Читать параллельно с  Английский  Русский 
El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 25. A través de la selva virgen
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

Durante un momento, breve pero angustioso, Tarzán notó cómo se deslizaba la cuerda de la que estaba colgado y oyó sobre su cabeza el rechinar de la loseta de piedra al resbalar por la mampostería.

Luego, de repente, la cuerda dejó de deslizarse: la piedra había quedado sujeta en el mismo filo de la abertura. Cautelosamente, el hombre mono trepó por la frágil cuerda. Instantes después asomaba la cabeza por el borde del pozo. El patio estaba vacío. Los habitantes de Opar asistían al sacrificio. Tarzán oyó la voz de La que llegaba de la cercana nave de los sacrificios. Había cesado la danza. Debía estar muy cerca el momento en que descendiera el cuchillo, pero incluso mientras tales pensamientos cruzaban por su mente, Tarzán corría a toda velocidad en dirección al punto donde sonaba la voz de la sacerdotisa.

El destino le condujo hasta los mismos umbrales de la gran nave sin techo. Entre el altar y él se interponía la larga fila de sacerdotes y sacerdotisas, que aguardaban con la copa de oro en la mano a que brotara la sangre caliente de su víctima.

La mano de La bajaba lentamente hacia el pecho de la delicada e inmóvil figura tendida sobre la dura piedra. Tarzán exhaló un jadeo, casi un sollozo, al reconocer las facciones de su amada. Y la cicatriz de encima de su frente se transformó en una llameante cinta escarlata, una neblina roja flotó ante sus ojos y con el terrible rugido del mono macho que enloquece de repente, saltó como un león y se plantó en medio de las sacerdotisas.

Arrebató la estaca al sacerdote que tenía más cerca y la volteó como un auténtico demonio furioso, para abrirse paso rápidamente hacia el altar. La mano de La se inmovilizó al sonar el primer ruido de la interrupción. Al ver quién era el culpable de aquel pandemónium, se puso blanca. No había conseguido desentrañar el enigma de la misteriosa huida de Tarzán del calabozo en el que lo dejó encerrado. En ningún momento había deseado que saliera de Opar, porque La contemplaba el atlético cuerpo y el atractivo rostro de Tarzán con ojos de mujer y no de sacerdotisa.

Su inteligente cerebro había concebido ya la historia de una maravillosa revelación supuestamente recibida de labios del propio Dios Flamígero, según la cual se le ordenaba que acogiese a aquel blanco desconocido como mensajero enviado por el propio dios a su pueblo en la Tierra. La sabía que tal fábula dejaría satisfechos a los habitantes de Opar. Y estaba segura de que el hombre también se sentiría satisfecho y de que le complacería quedarse allí y convertirse en su esposo. Eso era mucho mejor que volver al altar de los sacrificios.

Pero cuando fue a la mazmorra para explicarle el plan, el hombre había desaparecido, a pesar de que la puerta continuaba cerrada con llave, exactamente igual que la dejó. Y ahora estaba de vuelta -se había materializado en el aire- y mataba a los sacerdotes como si fuesen corderos. La se olvidó momentáneamente de su víctima y antes de que pudiera recuperarse de la sorpresa, el gigante blanco estaba ante ella y sostenía en los brazos a la muchacha que hacía unos segundos estaba tendida sobre el altar.

-¡Apártate, La! -conminó Tarzán-. Me salvaste una vez y no voy a hacerte daño, pero no te interpongas en mi camino ni trates de seguirme..., porque entonces tendría que matarte a ti también.

-¿Quién es? -preguntó la suma sacerdotisa, al tiempo que señalaba con el dedo a la mujer inconsciente.

-¡Es mía! -respondió Tarzán de los Monos.

La muchacha de Opar permaneció inmóvil un instante, mirándole con ojos desorbitados. Después, una expresión de angustiada desesperanza apareció en sus pupilas..., afloraron las lágrimas a sus ojos y, al tiempo que se le escapaba un grito entrecortado, la sacerdotisa se desplomó sobre el suelo. Casi simultáneamente, una enfurecida turba de hombres espantosos saltaba por encima del cuerpo de La dispuesta a caer sobre el hombre-mono.

