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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 18. La lotería de la muerte
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Por la mañana, tras la noche del naufragio del Lady Alice, Jane Porter fue la primera de los ocupantes del bote salvavidas que se despertó. Los demás miembros del grupo dormían sobre las bancadas o hacinados en forzadas posturas sobre el fondo de la barca.

Cuando la muchacha se percató de que las otras embarcaciones se habían perdido de vista, la alarma cundió en su ánimo. La sensación de profunda soledad y absoluto desamparo que producía en ella la desierta inmensidad del océano le resultó tan deprimente que, desde el primer momento, vio el futuro negro, sin el más leve rayo de esperanza. Tuvo la certeza de que estaban perdidos..., perdidos y sin la más remota posibilidad de que los rescataran.

Clayton se despertó poco después. Tuvieron que transcurrir varios minutos para que sus sentidos cobrasen conciencia de la situación o para que recordase el desastre de la noche pasada. Por último, sus desconcertados ojos tropezaron con su prometida.

-¡Jane! -exclamó-. ¡Gracias a Dios que estamos juntos!

-¡Mira! -dijo la muchacha, sombría, a la vez que, con gesto apático, indicaba el horizonte-. Estamos solos.

Clayton exploró el mar en todas direcciones.

-¿Dónde estarán los demás? -preguntó-. No pueden haberse hundido, porque no hay mala mar, y estaban a flote después de que el yate se sumergiera... Los vi a todos en las barcas.

Despertó a los otros náufragos y les explicó la situación.

-A mí me parece que es mejor que los botes se hayan diseminado, señor -opinó uno de los marineros-. Todos llevan provisiones, de forma que en ese aspecto no necesitan ayuda de los demás y, si estallase una tormenta, tampoco serviría de nada estar juntos. Pero si las barcas están esparcidas por el océano hay más probabilidades de que algún barco que pase vea y recoja a una, en cuyo caso se iniciaría de inmediato la búsqueda de las demás. Si todos los botes estuvieran juntos sólo contaríamos con una probabilidad de rescate; en cambio, ahora puede que tengamos cuatro.

Comprendieron la sensatez de tal filosofía y las palabras del marinero les inyectaron cierta dosis de ánimo, pero su contento duró poco, porque cuando decidieron ponerse a remar con energía y dirigirse hacia el este, hacia el continente, tropezaron con la desagradable sorpresa de que los marineros encargados de mover los remos se habían quedado dormidos durante la noche y los dos únicos remos de que disponían se cayeron al mar. Ninguno de esos remos se encontraba ahora a la vista.

Durante los airados insultos y reproches que siguieron al desdichado descubrimiento, los marineros estuvieron en un tris de llegar a las manos, pero Clayton consiguió calmar su agresividad. Un momento después, sin embargo, monsieur Thuran a punto estuvo de provocar otra trifulca al dejar caer un insultante comentario acerca de la estupidez de los ingleses en general y de los marineros ingleses en particular.

-Venga, venga, compañeros -terció uno de los hombres, Thompkins, que no había participado en la pendencia-, poniéndonos verdes unos a otros no llegaremos a ninguna parte. Como ha dicho Spider hace un momento, es condenadamente posible que alguien nos pesque, así que, ¿qué ganamos con tirarnos los trastos a la cabeza? Vale más que le echemos algo al buche, propongo.

-No es mala idea -aceptó Thuran, para dirigirse acto seguido al tercer marinero, Wilson-: Páseme una de esas latas de popa, buen hombre.

-Cójala usted -replicó el «buen hombre», hosco-. No acepto órdenes de ningún... extraño... Y además, que yo sepa, usted no es el capitán de esta nave.

Al final, el propio Clayton fue quien tuvo que acercarse a coger la lata. De ello surgió otra exaltada tremolina al acusar uno de los marineros a Clayton y monsieur Thuran de conspiración para controlar las provisiones y arramblar así con la parte del león.

-Alguien debería asumir el mando de esta embarcación -sugirió Jane Porter, profundamente disgustada por la aciaga reyerta con que había empezado una obligada convivencia que tal vez se prolongara muchos días-. Ya es bastante horrible encontrarse solos en una frágil barca en medio del Atlántico, para que encima añadamos el peligro y la desdicha de unas peleas y discusiones continuas entre los miembros del grupo. Ustedes, los hombres, tendrían que elegir un jefe y comprometerse a acatar luego sus decisiones en todos los asuntos. La necesidad de ceñirse a una estricta disciplina es aquí más imperiosa que en un buque donde todo está bien organizado.

