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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 1. Juego sucio en el transatlántico
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-C'est magniftque! -exclamó la condesa De Coude a media voz.

-¿Eh? -el conde volvió la cabeza hacia su joven esposa y le preguntó-: ¿Qué es lo que te parece tan magnífico?

Los ojos del hombre recorrieron los alrededores en varias direcciones, a la búsqueda del objeto que había despertado la admiración de su mujer.

-Ah, no es nada, querido -respondió la condesa. Un tenue rubor intensificó fugazmente el tono rosado de sus mejillas-. No hacía más que recordar maravillada aquellos estupendos edificios de Nueva York a los que llaman rascacielos.

Y la bella condesa se acomodó más a gusto en la tumbona y recuperó la revista que aquel «no es nada» le había impulsado a dejar sobre el halda.

Su marido la emprendió de nuevo con el libro que estaba leyendo, pero no sin que pasara previamente por su cerebro cierta extrañeza ante el hecho de que, tres días después de haber zarpado de Nueva York, su esposa manifestara tan súbita fascinación por unos inmuebles a los que no hacía mucho calificó de espantosos.

Al cabo de un momento, el conde dejó el libro.

-Esto es de lo más aburrido, Olga -dijo-. Creo que me daré una vuelta por ahí, a ver si encuentro a alguien tan aburrido como yo. A lo mejor me tropiezo con el número suficiente de ellos para organizar una partidita de cartas.

-No eres lo que se dice muy galante, cariño -sonrió la joven-, pero como estoy tan aburrida como tú, no me cuesta nada comprender y perdonar. Anda, ve a jugar tu partida, si tanto te apetece.

Cuando el conde se retiró, los ojos de la dama vagaron como quien no quiere la cosa por la cubierta hasta acabar posándose en la figura de un joven alto, tendido perezosamente en una tumbona, no lejos de allí.

-C'est magnifique! -susurró la señora una vez más.

La condesa Olga de Coude tenía veinte años. Su marido, cuarenta. Era una esposa fiel y leal, pero como no había tenido voz ni voto en la elección de esposo, no es de extrañar que distase mucho de sentir un amor apasionado por el compañero que el destino y el padre de la muchacha, un ruso con título de nobleza, eligieron para ella. Sin embargo, por la simple circunstancia de que se la sorprendiera emitiendo una leve exclamación admirada ante la esplendidez física de un joven desconocido no debe sacarse la consecuencia de que su pensamiento fuese en ningún sentido infiel a su esposo. Lo único que hacía la mujer era sentir admiración, del mismo modo que podía asombrarse ante un hermoso ejemplar de cualquier especie. Por otra parte, el desconocido era un muchacho al que daba gloria mirar.

Cuando los ojos de la dama, con todo el disimulo posible, se hubieron posado en el perfil del joven, éste se levantó, dispuesto a abandonar la cubierta. La condesa De Coude hizo una seña a un camarero que pasaba.

-¿Quién es ese caballero? -inquirió.

-Figura en la lista de pasajeros con el nombre de monsieur Tarzán, de África, señora -informó el mozo.

«Una finca extensa de verdad», pensó la condesa, cuyo interés por el desconocido se vio entonces acrecentado.

Al encaminarse al salón de fumadores, Tarzán se dio de manos a boca con dos hombres que cuchicheaban en la entrada con aire inquieto. No les hubiera dedicado ni un segundo de atención a no ser por la mirada extrañamente culpable que le dirigió uno de ellos. A Tarzán le recordaron los bellacos de melodrama que había visto en los teatros de París. Ambos hombres tenían la piel muy atezada y ello, unido a sus miradas y movimientos subrepticios, propios del que está tramando alguna inconfesable confabulación, confería más fuerza a la imagen de malvados de folletín.

Tarzán entró en el salón de fumadores y buscó un asiento apartado de las otras personas allí presentes. No se encontraba de humor para conversar y, mientras se tomaba una copa de ajenjo, dejó que el cerebro vagara melancólicamente por el recuerdo de las últimas semanas de su vida. Se había preguntado una y otra vez si actuó sensatamente al renunciar a sus derechos patrimoniales en beneficio de un hombre al que no debía nada. Cierto que Clayton le caía bien, pero... ah, esa no era la cuestión. Si renunció a su linaje, no fue por William Cecil Clayton, lord Greystoke, sino por la mujer a la que tanto él como Clayton amaban y que un extraño capricho del destino hizo que fuese para Clayton y no para él.

