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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 12. Barcos que pasan
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Retrocedamos unos cuantos meses y situémonos de nuevo en el andén de una pequeña estación ferroviaria del norte de Wisconsin batida por el viento. La nube de humo producida por el incendio del bosque flota, a escasa altura, sobre el paisaje circundante y los acres vapores que desprende ponen escozor en los ojos de las seis personas que aguardan la llegada del tren que ha de trasladarlos hacia el sur.

El profesor Arquímedes Q. Porter, entrelazadas las manos tras los faldones de su levita, pasea de un lado a otro bajo la siempre atenta mirada de su fiel secretario, el señor don Samuel T. Philander. En dos ocasiones, durante los últimos minutos, el ensimismado profesor cruzó las vías distraído en dirección a la zona pantanosa próxima, así que el incansable señor Philander tuvo que acudir a rescatarle y obligarle a volver sobre sus pasos.

Jane Porter, la hija del profesor, mantiene una insípida y forzada conversación con William Cecil Clayton y Tarzán de los Monos. Apenas unos segundos antes, en la minúscula sala de espera de la estación, ha tenido efecto una declaración de amor y una renuncia que han destrozado la vida y aniquilado la felicidad de dos miembros del grupo, pero William Cecil Clayton, lord Greystoke, no es ninguno de esos dos seres.

Detrás de la señorita Porter revolotea la maternal Esmeralda. También ella se siente feliz, porque ¿no regresa a su amada Maryland? Vislumbra ya a través de la neblina que forma la humareda el haz de luz que proyecta el faro de la locomotora. Los hombres empiezan a coger las maletas. De pronto, Clayton exclama:

-¡Por Júpiter! Me he dejado el abrigo en la sala de espera.

Y corre a recuperarlo.

-Adiós, Jane dice Tarzán, tendida la mano-. ¡Que Dios te bendiga!

-Adiós -responde la muchacha con un hilo de voz-. Trata de olvidarme... No, eso no... No podría soportar la idea de que me has olvidado.

-No hay peligro de que eso ocurra, cariño -afirma él-. ¡Ojalá permitiera Dios que pudiese olvidarte! La vida me resultaría mucho más fácil si no tuviera presente de modo continuo el pensamiento de lo que pudo haber sido. Aunque tú serás feliz; estoy seguro de que lo serás..., tienes que serlo. Dile a los demás que decidí volver a Nueva York al volante de mi automóvil... No me siento con ánimo de despedirme de Clayton. Quiero tener buen recuerdo de él, pero me temo que aún conservo demasiados instintos salvajes como para que confíe en mí durante mucho tiempo el hombre que se interpone entre mi persona y la única criatura del mundo a la que quiero.

Cuando Clayton se inclinaba para coger el abrigo que había olvidado en la sala de espera, sus ojos tropezaron con un telegrama caído en el suelo, boca abajo. Se agachó, dispuesto a recogerlo por si acaso se trataba de un mensaje importante que se le hubiese caído a alguien. Le echó un rápido vistazo y, automáticamente, se olvidó del abrigo, del tren que se acercaba..., de todo, salvo de aquel pequeño rectángulo de papel amarillo que tenía en la mano. Leyó el texto dos veces antes de comprender en su totalidad el terrible significado que representaba para él.

Antes de recogerlo del suelo era un aristócrata inglés, el orgulloso y opulento propietario de extensas haciendas e importantes riquezas... Ahora, inmediatamente después de haber leído el telegrama sabía que no era más que un menesteroso sin título y sin un penique. El telegrama lo dirigía D'Arnot a Tarzán, y rezaba:

Huellas dactilares demuestran eres Greystoke. Felicidades.
D'Arnot

Clayton se tambaleó como si hubiese recibido un golpe mortal. En aquel preciso instante oyó que los demás le llamaban, apremiantes, porque el tren se detenía ya ante el pequeño andén. Cogió el gabán como aturdido por un impacto inesperado. Les contaría lo del telegrama cuando estuviesen en el tren. Salió corriendo al andén en el momento en que la locomotora dejaba oír los dos silbidos que preceden al primer entrechocar de los topes al acoplarse. Los demás ya estaban en el vagón, se inclinaban desde la plataforma del «Pullman» y le gritaban que se diera prisa. Transcurrieron cinco minutos largos antes de que todos estuviesen acomodados en los asientos. Y entonces se dio cuenta Clayton, por primera vez, que Tarzán no se encontraba entre ellos.