Antes de expresar su criterio, la muchacha había confiado en que no sería preciso entrar en un deba- te para decidir quién sería el jefe en cuestión, porque creía que Clayton estaba perfectamente capacitado para hacer frente a cualquier emergencia. Tenía que reconocer sin embargo que, al menos hasta entonces, Clayton no había demostrado ser más capaz que cualquiera de los otros de saber manejar la situación, aunque, por lo menos, se había abstenido de echar más leña al fuego de las desagradables disensiones, e incluso había tratado de calmar los ánimos cediendo una lata a los marineros, cuando éstos se manifestaron contrarios a que él la abriese.

Las palabras de la muchacha tranquilizaron momentáneamente a los hombres y, al final, se decidió que los dos barriles de agua y las cuatro latas de víveres se distribuyeran en dos partes. Una de esas partes sería para los tres marineros, que, en proa, podían hacer con ellas lo que quisieran. La otra parte quedaría en popa, destinada a los tres pasajeros.

De modo que los ocupantes del bote se dividieron en dos grupos, y en cuanto se hizo el reparto, cada uno de esos grupos se apresuró a abrir los recipientes para saborear la comida y el agua. Los marineros se adelantaron en la apertura de la primera lata de «alimentos». Sus tacos de rabia y decepción obligaron a Clayton a preguntar qué ocurría.

-¿Que qué ocurre? -estalló Spider-. ¿Que qué ocurre? Esto es peor que... ¡esto es la muerte! ¡Esta lata... está llena de petróleo!

Precipitadamente Clayton y Thuran abrieron una de las suyas, para constatar la espantosa verdad: no contenía comida, sino petróleo. Se abrieron una tras otra las cuatro latas que había a bordo. Y cuando se comprobó lo que tenían todas, un coro de gritos de rabia anunciaron la terrible realidad: en el bote no había un gramo de comida.

-¡Bueno, menos mal que no son los recipientes del agua! -trató de ver Thompkins el lado positivo-. Es más fácil resistir sin comida que sin agua. Si las cosas se ponen feas, podemos comernos los zapatos, pero bebérnoslos es imposible.

Mientras Thompkins hablaba, Wilson perforó uno de los barriles de agua. Spider aplicó un vaso de aluminio al orificio para tomar un trago del precioso liquido. Por el pequeño agujero salió un chorro de secas y negruzcas partículas, que fueron a depositarse en el fondo del cubilete. Wilson dejó caer el barril y, muda de horror la expresión, se quedó sentado con la vista clavada en los polvos del fondo del vaso de aluminio.

-Los barriles están llenos de pólvora -se dirigió Spider en voz baja a los que iban en popa.

Lo que quedó confirmado al abrirse el último barril.

-¡Petróleo y pólvora! -gritó monsieur Thuran-. Sapristi! ¡Estupenda dieta para unos náufragos!

Cuando llegó al fondo de sus mentes el pleno conocimiento de que a bordo no había agua ni comida, los tormentos del hambre y la sed recrudecieron inmediatamente sus punzadas, por lo que ya desde el primer día de su trágica aventura se encontraron con que se les venían encima todos los horrores del naufragio.

Y con el paso de los días, las condiciones fueron acentuando su gravedad terrorífica. Los dolientes ojos escrutaban el horizonte día y noche, hasta que el cansancio debilitaba a los exploradores y acababa dejándolos Iuoral y fisicamente hundidos en el suelo del bote, donde trataban de encontrar en el sueño unos instantes de alivio que los alejase de las penalidades de la realidad.

Aguijoneados por los despiadados suplicios del hambre, los marineros habían hincado el diente a sus cinturones de cuero, los zapatos y las cintas de sus gorras, aunque Clayton y monsieur Thuran se esforzaron en convencerlos de que lo único que conseguirían iba a ser aumentar sus sufrimientos.

