Читать параллельно с  Английский  Русский 
El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 22. La cámara del tesoro de Opar
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

Era noche cerrada cuando La, suma sacerdotisa de Opar, regresó a la Cámara de los Muertos con comida y bebida para Tarzán. No llevaba luz alguna y recorrió el camino hasta la cámara tanteando con las manos las ruinosas paredes. A través del enrejado de piedra del techo se filtraban los tenues rayos de una luna tropical que proporcionaban al interior una semiclaridad apenas perceptible.

Sentado en cuclillas entre las sombras de la esquina más recóndita de la estancia, Tarzán se incorporó al oír el ruido de los pasos que se aproximaban y acudió a recibir a la sacerdotisa en cuanto advirtió que era ella.

-Están furiosos -fueron las primeras palabras de la joven-. Es la primera vez que la víctima de un sacrificio humano se escapa del altar. Han salido cincuenta hombres en tu persecución. Antes registraron todo el templo, a excepción de esta cámara.

-¿Por qué les asusta venir aquí? -preguntó Tarzán.

-Esta es la Cámara de los Muertos. Aquí vuelven los difuntos para celebrar sus ritos religiosos. ¿Ves ese antiguo altar? Ahí es donde los muertos sacrifican a los vivos... si encuentran aquí una víctima. Ese es el motivo por el que nuestro pueblo rehúye esta cámara. Saben que si alguien entra aquí, los difuntos que aguardan dentro se apoderarán de él para sus sacrificios.

-Pero tú...

-Yo soy la suma sacerdotisa... Soy la única que está a salvo de los muertos. La que, a intervalos irregulares, les traigo un sacrificio humano del mundo exterior. Nadie más que yo puede entrar aquí sin peligro.

-¿Por qué no se han apoderado de mí? -preguntó

Tarzán, ironizando a costa de la grotesca creencia. La le observó durante unos segundos, también con cierto humor en los ojos.

-El deber de toda suma sacerdotisa es instruir, interpretar... de acuerdo con el credo de los demás, los que son más sabios que ella. Pero ese credo no dice nada acerca de lo que ella tiene que creer. Cuanto más sabe una de su religión, menos fe tiene en ella... Y de mi religión nadie sabe más que yo.

-En ese caso, tu único temor al ayudarme a escapar es que tus compañeros mortales descubran tu engaño, ¿no?

-Eso es todo... Los muertos muertos están; ni pueden hacer daño... ni pueden echar una mano. Por lo tanto, dependemos de nosotros mismos y cuanto antes empecemos a actuar, tanto mejor saldrán las cosas. Tuve bastantes dificultades para eludir su vigilancia y poder traerte este bocado. Intentar repetir la operación a diario sería toda una locura. Venga, veamos hasta donde podemos llegar en la ruta a la libertad antes de que tenga que volver a mis lares.

Le condujo de nuevo a la cámara situada debajo de la nave del altar. Dobló por uno de los numerosos pasillos que partían de allí. En la oscuridad, Tarzán no pudo determinar cuál de ellos tomaron. Durante diez minutos anduvieron a tientas, despacio, por el serpenteante pasadizo, hasta llegar finalmente a una puerta cerrada. Oyó el sonido metálico de una llave al entrechocar ésta con una cerradura, cuando la introdujo La. Giró la puerta sobre sus chirriantes goznes y entraron en una estancia.

-Aquí estarás a salvo hasta mañana por la noche -dijo la sacerdotisa.

Después, La salió, cerró la puerta tras de sí y volvió a echar la llave.

Tarzán se quedó en un lugar tan negro como el Erebo. Ni siquiera sus adiestrados ojos podían atravesar aquellas opacas tinieblas. Avanzó cautelosamente, con los brazos extendidos al frente, hasta que su mano tocó una pared. Luego, poco a poco, muy despacio, recorrió las cuatro paredes de la cámara.

