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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 19. La ciudad del oro
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La misma noche en que eligieron a Tarzán de los Monos jefe de los waziris, la mujer de la que estaba enamorado yacía moribunda en un pequeño bote a la deriva, a doscientas millas al oeste de la costa, en pleno Atlántico. Mientras el hombre-mono danzaba entre sus desnudos y salvajes compañeros, alrededor de una hoguera que arrancaba fulgores cabrilleantes a los tensos músculos de aquel cuerpo de gigante, personificación de la fortaleza y la perfección fisica, la mujer a la que amaba permanecía tendida y demacrada, en la fase terminal del coma que precede a la muerte por hambre y sed.

La semana que siguió a la exaltación de Tarzán al simbólico trono de los waziris se dedicó a la tarea de acompañar a los manyuemas de los invasores árabes hasta la frontera norte del territorio waziri, conforme a la palabra que Tarzán les había dado. Antes de despedirse de ellos, el hombre-mono les obligó a prometer solemnemente que no conducirían en el futuro ninguna expedición contra los waziris, promesa que, por cierto, no le costó mucho trabajo conseguir. Los manyuemas ya habían sufrido en sus carnes las tácticas de guerra del nuevo jefe de los waziris; tenían suficiente y no albergaban el menor deseo de formar parte de ninguna fuerza depredadora que se aventurara rebasando los límites de los dominios de Tarzán.

En cuanto regresó a la aldea, casi inmediatamente, Tarzán inició los preparativos para acaudillar una expedición hacia la ruinosa ciudad del oro que el anciano Waziri le había descrito. Eligió cincuenta guerreros de entre los más fornidos y resueltos de la tribu. Puso especial empeño en que también fuesen hombres deseosos de acompañarle en aquella marcha, que se anunciaba ardua, y compartir los peligros de un territorio inexplorado y hostil.

La fabulosa riqueza de aquella ciudad fantástica casi no se había apartado un solo momento de la imaginación de Tarzán, desde que Waziri le refirió los extraños lances que vivió durante la expedición anterior, cuando se tropezó por azar con las vastas ruinas de aquel pueblo. A la hora de apremiarle a emprender cuanto antes la marcha, el acicate de la aventura podía constituir un factor de atractivo tan poderoso para Tarzán de los Monos como el del mismo oro, porque entre los hombres civilizados había aprendido mucho acerca de los milagros que está en condiciones de realizar quien posea ese mágico metal amarillo. No se le ocurrió pensar de qué le serviría una fortuna de oro en el corazón del África salvaje... Le bastaría poseer ese tesoro que confiere el poder de realizar maravillas, incluso aunque nunca se le presentase la oportunidad de ponerlas en práctica.

De forma que una espléndida mañana tropical, Waziri, rey de los waziris, inició la marcha en busca de aventuras y de riquezas, a la cabeza de cincuenta atléticos guerreros de ébano. Siguieron el mismo itinerario que el anciano Waziri había especificado a Tarzán. Anduvieron a lo largo de varias jornadas: remontaron un río, atravesaron una cuenca; siguieron después por otra corriente, río abajo, hasta que al final del vigesimoquinto día acamparon en la ladera de una montaña, desde cuya cima confiaban avistar por primera vez la maravillosa ciudad del tesoro.

A primera hora de la mañana siguiente emprendieron el ascenso por los riscos poco menos que verticales que constituían la última pero más formidable barrera entre ellos y su punto de destino. Poco antes del mediodía, Tarzán, que encabezaba la delgada línea de guerreros escaladores, trepó a lo alto del último peñasco, se encaramó a su cúspide y se irguió en la pequeña meseta de la montaña.

A uno y otro lado se alzaban imponentes escalamientos de peñascos, de trescientos metros de altitud, entre los cuales se abría el paso por el que Tarzán y sus hombres se dispusieron a entrar en el valle prohibido. A su espalda se extendía la cuenca cubierta de arbolado por la que habían caminado durante tantos días y, en la parte opuesta, la serranía baja que señalaba la frontera de su propio territorio.

