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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 23. Cincuenta hombres espantosos
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Jane Porter y William Cecil Clayton permanecieron largos minutos contemplando en silencio el cuerpo sin vida de la fiera bajo cuyas garras a punto estuvieron de perecer.

La muchacha fue la primera en tomar de nuevo la palabra, tras el estallido de su impulsiva confesión.

-¿Quién puede haber sido? -susurró.

-¡Sabe Dios! -fue lo único que se le ocurrió contestar al hombre.

-Si es un amigo, ¿por qué no se presenta? -continuó Jane-. ¿No crees que deberíamos llamarle, aunque sólo fuese para darle las gracias?

Maquinalmente, Clayton hizo lo que Jane sugería, pero sólo obtuvieron la callada por respuesta.

Jane Porter se estremeció.

-La jungla misteriosa -musitó entre dientes-. La terrible jungla. Consigue que hasta los gestos amistosos parezcan algo aterrador.

-Vale más que volvamos al refugio -dijo Clayton-. Al menos tú estarás allí más segura. -Añadió con amargura-: Maldita la protección que puedo ofrecerte yo.

-No hables así, William -se apresuró a decir Jane, lamentando la herida que habían abierto sus palabras-. Te has portado lo mejor que has podido. Has sido noble, sacrificado y valiente. No tienes la culpa de no ser un superhombre. Que yo conozca, sólo hay otro hombre que se hubiera comportado mejor que tú. Por culpa de la excitación elegí mal las palabras... No quería ofenderte. Lo único que quiero es que quede claro, de una vez por todas, que no puedo casarme contigo... que tal matrimonio sería una ruindad.

-Creo que lo entiendo -repuso Clayton-. No hablemos más del asunto... al menos hasta que hayamos vuelto a la civilización.

Al día siguiente, Thuran había empeorado. Su estado delirante era casi continuo. Nada podían hacer para aliviarle, ni tampoco Clayton tenía excesivos deseos de intentarlo. Temía al ruso por el daño que pudiera causarle a Jane... y en el fondo de su corazón confiaba en que muriese. La idea de que le pudiera ocurrir algo a él y que la muchacha quedase totalmente a merced de aquella bestia le producía una inquietud mayor que la probabilidad de la muerte casi segura que esperaba a Jane caso de quedarse sola en los aledaños de la despiadada selva virgen.

El inglés había sacado el grueso venablo del cuerpo del león, así que cuando por la mañana salió de caza y se aventuró por la jungla, la sensación de seguridad que le animaba era infinitamente mayor que en ninguna otra ocasión desde que arribaron a aquella costa salvaje.

La consecuencia fue que se adentró en la selva e, inconscientemente o no, se alejó del refugio más de lo habitual.

Para eludir en lo posible los accesos delirantes que la fiebre provocaba en el ruso, Jane Porter había bajado del refugio y se encontraba al pie del árbol... ya que no se atrevía a aventurarse fuera de la zona. Sentada allí, junto a la tosca escala que Clayton construyó para ella, contemplaba el mar, con la siempre viva esperanza de avistar algún buque que pudiera ir a rescatarlos.

Daba la espalda a la jungla, por lo que no se percató de que alguien apartaba las hierbas y que en el hueco aparecía el rostro de un salvaje. Unos ojillos diminutos, muy juntos, inyectados en sangre la observaron atentamente; de vez en cuando, se desviaban para explorar la playa, en busca de señales que indicasen la presencia de otras personas.

Apareció otra cabeza, a la que siguió otra, y otra más... El enfermo del refugio empezó a delirar otra vez y las cabezas desaparecieron tan silenciosa y bruscamente como habían surgido. No tardaron en asomarse de nuevo, en vista de que la muchacha no daba muestras de alterarse lo más mínimo a causa de los continuos gemidos del hombre que estaba en el refugio del árbol.

Una tras otra, las grotescas figuras emergieron de la jungla y fueron acercándose sigilosamente a la confiada mujer. El tenue rumor del roce de unas hierbas atrajo la atención de Jane. Volvió la cabeza y el espectáculo con que se enfrentaron sus ojos la hizo incorporarse, vacilante, al tiempo que exhalaba un chillido aterrado. Se precipitaron en bloque sobre ella. Una de aquellas espantosas criaturas la levantó en peso con sus largos brazos de gorila y se dirigió con ella al interior de la selva. Una sucia zarpa cubrió la boca de Jane para sofocar sus gritos. Sumado a la semana de tortura que ya había sufrido, aquel sobresalto fue más de lo que la joven pudo resistir. Sus nervios destrozados cedieron y perdió el conocimiento.

