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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 11. John Caldwell, de Londres
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Cuando Nurna el ad rea se lanzó con las garras extendidas y los colmillos prestos a la dentellada tenía el convencimiento de que aquel individuo de tres al cuarto iba a ser presa fácil, como lo fueron la veintena de hombres que habían caído ya bajo sus zarpas. Para Numa, el hombre era una criatura torpe, desvalida, lenta de movimientos... Le inspiraba poco respeto.

Pero esta vez se encontró con un ser tan ágil y rápido como él. Cuando el vigoroso cuerpo del león aterrizó en el punto que segundos antes ocupaba la presunta víctima, ésta había volado de allí.

La muchacha se quedó paralizada por el asombro al ver la serena facilidad con que el hombre encogido sobre sí mismo eludió las enormes y mortíferas uñas de la fiera. Y ahora, ¡oh, Alá!, se había abalanzado sobre el lomo del adrea, antes de que el animal tuviera tiempo de revolverse. Situado tras el cuello de la fiera, se agarró a la melena para sujetarse. El león se encabritó como un caballo, pero Tarzán sabía que iba a hacer precisamente eso y había tomado sus medidas. Un brazo gigantesco rodeó la garganta del felino por debajo de la negra melena y una, dos, tres veces la afilada hoja del cuchillo se hundió en la parte delantera del lomo negro-amarillento, por detrás de la espaldilla izquierda.

Frenéticos fueron los brincos de Numa, horripilantes sus rugidos de furia y dolor, pero no había forma de zafarse del gigante que llevaba a la espalda, al que no pudo expulsar de allí, ni alcanzarlo con los dientes ni con las garras en el breve intervalo que el señor de la gran cabeza sobrevivió. Estaba completamente muerto cuando Tarzán de los Monos soltó su presa e irguió el cuerpo. Entonces, la hija del desierto fue espectadora de algo que la aterró incluso más que la presencia del adrea. El hombre puso un pie encima del cadáver de la pieza que acababa de cobrar, volvió su agraciado semblante hacia la luna llena y lanzó a pleno pulmón el alarido más atroz que los oídos de la muchacha hubiesen escuchado jamás.

La uled-nail dejó escapar un leve grito de temor y, encogida, se apartó de Tarzán, con la idea de que la horrorosa tensión de la lucha había hecho perder el juicio al hombre mono. Cuando los infernales ecos de la última nota de aquel desafio se desvanecieron en la distancia, el hombre bajó la vista y sus ojos fueron a posarse en la joven.

Al instante, una sonrisa jovial iluminó su rostro y la muchacha tuvo la certeza de que el hombre estaba perfectamente cuerdo. La uled-nail volvió a respirar tranquila y correspondió a la sonrisa de Tarzán.

-¿Qué clase de hombre es usted? -preguntó-. Lo que ha hecho es algo inaudito. Incluso ahora, después de haberlo visto, me cuesta trabajo creer que sea posible que un hombre solo, armado de un simple cuchillo, luche a brazo partido con un adrea y lo venza sin sufrir un rasguño... Porque ha acabado con él. Y ese grito... no era humano. ¿Qué le impulsó a hacer una cosa así?

Tarzán se puso como la grana.

-Es porque a veces -se justificó- me olvido de que soy un hombre civilizado. Sin duda, cuando mato me convierto en otro ser.

No intentó dar más explicaciones, porque siempre tenía la sospecha de que las mujeres miraban con repulsión a quien no había superado del todo la fase animal.

Reanudaron la marcha. El sol estaba muy alto en el cielo cuando volvieron a entrar en el desierto, tras dejar a su espalda las montañas. Encontraron los caballos de la muchacha a la orilla de un riachuelo. Hasta allí habían llegado en su huida de vuelta a casa y, como quiera que la causa que originó su terror ya no existía, se detuvieron a pastar tranquilamente en aquel paraje.

