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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 4. La condesa se explica
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-Tu París es más peligroso que mi jungla, Paul -llegó Tarzán a la conclusión, tras referir a la mañana siguiente a su amigo el enfrentamiento que había tenido en la rue Maule con los apaches y los policías-. ¿Por qué me atraerían allí con aquel señuelo? ¿Tendrían hambre?

D'Arnot simuló un escalofrío de horror, pero soltó la carcajada al oír la estrambótica sugerencia.

-Es difícil remontarse por encima de los niveles propios de la selva y razonar a la luz de las normas y costumbres civilizadas, ¿verdad, amigo mío? -dijo en tono burlón.

-¡Normas y costumbres civilizadas! -La ironía matizó su exclamación-. En las normas de la selva no figuran semejantes atrocidades. Se mata para conseguir alimento o para defenderse... O para conquistar una compañera y para defender a los hijos. Como ves, siempre conforme a los dictados de una ley natural que lo rige todo. Pero aquí, ¡ufffl, tu hombre civilizado es mucho más bestial que las fieras salvajes. Mata sin más ni más, para entretenerse y, lo que es peor, se vale arteramente de un sentimiento noble, como la solidaridad humana, y lo utiliza como cebo para atraer a la incauta víctima hacia la muerte. Atender la llamada de un semejante que pedía auxilio fue lo que me impulsó a llegarme a toda prisa a la habitación donde me esperaban los asesinos.

»No comprendí, no pude comprender, hasta bastante después de que hubiera pasado todo, que una mujer fuese capaz de caer tan bajo, hundirse hasta tal punto en la depravación moral como para atraer a la muerte a una persona que acudía a salvarla de un peligro. Pero no cabe duda de que así fue, la presencia de Rokoff en aquel lugar y la versión de los hechos que la mujer dio a los policías imposibilitan otra interpretación de los hechos. Rokoff debía saber que yo pasaba frecuentemente por la rue Maule. Esperaba la ocasión de cazarme, todo su plan se desarrolló hasta el último detalle de acuerdo con sus previsiones, incluso tenía preparada la historia de la mujer por si acaso algo se torcía y pasaba lo que pasó. Ahora lo veo todo meridianamente claro.

-Bueno dijo D'Arnot . Al menos este. asunto te ha enseñado, entre otras cosas, algo que me ha sido imposible meterte en la cabeza: la realidad de que la rue Maule es un lugar estupendo para eludirlo una vez ha caído la noche.

-Pues, por el contrario -sonrió Tarzán-, me ha convencido de que es la única calle en todo París por la que merece la pena pasar. No volveré a desaprovechar nunca más la ocasión de atravesarla, ya que me ha proporcionado la primera auténtica oportunidad de divertirme a modo, como no me había divertido desde que abandoné África.

-Es posible que tengas más diversión de ese tipo incluso sin necesidad de hacer otra visita a esa calle -dijo D'Arnot . Ten presente que no has acabado aún con la policía. Conozco lo suficiente a los policías de París como para asegurarte que no van a olvidar así como así lo que les hiciste. Tarde o temprano darán contigo, mi querido Tarzán, y en cuanto te echen el guante pondrán entre rejas al salvaje hombre de los bosques. ¿Crees que te gustará eso?

-Nunca encerrarán a Tarzán de los Monos entre rejas -replicó el hombre-mono, hosca la voz.

En su tono había algo que impulsó a su amigo a alzar vivamente la cabeza para mirarle. En las apretadas mandíbulas y en los gélidos ojos grises percibió el joven francés algo que despertó en su ánimo serios temores por aquel niño grande que no podía reconocer ninguna ley más poderosa que la de las proezas que uno pudiera realizar mediante su propia fortaleza fisica. Comprendió que había que hacer algo para arreglar las cosas entre Tarzán y la policía antes de que se produjese otro enfrentamiento.

-Tienes mucho que aprender, Tarzán -dijo en tono grave-. Tanto si te hacen gracia como si no, debes respetar las leyes de los hombres. Si tú y tus amigos os empeñáis en desafiar a la policía no conseguiréis más que disgustos. Puedo explicar el asunto en tu nombre, estoy dispuesto a hacerlo hoy mismo, pero en adelante has de cumplir la ley. Si sus representantes te dicen «Ven», tendrás que ir; y si te dicen «Vete», habrás de marcharte. En fin, ahora mismo iremos a ver a mi gran amigo, le visitaremos en el departamento y solucionaremos el asunto de la rue Maule. ¡Vamos!