Pero Tarzán ya no estaba allí cuando alargaban los brazos para cogerlo. Un ágil salto le había llevado al pasillo que conducía a los pozos del subsuelo. Desapareció por allí y cuando los perseguidores marcharon tras él, cautelosamente, encontraron la cámara vacía. Se echaron a reír e intercambiaron jocosos comentarios, convencidos como estaban de que no existía ninguna salida de aquellos pozos, aparte de la que se utilizaba para entrar. Todo lo que entraba por allí, por allí tenía que salir, de modo que lo único que les quedaba por hacer era esperar arriba a que intentase escapar.

Mientras tanto, Tarzán de los Monos, cargado con la inconsciente Jane Porter, atravesaba los pozos de Opar por debajo del templo del Dios Flamígero sin que que nadie le persiguiera. Sin embargo, cuando los hom- bres de Opar hubiesen profundizado más en el asunto recordarían que aquel hombre ya se había escapado una vez de los pozos y, como ellos vigilaban la entrada, sabían que no huyó por allí. No obstante, luego apareció procedente del exterior. Enviarían otra vez cincuenta hombres al valle para que encontraran y apresaran a aquel profanador del templo.

Cuando Tarzán llegó al pozo del otro lado de la pared de la mazmorra, confiaba de tal modo en el éxito de la fuga, que se entretuvo en poner de nuevo los bloques de granito en su sitio, ya que no le hacía mucha gracia que los individuos del templo se enterasen de la existencia de aquel paso olvidado, a través del cual se llegaba a la cámara del tesoro. Tenía intención de volver a Opar y llevarse de allí una fortuna todavía mayor de la que ya había enterrado en el anfiteatro de los monos.

Recorrió los pasadizos a paso ligero, franqueó la primera puerta y atravesó la cámara del tesoro. Dejó atrás la segunda puerta y prosiguió a lo largo del túnel que conducía a la salida oculta situada fuera de la ciudad. Jane Porter continuaba sin sentido.

Se detuvo en lo alto del gran peñón para lanzar un vistazo hacia la ciudad. Vio una cuadrilla de espantosos hombres de Opar que avanzaba a través del valle. Vaciló unos segundos. ¿Sería mejor descender y lanzarse a la carrera hacia los lejanos riscos o quedarse donde estaba hasta que anocheciese? Una ojeada al blanco semblante de la joven le decidió. No podía dejarla allí y permitir que los enemigos se interpusieran entre ellos y la libertad. No ignoraba que era posible que les hubiesen seguido por los túneles, en cuyo caso tendrían enemigos al frente y por la espalda, lo que significaba que acabarían indefectiblemente por capturarlos, puesto que, cargado como iba con la inconsciente muchacha, no podría abrirse paso luchando.

Descender por la cara vertical del peñón cargado con Jane Porter no era tarea fácil, pero utilizó la cuerda de hierba para atarse a la muchacha cruzada sobre los hombros y consiguió llegar abajo antes de que los hombres de Opar alcanzasen el risco. Como había descendido por la cara opuesta a la ciudad, la patrulla de búsqueda no pudo verle, ni a ninguno de sus integrantes se le pasó por la cabeza que su presa se encontrara tan cerca por delante de ellos.

A base de mantener el kopje entre él y los perseguidores, Tarzán de los Monos se las arregló para recorrer un kilómetro y medio antes de que los hombres de Opar rodeasen el centinela de granito y divisaran al fugitivo delante de ellos. Entre salvajes alaridos de júbilo, emprendieron una carrera frenética, con la idea, sin duda, de que alcanzarían en seguida a aquel hombre, cargado como iba. Pero subestimaban la fortaleza úsica del hombre-mono y sobrestimaban las posibilidades de sus cortas y arqueadas piernas.

Al ritmo de su paso ligero, Tarzán mantuvo la distancia entre ellos. De vez en cuando lanzaba una mirada al rostro que tan cerca tenía del suyo. De no ser por los débiles latidos del corazón que se oprimía contra su piel, no habría sabido que la muchacha continuaba viva, tan pálido y ojeroso aparecía el cansado semblante de Jane.

