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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 21. Los náufragos
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Clayton estaba soñando que bebía agua a más y mejor, tragos de agua fresca, pura, deliciosa. Se despertó sobresaltado para tomar conciencia de que se encontraba ya empapado: un torrencial chubasco caía sobre su cuerpo y le tableteaba el rostro vuelto hacia el cielo. Un aguacero tropical se derramaba sobre ellos en toda su intensidad. Clayton abrió la boca y bebió. Se sintió revitalizado y fortalecido hasta el punto de que fue capaz de incorporarse apoyado en las manos. Atravesado sobre sus piernas tenía a monsieur Thuran. Y a unos cuantos palmos, Jane Porter yacía hecha un ovillo en el fondo de la barca, completamente inmóvil. A Clayton se le ocurrió que debía de estar muerta.

Tras infinitos esfuerzos consiguió quitarse de encima el cuerpo de Thuran y con renovadas energías se arrastró hacia la muchacha. Levantó la cabeza de Jane, separándola de las tablas del bote. Se dijo entonces que cabía la posibilidad de que quedara un asomo de vida en aquel pobre cuerpo al filo de la muerte por inanición. No quería ni podía abandonar toda esperanza, así que tomó un trozo de tela empapado en agua y exprimió unas cuantas gotas del precioso líquido entre los labios hinchados de aquella criatura de horrible aspecto que unos cuantos días antes resplandecía de vida y felicidad, en toda la gloria de su magnífica belleza.

Durante un buen rato no se apreció indicio alguno de reanimación, pero al final los esfuerzos de Clayton obtuvieron la recompensa de un leve aleteo de los párpados. Palmeó las delgadas manos de la joven e introdujo unas cuantas gotas más en la reseca garganta. Jane abrió los ojos y estuvo mirándole largo tiempo antes de poder recordar la situación y el entorno.

-¿Agua? -musitó-. ¿Nos hemos salvado?

-Está lloviendo -explicó Clayton-. Al menos podemos beber. A nosotros dos ya nos ha hecho revivir. -¿Y monsieur Thuran? -preguntó Jane-. No te ha matado. ¿Está muerto?

-No lo sé -respondió Clayton-. Si vive y esta lluvia lo reanima...

Se interrumpió, recordando demasiado tarde que no debía añadir más horrores a los que Jane había soportado ya.

La muchacha, sin embargo, adivinó lo que Clayton iba a decir.

-¿Dónde está?

Clayton indicó con un movimiento de cabeza la postrada figura del ruso. Durante unos momentos, ni Clayton ni Jane pronunciaron palabra.

-Voy a ver si le reanimo -dijo Clayton finalmente.

-No -susurró Jane, y alargó la mano hacia él, indicándole que se detuviera-. No lo hagas... Te matará en cuanto el agua le haya proporcionado las fuerzas suficientes. Si está agonizando, que se muera. No me dejes sola en el bote con esa bestia.

Clayton titubeó. Su honor de hombre de bien le exigía hacer lo posible para reanimar a Thuran, y también existía la posibilidad de que el ruso se encontrase en un estado que hiciese inútil cualquier intento de salvarlo. No era ninguna deshonra confiar en ello. Mientras mantenía esa lucha interna, levantó los ojos del cuerpo de Thuran y, al pasar la vista por encima de la borda del bote, se puso en pie tambaleante y exhaló un jadeo de alegría.

-¡Tierra, Jane! -fue casi un grito a través de los resquebrajados labios-. ¡Tierra, gracias a Dios!

La muchacha miró también y allí, a menos de cien metros de distancia, vio una playa de arenas amarillas y, un poco más allá, la vegetación y la fronda exuberante de una jungla tropical.

-Ahora sí que puedes intentar reanimarle -dijo Jane Porter.

A ella también le remordía la conciencia como consecuencia de su decisión de impedir que Clayton prestase ayuda a su compañero de viaje.