Tarzán y la joven no tuvieron grandes dificultades para cogerlos. A lomos de las cabalgaduras recuperadas se dirigieron a través del desierto hacia el aduar del jeque Kadur ben Saden.

No apareció perseguidor alguno y, sin incidentes, hacia las nueve de la mañana llegaron a su destino. El jeque había regresado poco antes y se puso frenético de dolor al ver que su hija estaba ausente. Temió que los merodeadores la hubiesen vuelto a secuestrar. Ya tenía cincuenta hombres a caballo y, a la cabeza de los mismos, se disponía a salir en busca de la joven cuando llegaron Tarzán y ella.

La alegría del jeque al ver a su hija sana y salva sólo fue equiparable a la gratitud que sintió hacia Tarzán por devolvérsela sin que hubiera sufrido el menor daño, a pesar de los peligros de la noche, y a la euforia agradecida que experimentó por el hecho de que la muchacha hubiera llegado a tiempo de salvar al hombre que en otra ocasión la había salvado a ella.

No olvidó ni omitió Kadur ben Saden ningún honor de cuantos estuvo en su mano acumular sobre el hombre mono para demostrarle su aprecio y amistad. Cuando la hija del jeque hubo explicado la hazaña de Tarzán al matar al adrea, una auténtica multitud de árabes admirados rodeó al hombre mono. Y es que matar un adrea era el modo más seguro para conseguir la admiración y respeto de aquellos beduinos.

El anciano jeque insistió en su invitación para que Tarzán se quedase como huésped en el aduar por tiempo indefinido. Incluso expresó su deseo de adoptarlo como miembro de la tribu y, durante cierto tiempo medio se formó en la mente del hombre mono la resolución de aceptar y quedarse para siempre con aquel pueblo silvestre, al que comprendía y que también parecía comprenderle a él. La amistad y el aprecio que experimentaba por la hija de Kadur ben Saden constituían factores poderosos que le apremiaban a tomar una determinación afirmativa.

Si la joven, en vez de ser una muchacha hubiera sido un hombre, se decía Tarzán, no habría vacilado, porque ello representaría tener un amigo realmente íntimo, con el que podría cabalgar y salir de caza a voluntad; pero al pertenecer a sexos distintos se verían coaccionados por unos convencionalismos que en el caso de los nómadas del desierto se observaban incluso de modo más estricto que en el de la sociedad civilizada. Y, por otra parte, la moza no tardaría en contraer matrimonio con alguno de aquellos atezados guerreros, lo que pondría fin a la amistad entre ella y el hombre mono. De modo que optó por declinar la propuesta del jeque, aunque permaneció allí una semana más en calidad de invitado.

Cuando partió, Kadur ben Saden y cincuenta guerreros ataviados con chilaba blanca le acompañaron a Bu Saada. Mientras montaban en el aduar del jeque, la mañana en que emprendían la marcha, la muchacha se acercó para despedirse de Tarzán.

-He rezado para que se quedase con nosotros -articuló simplemente, cuando él se inclinó desde la silla para estrecharle la mano- y ahora rezaré para que vuelva.

Una expresión melancólica entristecía sus bonitos ojos y las comisuras de la boca dibujaban una curva patética y dolorida. Tarzán se conmovió.

-¡Quién sabe! -dejó caer.

Volvió grupas y se alejó en pos de los árabes, que ya se habían puesto en camino.

En las afueras de Bu Saada se despidió momentáneamente de Kadur ben Saden y sus hombres, ya que por diversas razones deseaba entrar en la ciudad lo más inadvertido que le fuera posible. Cuando se lo hubo explicado al jeque, éste comprendió su punto de vista y compartió su decisión. Los árabes entrarían en Bu Saada antes que él, sin decir a nadie que Tarzán había hecho el viaje con ellos. Con posterioridad, el hombre mono se adentraría a su vez por la ciudad e iría directamente a hospedarse en una oscura posada local.