El que Jane le amara a él hacía que la cuestión le resultase doblemente difícil de soportar y, no obstante, se daba perfecta cuenta de que no pudo comportarse de otro modo aquella noche en la pequeña estación ferroviaria de los distantes bosques de Wisconsin. Para Tarzán, la felicidad de Jane era lo primero, por encima de todas las demás consideraciones, y su breve experiencia con la civilización y los hombres civilizados le había hecho comprender que, sin dinero y sin una categoría social, a la mayor parte de las personas la vida les resultaba intolerable.

Jane Porter había nacido para disfrutar de las dos cosas y si Tarzán la hubiese apartado de su futuro esposo, probablemente la habría sumido en una vida de angustia y desdicha. Porque a Tarzán, que asignaba a los demás la misma sincera lealtad inherente a su naturaleza, ni por asomo podía ocurrírsele que Jane rechazase a Clayton porque éste se viera desposeído de su título y de sus propiedades. En este caso específico, Tarzán no se habría equivocado. De abatirse sobre Clayton alguna desgracia de ese tipo, Jane Porter se habría sentido aún más obligada a cumplir la promesa que hiciera al lord Greystoke oficial.

La imaginación de Tarzán voló del pasado al futuro. Trató de ilusionarse pensando en revivir las placenteras sensaciones que había disfrutado en la selva donde nació y donde transcurrió su juventud; la jungla feroz, cruel e implacable en la que vivió veinte de sus veintidós años. Pero entre los innumerables habitantes de la selva, ¿quién acudiría a darle la bienvenida cuando volviera? Nadie. Sólo podía considerar amigo a Tantor, el elefante. Los demás intentarían cazarlo o huirían de él, como había venido ocurriendo desde siempre.

Ni siquiera los monos de su propia tribu le tenderían la mano amistosamente.

Si la civilización había enseñado algo a Tarzán de los Monos, ese algo era desear hasta cierto punto el trato con los seres de su misma especie y a sentir un auténtico placer en el calor íntimo de su compañía. En la misma proporción había hecho enojosa para él cualquier otra clase de vida. Le costaba trabajo imaginar un mundo sin amigos..., sin un solo ser viviente que hablara alguno de los nuevos lenguajes que tanto había llegado a apreciar Tarzán. Y esos eran los motivos por los que el hombre-mono miraba con tan escaso entusiasmo el futuro que se proyectaba para sí.

Mientras cavilaba sobre ello, al tiempo que fumaba un cigarrillo, sus ojos tropezaron con un espejo situado frente a él, en el que se veía reflejada una mesa, alrededor de la cual cuatro hombres jugaban a las cartas. En aquel instante se levantó uno de los jugadores, en tanto otro hombre se acercaba a la mesa. Tarzán observó que el primero cedía cortésmente al recién llegado el asiento que acababa de quedar libre, para que la partida no se interrumpiera. Era el más bajo de los dos individuos que Tarzán había visto secreteando a la entrada del salón de fumadores.

Esa circunstancia despertó un leve interés en el hombre-mono que, a la vez que especulaba acerca de su porvenir, continuó observando en el espejo a los ocupantes de la mesa de juego situada a su espalda. Aparte del caballero que acababa de integrarse en la partida, Tarzán sólo conocía el nombre de uno de los jugadores. El del que se sentaba frente al recién incorporado a la partida, el conde Raúl de Coude, que un diligente camarero había informado a Tarzán de que se trataba de una de las personalidades más importantes del pasaje, un hombre que ocupaba un lugar preeminente en la familia oficial del ministro de la Guerra francés.

La atención de Tarzán se centró de pronto en la escena que reflejaba el espejo. El otro conspirador moreno había entrado en la sala para ir a situarse detrás de la silla del conde. Tarzán le vio volver la cabeza y echar una ojeada furtiva por la estancia, pero la vista del individuo no se detuvo en el espejo el tiempo suficiente para advertir que en él estaban al acecho los ojos vigilantes del hombre-mono. Con disimulo, el individuo se sacó algo del bolsillo. Tarzán no logró determinar qué era, porque la mano del hombre lo ocultaba.