Pero ante sí se hallaba el panorama que centraba su atención. Allí se extendía un valle desolado... estrecho y de escasa profundidad, salpicado de árboles canijos y sembrado de infinidad de gigantescas rocas. Y en el otro extremo del valle se aplastaba lo que parecía ser una ciudad imponente, de altas y gruesas murallas, torres, esbeltas agujas, alminares y cúpulas rojas y amarillas bajo los rayos del sol. Tarzán se encontraba aún demasiado lejos para distinguir las señales de ruinas... a sus ojos aparecía como una ciudad maravillosa de magnífica belleza y, en su imaginación, la vio poblada por multitudes dinámicas y felices que henchían las amplias avenidas y los monumentales templos.

La pequeña expedición descansó en lo alto de la montaña cosa de una hora y luego Tarzán condujo a sus huestes al valle tendido abajo. No había camino abierto, pero el descenso resultó mucho menos penoso que la escalada por la otra vertiente. Una vez en el valle pudieron acelerar el ritmo de marcha y avanzaron con tal rapidez que aún había luz diurna cuando se detuvieron ante las gigantescas murallas de aquella arcaica ciudad.

El muro exterior tenía unos quince metros de altura en los trechos donde la ruina aún no la había afectado, pero en toda la longitud que alcanzaba la vista no existía punto en que el nivel superior de la muralla descendiese de los cuatro o cinco metros. Continuaba siendo una defensa formidable. En varias ocasiones Tarzán tuvo la sensación de haber vislumbrado algo que se movía tras alguna zona semiderruida próxima a donde se encontraban, como si, ocultas detrás de los bastiones, determinadas criaturas estuviesen vigilándolos. Y esa sensación se completó a menudo con la de unos ojos invisibles que no se apartaban de él, pero en ningún momento pudo estar seguro de que tales impresiones fuesen algo más que simple fruto de su imaginación.

Acamparon aquella noche delante de la plaza. Hacia la medianoche les despertó un estridente alarido que llegaba del otro lado de la muralla. Un grito alto al principio, pero que fue descendiendo gradualmente de volumen para acabar en una breve sucesión de lúgubres gemidos. Mientras continuó en el aire, su efecto entre los negros resultó sobrecogedor: les imbuyó un terror casi paralizante. Tuvo que transcurrir una hora para que el campamento recuperase la tranquilidad y los indígenas volvieran a conciliar el sueño.

Por la mañana, las consecuencias de aquel extraño aullido eran visibles aún en los rostros asustados y en las miradas de soslayo que los waziris dirigían continuamente a la impresionante y maciza estructura que se elevaba ominosamente sobre ellos.

Tarzán tuvo que recurrir a toda su capacidad de estímulo, persuasión y apremio para impedir que los negros renunciasen en el acto a la aventura, abandonaran la empresa y echaran a correr de vuelta por el valle hacia los riscos que habían escalado el día antes. Pero al final, a copia de órdenes y tras la amenaza -más que aseveración- de que entraría solo, los waziris accedieron a acompañarle.

Caminaron durante quince minutos a lo largo de la muralla antes de dar con un punto de acceso. Pasaron a través de una grieta de unos cincuenta centímetros de anchura, al otro lado de la cual encontraron un tramo de escalera cuyos peldaños de cemento, desgastados por siglos de uso, ascendían unos metros y luego trazaban una súbita curva y desaparecían ante un estrecho paso.

Por aquella angosta entrada se aventuró Tarzán. Tuvo que ponerse de costado para que sus anchos hombros pudieran deslizarse al interior. Los demás guerreros marcharon tras él. Los escalones se interrumpían nada más doblar la curva y a partir de allí el camino era llano, aunque se retorcía como una serpentina hasta que, de súbito, tras una esquina en ángulo recto, desembocaba en un patio estrecho, al fondo del cual se alzaba una muralla tan alta como la externa. Aquel muro interior tenía diversas torres redondas que se alternaban en lo alto de la muralla con monolitos puntiagudos. La muralla estaba derruida en algunos trechos, pero su estado de conservación era mucho mejor que el del baluarte exterior.

Otro estrecho paso les permitió franquear la muralla y, al final de dicho paso, Tarzán y sus guerreros se encontraron en una espaciosa avenida y, al fondo de la misma, vieron un conjunto de ruinosos edificios de granito labrado, de aspecto siniestro, amenazador. En los escombros de los desmoronados muros habían crecido árboles, y por los huecos de las ventanas salían enredaderas y plantas trepadoras que dibujaban formas retorcidas sobre las paredes exteriores. Pero los edificios que quedaban frente a Tarzán parecían menos invadidos por aquella vegetación silvestre y estaban mucho mejor conservados. Era un conjunto macizo, coronado por una inmensa cúpula. A ambos lados de la inmensa entrada se erguían hileras de altas columnas, cada una de ellas coronada por una grotesca y enorme ave esculpida en la roca sólida de los monolitos.