De modo que, al desplazarse por el casco urbano, una vez cerrada la noche, no le vio nadie conocido y llegó a la posada sin que reparasen en él. Después de cenar en compañía de Kadur ben Saden, como invitado del jeque, se dirigió a su antiguo hotel dando un rodeo, entró por la puerta de atrás y se presentó al propietario, que pareció sorprenderse mucho al verlo con vida.

Sí, monsieur había recibido correspondencia; iría a buscarla. No, no diría a nadie que monsieur estaba de vuelta. El hombre regresó con un paquete de cartas. Una de ellas era de su jefe, quien le ordenaba que abandonase la misión que cumplía en aquel momento y tomase el primer vapor que zarpara rumbo a Ciudad de El Cabo. Allí recibiría las pertinentes instrucciones, que le estarían esperando en poder de otro agente cuyo nombre y dirección se le incluían. Eso era todo: breve, pero explícito. Tarzán preparó las cosas con vistas a abandonar Bu Saada a primera hora de la mañana siguiente. Luego se encaminó a la sede de la guarnición militar a fin de entrevistarse con el capitán Gerard, de quien el hombre del hotel le informó que el día anterior había regresado con su destacamento.

Encontró al oficial en su alojamiento. El capitán Gerard se llevó una sorpresa y una alegría tremendas al ver a Tarzán vivo y en magníficas condiciones fisicas.

-Cuando el teniente Gernois volvió y nos comunicó que no le había encontrado en el punto donde usted optó por quedarse mientras las patrullas exploraban el terreno, la alarma se apoderó de mí. Batimos las montañas durante varias jornadas. Luego tuvimos noticias de que un león le había matado y devorado. Nos trajeron como prueba el rifle que llevaba usted. Su cabalgadura había regresado al campamento dos días después de que usted desapareciese. No podía cabemos duda alguna. El teniente Gemois estaba desolado, asumió toda la culpa. Insistió en encargarse de la búsqueda. Él fue quien encontró al árabe que tenía el rifle de usted. Se alegrará infinito cuando se entere de que está vivo y a salvo.

-Indudablemente -articuló Tarzán, con una sonrisa irónica.

-Ha ido a la ciudad, de no ser así, ahora mismo enviaba a buscarlo -manifestó el capitán Gerard-. Pero en cuanto vuelva le daré la noticia.

Tarzán hizo creer al oficial que se había perdido, que anduvo dando vueltas sin rumbo hasta que se tropezó con el aduar de Kadur ben Saden, quien le acompañó después hasta Bu Saada. En cuanto le fue posible, dijo adiós al capitán Gerard y regresó apresuradamente a la ciudad. En la posada recibió de labios de Kadur ben Saden una noticia de lo más interesante. El jeque le habló de un hombre blanco, de negra barba y que siempre iba disfrazado de árabe. Durante una temporada había estado recibiendo tratamiento médico por tener una muñeca rota. Últimamente había pasado cierto tiempo fuera de Bu Saada, pero ya estaba de vuelta. Tarzán se informó del lugar donde se escondía y le faltó tiempo para dirigirse allí.

Avanzó casi a tientas por un laberinto de estrechas y fétidas callejuelas, negras como el Averno. Subió posteriormente por una destartalada escalera, que concluía en una puerta cerrada y una ventana pequeña, sin cristal. La ventana estaba muy alta, inmediatamente debajo del alero de aquel edificio de adobes. Tarzán apenas llegaba a alcanzar el alféizar. Se agarró a él y se elevó despacio, a pulso, hasta situar los ojos ligeramente por encima del antepecho. Había luz en la habitación y vio a Rokoff y a Gernois sentados a una mesa. Gernois decía:

-¡Eres el mismísimo Satanás, Rokofi Me has acosado hasta despojarme de la última brizna de honor. Me has arrastrado hasta el asesinato, induciéndome a mancharme las manos con la sangre de ese hom- bre llamado Tarzán. Si no fuese porque ese otro hijo de Belcebú, Paulvitch, conoce mi secreto, te mataría ahora mismo con mis propias manos.

