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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 15. De simio a hombre salvaje
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El fragor del combate con Numa atrajo allí a una excitada turba de habitantes de la aldea e instantes después de la muerte del león, los dos hombres se vieron rodeados por numerosos guerreros de ébano, ágiles y gesticulantes, que parloteaban atropelladamente... y que formularon mil preguntas en rápida sucesión, sin dar tiempo a que se les respondiese ninguna.

Luego se presentaron las mujeres y los niños, curiosos, anhelantes y, al ver a Tarzán, más inquisitivos que nunca. El nuevo amigo del hombre mono logró finalmente hacerse oír y cuando hubo concluido su relato, los hombres y mujeres del poblado compitieron entre sí en el empeño de honrar a aquella extraña criatura que había salvado la vida de su compañero y luchado a brazo partido con el feroz Numa.

Finalmente, le condujeron a la aldea y le colmaron de regalos: aves de corral, cabras y alimentos cocinados. Cuando les señaló las armas que llevaban, los guerreros se apresuraron a ofrecerle venablos, escudos, arcos y flechas. Su reciente amigo le regaló el cuchillo con el que Tarzán había matado a Numa. No había nada en el poblado que Tarzán no pudiera obtener con solo pedirlo.

Cuánto más fácil era lograr así las cosas que deseaba, pensó Tarzán, que procurárselas a través del robo y el asesinato. Qué poco había faltado para que mata- se a aquel hombre, al que no había visto en la vida y que ahora manifestaba, por todos los primarios medios que se le ocurrían, su amistad y su afecto hacia el hombre que pudo ser su verdugo. Tarzán de los Monos se sintió avergonzado. A partir de entonces, cada vez que tuviera intención de matar a alguien, esperaría antes hasta cerciorarse de si la víctima merecía o no la muerte.

Por asociación de ideas, en su mente apareció Rokoff. Le gustaría tener al ruso a su disposición en las profundidades de la selva durante unos minutos. Si existía un hombre merecedor de la muerte, ese hombre era Rokoff. Y si en aquel momento hubiera podido ver al ruso, dedicado en cuerpo y alma a la placentera tarea de ganarse el afecto de la preciosa señorita Strong, aún habría deseado Tarzán con más intensidad aplicar a aquel desaprensivo la suerte que merecía.

La primera noche que pasó Tarzán con los indígenas estuvo consagrada a una salvaje orgía en su honor. Se disfrutó de un señor festín porque, como prueba de su destreza, los cazadores habían llevado un antílope y una cebra. Carne que se regó con litros y litros de la cerveza de baja graduación que preparaban los nativos. Mientras contemplaba a los guerreros danzar a la claridad de las hogueras, a Tarzán volvió a impresionarle las simétricas proporciones de sus figuras y la regularidad de sus rasgos faciales, ninguno tenía en absoluto la nariz aplastada ni los gruesos labios propios de los salvajes de la costa occidental. En reposo, los rostros de los hombres denotaban inteligencia y dignidad, los de las mujeres eran bellos y atractivos en muchos casos.

En el curso de aquel baile el hombre-mono observó por primera vez que algunos hombres y bastantes mujeres lucían adornos de oro..., principalmente ajorcas en los tobillos, pulseras y brazaletes en los brazos, al parecer de oro macizo. Cuando expresó el deseo de echar una ojeada de cerca a una de aquellas piezas, la propietaria se la quitó e insistió, por señas, en que Tarzán la aceptase como regalo. El examen del objeto convenció al hombre-mono de que se trataba de oro virgen y, sorprendido, cayó en la cuenta de que era la primera vez que veía ornamentos de oro entre los salvajes de África; hasta entonces sólo les había visto lucir la bisutería y las baratijas que compraban o robaban a los europeos. Intentó averiguar de dónde sacaban aquel metal, pero no consiguió hacerse entender.