Llegaron a lo alto de la montaña coronada por la altiplanicie y la barrera de acantilados. Durante el último kilómetro y medio, Tarzán había acelerado el ritmo, corriendo como un gamo, para sacar a los perseguidores la máxima ventaja y descender por la vertiente contraria antes de que los oparianos llegasen a la cum- bre y pudieran arrojarles piedras. De modo que ya habían cubierto ochocientos metros de descenso por la ladera de la montaña cuando los hombrecillos de Opar llegaron a la cumbre, exhaustos y jadeantes.

Empezaron a lanzar gritos de rabia y desilusión mientras corrían por el borde de la cima, agitaban sus garrotes e interpretaban una auténtica danza de la cólera. Pero en esa ocasión se abstuvieron de rebasar la frontera de su territorio. Tanto si ello se debía a que se daban cuenta de lo estéril y molesta que había sido su anterior búsqueda o a que acababan de comprobar lo fácil que le había resultado al hombre-mono dejarles tan atrás, con su último acelerón, lo cierto es que los de Opar se convencieron de lo absolutamente inútil que sería continuar la persecución. Y cuando Tarzán llegaba a la arboleda que nacía al pie de las estribaciones que bordeaban los farallones, dieron media vuelta y regresaron a Opar.

Nada más cruzar la linde de la floresta, desde donde aún podían verse las cimas de los riscos, Tarzán depositó su carga sobre la hierba y, acercándose a un arroyo próximo, llevó agua y lavó la cara y las manos de la joven. Ni siquiera así recuperó Jane el conocimiento, por lo que, preocupado, cogió nuevamente a la muchacha en sus fuertes brazos y reanudó la marcha apresuradamente hacia el oeste.

Jane Porter se despertó entrada la tarde. No abrió los ojos en seguida... antes trató de rememorar las últimas escenas de las que fue testigo. Ah, ya lo recordaba. El altar, aquella terrible sacerdotisa, el cuchillo que descendía lentamente. Se estremeció, pensó que o aquello era la muerte o el cuchillo acababa de hundirse en su corazón y estaba experimentando el breve delirio que precede a la muerte.

Cuando por fin reunió valor suficiente para levantar los párpados, lo que vio confirmaba sus temores: por un frondoso paraíso la llevaba en brazos el hombre al que amaba, un hombre muerto hacía tiempo.

-Si esto es la muerte -susurró-, doy gracias a Dios por haber fallecido.

-¡Hablas, Jane! -exclamó Tarzán-. ¡Has recobrado el conocimiento!

-Sí, Tarzán de los Monos -repuso la mujer, y, por primera vez en varios meses, una sonrisa de paz y felicidad animó su rostro.

-¡Gracias a Dios! -casi gritó el hombre mono. Se llegó a un claro cubierto de hierba, junto al arroyo-. Después de todo, llegué a tiempo.

-¿A tiempo? ¿Qué quieres decir? -preguntó Jane.

-A tiempo de salvarte de la muerte en aquel altar, cariño -contestó él-. ¿No te acuerdas?

-¿Salvarme de la muerte? -articuló en tono de extrañeza-. ¿No estamos muertos?

Tarzán la había tendido ya sobre la hierba del prado, con la cabeza apoyada en la raíz de un árbol gigantesco. Respondió a la pregunta de Jane retrocediendo para ver mejor el semblante de la muchacha.

-¿Muertos? -repitió, y se echó a reír-. Desde luego, tú no estás muerta y si quieres volver a la ciudad de Opar y preguntárselo a los que viven allí, te contarán que tampoco a mí me mataron hace unas pocas horas, como hubiera sido su gusto. No, cariño, los dos estamos vivos y bien vivos.

-Pero Hazel y monsieur Thuran me dijeron que te caíste al mar a muchas millas de la costa -insistió Jane, como si tratara de convencerle de que tenía que estar muerto-. Aseguraron que no cabía duda alguna de que se trataba de tu persona... y mucho menos de que pudieras haber sobrevivido o de que algún buque te rescatara del mar.