Rokoff soltó una risotada.

-No harías semejante estupidez, mi querido teniente -dijo-. En el mismo instante en que se divulgase la noticia de que había muerto asesinado, nuestro querido Alexis presentaría al ministro de la Guerra pruebas concluyentes del asunto que con tanto ardor anhelas mantener secreto. Además, por si fuera poco, te acusarían del homicidio. Vamos, sé razonable. Soy tu mejor amigo. ¿No he protegido tu honor como si fuese el mío?

Gernois subrayó lo dicho con una risita sarcástica.

-Una pequeña suma en efectivo -continuó Rokoffy los documentos que quiero, y cuentas con mi palabra de que nunca te pediré un céntimo más, ni tampoco más informes.

-Existe una buena razón para eso -rezongó Gernois-. Lo que me pides me costará hasta el último céntimo que poseo y el único secreto militar de valor que me queda. Deberías pagarme por esos datos, en vez de arramblar con la información y con el dinero.

-Te pago manteniendo la boca cerrada -replicó Rokoff-. Venga, acabemos de una vez. ¿Vas a hacerlo, o no? Te doy tres minutos para que lo decidas. Si te niegas, esta misma noche enviaré a tu jefe una nota que terminará en una degradación como la que sufrió Dreyfus..., con la diferencia de que la de Dreyfus era inmerecida.

Gernois permaneció unos instantes con la cabeza gacha. Al final, la levantó. Se sacó de la guerrera dos trozos de papel.

-Aquí tienes -dijo en tono de profunda desesperanza-. Los llevaba preparados, ya sabía que esto iba a acabar así. No podía ser de otro modo.

Tendió al ruso los documentos.

Una expresión de perverso regodeo apareció en el semblante cruel de Rokoff. Cogió ávidamente los dos trozos de papel.

-Has obrado cuerdamente, Gernois -dijo-. No te crearé nuevos problemas... a menos que se dé el caso de que reúnas más dinero o más información.

Le sonrió.

-¡Esto no se repetirá nunca, perro! -siseó Gernois-. La próxima vez te mataré. Poco ha faltado para que lo hiciese esta noche. He permanecido una hora sentado a esta mesa, con los documentos en un bolsillo... y el revólver en otro. Durante todo ese tiempo he estado dudando acerca de lo que debía hacer. En la próxima ocasión me resultará más fácil, porque ya lo he decidido. No sabes lo cerca que has estado de morir, Rokoff. No tientes a la suerte por segunda vez.

Gernois se puso en pie, dispuesto a marcharse. Tarzán apenas tuvo tiempo de dejarse caer en el rellano y retroceder para fundirse con las sombras del otro lado de la puerta. Incluso allí apenas se atrevió a confiar en que no le descubrieran. El rellano era muy reducido y aunque se aplastó contra la pared del extremo, en realidad no estaría a más de treinta centímetros del marco de la puerta. Ésta se abrió casi inmediatamente. Salió Gernois. Tras él apareció Rokoff Ninguno de los dos hablaba. Gernois había bajado quizás tres peldaños de la escalera cuando se detuvo y medio se volvió, como si se aprestara a volver sobre sus pasos.

Tarzán comprendió que era inevitable que lo descubriesen. Rokoff seguía en el umbral, a poco más de un palmo de él, pero miraba en dirección opuesta, hacia Gernois. Entonces, el teniente reconsideró su decisión y reanudó el descenso por la escalera. Tarzán pudo oír el suspiro de alivio que se le escapó a Rokoff. Segundos después, el ruso volvía al interior de la habitación y cerraba la puerta.

Tarzán aguardó el tiempo suficiente para que Gernois se alejara hasta que le fuese imposible oírle y luego empujó la puerta y entró en el cuarto. Estuvo encima de Rokoff antes de que el ruso hubiese podido levantarse de la silla donde, sentado, examinaba los documentos que poco antes le entregara Gemois. Cuando alzó la cabeza y sus ojos cayeron sobre el semblante del hombro mono, la cara de Rokoff se tornó lívida.