-¿Dónde está Tarzán? -preguntó a Jane Porter-. ¿En otro vagón?

-No -repuso la joven-, en el último momento decidió volver en su automóvil a Nueva York. Tiene un afán tremendo por conocer lo más posible de Estados Unidos y cree que desde la ventanilla de un vagón de ferrocarril poco será lo que pueda ver. Regresa a Francia, ya sabes.

Clayton no hizo ningún comentario. Se esforzaba en dar con las palabras oportunas para explicarle a Jane la catástrofe que se había abatido sobre él... y sobre ella. Se preguntaba qué efecto le causaría a la muchacha. ¿Seguiría deseando casarse con él... convertirse en una señora Clayton corriente y moliente? De súbito el terrible sacrificio que uno de los dos debía hacer irrumpió en su imaginación, impresionante y ominoso. Surgió luego la pregunta: ¿Reivindicaría Tarzán lo suyo? El hombre mono estaba enterado del contenido del telegrama antes de que negase, flemático e indiferente, que conociera su linaje. ¡Declaró que su madre fue la mona Kala! ¿Acaso lo hizo por amor a Jane Porter?

No parecía existir ninguna otra explicación más o menos razonable. Así pues, al hacer caso omiso de lo que decía el telegrama, ¿no era lógico suponer que no pretendía reclamar su patrimonio? En tal caso, ¿qué derecho tenía él, William Cecil Clayton, para frustrar los deseos, para poner trabas al autosacrificio de aquel hombre extraño? Si Tarzán de los Monos era capaz de actuar de aquella manera para evitar la infelicidad a Jane Porter, ¿por qué él, a quien se le confiaba el futuro en pleno de la muchacha, iba a poner en peligro los intereses de Jane Porter?

Así continuó razonando hasta que el impulso generoso inicial de proclamar la verdad y renunciar a los títulos y propiedades en beneficio de su legítimo due

ño, quedó olvidado bajo el alud de sofismas que su egoísmo alegaba. Pero durante el resto del viaje, y a lo largo de muchos días posteriores, William Cecil Clayton se mostró melancólico y abatido. De vez en cuando le asaltaba la alarmante idea de que tal vez algún día Tarzán se arrepintiese de su magnanimidad y reclamara sus derechos.

Varias fechas después de su vuelta a Baltimore, Clayton propuso a Jane celebrar la boda en seguida.

-¿Qué entiendes por en seguida? -preguntó ella.

-Dentro de unos días. He de regresar a Inglaterra de inmediato... y quiero que me acompañes, cariño.

-No puedo estar lista tan pronto -replicó Jane-. Por lo menos necesitaré un mes.

A Jane le alegró aquella circunstancia, ya que esperaba que, fuera lo que fuese lo que reclamaba la presencia de Clayton en Inglaterra, ello representaría un ulterior aplazamiento de la boda. Había hecho un mal negocio, pero estaba dispuesta a cumplir lealmente su compromiso hasta el doloroso final, aunque si se le ofrecía la posibilidad de conseguir un respiro momentáneo, se consideraba con perfecto derecho a disfrutarlo. La respuesta de Clayton desbarató sus esperanzas.

-Muy bien, Jane -dijo el hombre-. Eso me decepciona un poco, pero retrasaré el regreso a Inglaterra ese mes que necesitas; luego nos iremos juntos.