-¿Cómo puedo convencerte de que no soy un fantasma? -soltó Tarzán una carcajada-. Fui yo la persona a la que el encantador monsieur Thuran arrojó por la borda, pero no me ahogué (te lo contaré todo dentro de un momento), de modo que aquí me tienes: tan salvaje como la primera vez que me viste, Jane Porter.

La joven se puso en pie, muy despacio, y se le acercó.

-Aún no puedo creerlo -murmuró-. No es posible que tanta felicidad sea cierta después de todas las cosas horribles que me han pasado en los meses transcurridos desde que el Lady Alice se fue a pique.

Ante él, apoyó una mano, suave y temblorosa, en el brazo de Tarzán.

-Debo de estar soñando y luego me despertaré y veré de nuevo ese aterrador cuchillo descendiendo hacia mi corazón... Bésame, cariño, sólo una vez, antes de que se desvanezca y se pierda mi sueño para siempre.

Tarzán de los Monos no necesitó que se lo repitieran. Tomó en sus brazos y besó a la joven, no una, sino cien veces, hasta que Jane se quedó jadeante, sin aliento. Sin embargo, cuando Tarzán dejó de besarla, ella le pasó los brazos alrededor del cuello y atrajo los labios del hombre sobre los suyos una vez más.

-¿Estoy vivo, esto está sucediendo en realidad o no se trata más que de un sueño? -preguntó Tarzán.

-Si no estás vivo -repuso ella-, rezaré para morir yo también antes de despertar a la espantosa realidad de los últimos instantes que estuve despierta.

Permanecieron silenciosos unos momentos... mirándose a los ojos como si cada uno dudase de la realidad de aquella inefable dicha que inopinadamente había caído sobre ellos. El pasado, con todas sus horripilantes decepciones, se hundía en el olvido, el futuro no les pertenecía, pero el presente.... ¡ah!, el presente era totalmente suyo. Nadie podía arrebatárselo. La muchacha fue la primera en quebrar aquel dulce silencio.

-adónde vamos, cariño? -preguntó-. ¿Qué vamos a hacer?

-¿Adónde te gustaría ir? -respondió Tarzán con otra pregunta-. ¿Qué es lo que más te gustaría hacer?

-Iré a donde vayas tú; haré lo que a ti te parezca mejor -respondió ella.

-Pero, ¿y Clayton? -recordó Tarzán. Durante un momento se había olvidado de que sobre la Tierra viviese alguien más, aparte de ellos dos-. No hemos tenido en cuenta a tu marido.

-No estoy casada, Tarzán de los Monos -protestó Jane-. Y he dejado de estar prometida en matrimonio. El día antes de que aquellas horribles criaturas me cogieran prisionera le confesé a Clayton que estaba enamorada de ti y él comprendió que me era imposible cumplir la promesa que le hice. Fue inmediatamente después de que nos salvásemos milagrosamente de un león que iba a atacarnos. -Se interrumpió bruscamente y alzó la cabeza para mirar a Tarzán, con un brillo interrogador en las pupilas. Exclamó-: ¿Fuiste tú quien hizo aquello, Tarzán de los Monos? Claro, no podía ser nadie más.

El hombre-mono bajó la mirada; se sentía avergonzado.

-¿Cómo pudiste marcharte y dejarme allí? -le reprochó Jane.

-¡No, Jane! -suplicó Tarzán-. ¡Calla, por favor! No sabes lo que he sufrido desde entonces, por la crueldad de aquel acto, ni lo que pasé entonces, primero por los celos y después por el rencor que me atormentaba a causa de un destino que no merecía. Después de aquel episodio, regresé con mi tribu de antropoides, decidido a no volver a ver jamás a ningún ser humano.

Le habló a continuación de la vida que había llevado desde que regresó a la jungla, de cómo había caído a plomo, desde la condición de parisiense civilizado hasta la índole de salvaje guerrero waziri, para descender de ésta a la de fiera selvática, el estado en que se crió.

Jane le hizo numerosas preguntas y, por último, planteó temerosamente el asunto que le había contado monsieur Thuran: las relaciones de Tarzán con aquella mujer de París. Él le contó detalladamente su existencia civilizada, sin omitir nada, ya que nada tenía de qué avergonzarse: su corazón siempre perteneció a Jane. Cuando hubo terminado, se quedó contemplando a la muchacha, como si esperase su veredicto y sentencia.