Extenuados y sin esperanza, los integrantes de la partida yacían bajo el implacable sol tropical, hinchada la lengua y resquebrajados los labios, a la espera de una muerte que ya empezaban a anhelar. El intenso padecimiento de las primeras jornadas se había reducido un tanto en el caso de los tres pasajeros que no comieron nada, pero era un martirio agónico para los tres marineros, los jugos gástricos de cuyos depauperados estómagos se las tenían y se las deseaban para entendérselas con los trozos de cuero con que los llenaron. Thompkins fue el primero en sucumbir. A la semana justa del hundimiento del Lady Alice, el marinero falleció entre horripilantes convulsiones.

Sus facciones contraídas en monstruoso rictus, parecían dirigir una sonrisa, que en realidad era una mueca, a los que se encontraban en la popa del bote, hasta que Jane Porter no pudo seguir soportándolo.

-¿No puedes arrojar por la borda ese cadáver, William? -preguntó.

Clayton se levantó y, dando tumbos, se llegó al cuerpo de Thompkins. Los dos marineros restantes le miraron con una expresión extraña y tétrica en sus hundidas pupilas. El inglés trató inútilmente de levantar el cadáver para tirarlo al agua por la borda, pero no le quedaban fuerzas para aquella tarea.

-Por favor, écheme una mano -pidió a Wilson, que era el que tenía más cerca.

-¿Para qué quiere arrojarlo por la borda? -gruñó el marinero, quejumbroso.

-Hay que hacerlo antes de que nos sintamos demasiado débiles y nos sea imposible -explicó Clayton-. Si se pasa todo el día expuesto a este sol de justicia, mañana estará hecho un verdadero asco.

-Será mejor que lo deje ahí -rezongó Wilson-. Tal vez lo necesitemos antes de mañana.

El significado de las palabras del marinero fue filtrándose despacio en las entendederas de Clayton. Por último, comprendió el motivo por el cual el marinero se oponía a que se desembarazasen del cadáver.

-¡Santo Dios! -murmuró el inglés con voz horrorizada-. No pretenderá...

-¿Por qué no? -gruñó Wilson-. ¿No tenemos que vivir? Él está muerto. Agitó el pulgar en dirección al cadáver-. ¿Qué puede importarle?

-Acérquese, Thuran -dijo Clayton, y se volvió hacia el ruso-. Tendremos a bordo algo peor que la muerte si no quitamos de en medio este cuerpo antes de que oscurezca.

Wilson se incorporó, vacilante, dispuesto a impedir lo que Clayton se proponía hacer, pero cuando vio que su compañero, Spider, tomaba partido por el inglés y monsieur Thuran, desistió y volvió a sentarse. No obstante, su mirada famélica no se apartó del cadáver hasta que los tres hombres, combinando sus esfuerzos, lograron arrojarlo al agua.

El resto del día se lo pasó Wilson fulminando a Clayton con la mirada. En los ojos del marinero relucía el fulgor de la locura. Al atardecer, mientras el sol se hundía en el mar, empezó a reír entre dientes y a murmurar para sí, pero sus ojos no se apartaban de Clayton.

Después de que las negruras de la noche se espesaran, Clayton continuaba sintiendo sobre él aquella mirada. No se atrevía a quedarse dormido y, sin embargo, estaba tan agotado que mantenerse despierto le costaba un esfuerzo ímprobo y constante. Al cabo de lo que parecía una eternidad de sufrimiento, su cabeza cayó sobre una bancada y el sueño se apoderó de él. No sabía cuánto tiempo permaneció inconsciente... Le despertó un roce que sonaba muy cerca de él. Había salido la luna y, al abrir los asustados ojos, Clayton vio a Wilson que se le acercaba arrastrándose sigilosamente, abierta la boca y colgando de ella la hinchada lengua.

El leve rumor también había despertado a Jane Porter quien, al ver aquel espantoso cuadro, lanzó un agudo chillido de alarma. En ese mismo instante, el marinero se abalanzó con un último impulso sobre Clayton. Como una fiera salvaje, Wilson buscó con los dientes la garganta de su presa, pero, a pesar de lo débil que estaba, Clayton encontró dentro de sí fuerzas suficientes para mantener a distancia las fauces de aquel lunático.