Aparentemente medía algo menos de dos metros cuadrados. El suelo era de cemento, las paredes de mampostería indicaban el sistema de construcción apreciable en la superficie, sobre el nivel del terreno. Pequeños bloques de granito de diversos tamaños, hábilmente encajados unos con otros, sin argamasa, constituían los cimientos del antiguo templo.

Durante la primera vuelta de tanteo por las paredes, Tarzán creyó detectar un fenómeno que resultaba extraño en una estancia carente de ventanas y con una sola puerta. Dio otra vuelta cuidadosamente. ¡No, no se había equivocado! Hizo una pausa en el muro del fondo respecto a la puerta. Permaneció unos instantes completamente inmóvil, luego se desplazó lateralmente unos palmos. Volvió de nuevo, para deslizarse otros treinta o cuarenta centímetros por el lado opuesto.

Efectuó de nuevo el circuito completo de la habitación, palpando cuidadosamente la pared palmo a palmo. Se detuvo finalmente, otra vez, en la sección particular que había despertado su atención. En aquel punto determinado se filtraba a través de los intersticios de mampostería una fina corriente de aire fresco... Nada más que en aquel punto.

Tarzán probó varios bloques de granito de los que formaban el muro hasta que, por último, obtuvo la recompensa de comprobar que uno salía de su sitio sin grandes dificultades. Tendría unos veinticinco centímetros de anchura, con una superficie de ocho por quince centímetros, de cara a la habitación. El hombre-mono retiró una tras otra varias piezas similares. Al parecer, el muro estaba levantado totalmente a base de aquellas losas prácticamente perfectas. En un momento había retirado una docena y entonces introdujo la mano por el hueco para tantear la siguiente capa de mampostería. Con gran sorpresa por su parte, se encontró con que al final del brazo extendido, su mano no tropezó más que con el vacío.

En cuestión de minutos hubo abierto en la pared hueco suficiente para permitir el paso de su cuerpo. Por delante creyó percibir una débil claridad... en el fondo, apenas una leve disminución de la impenetrabilidad de aquella negrura. Con las debidas precauciones, Tarzán avanzó a gatas hasta aproximadamente a cuatro metros y medio, más o menos la anchura de los cimientos de aquellos muros, donde notó que el suelo se interrumpía súbitamente, para transformarse en un descenso poco menos que vertical. Tanteó estirando el brazo todo lo que pudo, pero no consiguió llegar al fondo de aquel abismo tenebroso que se abría ante él. Ni siquiera cuando se colgó del borde y bajó el cuerpo en toda su estatura.

Se le ocurrió alzar la mirada y entonces vio en lo alto, a través de una abertura redonda, la mancha circular y estrellada del cielo. Al ir tanteando la pared de aquel pozo hacia arriba, el hombre mono descubrió que, a medida que ascendía, la pared circular se iba cerrando paulatinamente para converger en el centro. Lo que excluía toda posibilidad de escapatoria en esa dirección.

Mientras especulaba acerca de la naturaleza y utilidad de aquel extraño paso y su conclusión, la luna se situó encima de la abertura superior y dejó caer un raudal de suave y plateada claridad al interior de aquel lugar sombrío. Tarzán comprendió entonces instantáneamente la naturaleza del pozo, porque distinguió abajo, a bastante profundidad, el cabrilleo del agua. Se encontraba en un antiguo pozo artesiano... ¿pero qué finalidad tenía aquella conexión entre el pozo y la mazmorra en la que él había estado escondido?

Cuando la luna se situó de lleno encima de la boca del pozo, su claridad inundó el interior totalmente y Tarzán divisó otra abertura en la pared opuesta. Se preguntó si no se trataría de la boca de un pasaje que condujese a alguna posible vía de escape. Al menos, merecía la pena investigarlo, de modo que determinó hacerlo así.

