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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 17. El jefe blanco de los waziris
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El horror desorbitó los ojos del salvaje manyuema cuando su vista cayó sobre aquella extraña criatura que había aparecido ante él empuñando un amenazador cuchillo. Se olvidó del arma de fuego que llevaba; incluso se olvidó de lanzar el grito de alarma... Su única idea fue escapar de aquel aterrador salvaje blanco, de aquel gigante en cuyos formidables músculos y poderoso pecho rielaban los ondulantes reflejos de las llamas.

Sin embargo, antes de que pudiese dar media vuelta, tuvo a Tarzán encima. Entonces sí que se le ocurrió gritar pidiendo auxilio, pero ya era demasiado tarde. Una mano enorme se cerró en torno a su garganta y el manyuema se vio arrojado contra el suelo. Luchó furiosa pero inútilmente. Con la implacable tenacidad de la mandíbula de un perro dogo aquellos dedos terribles continuaron apretando, aferrados a su cuello. Rápida e inflexiblemente le fueron arrancando la vida. Los ojos se le salían de las cuencas, la lengua dejaba atrás la boca, el rostro adoptaba un color lívido, fantasmal, purpúreo... Los músculos se estremecieron con un temblor convulso y el manyuema quedó tendido, rígido e inmóvil.

El hombre-mono se echó el cadáver al hombro y, tras recoger las armas de su víctima, emprendió la marcha a paso ligero, silenciosamente, por la calle de la dormida aldea hacia el árbol que de una manera tan cómoda le facilitaba el acceso al interior de la empalizada aldea. Trasladó el cuerpo sin vida del centinela hasta el centro de un laberinto de fronda situado hacia la copa del árbol.

Después de aposentarlo en la horquilla de una rama, Tarzán empezó por quitar al cadáver la canana y los adornos que deseaba para sí. Los les dedos del hombre mono tantearon hábilmente el cuerpo, ya que la oscuridad no le permitía ver bien las piezas del botín. Concluido el registro, tomó el arma que había pertenecido al manyuema y se deslizó hasta la punta de una rama, desde donde podía disponer de una vista mejor de las chozas. Tras apuntar con todo cuidado a la estructura de colmena en la que sabía se alojaban los jefes árabes, apretó el gatillo. Casi al instante se oyó un gemido de dolor. Tarzán sonrió. Había vuelto a dar en el blanco.

Tras el disparo, en el campamento reinó el silencio durante unos segundos, al cabo de los cuales árabes y manyuemas salieron atropelladamente de las chozas como enjambres de avispas irritadas. Claro que, en realidad, se sentían más asustadas que coléricas. Las tensiones de la jornada les habían llevado al borde del abismo del pánico y aquella detonación única, en plena noche, desató en sus aterrados cerebros los más horripilantes pavores.

Al descubrir la desaparición del centinela, su espanto se desbordó y, como si creyesen que para estimular su valor había que intentar algo de tipo bélico, empezaron a disparar a tontas y a locas hacia las puertas del poblado, aunque por allí no aparecía visible enemigo alguno. Tarzán aprovechó el ensordecedor estrépito de aquellas repetidas descargas para hacer fuego a su vez sobre la turba que tenía a sus pies.

Nadie distinguió su disparo de entre los que se hacían en la calle, pero algunos manyuemas sí vieron desplomarse repentinamente a un camarada que tenían cerca. Al agacharse para ver qué le ocurría, comprobaron que estaba muerto. El pánico cobró dimensiones impresionantes y fue preciso todo el brutal autoritarismo de los árabes para impedir que los manyuemas salieran de estampida y se precipitaran desordenadamente en la jungla... en cualquier sitio con tal de huir de aquella aldea infernal.

Pasado cierto tiempo empezaron a calmarse y, como no se produjeron más muertes misteriosas, fueron recobrando el ánimo poco a poco. Pero no fue más que una breve tregua, porque cuando ya empezaban a creer que no volverían a mortificarles más, Tarzán emitió un alarido sobrenatural y cuando los invasores del poblado dirigían la mirada hacia el punto de donde procedía el gemebundo grito, el hombre-mono, que columpiaba suavemente el cadáver del centinela muerto, dejó caer de súbito el cuerpo sobre las cabezas de los manyuemas.

