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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 10. Por el valle de las sombras
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Mientras caminaba por el agreste desfiladero bajo la brillante luna africana, la llamada de la jungla resonó cautivadora en el alma de Tarzán. Las soledades, así como la libertad en plena naturaleza salvaje inundaron su corazón de vida y euforia. Volvía a ser Tarzán de los Monos -con los cinco sentidos alertados frente a la posibilidad de cualquier sorpresa por parte de algún enemigo de la jungla- y avanzaba con paso ágil, alta la cabeza, orgulloso y consciente de su poder.

Los ruidos nocturnos de las montañas eran nuevos para él, pese a lo cual entraban en sus oídos como si fuesen producto de la cariñosa voz de un amor semiolvidado. Muchos de ellos los percibía intuitivamente... ah, había uno que le resultaba familiar de veras: el carraspeo distante de Sheeta, el leopardo; no obstante, la extraña nota que remataba el gemido final sembró la duda en él. Sí, lo que oía era una pantera.

Captó en aquel momento un nuevo sonido -un rumor suave y sigiloso- que se impuso por encima de los demás. Ningún oído humano, salvo el del hombre-mono, hubiese podido detectarlo. Al principio no le fue posible determinar su naturaleza, pero comprendió por último que lo originaban los pies descalzos de cierto número de hombres. Se encontraban a su espalda e iban acercándosele poco a poco, sosegadamente. Le perseguían, le acechaban.

Cruzó por su cerebro el centelleo de un descubrimiento súbito: acababa de comprender el motivo por el que Gernois le había dejado en aquel pequeño valle. Aunque sin duda el plan tropezó con algún inconveniente.... los hombres llegaban demasiado tarde. Los pasos fueron aproximándose inflexiblemente. Con el rifle en la mano, a punto, Tarzán se detuvo y se colocó de cara a los que llegaban. Captó el movimiento fugaz de una chilaba blanca. Dio el alto en francés y preguntó qué querían de él. La respuesta fue el fogonazo de una espingarda y, tras la detonación, Tarzán de los Monos cayó de bruces contra el suelo.

Los árabes no se precipitaron sobre él de inmediato, sino que, precavidos, aguardaron hasta comprobar que su víctima no se incorporaba. Una vez tuvieron tal certeza, abandonaron su escondite y corrieron hacia el hombre mono. Se inclinaron sobre él. Todo indicaba que no había muerto. Uno de los árabes apoyó la boca del cañón en la nuca de Tarzán, dispuesto a darle el tiro de gracia, pero otro lo apartó.

-Si lo llevamos vivo la recompensa será más alta -explicó.

De modo que lo ataron de pies y manos y cuatro miembros de la partida se lo cargaron sobre los hombros. Reanudaron la marcha hacia el desierto. Cuando dejaron atrás las montañas se desviaron en dirección sur y al amanecer llegaron al punto donde habían dejado los caballos al cargo de un par de compañeros.

A partir de entonces, avanzaron más aprisa. Tarzán había recuperado el conocimiento. Iba atado sobre el lomo de una cabalgadura de repuesto, que evidentemente los árabes llevaron a tal fin. La herida del hombre mono sólo era un rasguño, un surco que la bala había trazado en la carne, junto a la sien. Se había cortado la hemorragia, pero la sangre seca formaba manchas rojas en el rostro y la ropa de Tarzán. Desde que cayera en manos de aquellos árabes no había despegado los labios, como tampoco ellos le dirigieron la palabra, salvo para darle algunas breves órdenes cuando llegaron al lugar donde aguardaban las monturas.

Durante seis horas cabalgaron a ritmo acelerado por aquel ardiente desierto, rodeando siempre los oasis próximos a la ruta por la que marchaban. Hacia el mediodía llegaron a un aduar constituido por unas veinte tiendas. Se detuvieron en él y cuando uno de los árabes desataba las cuerdas de esparto que ligaban a Tarzán a su montura, una nutrida caterva de hombres, mujeres y niños les rodeó. La mayor parte de la tribu, y de manera especial las mujeres, parecían disfrutar enormemente descargando insultos sobre el prisionero y no faltó quien le arrojara piedras y le aporreara con estacas. Hasta que apareció un anciano jeque que ahuyentó a la turba.