Media hora después entraban juntos en el despacho del funcionario de policía. Se mostró muy cordial. Se acordaba de Tarzán y de la visita que ambos hombres le habían hecho varios meses antes, con la cuestión de las huellas dactilares.

Al concluir D'Arnot el relato de los sucesos ocurridos la noche anterior, por los labios del policía revoloteó una sonrisa más bien torva. Pulsó un timbre que tenía a mano y mientras esperaba la llegada del subalterno procedió a examinar los papeles que tenía encima de la mesa hasta localizar el que buscaba.

-Por favor, Joubon -dijo cuando el funcionario entró-. Avisa a estos agentes... diles que se presenten en mi despacho de inmediato.

Tendió al subalterno el documento que había encontrado. Luego miró a Tarzán.

-Ha cometido usted una falta muy grave, monsieur -manifestó, sin excesiva severidad-, y a no ser por las explicaciones y disculpas que acaba de expresarme su buen amigo D'Arnot, me sentiría inclinado a juzgarle con dureza. En cambio, lo que voy a hacer es algo sin precedentes. He convocado aquí a los policías a quienes maltrató usted anoche. Escucharán la historia del teniente D'Arnot y luego dejaré que sean ellos mismos quienes decidan si hemos de procesarle a usted o no. Tiene mucho que aprender acerca de las reglas en que se desenvuelve la civilización. Cosas que acaso le parezcan extrañas o innecesarias, pero que no tendrá más remedio que aceptar hasta que esté en condiciones de hacerse cargo de los motivos que las justifican. Los agentes a los que atacó estaban cumpliendo con su deber. En el suceso no podían actuar a su capricho. Arriesgan a diario su vida para proteger la vida y la propiedad de los demás. Harían lo mismo por usted. Son hombres valerosos y les ha mortificado profundamente el que un hombre solo y sin armas los superara y los derrotara en toda la linea.

»Procure facilitarles las cosas para que olviden lo que les hizo. A menos que me equivoque de medio a medio, creo que usted también es hombre valeroso, y los hombres valerosos son proverbialmente magnánimos.

La llegada de los cuatro policías interrumpió la conversación. Cuando los ojos de los agentes cayeron sobre la persona de Tarzán, la sorpresa invadió sus rostros.

-Muchachos dijo su superior-, aquí tenéis al caballero con el que os las tuvisteis tiesas anoche en la rue Maule. Ha venido a entregarse voluntariamente. Me gustaría que escuchaseis con toda vuestra atención al teniente D'Arnot, que os contará las circunstancias de la vida de este caballero. Puede explicaros la actitud que monsieur adoptó anoche con vosotros. Adelante, mi querido teniente.

D'Arnot dedicó a los agentes media hora de disertación. Les contó parte de la existencia de Tarzán en la selva virgen. Les explicó la salvaje formación del hombre-mono, que tuvo que aprender desde la más tierna infancia a combatir con las fieras de la jungla para poder sobrevivir. Les dejó palmariamente claro que, al atacarlos, Tarzán lo hizo guiado más por el instinto que por la razón. No había comprendido las intenciones de los agentes. Para él apenas existían diferencias entre cada una de las diversas formas de vida con las que estaba acostumbrado a alternar en la selva donde había nacido, donde se había criado y donde prácticamente todos los seres eran sus enemigos.

-Me hago cargo de la herida que sufren ustedes en su orgullo -concluyó D'Arnot-. Sin duda, lo que más les duele es que este hombre les pusiera en evidencia. Pero no deben sentirse avergonzados. No tendrían que justificarse por su derrota de haberse visto encerrados en aquel cuartucho con un león africano o con el gran gorila de la selva.

»Y, no obstante, combatían con un hombre cuya musculatura se ha enfrentado muchas veces a esas impresionantes fieras, terror del continente negro... y siempre salió victorioso en su lucha con ellas. No es ningún desprestigio caer vencido por la fortaleza de un superhombre como Tarzán de los Monos.

Entonces, cuando los hombres, tras mirar a Tarzán, proyectaron la vista sobre el superior jerárquico, el hombre-mono realizó el gesto justo y preciso para eliminar cualquier vestigio de animosidad que hacia él pudieran sentir los agentes. Se dirigió a ellos con la mano tendida.