Pero cuando el mes en cuestión estaba a punto de concluir, Jane encontró una nueva excusa para aplazar otra vez la boda, hasta que finalmente, desanimado y dubitativo, Clayton no tuvo más remedio que viajar solo a Inglaterra.

Las diversas cartas que intercambiaron no consiguieron acelerar la consumación de las esperanzas de Clayton, por lo que acabó por escribir directamente al profesor Porter, con la intención de que le echase una mano. El anciano siempre se había mostrado favorable a aquel enlace matrimonial. Clayton le caía bien y, al pertenecer Porter a una familia sureña, concedía un valor exagerado a las ventajas de un título nobiliario, título que para Jane significaba muy poco, por no decir nada.

Clayton apremió al profesor para que aceptase su invitación a pasar una temporada en Londres, como huésped de lord Greystoke, invitación que se hacía extensiva a toda la familia, incluidos el señor Philander, Esmeralda y demás. El inglés se argumentaba que, una vez Jane se encontrase allí y se hubieran roto los vínculos con su patria, le asustaría menos dar el paso que tanto tiempo llevaba postergando, vacilante y temerosa.

La misma tarde en que recibió la carta de Clayton, el profesor Porter anunció que partirían hacia Londres la semana siguiente.

Pero, una vez en la capital inglesa, Jane Porter no se mostró más dócil y manejable que en Baltimore. Siguió poniendo una excusa tras otra y cuando, por último, lord Tennington invitó al grupo al crucero alrededor de África, en su yate, la joven acogió encantadísima la idea y se negó en redondo a casarse antes de que estuvieran de vuelta en Londres. Como quiera que aquel viaje se prolongarla por lo menos un año, puesto que harían escalas de duración indefinida en numerosos puntos de interés, Clayton puso mentalmente como hoja de perejil a su amigo Tennington por haber tenido la maldita idea de sugerir tan ridícula travesía.

El itinerario de lord Tennington consistía en pasar al Mediterráneo, cruzar después el mar Rojo, salir al océano índico y luego descender por la costa oriental africana, con escala en todos los puertos que mereciese la pena visitar.

Y así ocurrió que cierto día dos buques atravesaron el estrecho de Gibraltar. El más pequeño, un airoso yate blanco, navegaba con rumbo este y en su cubierta iba sentada una joven que contemplaba con ojos tristes el guardapelo con engarce de diamantes que acariciaba distraídamente entre los dedos. El pensamiento de la muchacha se encontraba muy lejos de allí, en la espesura frondosa de una jungla tropical... y el corazón acompañaba al pensamiento.

Se preguntaba la muchacha si habría vuelto a su selva virgen el hombre que le había regalado aquella bonita joya, una pieza que para él significaba mucho más que su valor intrínseco, que ni siquiera se preocupó nunca de conocer.

Y en la cubierta del buque mayor, un transatlántico de pasajeros que también se dirigía al este, el hombre estaba sentado junto a una joven y ambos se entretenían especulando ociosamente acerca de la identidad del precioso yate que se deslizaba graciosamente, surcando el tranquilo oleaje de un mar perezoso.

Cuando el yate se hubo alejado, el hombre reanudó la charla que al parecer había interrumpido el paso de la otra embarcación.

-Sí -dijo-. Me gusta Estados Unidos y eso significa, naturalmente, que me encantan los estadounidenses, porque un país no es más que la obra del pueblo que lo habita. Mientras estuve allí conocí a algunas personas estupendas. Recuerdo una familia de su propia ciudad, señorita Strong, a quienes aprecio de un modo especial: el profesor Porter y su hija.

-¡Jane Porter! -exclamó la joven-. ¡No me diga que conoce a Jane Porter! Pero si es la mejor amiga que tengo en el mundo. Nos criamos juntas..., nos conocemos desde hace siglos.