Poco a poco, a hurtadillas, la mano se fue acercando al conde y luego, con suma habilidad, el objeto que escondía en la palma se deslizó dentro del bolsillo del aristócrata. El sujeto de piel atezada continuó allí, de pie en una posición que le permitía ver las cartas del conde. Desconcertado, pero con los cinco sentidos clavados en la escena, Tarzán no se mostró dispuesto a permitir que se le escapara ningún otro detalle de la situación.

La partida prosiguió durante cosa de diez minutos, hasta que el conde ganó una puesta considerable al último jugador que se había sentado a la mesa. Tarzán observó entonces que el individuo situado detrás de De Coude hizo una seña con la cabeza a su cómplice. Al instante, el jugador se incorporó y apuntó con el índice al conde.

-De haber sabido que monsieur era un tahúr profesional -acusó-, no me hubiese dejado tentar por esta partida.

El conde y los otros dos jugadores se pusieron en pie automáticamente.

El rostro de De Coude se puso blanco.

-¿Qué insinúa, caballero? -exclamó-. ¿Sabe usted con quién está hablando?

-Sé que estoy hablando, aunque por última vez, con alguien que hace trampas en el juego -replicó el individuo.

El conde se inclinó por encima de la mesa y la palma de su mano se estrelló de lleno en la boca del agraviador. De inmediato, los demás se interpusieron entre ambos.

-Sin duda se trata de un error, caballero -exclamó uno de los otros jugadores-. Porque este señor pertenece a la alta aristocracia francesa, es el conde De Coude.

-Si estoy equivocado -manifestó el acusador-, tendré mucho gusto en presentar mis disculpas, pero antes de hacerlo quiero que el señor conde explique qué significan esas cartas que le he visto guardarse en el bolsillo lateral.

En ese momento, el hombre al que Tarzán vio introducir los naipes en el bolsillo aludido dio media vuelta para retirarse discretamente de la sala, pero con gran fastidio por su parte se encontró con que un desconocido alto y de ojos grises le cortaba la salida.

-Perdone -dijo el individuo en tono brusco, al tiempo que intentaba rodear a Tarzán.

-Un momento -articuló el hombre-mono.

-¿Por qué, señor? -quiso saber el otro, altanero-. Permítame pasar, monsieur.

-Aguarde -insistió Tarzán-. Creo que hay aquí una cuestión que sin duda usted podrá aclarar con sus explicaciones.

El prójimo había perdido ya los estribos y, al tiempo que soltaba una palabrota, agarró a Tarzán con intención de apartarlo por las malas. El hombre-mono se limitó a sonreír mientras obligaba al sujeto a dar media vuelta, le cogía por el cuello de la chaqueta y le llevaba de regreso a la mesa, sin hacer caso de las maldiciones y forcejeos del individuo, que inútilmente se resistía y trataba de zafarse. Nicolás Rokoff comprobaba por primera vez la fortaleza de unos músculos que habían proporcionado a Tarzán la victoria en sus diversos enfrentamientos con Numa,, el león, y Terkoz, el gigantesco mono macho.

Tanto el hombre que había acusado a De Coude como los otros dos jugadores contemplaban al conde inmóviles y expectantes. Atraídos por la disputa, unos cuantos pasajeros más se habían acercado al salón de fumadores y esperaban el desenlace del litigio.

-Este sujeto está loco -dijo el conde-. Caballeros, les ruego que uno de ustedes me registre.

-La acusación es ridícula -calificó uno de los jugadores.

-No tiene más que introducir la mano en el bolsillo de la chaqueta del conde y comprobar que la imputación es correcta y responde a la verdad -insistió el acusador. Luego, en vista de que todos vacilaban, avanzó hacia el conde, al tiempo que decía-: Vamos, yo mismo me encargaré de ello, puesto que nadie quiere hacerlo.

No, monsieur -se opuso De Coude-. Sólo me someteré al registro si lo efectúa un caballero.

-No es preciso que nadie registre al conde. Los naipes están en su bolsillo. Yo mismo he visto cómo los ponían en él.