-¡Usted! jadeó.

-¡Yo! -confirmó Tarzán.

-¿Qué es lo que quiere? -farfulló Rokoff, aterrado al ver la amenaza que fulguraba en los ojos del hombre-mono-. ¿Ha venido a matarme? No se atreverá a hacerlo. Le guillotinarían. No se atreverá a matarme.

-Claro que puedo atreverme a matarle, Rokoff -contradijo Tarzán-, porque nadie sabe que usted está aquí, ni que yo estoy aquí, y Paulvitch diría a las autoridades que el homicida fue Gernois. Acabo de oír cómo se lo decía usted al teniente. Pero eso no va a influir sobre mí, Rokoff. Me tendría sin cuidado quién pudiera saber o sospechar que le maté; el placer de liquidarle me compensaría con creces de cualquier castigo que pudieran infligirme. Es usted el cerdo más cobarde y despreciable del que haya tenido noticia, Rokoff. Merece la muerte. Y me encantaría matarle.

Tarzán se acercó al individuo.

Rokoff estaba al borde del ataque de nervios. Al tiempo que lanzaba un chillido, saltó en dirección a la estancia contigua, pero el hombre mono ya se le había echado encima antes de que concluyera el salto. Unos dedos de acero buscaron la garganta del ruso y el cobarde estalló en gritos histéricos y agudos, como un cochino al que inmovilizan. Gritó hasta que Tarzán le cortó el resuello. El hombremono lo levantó en peso, sin dejar de estrangularle. El ruso se debatió inútilmente... bajo la poderosa presa de Tarzán de los Monos era como un niño recién nacido.

Tarzán lo depositó en una silla y, antes de que el ruso muriera asfixiado, aflojó la presión de los dedos sobre la garganta de Rokoff. Cuando amainó la tos de éste, Tarzán volvió a hablarle.

-Le he brindado un aperitivo para que saborease el gusto que tiene la muerte -dijo-. Pero no le mataré... por ahora. Esta vez le perdono la vida en atención a una mujer buena cuya enorme desgracia fue nacer de la misma madre que le alumbró a usted. Si no le mato ahora mismo es gracias a ella. Pero si me entero de que ha vuelto a molestarla, a ella o a su esposo, si vuelve a meterse conmigo... o si me entero de que ha regresado a Francia o a alguna posesión francesa, entonces me dedicaré exclusivamente a cumplir una sola tarea: buscarle, encontrarle y acabar de estrangularle, rematar lo que he empezado hoy.

Se volvió hacia la mesa, en cuya superficie continuaban los dos trozos de papel. Rokoff se quedó boquiabierto de horror al ver que Tarzán se apoderaba de ellos.

Uno de ellos era un cheque. Tarzán lo examinó e hizo lo mismo con el otro documento. Al ver la información que éste contenía Tarzán se quedó de una pieza. Rokoff había leído parte de aquella información, pero el hombre mono sabía que nadie era capaz de recordar, tras una breve mirada, los importantes datos y cifras escritos en aquel papel, que lo convertían en un documento de valor inconmensurable para cualquier enemigo de Francia.

-Esto interesará mucho al jefe del Estado Mayor -comentó Tarzán, al tiempo que se los guardaba en el bolsillo.

Rokoff gimió. No se atrevía a maldecir en voz alta.

A la mañana siguiente Tarzán emprendió la marcha hacia el norte, en dirección a Buira y Argel. Cuando pasaba por delante del hotel, el teniente Gernois se encontraba de pie en el porche. Al ver a Tarzán, el oficial se puso blanco como la cal. El hombre-mono habría preferido que no le hubiese visto, pero le fue imposible evitarlo. Saludó a Gernois al paso. Mecánicamente, el oficial le devolvió el gesto, pero aquellos ojos terribles y desorbitados siguieron al jinete, inexpresivos por completo, a excepción del horror. Fue como si un cadáver contemplase a un fantasma.