-Lamento el error que cometí -dijo sencillamente-. Seamos amigos.

Y ese fue el fin de toda la cuestión, con la salvedad de que Tarzán se convirtió en tema y protagonista de numerosas conversaciones en los cuartelillos de policía e incrementó su relación de amigos en por lo menos cuatro hombres valientes.

Al regresar al piso de D'Arnot, el teniente encontró esperándole una carta de un amigo inglés, William Cecil Clayton, lord Greystoke. Ambos mantenían correspondencia desde que entablaron amistad durante aquella infortunada expedición en busca de Jane Porter, a raíz del secuestro de la joven por parte del feroz simio macho Terkoz.

-Tienen intención de casarse en Londres dentro de dos meses -informó D'Arnot, una vez concluida la lectura de la carta.

A Tarzán no le hizo falta que le aclarase «quiénes» eran los futuros contrayentes. No pronunció palabra y se pasó el resto del día silencioso y meditabundo.

Aquella noche fueron a la ópera. El cerebro de Tarzán seguía entregado a melancólicos pensamientos. Prestaba poca atención, si es que prestaba alguna, a lo que ocurría en el escenario. Su mente, en cambio, se regodeaba contemplando imaginariamente la encantadora visión de una bonita muchacha estadounidense. Y no oía más que una voz dulce y triste que le informaba de que su amor iba a regresar. ¡Y de que iba a casarse con otro!

Se revolvió para apartar de sí tales enojosas ideas y en aquel preciso instante sintió que unos ojos se clavaban en él. Con el instinto que el adiestramiento en la selva había desarrollado en él, las pupilas de Tarzán localizaron sin dilación a las que le observaban: unos ojos brillantes en el sonriente rostro de Olga, condesa De Coude. Al devolver Tarzán el saludo de la dama tuvo la certeza absoluta de que en la mirada de Olga, condesa De Coude, había una invitación, por no decir una súplica.

El siguiente entreacto le encontró junto a ella, en el palco de la condesa.

-No sabe cómo deseaba verle -manifestaba la mujer-. Me inquietaba no poco pensar que después de los favores que nos hizo, a mí y a mi esposo, no se le brindara la oportuna explicación acerca de lo que indudablemente parecía ingratitud por nuestra parte, al no dar los pasos necesarios para impedir que se repitieran los ataques de aquellos dos hombres.

-Se equivoca respecto a mí -repuso Tarzán-. Mi opinión sobre usted siempre ha sido inmejorable. En absoluto debe pensar que se me deba explicación alguna. ¿Han seguido molestándoles esos individuos?

-Nunca dejan de hacerlo -respondió la condesa, cariacontecida-. Creo que debo sincerarme con alguien y no conozco ninguna otra persona que tenga más derecho que usted a recibir mis explicaciones. Ha de permitirme que se lo cuente todo. Es posi- ble que le resulte muy útil, ya que conozco lo suficiente a Nicolás Rokoff como para tener el convencimiento de que volverá a verlo. Ese hombre encontrará algún medio para vengarse de usted. Lo que me propongo decirle puede que le sirva de ayuda a la hora de contrarrestar cualquier maquinación vengativa que Rokoff pueda tramar contra usted. Aquí no me es posible ponerle en antecedentes de todo, pero mañana a las cinco de la tarde me encontrará en casa, monsieur Tarzán.

Aguardar hasta las cinco de la tarde de mañana representará una eternidad para mí --galanteó Tarzán al desear buenas noches a la condesa.

Desde un rincón de la sala del teatro, Rokoff y Paulvitch sonrieron al ver a Tarzán en el palco de la condesa De Coude.

A las cuatro y media de la tarde del día siguiente, un individuo moreno y barbado pulsaba el timbre de la puerta de servicio del palacio del conde De Coude. El criado que abrió la puerta enarcó las cejas en señal de reconocimiento cuando vio al hombre que estaba fuera. Conversaron un momento en voz baja.

Al principio, el criado no pareció dispuesto a acceder a algo que le proponía el sujeto de poblada barba, pero al cabo de unos instantes algo pasó de la mano del recién llegado a la del sirviente. Éste franqueó el paso al barbudo y le condujo, dando un rodeo, a un cuartito protegido de miradas indiscretas por unos cortinajes y contiguo a la sala donde solía servírsele el té a la condesa.