Cuando recuperó el sentido se encontró en la espesura de la selva virgen. Era de noche. Ardía una gigantesca hoguera en el pequeño claro donde yacía. En torno a la muchacha cincuenta espantosos individuos permanecían sentados en cuclillas. Tanto la cabeza como el rostro estaban cubiertos por enmarañadas e hirsutas matas de pelo. Sus largos brazos descansaban sobre las rodillas de sus cortas y estevadas piernas. Masticaban, rumiaban más bien, como animales, algo de aspecto desagradable. Sobre la lumbre, en el borde de la fogata, hervía el contenido de un caldero del que, de vez en cuando, uno u otro de aquellos seres sacaba un pedazo de carne pinchado en el extremo de un palo de punta afilada.

Cuando se dieron cuenta de que su prisionera había vuelto en sí, la sucia mano del comensal que estaba más cerca de ella le arrojó un trozo de aquel repugnante estofado. La carne rodó junto a la muchacha, pero Jane se limitó a cerrar los ojos mientras la náusea ascendía desde el fondo de su estómago.

Viajaron muchos días a través de la tupida vegetación de la jungla. A Jane Porter, exhausta y con los pies hinchados y doloridos, la obligaban a avanzar, medio a rastras, medio a empujones, a lo largo de las tediosas, largas y abrasadoras jornadas. Alguna que otra vez, cuando tropezaba y caía, el repelente individuo que estaba más a mano la abofeteaba o la hacía levantarse a puntapiés. Mucho antes de que alcanzasen el final de aquella horrible marcha, Jane había prescindido de sus zapatos, a los que ya les faltaba la suela cuando los tiró. Sus prendas de vestir habían quedado reducidas a andrajosos harapos y, entre los lamentables jirones de la tela, la en otro tiempo blanca y tersa piel aparecía ahora ensangrentada y cubierta de arañazos producidos por los miles de implacables espinos y zarzas a través de las que la arrastraban.

Los últimos dos días de aquel viaje infernal se hallaba en estado tal de agotamiento que por muchas patadas que le propinasen y por muchos insultos que le dirigieran, le resultaba de todo punto imposible incorporarse sobre los sufridos y sanguinolentos pies. La maltratada naturaleza había llegado al límite de su resistencia y la muchacha se encontraba en una situación de impotencia fisica tan absoluta que ni siquiera podía ponerse de rodillas.

Aquellos bestias la rodeaban, sin parar de dirigirle amenazas en aquel lenguaje incomprensible para ella, se regodeaban en sus sufrimientos, la golpeaban con los puños y los pies, mientras la joven yacía en el suelo, con los ojos cerrados, rezando para que la muerte misericordiosa pusiera coto a tanto padecimiento. Pero esa muerte no llegó y, al final, los cincuenta hombres espantosos comprendieron que su víctima era incapaz de andar, por lo que la cogieron y la llevaron a cuestas el resto del viaje.

A última hora de la tarde, Jane vio las decadentes murallas de una imponente ciudad que se alzaba frente a ellos, pero estaba tan enferma y se sentía tan débil que no despertó en ella la más leve sombra de interés. No ignoraba que, la llevasen a donde la llevaran, su destino no podía tener más que un fin, cautiva de aquellos feroces semihombres.

Pasaron por último a través de dos gigantescas murallas y llegaron al interior de la ruinosa ciudad. La condujeron a un pabellón medio derruido, donde la rodearon centenares de criaturas como las que la habían llevado allí. Pero entre aquella multitud había mujeres, cuyo aspecto era menos horrible. Al verlas, la muchacha alentó un conato de esperanza susceptible de mitigar su martirio. Pero duró poco, porque las féminas no le brindaron la menor simpatía, aunque, por otra parte, tampoco se metieron con ella.

Tras inspeccionarla a entera satisfacción de los individuos de aquel edificio, la trasladaron a una oscura cámara de los sótanos, donde la dejaron tirada en el suelo, con un cuenco de metal lleno de agua y otro con comida.