Mientras el hombre-mono y sus compañeros contemplaban, más o menos maravillados, aquella antigua ciudad levantada en medio del África salvaje, algunos de ellos tuvieron plena conciencia de que se producían ciertos movimientos en el interior de la estructura que estaban mirando. Figuras borrosas, sombras inconcretas parecían desplazarse de un lado a otro en la semioscuridad del interior de los muros. No se trataba de algo tangible que pudiera captar el ojo... sólo era una peculiar insinuación de vida donde no parecía existir vida alguna, porque resultaba algo completamente fuera de lugar la posibilidad de que existiera alguna especie de criatura viviente en aquella ciudad de otro mundo, muerta desde hacía tantos siglos.

Tarzán recordó algo que había leído en una biblioteca de París. Era algo relativo a una perdida raza de hombres blancos que, según las leyendas indígenas, vivieron en el corazón de África. Se preguntó si no estaría contemplando las ruinas de la civilización de aquel extraño pueblo que había sentado sus reales en el centro de un medio extraño y salvaje. ¿Sería posible que hubiesen sobrevivido hasta aquellos días los descendientes de tal raza perdida y que habitasen ahora aquel vestigio de la arruinada grandeza que otrora crearon y disfrutaron sus progenitores? Volvió a percibir cierta actividad furtiva en el interior del gran templo que tenía delante.

-¡Vamos! -instó a sus waziris-. Echemos un vistazo a lo que hay detrás de esas paredes ruinosas.

A sus hombres les hacía maldita la gracia seguirle, pero al ver la intrepidez con que cruzaba la ominosa puerta echaron a andar tras él, a unos pasos de distancia, formando un grupo compacto que parecía la personificación del nerviosismo medroso. Un solo chillido como el que oyeron la noche anterior habría sido suficiente para lanzarlos a una huida frenética por la angosta hendidura de las grandes murallas que permitía salir al mundo exterior.

Al entrar en el edificio Tarzán tuvo la clara y absoluta certeza de que muchos ojos se clavaban en él. En un pasillo cercano sonó el rumor de unas sombras que se desplazaban presurosas y hubiera jurado que vio retirarse una mano humana del hueco de una tronera abierta en lo alto de la rotonda coronada por una cúpula. La cúpula cubría la estancia.

El suelo de la cámara era de cemento, las paredes de liso granito en el que aparecían cinceladas curiosas figuras de hombres y animales. En algunos puntos de la sólida mampostería de las paredes se habían fijado placas de metal amarillo.

Cuando se acercó a una de aquellas láminas comprobó que era de oro y que diversos jeroglíficos cubran su superficie. Detrás de aquella primera sala había otras y, al final de la última, el conjunto arquitectónico se ramificaba en diversas galerías. Tarzán cruzó varias de aquellas cámaras, en las que encontró numerosas pruebas de la fabulosa riqueza de sus remotos constructores. Vio en una sala varias columnas de oro macizo y observó que el suelo de otra era también del mismo precioso metal. En el curso de toda aquella exploración, los negros se mantenían muy juntos a su espalda, mientras formas extrañas parecían flotar a derecha e izquierda, ante ellos y a su espalda, aunque no lo bastante cerca como para que cualquiera pudiese decir que no estaban solos.

La tensión, sin embargo, ponía a los waziris al borde del ataque de nervios. No cesaban de rogar a Tarzán que volviese a la luz del sol. Afirmaban que de aquella expedición no iba a salir nada bueno, porque los espíritus de los muertos que vivieron allí acudían asiduamente a visitar las ruinas.

-¡Nos están observando, oh, rey! -musitó Busuli-. Nos acechan, están esperando que lleguemos al lugar más recóndito de su fortaleza para caer entonces sobre nosotros y destrozarnos a mordiscos. Así actúan los espíritus. El tío de mi madre, que es un gran hechicero, me lo contó infinidad de veces.

Tarzán soltó la carcajada.