Entre alaridos de alarma la patulea se disgregó en todas direcciones impulsados todos por una sola idea: escapar como fuese de aquella terrible criatura que parecía haber saltado sobre ellos. En la desquiciada imaginación de cada uno de los manyuemas, el cuerpo del centinela, que yacía en el suelo con los brazos y las piernas extendidas en toda su longitud, asumía el aspecto de un enorme animal de presa. Dominados por el ansia fugitiva, muchos de los negros se lanzaron a escalar la empalizada, mientras otros quitaban los barrotes de las puertas y corrían como locos a través del claro hacia la jungla.

Transcurrió un buen rato antes de que nadie regresara hacia el origen de su sobresalto, pero Tarzán sabía que iban a acabar por volver y que cuando descubrieran que aquello no era más que el cadáver del centinela sin duda iban a sentirse más aterrados que antes. Con todo, el hombre-mono tenía una idea bastante clara de lo que harían, de modo que se alejó silenciosamente hacia el sur, desplazándose de regreso al campamento de los waziri por las alturas superiores de los árboles, sobre las que la luna derramaba a raudales su luz plateada.

Uno de los árabes volvió la cabeza de repente y su mirada tropezó con lo que había saltado del árbol sobre ellos y que ahora yacía, mudo e inmóvil, en mitad de la calle del poblado. Se acercó cautelosamente hasta que vio que sólo se trataba de un hombre. Segundos después se encontraba junto a aquella figura, a la que identificó al instante como el cadáver del manyuema que montaba guardia a la puerta de la aldea.

Llamó a sus compañeros, que rápidamente se agruparon en torno suyo y, tras unos momentos de excitado debate, hicieron precisamente lo que Tarzán había supuesto que iban a hacer. Se echaron el rifle a la cara y dispararon descarga tras descarga sobre el árbol del que el hombre-mono había arrojado el cuerpo... De haberse quedado allí, un centenar de proyectiles habría convertido en un colador el cuerpo de Tarzán.

Cuando árabes y manyuemas comprobaron que las únicas señales de violencia que presentaba el cadáver de su compañero eran las huellas de unos dedos en la hinchada garganta, volvieron a hundirse en la más profunda y desesperada aprensión.

Darse cuenta de que ni siquiera dentro de la empalizada estaban seguros durante la noche constituyó un impacto terrible para ellos. Que un enemigo pudiese entrar hasta el corazón de su campamento y matar a su centinela sólo con las manos parecía algo que rebasaba los límites de la razón, por lo que los supersticiosos manyuemas empezaron a echar la culpa de su mala suerte a causas sobrenaturales; ni siquiera los árabes fueron capaces de brindar una explicación más convincente.

Con por lo menos cincuenta hombres huyendo a la desbandada por el interior de la tenebrosa selva y sin la más remota idea acerca del momento en que aquellos misteriosos enemigos podían reanudar la matanza a sangre fría que iniciaron, aquel grupo de asesinos sanguinarios aguardó la llegada del nuevo día sin pegar ojo y sumido en la desesperación. Sólo cuando los árabes les prometieron que abandonarían la aldea con el alba consintieron los manyuemas que quedaban en permanecer en el poblado unos momentos más. Ni siquiera el miedo que les inspiraban sus crueles amos fue suficiente para sobreponerse a aquel nuevo terror.

Y así fue como, cuando Tarzán y sus guerreros se dispusieron a la mañana siguiente a lanzar su ataque, se encontraron con que los invasores se preparaban para abandonar la aldea. Los manyuemas ya habían cargado el marfil producto de su robo. Al verlos, Tarzán esbozó una sonrisa, sabedor de que no lo transportarían muy lejos. Entonces vio algo que le llenó de zozobra: cierto número de manyuemas prendían antorchas en la declinante fogata del campamento. Se aprestaban a incendiar el poblado.