Durante una semana, Jane sólo vio a las mujeres encargadas de llevarle alimento y agua. Poco a poco fue recuperando las energías... pronto se encontraría en condiciones para constituir un sacrificio digno del Dios Flamígero. Era una suerte que la muchacha ignorase el destino que le aguardaba.

Cuando Tarzán de los Monos se retiraba lentamente a través de la jungla, tras arrojar certeramente aquel venablo que salvó a Clayton y a Jane Porter de morir destrozados por las fauces de Numa, el dolor que ocasiona una herida que se reabre de pronto inundaba su mente y su espíritu.

Se alegraba de haber detenido su brazo a tiempo de evitar la consumación de aquel acto homicida que su demencial arrebato de celos rabiosos le impulsaba irracionalmente a cometer. Sólo una fracción de segundo se había interpuesto entre Clayton y la muerte a manos del hombre-mono. En el breve instante transcurrido desde que reconoció a la joven y a su acompañante y la relajación de los tensos músculos que sostenían la flecha envenenada con la punta dirigida al corazón del inglés, Tarzán se había visto desequilibrado, dominado por los bárbaros impulsos de la salvaje vida de la fiera.

Había visto a la mujer que anhelaba -su mujer, su compañera, su pareja- en brazos de otro. De acuerdo con el inflexible código de la jungla que le había guiado en su existencia anterior, no podía reaccionar más que de una sola manera, era el único camino. Pero una décima de segundo antes de que fuese demasiado tarde, sentimientos más humanos, inherentes a su innata caballerosidad, se elevaron por encima de la llameante hoguera de su pasión y le salvaron. Dio gracias a Dios mil veces porque tales sentimientos hubiesen triunfado antes de que sus dedos soltasen la pulimentada flecha.

Cuando pensó en volver con los waziris, la idea le resultó repelente. No deseaba volver a ver a ningún ser humano. Al menos, viviría solo, vagando por la selva, durante una temporada, hasta que el agudo filo del cuchillo de su dolor se mellara un poco. Al igual que sus compañeros los animales, prefería sufrir en silencio y a solas.

Aquella noche volvió a dormir en el anfiteatro de los monos, y durante varios días partió de allí a cazar y allí regresaba por la noche. En la tarde del tercer día volvió temprano. Llevaba un momento tendido encima de la suave hierba del claro cuando percibió un sonido que le era familiar. Deambulaba por la selva una cuadrilla de grandes simios... No podía equivocarse. Aguzó el oído a lo largo de varios minutos. Avanzaban en dirección al anfiteatro.

Tarzán se levantó perezosamente y se estiró. Sus aguzados oídos siguieron todos y cada uno de los movimientos de la tribu. Marchaban con el viento de espalda y Tarzán captó en seguida su olor, aunque no necesitaba aquella evidencia adicional para estar seguro de que tenía razón.

Cuando se aproximaban al anfiteatro. Tarzán de los Monos se escabulló entre las ramas de un árbol del lado contrario de la arena. Aguardó allí para inspeccionar a los que llegaban. No tuvo que esperar mucho.

Una cara velluda y feroz apareció de pronto entre las ramas bajas de la orilla contraria del bosque. Los crueles ojillos lanzaron una ojeada al claro y luego hubo un intercambio de parloteos cuando informó a los que marchaban detrás. Tarzán distinguió las palabras. El explorador comunicaba a los demás miembros de la tribu que el camino estaba despejado y que podían entrar en el anfiteatro con absoluta seguridad.

El cabecilla guía se descolgó ágilmente sobre la mullida alfombra de hierba y a continuación, uno tras otro, cerca de un centenar de antropoides le siguieron. Había adultos de gran tamaño e individuos jóvenes. Unas cuantas crías se aferraban a los peludos cuellos de sus selváticas madres.

Tarzán reconoció a bastantes miembros de la tribu. Era la misma en la que se había criado y vivido desde niño. No pocos de los ahora adultos eran pequeños durante la juventud de Tarzán. Había jugado y retozado con ellos en aquella selva en el curso de su breve infancia y niñez. Se preguntó si se acordarían de él... La memoria de algunos simios no es lo que se dice demasiado larga y dos años pueden constituir para ellos toda una eternidad.

Las conversaciones que llegaban a sus oídos le participaron que la tribu había ido allí a elegir un nuevo rey: su último jefe se cayó desde una altura de treinta metros, al romperse una rama por la que pasaba, y el impacto contra el suelo le mató.