Cuando concluyó la danza, Tarzán manifestó su intención de despedirse, pero casi le imploraron que aceptase la hospitalidad de una gran choza que el jefe de la tribu le había destinado para su uso exclusivo. Trató de indicarles que volvería por la mañana, pero no le comprendieron. Cuando por fin logró alejarse de ellos, retirándose en dirección a la parte del poblado opuesta al portón de la entrada, los indígenas aún se quedaron más confundidos acerca de las intenciones que albergaba.

Sin embargo, Tarzán tenía perfectamente claro lo que iba a hacer. Sus experiencias precedentes le habían hecho tomar contacto con los roedores, sabandijas y parásitos que infestaban las aldeas indígenas, y aunque en otras cuestiones no era demasiado escrupuloso, en aquella prefería el aire libre y fresco de las alturas arbóreas a la fétida atmósfera de un bohío.

Los indígenas le siguieron hasta el punto donde las ramas de un árbol gigantesco pasaban por encima de la empalizada. Tarzán saltó una de las ramas bajas y desapareció en el follaje, con la ágil precisión saltarina de Manu, el mico, lo que provocó un estallido de atónitas exclamaciones de sorpresa. Los habitantes del poblado estuvieron media hora llamándole, pero como Tarzán no contestó, al no obtener respuesta desistieron y se retiraron en busca de las esteras donde se tendían a dormir, dentro de las chozas.

Tarzán se adentró en el bosque hasta encontrar, no lejos del poblado, un árbol que cubría sus requerimientos esenciales. Se acurrucó en una horquilla a propósito y casi automáticamente se sumergió en un profundo sueño.

A la mañana siguiente se descolgó en la calle del poblado, tan repentinamente como había desaparecido la noche anterior. Durante unos segundos, los indígenas permanecieron patidifusos y asustados, pero en cuanto reconocieron en él a su invitado de la velada anterior se les pasó el susto y empezaron a emitir gritos de bienvenida y risas alegres. Aquel día acompañó a una partida de guerreros que salió a cazar por las llanuras cercanas y Tarzán manejó con tal habilidad las toscas armas de que disponía que entre los indígenas aumentó más si cabe el sentimiento de respeto y admiración que les inspiraba aquel extraño hombre blanco.

Tarzán vivió varias semanas con sus amigos salvajes y con ellos cazó búfalos, antílopes y cebras, para procurarse carne, y elefantes para hacerse con marfil. No tardó en aprender el sencillo lenguaje de aquel pueblo, sus costumbres indígenas y la ética de su primitiva sociedad tribal. Se enteró de que no eran caníbales y que miraban con desprecio y repugnancia a los hombres que comían hombres.

Busuli, el guerrero al que había seguido hasta la aldea, le contó diversas leyendas de la tribu; que su pueblo había llegado allí muchos años antes, tras infinidad de largas jornadas de marcha, desde el norte; que hubo un tiempo en que constituían una tribu grande y poderosa; que los cazadores de esclavos, con sus mortíferos palos de fuego, hicieron tales estragos entre la tribu que ésta quedó reducida a una ínfima parte de su población inicial, entonces incalculable y pujante.

-Nos cazaban como si fuéramos animales salvajes -explicó Busuli-. No tenían misericordia de nosotros. Y cuando no buscaban esclavos, era marfil, aunque generalmente querían ambas cosas. Mataban a nuestros hombres y se llevaban a nuestras mujeres como si fueran rebaños de ovejas. Les combatimos durante años y años, pero nuestras flechas y venablos no podían competir con los palos que escupen fuego, plomo y muerte, y lo lanzaban hasta una distancia que no podían alcanzar las flechas ni los venablos de nuestros guerreros más fuertes. Por fin, siendo mi padre joven, los árabes se presentaron una vez más, pero nuestros guerreros los divisaron cuando aún estaban lejos y Chowambi, que entonces era el jefe, dijo a su pueblo que recogieran todas sus cosas y se fueran con él..., que los conduciría hacia el sur hasta donde encontrase un lugar al que los saqueadores árabes nunca llegarían.

