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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 14. Regreso a la vida primitiva
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Al llegar al agua, el primer impulso de Tarzán fue alejarse nadando del buque y del potencial peligro que representaban las hélices. No ignoraba a quién tenía que agradecer el apuro en que se encontraba y, mientras se mantenía a flote mediante un leve movimiento de los brazos, lo que más le mortificaba era la facilidad con que Rokoff le había vencido.

Permaneció algún tiempo así, con la vista en las luces del transatlántico, que se alejaban y disminuían de tamaño, sin que ni por un momento se le ocurriera gritar pidiendo ayuda. A lo largo de su vida, ni una sola vez había pedido auxilio, de modo que nada tiene de extraño que tampoco lo hiciera en aquella ocasión. Siempre dependió exclusivamente de sus facultades y recursos y, por otra parte, desde los días de Kala no hubo nadie que hubiera podido acudir en su socorro. Cuando se le ocurrió que podía pedir ayuda ya era demasiado tarde.

Tarzán calculó que habría una probabilidad entre cien mil de que le recogiese algún barco que pasara por allí y que incluso todavía eran menores las probabilidades de que pudiese llegar a tierra, pero, no obstante, decidió nadar sin prisas en dirección a la costa..., tal vez el transatlántico se encontraba más cerca del litoral de lo que él suponía.

Avanzó a base de brazadas largas y fáciles, transcurrirían muchas horas antes de que sus colosales músculos empezaran a dar señales de fatiga. Mientras nadaba hacia el este, guiándose por las estrellas, notó que los zapatos eran una rémora, de modo que se desprendió de ellos. A continuación hizo lo propio con los pantalones y se habría quitado la chaqueta también de no haber sido por los preciosos documentos que guardaba en el bolsillo. Para tranquilizarse, para cerciorarse que aún estaban allí, se llevó la mano al bolsillo y, con gran consternación, comprobó que habían desaparecido.

Supo entonces que en el hecho de que Rokoff se apresurara a arrojarle por la borda hubo algo más que simple venganza: el ruso se las había ingeniado para recuperar previamente los papeles que Tarzán le arrebatase en Bu Saada. El hombre-mono soltó una palabrota en voz baja y dejó que su chaqueta y camisa se hundieran en el Atlántico. No pasaron muchas horas antes de que se hubiese desprendido del resto de las prendas que vestía, para nadar sin engorros ni entorpecimientos en dirección este.

Los primeros albores del día empezaban a atenuar el fulgor de las estrellas cuando la tenue silueta de una mole negra se destacó delante de Tarzán, justo en la ruta que llevaba. Unas cuantas brazadas le pusieron junto a ella: era la parte inferior del casco de un buque que había naufragado. Tarzán subió a aquel pecio, con la sana idea de descansar hasta que amaneciese del todo. No albergaba la menor intención de permanecer inactivo, era presa del hambre y la sed. Si iba a morir, prefería hacerlo en plena acción, mientras intentaba salvarse.

El mar estaba en calma, por lo que el trozo de casco sólo se movía leve, ondulantemente, como si pretendiera acunar a aquel nadador que llevaba veinte horas sin dormir. Tarzán de los Monos se arrebujó sobre la mucilaginosa madera y no tardó en quedar sumido en profundo sueño.

Le despertaron los ardores del sol, poco después del mediodía. Su primera sensación consciente fue la de que le agobiaba la sed, una sed que fue aumentando el sufrimiento de Tarzán a medida que iba despabilándose, pero momentos después la alegría de dos descubrimientos casi simultáneos le hicieron olvidar todos los pesares. El primero lo constituía un conjunto de restos de naufragio que flotaban cerca de su pecio; en medio de aquellos restos subía y bajaba, a impulsos del oleaje, un bote salvavidas boca abajo. El segundo fue la débil línea de una costa distante que se divisaba en el horizonte oriental.