Alí ben Ahmed me ha dicho -manifestó el jequeque este hombre estaba solo en las montañas y que mató un adrea. No me interesa en absoluto la cuestión que contra él pueda tener el extranjero que nos contrató para que le siguiéramos y nos apoderásemos de él, y tampoco sé ni me importa lo que le pueda hacer a este hombre cuando se lo entreguemos. Pero el prisionero es un valiente y, mientras esté en nuestro poder se le tratará con el respeto que merece quien sale de noche y solo a cazar al señor de la gran cabeza... y lo mata.

Tarzán conocía la reverencia que a los árabes les inspira toda persona que mata a un león, por lo que no pudo por menos que agradecer aquel factor favo- rable que le libraría de las torturas a que pudiera someterle aquella tribu. No tardaron en llevarlo al interior de una tienda de pieles de cabra situada en la parte superior del aduar. Allí le dieron de comer y luego, bien atado, lo dejaron solo en la tienda, tendido encima de una alfombra tejida por la propia tribu.

Observó que un centinela montaba guardia sentado a la entrada de la frágil cárcel, pero cuando forcejeó con las gruesas ligaduras que le inmovilizaban comprendió que aquella precaución adicional por parte de sus captores era innecesaria; ni siquiera sus colosales músculos podían romper aquel entrelazado de fuertes cuerdas de esparto.

Poco antes del crepúsculo varios hombres se acercaron y entraron en la tienda donde yacía Tarzán. Todos vestían al estilo árabe, pero uno de ellos se adelantó hasta llegar junto al hombre mono, dejó caer los pliegues de la tela que ocultaban la mitad inferior de su rostro y Tarzán pudo contemplar las perversas facciones de Nicolás Rokoff. Los barbados labios se curvaron en una sonrisa nauseabunda.

-¡Ah, monsieur Tarzán! -saludó-. Esto sí que es un verdadero placer. ¿Por qué no se levanta y saluda a su visitante? -Luego, tras un obsceno taco, profirió-: ¡Levántate, perro! -Echó hacia atrás la pierna, calzada con sólida bota, y propinó a Tarzán un tremendo puntapié en el costado-. ¡Y ahí va otro, y otro, y otro! -continuó, mientras la bota se estrellaba en la cara y en el costado del hombre mono-. Una patada por cada vez que me agraviaste.

Tarzán no dijo nada. Ni siquiera se dignó volver a mirar al ruso, tras la primera ojeada de reconocimiento. Al final intervino el jeque, hasta entonces testigo mudo de la escena, que no pudo seguir aguantando más aquel cobarde ensañamiento y ordenó, fruncido el ceño con disgusto:

-¡Basta! Mátele si quiere, pero no voy a tolerar que en mi presencia se someta a un valiente a semejantes ultrajes. Me siento medio inclinado a entregárselo libre de ligaduras, a ver cuánto tiempo seguiría dándole puntapiés.

La amenaza puso fin automáticamente a la brutalidad de Rokoff, puesto que lo último que deseaba en el mundo era que desatasen a Tarzán mientras él se encontrara al alcance de sus poderosas manos.

-Muy bien -replicó al árabe-. Ahora mismo lo mato.

-No será dentro de los limites de mi aduar -declaró el jeque-. De aquí tiene que salir vivo. Lo que haga con él en el desierto no me concierne, pero la sangre de un francés no va a manchar las manos de mi tribu a causa de la rencilla de otro francés... Mandarían soldados aquí, que matarían a muchos de los míos, incendiarían nuestras tiendas y ahuyentarían nuestros rebaños.

-Si lo quiere así... -rezongó Rokoff-. Me lo llevaré al desierto que se extiende por debajo del aduar, y allí lo despacharé.

-Lo llevará por lo menos a una jornada de distancia de mis tierras -decretó el jeque en tono firme- y algunos de mis jóvenes le seguirán para cerciorarse de que no me desobedece... Si no cumple lo que le digo, serán dos los franceses que mueran en el desierto.

Rokoff se encogió de hombros.

-En ese caso, tendré que esperar hasta mañana... ya ha oscurecido.

-Como quiera -repuso el jeque-. Pero le doy una hora de plazo, a partir del alba, para que desapa- rezca de mi aduar. Los infieles me gustan muy poco, pero los cobardes no me gustan nada.

Rokoff hubiera replicado algo que al jeque aún le habría gustado menos que nada, pero se contuvo. Se dio cuenta a tiempo de que el anciano no necesitaría más que la más insignificante de las excusas para revolverse contra él. Salieron juntos de la tienda. En la entrada, Rokoff no pudo resistir la tentación de lanzar a Tarzán un último sarcasmo provocativo antes de retirarse.