»Y obedecieron a Chowambi, tomaron sus pertenencias, incluidos muchos colmillos de marfil, y emprendieron la marcha. Anduvieron errantes durante largos meses, sufriendo infinidad de penalidades y privaciones, ya que buena parte del camino lo tenían que hacer a través de la espesa selva o franqueando montañas altas y abruptas, pero finalmente llegaron a este lugar, y aunque destacaron patrullas de exploración en busca de algún paraje mejor que éste, no localizaron ninguno.

-¿Y los incursores árabes no os han encontrado aquí? -preguntó Tarzán.

-Hace cosa de un año una pequeña partida de árabes y manyuemas se nos echó encima, pero reaccionamos bien y los pusimos en fuga. Matamos a unos cuantos. Les perseguimos durante varios días, acosándolos como se acosa a las fieras salvajes, que es lo que son. Los fuimos liquidando uno por uno, pero un puñado de ellos lograron escapar.

Al tiempo que refería su historia, Busuli acariciaba el grueso brazalete de oro macizo que rodeaba su brazo izquierdo. Los ojos de Tarzán se habían posado en aquel adorno, pero la cabeza estaba en otra parte. Sin embargo, en aquel momento recordó la pregunta que trató de formular el día que llegó a la tribu, la pregunta que entonces no consiguieron entenderle. Durante las semanas transcurridas se olvidó de algo tan baladí como el oro, porque dedicó ese tiempo a ser un hombre primitivo cuyo pensamiento se centraba en el presente, sin alargarse hasta el mañana. No obstante, ver de pronto aquel oro despertó la civilización dormida en su interior y le recordó la existencia de algo llamado codicia. Aquella lección del ansia de riqueza Tarzán la había aprendido bien en su breve experiencia de los estilos de vida del hombre civilizado. Sabía que el oro significaba placer y poder. Señaló el brazalete.

-¿De dónde sale ese metal amarillo, Busuli? -preguntó.

El guerrero señaló hacia el sureste.

-A una luna de marcha... tal vez un poco más lejos -respondió.

-¿Has estado allí? -quiso saber Tarzán.

-No, pero algunos de nuestro pueblo fueron hace años, cuando mi padre era aún joven. Una de las expediciones que salieron en busca de un lugar más apropiado para que se estableciera la tribu, poco después de que llegasen aquí, encontró un pueblo extraño que llevaba muchos objetos de metal amarillo. La punta de sus lanzas era de ese metal, lo mismo que la de las flechas, y guisaban en vasijas hechas de metal macizo, como mi brazalete.

»Vivían en un poblado muy grande, de chozas de piedra y rodeado por una muralla alta. Eran de una fiereza terrible, tanto que se lanzaron a la carga sobre nuestros guerreros, sin molestarse en preguntar si llegaban en son de paz. Nuestros hombres eran escasos en número, pero se hicieron fuertes en lo alto de un monte rocoso y resistieron hasta que se puso el sol y los feroces individuos se retiraron a su maldito poblado. Nuestros guerreros bajaron entonces del monte y, después de recoger muchos adornos de metal amarillo, arrancándoselos a los cuerpos de los que habían muerto en el combate, abandonaron el valle, regresaron aquí y ninguno de nosotros ha vuelto a aquel sitio.

»Son un pueblo de gente mala..., ni blancos como tú ni negros como yo, pero recubiertos de pelo como Boigani, el gorila. Sí, verdaderamente son individuos de lo peor y Chowambi se alegró de marcharse de su territorio.

-¿Y no vive ninguno de los que estaban con Chowambi?, ¿vieron a aquellos seres extraños y su maravilloso poblado? -preguntó Tarzán.

-Waziri, nuestro jefe, estuvo allí -respondió Busuli-. Era muy joven por entonces, pero acompañó a Chowambi, que era su padre.

Así que Tarzán interrogó aquella noche a Waziri y Waziri, un hombre ahora muy anciano, dijo que fue una marcha muy larga, pero que el camino no era dificil de recorrer. Lo recordaba muy bien.