Media hora después acompañaban a Tarzán a dicha sala, en la que no tardó en presentarse la anfitriona, con una sonrisa en los labios y un saludo en la extendida diestra.

-¡Celebro tanto que haya venido! -aseguró la dama.

-Nada hubiera podido impedirlo -respondió Tarzán.

Durante unos momentos charlaron acerca de la ópera, de los temas que centraban el interés de París y del placer que representaba reavivar una amistad que había nacido en tan singulares circunstancias, lo que les llevó al asunto que ocupaba el lugar prioritario en el cerebro de ambos.

-Se habrá preguntado -aventuró la condesa por último- qué objetivo podría tener el acoso a que nos somete Rokoff. Es muy sencillo. A mi esposo, el conde, se le confían muchos secretos vitales del Ministerio de la Guerra. A menudo obran en su poder documentos por cuya posesión determinadas potencias extranjeras pagarían verdaderas fortunas... Secretos de Estado para enterarse de los cuales sus agentes asesinarían o perpetrarían delitos aún peores.

»El conde tiene actualmente en su poder algo que proporcionaría fama y riqueza a cualquier súbdito ruso que pudiera transmitírselo a su gobierno. Rokoff y Paulvitch son espías rusos. No se detendrán ante nada para apoderarse de esa información. El incidente del transatlántico -me refiero al asunto de la partida de cartas- tenía la finalidad de someter a mi esposo a un chantaje para arrancarle los datos que pretenden.

»Si hubiesen podido demostrar que hacía trampas en el juego, habrían arruinado la carrera del conde De Coude. No hubiese tenido más remedio que abandonar el Ministerio de la Guerra. Le habrían condenado al ostracismo social. El objetivo de esa pareja era mantener suspendida tal espada de Damocles sobre la cabeza de mi esposo. Esa amenaza se eliminaba mediante la declaración, por parte de ellos, de que el conde no era más que la víctima de una conjura urdida por ciertos enemigos que deseaban cubrir de oprobio su nombre. A cambio de dicha declaración recibirían los documentos que buscan.

»Al desbaratar usted sus planes, idearon la sucia jugarreta de poner en tela de juicio mi honestidad, el precio sería mi reputación, en vez de la del conde. Así me lo explicó Paulvitch cuando entró en mi camarote. Si yo obtenía y les proporcionaba la información, él me daba su palabra de que no seguirían adelante; en el caso de que yo no accediera, Rokoff, que estaba en cubierta, notificaría al contador del buque que, tras la puerta cerrada de mi camarote, yo estaba entreteniendo a un hombre que no era mi esposo. Se lo diría a todas las personas con las que se tropezase a bordo y, cuando desembarcásemos, contaría la historia completa a los periodistas.

»¿No es espantoso? Sin embargo, yo estaba enterada de cierto secreto de monsieur Paulvitch que lo habría enviado al patíbulo en Rusia de llegar a conocimiento de la policía de San Petersburgo. Le desafié a que pusiera en práctica su plan y luego me incliné sobre él y le susurré un nombre al oído. Y así, sin más -la mujer chasqueó los dedos-, me echó las manos a la garganta, como un loco y, de no intervenir usted para impedírselo, me habría asesinado.

-¡Qué bestias! -murmuró Tarzán.

-Son peores que las fieras salvajes, amigo mío -lijo Olga de Coude-. Auténticos espíritus infernales. Temo por usted, que se ha ganado su odio. Quisiera que no bajase nunca la guardia. Prométame que se mantendrá en constante alerta; si le ocurriera algo por haberse portado conmigo tan amable y valerosamente, no me lo perdonaría jamás.

-A mí no me asustan lo más mínimo -dijo Tarzán-. He sobrevivido a los ataques de enemigos más peligrosos que Rokoff y Paulvitch.

Se había percatado de que la dama no sabía absolutamente nada de lo sucedido en la rue Maule, de modo que no lo mencionó, para evitarle posibles preocupaciones.

-Por su propia seguridad -quiso saber Tarzán-, ¿no sería mejor que denunciasen a esos canallas a las autoridades? Desde luego, los pondrían a buen recaudo en seguida.

La dama titubeó un momento antes de responder.

-Hay dos razones que nos impiden hacerlo -dijo finalmente-. Una de ellas retiene al conde. La otra, el verdadero motivo por el que no me atrevo yo a delatarlos, no se la he dicho nunca a nadie... Sólo lo conocemos Rokoff y yo. Me gustaría saber...

