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El Regreso de Tarzán.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 9. Nurna el adrea
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El mismo día en que Kadur ben Saden emprendió su cabalgada hacia el sur, la diligencia del norte llevó a Tarzán una carta de D'Arnot reexpedida desde Sidibel-Abbes. La carta abrió una herida que a Tarzán le hubiera gustado mantener cerrada y olvidada. Sin embargo, no lamentaba que D'Arnot le hubiese escrito, porque al menos uno de los asuntos que exponía la misiva no dejaba de interesar al hombre-mono. Decía:

Querido Jean:

Después de mi última carta he tenido que ir a Londres por cuestiones de negocios. Sólo estuve allí tres días. En el curso del primero me tropecé -lo que se dice inopinadamente- en Henrietta Street con un viejo amigo tuyo. Ni por lo más remoto te imaginarías quién es. Pues, ni más ni menos que el señor don Samuel T. Philander. Es cierto. Veo la expresión de incredulidad que ha aparecido en tu cara. Se empeñó en que le acompañase al hotel donde se hospedaba, y allí encontré a todos los demás: el profesor Arquímedes Q. Porter, la señorita Porter y aquella gigantesca negra, la doncella de la señorita Porter, Esmeralda me parece recordar que se llama. Mientras estaba allí, llegó Clayton. Van a casarse pronto, por no decir ya mismo, y sospecho que recibiremos la participación de boda cualquier día de estos. Debido a la muerte del padre de Clayton, va a ser una ceremonia discreta, íntima, a la que sólo asistirán los familiares directos.

Cuando estaba a solas con el señor Philander, el hombre se puso en plan más bien confidencial. Me contó que la señorita Philander ya había aplazado la boda en tres ocasiones distintas. Al señor Philander, según me dio, le parece que la muchacha no tiene precisamente unas ganas locas de casarse con Clayton, pero todo indica que esta vez va a llegar hasta el final.

Naturalmente, todos me preguntaron por ti, pero respeté tus deseos en cuanto a tu verdadero origen y me limité a hablarles de tus presentes actividades.

La señorita Porter se mostró especialmente interesada en cuanto yo pudiera explicarle sobre tu persona y me formuló una barbaridad de preguntas. Me temo que disfruté lo mío, lo que no es digno de un caballero, exponiendo con mi más colorista elocuencia tu deseo y determinación de volver, tarde o temprano, a tujungla natal. Luego me arrepentí, porque a la muchacha pareció producirle auténtica angustia imaginarse los espantosos peligros a los que quieres regresar. «Y sin embargo», comentó la señorita Porter, «no sé... Hay destinos mós infaustos que los que pueda plantear a monsieur Tarzán la terrible y feroz selva virgen. Al menos, no tendrá remordimientos de conciencia. Y allí no faltan durante el día momentos de quietud, paz y sosiego, además de tener unas vistas de belleza sensacional. Es posible que le extrañe que diga cosas así, puesto que he vivido experiencias escalofriantes en aquella floresta aterradora, pero la verdad es que hay momentos en que anhelo volver, porque no dejo de tener presente que disfruté allí de los instantes ~felices de mi vida.»

Mientras hablaba, su rostro tenía una expresión de indescriptible tristeza, lo que me indujo a pensar que estaba enterada de que yo conocía su secreto y que tal expresión acongojada era su modo de indicarme que te transmitiera un mensaje de su parte: el de que tu recuerdo tenía un santuario en su corazón, aunque éste perteneciese a otro. Cuando tú eras el protagonista de la conversación, Clayton no disimuló la incomodidad y nerviosismo que sentía. Su rostro denotaba angustiada preocupación. Lo que no fue óbice para que manifestara un bondadoso interés acerca de cómo te iban las cosas. Me pregunto si sospechará la verdad acerca de ti.

Tennington entró con Clayton. Son grandes amigos, ya sabes. Tennington se disponía a zarpar en su yate, con ánimo de llevar a cabo uno de sus interminables cruceros, y trataba de convencer a los demás para que se enrolaran en la travesía. También trató de liarme a mí. Esta vez tiene intención de circunnavegar el continente de África. Le contesté que lo más probable es que, como no se le quite de la cabeza la idea de que su bonito juguete flotante no es ni un acorazado ni un transatlántico, el día menos pensado le va a llevar, a él y a algunos de sus amigos, al fondo del océano.

Regresé a París anteayer y ayer encontré en las carreras a los condes De Coude. Me preguntaron por ti, claro. El conde parece tenerte un tremendo afecto. No da la impresión de guardarte rencor alguno, sino todo lo contrario. Olga está tan radiante de belle- za como siempre, aunque parece un poco deprimida. Supongo que sus breves relaciones contigo le enseñaron una lección que no olvidará mientras viva. Para ella, y para su esposo, desde luego, fue una suerte que se tratara de ti y no de otro individuo menos caballeroso.