-Seguimos durante diez días el curso del río que pasa junto a nuestra aldea. Marchamos contra corriente, hacia su nacimiento, y en la décima jornada llegamos a una fuentecilla que brotaba en la parte superior de la ladera de una montaña muy alta. Ese manantial es el nacimiento de nuestro río. Al día siguiente franqueamos la montaña y en la vertiente del otro lado encontramos un arroyuelo que seguimos hasta llegar a un gran bosque. Avanzamos durante muchos días siguiendo la serpenteante orilla del arroyo, luego se convirtió en río que finalmente desembocó en otro río mayor, el cual se deslizaba por el centro de un valle enorme.

»Luego continuamos aguas arriba de este último río, con la esperanza de llegar a terreno abiertó. Al cabo de veinte jornadas de marcha, contando a partir del día que franqueamos las montañas y abandonamos nuestro país, tropezamos con otra sierra. Subimos por su ladera, siempre en paralelo al río, que por entonces había menguado hasta quedar reducido a un arroyo. Llegamos a una pequeña caverna, situada cerca de la cima de la montaña. En esa cueva estaba la madre del río.

»Recuerdo que acampamos allí aquella noche y que hacía mucho frío, porque era una montaña muy alta. Al día siguiente decidimos subir a la cumbre, ver qué clase de territorio había al otro lado y comprobar su aspecto. Si no parecía mejor que el que acabábamos de atravesar, regresaríamos a nuestra aldea y diríamos a nuestra gente que ya tenían el mejor lugar del mundo para vivir.

»De modo que trepamos por los escalamientos de peñascos hasta la cima y allí, desde la meseta que coronaba la montaña contemplamos, no muy abajo, un valle poco profundo y bastante estrecho, al fondo del cual había un gran poblado de piedra, muchas de cuyas construcciones se habían desmoronado o estaban en trance de derrumbarse.

El resto de la historia de Waziri era prácticamente el mismo que ya había relatado Busuli.

-Me gustaría ir allí y ver esa extraña ciudad -dijo Tarzán-. Y arrebatar algo de ese metal amarillo a sus feroces habitantes.

-Está muy lejos -respondió Waziri- y yo tengo ya demasiados años, pero si esperas a que termine la estación de las lluvias y el caudal de los ríos haya descendido cogeré unos cuantos guerreros y te acompañaré.

Tarzán tuvo que conformarse con esa promesa, aunque desde luego le habría gustado emprender la marcha al día siguiente... Era impaciente como un chiquillo. En realidad, Tarzán de los Monos no era otra cosa que un niño; era un hombre primitivo, que viene a ser lo mismo.

Al día siguiente, sin embargo, regresó del sur a la aldea una patrulla, que informó haber avistado una gran manada de elefantes a unos kilómetros de distancia. Desde lo alto de los árboles tuvieron una estupenda panorámica de aquel rebaño, formado, según dijeron, por numerosos machos, con gran número de hembras y de ejemplares jóvenes. Los adultos podían proporcionar una cantidad de marfil que merecía la pena recoger.

Los preparativos para la gran cacería ocuparon el resto de la jornada y parte de la noche. Se revisaron los venablos, se cargaron las aljabas, se tensaron o cambiaron las cuerdas de los arcos; todo mientras el brujo de la tribu iba de un grupo de guerreros a otro, dispensando encantamientos y distribuyendo amuletos destinados a preservar de todo daño a quien lo llevara y a otorgar buena suerte en la cacería que se iba a emprender por la mañana.

Los cazadores salieron al alba. Cincuenta guerreros negros, de cuerpo lustroso y ágil. En medio de ellos, juncal y dinámico como un joven dios de la selva, marchaba Tarzán de los Monos, cuya bronceada piel contrastaba curiosamente con el tono ébano de la de sus compañeros. Salvo por el color, era uno más de ellos. Llevaba las mismas armas y adornos, hablaba su mismo lenguaje, reía y bromeaba con ellos y había saltado y vociferado igual que los demás durante la danza que se ejecutó antes de partir de la aldea. Era a todos los efectos y fines un salvaje entre salvajes. No, no se lo preguntó a sí mismo, pero ni por asomo hubiera reconocido que se identificaba más con aquellos indígenas y con su modo de vida que con los amigos parisienses cuyas costumbres había conseguido imitar a la perfección en los escasos meses que convivió con ellos. Los imitó como un mono.

