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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 24. Tarzán vuelve a Opar
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Al regresar al refugio y descubrir que Jane Porter había desaparecido, un frenético arrebato de miedo y dolor asaltó a Clayton. Encontró a monsieurThuran en sus cabales; la fiebre le había abandonado del mismo modo repentino en que se presentó, lo cual no deja de ser una de las peculiaridades de ese fenómeno patológico. Pese a su mejoría, el ruso, débil y exhausto, continuaba tendido en su lecho de hierbas del refugio.

Al preguntarle Clayton por la muchacha, pareció sorprenderle la noticia de que Jane no se encontraba allí.

-No he oído nada fuera de lo normal -dijo-. Claro que la mayor parte del tiempo he estado inconsciente.

De no haber sido por la evidente debilidad del individuo, Clayton hubiera sospechado que el ruso tenía algún siniestro conocimiento del paradero de Jane. Pero saltaba a la vista que Thuran carecía de la vitalidad suficiente para bajar del refugio sin ayuda ajena. En las condiciones fisicas en que se encontraba no podía haber causado daño alguno a la muchacha, como tampoco hubiera podido subir solo por la tosca escala que llevaba al refugio.

El inglés decidió dedicar el resto del día a inspeccionar la zona próxima de la selva, en busca de alguna pista de Jane o de su posible secuestrador. Pero aunque el rastro que dejaron los cincuenta espantosos hombres -cuya habilidad para moverse por la selva era prácticamente nula- fuese tan claro para cualquier morador de la jungla como una calle de ciudad para Clayton, el inglés lo cruzó y volvió a cruzar veinte veces sin percibir la más leve indicación de que por allí había pasado poco antes un nutrido grupo de hombres.

Al tiempo que exploraba el terreno, Clayton seguía llamando a Jane, pero lo único que consiguió con sus voces fue atraer a Numa, el león. Por suerte para él, Clayton vio a tiempo la sombría forma del felino que se le acercaba furtivamente y pudo trepar a las ramas de un árbol antes de que la fiera se hubiese aproximado lo suficiente como para poder echarle las zarpas encima. El lance puso fin a la búsqueda de Clayton durante el resto de la tarde, dado que el león estuvo hasta bien caída la noche paseándose bajo la enramada donde se había encaramado el inglés.

Incluso bastante después de que el animal se alejara, Clayton no se atrevió a descender a la amedrentadora negrura del suelo, de modo que se pasó la noche en el árbol: una noche aterradora, pavorosa. A la mañana siguiente abandonó toda esperanza de auxiliar a Jane Porter y regresó a la playa.

En el transcurso de la semana siguiente, monsieur Thuran recobró rápidamente sus energías, sin moverse de su lecho en el refugio, mientras Clayton salía en busca de comida para ambos. Los dos hombres sólo se dirigían la palabra cuando era estrictamente necesario. Clayton había pasado a ocupar la parte del refugio que estuvo reservada a Jane Porter, y sólo veía al ruso cuando le llevaba comida o agua, o cuando efectuaba para él alguna tarea de las que el más elemental sentido humanitario requería.

Cuando Thuran volvió a encontrarse en condiciones de bajar en busca de alimento, fue Clayton el que se vio atacado por la fiebre. Durante días y días el delirio y el sufrimiento no cesaron de acosarle, pero el ruso no se acercó una sola vez a verle. Clayton no tenía apetito y no necesitaba alimento, pero su organismo sí precisaba agua y el deseo anhelante de ingerirla se convirtió en una tortura. A pesar de lo débil que estaba, solía aprovechar los momentos en que los intermitentes ataques de delirio se lo permitían para bajar del refugio, una vez al día, ir al arroyo y llenar una pequeña lata, que era uno de los pocos objetos sacados del bote salvavidas.

En tales ocasiones, Thuran le observaba con expresión de malévolo regodeo... Realmente parecía disfrutar con el sufrimiento del hombre que, pese al desprecio que pudiera sentir por él, le había cuidado lo mejor que supo durante el tiempo que el ruso sufrió los mismos rigores febriles.

Por último, la debilidad se apoderó de Clayton de tal modo que el inglés ya no pudo bajar del refugio. Se pasó un día entero muerto de sed y sin recurrir a Thuran pero, finalmente, no pudo resistir más y rogó al ruso que le llevase un poco de agua.