Tarzán estaba encaramado en la alta enramada de un árbol, a un centenar de metros de la empalizada. Hizo bocina con las manos para vocear en lengua árabe:

-¡Como prendáis fuego a las chozas, os mataremos a todos! ¡Como prendáis fuego a las chozas, os mataremos a todos!

Lo repitó una docena de veces. Los manyuemas titubearon; luego, uno de ellos arrojó su antorcha a la hoguera. Los demás estaban a punto de imitar su ejemplo cuando un árabe armado de una estaca se colocó entre ellos de un salto y, a palo limpio, los hizo dirigirse hacia las chozas. Tarzán fue testigo de cómo les ordenaba incendiar las pequeñas viviendas de techo de paja. Se puso en pie sobre la oscilante rama, se echó a la cara uno de los rifles de los árabes, afinó la puntería y apretó el gatillo. Se produjo la detonación y, simultáneamente, el árabe que azuzaba a los manyuemas cayó redondo, sin vida. Los manyuemas soltaron las antorchas y huyeron desalándose de la aldea. Lo último que de ellos vio Tarzán fue que huían a todo correr hacia la selva, mientras sus antiguos amos, rodilla en tierra, disparaban los rifles contra ellos.

Sin embargo, con toda la cólera que les producía la rebelión de sus esclavos, los árabes llegaron al menos al convencimiento de que, por mucha satisfacción que les produjera contemplar envuelta en llamas aquella aldea que tan mala acogida les había dispensado en dos ocasiones, lo mejor que podían hacer era renunciar a tal placer y marcharse. En su fuero interno, no obstante, juraron volver con fuerzas armadas suficientes para arrasar aquella zona en un radio de varios kilómetros, convirtiéndolos en tierra quemada y desprovista del menor vestigio de vida humana.

Habían buscado en vano al propietario de aquella voz que metió el miedo en el cuerpo y puso en fuga a los hombres que tenían la misión de prender fuego a las chozas, pero ni los que tenían la vista más aguda pudieron localizarlo. A raíz del disparo que acabó con el árabe vieron una nubecilla de humo flotar en la enramada, pero aunque se hizo una descarga cerrada sobre el follaje, nada indicó que alguno de los proyectiles hubiera resultado efectivo.

Tarzán era demasiado inteligente para dejarse coger en semejante trampa y antes de que los ecos de la detonación se hubieran desvanecido en el aire ya se había trasladado a toda velocidad el hombre mono a otro árbol y se encontraba a cien metros de distancia. Encontró allí una atalaya conveniente desde la que le era posible espiar los preparativos de los incursores. Se le ocurrió que podía divertirse a lo grande a costa de ellos, de modo que volvió a ponerse las manos a ambos lados de la boca, a guisa de bocina, y gritó:

-¡Dejad el marfil! ¡Dejad el marfil! ¡El marfil no les sirve de nada a los muertos!

Algún que otro manyuema se dispuso a abandonar su carga, pero aquello era demasiado para los codiciosos árabes. Empezaron a proferir gritos y maldiciones, encañonaron a los porteadores y amenazaron con una muerte instantánea a todo aquel que tuviese la desdichada idea de soltar su carga. Pasaban por renunciar al incendio del poblado, pero de ninguna manera les cabía en la cabeza la idea de abandonar aquella inmensa fortuna en marfil... Antes la muerte.

Partieron, pues, de la aldea de los waziri. A hombros de los esclavos se llevaban un cargamento de marfil cuyo valor hubiera podido servir para pagar el rescate de veinte reyes. Marcharon hacia el norte, rumbo al selvático asentamiento que habían establecido en una región salvaje e ignota del interior del Congo, en lo más profundo del Gran Bosque. Por ambos flancos vigilaba a la caravana un enemigo tan invisible como despiadado.

