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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 7. La bailarina de Sidi Aisa
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La primera misión asignada a Tarzán no prometía ser ni emocionante ni trascendental. Existía cierto teniente de espahís de quien el gobierno tenía motivos para sospechar que estaba desarrollando determinadas relaciones clandestinas con una potencia europea. A dicho teniente, cuyo apellido era Gernois y que estaba destinado en Sidi-bel-Abbes, acababan de agregarle al estado mayor, donde las funciones propias de su cargo ponían en sus manos diariamente numerosos datos e informes de gran valor militar. Era esa información secreta la que el gobierno se temía que el teniente pudiera estar transmitiendo a la gran potencia.

Las sospechas recayeron sobre el teniente a causa de una más que ambigua insinuación que dejó caer cierta conspicua parisiense, impulsada por los celos. Pero los estados mayores suelen cuidar con extraordinario esmero sus secretos y la traición es un asunto tan grave que no puede echarse en saco roto ninguna alusión, por leve e inocente que parezca. Y así fue como Tarzán llegó a Argelia, bajo el disfraz de cazador y trotamundos estadounidense, con la encomienda de no quitarle ojo al teniente Gernois.

Se había ilusionado enormemente con la sugestiva idea de que iba a ver de nuevo su querida África, pero aquel paisaje del norte del continente era tan distinto de la selva tropical que constituía su patria que lo mismo podía haberse quedado en París, por lo que se refiere a los estremecimientos de placer y a la aceleración de los latidos del corazón, que supuso iba a experimentar en cuanto pisara de nuevo su tierra. En Orán se pasó todo un día vagabundeando por las estrechas y tortuosas callejuelas del barrio árabe, entregado al placer de disfrutar de aquellas escenas exóticas y nuevas para él. Al día siguiente se llegó a Sidi-bel-Abbes, donde presentó sus documentos acreditativos a las autoridades civiles y militares..., documentos que no le daban la menor pista respecto al verdadero significado de su misión.

Tarzán dominaba el inglés lo suficiente como para pasar por estadounidense entre árabes y franceses, y eso era todo lo que requería el asunto. Cuando alternaba con un inglés, se expresaba en francés a fin de no traicionarse, pero, llegado el caso, hablaba en inglés con los extranjeros que entendían ese idioma, pero que no eran lo bastante duchos como para percibir las ligeras imperfecciones de acento y pronunciación que Tarzán pudiese cometer.

Trabó amistad con numerosos oficiales y funcionarios franceses y no tardó en disfrutar de cierta estimación entre ellos. Conoció a Gernois, que resultó ser un individuo de unos cuarenta años, taciturno, con cara de enfermo crónico del estómago y que, socialmente, se relacionaba poco o nada con sus compañeros.

Transcurrió un mes sin que sucediera nada de importancia. Aparentemente, Gernois no tenía visitas y cuando iba a la ciudad tampoco se ponía en contacto con nadie cuyo aspecto diera pie a la sospecha -ni aún contando con una imaginación calenturienta y dada a la fantasía- de que se trataba de un agente secreto al servicio de una potencia extranjera. Tarzán empezaba a abrigar la esperanza de que, al fin y a la postre, el rumor había sido una falsa alarma cuando, inopinadamente, destinaron a Gernois a Bu Saada, en el Sahara, mucho más al sur.

Una compañía de espahís y tres oficiales iban a relevar a otra compañía, ya estacionada allí de guarnición. Afortunadamente, uno de los oficiales, el capitán Gerard, había trabado estrecha amistad con Tarzán, de modo que cuando el hombre mono sugirió que podía aprovechar la ocasión y acompañarle a Bu Saada, donde esperaba encontrar caza en abundancia, la propuesta no despertó sospecha alguna.