Todos se volvieron, sorprendidos, hacia el que acababa de hablar: un joven apuesto y atlético, que llevaba agarrado por el cuello a un cautivo al que, no obstante su resistencia, obligaba a avanzar en dirección al grupo.

-Esto es una confabulación -gritó el conde, furioso-. No hay naipe alguno en mi chaqueta...

Simultáneamente, se llevó la mano al bolsillo. Un silencio tenso reinó en la estancia. El conde se puso pálido como un cadáver y a continuación, muy despacio, sacó la mano del bolsillo. En ella había tres cartas.

Miró a los presentes con una muda expresión de horrorizado asombro y, lentamente, por su semblante fue extendiéndose el bochorno de la mortificación. Los rostros de quienes asistían a la ruina del honor de un hombre expresaban compasión y desprecio.

-En efecto, se trata de una conjura, monsieur. -Tomó de nuevo la palabra el hombre de grises pupilas. Continuó-: Caballeros, el señor conde ignoraba que esas cartas estuviesen en su bolsillo. Se las introdujeron en él, sin que se diera cuenta, mientras estaba sentado jugando. Vi la maniobra reflejada en el espejo que tenía delante, mientras estaba sentado en aquella silla de allí. Este hombre, al que he cortado el paso cuando pretendía escapar, es la persona que puso los naipes en el bolsillo del conde.

Los ojos del conde pasaron de Tarzán al individuo que el hombre-mono tenía agarrado por el cuello.

-Mon Dieu, Nicolás! -exclamó De Coude-. ¡Tú!

El conde miró luego al jugador que le había acusado de tramposo y le observó atentamente durante unos segundos.

-Y usted, monsieur, naturalmente, con esa barba no le había reconocido. Le disfraza a la perfección, Paulvitch. Ahora lo comprendo todo. Está absolutamente claro, caballeros.

-¿Qué hacemos con estos dos tipos, monsieur? -preguntó Tarzán-. ¿Los ponemos en manos del capitán?

-No, amigo mío -se apresuró a decir el conde-. Es un asunto personal y le suplico que lo deje correr. Es suficiente con que me vea exculpado de la acusación. Cuanto menos tengamos que ver con semejantes individuos, tanto mejor. Pero, monsieur, ¿cómo puedo agradecerle el inmenso favor que acaba de hacerme? Le ruego acepte mi tarjeta y, si en algún momento o circunstancia pudiera serle útil, sepa que me tiene a su disposición.

Tarzán había soltado ya a Rokoff, el cual no había perdido un segundo en dirigirse a la salida del salón de fumadores, acompañado de su cómplice, Paulvitch. A punto de franquear la puerta, Rokoff se volvió y, ominoso, aseguró a Tarzán:

-Monsieur, tendrá ocasión de lamentar haberse entrometido en asuntos que no le conciernen.

Tarzán sonrió y luego, tras inclinarse ante el conde, le tendió su propia tarjeta.

El aristócrata francés leyó:

Monsieur Jean C. Tarzán

-Monsieur Tarzán --dijo-, realmente deseará no haber salido en mi defensa, porque puedo garantizarle que se ha ganado la enemistad de dos de los granujas más viles y malintencionados de Europa entera. Evítelos, monsieur, por todos los medios.

-He tenido adversarios mucho más terribles, mi estimado conde -respondió Tarzán con una sosegada sonrisa-, y sin embargo, aún sigo vivo y despreocupado. No creo que ninguno de esos dos tipejos disponga de medios para hacerme daño.

-Esperemos que no, monsieur-dijo De Coude-, pero tampoco le perjudicará estar alerta. Ha de tener presente que hoy se ha ganado usted por lo menos un enemigo de los que jamás olvidan ni perdonan y cuya mente perversa siempre está tramando sin descanso nuevas atrocidades que perpetrar sobre quienes han frustrado sus planes o le han ofendido de alguna forma. Decir que Nicolás Rokoff es un demonio sería agraviar a la satánica majestad de los infiernos.

