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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 13. El naufragio del "Lady Alice"
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A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, el asiento de Tarzán aparecía desocupado. Tal ausencia despertó cierta curiosidad en la señorita Strong, porque el señor Caldwell siempre se había creído en el deber de aguardar hasta que llegasen la joven y su madre para desayunar con ellas. Más tarde, cuando la muchacha estaba sentada en cubierta, monsieur Thuran pasó por allí y se detuvo a intercambiar con ella media docena de cortesías. Al parecer, el hombre se encontraba de un humor excelente, aparte de que era persona extraordinariamente amable. Cuando reanudó su camino, la señorita Strong se quedó pensando en lo encantador que era monsieur Thuran.

El día fue transcurriendo cansinamente. La muchacha echaba de menos la sosegada compañía del señor Caldwell; aquel caballero tenía algo que cautivó a la joven desde el primer momento. Su conversación era amena y ella bebía sus palabras, embobada, cuando le hablaba de los lugares que había visto, de las gentes y de sus costumbres, de los animales salvajes... Tenía un estilo divertidísimo de hacer sorprendentes comparaciones entre las fieras y los hombres civilizados. Lo que revelaba en él un amplio conocimiento de los animales y una aguda y un tanto cínica apreciación de los hombres.

Por la tarde, monsieur Thuran volvió a hacer un alto en su paseo y entabló conversación con la seño- rita Strong, lo que alegró sobremanera a la chica, deseosa de romper la monotonía de la jornada. Pero ya empezaba a preocuparle seriamente la continuada ausencia del señor Caldwell. Sin saber cómo ni por qué empezó a asociarla de forma insistente con el sobresalto que había experimentado la noche anterior cuando aquella cosa oscura pasó frente sus ojos por delante de la portilla y se hundió en el mar. Sacó a colación el asunto en su diálogo con monsieur Thuran. ¿Había visto al señor Caldwell en el curso del día? Pues, no. ¿Por qué?

-No estaba en el comedor durante el desayuno, como tiene por costumbre, y tampoco le he visto hoy en todo el día -explicó la joven.

Monsieur Thuran no pudo mostrarse más cortés.

-La verdad es que no he tenido el gusto de conocer a fondo al señor Caldwell -dijo-. Lo que no es óbice para que me parezca un caballero de cualidades estimables. ¿No es posible que se encuentre indispuesto y se haya quedado en su camarote? No tendría nada de extraño.

-No -concedió la muchacha-, no tendría nada de extraño, claro; pero por alguna razón inexplicable me ha asaltado una de esas absurdas intuiciones femeninas que me dice que al señor Caldwell le ha pasado algo. Es una sensación extraña..., como si supiese subconscientemente que no está a bordo.

Thuran emitió una risa impregnada de simpatía.

-¡Por Dios, mi querida señorita Strong! -exclamó-, ¿en qué otro sitio podría estar? Llevamos un montón de días sin avistar tierra.

-Naturalmente, es ridículo por mi parte -reconoció Hazel. Y añadió-: Pero ahora mismo dejo de preocuparme y me dedico a averiguar dónde está el señor Caldwell.

Hizo una seña a un camarero que pasaba.

«Eso es más dificil de lo que imagina, mi querida joven», pensó monsieur Thuran. Aunque dijo en voz alta:

-¡Naturalmente!

-Por favor, ¿tendrá la bondad de buscar al señor Caldwell? -pidió Hazel al camarero-. Cuando lo encuentre, dígale que sus amigos están muy preocupados por su larga ausencia.

-aprecia usted mucho al señor Caldwell? -se interesó monsieur Thuran.

-Me parece una persona estupenda -respondió la joven-. Y a mi madre le ha robado el corazón. Es la clase de hombre que inspira absoluta seguridad..., nadie puede por menos que sentir una confianza ciega y total en el señor Caldwell.

Al cabo de un momento regresaba el camarero con la noticia de que el señor Caldwell no se encontraba en su camarote.

-No consigo dar con él, señorita Strong, y -titubeóme han dicho que esta noche no durmió en su litera. Creo que lo mejor que puedo hacer es ir a informar de esto al capitán.

-Desde luego -coincidió Hazel-. Le acompañaré a ver al capitán. ¡Es terrible! Sé que le ha sucedido algo espantoso. Mi presentimiento no era ninguna falsa alarma, después de todo.