Una sonrisa divertida asomó a sus labios al imaginarse la cara que pondría el inmaculado D'Arnot si por algún medio fantástico pudiese ver a Tarzán en aquel momento. Pobre Paul, que se enorgullecía de su obra: haber erradicado de su amigo todo vestigio de salvajismo.

«¡Qué poco he tardado en caer!», pensó Tarzán. Pero en el fondo no consideraba que aquello fuese una caída..., más bien sentía lástima por aquellas pobres criaturas de París, encerradas como prisioneros en sus estúpidas prendas de vestir, vigiladas continuamente por la policía a lo largo de toda su vida, condenadas a no poder hacer nada que no fuese completamente artificial y aburrido.

Dos horas de marcha les llevaron a las proximidades del lugar donde el día anterior se localizó a los elefantes. A partir de allí avanzaron en el mayor silencio, a la búsqueda del rastro de los grandes proboscidios. Al final encontraron una senda bien marcada, por la que pocas horas antes había pasado el rebaño. Continuaron en fila india durante cosa de media hora. Fue Tarzán el primero que alzó la mano para indicar que la presa andaba cerca: su sensitivo olfato le acababa de advertir que los elefantes no se encontraban muy lejos por delante de ellos.

Los negros se mostraron escépticos cuando les explicó cómo lo sabía.

-Acompañadme -dijo Tarzán- y lo comprobaremos.

Ágil como una ardilla saltó a la rama de un árbol y trepó con ligereza a la copa. Le siguió uno de los negros, más despacio y con más cuidado. Cuando el indígena llegó a la rama alta en que estaba el hombre-mono, éste señaló con el índice hacia el sur y allí, a un centenar de metros de distancia, el negro vio cierto número de enormes lomos que sobresalían por encima de las altas hierbas de una pradera. Tarzán indicó esa misma dirección a los observadores que aguardaban en el suelo y les transmitió, con los dedos, el número de animales que podía contar.

Los cazadores salieron de inmediato en pos de los elefantes. El negro del árbol se apresuró a bajar, pero Tarzán les siguió a su modo, o sea desplazándose de rama en rama.

Cazar elefantes con las toscas armas del hombre primitivo no es precisamente un juego de niños. Tarzán sabía que son pocas las tribus indígenas que lo practican y el hecho de que aquella lo hiciese le hacía sentir no poco orgullo... Empezaba ya a pensar en sí mismo como miembro de aquella pequeña comunidad.

Mientras se movía silenciosamente a través de los árboles, Tarzán vio a los guerreros desplegarse para formar un semicírculo en torno a los elefantes, que estaban completamente ajenos a lo que se les venía encima. Por último, los indígenas tuvieron a la vista a los gigantescos animales. Seleccionaron dos ejemplares adultos, de grandes colmillos y, a una señal, los cincuenta guerreros se levantaron como un solo hombre en el lugar donde se ocultaban y lanzaron sus venablos de guerra sobre los dos elefantes elegidos. Ni una sola de aquellas lanzas erró el tiro; cada uno de los dos gigantescos animales recibió en el costado su correspondiente cuota de veinticinco venablos. Uno de ellos ni siquiera pudo moverse del lugar donde se encontraba cuando el alud de lanzas cayó sobre él; dos de aquellas lanzas, certeramente dirigidas, se le clavaron en el corazón y el elefante dobló las rodillas y se desplomó sin ofrecer la menor resistencia, sin un estertor.

Aunque situado cerca de su compañero, al encontrarse de cara a los cazadores el otro elefante no había ofrecido un blanco tan perfecto y ningún venablo alcanzó su corazón. Permaneció inmóvil unos segundos, barritando de rabia y dolor mientras buscaba con la vista al causante de sus heridas. Los negros habían desaparecido en la espesura de la jungla antes de que los débiles ojos del monstruo cayesen sobre alguno, pero el animal oyó el ruido que producían al huir y, con aterrador estruendo de arbustos y matorrales aplastados, se precipitó hacia los indígenas en retirada.