El grito de Jane Porter despertó a monsieur Thuran y a Spider. Al ver el motivo de la alarma de la muchacha, ambos hombres acudieron arrastrándose en auxilio de Clayton y entre los tres lograron dominar al marinero y arrojarlo al fondo de la barca. Durante unos minutos, Wilson permaneció allí, parloteando y riendo, y luego, al tiempo que emitía un grito que helaba la sangre, y antes de que sus compañeros pudiesen impedirlo, se puso en pie tambaleante y se arrojó al mar.

La reacción posterior a aquel escalofriante acceso de excitación dejó a los debilitados supervivientes temblorosos y postrados. Spider se vino abajo y rompió a llorar; Jane Porter rezó; Clayton maldijo en voz baja, para sí; monsieur Thuran continuó sentado, con la cabeza entre las manos, meditativo. A la mañana siguiente expuso el resultado de sus cavilaciones a través de una propuesta que planteó a Spider y Clayton.

-Caballeros —lijo Thuran-, ya ven la suerte que nos espera a todos nosotros, a menos que nos recojan en el plazo de un par de días como máximo. Que nuestras esperanzas de que eso ocurra son escasas lo evidencia el hecho de que en el curso de todos estos días que hemos estado a la deriva no hemos avistado una sola vela ni la más ínfima nubecilla de humo en el horizonte.

»Podríamos tener alguna probabilidad si contásemos con alimentos, pero sin víveres no existe ninguna esperanza. No nos quedan, pues, más que dos alternativas, y hemos de elegir una de ellas en seguida. O morimos todos en cuestión de unos pocos días, o uno de nosotros se sacrifica para que los otros puedan sobrevivir. ¿Han captado la idea?

Jane Porter oyó aquello y se quedó horrorizada. Si tal propuesta la hubiera hecho un pobre e ignorante marinero, posiblemente a ella no le habría sorprendido. Pero apenas podía creerla cuando el que la exponía era un hombre que pasaba por culto y refinado, por un caballero.

-Entonces, es mejor que muramos todos -dijo Clayton.

-Ha de decidir la mayoría -replicó monsieur Thuran-. Como sólo uno de nosotros será el sacrifi- cado, habrá que decidirlo entre nosotros. La señorita Porter no entra en esto, así que no corre peligro.

-¿Cómo se determinará quién ha de ser el primero? -preguntó Spider.

-Lo señalará la suerte -contestó Thuran-. Llevo en el bolsillo unas cuantas monedas de un franco. Podemos elegir una fecha de acuñación precisa... El que saque de debajo de un trozo de tela la moneda con esa fecha, será el primero.

-No quiero tener nada que ver con ese juego diabólico -murmuró Clayton-. Aún cabe la posibilidad de que avistemos tierra o que aparezca un barco... a tiempo.

-Usted hará lo que decida la mayoría, o será «el primero» sin el formalismo de jugar a esta lotería -amenazó monsieur Thuran-. Venga, empecemos por votar el plan. Mi voto es favorable. ¿Qué dice usted, Spider?

-Yo también digo que sí -respondió el marinero.

-Es la voluntad de la mayoría -anunció monsieur Thuran-. Ahora es cuestión de sacar las monedas sin más pérdida de tiempo. Es un juego tan limpio para uno como para otro. Para que tres puedan seguir viviendo, uno de nosotros ha de morir... Su muerte sólo se le adelantará unas horas, porque de todas maneras estaría sentenciado como todos.

Inició los preparativos de aquella lotería de la muerte, mientras Jane Porter permanecía sentada, lleno de horror el ánimo y con los ojos desorbitados ante la idea de aquel macabro espectáculo que iba a presenciar. Thuran extendió su chaqueta sobre el suelo del bote, sacó un puñado de monedas y seleccionó seis piezas de un franco. Los otros dos hombres se inclinaron para inspeccionar las monedas. Por último, Thuran se las tendió a Clayton.

-Obsérvelas con atención -dijo-. La más antigua es de 1875, y sólo hay una de esa fecha.

Clayton y el marinero examinaron una por una todas las monedas. A sus ojos no existía la más pequeña diferencia entre ellas, aparte las fechas de acuñación. Se dieron por satisfechos. De haber conocido la práctica que como tahúr tenía monsieur Thuran, que había desarrollado su sentido del tacto hasta el punto de que con apenas rozar la superficie de un par de naipes era capaz de distinguir uno de otro, de saber eso el juego no les habría parecido tan limpio. La moneda de 1875 era un pelo más delgada que las demás, pero ni Clayton ni Spider hubieran detectado esa diferencia sin la ayuda de un micrómetro.