Dirigidos por Tarzán, los guerreros negros de Wazir se apostaban a ambos lados del sendero, en la espesura de la maleza. Se situaban a intervalos bastante distanciados entre sí y, una vez pasaba la columna, una flecha o un venablo, certeramente dirigido, atravesaba a un manyuema o a un árabe. A continuación, el waziri se fundía en la floresta, se adelantaba a la carrera y ocupaba un nuevo puesto, cerca de donde debía pasar la caravana. No descargaban su golpe a menos que tuviesen la absoluta seguridad de que el éxito era cierto y el riesgo de que lo detectasen absolutamente nulo. Las flechas y los venablos que cumplían tal misión eran pocos y espaciados, pero tan tenaces e inevitables que los cargados porteadores de la columna se encontraban en un estado de pánico perenne. Pánico que alimentaba siempre el traspasado cuerpo del compañero que acababa de caer. Pánico que fomentaba la incertidumbre de ignorar quién sería el siguiente y cuándo caería.

En una docena de ocasiones, los árabes tuvieron enormes dificultades para evitar que sus hombres arrojasen la carga y huyeran por el sendero como conejos asustados, corriendo hacia el norte. Así transcurrió la jornada: una espantosa pesadilla para los saqueadores; un día fatigoso pero bien recompensado para los waziris. Al llegar la noche, los árabes montaron una tosca boma en un pequeño claro, junto a un río, y se dispusieron a acampar.

De vez en cuando, en el curso de la noche, un rifle sonaba por encima de sus cabezas y uno de los doce centinelas que habían apostado se venía al suelo. Tal situación era insoportable para los invasores. Éstos, naturalmente, se daban cuenta de que mediante aquella táctica iban a acabar borrados del mapa, sin haber ocasionado siquiera una sola baja al enemigo. A pesar de ello, con la recalcitrante avaricia propia del hombre blanco, los árabes siguieron aferrados a su botín y cuando amaneció, obligaron a los desmoralizados manyuemas a echarse al hombro la carga de muerte y adentrarse a trompicones por la selva.

La diezmada columna mantuvo su espantosa marcha durante tres días. No pasaba hora en que una flecha fatal o un venablo implacable dejara de cobrar su tributo de muerte. Las noches eran pavorosas a causa del ladrido de aquel rifle invisible que hacía que el turno de guardia equivaliese para el centinela a una sentencia de muerte.

En el curso de la mañana del cuarto día los árabes se vieron obligados a abatir a tiros a dos de sus esclavos negros para dar un escarmiento que persuadiera a los demás de que debían coger su carga de odiado marfil. Acababan de hacerlo cuando llegó de la fronda de la selva una voz potente y clara:

-¡Hoy vais a morir, oh, manyuemas, a menos que os despidáis del marfil! ¡Abalanzaos sobre vuestros crueles amos y matadlos! Tenéis armas de fuego, ¿por qué no las empleáis? Matad a los árabes y no os haremos ningún daño. Os llevaremos a nuestra aldea, os daremos de comer y os conduciremos fuera de nues- tras tierras sanos, salvos y en paz. Dejad el marfil y caed sobre vuestros amos... Os ayudaremos. Si no obedecéis, ¡moriréis!

Cuando la voz dejó de oírse, los saqueadores se quedaron petrificados. Los árabes contemplaron a sus esclavos manyuemas; los esclavos se miraron entre sí... sólo esperaban a que uno u otro de sus compañeros tomase la iniciativa. Quedaban vivos unos treinta árabes y como ciento cincuenta negros. Todos iban armados, incluso los que desempeñaban la función de porteadores llevaban un rifle colgado del hombro.

Los árabes formaron una piña. El jeque ordenó a los manyuemas que se pusieran en marcha y, mientras hablaba, amartilló el rifle y se lo echó a la cara. Pero en aquel mismo instante, uno de los negros arrojó al suelo la carga, levantó el rifle y disparó a quemarropa sobre el grupo de árabes. En décimas de segundo el campamento se convirtió en una masa de seres infernales que maldecían, ululaban y combatían unos contra otros con rifles, cuchillos y pistolas. Los árabes se mantenían en grupo compacto y defendían valientemente sus vidas, pero el diluvio de plomo que descargaban sobre ellos sus propios esclavos y la lluvia de flechas y venablos que les llegaba de la jungla, dirigida a ellos en exclusiva, dejó pocas dudas, desde el principio, acerca de cuál iba a ser el desenlace. Diez minutos después de que el primer porteador arrojase su carga, caía muerto el último árabe.