Hubo de transcurrir cerca de media hora para que el ruso diera suficientes muestras de que recobraba el conocimiento lo bastante como para abrir los ojos, y se necesitó un buen rato más para que llegara a comprender el golpe de suerte con que el destino les había favorecido. Por entonces, la arena del fondo arañaba suavemente la quilla de la barca.

Entre el agua refrescante que había bebido y el acicate de la renovada esperanza, Clayton encontró energías suficientes para echarse al agua y subir dando traspiés playa arriba, tras atar una cuerda a la proa del bote. Pasó la soga alrededor del tronco de un arbolito que crecía en el borde de un talud bajo, porque entonces era periodo de pleamar y temió que cuando bajase la marea el reflujo se llevara el bote otra vez al océano antes de que él tuviese tiempo para recobrar sus fuerzas en cantidad suficiente para llevar a Jane Porter a tierra. Era posible que transcurrie- sen horas antes de que él tuviera las energías necesarias para ello.

Acto seguido se las arregló para, a rastras y a trompicones, llegarse a la selva, donde había visto profusión de frutas tropicales. Su anterior experiencia en la jungla de Tarzán de los Monos le había aleccionado acerca de las muchas cosas que eran comestibles y, al cabo de una hora de ausencia, regresó a la playa con los brazos llenos de alimentos.

Había escampado y los rayos de un sol abrasador se cebaban en Jane Porter con tal violencia que la muchacha insistió en probar de inmediato a salir del bote y llegar a tierra. Vigorizados aún más por las frutas que aportó Clayton, los tres náufragos pudieron alcanzar la sombra del arbolito al que el inglés había amarrado el bote. Completamente exhaustos, se dejaron caer como sacos y allí durmieron hasta que oscureció.

Durante un mes vivieron en la playa relativamente seguros. Una vez recobradas las fuerzas, los dos hombres construyeron un tosco refugio en las ramas de un árbol, a bastante altura del suelo como para encontrarse a salvo de las grandes fieras depredadoras. Durante el día recogían frutos y cazaban con trampas algún que otro pequeño roedor; por la noche se retiraban a su frágil albergue, con más o menos miedo en el cuerpo, mientras los habitantes salvajes de la jungla se encargaban de llenar de terror las oscuras horas nocturnas.

Dormían sobre lechos de hierbas de la selva y, para abrigarse por la noche, Jane Porter no contaba más que con el viejo gabán que pertenecía a Clayton, aquella prenda que llevaba durante la memorable excursión a los bosques de Wisconsin. Clayton había entretejido un tabique de ramas para dividir el arbóreo refugio en dos compartimentos, uno para Jane y el otro para Thuran y él.

Desde el primer momento, el ruso dio muestras de todos los rasgos de su verdadero carácter: egoísmo, ordinariez, arrogancia, cobardía e impudicia. Clayton y él llegaron a las manos en dos ocasiones, por la actitud de Thuran hacia Jane Porter. Clayton no se atrevía a dejar sola a la muchacha ni por un instante. Tanto el inglés como su prometida vivían en una continua pesadilla. Sin embargo, no dejaban de albergar la esperanza de que, en última instancia, alguien acudiría a salvarlos.

El pensamiento de Jane Porter volvía con cierta asiduidad al recuerdo de su anterior experiencia en aquella costa salvaje. ¡Ah, si estuviera con ellos el invencible dios de la floresta de aquel pasado ahora muerto! En absoluto tendría que preocuparse de las fieras al acecho ni de aquel ruso bestial. No podía por menos que comparar la escasa protección que le brindaba Clayton con la que le hubiera proporcionado Tarzán de los Monos, de verse durante un momento frente a la siniestra y amenazadora actitud de monsieur Thuran. Una vez, cuando Clayton fue al arroyo en busca de agua y Thuran se dirigió a Jane en tono grosero, la muchacha expresó en voz alta lo que pensaba.