Momentos después, una asustadísima joven y un excitado mozo comparecían ante el capitán. El hombre escuchó en silencio la historia... y una expresión intranquila se reflejó en sus facciones cuando el camarero le aseguró que había buscado al pasajero perdido por todos los lugares de la nave que se esperaba pudiese frecuentar.

-¿Está usted segura, señorita Strong, de que anoche vio caer un bulto por la borda? -preguntó a la muchacha.

-De eso no hay la más ligera duda -respondió Hazel-. Lo que no puedo afirmar es que fuese un cuerpo humano... no se oyó ningún grito. Es posible que sólo fuese lo que en principio pensé que era, una bolsa de basura. Pero si el señor Caldwell no aparece, si no se le encuentra a bordo, nadie me quitará nunca de la cabeza la idea de que fue su cuerpo lo que vi caer por delante de la portilla de mi camarote.

El capitán ordenó un inmediato registro a fondo de la nave, de proa a popa. No debía pasarse por alto ningún rincón ni hendidura. La señorita Strong permaneció en la cabina del oficial, a la espera del resultado de la búsqueda. El capitán le formuló innumerables preguntas, pero la muchacha no pudo explicarle gran cosa acerca del pasajero desaparecido, aparte de lo que había observado de él en el curso de los pocos ratos que pasaron juntos en el transatlántico. Por primera vez, Hazel reparó en lo poco que le había contado el señor Caldwell acerca de su persona y de su vida anterior. Todo lo que sabía de aquel hombre era que había nacido en África y que se había educado en París, escasa información que obtuvo como resultado de la sorpresa que manifestó ante el hecho de que un inglés hablara su propio idioma con tan marcado acento francés.

-¿No le habló nunca de ningún enemigo? -quiso saber el capitán.

-En ningún momento.

-¿Conocía o alternaba con algún otro pasajero?

-Sólo se relacionaba conmigo... y eso fue gracias a la circunstancia de nuestro encuentro casual como compañeros de viaje.

-Ejem... en su opinión, señorita Strong, ¿era hombre aficionado a beber en exceso?

-No creo que bebiera ni una gota... Desde luego, no había estado bebiendo media hora antes de que yo viese caer por la borda aquel cuerpo -declaró la joven-, porque hasta entonces estuvo conmigo en cubierta.

-Es muy extraño -opinó el capitán-. No me parecía hombre susceptible de tener desvanecimientos, lipotimias o cosas así. Incluso aunque hubiera sufrido un desmayo o algo semejante, es dificilmente creíble que hubiera caído por la borda mientras se apoyaba en la barandilla..., lo más probable es que se desplomase hacia dentro, sobre la cubierta. Si no está en el buque, señorita Strong, entonces es que lo han arrojado al agua, y el detalle de que no oyese usted ningún grito me hace suponer que estaba muerto antes de abandonar la cubierta del barco... que lo asesinaron.

Hazel Strong se estremeció.

El primer oficial se presentó una hora después, para informar del resultado de la búsqueda.

-El señor Caldwell no se encuentra a bordo, señor.

-Me temo que aquí se ha producido algo más grave que un accidente, señor Brently -dijo el capitán-. Quisiera que efectuase un examen personal y minucioso de los efectos del señor Caldwell, con vistas a descubrir algún indicio que nos permita determinar si existió algún motivo para el suicidio o el asesinato... Hay que llegar al fondo de este asunto.

-¡Sí, muy bien, señor! -respondió el señor Brently, y salió para iniciar la investigación.

Hazel Strong cayó en un estado de profundo abatimiento. No salió de su camarote en varios días y cuando por fin se decidió a aventurarse por la cubierta, su rostro aparecía pálido y macilento, con enormes ojeras. Tanto despierta como dormida veía continua y repetidamente aquel cuerpo oscuro que caía rápida y silenciosamente, para acabar sumergiéndose en las frías aguas del siniestro océano.

Poco después de su primera aparición en cubierta, a raíz de la tragedia, monsieur Thuran se le acercó con su cordialidad acostumbrada.

-¡Oh, es terrible, señorita Strong! -exclamó-. ¡No puedo quitármelo de la cabeza!

-Ni yo -repuso la joven cansinamente-. Creo que hubiera podido salvar su vida con sólo dar la alarma.