Tarzán se zambulló en el agua y rodeó a nado los restos del naufragio hasta alcanzar el bote. La fresca temperatura del océano calmó un poco las apremiantes sensaciones de Tarzán y, con renovadas energías, llevó el pequeño bote junto al casco y, tras no pocos hercúleos esfuerzos, consiguió ponerlo en el resbaladizo fondo del pecio. Allí lo enderezó para examinarlo... El bote era bastante sólido y al cabo de unos segundos flotaba. junto al trozo de casco. Tarzán seleccionó varias tablas del naufragio susceptibles de convertirse en remos y pronto estuvo bogando rumbo a la distante orilla.

Muy entrada estaba ya la tarde cuando Tarzán se encontró lo bastante cerca como para distinguir las cosas que había en tierra y para determinar los perfiles de la línea costera. Vio ante sí lo que al parecer era la entrada de una pequeña bahía. La punta del norte, cubierta de árboles, le resultó curiosamente familiar. ¿Sería posible que el destino le hubiese arro- jado a los umbrales de su adorada selva? Pero cuando la proa de su barca entró por la bocana de aquel puerto natural, todas las dudas de Tarzán se disiparon, porque allí estaba, frente a sus ojos, en la playa del fondo, bajo las sombras de aquel bosque primitivo, su cabaña... la cabaña que antes de que él, Tarzán, naciese, había construido su padre, John Clayton, lord Greystoke, muerto tantos años atrás.

Mediante el impulso que sus músculos de gigante imprimían a los toscos remos, el hombre-mono llevó el bote rápidamente hacia aquella playa. Apenas la proa tocó la arena cuando Tarzán saltó a tierra, mientras el corazón aceleraba los latidos y le saltaba en el pecho, exultante de alegría, cada vez que los errantes ojos caían sobre algo familiar: la cabaña, la playa, el arroyuelo, la tupida selva, la impenetrable y oscura floresta; además de la infinidad de pájaros de brillante plumaje multicolor, las primorosas enredaderas que colgaban de los árboles gigantescos y la multitud de flores que embellecían todo aquel panorama.

Tarzán de los Monos estaba de vuelta en sus dominios y para que todo el mundo tuviera noticia de su regreso alzó su joven cabeza y lanzó a los cuatro vientos el salvaje grito retador propio de su tribu. Durante unos minutos reinó el silencio en aquella selva virgen y luego, sordo y extraño, surcó el aire una respuesta al desafío de Tarzán: el profundo rugido de Numa, el león, y, debilitado por la distancia, el bramido aterrador de un mono macho.

Tarzán fue primero al arroyo y apagó la sed. A continuación se encaminó a la cabaña. La puerta estaba cerrada y el pestillo corrido, tal como D'Arnot y él lo dejaron. Descorrió el cerrojo y entró. Todo seguía igual que cuando lo dejó, dos años atrás: la mesa, la cama y la cuna que había construido su padre, la estantería y los armarios, que llevaban allí más de veintitrés años.

Satisfecha la vista, el estómago empezó a reclamar su atención: los pinchazos del hambre le sugirieron la conveniencia de buscar alimentos urgentemente. En la cabaña no había nada comestible, ni siquiera arma alguna, pero vio colgada en la pared una de sus viejas cuerdas de hierba. Estaba muy gastada y tiempo atrás se rompió varias veces, por lo que la había desechado para valerse de otra mejor. Le hubiera gustado disponer de un cuchillo. Bueno, o mucho se equivocaba o antes de que se hubiera ocultado el sol dispondría de un venablo, de un arco y de algunas flechas... De agenciarse todo eso se encargaría la cuerda y, entretanto, se procuraría algo que echarse al coleto. Enrolló la cuerda cuidadosamente, se la echó al hombro, salió y cerró la puerta.

La selva empezaba a pocos pasos de la cabaña. Tarzán se hundió en la espesura, precavido y silencioso, transformado de nuevo en un animal salvaje a la caza de comida. Anduvo un trecho por el suelo, pero al no descubrir señales que le indicasen la proximidad de piezas que pudieran suministrarle carne, decidió subir a la enramada de los árboles. En cuanto empezó a desplazarse por las alturas, a saltar vertiginosamente de rama en rama, volvió a inundar su espíritu la antigua alegría de vivir. Remordimientos, pesares y preocupaciones pasaron al olvido. ¡Aquello era vida! ¡Realmente, aquella era la perfecta e insuperable dicha de la libertad sin cortapisas! ¿Quién iba a desear volver a las asfixiantes y perversas ciudades del hombre civilizado cuando las extensas vas- tedades de la selva virgen le ofrecían paz y libertad? No sería él.