Se interrumpió y durante una larga pausa contempló fijamente a Tarzán.

-¿Qué es lo que le gustaría saber? -sonrió el hombre-mono.

-Me estaba preguntando por qué siento el impulso de contarle a usted cosas que no me he atrevido a confesar ni siquiera a mi esposo. Creo que se debe a que usted las entenderá y podrá aconsejarme correctamente lo que he de hacer. Tengo la impresión de que no me juzgará con excesiva severidad.

-Me temo que como juez dejo mucho que desear, madame -repuso Tarzán-, porque en el caso de que fuese usted culpable de asesinato, dictaminaría que su víctima debería a__ adecerle haber encontrado un destino tan dulce.

-¡Ah, vamos, no! -protestó la dama-. No es tan terrible como todo eso. Permítame explicarle antes el moti- vo por el que el conde no emprende ninguna acción judicial contra esos hombres. Después, si consigo hacer acopio del valor suficiente, le contaré la verdadera razón por la que no me atrevo a presentar mi denuncia. Lo primero es que Nicolás Rokoff es hermano mío. Somos rusos. Que yo recuerde, Nicolás siempre ha sido una mala persona. Lo expulsaron del ejército ruso, en el que tenía la graduación de capitán. El escándalo duró cierto tiempo, pero poco a poco se fue olvidando y mi padre consiguió un empleo para él en el servicio secreto.

»A Nicolás se le han atribuido crímenes terribles, pero siempre se las arregló para eludir el castigo. Últimamente salió bien librado de dos o tres asuntos turbios a base de falsificar pruebas que acusaban a sus víctimas de traición al zar, y la policía rusa, que siempre está dispuesta a aprovechar toda evidencia susceptible de incriminar a cualquiera de un delito de esa naturaleza, aceptaba la versión de Rokoff y le eximía de culpa.

-Y todos esos intentos criminales que ha puesto en práctica contra usted y su esposo, ¿no le han desposeído de los derechos que los lazos de parentesco pudieran otorgarle? -preguntó Tarzán-. El hecho de ser usted su hermana no le ha detenido a la hora de arrastrar por el fango su virtud de usted. No le debe lealtad ninguna, madame.

-¡Ah, pero hay otra razón! Aunque no le deba la menor lealtad porque sea mi hermano, tampoco puedo desembarazarme sin más ni más del temor que me inspira, por culpa de cierto episodio de mi vida del que él está enterado.

»También puedo contárselo todo -prosiguió tras una pausa-, porque algo en el fondo de mi corazón me dice que, tarde o temprano, acabaré por confesárselo. Me eduqué en un convento y allí conocí a un hombre que supuse era un caballero. Por aquel entonces no sabía prácticamente nada de los hombres y todavía menos del amor. Tenía la cabeza a pájaros y se me metió en ella la idea de que estaba enamorada de aquel hombre. Y cuando me apremió para que me escapara con él no tuve reparo en hacerlo. Íbamos a casarnos.

»Estuve con él tres horas justas. Siempre de día y en lugares públicos, en estaciones de ferrocarril y en un tren. Cuando llegamos a nuestro punto de destino, donde pensábamos contraer matrimonio, dos funcionarios de la policía se acercaron a mi acompañante en cuanto nos apeamos y le detuvieron. También se me llevaron a mí, pero cuando les contémi historia, en vez de arrestarme me enviaron de vuelta al convento, custodiada por una matrona. Al parecer, mi galán no era un caballero, sino un desertor del ejército y un fugitivo de la justicia civil. Tenía antecedentes delictivos en casi todos los países de Europa.

»Los rectores del convento echaron tierra sobre el asunto. Ni siquiera se enteraron mis padres. Pero Nicolás se tropezó con mi pretendiente poco después y se enteró de todo el episodio a través de él. Ahora me amenaza con contárselo al conde si no accedo a sus deseos.

Tarzán se echó a reír.

-Sigue siendo una niña. Lo que acaba de contarme de ninguna manera puede afectar negativamente su reputación y si no fuese usted una candorosa chiquilla se daría cuenta de ello. Preséntese esta noche ante su marido y cuéntele toda la historia exactamente igual a como me la ha contado a mí. O mucho me equivoco o el conde se reirá de sus temores y adoptará de inmediato las medidas pertinentes para que hospeden a su hermano de usted en la cárcel, tal como le corresponde.