El destacamento se apeó del tren en Buira e hizo el resto del viaje a caballo. Estaba Tarzán regateando, como es de rigor, el precio de una montura cuando se percató de que, desde el quicio de la puerta de un cafetín, le observaba un hombre vestido a la europea. Pero cuando Tarzán le miró, el hombre dio media vuelta y se introdujo en la choza de barro y techo bajo que era el café. Durante un segundo, Tarzán tuvo la fugazmente curiosa impresión de que el rostro o la figura de aquel sujeto le resultaba familiar. Pero no prestó ulterior interés al asunto.

La cabalgada hasta Aumale le resultó agotadora a Tarzán, cuyas experiencias ecuestres se habían limitado a un cursillo de equitación que siguió en un picadero parisiense. Así que nada más llegar a su destino se apresuró a buscar la comodidad de una cama en el Hotel Grossat, mientras los oficiales y la tropa se llegaban a sus alojamientos en el puesto militar.

Aunque despertaron a Tarzán a primera hora de la mañana siguiente, la compañía de espahís ya se había puesto en movimiento antes de que él hubiese terminado de desayunar. Comía a toda prisa para que los soldados no le sacasen demasiada ventaja cuando se le ocurrió lanzar un vistazo a través de la puerta que comunicaba el comedor con el bar del hotel.

Con gran sorpresa por su parte, vio allí a Gernois enzarzado en animada conversación con el individuo al que el día anterior descubrió observándole desde la puerta del cafetucho. No cabía el error porque aunque el hombre le daba la espalda, Tarzán detectó en él los mismos ademanes e idéntica figura extrañamente familiar.

Se demoraban sus ojos sobre la pareja cuando Gernois alzó la mirada y sorprendió la atenta expresión que reflejaba el semblante de Tarzán. En aquel momento, el desconocido estaba hablando en susurros, pero el oficial francés le interrumpió en seco y ambos hombres se apartaron y salieron del campo visual del hombre-mono.

Aquel era el primer acto sospechoso que Tarzán había observado en lo que se refería al proceder de Gernois, pero tuvo la completa seguridad de que los dos hombres se habían marchado del bar sólo porque Gernois sorprendió a Tarzán mirándolos. Como además seguía viva la sensación de que el desconocido le resultaba ambiguamente familiar, en el ánimo del hombre mono cobró aún más fuerza la idea de que allí había algo que merecía la pena espiar.

Al cabo de un momento, Tarzán pasó al bar, pero la pareja ya se había largado un rato antes y aunque salió a la calle, no los vio por ninguna parte. Sin embargo eso le sirvió de pretexto para recorrer varios establecimientos antes de partir en pos de la columna de espahís, que por entonces le había tomado una buena delantera. No los alcanzó hasta Sidi Aisa, donde los soldados habían hecho un alto de una hora, para descansar. Encontró a Gernois con la columna, pero ni rastro del desconocido.

Era día de mercado en Sidi Aisa y las numerosas caravanas de camellos procedentes del desierto, junto a las nutridas muchedumbres de árabes discutidores, despertaron en Tarzán un agobiante deseo de quedarse allí un día más para observar a aquellos hijos del desierto. De modo que la compañía de espahís se marchó aquella tarde sin él, hacia Bu Saada. Las horas que quedaban hasta el atardecer las dedicó Tarzán a dar vueltas por el mercado y sus aledaños acompañado de un joven árabe llamado Abdul, que le había recomendado el posadero como servidor e intérprete de toda confianza.

Tarzán compró un corcel algo mejor que el que había adquirido en Buira y, durante el tira y afloja del trato con el majestuoso árabe que se lo vendía, se enteró de que éste se llamaba Kadur ben Saden y era el jeque de una tribu del desierto establecida bastante al sur de Jilfah. Por medio de Abdul, Tarzán invitó a su nuevo amigo a cenar con él. Avanzaban entre las nubes de mercaderes, camellos, burros y caballos que inundaban con una babélica confusión de ruidos la plaza del mercado, cuando Abdul tiró de la manga de Tarzán.