Me temo que si hubieras galanteado a Olga no habría habido esperanza para ninguno de los dos.

Me encargó que te diese que Nicolás ha abandonado Francia. Ella le pagó veinte mil francos para que se fuera y no volviese. Se felicita por haberse desembarazado de él antes de que Nicolás intentase cumplir la amenaza que le hizo de matarte a la primera ocasión que se le presentara. Me contó también que le horrorizaba la posibilidad de que te mancharas las manos con la sangre de Nicolás. Te aprecia mucho y no se recató en reconocerlo delante del conde. No pareció que se le pudiera pasar por la cabeza la idea de que existiese probabilidad alguna de que un ulterior encuentro entre Nicolás y tú pudiese tener otro resultado que la muerte del ruso. En eso, el conde se mostró de acuerdo con ella. De Coude añadió que para acabar contigo haría falta un regimiento de Rokoff. Tus cualidades le inspiran un respeto de lo más saludable.

Me han vuelto a destinar a mi antiguo buque. Zarpa de El Havre dentro de dos días, con órdenes secretas. Si diriges la carta al buque, tarde o temprano me llegará. En cuanto se me presente otra oportunidad volveré a escribirte.

Tu sincero amigo, Paul D'Arnot

-Me temo -pensó Tarzán a media voz- que Olga ha tirado veinte mil francos por la ventana.

Releyó varias veces la parte de la misiva que aludía a la conversación de D Arnot con Jane Porter. De aquellos párrafos dimanaba para él una dicha más bien patética, pero eso era mejor que no tener dicha de ninguna clase.

Las tres semanas siguientes transcurrieron sin acontecimientos fuera de lo normal. Tarzán vio varias veces al árabe misterioso, y en una de ellas le observó intercambiando unas palabras con el teniente Gernois. Sin embargo, aunque puso todo su atento interés en espiarle y seguirle, el hombre mono no logró determinar el alojamiento del árabe, una dirección que a Tarzán le hubiera gustado sobremanera descubrir.

Desde el episodio en el comedor del hotel de Aumale, Gernois, nunca cordial, se mantuvo siempre a distancia de Tarzán. En las contadas ocasiones en que ambos coincidieron en algún punto o reunión, el teniente se mostró francamente hostil.

Para mantener las apariencias del papel que representaba, Tarzán dedicó una cantidad considerable de su tiempo a la actividad cinegética por las proximidades de Bu Saada. Se pasaba días enteros en las laderas de los montes, buscando ostensiblemente gacelas. Pero si alguna vez se encontraba con alguno de esos hermosos animales, lo dejaba escapar sin molestarse siquiera en sacar el rifle de la funda. El hombre-mono era incapaz de sacrificar, por simple deporte, a la más inocente, inerme e indefensa de las criaturas de Dios, por el mero placer de matar.

En realidad, Tarzán nunca había matado «por placer», como tampoco encontró nunca placer alguno en el acto de matar. Lo que le encantaba era la alegría del juego limpio de la lucha..., el éxtasis de la victoria. Y el éxito en la caza practicada para conseguir alimento, la competencia entre la habilidad y la astucia de uno y la astucia y la habilidad de otro. Pero salir de una ciudad en la que había alimento de sobra para abatir a tiros a una preciosa gacela de dulces ojos... ¡Ah, eso resultaba todavía más cruel que asesinar a sangre fría a un semejante! Tarzán no estaba dispuesto a hacer una cosa así, de forma que salía a cazar en solitario para que nadie fuese testigo de la impostura que llevaba a cabo.

Y una vez, debido probablemente a su costumbre de ir solo, a punto estuvo de perder la vida. Cabalgaba a paso lento por el fondo de un barranco cuando retumbó un disparo a su espalda, no muy lejos, y un proyectil atravesó el casco con que se cubría la cabeza. Aunque dio media vuelta instantáneamente y subió al galope hasta lo alto de la colina, no vio ni rastro de enemigo alguno, como tampoco se tropezó con ningún ser humano hasta llegar a Bu Saada.

-Sí -monologó mientras recordaba el suceso-, verdaderamente Olga ha tirado veinte mil francos por la ventana.

Aquella noche el capitán Gerard le había invitado a cenar.

-¿No se dio muy bien la montería? -preguntó el oficial.

-No -respondió Tarzán-, por estos andurriales, las piezas son muy asustadizas y lo cierto es que tampoco me seduce mucho matar pájaros o antílopes. Creo que me aventuraré por el sur y probaré a ver si me echo a la cara alguno de esos leones argelinos suyos.