Thuran se presentó en la entrada del compartimento de Clayton, con un plato lleno de agua en la mano. Una sonrisa perversa contraía sus facciones.

-Aquí está el agua -dijo-. Pero antes permítame recordarle que me indispuso con la chica, que le habló mal de mí, que se la reservó para sí, que no quiso compartirla conmigo...

Clayton le interrumpió.

-¡Ya está bien! -gritó-. ¡Basta! ¿Qué clase de miserable es usted, capaz de calumniar y deshonrar la memoria de una mujer buena y que creemos está muerta? ¡Santo Dios! ¡Qué estúpido fui al permitirle seguir viviendo! ¡Ni siquiera es digno de vivir en esta tierra maldita!

-Aquí tiene su agua -dijo el ruso-. Toda la que va a conseguir.

Thuran se llevó el recipiente a los labios y bebió un trago.

Arrojó al suelo, abajo, la que quedaba. Luego dio media vuelta y dejó abandonado al enfermo.

Clayton se puso de costado, enterró el rostro entre los brazos y se dio por vencido.

Al día siguiente, Thuran decidió emprender la marcha hacia el norte, a lo largo del litoral. Sabía que, tarde o temprano, llegaría a algún lugar habitado por seres civilizados y que, en el peor de los casos, no estaría peor de lo que estaba en la playa del refugio. Además, los desvaríos delirantes del inglés empezaban a atacarle los nervios.

Así, pues, se apoderó del venablo de Clayton y se puso en camino. Habría matado al enfermo antes de marcharse de no ocurrírsele que eso podía ser una obra de misericordia.

Aquel mismo día llegó a una pequeña cabaña junto a la costa y su corazón se llenó de renovada esperanza al ver aquella prueba de la proximidad de civilización. Pensó que sería el puesto avanzado de alguna colonia cercana. De haber sabido a quien pertenecía y que en aquel momento su propietario se hallaba a escasos kilómetros, tierra adentro, Nicolás Rokoff habría huido de allí como alma que lleva el diablo. Pero como lo ignoraba, decidió quedarse unos días en la cabaña y disfrutar de la seguridad y de las relativas comodidades que proporcionaba aquel albergue. Después reanudó la marcha hacia el norte.

En el campamento de lord Tennington se realizaban preparativos para construir moradas permanentes y, una vez concluidas, enviar una patrulla de varios hombres en busca de socorro.

A medida que fueron pasando los días sin que apareciese por allí la ansiada expedición de salvamento, fue volatilizándose la esperanza de que hubiesen rescatado del mar a Jane Porter, Clayton y monsieur Thuran. Nadie habló más del asunto al profesor, que, por otra parte, estaba tan inmerso en sus elucubraciones científicas que había perdido la noción del tiempo y de su transcurrir.

De vez en cuando formulaba el comentario de que el día menos pensado iban a ver un vapor que anclaría cerca de la orilla y todos volverían a reunirse, felices y contentos. A veces hablaba de un tren y se preguntaba si no llevaría tanto retraso por culpa de las tormentas de nieve.

-Si no conociese tan bien a ese querido buen hombre Tennington hablaba con la señorita Strong-, casi tendría la absoluta seguridad de que... ejem... no está del todo en su sano juicio, ¿sabe?

-Si no fuese tan patético, sería ridículo -repuso la muchacha, en tono triste-. Yo, que le conozco desde pequeña, sé cuánto adora a Jane, sin embargo, a los demás les puede parecer que le tiene sin cuidado la suerte de su hija. Lo único que ocurre es que carece por completo de sentido práctico, vive en las nubes y no puede concebir una cosa tan real como la muerte, a no ser que le presenten una prueba irrebatible de ella.

-Nunca imaginaría usted lo que hizo ayer -continuó Tennington-. Yo volvía solo de una pequeña excursión de caza, cuando me lo encontré de cara, caminando a toda prisa por el sendero. Llevaba las manos a la espalda, entrelazadas bajo el faldón de esa larga levita negra suya y la chistera encasquetada a fondo en la cabeza. Con la vista clavada en el suelo seguramente se hubiera precipitado a una muerte segura si no llego a interceptarle.

»Le pregunté: "Pero, ¿a dónde diablos va, profesor?". "Voy a la ciudad, lord Tennington", me contestó, muy serio, "a quejarme al jefe de Correos del mal servicio que tienen aquí. Porque, señor, llevo una semana sin recibir ni una sola carta. Y tendrían que haber recibido varias de Jane. Se ha de informar inmediatamente a Washington de este asunto".