-Mire, señor, a nuestra espalda -dijo Abdul, al tiempo que señalaba con el dedo a una figura que se apresuró a esconderse tras un camello cuando Tarzán volvía la cabeza. Abdul añadió-: Ha estado siguiéndonos toda la tarde.

-Sólo he vislumbrado un árabe de chilaba azul marino y turbante blanco -dijo Tarzán-. ¿Te refieres a ése?

-Sí. Ha despertado mis recelos porque parece forastero, da la impresión de que lo único que tiene que hacer aquí es seguirnos, que no es tarea propia de un árabe honesto, y también porque baja la cabeza y oculta la cara, de forma que sólo se le pueden ver los ojos, unos ojos brillantes, eso sí. No debe de ser hombre decente, ya que, de serlo, dedicaría su tiempo a tareas más honrosas.

-En tal caso parece que se ha equivocado de rastro, Abdul -respondió Tarzán-, porque aquí nadie tiene agravio alguno contra mí. Esta es la primera visita que hago a tu país y nadie me conoce. No tardará en darse cuenta de su error y dejará de seguirnos.

-A menos que lo que pretenda sea robarnos -replicó Abdul.

-Entonces lo único que podemos hacer es aguardar a que intente ponernos las manos encima -se echó a reír Tarzán-, en cuyo caso te garantizo que se le van a quitar las ganas de robar, puesto que estamos alertas para darle una lección.

Y el hombre mono apartó de su mente aquel tema, aunque no iba a tener más remedio que recordarlo pocas horas después, a causa de unos sucesos cuyo desencadenamiento fue inesperado.

Tras haber cenado opípara y satisfactoriamente, Kadur ben Saden se aprestó a despedirse de su anfitrión. Manifestó su amistad con palabras sinceras e invitó a Tarzán a que le visitase en sus silvestres territorios, donde aún podían encontrarse ejemplares de antílope, venado, jabalí, león y pantera en número suficiente para tentar y poner a prueba las virtudes de un cazador impetuoso.

Cuando el jeque se marchó, Tarzán y Abdul volvieron a pasear por las calles de Sidi Aisa. El hombre-mono no tardó en sentirse atraído por el estrépito que salía a través de la abierta entrada de uno de los numerosos cafés maures de la ciudad. Eran más de las ocho y, cuando entró Tarzán, el baile se encontraba en pleno apogeo. El local estaba rebosante de árabes. Todos fumaban y sorbían su cargado y caliente café.

Tarzán y Abdul encontraron un par de asientos hacia el centro de la sala, aunque el hombre mono, tan amante del silencio, hubiese preferido un sitio algo más apartado del espantoso ruido que arrancaban los músicos a sus tambores y flautas. Una atractiva ulednail estaba interpretando su danza y, al descubrir entre el público un cliente vestido a la europea, olfateó una buena gratificación y lanzó su pañuelo de seda sobre el hombro de Tarzán. Obtuvo un franco.

Cuando otra bailarina la sustituyó en la pista, las brillantes pupilas de Abdul observaron que la primera conversaba con dos hombres en el fondo de la sala, cerca de la puerta lateral que conducía al patio interior, en cuya galería estaban los aposentos de las jóvenes que actuaban en aquel café.

Al principio no sospechó nada, pero al cabo de un momento vio por el rabillo del ojo que uno de los hombres movía la cabeza en dirección a ellos y que la muchacha dirigía una mirada furtiva a Tarzán. Luego, los árabes franquearon la puerta y se fundieron con la oscuridad del patio.

Cuando volvió a tocarle a la primera bailarina el turno de actuar, la joven se aproximó a Tarzán volanderamente y sus dulces sonrisas sólo tuvieron un destinatario exclusivo: el hombre-mono. Multitud de ojos oscuros pertenecientes a atezados hijos del desierto proyectaron sus miradas ceñudas sobre aquel alto y apuesto europeo, pero ni las sonrisas de la bailarina ni las miradas tenebrosas surtieron efecto visible alguno sobre Tarzán. La danzarina echó de nuevo su pañuelo de seda sobre el hombro del cliente y de nuevo recibió la moneda de un franco como recompensa. Al llevársela a la frente, de acuerdo con la costumbre de las de su clase, se inclinó hacia Tarzán y le susurró una rápida advertencia.