Aún había luz diurna cuando Tarzán llegó al abrevadero de un río de la selva. Desde las más remotas épocas solían acudir allí a beber diversos animales del bosque. Por la noche siempre podía encontrarse allí a Sabor o a Numa, agazapados en la espesura, a la espera de un impala o cualquier otro antílope con los que alimentarse. Allí iba a abrevar Horta, el jabalí, y allí fue Tarzán de los Monos dispuesto a cobrar una pieza porque tenía el estómago muy vacío.

Se puso en cuclillas en una rama situada sobre el sendero. Aguardó casi una hora. La oscuridad empezaba a convertirse en negrura. En lo más espeso de la floresta, junto al vado, el oído de Tarzán percibió el leve rumor de unas patas acolchadas y de un cuerpo bastante voluminoso que pasaba rozando las altas hierbas y las embrolladas enredaderas. Salvo Tarzán, nadie hubiera podido captar aquellos ruidos, pero el hombre mono los percibió e interpretó: Numa, el león, había salido de caza, sus intenciones eran idénticas a las de Tarzán. Éste sonrió.

En seguida oyó que alguien se aproximaba sigilosamente por la senda que conducía al abrevadero. Al cabo de un momento entraba en el campo visual del hombre-mono. Se trataba de Horta, el jabalí. Su carne era exquisita y a Tarzán se le hizo la boca agua. Las hierbas entre las que se ocultaba Numa permanecían inmóviles... ominosamente inmóviles. Horta pasó por debajo de Tarzán. Unos cuantos pasos más y se colocaría dentro del radio del salto de Numa. Tarzán se imaginaba cómo le brillarían en aquel momento los ojos al león, que sin duda estaría conteniendo la respiración antes de soltar el horrísono rugido que dejaría petrificada a su presa durante el tiempo suficiente para que él, Numa, saltase y clavara los pavorosos colmillos en unos huesos que iban a astillarse inmediatamente.

Pero cuando Numa se disponía a dar ese salto, una cuerda delgada voló por el aire, desde las ramas bajas de un árbol próximo. El lazo se cerró alrededor del cuello de Horta. Resonó un gruñido asustado y luego un chillido de protesta, mientras Numa veía retroceder a su presa, arrastrada por el camino. Cuando el león saltó, Horta, el jabalí, se remontó en el aire y desapareció en la enramada, lejos de las garras de Numa. Entre el follaje del árbol apareció un rostro que dedicó al felino una serie de carcajadas y muecas burlonas.

Y entonces sí que resultaron espeluznantes los rugidos de Numa. Furibundo, amenazador, hambriento, paseó de un lado a otro, por debajo de las ramas desde las que el hombre-mono seguía riéndose de él. Se detuvo, por último, se levantó sobre los cuartos traseros y, apoyando el cuerpo en el tronco del árbol que albergaba a su enemigo, clavó las enormes uñas en la corteza y arrancó un buen pedazo de ésta, dejando al descubierto la madera blanca que había debajo.

Mientras tanto, Tarzán había izado al jabalí, que no cesaba de debatirse, hasta la rama en que se encontraba. Los fuertes dedos del hombre-mono remataron la obra que inició el nudo corredizo. No tenía cuchillo, pero la naturaleza le había proporcionado los medios necesarios para desgarrar la carne palpitante de la pieza recién cobrada y la centelleante dentadura se hundió en la carne suculenta, en tanto el león, abajo, frenético de rabia, contemplaba cómo su rival disfrutaba de una cena que momentos antes él había considerado suya.