-Quisiera tener el valor necesario para atreverme a ello -dijo la mujer-, pero estoy asustada. La vida me ha enseñado a temer a los hombres. Desde muy pequeña. Primero mi padre, después Nicolás, a continuación los frailes del convento. Casi todas mis amigas tienen miedo de sus esposos... ¿por qué no voy yo a tenerlo del mío?

-No me parece justo que las mujeres deban tener miedo de los hombres -opinó Tarzán, con expresión de perplejidad en el semblante-. Conozco mejor a los seres que pueblan la selva y, dejando aparte a los negros, en la mayoría de las especies animales suele ocurrir más bien lo contrario. No, me resulta imposible comprender por qué las mujeres civilizadas tienen que temer a los hombres, creados precisamente para protegerlas. A mí me molestaría mucho pensar que una mujer me tiene miedo.

-No creo que ninguna mujer llegase a temerle, amigo mío -articuló Olga de Coude en voz baja y suave-. Le conozco desde hace muy poco y, aunque parezca una tontería decirlo, es usted el único hombre, entre todos los que he tratado a lo largo de mi vida, del que nunca podría tener miedo... Lo cual no deja de resultar extraño, dado que es usted muy fuerte. Me maravilló la facilidad y desenvoltura con que dominó a Nicolás y Paulvitch aquella noche en mi camarote. ¡Fue fantástico!

Al despedirse, poco después, Tarzán se preguntó un tanto sorprendido a qué se debía el que la mujer demorase el apretón de manos, del mismo modo que le extrañó la firme insistencia que empleó la condesa para inducirle a prometer que la visitaría de nuevo al día siguiente.

El recuerdo de sus ojos entrevelados y de la perfección de los labios mientras le sonreía cuando le dijo adiós, permaneció en la memoria de Tarzán durante el resto de la jornada. Olga de Coude era una mujer preciosa y Tarzán de los Monos un hombre muy solitario, con un corazón necesitado del tratamiento clínico que sólo una mujer podía administrarle.

Cuando la condesa regresó a la sala, tras la marcha de Tarzán, se dio de manos a boca con Nicolás Rokoff.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí? -preguntó la dama, a la vez que se encogía instintivamente.

-Desde antes de que llegara tu amante -Rokoff acompañó su respuesta con una desagradable y maliciosa mirada.

-¡Basta! -ordenó Olga de Coude-. ¿Cómo te atreves a decirme una cosa así? ¡A mí... a tu hermana!

-Bueno, mi querida Olga, si no es tu amante, te pido mil perdones. Aunque, si no lo es, no serás tú quien tenga la culpa. Si ese hombre tuviese una décima parte de los conocimientos que tengo yo de las mujeres, a estas horas estarías rendida en sus brazos. Es un estúpido majadero, Olga. Cada palabra, cada gesto, cada movimiento tuyo era una invitación, y no ha tenido un mínimo de sentido común para darse cuenta.

La mujer se tapó los oídos con las manos.

-No voy a escucharte. Eres un mal bicho al decirme tales cosas. Puedes amenazarme con lo que te plazca, pero sabes perfectamente que soy una mujer buena. A partir de esta noche no podrás continuar amargándome la vida, porque voy a contárselo todo a Raúl. Me comprenderá y, entonces, ¡ándate con cuidado, Nicolás!

-No le contarás nada -le contradijo Rokoff . Ahora dispongo de esta bonita relación ilícita y con la ayuda de uno de tus criados, en el que puedo confiar plenamente, no le faltará ningún detalle a la historia cuando llegue el momento de verter todos los datos precisos en los oídos de tu esposo. Incluidas pruebas juradas. El otro artificio sirvió a sus fines como era debido... ahora tenemos algo tangible con lo que trabajar, Olga. Un affaire de verdad... y una esposa en cuya fidelidad se confiaba. ¡Qué vergüenza, Olga!

Y el miserable soltó una risotada.

Así que la condesa no le contó nada a su marido y las cosas empeoraron un poco más. De sentir una especie de temor ambiguo, la imaginación de la dama pasó a experimentar un miedo concreto y palpable. También pudiera ser que la conciencia colaborase en la tarea de acrecentar ese temor desproporcionadamente.