-Sabía que aquel hombre no estaba diciendo la verdad -manifestó Jane-. ¡Oh, qué ser más despreciable!

-¿No estás enfadada conmigo, pues? -inquirió Tarzán.

Y la respuesta de Jane, aunque incongruente en apariencia, no pudo ser más femenina.

-¿Es muy guapa Olga de Coude?

Tarzán se echó a reír y besó de nuevo a Jane. -Ni la décima parte que tú, cielo.

Jane dejó escapar un suspiro de placer y apoyó la cabeza en el hombro de Tarzán. Y él supo que estaba perdonado.

Aquella noche Tarzán construyó un refugio en la enramada alta de un árbol gigantesco. Allí durmió la cansada muchacha, mientras él, encaramado en una horquilla del mismo árbol, un poco más abajo, se acurrucó para protegerla, incluso durante el sueño.

Tardaron muchas jornadas en cubrir el trayecto hasta la costa. Cuando encontraban un trecho de camino fácil, avanzaban cogidos de la mano, bajo el verde dosel de la selva, como muy bien pudieron pasear por allí los remotos antepasados del hombre. Cuando la maleza se tornaba tupida y enmarañada, Tarzán cogía en sus largos brazos a Jane y la trasladaba ágilmente a través de los árboles. Y los días les resultaban demasiado cortos, porque eran felices. A no ser por el angustioso deseo de llegar cuanto antes a la playa para socorrer a Clayton, hubieran prolongado indefinidamente la dicha de aquel maravilloso viaje.

El día antes de llegar a la costa, el olfato de Tarzán detectó emanación humana: olor a hombres negros. Se lo comunicó a Jane y le advirtió que se mantuviera en silencio.

-En la selva hay pocos amigos -observó en tono seco.

Al cabo de media hora se aproximaron sigilosamente a una pequeña partida de guerreros negros que marchaban en fila india hacia el oeste. Al verlos, Tarzán emitió un grito jubiloso: era una cuadrilla de sus waziris. Entre ellos figuraba Busuli y algunos otros de los que le acompañaron a Opar. Cuando vieron a Tarzán estallaron en gritos de eufórica alegría y empezaron a bailar. Le dijeron que llevaban varias semanas buscándole.

Los negros manifestaron un asombro considerable al ver a la mujer blanca que acompañaba a Tarzán y cuando se enteraron de que se trataba de su compañera, compitieron entre sí para agasajarla. Llegaron al tosco refugio de la playa acompañados por los felices, rientes y danzarines waziris.

No se vislumbraba indicio alguno de vida, ni nadie respondió a sus llamadas. Tarzán subió rápidamente al interior de la choza construida en el árbol, sólo para reaparecer un instante después, con una lata vacía en la mano. Se la arrojó a Busuli, con el encargo de que fuese a buscar agua, y luego hizo una seña a Jane Porter, para indicarle que subiera.

Se agacharon juntos sobre el desmedrado cuerpo del que en otro tiempo había sido un apuesto aristócrata inglés. Las lágrimas afluyeron a los ojos de Jane cuando vio las resecas mejillas, los hundidos ojos y las arrugas que el sufrimiento había trazado en aquel rostro una vez joven y hermoso.

-Aún vive -dijo Tarzán-. Haremos cuanto podamos por él, pero me temo que hemos llegado demasiado tarde.

Cuando llegó Busuli con el agua, Tarzán introdujo a la fuerza unas cuantas gotas entre los cuarteados y tumefactos labios. Secó la ardorosa frente de Clayton y le lavó las esqueléticas extremidades.

Clayton abrió los ojos. La sombra de una débil sonrisa iluminó su expresión al ver a Jane inclinada sobre él. Cuando sus ojos se posaron en Tarzán, la expresión se tornó estupefacta.

-Todo va bien, muchacho -le animó el hombremono-. Te hemos encontrado a tiempo. Ahora todo se arreglará y, antes de que te des cuenta, estarás caminando por tu propio pie.