-Tiene usted suerte, monsieur Thuran -dijo-, de que el pobre señor Tarzán se cayera del barco aquel en que viajaban usted y la señorita Strong rumbo a Ciudad de El Cabo y de que, en consecuencia, no se encuentre aquí ahora.

-¿Conocía usted a ese cerdo? -preguntó Thuran, burlón.

-Conocía a ese hombre -replicó Jane-. El único hombre de verdad, creo, que he conocido en la vida.

Algo en el tono de voz de la muchacha hizo adivinar al ruso que la relación de su enemigo con aquella joven era algo más profundo que la simple amistad, y aprovechó la circunstancia para llevar más lejos su venganza sobre el hombre al que creía muerto, mancillando la memoria que de él tuviese la chica.

-Era peor que un cerdo -se exaltó-. Un individuo ruin y cobarde. Para librarse de la justa ira del esposo de una mujer a la que había deshonrado, no tuvo inconveniente en faltar a sus promesas echándole a la dama la culpa de todo. Al no conseguirlo, tuvo que huir de Francia para no enfrentarse al marido en el campo del honor. Por eso iba a bordo del barco en el que viajábamos a Ciudad de El Cabo la señorita Strong y yo. Sé lo que me digo, porque la mujer agraviada era mi hermana. Y sé algo más, que no he dicho nunca a nadie: su valeroso monsieur Tarzán se arrojó al agua a causa del terror, del pánico que le asaltó cuando le dije que le había reconocido y que exigía de él una reparación, que tendría que brindarme a la mañana siguiente... Nos batiríamos a cuchillada limpia en mi camarote.

Jane Porter soltó la carcajada.

-Ni por un segundo imaginará que quienquiera que haya conocido a monsieur Tarzán y que le conozca a usted va a creerse semejante cuento... ¿A que no?

-Entonces, ¿por qué viajaba con nombre falso? -preguntó Thuran.

-No le creo una sola palabra -aseguró Jane.

A pesar de todo, la semilla de la duda ya estaba plantada, porque la joven sabía que Hazel Strong conoció al dios de la selva sólo por el nombre de John Caldwell, de Londres.

A unos ocho kilómetros escasos de su tosco refugio arbóreo, completamente ignorado por ellos y prácticamente tan remoto como si los separasen miles de kilómetros de selva impenetrable, se encontraba la pequeña cabaña de Tarzán de los Monos. Y un poco más lejos, costa arriba, unos cuantos kilómetros más allá de dicha cabaña, en unos rústicos pero bien construidos albergues, vivía un pequeño grupo de dieciocho almas: los ocupantes de los tres botes del I fad y Alire que se habían alejado de la barca de Clayton.

Remando por un mar tranquilo, en menos de tres días llegaron a la tierra firme del continente. No vivieron ninguno de los horrores del naufragio y aunque abatidos por el dolor y con el sufrimiento propio del impacto que produjo en ellos la catástrofe y las penalidades de aquella nueva existencia, a las que no estaban acostumbrados, la aventura no les había ocasionado males peores.

Les animaba a todos la esperanza de que alguna nave hubiese recogido al cuarto bote y de que tal salvamento originaría una búsqueda rápida y minuciosa de la costa. Comoquiera que todas las armas de fuego y las municiones del yate se habían cargado en la barca de lord Tennington, el grupo estaba muy bien equipado para la defensa y para la caza mayor y menor con vistas a procurarse provisiones de boca.

La única inquietud inmediata la constituía el profesor Arquímedes Q. Porter. Absolutamente convencido de que un vapor de los que navegaban por allí había rescatado del mar a su hija, el hombre desechó de su mente toda preocupación relativa al bienestar de la muchacha y dedicó toda la inmensidad de su bien dotado intelecto a la profunda meditación de los abstrusos problemas científicos que consideraba

únicos temas adecuados para un cerebro del talento y la erudición del suyo. Su cabeza era impermeable a toda posible influencia de cualquier tema ajeno a lo trascendental.