-Ahí fuera, en el patio, aguardan dos hombres -articuló a toda prisa en titubeante francés- dispuestos a hacerle daño, monsieur. En principio les prometí que le atraería a usted hacia allí, pero se ha portado muy bien conmigo y no puedo hacerle una jugada así. Márchese en seguida, antes de que descubran que les he engañado. Creo que son individuos de la peor calaña.

Tarzán dio las gracias a la muchacha, le aseguró que tendría mucho cuidado. Cuando acabó su número, la bailarina atravesó la puerta y salió al patio. Pero Tarzán no abandonó el café tal como le había aconsejado la muchacha.

No ocurrió nada fuera de lo normal durante media hora, al cabo de la cual entró en el café un árabe malencarado y hosco. Tomó asiento cerca de Tarzán y empezó a poner de vuelta y media a los europeos, pero como pronunciaba tales insultos en su lengua materna Tarzán no pudo darse por enterado del propósito de aquellos comentarios hasta que Abdul tomó a su cargo la tarea de informarle.

-Este sujeto anda buscando gresca -advirtió Abdul-. No está solo. La verdad es que, en caso de jaleo, casi todos los que están aquí dentro se pondrán en contra de usted. Lo mejor que podríamos hacer es largarnos cuanto antes, señor.

-Pregunta a ese individuo qué es lo que quiere -ordenó Tarzán.

-Dice que el «perro cristiano» ha insultado a una uled-nail que le pertenece. Trata de armar camorra, m sieur.

-Asegúrale que no he insultado a ninguna ulednail, ni a la suya ni a la de nadie, que me gustaría que se fuera de aquí y me dejase en paz. Que no quiero pelearme con él y que él tampoco tiene por qué hacerlo conmigo.

-Dice -explicó Abdul, después de transmitir al árabe las palabras de Tarzán- que, además de perro, es usted hijo de una perra y que su abuela fue una hiena. Y, de paso, que también es un embustero.

El altercado empezaba ya a atraer la atención de los que se encontraban en las proximidades y las risas despectivas que sucedieron al torrente de invectivas indicaron claramente hacia qué parte se inclinaban las simpatías de la mayor parte de los presentes.

A Tarzán no le hacía ninguna gracia que se rieran de él, como tampoco le gustaban los calificativos que le había aplicado el árabe, pero no mostró el menor asomo de indignación al levantarse del banco que ocupaba. Una semisonrisa curvaba sus labios, como si nada, pero un puño repentino y veloz fue a estrellarse en pleno rostro del ceñudo árabe. Respaldaba el puño toda la terrible potencia de los músculos del hombre mono.

En el preciso instante en que el pendenciero dio con sus huesos en el piso del local, media docena de individuos de rostro patibulario y expresión feroz irrumpieron en la sala. Habían permanecido en la calle, ante la puerta, aguardando aparentemente que les tocase el turno de entrar en el café. Se precipitaron directamente sobre Tarzán, al tiempo que vociferaban:

-¡Muerte al infiel!... ¡Abajo el perro cristiano!

Cierto número de árabes jóvenes, clientes del local, se pusieron en pie y se lanzaron al ataque del desarmado hombre blanco. Tarzán y Abdul tuvieron que retroceder hacia el fondo de la sala, obligados por la fuerza del número. El joven Abdul se mantuvo leal a quien le había contratado y, cuchillo en mano, combatía junto a él.