-Volved a la luz del sol, chiquillos -permitió-. Me reuniré con vosotros cuando haya examinado estas ruinas desde el tejado hasta el sótano y cuando haya encontrado oro o me convenza de que no hay una brizna de él. Por lo menos podremos llevarnos las placas de las paredes, aunque las columnas pesan demasiado para que podamos cargar con ellas. Pero tiene que haber almacenes llenos de oro... oro que podamos llevarnos fácilmente, cargado a la espalda. Largaos ahora hacia donde haya aire fresco y podáis respirar a gusto.

Unos cuantos waziris diligentes se dispusieron a obedecer a su jefe, pero Busuli y algunos otros dudaron en dejarlo..., titubearon entre el afecto y la lealtad a su rey y el temor supersticioso a lo desconocido. Y entonces, inesperadamente, se produjo algo que decidió el asunto sin que fuera preciso seguir debatiéndolo. De lo más profundo del silencio del templo surgió, muy cerca de sus oídos, el espantoso grito que escucharon la noche anterior y, entre exclamaciones de horror, los guerreros negros dieron media vuelta y atravesaron a todo correr las vacías salas del viejo edificio.

Tarzán de los Monos permaneció donde lo dejaron, con una_ torva sonrisa en los labios..., a la espera del enemigo que suponía iba a abalanzarse sobre él de un momento a otro. Pero volvió a reinar un silencio absoluto, sólo turbado por el tenue rumor que producían unos pies descalzos al moverse subrepticiamente por las proximidades.

Al cabo de un momento, Tarzán dio media vuelta y se aventuró hacia las profundidades del templo. Pasó de una sala a otra hasta llegar a una estancia cuya puerta aparecía cerrada y asegurada con barrotes. Cuando aplicaba el hombro contra la hoja de madera, el escalofriante alarido resonó de nuevo, como un aviso, esa vez casi a su lado. Resultaba evidente que se le advertía de la conveniencia para él de abs- tenerse de profanar aquella estancia precisa. ¿No podía ocurrir que el secreto que conducía a los almacenes del tesoro se encontrase en aquella estancia?

Sea como fuere, el mero hecho de que los extraños guardianes invisibles de aquel increíble lugar tuviesen algún motivo para no desear que él entrase en aquella cámara particular fue suficiente para que a Tarzán se le multiplicase por tres el deseo de hacerlo, y aunque el aullido se repetía continuamente, siguió empujando con el hombro hasta que la puerta cedió ante la ciclópea fuerza de Tarzán y empezó a girar sobre sus chirriantes goznes de madera.

Una negrura de tumba saturaba el interior. No había ventana alguna por la que pudiera filtrarse un rayo de luz y el pasillo que conducía a la puerta estaba sumido en la semioscuridad, por lo que tampoco lanzaba ninguna claridad a través de la entrada. Tarzán tanteó el piso con la contera del venablo y entró en aquellas tinieblas de río Estigio. La puerta se cerró súbitamente a su espalda y, al mismo tiempo, multitud de manos misteriosas surgieron en la oscuridad, de todas direcciones, y sujetaron con fuerza al hombre mono.

Éste luchó con toda la furia salvaje de su instinto de conservación, respaldado por su fuerza hercúlea. Pero aunque notó que sus puños golpeaban al enemigo y que sus dientes se clavaban en la carne de los agresores, parecía que siempre había dos nuevas manos para sustituir a las que acababa de rechazar. Acabaron por derribarle contra el suelo y poco a poco, muy despacio, consiguieron dominarlo merced a la superioridad numérica. Después le ataron las manos a la espalda. A continuación le doblaron las piernas hacia atrás, para ligarle los pies a las manos.

Durante toda la pelea Tarzán no oyó más ruido que la entrecortada respiración de sus antagonistas y la zarabanda de la lucha. Ignoraba qué clase de criaturas le acababan de capturar, pero el hecho de que le hubiesen atado era prueba evidente de que se trataba de seres humanos.

En aquel momento lo levantaron del suelo y, medio a rastras, medio a empujones, lo sacaron de la cámara envuelta en negruras, le obligaron a franquear el hueco de una puerta y lo llevaron a un patio interior del templo. Allí vio a los que le habían aprehendido. Calculó que serían por lo menos un centenar, hombres achaparrados, robustos, de barbas largas y pobladas que les cubrían el rostro y se derramaban sobre el velludo pecho.