-¡Estupendo! -exclamó el capitán-. Precisamente mañana nos ponemos en marcha rumbo a Jilfah. Por lo menos hasta allí gozará de nuestra compañía. Se nos ha ordenado, al teniente Gernois y a mí, con cien hombres, que patrullemos por la región del sur, donde los merodeadores están haciendo de las suyas y creando bastantes problemas. Es posible que tengamos el placer de cazar juntos ese león... ¿Qué me dice?

Tarzán se sintió más que complacido, y no dudó en confesarlo: pero el capitán se hubiera asombrado lo suyo de conocer el verdadero motivo de la satisfacción del hombre mono. Gernois estaba sentado frente a Tarzán. A él no pareció alegrarle tanto la invitación del capitán.

-Comprobará que la caza del león es mucho más emocionante que disparar sobre una gacela -comentó el capitán Gerard-. Y más peligrosa.

-El tiro a la gacela también entraña sus peligros -repuso Tarzán-. En especial cuando uno va solo. Lo descubrí hoy mismo. También he comprobado que aunque la gacela sea el más tímido de los animales, no es el más cobarde.

Tras sus palabras, en la mirada que dirigió a Gernois no puso más que indiferencia, ya que no deseaba que el hombre supiera que recelaba de él, ni que lo sometía a vigilancia, al margen de lo que pudiera pensar. Sin embargo, el efecto del comentario del hombre mono sobre el oficial acaso pudiera indicar su relación con, o su conocimiento de, ciertos sucesos recientes. Tarzán observó que una especie de tenue sonrojo mate ascendía desde la base del cuello de Gernois. Se sintió satisfecho y cambió rápidamente de conversación.

A la mañana siguiente, cuando la columna partió de Bu Saada hacia el sur, media docena de árabes cerraban la marcha.

-No forman parte del destacamento -contestó Gerard, en respuesta a la pregunta de Tarzán-. Simplemente se han sumado a nosotros como compañeros de viaje.

Desde su llegada a Argelia, Tarzán había aprendido lo suficiente acerca del carácter de los árabes como para comprender que aquella no era la auténtica razón, puesto que al árabe no le gustaba precisamente la compañía del extranjero y si ese extranjero eran soldados franceses, todavía menos. De modo que sus sospechas cobraron vida y decidió no perder de vista a aquella partida que marchaba tras la columna, a unos cuatrocientos metros de distancia. Pero ni siquiera durante los altos en el camino de las tropas se acercaron los árabes lo bastante como para que Tarzán pudiese darse el gusto de examinarlos a fondo.

Llevaba largo tiempo convencido de que tras su pista había asesinos mercenarios y tampoco albergaba grandes dudas de que en el fondo de aquella conjura estaba Rokoff. Lo que no llegaba a determinar con precisión era si tal seguimiento se debía al afán de venganza del ruso, por las veces que le había humillado y desbaratado sus planes, o si aquello estaba relacionado de alguna manera con la misión de Tarzán relativa a las andanzas de Gernois. En el caso de tratarse de esta última posibilidad, lo que parecía bastante probable dada la evidencia de que Gernois desconfiaba de él, Tarzán tendría entonces que contender con dos enemigos poderosos. Las zonas salvajes de Argelia hacia donde se encaminaban brindarían numerosas oportunidades para eliminar a cualquier adversario silenciosamente y sin despertar sospechas.

Después de acampar dos días en Jilfah, la columna reanudó la marcha en dirección suroeste, al llegarles noticias de que bandas de merodeadores actuaban en aquella región contra las tribus que tenían establecidos sus aduares al pie de las montañas.

El reducido grupo de árabes que les había acompañado desde Bu Saada desapareció repentinamente la misma noche en que se dio la orden de prepararse para salir de Jilfah a la mañana siguiente. Tarzán interrogó discretamente a algunos soldados, pero nadie supo aclararle el motivo por el que los árabes se fueron, ni la dirección que tomaron. No le gustó el aspecto del asunto, sobre todo teniendo en cuenta que había visto a Gernois conversando con uno de los árabes media hora después de que el capitán Gerard emitiera sus instrucciones relativas a la reanudación de la marcha. Sólo Gernois y Tarzán conocían la dirección que iban a tomar. Lo único que les dijo a los soldados fue que estuviesen listos para levantar el campamento a primera hora de la mañana. Tarzán se preguntó si Gernois no habría revelado a los árabes el punto de destino del destacamento.