Tarzán anduvo hasta el extremo de una rama, desde donde quedaba visible a los integrantes de la tribu: Los rápidos ojos de una hembra fueron los primeros en localizarle. La hembra lanzó un aullido gutural para llamar la atención de los demás. Varios machos gigantescos se irguieron en toda su estatura para ver mejor al intruso. Enseñando los dientes y erizados los pelos del cuello avanzaron lentamente hacia Tarzán, al tiempo que de las profundidades de sus gargantas salían sordos y ominosos gruñidos.

-Soy Tarzán de los Monos, Kamath -anunció el hombre-mono en la lengua vernácula de la tribu-. Tienes que acordarte de mí. Juntos nos burlamos e hicimos rabiar mucho a Numa, cuando aún éramos pequeños. Le arrojábamos palos y nueces desde las ramas altas, donde estábamos a salvo.

El animal al que se dirigía detuvo su avance, con expresión de haber comprendido a medias y el asombro decorando su cara bestial.

-Y tú, Magor -se dirigió Tarzán a otro-, ¿no te acuerdas de tu antiguo jefe, el que mató al poderoso Kerchak? ¡Mírame! ¿No soy el mismo Tarzán, el formidable cazador, el luchador invencible al que todos vosotros conocisteis durante muchas estaciones?

Los monos avanzaron en grupo, pero en su ánimo había más curiosidad que amenaza. Cuchichearon entre ellos durante unos momentos.

-¿Qué buscas ahora entre nosotros? -preguntó

Karnath.

-Sólo quiero paz -respondió el hombre-mono.

Los simios volvieron a conferenciar. Por último, Karnath habló de nuevo.

Ven en paz, pues, Tarzán de los Monos -dijo.

Y Tarzán de los Monos se dejó caer con flexible salto sobre el mullido césped, en medio de aquella turba feroz y terrible. Había completado su ciclo evolutivo, para volver de nuevo a su condición de bruto entre los brutos.

No hubo saludos de bienvenida como hubiera ocurrido entre los hombres tras una separación de dos años. La mayoría de los monos reanudaron sus actividades, interrumpidas por la llegada de Tarzán, sin prestarle más atención, como si nunca se hubiera ausentado de la tribu.

Un par de machos jóvenes, que no tenían suficiente edad para recordarle, se llegaron a él y procedieron a olfatearle. Uno de ellos le enseñó los dientes y le gruñó, amenazador: deseaba poner de inmediato a Tarzán en el sitio que le correspondía. De haberse echado Tarzán atrás, seguramente el macho joven se habría dado por satisfecho, pero a partir de aquel momento la posición de Tarzán entre sus compañeros sería siempre inferior a la del macho que le había hecho retroceder.

Pero Tarzán de los Monos no retrocedió. Por el contrario, su gigantesca diestra salió disparada, con toda la fuerza de sus poderosos músculos, y arreó al joven macho tan tremenda bofetada en pleno rostro que lo mandó rodando por la hierba. El simio se levantó automáticamente, en una décima de segundo, se abalanzó sobre Tarzán... y esa vez la lucha sería cuerpo a cuerpo, a dentelladas desgarradoras y zarpazos demoledores: al menos, tal era la intención del macho joven. Pero apenas llegaron al suelo, entre gruñidos y mordiscos, los dedos del hombre mono encontraron la garganta de su antagonista.

El macho joven no tardó en dejar su forcejeo, para permanecer completamente inmóvil en el suelo. Pero Tarzán aflojó la presa, le soltó y se puso en pie... No deseaba matar, sólo demostrar al joven y a quienquiera que pudiese estar contemplando la escena, que Tarzán de los Monos seguía siendo amo y señor.

La lección cumplió su objetivo: los belicosos monos jóvenes se apartaron de su camino, como debían hacer en presencia de congéneres superiores, y los machos adultos se abstuvieron de poner en tela de juicio las prerrogativas que le correspondían. Durante varios días, las hembras jóvenes con hijos de pecho mantuvieron respecto a él una actitud recelosa, y cuando se les acercaba más de la cuenta se precipitaban hacia él, con las fauces abiertas y emitiendo rugidos espantosos. En tales casos, Tarzán emprendía la retirada juiciosamente y se ponía lejos de su alcance, porque también esa es la costumbre entre los monos: sólo los machos que se vuelven locos atacan a una madre. Al cabo de unos días, sin embargo, todos se habían acostumbrado a la presencia de Tarzán.