Ya era noche cerrada cuando Tarzán se sintió ahíto. ¡Ah, pero qué delicia! Nunca se había acostumbrado del todo a la carne deteriorada que le servían en el mundo civilizado, y en el fondo de su salvaje espíritu siempre echó de menos el sabor de la carne fresca y de la espléndida sangre roja que desprendía.

Se limpió las ensangrentadas manos con un puñado de hojas, se cargó al hombro el resto de la pieza y, saltando de rama en rama, a media altura, regresó a la cabaña.

En aquellos precisos momentos, Jane Porter y William Cecil Clayton se levantaban de la mesa, tras una suculenta cena, en el Lady Alice, a miles de millas al este, en el océano indico.

Numa, el león, se desplazaba por el suelo, al mismo ritmo de Tarzán, y cada vez que éste miraba hacia abajo veía los lúgubres ojos de la fiera, que brillaban en la oscuridad y que no perdían de vista al hombre mono. Numa ya no rugía, se limitaba a moverse en furtivo silencio, como una sombra del gran felino. Sin embargo, no dio un solo paso que no percibieran los sensibles oídos de Tarzán.

El hombre-mono se preguntó si se encontraría a Numa al acecho en la puerta de la cabaña. Confiaba en que no, porque eso significaba que tendría que pasar la noche durmiendo en la horquilla de un árbol y, desde luego, prefería el lecho de hierbas de su propio hogar. Naturalmente, conocía el árbol y la horquilla más cómoda, si no le quedaba más remedio que pasar la noche al raso. En el pasado, más de cien veces le siguió hasta la cabaña algún gran felino de la selva y se vio obligado a albergarse en aquel mismo árbol, hasta que un cambio de humor o la salida del sol inducían a su enemigo a retirarse.

Pero ese no fue el caso aquella noche: Numa optó por abandonar y, con una breve sucesión de protestas y rugidos, dio media vuelta rabiosamente y partió en busca de una cena que le resultase más fácil de conseguir. De modo que Tarzán llegó sin compañía a la cabaña e instantes después ya estaba arrebujado sobre los mohosos restos de lo que otrora había sido un lecho de hierbas. A monsieur Jean C. Tarzán no le costó nada desprenderse del barniz de civilización artificial que le recubría y cayó automáticamente en el sueño profundo del animal que se ha llenado el estómago a rebosar. No obstante, el «sí» de una mujer le hubiese ligado de por vida a la otra existencia y le habría hecho considerar repulsiva la mera idea de quedarse en la selva, entre las fieras salvajes.

Tarzán durmió hasta el mediodía siguiente, ya que los esfuerzos de la noche pasada en el mar y de la caza en la selva le habían dejado agotadísimo, puesto que sus músculos habían perdido la costumbre de tales pruebas. Lo primero que hizo al despertarse fue ir al arroyo a beber. Luego se dio un chapuzón en el mar, donde estuvo nadando quince minutos. Después volvió a la cabaña y se regaló con un desayuno a base de carne de jabalí. Cuando se dio por satisfecho, enterró el resto de Horta en la blanda tierra de la parte exterior de la cabaña, para la cena.

Tomó de nuevo la cuerda y se adentró en la selva. En esa ocasión su presa sería más noble: el hombre; aunque si le hubiesen pedido su opinión habría citado a una docena de habitantes de la jungla a los que consideraba superiores en nobleza al hombre que pensaba cazar. Se preguntó si las mujeres y niños de la aldea de Mbonga habrían permanecido en el poblado después de que la expedición de castigo enviada desde el crucero francés exterminara a todos los guerreros, como represalia por la supuesta muerte de D'Arnot. Albergaba la esperanza de encontrar allí algunos guerreros, porque en el caso de que la aldea estuviese desierta, la búsqueda podría durar indefinidamente. Ignoraba cuánto.

El hombre-mono se desplazó velozmente por la selva y hacia la medianoche llegaba al solar de la aldea. Descubrió, decepcionado, que la vegetación silvestre había invadido los campos de cultivo y que la putrefacción había desmoronado las chozas. Ni el menor rastro de seres humanos. Tarzán se paseó entre las ruinas durante media hora, confiando en encontrar algún arma olvidada, pero su búsqueda fue infructuosa, de modo que decidió emprenderla por otra parte y continuó riachuelo arriba, siguiendo aquella corriente cuyo curso se deslizaba en dirección sureste. Lo lógico sería que los poblados se estableciesen cerca del agua dulce. Si iba a encontrar uno, estaría junto al arroyo.