Cuando cesó el tiroteo, Tarzán volvió a dirigir la palabra a los manyuemas.

-Coged nuestro marfil y regresad con él a nuestra aldea, de donde lo habéis robado. No vamos a haceros ningún daño.

Los manyuemas vacilaron un momento. Al parecer les faltaban estómago y energías para repetir en sentido inverso su ardua caminata de tres jornadas. Hablaron entre sí a base de susurros. Uno de ellos se volvió hacia la selva y preguntó a la voz que les había hablado desde la densa fronda:

-¿Qué garantías tenemos de que cuando estemos en vuestra aldea no nos vais a matar a todos?

-No tenéis garantía alguna -respondió Tarzán-, aparte de la que os hemos prometido que no os haremos el menor daño si nos devolvéis nuestro marfil. Lo que sí os consta es que está en nuestras manos mataros a todos si no dais ahora media vuelta, tal como os indicamos, ¿y no es más probable que lo hagamos si nos irritáis desobedeciendo nuestras órdenes?

-¿Quién eres tú, que hablas la lengua de nuestros amos árabes? -gritó el portavoz de los manyuemas-. Deja que te veamos y luego te daremos nuestra contestación.

Tarzán salió de la espesura de la jungla y apareció a una docena de pasos de los manyuemas.

-¡Aquí me tenéis!

Cuando vieron que era blanco, el terror volvió a hacer presa en ellos, porque era la primera vez que veían un salvaje blanco y al observar sus enormes músculos y su figura gigantesca la maravilla y la admiración los invadió.

-Podéis confiar en mí -les tranquilizó Tarzán-. Mientras hagáis lo que os diga y no causéis daño alguno a los míos, no me meteré con vosotros para nada. ¿Vais a recoger nuestro marfil y a volver con él pacíficamente a nuestra aldea o preferís que continuemos acosándoos en vuestro camino hacia el norte, tal como hemos hecho durante los tres últimos días?

El recuerdo de aquellas tres espantosas jornadas que acababan de vivir fue lo que finalmente decidió a los manyuemas, y así, tras una breve conferencia volvieron a cargarse el marfil y empezaron a desandar lo andado, rumbo a la aldea de los waziris.

Al concluir el tercer día franquearon la puerta del poblado, donde recibieron una calurosa bienvenida por parte de los supervivientes de la reciente carnicería, a los que Tarzán había enviado un mensajero al campamento provisional del sur, el día en que los saqueadores se marcharon, para informarles de que podían regresar a la aldea.

Tarzán tuvo que recurrir a toda su maestría y a todo su poder de persuasión para evitar que los waziris cayeran con uñas y dientes sobre los manyuemas y los despedazaran en el acto, pero cuando explicó que había empeñado su palabra, asegurándoles que no se meterían con ellos si devolvían el marfil al lugar del que lo robaron, y cuando hizo hincapié en la circunstancia de que los waziris le debían a él aquella victoria en toda la línea, los waziris accedieron a sus demandas y permitieron que los antropófagos descansaran en paz dentro del recinto de la empalizada.

Aquella noche, los guerreros convocaron una sesión plenaria para celebrar sus victorias y elegir un nuevo jefe. Desde la muerte del anciano Waziri, Tarzán había venido capitaneando a los guerreros en las batallas y se le había concedido tácitamente el mando provisional de las huestes. No habían dispuesto de tiempo para nombrar un nuevo jefe entre los guerreros de la tribu y, en realidad, el caudillaje del hombre mono había sido tan notablemente triunfal que tampoco tuvieron el menor deseo de delegar la autoridad suprema en otra persona por temor a perder lo que tenían ganado. Habían sufrido las desastrosas consecuencias de actuar en contra de las indicaciones de aquel salvaje blanco, como ocurrió en el caso de Waziri, que ordenó un ataque desaconsejado por Tarzán y murió en el curso del mismo, y al recordarlo no se les hizo cuesta arriba aceptar que Tarzán tomase el mando definitivamente.