Volvió rápidamente a la pared que había desmontado para explorar lo que había detrás. Trasladó las piedras al lado en que se encontraba y volvió a colocarlas desde aquella parte. Las gruesas capas de polvo, que había notado se acumulaban en los bloques que retiró de la pared, le convencieron de que, aunque los actuales ocupantes de la antigua mole conocieran la existencia de aquel pasadizo, lo cierto era que hacía varias generaciones que no se utilizaba.

Vuelta la pared a su estado anterior, Tarzán regresó al pozo, que en aquel punto tenía unos cuatro metros y medio de anchura. Cruzar de un salto el espacio que le separaba de la otra boca fue cuestión de escaso fuste para el hombre mono y un momento después avanzaba por un túnel angosto, con toda la cautela del mundo, no fuera caso de que se interpusiese en su camino otro pozo como el que acababa de dejar a su espalda.

Habría recorrido unos treinta metros cuando llegó a un tramo de escalera que descendía hacia una negrura estigia. Cosa de veinte peldaños más abajo, comenzaba de nuevo el piso nivelado del túnel y, poco después, su avance se vio interrumpido por una pesada puerta de madera con gruesos barrotes, también de madera, que la trababan en la parte por la que Tarzán se dirigía a ella. Lo cual sugirió al hombremono que seguramente se trataba de un pasaje que conducía al mundo exterior. Los cerrojos, que impedían el paso desde el otro lado, sustentaban esa hipótesis, a no ser que aquélla diera paso a otra cárcel.

Por la parte superior, la superficie de los barrotes tenía densas capas de polvo: una indicación adicional de que el pasadizo en cuestión llevaba largo tiempo sin utilizarse. Al abrir aquel macizo obstáculo, chirriaron los enormes goznes, como una especie de extraña protesta por aquel incordio desacostumbrado. Tarzán permaneció un momento a la escucha por si tal ruido insólito en la noche hubiese provocado la alarma entre los ocupantes del templo. Al no oír nada, franqueó el umbral y siguió adelante.

Tanteando cuidadosamente comprobó que se hallaba en una cámara de grandes proporciones, en cuyo suelo y paredes se amontonaban numerosas pilas de lingotes metálicos de configuración extraña, aunque uniforme. Al tacto de su mano, cuando los palpó, comprobó que su forma era análoga a la de unos posibles descalzadores de botas con doble cabeza. Los lingotes eran muy pesados y, a no ser por la inmensa cantidad existente allí, hubiese tenido la certeza de que eran de oro. Pero la idea de la fabulosa riqueza que representarían tantos miles de kilos de metal si realmente fuesen de oro, casi le convenció de que debía de ser algún metal menos valioso.

En el fondo de la cámara descubrió otra puerta atrancada y de nuevo, al observar que las barras estaban por dentro, alentó la esperanza de estar recorriendo un pasadizo que llevaba a la libertad. Al otro lado de la puerta, el pasaje se extendía recto como un venablo de guerra, y el hombre-mono pronto tuvo la convicción de que le conducía hacia el otro lado de los muros del templo. ¡Si conociese la dirección en que iba! Si era hacia el oeste, entonces debería encontrarse ya más allá de las murallas exteriores de la ciudad.

Con ilusionada y creciente esperanza avanzó todo lo deprisa que se atrevía, hasta que al cabo de media hora llegó a otro tramo de escalera que llevaba hacia arriba. El piso de los peldaños era de cemento, pero la planta de sus pies descalzos notó mientras subía que la materia de aquellos escalones cambiaba repentinamente. Los escalones de cemento fueron sustituidos por otros de granito. Al tantearlos con la mano, Tarzán descubrió que estos últimos estaban aliados en la roca viva, ya que no se apreciaba ninguna hendidura de acoplamiento.

Durante una treintena de metros, los peldaños ascendían en espiral. Finalmente, la escalera de cara- col trazó un giro brusco y Tarzán se encontró en una estrecha grieta flanqueada por dos muros de roca. Por encima, las estrellas fulguraban en el cielo y, ante él, una cuesta empinada sustituía a la escalera. Tarzán ascendió presuroso por el sendero ascendente y al llegar a la parte superior se encontró con un enorme y áspero peñasco de granito.