Los demoledores golpes del hombre-mono derribaban sin remedio a cuantos se ponían al alcance de sus poderosas manos. Luchaba serenamente, sin pronunciar palabra, con la misma semisonrisa que aleteaba en sus labios cuando lanzó al suelo al individuo que le insultaba. Parecía imposible que Abdul o él lograran sobrevivir a aquella marea homicida de espadas y puñales que los rodeaba, pero los atacantes eran tantos que se estorbaban unos a otros, lo que constituía un bastión que procuraba seguridad a los dos hombres. Aquella ululante masa humana era tan compacta que a sus integrantes les era imposible enarbolar y descargar las armas blancas y ninguno de aquellos árabes se atrevía a recurrir a las de fuego por miedo a herir a alguno de sus compatriotas.

Al final Tarzán consiguió echar mano a uno de los más empecinados atacantes. Le retorció el brazo, lo desarmó y luego, colocándoselo ante sí, a guisa de escudo humano, retrocedió poco a poco, junto a Abdul, hacia la puertecilla que daba paso al patio interior. Hizo una pausa momentánea en el umbral, levantó por encima de su cabeza al árabe, que no cesaba de batirse y forcejear, y lo arrojó hacia los agresores. Cayó de cara contra ellos como si lo hubiese disparado una catapulta.

Seguidamente Tarzán y Abdul salieron a la penumbra del patio. Las asustadas uled-miles se acurrucaban en lo alto de las escaleras que conducían a sus respectivas habitaciones. Las únicas luces del patio eran las tenues llamas de las velas que, con su misma cera, había pegado al paño de su puerta cada una de las muchachas, al objeto de medio iluminar los encantos que exponía a la vista de quienes pudieran atravesar el recinto.

No bien abandonaron la sala cuando ladró un revólver, cerca de su espalda, entre las sombras de debajo de una escalera, y cuando dieron media vuelta para plantar cara a aquéllos nuevos enemigos, dos figuras enmascaradas se lanzaron hacia ellos, sin dejar de disparar. Tarzán les salió al encuentro. Un segundo después, el primero de tales atacantes yacía tendido en la pisoteada tierra del patio, desarmado y gemebundo, con una muñeca rota. El cuchillo de Abdul se hundió en un punto vital del segundo, que en el momento que caía apretó el gatillo de su revólver; el proyectil falló el blanco: la frente del fiel Abdul.

La horda enloquecida del café salía ya precipitadamente del local en persecución de su presa. Las bailarinas habían apagado sus velas, obedeciendo el grito de una de ellas, y la única claridad del patio era el tenue resplandor que salía por la puerta medio bloqueada del café. Tarzán empuñaba la espada del hombre abatido por el cuchillo de Abdul y aguardaba erguido la oleada de hombres que avanzaban hacia ellos a través de la oscuridad.

De pronto, una mano suave se apoyó en su hombro, por detrás, y una voz femenina le susurró:

-Rápido, m'sieur, venga por aquí. Sígame.

-Vamos, Abdul -dijo Tarzán en voz baja-, sea cual fuere el sitio al que nos dirijamos, no será peor que seguir aquí.

La mujer se volvió y subió por la angosta escalera que terminaba a la puerta de su cuarto. Tarzán iba pisándole los talones. Vio las pulseras de oro y de plata que adornaban sus brazos desnudos, las sartas de monedas de oro que colgaban de los adornos del pelo y los llamativos colores de su vestido. Observó que era una uied-nail y comprendió instintivamente que se trataba de la misma que poco antes le había avisado.

Cuando llegaron a lo alto de la escalera oyeron el alboroto que armaba la chusma que los buscaba abajo en el patio.

-Pronto subirán a registrar aquí -susurró la joven-. No deben encontrarle porque, aunque lucha usted con la fuerza de muchos hombres, al final le matarán. ¡Rápido! Descuélguese hasta la calle por la ventana del fondo de mi habitación. Antes de que descubran que no están en el patio, se encontrará usted a salvo en el hotel.