»No sabe usted, señorita Strong, lo que me costó convencer al pobre anciano de que aquí no hay cartería rural, que no existe ciudad ni, por lo tanto, estafeta, que ni siquiera estamos en el mismo continente en que se encuentra Washington, ni en el mismo hemisferio.

»Cuando todo eso entró en su mente, empezó a preocuparse por su hija... Creo que se dio cuenta por primera vez de la situación en que nos encontramos aquí y de que es posible que no hayan rescatado del mar a la señorita Porter.

-No quiero pensar en eso -dijo la muchacha-y, sin embargo, tampoco puedo quitarme de la cabeza a los miembros ausentes de nuestro grupo.

-Hemos de esperar lo mejor -respondió Tennington-. Usted misma es un espléndido ejemplo de valor, ya que, en cierto modo, es la que más ha perdido de todos nosotros.

-Sí -convino la señorita Strong-. No querría más a Jane si fuese mi hermana.

Tennington no manifestó la sorpresa que le produjo el comentario. Sus tiros no iban por ahí. Desde el naufragio del Lady Alice había pasado muchas horas junto a aquella preciosa hija de Maryland y últimamente se había percatado de que la joven le inspiraba más cariño del que sería recomendable para su paz espiritual y el sosiego de su mente, ya que a su cerebro acudía con reiteración constante la confidencia que le hiciera monsieur Thuran, relativa al compromiso matrimonial entre el ruso y la señorita Strong. Se preguntó si, después de todo, monsieur Thuran habría dicho la verdad. Por parte de la muchacha no había observado el menor detalle que indicase que Hazel experimentara hacia Thuran algo que rebasara los límites de la amistad. Aventuró Tennington:

-Además, la pérdida de monsieur Thuran, si es que se ha perdido, le habrá causado a usted una profunda aflicción.

Hazel Strong levantó hacia él una rápida y sorprendida mirada.

-Monsieur Thuran había llegado a convertirse en un buen amigo mío -dijo la muchacha-. Me caía muy bien, aunque nos conocíamos desde hacía muy poco tiempo.

-Entonces, ¿no estaba usted comprometida en matrimonio con él? -se exaltó lord Tennington, reanimado.

-¡Cielos, no! -exclamó la joven-. Nada de nada, en ese sentido.

Había algo que lord Tennington deseaba decirle a Hazel Strong... se perecía por decírselo y por decír- selo inmediatamente, pero sin saber cómo ni por qué, las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Empezó un par de veces, se le quebró la voz, carraspeó, se le puso como la grana el semblante y, por último... acabó diciendo que las cabañas estarían terminadas antes de que llegase la estación de las lluvias.

Pero, aunque Tennington no tuvo conciencia de ello, lo cierto era que había transmitido a la joven el mensaje que deseaba transmitirle, cosa que hizo feliz a Hazel... más feliz de lo que jamás había sido en toda su vida.

En ese preciso instante interrumpió el diálogo la aparición de una figura de aspecto tan extraño como terrible, que surgió de la selva al sur del campamento. Tennington y la muchacha lo vieron simultáneamente. El inglés tiró de revólver, pero cuando aquel ser medio desnudo, de barbado rostro, pronunció su nombre en voz alta y corrió hacia ellos, lord Tennington bajó el arma y acudió al encuentro del recién llegado.

En aquel hombre sucio y demacrado, vestido sólo con una especie de sayo hecho de pequeñas pieles, nadie hubiese reconocido al atildado y elegante monsieur Thuran que los pasajeros del Lady Alice habían visto por última vez en la cubierta del yate.

Antes de informar a los demás miembros del grupo de la presencia del ruso, Tennington y la señorita Strong interrogaron a monsieur Thuran acerca de la suerte de los otros ocupantes del bote perdido.

-Han muerto todos -respondió Thuran-. Los tres marineros, antes de que desembarcáramos. A la señorita Porter se la llevó al interior de la selva alguna fiera salvaje mientras la fiebre me tenía a mí hundido y delirante. Clayton falleció de esa misma fiebre, pero unos pocos días después. ¡Y pensar que sólo nos separaban unos cuantos kilómetros... apenas un día de marcha! ¡Es terrible!