El inglés meneó la cabeza débilmente.

-Es demasiado tarde -musitó-, pero ya da lo mismo. Preferiría morir.

-¿Dónde está monsieur Thuran? -preguntó la muchacha.

-Me abandonó al agravarse mi fiebre y ponerse las cosas feas. Es un individuo satánico. Cuando le supliqué que me trajese un poco de agua porque me encontraba tan débil que no podía ir a buscarle, la bebió delante de mí, tiró al suelo la que había sobrado y se me rió en la cara.

El recuerdo de aquella escena reanimó súbitamente a Clayton con un ramalazo de vitalidad. Se incorporó, apoyándose en un codo.

-¡Sí! -casi gritó-. Viviré. ¡Viviré el tiempo suficiente para encontrar a esa bestia y matarla!

Pero aquel esfuerzo lo dejó más exhausto si cabe que antes y se derrumbó de nuevo sobre las hierbas putrefactas que, con el viejo sobretodo, habían constituido el lecho de Jane Porter.

-No te preocupes de Thuran -declaró Tartán de los Monos, y puso su mano tranquilizadora sobre la frente del enfermo-. Ese tipo es cosa mía y, no temas, le echaré el guante y lo pasará mal.

Durante largo tiempo Clayton permaneció inmóvil. En varias ocasiones, Tarzán aplicó el oído al huesudo pecho, para captar los débiles latidos de aquel corazón deteriorado y consumido. Al atardecer, Clayton se volvió a incorporar durante breves segundos.

Jane -musitó. La joven agachó la cabeza para acercarla y recibir el casi inaudible mensaje-. Me he portado mal contigo... y con él -movió débilmente la cabeza, indicando a Tarzán-. ¡Te quería tanto...! Ya sé que es una excusa muy pobre para el daño que te he causado, pero no podía soportar la idea de perderte. No te pido que me perdones. Sólo deseo hacer ahora lo que debí hacer un año atrás.

Rebuscó en el bolsillo del abrigo sobre el que estaba echado, en busca de algo que había descubierto allí durante sus accesos febriles. Sus dedos lo encontraron por fin: un trozo de arrugado papel amarillo. Se lo tendió a Jane y cuando la muchacha lo tomó, el brazo de Clayton le cayó desmayadamente sobre el pecho, se desplomó su cabeza hacia atrás y, con un estertor final, el hombre se quedó rígido e inmóvil. Tarzán de los Monos cubrió con un pliegue del abrigo el rostro de William Clayton.

Permanecieron unos instantes arrodillados allí. Los labios de Jane se movieron en silenciosa plegaria cuando se levantaron, uno a cada lado de la ahora apacible figura, los ojos del hombre-mono se cubrieron de lágrimas. A través de la angustia sufrida por su propio corazón había aprendido a compadecer las pesadumbres de los demás.

A través de sus propias lágrimas, Jane Porter leyó el mensaje que contenía el trozo de papel amarillo y, al hacerlo, sus ojos se desorbitaron. Releyó un par de veces aquellas sorprendentes palabras, antes de comprender del todo lo que significaban.

Huellas dactilares demuestran eres Greystoke. Felicidades.
D'Arnot

Tendió el papel a Tarzán.

-¿Lo supo durante todo este tiempo y no te dijo nada?

-Yo lo supe primero -respondió Tarzán-. Lo que ignoraba es que él estuviese enterado. El papel debió de caérseme aquella noche en la sala de espera. Allí fue donde me lo entregaron.

-¿Y después de eso nos dijiste que tu madre era una mona y que no llegaste a conocer a tu padre? -preguntó Jane, en tono incrédulo.

-Sin ti, cariño, el título y las propiedades no significaban nada para mí -replicó Tarzán-. Y de haberle despojado de ellos también le hubiese arrebatado la mujer que amo... ¿no lo comprendes, Jane?

Era como si intentara justificarse por un acto culpable.

Jane le tendió los brazos por encima del cadáver de Clayton y tomó entre las suyas las manos de Tarzán.

-¡Y yo me habría perdido un amor como este tuyo! -exclamó.