Iba de caza con ellos, como en los viejos tiempos, y cuando se dieron cuenta de que su superior inteligencia los llevaba a los puntos donde la comida era mejor y más abundante y de que su eficiente y astuta cuerda les proporcionaba suculenta carne de piezas que en raras ocasiones podían saborear, empezaron a considerarle como lo habían hecho en el pasado, cuando llegó a ser su rey. Y así fue que, antes de que abandonasen el anfiteatro para volver a su existencia nómada, ya lo habían vuelto a elegir jefe de la tribu.

El hombre-mono se sentía muy satisfecho de su suerte. Desde luego, no era feliz, nunca volvería a ser- lo, pero al menos se encontraba lo más lejos que le era posible encontrarse de cuanto pudiera recordarle su pasada desdicha. Hacía mucho tiempo que abandonó toda idea de regresar a la civilización y había decidido ya no volver nunca junto a sus amigos negros, los waziris. Había renunciado para siempre a convivir con los hombres. Empezó su vida como mono... y como mono moriría.

Sin embargo, le era imposible borrar de su memoria el hecho de que la mujer de la que se había enamorado estaba a menos de una jornada de distancia del terreno por el que vagaba la tribu, como tampoco podía apartar de su mente el temor de que a Jane la acechase el peligro de manera constante. Durante los breves instantes en que fue testigo directo de la ineficacia de Clayton comprendió que Jane no contaba ni mucho menos con la debida protección. Cuanto más pensaba en ello, más le atormentaba a Tarzán la conciencia.

Al final llegó a odiarse a sí mismo por permitir que su dolor y sus celos egoístas se interpusieran entre Jane Porter y la seguridad de la muchacha. A medida que iban pasando los días, aquel remordimiento iba corroyéndole cada vez con más intensidad el espíritu y la mente. Pero cuando decidió volver a la costa para velar por Jane Porter y Clayton, surgieron noticias que alteraron todos sus planes y le impulsaron a salir disparado enloquecida y temerariamente hacia el este, sin pensar en los peligros y la muerte que podían aguardarle.

Antes de que Tarzán se hubiese integrado de nuevo en la tribu, cierto macho joven, al no estar seguro de que encontraría pareja apropiada entre las hembras de su comunidad, se marchó a recorrer mundo, de acuerdo con la costumbre de aquella familia de antropoides, como un caballero andante del medievo, en busca de la hermosa dama que colmase sus sueños, a la que tal vez encontraría en alguna comunidad vecina.

Acababa de regresar con su novia y se apresuraba a narrar las aventuras vividas, antes de que se le olvidaran. Entre otras cosas, contó haber visto una gran tribu de monos de aspecto singular.

-Todos eran machos de cara peluda -explicó-. Todos, menos uno, que era una hembra de color aún más claro que el de este forastero -y señaló a Tarzán con el pulgar.

Se despertó instantáneamente el interés del hombre-mono. Empezó a formular preguntas con toda la rapidez que permitía la corta inteligencia del antropoide, lento en las respuestas.

-Esos machos, ¿eran bajos y tenían las piernas arqueadas?

-Sí.

-¿Llevaban pieles de Numa y de Sheeta atadas alrededor de la cintura e iban armados con estacas y cuchillos?

-Sí.

-¿Llevaban muchos aros amarillos en los brazos y en las piernas?

-Sí.

-Y la hembra... ¿era menuda, esbelta y muy blanca?

-Sí.

-¿Pertenecía a la tribu o parecía ser su prisionera?

-La llevaban a rastras, unas veces tirando de ella por un brazo, otras del pelo de la cabeza que lo tenía muy largo. Y no paraban de darle golpes con los puños y con los pies. ¡Ah, era divertidísimo de ver!

-¡Dios santo! -murmuró Tarzán. Preguntó al macho joven-: ¿Dónde estaban cuando los viste y qué dirección llevaban?

-Estaban a la orilla de la segunda agua de ahí detrás -señaló el antropoide hacia el sur-. Cuando pasaron junto a mí iban hacia la mañana, contra corriente, por el borde del agua.

-¿Cuándo fue eso? -inquirió Tarzán. -Hace media luna.

Sin una palabra más, el hombre-mono saltó a la enramada y voló de árbol en árbol como un espíritu incorpóreo, hacia el este, rumbo a la olvidada ciudad de Opar.