A kilómetro y medio de allí se encontraba la ruinosa ciudad de Opar, con sus cúpulas y torreones bañados por la luz suave de la luna ecuatorial. Tarzán bajó la mirada sobre el lingote que había llevado consigo. Lo examinó durante unos momentos a los resplandecientes rayos lunares y luego alzó la cabeza y contempló las distantes moles de representantes de una grandeza en plena ruina.

-Opar -musitó-. Opar, la ciudad encantada de un pretérito muerto y olvidado. Ciudad de beldades y seres animalescos. Ciudad de horror y muerte, pero... ¡ciudad de riqueza fabulosa!

El lingote era de oro puro.

El peñasco en el que se encontraba Tarzán sobresalía en la planicie a bastante distancia de los riscos que sus guerreros y él habían escalado la mañana anterior. Descender por aquella áspera y perpendicular cara rocosa era una empresa infinitamente laboriosa y de considerable peligro, incluso para el hombre-mono, pero al final tuvo el blando suelo del valle bajo los pies y, sin volver la cabeza para echar otro vistazo a la ciudad de Opar, encaró las escarpaduras y se dispuso a atravesar el valle a paso ligero.

El sol empezaba a remontarse en el cielo cuando Tarzán llegó a la cumbre plana de la montaña que constituía la frontera occidental del valle. Avistó a sus pies una columna de humo que se elevaba por encima de las copas de los árboles del bosque que verdeaba en la base de las estribaciones serranas.

-Hombres -murmuró-. Salieron cincuenta en mi búsqueda. ¿Serán ellos?

Descendió rápidamente por la cara del farallón y, tras dejarse caer en el fondo de un estrecho barranco que llevaba a la distante arboleda, se encaminó apresuradamente en dirección al humo. Al llegar a la orilla del bosque, a unos cuatrocientos metros del punto de donde se elevaba en el tranquilo aire la delgada columna de humo, Tarzán se subió a la enramada. Se fue aproximando cautelosamente y, de súbito, apareció ante sus ojos una tosca boma, en el centro de la cual, sentados en cuclillas alrededor de sus minúsculas fogatas, vio a sus cincuenta negros waziris. Los avisó en su propia lengua:

-¡Levantaos, muchachos, y saludad a vuestro rey!

Entre exclamaciones de sorpresa y temor, los guerreros se pusieron en pie, sin tener muy claro si debían huir o quedarse allí. Tarzán se descolgó ágilmente de una rama y se situó en el centro del grupo. Cuando comprobaron que era su jefe en carne y hueso y no un espíritu materializado momentáneamente, los invadió una eufórica alegría.

-¡Fuimos cobardes, oh Waziri! -exclamó Busuli-. Salimos huyendo y te abandonamos a tu suerte. Pero cuando logramos superar nuestro pánico juramos volver para salvarte o, por lo menos, vengar tu posible asesinato. Precisamente ahora estábamos preparando la operación de escalar de nuevo esas alturas y atravesar el valle desolado que lleva a la ciudad.

-¿Habéis visto pasar por el bosque a cincuenta hombres de aspecto espantoso procedentes de los riscos, muchachos? -preguntó Tarzán.

-Sí, Waziri -respondió Busuli-. Pasaron junto a nosotros ayer, cuando estábamos a punto de dar media vuelta e ir a buscarte. No saben andar por el bosque. Oímos el ruido que armaban cuando estaban a más de kilómetro y medio, y como teníamos otro asunto entre manos, nos escondimos en la arboleda y los dejamos pasar. Andaban deprisa, moviendo sus cortas piernas de un modo ridículo; a veces, se ponían a marchar a cuatro patas, como Bolgani, el gorila. Verdaderamente, eran espantosos, Waziri.