-No debe reprocharse nada, mi querida señorita Strong -rebatió monsieur Thuran-. De ninguna manera fue culpa suya. En su lugar, cualquiera hubiese reaccionado lo mismo que usted. ¿A quién se le iba a ocurrir que porque algo cae de un barco al mar ese algo tiene que ser obligatoriamente un hombre? Y el resultado habría sido el mismo, aunque hubiese dado la alarma. De entrada, hubiesen dudado de la veracidad de su historia, pensando que se trataba de las alucinaciones de una mujer histérica... Usted habría insistido, pero aún en el caso de que llegara a convencerlos, cuando hubiesen detenido el transatlántico, arriado los botes, remado de vuelta hasta el desconocido punto donde ocurrió la tragedia... entonces sería ya demasiado tarde. No, no debe usted culparse. Ha hecho por el pobre señor Caldwell más que ninguna otra persona... es usted la única que le echó de menos. Fue usted quien promovió e hizo posible la búsqueda.

La muchacha no pudo por menos que sentirse agradecida por aquellas alentadoras palabras. Pasaba frecuentes ratos con monsieur Thuran -casi siempre estuvo con él durante el resto del viaje- y realmente empezó a sentir afecto por aquel hombre. Monsieur Thuran se enteró de que la preciosa señorita Strong, de Baltimore, era una rica heredera estadounidense... una muchacha adinerada por derecho propio y con unas perspectivas de futuro que dejaban sin resuello a Rokoff cuando empezaba a imaginárselas. Y como dedicaba la mayor parte de sus horas a ese deleitable pasatiempo era un auténtico milagro que pudiera respirar.

Inmediatamente después de la desaparición de Tarzán, monsieur Thuran creyó oportuno desembarcar en el primer puerto en que hiciese escala el barco. ¿No tenía ya en el bolsillo de la chaqueta el objetivo por el que adquirió pasaje en aquel transatlántico? No había nada que le retuviera allí. No veía el momento de regresar al continente europeo, estaba deseando verse en el primer tren expreso que partiera hacia San Petersburgo.

Pero había surgido otra idea, que se impuso rápidamente sobre su primitiva intención de echar pie a tierra. De ninguna manera podía despreciarse aquella fortuna estadounidense, cuya propietaria, además, no era menos atractiva que las riquezas que tenía a su nombre.

Sapristi! ¡Menuda sensación iba a causar en San Petersburgo!

También la causaría él, contando con la ayuda del patrimonio de la joven.

Cuando monsieur Thuran hubo gastado alegre y mentalmente unos cuantos millones de dólares, se percató de que la carrera de dilapidador le encantaba y que también le seducía continuar viaje hasta

Ciudad de El Cabo, donde decidió de pronto que tenía urgentes compromisos que acaso le retuvieran allí algún tiempo.

La señorita Strong le había dicho que ella y su madre iban a visitar al hermano de esta última... No habían determinado cuánto tiempo iba a durar su estancia, aunque era probable que se prolongara unos meses.

La señorita Strong se alegró mucho cuando supo que monsieur Thuran también iba a Ciudad de El Cabo.

-Confio en que nos sea posible continuar esta relación amistosa -dijo la muchacha-. En cuanto nos hayamos instalado debe usted visitarnos a mi madre y a mí.

A monsieur Thuran le hizo feliz tal perspectiva y no perdió tiempo en manifestarlo así. La señora Strong no se sentía tan favorablemente impresionada como su hija.

-No sé por qué no acaba de gustarme ese hombre -confesó a Hazel un día en que salió a relucir el asunto-. Parece un perfecto caballero en todos los aspectos, pero a veces... hay algo en sus ojos..., una expresión huidiza que no puedo describir, pero que cuando la veo me produce una sensación extraña.

La hija se echó a reír.

-¡Qué tonta eres, mamá!

-Supongo que sí, pero no sabes lo que lamento que no sea el señor Caldwell quien nos acompañe, en vez de este otro individuo.

-Yo también lo lamento -replicó Hazel.

Monsieur Thuran se convirtió en asiduo visitante del domicilio del tío de Hazel Strong en Ciudad de El Cabo. Se hizo notar en seguida con su exagerado despliegue de atenciones, pero mostraba tan entusiasta vocación por adelantarse a todos los deseos de la joven que ésta empezó a contar con él cada vez más. ¿Necesitaba ella, su madre o una prima suya un acompañante que la escoltara o era preciso hacerles algún recado? Pues allí estaba siempre el ubicuo monsieur Thuran dispuesto a realizar el favor que fuera menester. Con su indefectible cortesía y su inagotable afán de ser útil se ganó el aprecio del tío de Hazel y de todos sus familiares. Monsieur Thuran alcanzó la condición de indispensable. Al final, cuando creyó llegado el momento propicio, se declaró. La señorita Strong se quedó estupefacta. No supo qué decir.