-¿En qué orden sacamos? -preguntó Thuran, al que la experiencia le había enseñado que la mayor parte de los hombres prefieren hacerlo en último lugar cuando se trata de una lotería en la que sólo hay un premio y éste es desagradable: siempre existe la posibilidad y la esperanza de que ese premio lo sacará antes otro jugador. Por razones particulares, monsieur Thuran prefería ser el primero en probar suerte, por si se daba el caso de que hubiese que repetir la aventura y sacar por segunda vez una moneda de debajo de la chaqueta.

De modo que cuando Spider eligió ser el último, Thuran se brindó graciosamente a ser el primero. Su mano permaneció bajo la chaqueta apenas un segundo, lo que no impidió a sus dedos rápidos y diestros palpar cada una de las monedas y desechar la pieza fatídica. Retiró la mano y mostró en ella un franco de 1888. Le tocó el turno a Clayton. Con el semblante tenso de horror, Jane Porter se inclinó hacia adelante cuando la mano del hombre con el que iba a casarse tanteó debajo de la chaqueta. Clayton la sacó en seguida, con una moneda en la palma. Tardó un instante en atreverse a mirarla, pero monsieur Thuran, que se acercó para comprobar la fecha, le aseguró que se había salvado.

Temblorosa y exhausta, Jane Porter se apoyó desmadejadamente en el costado del bote. Se sentía enferma y mareada. Si Spider no sacaba a continuación la moneda de 1875, habría que soportar otra vez aquel espantoso juego.

El marinero había introducido ya la mano debajo de la chaqueta. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Temblaba como si sufriera un ataque de fiebre. En voz alta, se maldijo a sí mismo por haber elegido el último lugar, puesto que ahora sus probabilidades de librarse eran de tres a uno, cuando las de monsieur Thuran fueron de cinco a uno y las de Clayton de cuatro a uno.

El ruso hizo gala de una gran paciencia y no metió ninguna prisa al hombre. Sabía que él, Thuran, estaba completamente a salvo, tanto si aquella vez salía la moneda de 1875 como si no. El marinero retiró la mano, bajó la vista sobre la pieza y se dejó caer, inerte, en el fondo de la barca. Clayton y Thuran, con toda su debilidad, se apresuraron a examinar la moneda, que se le había escapado a Spider de la mano y estaba caída a su lado. No llevaba la fecha de 1875. El miedo había hecho reaccionar al marinero exactamente igual que si hubiera sacado la pieza funesta.

Pero ahora había que repetir todo el proceso. De nuevo, el ruso extrajo una moneda liberadora. Jane Porter cerró los ojos cuando Clayton metió la mano bajo la chaqueta. Spider se inclinó hacia adelante, desorbitados los ojos, porque en aquella última jugada, la suerte de Clayton sería la desgracia de Spider. Y viceversa.

William Cecil Clayton, lord Greystoke, retiró luego la mano de debajo de la prenda de Thuran y, con la moneda oculta por el puño cerrado, miró a Jane Porter. No se atrevía a abrir la mano.

-¡Rápido! -apremió Spider-. ¡Por todos los diablos, veamos qué ha sacado!

Clayton levantó los dedos, con la palma de la mano hacia arriba. Spider fue el primero en ver la fecha. Nadie conocía sus intenciones cuando se irguió, se arrojó por la borda y desapareció para siempre en las verdes profundidades marinas: la moneda no llevaba la fecha de 1875.

La tensión dejó hasta tal punto agotados a todos los demás que permanecieron medio inconscientes durante el resto de la jornada. Y a lo largo de varios días no volvió a aludirse para nada a aquel asunto. Fueron unas horribles jornadas de creciente debilidad y desesperanza. Por último, monsieur Thuran se arrastró hasta donde yacía Clayton.

-Hemos de repetir el juego antes de que sea demasiado tarde y nos hayamos debilitado tanto que ni siquiera podamos comer -susurró.

Clayton se encontraba en tal estado de postración que ni siquiera dominaba su voluntad. Jane Porter llevaba tres días sin pronunciar palabra. El joven lord se daba cuenta de que la muchacha se estaba muriendo. No obstante lo espantosa que era esa idea, Clayton comprendía que el sacrificio de Thuran o de él posiblemente significara renovadas energías para Jane, por lo que accedió automáticamente a la propuesta del ruso.