-Que tenga dulces sueños, monsieur -deseó, burlón-, y no se olvide de rezar sus oraciones, porque cuando muera mañana, lo hará entre torturas tan angustiosas que en vez de oraciones sólo proferirá blasfemias.

Desde el mediodía, nadie se había preocupado de llevarle a Tarzán alimento o bebida y, en consecuencia, tenía una sed espantosa. Se preguntó si merecería la pena pedirle agua al árabe que montaba guardia afuera, pero tras dirigirle la palabra en dos o tres ocasiones sin obtener respuesta llegó a la conclusión de que era inútil.

Sonó el rugido de un león en las alturas de la montaña, muy lejos. Cuánto más seguro se estaba, pensó Tarzán, en el territorio de las fieras salvajes que en el de los hombres. En ningún momento, durante su existencia en la selva virgen se había visto perseguido y acosado tan implacablemente como en el curso de los últimos meses vividos entre los hombres. Jamás se había visto tan cerca de la muerte.

El león volvió a rugir. Tarzán experimentó el repentino impulso de responder con el grito de desafío de los de su tribu. ¿Su tribu? Casi había olvidado que era un hombre y no un simio. Dio un tirón a las ligaduras. Santo Dios, si pudiese acercárselas a los dientes. Un salvaje ramalazo de locura recorrió su ánimo cuando sus esfuerzos por recobrar la libertad concluyeron en lamentable fracaso.

Numa rugía ahora de manera continua. Era a todas luces evidente que descendía al desierto en busca de caza. Aquel era el rugido de un león hambriento. Tarzán le envidió, porque estaba libre. Nadie iba a atarle con ligaduras de esparto ni a sacrificarle como a un borrego. Aquello era lo que mortificaba a Tarzán. No le asustaba morir, no, lo que temía era la humillación de aquella derrota previa a la muerte, sin contar siquiera con la oportunidad de combatir en defensa de la vida.

Pensó que la medianoche debía de estar al caer. Aún le quedaban varias horas antes de que se cumpliera su sentencia. Era posible que aún encontrase algún modo de llevarse a Rokoff consigo en el largo viaje al otro mundo. Oyó al salvaje señor del desierto, que por entonces se encontraba ya muy cerca. Seguramente buscaría su pitanza entre las reses que albergaba el corral del aduar.

Reinó el silencio durante un buen rato, al cabo del cual el fino oído de Tarzán captó el rumor de un cuerpo que se movía furtivamente. Llegaba del lado de la tienda que daba a la montaña..., por la parte de atrás. Aguardó, escuchó con toda su atención, para comprobar si pasaba de largo. El silencio se prolongó en el exterior de la tienda, un silencio tan terriblemente profundo que Tarzán se sorprendió de no oír la respiración del animal que, estaba seguro, debía de encontrarse agazapado muy cerca de la piel de cabra del fondo de la tienda.

¡Vaya! Ahora empezaba a moverse de nuevo. Se fue acercando como si se deslizara por el suelo. Tarzán volvió la cabeza en dirección a aquel sonido. Dentro de la tienda, todo era oscuridad. Poco a poco, la parte de atrás de la tienda fue separándose del suelo; la levantaban la cabeza y los hombros de un cuerpo que parecía pura tiniebla perfilada en la penumbra del segundo plano. Vislumbró más allá el desierto tenuemente iluminado por el resplandor de las estrellas.

Una sonrisa lúgubre jugueteó en los labios de Tarzán. Al menos, Rokoff se quedaría con un palmo de narices. ¡Se volvería loco de furia! Y, para Tarzán, aquella muerte sería mucho más misericordiosa que la que podía esperar a manos del ruso.

La piel de cabra del fondo de la tienda volvió a caer en su sitio y la oscuridad volvió a espesarse. Fuera aquello lo que fuese ya estaba dentro de la tienda, con él. Sintió que se arrastraba hasta situarse a su lado. Cerró los ojos, a la espera de la potente zarpa que iba a destrozarlo. Pero lo que cayó sobre su semblante, vuelto hacia arriba, fue el toque de una mano suave que tanteaba en la oscuridad. Luego oyó el susurro casi inaudible de una voz femenina que pronunciaba su nombre.

-Sí, ese soy yo -murmuró Tarzán su respuesta-. Pero, en nombre del cielo, ¿quién es usted?

-La oled-nail de Sidi Aisa -fue la contestación.