-Ni por asomo podía imaginarme que le interesase a usted en ese sentido -acabó por reconocer-. Siempre le he considerado un buen amigo. No puedo contestarle ahora. Olvide que me ha pedido que sea su esposa. Continuemos como hasta ahora... es posible que más adelante pueda hacerme a la idea. Deje que, durante un tiempo, piense en usted observándole desde un ángulo distinto. Cabe la posibilidad de que descubra que mis sentimientos hacia usted van más allá de la amistad. Desde luego, ni por un segundo se me ha ocurrido nunca que le quisiera.

Monsieur se dio por satisfecho con aquel acuerdo. Lamentaba en lo más hondo de su ser haberse precipitado, pero llevaba tanto tiempo enamorado de ella, tan perdida y fervorosamente prendado de la señorita Strong, que daba por supuesto que todo el mundo estaba enterado de sus sentimientos.

-La quiero desde la primera vez que la vi, Hazel -confesó-. No tengo inconveniente en esperar, porque sé que un amor tan puro y tan inmenso como el mío tendrá su recompensa. Lo único que deseo es saber que usted no quiere a otro. ¿Me lo asegura?

-En la vida estuve enamorada de nadie -repuso la joven, lo cual tranquilizó a monsieur Thuran.

Durante su vuelta a casa, aquella noche, entretuvo la imaginación comprando un yate de vapor y adquiriendo una villa de un millón de dólares en el mar Negro.

Al día siguiente, Hazel Strong disfrutó de una de las sorpresas más venturosas de su vida: se dio de manos a boca con Jane Porter, en el momento en que ésta abandonaba una joyería.

-¡Pero, si eres Jane! ¡Jane Porter! -exclamó-. ¿De dónde diablos sales? ¡No me lo puedo creer!

-¡Vaya, precisamente tú! -se animó Jane, tan asombrada como su amiga-. ¡Y yo venga a malgastar toneladas de esfuerzo mental imaginándote en Baltimore... y luego te encuentro aquí!

Volvió a echar los brazos al cuello de su amiga y la besó una docena de veces.

Para cuando concluyeron sus mutuas explicaciones, Hazel sabía ya que el yate de lord Tennington permaneceria una semana más en Ciudad de El Cabo y que al término de la misma continuaría su viaje -en esa ocasión costa occidental arriba- de regreso a Inglaterra.

-Donde -remató Jane- me casaré.

-¿Aún no te has casado? -preguntó Hazel. -Todavía no -articuló Jane, para añadir, extemporáneamente-: Me gustaría que Inglaterra estuviese a un millón de kilómetros de aquí.

Se intercambiaron visitas entre los pasajeros del yate y los familiares de Hazel. Se organizaron comidas y excursiones por los alrededores para agasajar a los visitantes. A todos aquellos actos y reuniones se invitaba a monsieur Thuran, al que se acogía de mil amores. Monsieur Thuran obsequió con una cena a los hombres del grupo y se las ingenió para granjearse la buena voluntad de lord Tennington mediante numerosos gestos hospitalarios.

En el curso de la inesperada visita al yate de lord Tennington, monsieur Thuran captó cierta insinuación de algo que podía reportarle ciertos beneficios. Quiso aprovecharlo. En cuanto se vio a solas con el inglés dejó caer como quien no quiere la cosa que su compromiso oficial con la señorita Strong se anunciaría en cuanto regresaran a Estados Unidos.

-Pero esto es confidencial. No diga usted una palabra a nadie, mi querido Tennington... ni una palabra.

-Descuide, lo entiendo muy bien, compañero -aseguró Tennington-. Pero hay que felicitarle... se lleva usted una joven estupenda... de verdad.

Al día siguiente, la señora Strong, Hazel y monsieur Thuran se encontraban en el yate como invitados de lord Tennington. La señora Strong les acababa de explicar lo mucho que había disfrutado de su estancia en Ciudad de El Cabo y cuánto lamentaba haber recibido una carta de su procurador de Baltimore, por culpa de la cual se veía obligada a abreviar su visita a Ciudad de El Cabo.

-¿Cuándo zarpa? -le preguntó lord Tennington.

-A primeros de la semana que viene -respondió la dama.