En Sidi Aisa, Tarzán se entrevistó con el oficial francés al que había conocido durante su reciente estancia en la ciudad.

-¿Salió muy temprano de Bu Saada? -le preguntó el militar-. ¿No se ha enterado, pues, de lo del pobre Gernois?

-Fue la última persona que vi, al abandonar la ciudad -respondió Tarzán-. ¿Qué ocurre con él?

-Ha muerto. Se descerrajó un tiro hacia las ocho de esta mañana.

Dos días después, Tarzán llegaba a Argel. Allí descubrió que tendría que aguardar otros dos días antes de poder subir a un barco con destino a Ciudad de El Cabo. Durante la espera redactó un informe completo de su misión. No incluyó en él los documentos secretos que había arrebatado a Rokoff, porque no se atrevió a confiar a nadie que los poseía mientras no recibiese autorización, por algún conducto, para ponerlo en manos de otro agente o le indicaran que los entregase personalmente a París, a su regreso.

Cuando Tarzán subió a bordo de su barco, tras lo que le pareció una espera de lo más tedioso, dos hombres le observaban desde la cubierta superior. Ambos vestían con elegancia e iban bien afeitados. El más alto de los dos tenía el cabello rubio, pero sus cejas no podían ser más negras. Aquel mismo día, un poco más tarde, la pareja coincidió casualmente con Tarzán en cubierta, pero cuando estaban a punto de cruzarse, uno de los dos hombres llamó la atención de su compañero acerca de algo que había en el mar y ambos volvieron la cara, de modo que Tarzán no tuvo ocasión de ver sus facciones. La verdad es que el hombre mono tampoco les prestó la menor atención.

De acuerdo con las instrucciones de su jefe, Tarzán había hecho la reserva del pasaje con nombre supuesto: John Caldwell, de Londres. No comprendía la necesidad de aquella precaución, aunque lanzó su mente por los vericuetos de un sinfín de especulaciones. Se preguntaba qué papel iba a desempeñar en Ciudad de El Cabo.

«Bueno», se dijo, «gracias a Dios, me he desembarazado de Rokoff. Ya empezaba a fastidiarme. Me gustaría saber si no me estaré volviendo tan civilizado que hasta los nervios amenazan con hacer de las suyas. Ese individuo me los ataca, porque no juega limpio. Uno nunca sabe de qué o de quién se va a valer para descargar su próximo golpe. Es como si Numa, el león, hubiese convencido a Tantor, el elefante, y a Hístah, la serpiente, para que colaborasen con él en el intento de matarme. Yo nunca hubiera sabido en qué momento y quién iba a ser el que me atacaría a continuación. Pero las fieras son más nobles que los hombres... no se rebajan a tramar intrigas tan cobardes.»

Aquella noche, en la cena, Tarzán se sentó junto a una joven situada a la izquierda del capitán. El oficial los presentó.

¡Señorita Strong! ¿Dónde había oído antes ese nombre? Le resultaba familiar. La madre de la joven le dio la pista oportuna, al llamar a su hija por el nombre de pila: Hazel.

¡Hazel Strong! ¡Qué recuerdos le inspiraba aquel nombre! Había sido la carta dirigida a aquella doncella, caligrafiada por la bonita mano de Jane Porter, lo que transmitió a Tarzán el primer mensaje de la mujer que amaba. ¡Qué vívidamente recordaba la noche en que tomó aquella carta de encima de la mesa de la cabaña de su difunto padre, donde Jane Porter había estado escribiéndola hasta la madrugada, mientras él permanecía agazapado en la oscuridad exterior! ¡Menudo susto se habría llevado la muchacha de haber sabido aquella noche que la fiera salvaje de la selva observaba todos sus movimientos a través de la ventana!

¡Y aquella joven era Hazel Strong..., la mejor amiga de Jane Porter!