Jane Porter ignoraba cuánto tiempo permaneció tendida a oscuras en el suelo de aquella mazmorra del antiguo templo de Opar. Aquejada por la fiebre estuvo unos días delirando, pero cuando superó el estado febril empezó a recobrar lentamente sus energías. La mujer que a diario le llevaba comida le indicaba por señas que se incorporase, pero durante bastantes fechas Jane sólo pudo menear la cabeza para comunicarle así que estaba demasiado débil para poder levantarse.

Pero llegó un momento en que estuvo en condiciones de ponerse en pie y, luego, de dar unos pasos vacilantes, apoyándose con una mano en la pared. Los seres que la habían apresado la observaban ahora con creciente interés. Se acercaba el día del sacrificio y la víctima tenía cada vez más fuerzas.

Amaneció por fin el día en cuestión y una joven a la que Jane Porter veía por primera vez se presentó en el calabozo subterráneo acompañada de otras mujeres. Llevaron a cabo allí una especie de ceremonia, de naturaleza religiosa, Jane estuvo segura de eso, lo que le hizo cobrar nuevos ánimos, alegrada por la idea de que había caído entre personas a quienes la influencia formativa de la religión había cultivado y depurado. La tratarían humanitariamente... de eso tenía ahora el convencimiento absoluto.

De modo que cuando la sacaron de aquel calabozo, la condujeron a lo largo de oscuros pasillos y, tras ascender una escalera con peldaños de cemento, a un patio inundado de brillante claridad, la mucha- cha avanzó de buen grado e incluso contenta, porque, ¿no se encontraba entre servidoras de Dios? Cabía la posibilidad, naturalmente, de que la concepción que aquellas gentes tuviesen del Ser Supremo fuera distinta a la suya, pero el hecho de que tuviesen un dios era prueba evidente de que se trataba de criaturas pías y bondadosas.

Pero cuando vio un altar de piedra en el centro de la nave descubierta, y observó las oscuras manchas de sangre resecas sobre el cemento, alrededor del altar, nacieron dudas en su mente. Y cuando se agacharon, le ligaron los tobillos y le ataron las manos a la espalda, sus dudas se transformaron en verdadero miedo. Un momento después, cuando la levantaron en peso y la tendieron encima del altar, toda esperanza desapareció de su espíritu y la angustia del pánico sembró de temblores su cuerpo.

Durante la grotesca danza de las sacerdotisas, Jane permaneció sumida en el terror y para comprender cuál sería su destino no le hizo falta ver cómo la mano de la gran sacerdotisa levantaba despacio la afilada hoja del cuchillo.

Cuando la mano inició el descenso, Jane Porter cerró los párpados y elevó en silencio sus preces al Supremo Hacedor, ante el que no tardaría en enfrentarse... luego sucumbió a la tensión de sus agotados nervios y se desvaneció.

Día y noche corrió Tarzán de los Monos a través de la selva virgen en dirección a la ruinosa ciudad en la que estaba seguro se encontraba, prisionera o muerta ya, la mujer que amaba.

Cubrió en veinticuatro horas la misma distancia que había costado casi una semana a los cincuenta hombres espantosos, porque Tarzán de los Monos volaba de árbol en árbol, por encima de la maraña vegetal que obstaculizaba el paso al nivel del suelo.

El relato del joven mono macho le había indicado claramente que la muchacha cautiva era Jane Porter, porque en toda la jungla no había otra mujer menuda y blanca aparte de «ella». En los «monos» de la burda descripción, Tarzán reconoció a las grotescas caricaturas de hombre que habitaban en las ruinas de Opar. Y no le costaba nada imaginar el destino de Jane, que veía en su mente con la misma claridad que si fuese testigo directo del mismo. No podía adivinar cuándo iban a tender a la muchacha sobre la losa del altar, pero sí estaba seguro de que el frágil cuerpo de su amada acabaría allí tarde o temprano.

Al cabo de lo que al impaciente hombre-mono le parecieron siglos, Tarzán llegó a lo alto de la barrera de escalamientos de peñascos que jalonaban el valle desolado. Contempló abajo las hoscas y pavorosas ruinas de la ahora aterradora ciudad de Opar. A trote rápido atravesó el polvoriento terreno sembrado de peñascos, rumbo a la meta de sus deseos.