Al tiempo que le hablaba, el hombre mono notó que procedía a soltarle. En una o dos ocasiones notó el frío acero de un cuchillo que le rozaba la piel. Al cabo de unos instantes se vio libre.

-¡Vamos! -bisbiseó la muchacha.

Salió a gatas de la tienda, en pos de la joven, por el mismo sitio por donde ella había entrado. La muchacha continuó arrastrándose por el liso suelo hasta llegar a unos matorrales. Se detuvo allí, a la espera de que Tarzán llegase junto a ella. El hombremono la contempló durante unos segundos, antes de decidirse a hablar.

-No logro entenderlo -dijo por fin-. ¿A qué se debe su presencia aquí? ¿Cómo sabía que estaba prisionero en esa tienda? ¿Cómo es que ha sido precisamente usted quien me ha salvado?

La joven sonrió.

-Esta noche he recorrido un largo camino -declaró-, y antes de que podamos considerarnos fuera de peligro hemos de cubrir otro largo trayecto. Venga, se lo contaré todo mientras caminamos.

Se levantaron los dos al mismo tiempo y emprendieron la caminata a través del desierto, en dirección a las montañas.

-No estaba seguro de que me fuera posible llegar hasta usted -confesó la muchacha al final-. El adrea ha salido esta noche de cacería y creo que cuando dejé los caballos me venteó y empezó a seguirme... Llevaba encima un susto tremendo.

-¡Es una joven muy valiente! -elogió Tartán—. ¿Y se ha arriesgado de esta forma por un desconocido..., por un extranjero.... por un infiel?

La muchacha se irguió con soberbio gesto.

-Soy hija del jeque Kadur ben Saden -replicó-. No sería digna hija suya si no arriesgase mi vida para salvar la del hombre que me salvó cuando creía que yo no era más que una vulgar uled-natl.

-Con todo y con eso -insistió Tarzán-, es una muchacha muy valiente. ¿Pero cómo supo que me tenían prisionero ahí detrás?

-Achmet din Taieb, primo mío por parte de padre, fue a visitar a unos amigos suyos que pertenecen a la 154 tribu que le capturó. Estaba en el aduar cuando le trajeron a usted. Al llegar a nuestro pueblo nos habló del gigante francés que All ben Ahmed había hecho prisionero para entregárselo a otro francés que deseaba matarle. Por la descripción que hizo mi primo comprendí que debía de tratarse de usted. Mi padre estaba ausente. Así que intenté convencer a algunos hombres del aduar para que vinieran a rescatarle, pero se negaron a hacerlo. Me dijeron: «Dejemos que los infieles se maten unos a otros, si ese es su gusto. Esto no es asunto nuestro y si nos entrometemos en los planes de All ben Ahmed lo único que vamos a conseguir es que la emprenda con nuestro pueblo».

»Así que en cuanto cayó la noche me vine sola. A caballo y con otro de reata para usted. Los dejé atados no lejos de aquí. Por la mañana estaremos en el aduar de mi padre. Para entonces, él ya habrá vuelto... ¡y que vayan entonces a intentar llevarse al amigo de Kadur ben Saden!

Caminaron en silencio durante unos instantes. -Ya deberíamos estar cerca de los caballos -dijo la muchacha-. Es extraño que no los vea.

Al cabo de unos segundos, se detuvo y exclamó, consternada:

-¡Han desaparecido! ¡Los dejé atados aquí!

Tarzán se agachó para examinar el suelo. Observó que habían arrancado de cuajo un arbusto. Luego descubrió algo más. Cuando se levantó y miró a la joven, en sus labios se dibujaba una sonrisa torcida.

-El ad rea ha estado aquí. Todo indica, sin embargo, a juzgar por las señales, que se le escapó la presa. Si le sacaron un mínimo de delantera, seguro que en terreno abierto los caballos se habrán librado fácilmente de él.

Lo único que podían hacer era seguir a pie. Su camino les llevaba a lo largo de las estribaciones de la montaña, pero la muchacha conocía la ruta tan bien como el rostro de su madre. Avanzaron a base de zancadas largas y ágiles. Tarzán mantenía la mano abierta sobre la parte posterior del hombro de la chica, para que fuese ella quien marcara el paso y así se cansara menos. Iban charlando mientras caminaban y de vez en cuando se detenían para aguzar el oído y comprobar si alguien los perseguía de cerca.