-¿De veras? -comentó Tarzán, sonriente-. Le costará trabajo convencer de eso a cualquiera que la vea a usted o la vea a ella. ¡Siglos!

-Bueno, pues desde hace un montón de años -rió la muchacha-. Los suyos y los míos... Nos conocemos desde siempre. Hablando en serio, somos como hermanas y ahora que voy a perderla tengo el corazón hecho polvo.

-¿Que va a perderla? -se extrañó Tarzán-. Pero, ¿qué quiere decir? Ah, sí, comprendo. Se refiere a que ahora que va a casarse y se quedará a vivir en Inglaterra va a verla poco.

-Sí -corroboró Hazel Strong-, y lo más triste del asunto es que no se casa con el hombre que ama. Oh, es terrible, ¡casarse por sentido del deber! Opino que es una auténtica barbaridad, algo perverso, y así se lo he dicho. Me siento tan afectada por ello que aunque soy la única persona, aparte los familiares directos, a la que se pidió que asistiera a la ceremonia, no pienso ir porque no quiero ser testigo de una parodia tan atroz. Pero Jane Porter es seria y formal como ella sola. Se ha convencido a sí misma de que hace lo único decoroso que puede hacer y nada en el mundo la impedirá casarse con lord Greystoke, salvo el propio Greystoke, o la muerte.

-Lo lamento por ella -dijo Tarzán.

-Y yo lo lamento por el hombre del que está enamorada -repuso la muchacha-, porque él también la quiere. No le conozco, pero si he de hacer caso a lo que me ha contado Jane, es una persona maravillosa. Parece ser que nació en la selva africana y que se crió en una tribu de simios antropoides. No vio a ninguna persona de raza blanca hasta que desembarcaron y dejaron abandonados al profesor Porter y su equipo en una playa, justo ante la puerta de la pequeña cabaña de ese hombre. Él los salvó de toda clase de fieras terribles y llevó a cabo proezas inimaginables. Luego, como remate, se enamoró de Jane y Jane de él, aunque Jane nunca lo supo con absoluta certeza hasta después de que lord Greystoke y ella estuvieron prometidos.

-Es de lo más extraordinario -murmuró Tarzán, al tiempo que se devanaba las meninges en busca de alguna excusa para cambiar de conversación.

Le encantaba oír hablar de Jane a Hazel Strong, pero cuando el protagonista del diálogo era él se sentía incómodo y violento. Por suerte, no tardó en tener un respiro, ya que la madre de la muchacha se reunió con ellos y la conversación adoptó un rumbo general.

Las siguientes jornadas transcurrieron sin acontecimientos dignos de mención. El mar estaba tranquilo. El cielo, claro. El transatlántico continuaba surcando las aguas, sin prisa y sin pausa, rumbo al sur. Tarzán pasaba algunos ratos con la señorita Strong y su madre. Entretenían sus horas sentados en cubierta, leían, charlaban y tomaban fotografías con la cámara de la señorita Strong. Cuando se ponía el sol, paseaban.

Un día Tarzán encontró a la señorita Strong conversando con un desconocido, un hombre al que hasta entonces no había visto a bordo. Al acercarse Tarzán a la pareja, el hombre dedicó una reverencia a la muchacha e hizo ademán de retirarse.

Aguarde un momento, monsieur Thuran -pidió la señorita Strong-, permítame que le presente al señor Caidwell. Somos compañeros de viaje y debemos conocernos todos.

Ambos hombres se estrecharon la mano. Cuando Tarzán miró a los ojos de monsieur Thuran le pareció percibir algo extrañamente familiar en su expresión.

-Estoy seguro de que en algún momento del pasado tuve el honor de conocer a monsieur Thuran -articuló Tarzán-, aunque no logro recordar las circunstancias de ese encuentro.

Monsieur Thuran no pareció sentirse precisamente a gusto.