¿Llegaría a tiempo de salvar a Jane? Lo esperaba contra toda esperanza. Al menos, podría vengarse, y en su ira se consideraba capaz de borrar del mapa a toda la población de aquella ciudad de los horrores. Era cerca de mediodía cuando alcanzó el gran peñón en cuya parte superior concluía el pasadizo que enlazaba con los pozos de debajo de la ciudad. Escaló como un gato las escarpadas superficies de aquella amenazadora kopje de granito. Segundos después se desplazaba por la oscuridad del largo y recto túnel que llevaba a la cámara del tesoro. Cruzó

ésta y continuó hasta llegar a la chimenea-pozo situa- da al otro lado de la que ocupaba la mazmorra de la pared falsa. Hizo una pausa en el borde del pozo y, desde la abertura de arriba, llegó a sus oídos un tenue soniquete. Lo captó al instante y tradujo su significado... Era la danza de la muerte previa al sacrificio, acompañada por la canción ritual de la suma sacerdotisa. Reconoció incluso la voz de la mujer.

¿Sería precisamente aquella la ceremonia por la que él había corrido tanto para evitar? Una oleada de terror le inundó. ¿Es que, después de todo, llegaba demasiado tarde? Como un ciervo aterrado franqueó de un salto el estrecho abismo, hacia la continuación del pasillo que se prolongaba al otro lado. Se precipitó como un poseso contra la pared falsa, dispuesto a derribar rápidamente aquel obstáculo que se le oponía: sus músculos de gigante apartaron los bloques, introdujo la cabeza y los hombros por la pequeña brecha inicial y se llevó por delante el resto de la pared, que cayó con gran estruendo sobre el piso de cemento de la mazmorra.

Salvó de un solo brinco toda la longitud de la cámara y se arrojó contra la vieja puerta. Pero ésta le cortó el paso eficazmente. Las fuertes barras de madera que la atrancaban por el otro lado demostraron estar hechas a prueba de sus formidables músculos. Sólo necesitó un momento para llegar a la conclusión de que eran inútiles sus esfuerzos y que no podría derribar aquella barrera infranqueable. Sólo había otro camino de acceso y para recorrerlo debía regresar por los túneles hasta el risco que se alzaba un kilómetro y medio más allá de las murallas de Opar. Y luego avanzar por el terreno descubierto y entrar en la ciudad tal como lo hizo la primera vez con los waziris.

Comprendió que volver sobre sus pasos y entrar en la plaza por la superficie quizás significara llegar demasiado tarde para salvar a Jane, si realmente era ella la que estaba tendida sobre el altar. Pero no parecía existir otro medio, así que dio media vuelta y regresó al pasadizo del otro lado de la pared. Al llegar al pozo oyó de nuevo la monótona cantinela de la suma sacerdotisa. Miró hacia arriba y vio que la abertura, a unos seis metros por encima de él, parecía tan cercana que le entraron ganas de saltar hacia ella, en un loco empeño de alcanzar el patio interior que tan próximo estaba.

¡Si pudiera enganchar el extremo de su cuerda de hierbas en algún saliente o protuberancia de aquella tentadora abertura! Se le ocurrió la idea en aquel instante de pausa. Lo intentaría. Regresó a la pared derribada y tomó una loseta ancha y llana de las que integraban el tabique. Ató a toda prisa un extremo de la cuerda alrededor de la pieza de granito y volvió al pozo. Dejó en el suelo, junto a él, la cuerda enrollada. Tomó la pesada loseta a la que había atado un extremo de la cuerda, balanceó la piedra varias veces, para determinar bien la distancia y la dirección. Arrojó la piedra de modo que subiese inclinada en cierto ángulo, a fin de que antes de descender pasara por el borde de la abertura y cayese por la otra parte del patio.

Tarzán tiró hacia abajo del extremo suelto de la cuerda, hasta que notó que la piedra había quedado encajada segura y firmemente en el filo del borde del pozo y luego empezó a trepar por la cuerda, suspendido sobre el tenebroso fondo de aquel abismo. Cuando todo el peso de su cuerpo pendía de la cuerda sintió que la parte superior de ésta resbalaba.

Aguardó con los nervios tensos y la incertidumbre agobiándole mientras la cuerda bajaba, con pequeñas sacudidas, centímetro a centímetro. La piedra subía, resbalaba hacia la parte exterior de la mampostería que rodeaba el borde del pozo... ¿Se sujetaría, quedaría trabada en el mismo filo, o el propio peso de Tarzán la haría resbalar por encima del borde, para caer sobre él y acompañarle en su descenso, cuando se desplomara hacia las desconocidas y negras profundidades del pozo?