Los guerreros de mayor importancia se sentaron en círculo alrededor de una pequeña fogata para debatir los méritos objetivos de cualquier candidato que se propusiera como sucesor del anciano Waziri. Busuli fue el primero en hacer uso de la palabra.

-Puesto que Waziri ha muerto sin dejar ningún hijo, entre nosotros sólo hay uno que sabemos posee la experiencia adecuada para ser un gran rey. Sólo hay uno que ha demostrado que puede acaudillarnos con éxito frente a las armas de fuego del hombre blanco y llevarnos a una victoria fácil sin sufrir por nuestra parte la pérdida de una sola vida. Sólo hay uno: el hombre blanco que nos ha dirigido durante los últimos días.

Busuli se puso en pie y, enarbolado el venablo y doblado el cuerpo, inició lentamente una danza alrededor de Tarzán, al tiempo que entonaba, al ritmo de los pasos:

-Waziri, rey de los waziris. Waziri, exterminador de árabes. Waziri, rey de los waziris...

Uno tras otro los demás guerreros manifestaron su aquiescencia a la designación de Tarzán como rey de los waziris incorporándose a la solemne danza. Las mujeres acudieron al borde del círculo, donde se pusieron en cuclillas y empezaron a golpear el tam tam y a batir palmas al compás de los danzarines, al tiempo que hacían coro a la cantinela de los guerre- ros. En el centro del corro estaba sentado Tarzán de los Monos... Waziri, rey de los waziris, puesto que, al igual que su antecesor en el trono, tomaría como propio el nombre de su tribu.

El ritmo de los bailarines fue adquiriendo cada vez mayor rapidez, mientras el volumen de sus gritos salvajes aumentaba también paulatinamente. Las mujeres se levantaban y bajaban al unísono y no tardaron en estar gritando a voz en cuello. Se blandieron los venablos con feroz energía y cuando los bailarines se encorvaban para batir con sus escudos la pisoteada tierra de la calle de la aldea, la escena era tan terriblemente primitiva y salvaje como si se estuviera desarrollando en los albores de la humanidad, infinitos siglos atrás.

Cuando la excitación creció, el hombre mono se puso en pie de un salto y se integró en la selvática ceremonia. En el centro de aquel círculo de cabrilleantes cuerpos de piel negra, saltaba, rugía y enarbolaba su lanza con el mismo entusiasmo general que hechizaba a sus compañeros salvajes. Quedaba en el pozo del olvido su último resto de civilización... Era un hombre primitivo en toda la extensión y profundidad del término, que disfrutaba, eufórico y entusiasta, de la libertad de la vida salvaje que tanto amaba y de su recién estrenada condición de rey entre aquellos negros montaraces.

¡Ah, si Olga de Coude le hubiese echado una ojeada en aquel momento...! ¿Habría reconocido en él al joven tranquilo y elegante, cuyo bien parecido rostro y sus modales irreprochables la habían cautivado apenas unos meses antes? ¡Y Jane Porter! ¿Seguiría enamorada de aquel jefe guerrero, que bailaba desnudo entre sus desnudos y salvajes súbditos? ¡Y D'Arnot! ¿Podría creer D'Arnot que aquél era el mismo hombre al que había introducido en media docena de los más selectos círculos de París? ¿Qué dirían sus compañeros pares de la Cámara de los Lores si uno de ellos señalase con el índice a aquel bailarín gigantesco, con su tocado bárbaro y sus adornos metálicos, y dijese: «Ahí lo tienen, señores míos, es John Clayton, lord Greystoke»?

Y así entró Tarzán de los Monos en la auténtica realeza... Despacio, pero indefectiblemente, seguía la evolución de sus ancestros, porque, como ellos, ¿no había partido de cero, de lo más bajo?