La lotería se jugó siguiendo las mismas normas de la otra vez, pero el resultado no podía ser más que uno: Clayton sacó la moneda de 1875.

-¿Cuándo será? -le preguntó a Thuran.

El ruso se había sacado ya una navaja del bolsillo de los pantalones y trataba débilmente de abrirla. -Ahora -silabeó, y sus voraces ojos se recrearon glotones en el inglés.

-¿No puede esperar a que caiga la noche? -preguntó Clayton-. La señorita Porter no debe presenciarlo. Íbamos a casarnos, ya sabe.

Una expresión de desencanto decoró el rostro de monsieur Thuran.

-Muy bien -se avino, titubeante-. No falta mucho para la noche. Si he esperado tantos días... lo mismo puedo esperar unas hora más.

-Gracias, amigo mío -musitó Clayton-. Ahora me pondré junto a Jane y me quedaré con ella hasta que llegue el momento. Quiero pasar un par de horas a su lado antes de morir.

Jane Porter estaba inconsciente cuando Clayton llegó junto a ella... El inglés sabía que la muchacha agonizaba y se alegró de que no se viese obligada a contemplar la horrible tragedia que iba a representarse allí al cabo de unas horas. Tomó una mano de Jane y se la llevó a los tumefactos y cuarteados labios. Acarició durante largo tiempo aquella extremidad demacrada, más parecida ahora a una garra, que en otro tiempo había sido la bonita, fina y delicada mano de una preciosa joven de Baltimore.

Cerró la noche antes de que Clayton tuviera conciencia de ello, pero se lo recordó una voz que atravesó la oscuridad. Era la del ruso, que le convocaba para que se sometiera a su destino.

-Ya voy, monsieur Thuran -se apresuró a responder Clayton.

Por tres veces intentó incorporarse sobre las manos y las rodillas, para poder ir a gatas hacia la muerte, pero en las escasas horas que permaneció tendido allí la debilidad se había apoderado de él hasta tal extremo que le era imposible acudir al lado de Thuran.

-Tendrá que venir usted, monsieur -le indicó con un hilo de voz-. No me quedan fuerzas suficientes para ponerme a gatas.

-Sapristi! -murmuró Thuran-. Intenta escamotearme mi «premio».

Clayton oyó el ruido que ocasionaba al hombre al arrastrarse por la cubierta del bote. Al fmal, un gemido desesperado.

-No puedo arrastrarme -oyó lamentarse al ruso-. Es demasiado tarde, me has timado, sucio perro inglés.

-No le he timado, monsieur -replicó Clayton-. He hecho todo lo que he podido para levantarme, pero volveré a intentarlo, y entonces tendrá usted su «premio».

Clayton recurrió de nuevo a las casi nulas energías que le restaban y le pareció oír que Thuran hacía lo mismo. Al cabo de casi una hora, el inglés logró ponerse a gatas, pero al primer movimiento que intentó para avanzar, cayó de bruces.

Un momento después oyó una exclamación triunfal por parte de monsieur Thuran.

-Ahí voy -musitó el ruso.

Una vez más, Clayton trató de arrastrarse hacia su sentencia de muerte, pero de nuevo volvió a caer de bruces sobre el fondo de la barca, y ya no tuvo vigor para volver a levantarse. Su último esfuerzo sólo sir- vió para darse media vuelta y quedar tendido de espaldas, de cara a las estrellas, en tanto que por detrás, acercándosele lenta pero inexorablemente, oía los resuellos entrecortados del ruso y el rumor de sus trabajosos movimientos.

Clayton tuvo la sensación de que transcurrió así una hora, a la espera de que aquel individuo que se arrastraba se materializase en la oscuridad y pusiera fin a su sufrimiento. Ya estaba a punto de llegar a él, pero las pausas entre los tirones con que se impulsaba hacia adelante eran cada vez más largas, y los movimientos para avanzar le parecían al lord inglés poco menos que imperceptibles.

Por último se percató de que Thuran estaba casi a su lado. Oyó una risita ronca, algo le rozó la cara y perdió el conocimiento.