Pero mientras la muchacha hablaba varios árabes habían empezado a subir por la escalera en lo alto de la cual se hallaban. Uno de los perseguidores lanzó un súbito grito de aviso. Habían dado con ellos. El asaltante que iba en cabeza subió los peldaños a toda prisa, pero se encontró arriba con una espada que no se había esperado: antes, su presa estaba sin armas.

A la vez que soltaba un alarido, el hombre cayó sobre los que subían tras él. Todos rodaron escaleras abajo como las piezas de un juego de bolos. La desvencijada y ruinosa estructura no pudo aguantar la tensión de aquella sobrecarga inesperada y se estremeció. Con un chirriante chasquido de madera que se rompe, se derrumbó bajo los pies de los árabes y Tarzán, Abdul y la muchacha se encontraron solos en el frágil rellano de tablas de la parte superior.

-¡Vamos! -apremió la uled-nail-. Llegarán hasta nosotros subiendo por la escalera de al lado y a través de la habitación contigua a la mía. No hay momento que perder.

En el instante en que entraban en el cuarto de la bailarina, Abdul oyó y tradujo las instrucciones que se daban abajo. Se ordenaba a varios hombres que salieran corriendo a la calle y cortaran la posibilidad de huida por allí.

-Ahora sí que estamos perdidos -dijo la muchacha simplemente.

-¿Estamos? -se extrañó Tarzán.

-Sí, m'sieur-respondió ella-, me matarán a mí también. ¿Es que no le he ayudado?

Eso confería un aspecto distinto a la situación. Hasta entonces, Tarzán más bien había disfrutado con la emoción y los peligros de aquella refriega. Ni por un momento se le ocurrió suponer que Abdul o la muchacha pudieran sufrir el menor daño, a no ser a causa de algún accidente y él sólo había retrocedido lo justo para evitar que le matasen. No tenía intención alguna de huir hasta que viese que, de seguir allí, estaría irremisiblemente perdido.

De estar solo, podía lanzarse en medio de aquella apiñada turba y, atacando a la manera que lo hacía Numa, el león, infundiría tal pavor a los árabes que la huida iba a resultar facilísima. Pero ahora debía pensar en la seguridad de aquellos dos fieles amigos.

Se llegó a la ventana que daba a la calle. El enemigo estaría abajo en cuestión de un minuto. Y a sus oídos llegó el estrépito que organizaban los que subían por la escalera de la habitación contigua... Sólo tardarían unos segundos en llegar a la puerta que Tarzán tenía a su espalda. Apoyó un pie en el antepecho y se asomó al exterior, pero no miró abajo. Comprobó que por encima de su cabeza, al alcance de la mano, estaba el bajo tejado del edificio. Llamó a la bailarina, que se situó a su lado. Tarzán pasó su robusto brazo alrededor de la joven, la levantó en peso y se la echó al hombro.

-Aguarda aquí hasta que te avise para subirte a pulso -aleccionó a Abdul-. Mientras tanto, aprovecha para adosar contra la puerta todo lo que encuentres... eso puede retrasarlos el tiempo suficiente.

A continuación, Tarzán subió al alféizar de la estrecha ventana, con la joven sobre los hombros.

-¡Sujétese bien! -le advirtió.

Segundos después se encontraba en lo alto del tejado, al que había subido con la facilidad y destreza de un simio. Tras depositar a la bailarina en la cubierta, se asomó por el borde y llamó a Abdul en voz baja. El joven árabe corrió a la ventana.

-Dame la mano -bisbiseó Tarzán.

Los individuos que estaban en la habitación de al lado aporreaban furiosamente la puerta. Ésta se hundió hacia adentro con estrepitoso chasquido de madera astillada, en el mismo instante en que Abdul se veía izado como una pluma hacia la cubierta del edificio. Justo a tiempo, porque la canallesca masa irrumpió en el cuarto que acababan de abandonar mientras una docena más de perseguidores doblaban la esquina de la calle y corrían a situarse al pie de la ventana de la muchacha.