La luz de la luna añadía más belleza a la hermosura de la noche. Soplaba un aire vivo y estimulante. A su espalda extendía el desierto su panorama de interminable horizontalidad, salpicado aquí y allá por algún que otro oasis.

Las palmeras de dátiles que se alzaban en el pequeño paraje fértil que acababan de dejar tras de sí, y el círculo de tiendas de piel de cabra, destacaban su bien delimitado perfil sobre la arena amarillenta, como un diminuto paraíso fantasmal en medio de un océano más fantasmal todavía. Frente a ellos se erguían, torvas y silenciosas, las montañas. A Tarzán la sangre le hervía jubilosa en las venas. ¡Aquello era vida! Bajó la vista hacia la joven que caminaba a su lado... Una hija del desierto que marchaba sobre la faz de un mundo muerto junto a un hijo de la selva virgen. La imagen le provocó una sonrisa. Deseó haber tenido una hermana y que hubiese sido como aquella muchacha. ¡Qué compañera más estupenda para él!

Se adentraban ya en terreno montañoso y avanzaban muy despacio, porque el camino era empinado y la superficie rocosa.

Llevaban varios minutos sin decir nada. La chica iba preguntándose si conseguirían llegar el aduar de su padre antes de que los posibles perseguidores los alcanzaran. En aquellos momentos, lo que Tarzán deseaba era que pudieran seguir andando así indefinidamente. Si la uled-nail hubiera sido un hombre, ello habría sido posible. Tarzán anhelaba tener un amigo al que le encantase la vida silvestre tanto como le gustaba a él. Había aprendido a disfrutar de la compañía de sus semejantes, pero por desgracia para él casi todos los hombres con los que trabó amistad o conocimiento preferían los casinos y las prendas inmaculadas de hilo al nudismo de la jungla. Desde luego, eso era difícil de comprender; sin embargo, se trataba de una realidad clara y evidente.

Acababan de rodear un alto peñasco que sobresalía en el camino cuando tuvieron que detenerse en seco. Allí, ante ellos, en mitad de la senda, estaba Numo, el adrea, el león negro. Los verdes ojos del felino clavaron toda la perversidad de su mirada en los dos caminantes. El animal les enseñó los dientes y su cola, como un azote colérico, se fustigó los costados negro-amarillentos. Luego emitió un rugido... el rugido espeluznante del león hambriento y furioso.

-Su cuchillo -pidió Tarzán a la joven, al tiempo que extendía el brazo. Ella deslizó la empuñadura del arma en la palma de la mano del hombre mono. Cuando los dedos de éste se cerraron en tomo al mango, hizo retroceder a la muchacha y se situó delante de ella-. Vuelva al desierto con toda la rapidez que pueda. Si me oye llamarla, será señal de que todo va bien y puede regresar.

-Es inútil -repuso la uled-nail con aire resignado-. Esto es el fin.

-¡Obedezca! -le ordenó Tarzán- ¡Rápido! ¡Está a punto de saltar sobre nosotros!

La muchacha retrocedió unos pasos y se quedó contemplando aquel escalofriante espectáculo de cuyo desenlace pronto iba a ser aterrado testigo.

El león avanzaba despacio hacia Tarzán, con el hocico pegado al suelo, como un toro desafiante, y la cola extendida, trémula, como si se estremeciera de pura e intensa emoción.

El hombre-mono aguantó a pie firme, medio encorvado. Empuñaba el largo cuchillo árabe cuya hoja relucía a la luz de la luna. A su espalda, la tensa figura de la muchacha permanecía inmóvil como una estatua. La joven se inclinaba levemente hacia adelante, entreabiertos los labios, desorbitados los ojos. Su único pensamiento consciente era el de la admiración que despertaba en su cerebro el intrépido arrojo de aquel hombre que con un simple cuchillo se atrevía a plantar cara al señor de la gran cabeza. La joven pensó que un hombre de su propia raza y sangre se habría arrodillado a rezar y habría caído bajo aquellos terribles colmillos sin ofrecer resistencia. De cualquier modo, tanto en un caso como en otro, el resultado sería el mismo... era inevitable. Sin embargo, la joven no pudo reprimir un escalofrío de maravilla mientras sus ojos seguían fijos en la heroica figura que tenía ante sí. Ni el más leve temblor en aquella gigantesca persona. Su aspecto era tan amenazador y desafiante como el del propio adrea.

El león se encontraba ya muy cerca del hombre-mono, sólo les separaban unos pasos. El felino encogió el cuerpo y luego, con un ensordecedor rugido, saltó...