La pelambrera, hirsuta y enmarañada, les caía desde la cabeza sobre la hundida frente, los hombros y la espalda. Tenían las piernas cortas, fuertes y arqueadas; los brazos eran largos y musculosos. Atadas a la cintura llevaban pieles de león y leopardo, y largos collares hechos con garras de esas fieras guarnecían sus pechos. Se adornaban brazos y piernas con aros de oro macizo. Sus armas eran los gruesos garrotes nudosos que empuñaban y los largos cuchillos de avieso aspecto que les colgaban del cinto, cinto que ajustaba la única prenda que cubría su cuerpo.

Pero el rasgo que más sorpresa e intensa impresión causó a su prisionero fue la blancura de la piel... Ni en el color ni en las facciones de aquellos hombres se apreciaba el menor indicio de la raza negra. Lo que no era óbice para que sus frentes hundidas, la escasa distancia que entre sí guardaban los ojos y el tono amarillento de los dientes no resultasen detalles que los hiciesen agradables o simpáticos a primera vista.

No pronunciaron palabra durante la pelea en la oscuridad de la cámara ni durante el traslado de Tartán al patio interior, aunque algunos de ellos intercambiaron ahora una serie de gruñidos, entablando una conversación monosilábica en una lengua absolutamente desconocida para el hombre-mono. Le dejaron caer en un suelo de cemento y se alejaron al trote de sus cortas piernas, rumbo a otra parte del templo situada más allá del patio.

Tendido boca arriba, Tarzán observó que el recinto del templo estaba totalmente circundado por unos muros enormes que se elevaban sobre él. En las alturas resultaba visible un pequeño cuadrado de cielo azul, y en una dirección, a través de una tronera, divisó unas ramas cubiertas de follaje, aunque no sabía si estaban dentro o fuera del templo.

Desde el suelo hasta el borde superior del templo, circundaban el patio series de galerías abiertas y, de vez en cuando, el cautivo vislumbró pupilas brillantes que relucían bajo espesos flequillos de pelo caído sobre la frente. Ojos que le contemplaban desde las galerías.

Con cuidado, el hombre-mono probó la solidez de las ligaduras que lo mantenían atado y, aunque no podía estar seguro al ciento por ciento, pensó que no eran lo bastante fuertes para resistir la potencia de sus vigorosos músculos cuando llegara el momento de esforzarse para recobrar la libertad. Pero no juzgó oportuno someter las ataduras a prueba en aquel momento. Era mejor intentarlo cuando hubiese caído la oscuridad y no sintiera fijos en su persona aquellos ojos que lo espiaban.

Estuvo varias horas tendido en el suelo del patio hasta que los primeros rayos de sol descendieron en vertical sobre él. Y casi al mismo tiempo oyó el rumor de pies descalzos que caminaban por los pasillos circundantes. Instantes después observó que las galerías de encima se llenaban de semblantes con astuta expresión, mientras más de una veintena de hombres irrumpía en el patio.

Durante un momento, todas las miradas confluyeron en el rutilante sol del mediodía y luego, al unísono, los que poblaban las galerías y los que se encontraban en el patio empezaron a entonar un repetido y extraño estribillo, en tono bajo, pesado, lúgubre. Acto seguido, los que estaban alrededor de Tarzán iniciaron una danza al ritmo de su solemne cántico. Bailaron en círculo, despacio, en torno al hombremono: en su forma de moverse, arrastrando los pies al compás de aquella cantinela parecían un grupo de osos torpes y desmañados. Pero mientras danzaban no dirigían la vista sobre Tarzán, sino que sus ojillos estaban clavados en el sol con inamovible fijeza.

Durante diez minutos, más o menos, continuaron con su canto y sus pasos monótonos. Luego, de pronto, con perfecta sincronización, todos se volvieron a la vez hacia su víctima, enarbolaron sus garrotes y, con las facciones contraídas en la más diabólica de las expresiones, se abalanzaron sobre Tarzán.

En aquel preciso instante, una figura femenina se adelantó para situarse en medio de aquella horda sedienta de sangre y, con una estaca similar a la que empuñaban los hombres, con la diferencia de que estaba labrada en oro, obligó a retroceder a los individuos que avanzaban hacia el caído.