Después de que Tarzán les refiriese sus aventuras y les hablara del metal amarillo que había descubierto, ninguno de ellos puso la menor pega cuando les esbozó el plan que había trazado para volver a la ciudad durante la noche y llevarse de allí cuanto pudieran de aquel fabuloso tesoro. Así fue como, al caer la oscuridad de la noche sobre el yermo valle de Opar, cincuenta guerreros de ébano marcharon a paso ligero por el reseco y polvoriento suelo hacia el gigantesco peñón que se alzaba imponente sobre la ciudad.

Si dificil había parecido la tarea de descender por la cara del peñasco, Tarzán no tardó en comprender que sería imposible conseguir que los cincuenta guerreros alcanzasen la cima. Por último, la operación se cumplió merced a los hercúleos esfuerzos del hombre-mono. Se ataron unos a otros diez venablos, por los extremos, y con el primero de aquella cadena ligado a la cintura, Tarzán consiguió escalar el risco.

Una vez en la cima, utilizó la cadena de venablos para ir izando uno por uno a los cincuenta guerreros. Cuando toda la partida se encontró segura en la cumbre del peñón, Tarzán los condujo de inmediato a la cámara del tesoro, donde a cada uno se le asignaron dos lingotes, lo que representaba una carga de aproximadamente treinta y cinco kilos.

A medianoche, la patrulla en pleno se encontraba de nuevo al pie del risco, pero con aquel pesado cargamento a cuestas no llegaron a la cumbre de los peñascos hasta poco antes del mediodía. Desde allí, el regreso a su territorio fue lento, dado que aquellos orgullosos guerreros no estaban acostumbrados a las obligaciones de los porteadores. Pero cumplieron su tarea de transporte sin quejarse y treinta días después llegaban a su territorio.

En la frontera, en vez de continuar hacia el nordeste, donde se encontraba su aldea, Tarzán los condujo en dirección oeste, hasta que en la mañana de la jornada trigesimotercera, levantaron el campamento y el hombre mono ordenó a los waziris que dejasen el oro donde lo habían apilado la noche anterior y regresaran a su poblado.

-¿Y tú, Waziri? -le preguntaron.

-Me quedaré aquí unos días, muchachos -respondió-. Ahora, volved en seguida junto a vuestras esposas e hijos.

Cuando se hubieron marchado, Tarzán cogió dos lingotes, saltó a la enramada de un árbol y, desplazándose por encima de la impenetrable masa de vegetación enmarañada al nivel del suelo, recorrió velozuiente unos doscientos metros para emerger súbitamente en un claro circular a cuyo alrededor se erguían los gigantes del bosque selvático como vigilantes guardianes. En el centro de aquel anfiteatro natural había un pequeño montículo de tierra endurecida y achatada superficie.

Tarzán había estado centenares de veces en aquel retiro aislado, a cuyo alrededor las zarzas, los arbustos espinosos, los matorrales y las enredaderas for- maban una barrera tan densa que no podían romper ni siquiera Sheeta, el leopardo, con sus felinos movimientos sinuosos, ni Tantor, con su enorme fuerza de gigante. Era un obstáculo que protegía la cámara de consejo de los grandes monos, impidiendo el paso a todos los habitantes de la jungla, salvo los inofensivos.

Cincuenta viajes tuvo que hacer Tarzán para depositar todos los lingotes en el recinto del anfiteatro. Del hueco del tronco de un árbol herido por un rayo sacó la misma azada con la que había desenterrado el arcón del profesor Arquímedes Q. Porter y que, en cierta ocasión, a imitación de los simios, sepultó en el mismo lugar. Con aquella herramienta excavó una zanja alargada, en cuyo fondo colocó la fortuna que sus negros habían trasladado desde la olvidada cámara del tesoro de la ciudad de Opar.