-No me es posible aclararle nada, monsieur -contestó-. Tal vez esté usted en lo cierto. También yo he tenido esa misma sensación al verme frente a un desconocido.

-Monsieur Thuran me estaba explicando algunos secretos de la navegación -manifestó la señorita Strong.

Tarzán prestó escaso interés a la conversación que siguió... Se esforzaba en recordar dónde había conocido a monsieur Thuran. Tenía la certeza de que fue en circunstancias extrañas. Los rayos de sol cayeron de pronto sobre ellos y la muchacha pidió a monsieur Thuran que le desplazase un poco la tumbona, que se la pusiera a la sombra. Dio la casualidad de que en aquel momento Tarzán estaba mirando al hombre y observó que manejaba la tumbona con cierta torpeza: tenía rígida la muñeca izquierda. Aquel detalle fue suficiente..., una repentina cadena de asociación de ideas hizo lo demás.

Monsieur Thuran llevaba unos minutos intentando encontrar una excusa que le permitiera retirarse con elegancia. La laguna que se produjo en la conversación como consecuencia del cambio de sitio de los asientos le brindó la oportunidad de disculparse. Hizo una reverencia a la señorita Strong, dirigió una inclinación de cabeza a Tarzán y se volvió para marchar.

-Un momento -le detuvo Tarzán-. Si la señorita Strong tiene la bondad de perdonarme, me gustaría acompañarle un momento. Vuelvo en seguida, señorita Strong.

Monsieur Thuran parecía incómodo. Cuando los dos hombres se encontraron fuera de la vista de Hazel Strong, Tarzán se detuvo y una de sus gigantescas manos se posó en el hombro de su acompañante.

-¿Qué juego se trae ahora entre manos, Rokoff? -preguntó.

-Abandono Francia, tal como le prometí -replicó el ruso en tono desabrido.

-De eso ya me he dado cuenta -dijo Tarzán-, pero le conozco demasiado bien para que me cueste un trabajo ímprobo creer que el hecho de que viaje en el mismo barco que yo es pura coincidencia. Y aunque en un momento de debilidad mental hubiese llegado a creerlo, el que se haya disfrazado me obligaría a desechar esa idea inmediatamente.

-Bueno -rezongó Rokoff, con un encogimiento de hombros-, no sé adónde quiere ir a parar. Este buque enarbola bandera británica. Tengo tanto derecho como usted a viajar a bordo de él y si pensamos que usted reservó su pasaje con nombre supuesto, imagino que incluso tengo más derecho que usted.

-No vamos a discutir por eso, Rokoff. Todo lo que quiero es advertirle que procure no acercarse a la señorita Strong... Es una mujer decente.

Rokoff se puso escarlata.

-Si echa en saco roto mi advertencia, le arrojaré por la borda -prosiguió Tarzán-. No olvide que lo único que espero es que se me ponga a tiro alguna excusa, por pequeña que sea.

Giró sobre sus talones y dejó plantado a Rokoff. Quieto allí, el ruso temblaba de furia mal contenida.

Tarzán no volvió a ver a Rokoff en varios días, pero el ruso no estuvo cruzado de brazos. En su camarote, con Paulvitch, se daba a todos los diablos, escupía rayos y centellas y amenazaba con la más feroz de las venganzas.

-Le tiraría al mar esta misma noche -rabiaba el rusosi no fuera porque estoy seguro de que no lleva encima esos documentos. No puedo exponerme a que se pierdan con él en el océano. Y si tú, Alexis, no fueses un estúpido gallina encontrarías el modo de colarte en su camarote y registrarlo hasta dar con los documentos.

Paulvitch sonrió.

-Se supone que el cerebro de esta banda eres tú, mi querido Nicolás -replicó Paulvitch-. ¿Por qué no se te ocurre a ti la brillante idea que te permita ir tú mismo a registrar el camarote de monsieur Caldwell, eh?