El azar quiso que avanzara en dirección a Busuli, a quien ganaba terreno con tal rapidez que se hubiese dicho que el negro estaba quieto, cuando lo que hacía era correr con toda su alma para escapar a la inevitable muerte que estaba a punto de alcanzarle. Tarzán había presenciado todo el desarrollo de la operación desde la enramada de un árbol cercano y, al ver el peligro en que se encontraba su amigo, salió disparado hacia la enfurecida bestia y trató de llamar su atención a base de gritos, con la esperanza de distraerla.

Pero igual podía ahorrarse el aliento, porque el elefante estaba sordo y ciego para todo lo que no fuese el objetivo de su cólera, que inútilmente corría por delante de él. Tarzán comprendió entonces que sólo un milagro podía salvar a Busuli y con la misma despreocupación con que en otro momento había perseguido a aquel hombre se aprestó ahora a colocarse en el camino del elefante e intentar salvar la vida del guerrero negro.

Aún empuñaba el venablo y cuando Tantor se hallaba aún a unos siete u ocho pasos de su presa, un vigoroso guerrero blanco aterrizó casi delante de él, como caído del cielo. Con las peores intenciones del mundo, el elefante se desvió a la derecha para acabar con aquel temerario enemigo que osaba inter- ponerse entre él y su presunta víctima. Pero Tantor no contaba con la celérica rapidez de aquel hombre, capaz de electrizar sus músculos de acero y dotarlos de tan maravillosa celeridad que ni siquiera la aguda vista de Tantor pudiera percibir sus movimientos cuando entrasen en acción.

Y ocurrió así que antes de que el proboscidio se percatara de que su nuevo adversario se había quitado de su camino mediante un prodigioso salto, Tarzán ya había clavado su lanza con punta de hierro detrás de la maciza paletilla del elefante, hundiéndola hasta su corazón. Y el imponente animal se derrumbó, sin vida, a los pies del hombre-mono.

Busuli no vio la forma en que se había librado de aquel apuro, pero Waziri, el anciano jefe, sí lo había contemplado de principio a fin, lo mismo que varios de los demás guerreros. Todos vitorearon a Tarzán y se agruparon a su alrededor, entre felicitaciones y gritos de júbilo por aquella monumental pieza. Cuando el hombre-mono se subió al cadáver y lanzó al aire el extraño alarido que anunciaba una gran victoria, los negros retrocedieron, encogidos de miedo, porque para ellos aquel grito era casi idéntico al del brutal Bolgani, al que temían tanto como a Numa, el león. A tal temor se incorporaba cierto acatamiento reverencia) hacia aquel ser con aspecto humano al que atribuían poderes sobrenaturales.

Pero cuando Tarzán bajó la cabeza y les sonrió, los guerreros recobraron la tranquilidad, aunque seguían desconcertados. No acababan de comprender a aquella curiosa criatura que se trasladaba por los árboles con la misma rapidez que Manu y, sin embargo, lo suyo, lo natural para él era el suelo, el mismo medio natural de ellos: un ser que, aparte el color de la piel, era como cualquier hombre de la tribu y, no obstante, estaba dotado de una fuerza diez veces superior a la de cualquier miembro de la tribu y capaz de enfrentarse a cuerpo limpio con los más feroces pobladores de la jungla salvaje.

Una vez reunidos todos los guerreros se reanudó la cacería y se inició de nuevo el acoso del rebaño, que había emprendido la retirada. Pero apenas habían cubierto un centenar de metros cuando resonó a su espalda, a gran distancia, una extraña sucesión de detonaciones.

Durante unos instantes todos se quedaron inmóviles, como un grupo de estatuas, mientras escuchaban con toda su atención. Por último, Tarzán dijo:

-Armas de fuego. Están atacando la aldea.

-¡Vamos! -arengó Waziri-. ¡Los saqueadores árabes han vuelto con sus esclavos antropófagos para robarnos nuestro marfil y llevarse a nuestras mujeres!