-¿De veras? -exclamó Thuran-. ¡La suerte está conmigo! También yo me veo inesperadamente obligado a regresar cuanto antes, lo que significa que voy a tener el honor de acompañarles y que podré seguir a su servicio.

-Muy amable por su parte, monsieur Thuran -replicó la señora Strong-. Nos complacerá mucho ponernos bajo su protección, de eso estoy segura.

Pero en el fondo de su alma deseaba librarse de él. Aunque no podía explicarse el motivo.

-¡Por Júpiter! -se entusiasmaba lord Tennington poco después-. ¡Una idea magnífica, vive Dios!

-Sí, Tennington, naturalmente -aventuró Clayton-. Si es tuya, debe ser formidable, ¿pero en qué rayos consiste? ¿Vamos a ir a China, vía Polo Sur?

-Venga, hombre, venga, Clayton -replicó Tennington-, no hace falta que te encalabrines sólo porque no fue a ti a quien se le ocurrió sugerir este viaje... Desde que zarpamos no has parado de poner pegas, eres el perfecto eterno descontentadizo. Sí, señor, mal que te pese, es una idea estupenda, así que tendrás que reconocerlo. Se trata de llevar con nosotros a Inglaterra, en el yate, a la señora Strong, a su hija y, si también desea venir, al señor huyan. ¿Qué te parece, no es fantástico?

-Perdona, Tenny, muchacho -plegó velas Clayton-. Sí, es una idea fabulosa.., impropia de ti, nunca hubiera sospechado que fuese tuya. ¿Estás seguro de que es original de tu caletre?

-Y nos haremos a la mar a primeros de la semana próxima o en cualquier otro momento que a usted le parezca bien, señora Strong -concluyó el rumboso inglés, como si todo estuviera arreglado, salvo la fecha de partida.

-Santo Dios, lord Tennington, ni siquiera nos ha brindado la oportunidad de darle las gracias y mucho menos la de decidir si nos es posible o no aceptar su generosa invitación -protestó, muy cumplida, la señora Strong.

-Pues claro que vendrán -insistió lord Tennington-. Navegamos tan deprisa como cualquier buque de pasajeros y dispondrán de cuantas comodidades necesiten. Además, les apreciamos mucho y no aceptaremos el no por respuesta.

De modo que se acordó que zarparían el lunes siguiente.

Dos días después, las dos muchachas miraban en el camarote de Hazel unas fotografías que la joven acababa de revelar en Ciudad de El Cabo. Eran las instantáneas que había tomado desde que salió de Estados Unidos. Estaban sumergidas en la contemplación de aquellas imágenes, y Hazel respondía a las mil preguntas de Jane, dando toda clase de torrenciales explicaciones acerca de las diversas vistas y personas que aparecían en las fotos.

-Aquí tienes -dijo de pronto Hazel- un hombre al que conoces. Pobrecillo, he tenido un montón de veces la idea de preguntarte por él, pero nunca me ha venido a la cabeza cuando estábamos juntas.

Sostenía la foto de forma que Jane no podía ver la cara del hombre retratado.

-Se llamaba John Caldwell -prosiguió Hazel-. ¿Te acuerdas de él? Dijo que te conoció en Estados Unidos. Es inglés.

-No recuerdo ese nombre -contestó Jane-. Déjame ver la foto.

-El pobre hombre cayó por la borda durante la travesía costa abajo -explicó Hazel, al tiempo que tendía la foto a Jane.

-¿Que se cayó...? ¡Pero, Hazel, Hazel... no me digas que se ahogó en el mar! ¡Hazel! ¡Dime que es una broma!

Y antes de que la sorprendida señorita Strong pudiera sostenerla Jane Porter se desmayó y fue a Parar al suelo.

Cuando logró que su amiga volviera en sí, Hazel la estuvo contemplando largo rato, antes de que alguna de las dos hablase.

-No sabía, Jane -silabeó Hazel en tono forzado-, que tu amistad con el señor Caldwell fuese tan estrecha como para que esto te afectase tanto.

-¿John Caldwell? -interrogó Jane-. No me irás a decir que ignorabas quién era ese hombre, ¿verdad, Hazel?

-Pues, claro que sé quién era, Jane. Sé perfectamente quién era... se llamaba John Caldwell, de Londres.