Dos horas después, el destino se mostró benévolo con la pareja. Paulvitch, siempre ojo avizor, vio a Tarzán salir de su camarote sin tomar la precaución de cerrar con llave la puerta. A los cinco minutos, Rokoff se había apostado en un punto desde el que podía dar la alarma en el caso de que volviese Tarzán, mientras Paulvitch ejercía sus habilidades registrando el equipaje del hombre-mono.

Estaba a punto de darse por vencido cuando vio una chaqueta que Tarzán acababa de quitarse. Antes de que hubiese transcurrido un minuto, Paulvitch tenía en la mano un sobre oficial. La rápida mirada que echó a su contenido puso una amplia sonrisa en el semblante del allanador.

Cuando abandonó el camarote ni el propio Tarzán hubiese podido decir que, desde que salió, habían tocado o cambiado de sitio uno solo de los objetos de la estancia. Paulvitch era un consumado maestro en ese arte.

Al entregar el sobre a su compinche, en la intimidad del camarote, Rokoff llamó a un camarero y pidió una botella de champán.

-Hemos de celebrarlo, mi querido Alexis -dijo.

-Fue pura suerte, Nicolás -explicó Paulvitch-. Es obvio que siempre lleva encima esos papeles... Sólo el azar permitió que se le olvidara traspasarlos de un bolsillo a otro cuando se cambió de chaqueta un momento antes. Pero me temo que va a armar una buena tremolina cuando descubra la pérdida. Lo malo es que la relacionará contigo automáticamente. Ahora que sabe que estás a bordo, lo primero que hará será sospechar de ti.

-Después de esta noche... dará lo mismo de quién sospeche -dijo Rokoff, con repulsiva sonrisa.

Aquella noche, cuando la señorita Strong se retiró a descansar, Tarzán continuó en cubierta, apoyado en la barandilla y con la mirada en la lontananza marina. Desde que subió al buque, todas las noches había hecho lo mismo..., a veces permanecía así una hora. Y los ojos que habían estado espiándole continuamente, a partir del instante en que abordó el transatlántico en Argel, conocían perfectamente esa costumbre.

Esos mismos ojos seguían vigilándolo en aquel momento, mientras el hombre mono permanecía acodado en la barandilla. El último rezagado abandonó la cubierta. Era una noche clara, pero sin luna... Apenas se distinguían los objetos de cubierta.

De entre las sombras del camarote se destacaron dos figuras que fueron aproximándose sigilosamente por detrás al hombre mono. El chapoteo de las olas al chocar contra los costados del barco, el zumbido de la hélice y el martilleo sordo de los motores ahogaron los casi inaudibles rumores que producían los dos hombres que se acercaban a Tarzán.

Casi habían llegado hasta él, iban agachados, como miembros de un equipo de fútbol americano preparando la jugada. Uno de ellos levantó y bajó la mano... Parecía contar los segundos... uno... dos... ¡tres! Al unísono, ambos saltaron sobre la víctima. Uno de ellos cogió una pierna y antes de que Tarzán de los Monos, con todo lo rápido que era, pudiese revolverse para afrontar al enemigo, ya le habían pasado por encima de la borda y caía al Atlántico.

Hazel Strong contemplaba el mar a través de la portilla del camarote. De pronto ante sus ojos pasó rápidamente un cuerpo que descendía a plomo desde la cubierta. Antes de que la muchacha tuviese tiempo de determinar con certeza qué era, el bulto desapareció tragado por las oscuras aguas... podía haber sido un hombre, pero Hazel no estaba segura. Aguzó el oído por si sonaba en la parte superior el grito, siempre alarmante, de «¡Hombre al agua!», pero tal grito no llegó. En el barco, arriba, todo era silencio. En el océano, abajo, también todo era silencio.

La joven llegó a la conclusión de que lo que había visto caer no era más que una bolsa de basura que sin duda lanzó por la borda algún miembro de la tripulación. Instantes después se acostaba en la litera.