Buscaba alimento por el camino, como lo buscó cuando vivía con los monos de la tribu, como Kala le había enseñado a hacerlo, o sea, dando la vuelta a los troncos podridos, debajo de los cuales se refugiaban bichos comestibles, o subiendo a lo más alto de los árboles para robar los nidos de pájaros, o abalanzándose con la celeridad de un gato sobre algún pequeño roedor. También comía otras cosas, pero cuantos menos detalles dé uno acerca de la dieta de los monos, tanto mejor... Y Tarzán había recuperado su condición de mono, volvía a ser el mismo antropoide feroz y brutal que Kala le había enseñado a ser y que fue a lo largo de los veinte primeros años de su vida.

A veces saltaba a sus labios una sonrisa al recordar a algún amigo que en aquel momento estaría apaciblemente sentado, vestido con impecable elegancia, en el salón de un club selecto de París..., como Tarzán había estado pocos meses antes. Después se quedaba quieto, repentinamente petrificado, cuando la suave brisa llevaba hasta su adiestrado olfato el efluvio de alguna nueva presa o de algún enemigo temible.

Durmió aquella noche tierra adentro, lejos de la cabaña, acunado en la horquilla de un árbol, a treinta metros del suelo. Se había vuelto a dar un buen banquete, esa vez a base de carne de Bara, el ciervo, víctima del rápido lazo de Tarzán.

Reanudó la marcha a primera hora de la mañana siguiente. Avanzó en paralelo al curso del arroyo. Continuó la búsqueda durante tres días, hasta que llegó a una zona de la selva en la que no había estado nunca. De vez en cuando, al coronar un altozano en el que la floresta era menos densa, divisaba a lo lejos sierras de montañas majestuosas ante las cuales se extendían amplias planicies. Allí, en aquellos espacios abiertos abundaba la caza: cantidades ingentes de antílopes y grandes manadas de cebras. Tarzán se sintió hechizado: efectuaría una prolongada visita a aquel mundo desconocido.

En la mañana de la cuarta jornada un olor nuevo llegó súbita y pasmosamente a su olfato. Olor a hombre, aunque muy distante. Tarzán se estremeció de placer. Con los cinco sentidos alerta, sigiloso y hábil, se desplazó velozmente entre los árboles, con el vien- to de cara, en dirección a su presa. La alcanzó en seguida: un guerrero solitario que avanzaba sosegadamente por la selva.

El hombre-mono le siguió, saltando de rama en rama, a la espera de un trecho lo bastante despejado como para permitirle utilizar la cuerda. Mientras acechaba a la desprevenida víctima, nuevas ideas afluían a la mente de Tarzán, ideas que eran producto de la depuradora influencia de la civilización y de su crueldad. Se le ocurrió que el hombre civilizado casi nunca mataba a un ser humano sin tener una excusa para ello, por leve que fuera. Cierto que él, Tartán, deseaba las armas y los adornos de aquel guerrero, ¿pero era imprescindible quitarle la vida para obtenerlos?

Cuanto más pensaba en ello, más repugnante se le hacía la idea de arrebatar la existencia innecesariamente a un semejante. Y mientras le daba vueltas en la cabeza a lo que procedía hacer, ocurrió que llegaron a un claro de la selva, al fondo del cual se alzaba una aldea de chozas como colmenas, protegida por una empalizada.

Cuando el guerrero salió de entre los árboles, Tarzán vislumbró fugazmente un cuerpo de piel rojiza que se abría paso furtivamente a través de la maraña de hierbas de la selva: era Numa, el león. También iba a la caza del negro. En el mismo instante en que Tarzán comprendió el peligro en que se encontraba el indígena, su actitud respecto a la presa cambió radicalmente. Ahora se trataba de un ser humano, como él, amenazado por un enemigo común.