-¡Oh, Hazel, daría cualquier cosa por creerte! -gimió Jane-. Quisiera poder creerte, pero esas facciones están grabadas tan profundamente en mi memoria y en mi corazón que lo reconocería en cualquier lugar del mundo en medio de miles de personas, las cuales podrían parecer idénticas al resto del mundo, excepto a mí.

-No te entiendo, ¿qué quieres decir, Jane? -exclamó Hazel, alarmado hasta el fondo de su ser-. ¿Quién crees que es?

-No es que lo crea, Hazel. Sé que esta es una fotografia de Tarzán de los Monos.

-¡Jane!

-Es imposible que me equivoque. ¡Oh, Hazel! ¿Estás segura de que ha muerto? ¿No puede haber posibilidad de error?

-Me temo que no, querida -contestó Hazel tristemente-. Me gustaría poder pensar que estás equivocada, pero ahora vienen a mi mente un sinfín de pequeños detalles que no significaron nada para mí cuando creía que era John Caldwell, de Londres, pero que ahora se convierten en pruebas que confirman lo que dices. Me contó que había nacido en África y que se educó en Francia.

-Sí, eso sería cierto -murmuró Jane Porter, alicaída.

-El primer oficial, cuando revisó su equipaje, no encontró nada que lo identificase como John Caldwell, de Londres. Prácticamente, todas sus pertenencias se habían fabricado o adquirido en París. Todas las prendas u objetos con iniciales llevaban o una «T» sola o «J.C.T.» Pensamos que viajaba de incógnito bajo sus dos primeros nombres... J.C. correspondería así a John Caldwell.

-Tarzán de los Monos adoptó el nombre de Jean C. Tarzán -articuló Jane, con voz monótona y mortecina-. ¡Y está muerto! ¡Oh, Hazel, es terrible! ¡Murió solo en ese horrendo océano! ¡Me resulta inconcebible pensar que su corazón indomable haya dejado de latir... que sus poderosos músculos se hayan quedado fríos y rígidos para siempre! Que él, personificación de la vida, de la salud, de la energía, sea ahora presa de unos seres viscosos y rastreros que...

No pudo seguir, exhaló un gemido, hundió la cabeza entre los brazos y, sollozante, se dejó caer en el piso del camarote.

La señorita Porter cayó enferma y se pasó varios días en cama. No deseaba ver a nadie, a excepción de Hazel y de la fiel Esmeralda. Cuando por fin salió de nuevo a cubierta, a todos sorprendió el triste cambio que había experimentado. Ya no era la preciosidad norteamericana lista y vivaracha que sedujo, encandiló e hizo las delicias de cuantos se acercaban a ella. Se había convertido en una mozuela tranquila y melancólica, cuyo semblante tenía una expresión de meditabunda desesperanza que nadie, salvo Hazel Strong, podía interpretar.

Todos los integrantes del grupo se esforzaban por distraerla y alegrarle la vida, pero era inútil. Alguna que otra vez, el ingenioso lord Tennington conseguía arrancarle una sonrisa lánguida, pero la mayor parte del tiempo la muchacha se lo pasaba con la vista perdida en la inmensidad del océano.

Como si la enfermedad de Jane Porter hubiese sido una especie de factor negativo desencadenante, sobre el yate empezó a caer una lluvia de desdichas. Primero se averió un motor y tuvieron que permanecer dos días al pairo mientras se efectuaban las necesarias reparaciones. Luego les pilló desprevenidos una turbonada cuyas ráfagas arrojaron por la borda casi todo lo que no estaba bien sujeto en cubierta. Posteriormente, dos marineros mantuvieron una pelea a navajazos en la parte de proa de la nave con el resultado de que uno de ellos quedó malherido y al otro hubo que aherrojarlo en un calabozo. Y como remate, para coronar bien el cúmulo de desgracias, el piloto se cayó al mar durante la noche y se ahogó antes de que nadie pudiera echarle un cabo. El yate se pasó diez horas dando vueltas por el lugar del accidente, pero no volvió a verse al hombre una vez se hundió en las aguas del océano.

A todos los viajeros y miembros de la tripulación dejó deprimidos y sombríos aquella sucesión de adversidades. El que más y el que menos temía que ocurriese algo todavía peor, y ello era especialmente cierto entre los marinos que recordaban toda clase de avisos y presagios terribles acaecidos durante la primera parte del viaje y que ahora interpretaban los aprendices de profeta como anuncio inequívoco de alguna tragedia funesta y terrible que inevitablemente iba a abatirse sobre ellos.