-Nunca -explicaba el agotado señor don Samuel T. Philander a lord Tennington-, nunca se ha mostrado el profesor Porter tan dificil... y digo dificil, ejem, por no decir imposible. Esta misma mañana, sin ir más lejos, obligado por las circunstancias suspendí mi vigilancia apenas media hora y, cuando he vuelto, me he encontrado con la desagradable sorpresa de que había desaparecido. Y, bendito sea Dios, señor, ¿a que no sabe dónde lo encontré? A media milla mar adentro, señor, en uno de esos botes salvavidas. Se alejaba remando como si le fuese la vida en ello. No sé cómo pudo llegar tan lejos desde la orilla, porque sólo contaba con un remo y, consecuentemente, bogaba en círculo.

»Cuando uno de los marineros me llevó hasta él en otra barca, el profesor acogió indignadísimo mi sugerencia de que regresáramos a tierra en seguida. Me dijo: "Pero, señor Philander, no sabe cuánto me sorprende que usted, culto hombre de letras, tenga la temeridad de interrumpir el progreso de la ciencia. Casi tenía totalmente configurada, a través de ciertos fenómenos astronómicos que estuve observando durante las pasadas noches tropicales, una nueva hipótesis nebular destinada a revolucionar incuestionablemente el mundo científico. Deseo consultar una monografía excelente sobre la teoría de Laplace que, según tengo entendido, existe en cierta colección particular de la ciudad de Nueva York. Su interferencia, señor Philander, representará un retraso de irreparables consecuencias, porque precisamente ahora remaba con ánimo de consultar ese folleto cuanto antes". No sabe usted el trabajo que me costó convencerle para que regresara a tierra, sin tener que recurrir a la fuerza.

La señorita Strong y su madre se manifestaban animosamente serenas ante el casi constante temor de los ataques de las fieras. Y no estaban tan predispuestas a aceptar, con el optimismo de que hacían gala los demás, el supuesto de que un buque hubiese recogido sanos y salvos a Jane, Clayton y monsieur Thuran.

La doncella de Jane Porter, Esmeralda, no paraba de llorar, inconsolable, a causa del destino cruel que la había separado de su «pobrecilla y dulce nena».

A lord Tennington no le abandonó ni por un segundo su generoso espíritu magnánimo. Seguía siendo el jovial anfitrión, pendiente siempre de que sus invitados se sintieran cómodos y a gusto. Con la tripulación de su yate siempre fue el jefe justo pero firme: en la selva no se suscitaron más problemas ni conflictos que a bordo del Lady Alice respecto a la autoridad máxima encargada de dilucidar las cuestiones importantes y cuantas circunstancias requerían un mando frío, flemático e inteligente.

Si aquella partida de náufragos bien organizada y relativamente a salvo hubiese visto al harapiento trío acosado por el miedo que se encontraba a unos cuantos kilómetros al sur, a duras penas habría reconocido en ellos a los, pocas semanas atrás, elegantes miembros del grupo que jugaba y se divertía riendo alegremente a bordo del Lady Alice.

Clayton y monsieur Thuran iban casi desnudos, destrozadas sus ropas por los arbustos y matorrales espinosos y la enmarañada vegetación de la jungla, a tra- vés de la cual tenían que abrirse camino en busca de unos alimentos que cada vez era más dificil encontrar.

Naturalmente, Jane Porter estaba exenta de tan agotadoras expediciones, lo que no impedía que su vestido se encontrara también en un lamentable estado de deterioro.

A falta de ocupación más provechosa, Clayton se había entretenido en desollar a todos los animales que cazaban y conservar cuidadosamente sus pieles. Las extendía sobre los troncos de los árboles, las depilaba rascándolas diligentemente y así se las arregló para mantenerlas en condiciones suficientemente buenas como para hacerse con ellas unas prendas con las que cubrir sus desnudeces, ahora que tenían ya la ropa completamente destrozada. Para tal confección utilizó por aguja una espina fuerte y afilada; a guisa de hilo, fibras de hierba y tendones de animales.