Aquella noche, al entrar en su camarote, Tarzán encontró en el suelo una nota doblada que evidentemente habían echado por debajo de la puerta. La desdobló y leyó:

Monsieur Tarzán:

No cabe duda de que no se daba usted cuenta de la gravedad de su ofensa, ya que de ser así, se habría abstenido de hacer lo que hizo hoy. Deseo creer que sólo la ignorancia le permitió actuar así y que no tenía intención alguna de ofender a un desconocido. Por tal razón, estoy dispuesto a atender sus disculpas y a aceptar su palabra de que no volverá a inmiscuirse en asuntos que no le conciernen. En cuyo caso olvidaré lo ocurrido.

De lo contrario... Pero estoy seguro de que será lo bastante sensato como para adoptar la norma de conducta que le sugiero.

Respetuosamente,

Nicolás Rokoff

Tarzán se permitió esbozar una torva sonrisa, que bailó fugazmente por sus labios. Pero en seguida apartó de su cerebro el asunto y se fue a la cama.

En un camarote cercano, la condesa De Coude preguntaba a su marido:

-¿Por qué estás tan mohíno, mi querido Raúl? Te has pasado la tarde con cara de velatorio. ¿Qué es lo que te preocupa?

-Nicolás está a bordo, Olga. ¿No lo sabías?

-¡Nicolás! -exclamó la mujer-. ¡Pero eso es imposible, Raúl! No puede ser. Nicolás está bajo arresto en Alemania.

-Eso creía yo, hasta que hoy le he visto... A él y a ese otro supercanalla, Paulvitch. Olga, no podré resistir su acoso durante mucho tiempo más. No, ni siquiera por ti. Tarde o temprano tendré que denunciarlos a las autoridades. La verdad es que me cuesta trabajo resistir la tentación de contárselo todo al capitán del buque antes de que lleguemos a puerto. En un transatlántico francés, Olga, será más fácil poner fin de una vez por todas a esta Némesis implacable que nos persigue.

-¡Oh, no, Raúl! -protestó la condesa; se arrodilló ante él, que se había sentado, gacha la cabeza, en un sofá-. No lo hagas. Recuerda lo que me prometiste. Raúl, dame tu palabra de que no lo harás. No le amenaces siquiera, Raúl.

El conde tomó entre las suyas las manos de su esposa y, antes de decir nada, contempló el pálido y atribulado semblante de la mujer durante unos momentos, como si tratase de arrancar a aquellas preciosas pupilas el verdadero motivo que inducía a Olga a proteger a aquel individuo.

-Como quieras -convino De Coude al final-. No consigo entenderlo. Ha perdido todo derecho a tu afecto, a tu lealtad y a tu respeto. Es una amenaza para tu vida y tu honor, lo mismo que para la vida y el honor de tu esposo. Confío en que nunca tengas que lamentar haberle defendido.

-No le defiendo, Raúl -le interrumpió Olga con vehemencia-. Creo que le odio tanto como tú, pero... ¡Oh, Raúl, la sangre es más espesa que el agua!

-Hoy me hubiera gustado probar el espesor de la suya -refunfuñó De Coude, siniestra la expresión-. Esa pareja intentó deliberadamente mancillar mi honor, Olga. -Refirió a su esposa lo sucedido en el salón de fumadores-. De no ser por ese caballero, al que no conozco de nada, se habrían salido con la suya, porque ¿quién habría aceptado mi palabra, sin prueba alguna, frente a aquella maldita evidencia de las cartas que llevaba ocultas encima? Casi empezaba a dudar de mí mismo, cuando apareció monsieur Tarzán arrastrando a tu precioso Nicolás hasta nosotros y explicó toda la sucia maquinación.

-¿Monsieur Tarzán? -preguntó Olga de Coude con evidente sorpresa.

-Sí. ¿Le conoces?

-Sólo de vista. Un camarero me indicó quién era.

-Ignoraba que se tratase de una celebridad -dijo el conde.

Olga de Coude cambió de conversación. Se percató repentinamente de que le iba a costar trabajo explicar por qué un camarero tenía que indicarle la persona del apuesto y bien parecido monsieur Tarzán. Tal vez se sonrojó un poco puesto que ¿no la miraba el conde, su esposo, con una expresión extrañamente burlona?

«¡Ah!», pensó la dama, «una conciencia culpable recela hasta de su sombra. »

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