modo que el furioso Tublat se encontró cara a cara con el niño-hombre, que se interponía entre él y Kala.

Nada hubiera podido hacer más feliz al simio que, con un rugido triunfal se echó encima del pequeño lord Greystoke. Pero sus fauces nunca llegaron a cerrarse sobre aquella morena carne color de nogal.

Una mano vigorosa se disparó para hacer presa en la peluda garganta, mientras su compañera hundía repetidamente, hasta una docena de veces, un cuchillo en el amplio pecho del mono. Las puñaladas cayeron como relámpagos y sólo cesaron cuando Tarzán sintió que la figura inerte se desmoronaba a sus pies.

Cuando el cuerpo de Tublat se desplomó sobre el suelo, Tarzán de los Monos posó la planta del pie en el cuello de su eterno enemigo, elevó la vista hacia la luna llena, echó atrás su orgullosa cabeza de adolescente y lanzó al aire el salvaje y terrible grito de su pueblo.

Uno tras otro los miembros de la tribu fueron descendiendo de sus refugios arbóreos y formaron un círculo en torno a Tarzán y su derrotado enemigo. Cuando todos estuvieron allí, Tarzán se volvió hacia ellos.

-¡Soy Tarzán! -proclamó-. ¡Un gran luchador que mata! ¡Todos habéis de respetar a Tarzán de los Monos y a Kala, su madre! ¡Entre vosotros no hay nadie tan poderoso como Tarzán! ¡Que sus enemigos se anden con cuidado!

El joven lord Greystoke clavó la mirada en los aviesos y enrojecidos ojos de Kerchak, se golpeó con los puños el robusto pecho y articuló de nuevo su estentóreo y agudo grito de desafío.