El resultado de su labor de costura fue una especie de sayo sin mangas que llegaba casi a las rodillas. Como estaba fabricado a base de pieles de diferentes especies de roedores cosidas unas a otras, su aspecto no podía ser más insólito. Unido al desagradable olor que despedía, aquella prenda no era precisamente un modelo que cualquiera anhelase añadir a su guardarropa. Pero había sonado la hora de sacrificarse en pro de la decencia y ponerse aquello, de modo que, a pesar de la apurada situación en que se veían, Jane Porter no pudo por menos de soltar una divertida carcajada al contemplar semejante vestidura.

Posteriormente, Thuran también consideró necesario confeccionarse un sayo similar, de forma que, descalzos y con una poblada barba cubriéndoles el rostro, parecían la reencarnación de dos prehistóricos progenitores del género humano. Thuran se comportaba como tal.

Llevaban cerca de dos meses sumidos en esa existencia cuando el primer gran desastre se abatió sobre ellos. Lo precedió una aventura que a punto estuvo de acabar bruscamente y para siempre con los sufrimientos de dos de ellos, de la forma más terrible y despiadada de la jungla.

Afectado por un ataque de fiebre tropical, Thuran yacía en el refugio construido entre las ramas del árbol. Clayton se había adentrado en la selva cosa de cien metros, a la búsqueda de alimentos. Cuando volvía, Jane echó a andar para acudir a su encuentro. A espaldas del inglés, astuto y hábil, se deslizaba un viejo y sarnoso león. El felino llevaba tres días sin que sus caducos músculos y nervios fueran capaces de cumplir la tarea de procurar el más ínfimo bocado de carne al vacío estómago. En los últimos meses cada vez comía con menos frecuencia y el hambre le obligaba a alejarse más y más de su territorio acostumbrado, a la caza de presas más fáciles. Había encontrado por fin a la criatura más débil e indefensa de la naturaleza: unos momentos más y Numa llenaría el estómago.

Ignorante de la muerte que estaba al acecho tras él, Clayton salió al claro y avanzó hacia Jane. Había llegado ante la muchacha, treinta metros más allá del enmarañado borde de la jungla cuando, por encima de su hombro, la joven vio la leonada cabeza y los ojos perversos que aparecieron al separarse las hierbas. La enorme bestia, con el hocico pegado al suelo, salió silenciosamente a descubierto.

Tan paralizada por el terror se quedó Jane que no pudo emitir ningún sonido, pero la empavorecida y fija mirada de sus ojos desorbitados resultaron de lo más explícito para Clayton. Un rápido vistazo a su espalda le reveló lo desesperado de la situación. El león se hallaba a menos de treinta pasos de ellos y aproximadamente a la misma distancia se encontraban ellos de su refugio. El hombre iba armado con una gruesa estaca, tan eficaz frente a un león, pensó, como una escopeta infantil de juguete, de las que disparan un corcho.

Desesperado de hambre, Numa sabía desde bastante tiempo atrás que era inútil rugir o bramar cuando se trataba de hacerse con una presa, pero ahora que la daba por tan segura como si sus aún poderosas garras se hubiesen clavado en la blanda carne de la pieza, abrió su enorme bocaza y lanzó a los cuatro vientos su rabia largo tiempo contenida en una serie de rugidos ensordecedores que hicieron vibrar el aire.

-¡Corre, Jane! -gritó Clayton-. ¡Rápido, sube al refugio!

Pero los paralizados músculos de la muchacha se negaron a responder y permaneció allí, muda y rígida, mirando con fantasmal semblante la muerte viva que se deslizaba hacia ellos.

Al oír aquel espantoso rugido, Thuran se llegó a la abertura del refugio y, al ver la escena que se desarrollaba a sus pies, empezó a saltar de un lado para otro, al tiempo que gritaba, en ruso:

-¡Corra, corran! Corran o me quedaré solo en este terrible lugar.