Durmió aquella noche dentro del recinto del anfiteatro y, casi con el alba, se puso en camino hacia su cabaña, que deseaba visitar antes de volver con los waziris. Encontró las cosas tal como las había dejado y luego se adentró en la jungla para ver si podía cazar algo, con la intención de llevarse la pieza a la cabaña para darse un banquete a gusto y rematar el día durmiendo en un lecho cómodo.

Recorrió unos ocho kilómetros en dirección sur, hacia las orillas de un gran río que desembocaba en el mar a cosa de diez kilómetros de la cabaña. Habría avanzado ochocientos metros tierra adentro, cuando su fino olfato captó el único olor que sobresalta a toda la selva virgen: Tarzán percibió el olor del hombre.

El viento soplaba desde el océano, por lo que Tarzán supo que las personas de las que provenía se encontraban al oeste de su situación. Mezclado con el de hombre llegaba el olor de Numa. Hombre y león.

«Será mejor que me dé prisa», pensó el hombre mono, al reconocer el efluvio del hombre blanco. «Seguramente Numa ha salido de caza.»

Cuando a través de los árboles llegó a la linde de la selva, vio a una mujer que, arrodillada, parecía estar rezando. De pie ante ella, con la cabeza hundida entre los brazos, había un hombre blanco de aspecto salvaje y primitivo. A espaldas del hombre, un viejo león de roñoso aspecto avanzaba despacio hacia una fácil presa. Como el hombre tenía la cara oculta y la mujer inclinada la cabeza, Tarzán no podía ver las facciones de ninguno de los dos.

Numa se aprestaba ya a saltar. No había un segundo que perder. Tarzán ni siquiera contaba con tiempo para preparar el arco y hundir una flecha envenenada en la piel amarilla del felino. Y estaba demasiado lejos para llegar hasta la fiera y utilizar el cuchillo sobre ella. No quedaba más que una esperanza... una sola alternativa. Y el hombre-mono actuó con la celeridad del pensamiento.

Un brazo musculoso voló hacia atrás y en una milésima de segundo un fuerte venablo pasó por encima del hombro del gigante... El potente brazo efectuó un vigoroso movimiento hacia adelante y un veloz mensajero de muerte atravesó raudo la fronda y fue a enterrarse en el corazón de la fiera, ya en pleno salto. Sin producir sonido alguno, Numa rodó a los pies de sus presuntas víctimas... muerto.

Durante unos instantes, ni el hombre ni la mujer se movieron. Luego, ésta abrió los párpados y se quedó mirando con asombrados ojos el animal caído sin vida a la espalda de su compañero. Cuando la boni- ta cabeza se alzó, a Tarzán de los Monos se le escapó un jadeo de atónita sorpresa. ¿Se había vuelto loco? ¡Aquella no podía ser la mujer que amaba! ¡Sin embargo, no era ninguna otra!

La mujer se levantó y el hombre la rodeó con su brazo y se dispuso a besarla. De súbito, el hombremono lo vio todo rojo a través de una sangrienta bruma asesina y la vieja cicatriz de su frente adoptó un ardiente color escarlata para destacar sobre el tono moreno de la piel.

Una terrible expresión apareció en su rostro mientras colocaba en el arco una flecha envenenada. En aquellas grises pupilas fulguró un brillo desagradable mientras apuntaba a la espalda del confiado hombre, ajeno al peligro que se cernía sobre él.

Tarzán miró a lo largo del pulimentado astil de la flecha y luego tensó al máximo la cuerda del arco, para que el impulso permitiera al proyectil atravesar el corazón al que estaba destinada.

Pero no envió el mensajero fatal. Despacio, la punta de la flecha se inclinó hacia abajo; el color escarlata de la cicatriz volvió a fundirse con el tono bronceado de la frente; se aflojó la tensión de la cuerda del arco... Y Tarzán de los Monos agachó la cabeza y, tristemente, volvió a adentrarse por la selva y se dirigió a la aldea de los waziris.