No tuvieron que esperar mucho los que presagiaban malos augurios. Dos noches después de que el piloto se ahogara, el pequeño yate experimentaba una sacudida que lo estremeció de proa a popa. Hacia la una de la madrugada sufrió un terrorífico impacto que arrojó de las literas en que dormían a tripulantes y pasajeros. Un crujido impresionante dejó temblando la frágil embarcación. El casco se inclinó a estribor. Los motores se detuvieron. Durante unos segundos se mantuvo inmóvil, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto a la superficie del agua... Luego, con ominoso ruido de desgarro, recuperó la horizontalidad sobre el mar.

Automáticamente, los hombres salieron a cubierta, con las mujeres pisándoles los talones. Aunque las nubes encapotaban el cielo, apenas soplaba viento y la mar parecía bastante tranquila, pero la noche no era lo bastante oscura como para que no distinguiesen, cerca de la amura de babor, una masa de color negro que flotaba en el agua.

-Un pecio, un trozo de nave naufragada -explicó el oficial de guardia.

El maquinista subía a cubierta en aquel momento para hablar con el capitán.

-Ha saltado la pieza con que cubrimos la tapa del cilindro, señor -informó-. Y tenemos una vía de agua en la amura de babor.

Instantes después, un marinero subía corriendo.

-¡Santo Dios! -gritó-. La quilla se ha quebrado y el fondo se está inundando. No permaneceremos a flote ni veinte minutos.

-¡Cállese! -rugió Tennington-. Señoras, bajen y recojan sus cosas. Es posible que la situación no sea tan grave como todo eso, pero tal vez tengamos que recurrir a los botes. Vale más que estemos preparados. Dense prisa, por favor. Y, capitán Jerrold, tenga la bondad de enviar abajo a alguien competente para que efectúe una valoración precisa de los daños. Mientras tanto, sugiero que se apresten los botes.

El tono de voz bajo y sereno del propietario de la nave tuvo la virtud de tranquilizar a todos y, unos segundos después, habían puesto manos a la obra, llevando a cabo lo que acababa de proponer. Para cuando las damas volvieron a cubierta, las barcas de salvamento ya estaban casi totalmente pertrechadas y dispuestas. Regresó el hombre que había bajado a calcular los daños. Iba a entregar su informe, pero no hacía falta que expresara su opinión: el grupo de hacinados hombres y mujeres sabía ya que el fin del Lady Alice estaba a punto de consumarse.

-¿,Y bien, señor? -preguntó el capitán, al ver que el oficial vacilaba.

-Me disgusta asustar a las señoras, capitán -dijo-, pero, a mi juicio, no creo que sigamos estando a flote dentro de diez minutos. La embarcación tiene un agujero por el que podría pasar una vaca, señor.

La proa del Lady Alice llevaba cinco minutos hundiéndose. La popa estaba ya fuera del agua, elevándose en el aire, y mantenerse en pie sobre cubierta costaba Dios y ayuda. El yate iba equipado con cuatro botes, los cuales se ocuparon y se arriaron sin problemas. Cuando se alejaban rápidamente del yate, a golpe de remo, Jane Porter volvió la cabeza para echarle la última mirada. En aquel momento resonó un vibrante chasquido, acompañado de un ominoso y sordo estrépito, que brotó del corazón de la nave. Las máquinas, destrozadas y sueltas, volaban hacia popa, llevándose por delante mamparas y paneles de separación. La popa se elevó por encima de todos, permaneció unos segundos inmóvil, como un astil vertical que sobresaliera desde el fondo del océano y luego, rápidamente, el buque se hundió de proa y las olas se lo tragaron.

En uno de los botes, el intrépido lord Tennington se enjugó una lágrima... No era una fortuna lo que acababa de ver sumergirse en el océano, sino un magnífico amigo al que quería enormemente.

Por fin, aquella larga noche dio paso a la aurora y un sol tropical envió sus rayos para que se batieran con las ondulantes aguas. Jane Porter había conciliado un sueño inquieto, pero se despertó cuando la brillante claridad del sol le bañó la cara. La muchacha miró en tomo. En el bote iban con ella tres marineros, Clayton y monsieur Thuran. Su mirada buscó las otras barcas, pero en todo lo que alcanzaba la vista nada rompía la pavorosa y monótona uniformidad de aquel desierto de agua salada... Estaban solos a bordo de un pequeño bote, perdidos en la inmensidad del Atlántico.