Luego se vino abajo y estalló en lágrimas.

Durante unos segundos, aquella voz nueva distrajo al león, que hizo un alto para lanzar una inquisitiva mirada en dirección al árbol. Clayton no pudo seguir soportando la tensión. De espaldas al león, hundió la cabeza entre los brazos y esperó.

Jane se le quedó mirando horrorizada. ¿Por qué no intentaba algo? Si debía morir, ¿por qué no moría como un hombre... valientemente, golpeando la cara de aquella fiera con la estaca, por inútiles que esos golpes pudieran ser? No habría actuado así Tarzán de los Monos. ¿Tarzán de los Monos no le habría plantado cara a la muerte, luchando con heroísmo hasta el final?

El león se agazaba ya para impulsarse y dar el salto que acabaría con sus jóvenes vidas bajo los desgarradores y crueles colmillos amarillentos. Jane Porter se arrodilló y rezó, cerrados los párpados para no contemplar aquel último y aterrador momento. Debilitado por la fiebre, Thuran se desvaneció.

Los segundos se convirtieron en minutos, los minutos se alargaron hasta hacerse eternos... y el león no saltaba. La prolongada angustia del terror casi hizo perder el sentido a Clayton, las rodillas empezaron a temblarle... Unos segundos más y se desplomaría.

Jane Porter tampoco pudo soportar aquello por más tiempo. Abrió los ojos. ¿Estaría soñando?

-¡William! -musitó-. ¡Mira!

Clayton recuperó lo suficiente el dominio de sí como para levantar la cabeza, volverse y mirar al león. Una exclamación de sorpresa brotó de sus labios. La fiera yacía encogida a sus pies. De su piel leonada sobresalía un grueso venablo de guerra. Le había entrado por el costado, a la altura de la paletilla derecha para hundírsele en el cuerpo y atravesarle el salvaje corazón.

Jane Porter se puso en pie; Clayton se acercó a la muchacha al ver que la debilidad la hacía tambalearse. La rodeó con el brazo para evitar que cayese, la acercó a sí... Oprimió la cabeza de la muchacha contra su hombro y se inclinó para besarla en acción de gracias.

Jane lo apartó suavemente.

-No lo hagas, William, por favor -lijo-. En el curso de estos últimos minutos he vivido mil años. Frente a la muerte, he aprendido cómo debo vivir. No deseo lastimarte más de lo imprescindible, pero no puedo continuar viviendo en esta situación. Un falso sentido de la lealtad me indujo a intentarlo, a causa de la impulsiva promesa que te hice, pero no puedo seguir.

»Los últimos segundos que he vivido me han hecho comprender que sería espantoso continuar engañándome y engañándote, o considerar, aunque sólo fuera un instante más, que sea posible convertirme en tu esposa cuando volvamos a la civilización.

-Pero, Jane -exclamó él-. ¿Qué pretendes decir? ¿Qué tiene que ver nuestra providencial salvación con el cambio que dices han experimentado tus sentimientos hacia mí? Estás un poco trastornada... Mañana volverás a ser tú misma otra vez.

-En este momento soy yo misma más de lo que lo he sido en todo el último año -replicó Jane-. Lo que acaba de ocurrir ha obligado a mi memoria a recordar el hecho de que el hombre más valiente que haya existido en este mundo me honró con su amor. No me di cuenta de que le correspondía hasta que fue demasiado tarde, cuando ya lo había despedido. Ahora está muerto y jamás me casaré con nadie. Y, desde luego, no podría unirme en matrimonio a otro menos valiente que él sin alimentar un constante sentimiento de desprecio hacia mi esposo, por su relativa cobardía respecto al otro. ¿Comprendes lo que quiero decir?

-Sí -repuso Clayton, agachada la cabeza, con el rostro cubierto por el sonrojo de la vergüenza.

Y al día siguiente sobrevino la gran catástrofe.