Numa estaba a punto de lanzarse al ataque. No había tiempo para entretenerse comparando la conveniencia de recurrir a uno u otro sistema ni para sopesar los probables resultados de cada uno de ellos. Los acontecimientos se dispararon y, casi simultáneamente, sucedieron varias cosas: el león saltó desde el punto donde se escondía hacia el negro, Tarzán emitió un grito de aviso y el guerrero volvió la cabeza a tiempo de ver una cuerda de hierba que atravesaba el aire. El lazo que remataba la cuerda cayó limpiamente alrededor del cuello de Numa, inmovilizado en mitad de su salto.

El hombre-mono había actuado con tan precipitada rapidez que no tuvo tiempo de prepararse para resistir el tirón que el enorme peso e impulso de Numa imprimiría a la cuerda, de modo que aunque ésta detuvo a la fiera antes de que las zarpas se hundieran en la carne del negro, la sacudida hizo perder el equilibrio a Tarzán, que fue a parar al suelo, a menos de seis pasos del enfurecido animal. Numa se revolvió como el rayo, para encarar al nuevo enemigo e, indefenso como se encontraba, Tarzán de los Monos vio la muerte tan próxima como nunca la había visto hasta entonces. Le salvó el negro. El guerrero comprendió al instante que debía la vida a aquel extraño hombre blanco y se dio cuenta también de que sólo un milagro podía evitar que su salvador cayese bajo aquellos feroces colmillos amarillentos que tan cerca habían estado de clavarse en su propia carne.

Raudo como el pensamiento, el brazo que empuñaba el venablo se echó hacia atrás, para luego dispararse hacia adelante con toda la fuerza de los poderosos músculos que ondulaban bajo la reluciente piel de ébano. El arma cruzó el aire y su certera punta de hierro atravesó la lustrosa piel de Numa desde la ingle derecha hasta la paletilla izquierda La bestia soltó un espantoso rugido de furia y dolor, al tiempo que se volvía para dirigirse hacia el negro. Había dado una docena de pasos cuando la cuerda de Tarzán volvió a detenerle. Numa dio otra media vuelta, dispuesto a acabar con el hombre-mono, y un nuevo ramalazo de dolor le sacudió cuando una flecha con lengüeta se clavó hasta la mitad del asta en su carne palpitante. Se detuvo el león una vez más y, para entonces, Tarzán ya había asegurado la cuerda dándole dos vueltas alrededor del tronco de un árbol y anudándola rápidamente.

El guerrero sonrió al ver la maniobra, pero Tarzán sabía que Numa iba a contrarrestarla en seguida. Sus fuertes dientes no iban a tardar en aplicarse a la delgada cuerda y la cortarían en un abrir y cerrar de ojos. En cuestión de segundos, Tarzán se acercó al negro y desenvainó el largo cuchillo que llevaba el guerrero. Después le indicó que continuara arrojando flechas al enorme felino, mientras él intentaba acercarse armado con el cuchillo. Así, mientras uno hostigaba a la fiera por un lado, el otro se le fue aproximando cautelosamente por el costado contrario. Numa no podía estar más furibundo. Llenaba el aire de frenéticos aullidos, rugidos pavorosos y bramidos espeluznantes, al tiempo que, encabritado, agitaba con ferocidad las patas delanteras en vanos intentos de alcanzar con las zarpas a uno u otro de los verdugos que lo atormentaban.

Pero, al final, el ágil hombre mono tuvo su oportunidad. Se abalanzó sobre el costado izquierdo del felino, por detrás de la poderosa paletilla. Un brazo gigantesco se ciñó en torno a la leonada garganta y la larga hoja de un cuchillo su hundió hasta la empuñadura, para llegar al corazón salvaje de Numay atravesarlo certeramente. Luego, Tarzán se irguió y el hombre blanco y el hombre negro se miraron por encima del cuerpo de la pieza que acababan de cobrar... El hombre negro hizo el signo de la paz y Tarzán de los Monos correspondió de igual modo.