Muy entrada la tarde del día siguiente, las tropas acamparon en un pequeño oasis en el que se encontraba el aduar de un jeque al que los malhechores robaban cabezas de ganado y asesinaban pastores. Los árabes salieron de sus tiendas de piel de cabra y se apiñaron en torno a los soldados, a los que hicieron infinidad de preguntas en su lengua nativa, ya que la tropa estaba constituida por naturales del país. Por entonces, Tarzán, con la ayuda de Abdul, había aprendido a chapurrear algo de árabe, lo que le per- mitió interrogar a uno de los muchachos que acompañaban al jeque, mientras éste presentaba sus respetos al capitán Gerard.

No, el joven no había visto ninguna partida de seis jinetes procedente de Jilfah. Había otros oasis diseminados por la región, era muy posible que se hubiesen dirigido a alguno de ellos. Claro que aquella gente podían ser forajidos de las montañas: a menudo cabalgaban hacia el norte en pequeños grupos, hacia Bu Saada, e incluso a veces llegaban hasta Aumale y Buira. A decir verdad, también podía tratarse de alguna cuadrilla de merodeadores que regresaran de alguna de esas ciudades, a las que habrían ido a divertirse un poco.

A primera hora de la mañana siguiente, el capitán Gerard dividió sus tropas en dos columnas. Puso al teniente Gernois al mando de una de ellas y él encabezó la otra. Explorarían los montes, a ambos lados de la llanura.

-¿En qué destacamento prefiere ir monsieur Tarzán? -preguntó el capitán-. ¿O quizás no tiene ningún interés en cazar merodeadores?

-¡Oh, me encantará participar en esa montería! -se apresuró a aceptar el hombre mono.

Llevaba un rato devanándose los sesos en busca de una excusa plausible que le permitiera integrarse en la partida de Gernois. Su preocupación tuvo corta vida y aquella sugerencia inesperada le produjo un alivio inmenso. El propio Gernois le echó la mano definitiva:

-Si a mi capitán no le importa prescindir por esta vez del placer de la compañía de monsieur Tarzán, consideraría un honor que el señor Tarzán me acompañase hoy.

Su tono no carecía de cordialidad. Realmente, Tarzán imaginó que se había pasado un poco en ello, pero, no obstante, algo atónito y complacido, se apresuró a manifestar su satisfacción.

Y así fue como Tarzán y el teniente Gernois cabalgaron uno junto a otro a la cabeza del pequeño destacamento de espahís. La cordialidad de Gernois duró poco. En cuanto quedaron fuera de la vista del capitán Gerard y sus hombres, el teniente adoptó su habitual talante taciturno. A medida que avanzaban, el terreno se hacía más escabroso. Era una subida constante hacia las montañas, en las que entraron, hacia las doce del mediodía, a través de un estrecho desfiladero. Gernois detuvo la marcha a la orilla de un arroyo. Allí, los soldados prepararon y consumieron su frugal almuerzo y después llenaron las cantimploras de agua.

Tras descansar una hora, reemprendieron su avance por el desfiladero, para desembocar en un pequeño valle, del que partían diversas gargantas rocosas. Hicieron un alto y Gernois se plantó en el centro de la depresión y examinó minuciosamente las alturas que los rodeaban.

-Nos separaremos aquí -determinó el oficial-, formaremos varias patrullas y cada una de ellas avanzará por una de esas cañadas. -Destacó los diversos grupos y dio las pertinentes instrucciones a los sargentos a los que asignó el mando de cada una de las patrullas. Al concluir, se dirigió a Tarzán:

-Usted tendrá la bondad de quedarse aquí hasta que regresemos.

Tarzán manifestó su disconformidad, pero el teniente le cortó en seco:

-Es posible que cada uno de estos pelotones tenga que entablar combate -dijo-, y los civiles no pue- den encontrarse en medio de la lucha porque entorpecerían a los soldados durante la acción.

-Pero, mi querido teniente -protestó Tarzán-, estoy más que dispuesto y deseoso de ponerme bajo su mando o del de cualquiera de sus sargentos o cabos y combatir con la tropa, de acuerdo con las órdenes que me den. Para eso he venido.

-Me alegraría considerarlo así -replicó Gernois, con una burlona ironía que no se molestó en ocultar. Añadió, cortante-: Está bajo mis órdenes y éstas son que se quede aquí hasta que regresemos. Asunto concluido.

Dio media vuelta, picó espuelas y se alejó a la cabeza de sus hombres. Instantes después, Tarzán se encontró completamente solo en medio de la desolada fortaleza que constituían las montañas.

Caía un sol de justicia, así que el hombre mono buscó la protección de un árbol cercano, al que ató la cabalgadura, para a continuación sentarse en el suelo y ponerse a fumar. Maldijo en su fuero interno a Gernois por la faena que le había hecho. Una venganza miserable, pensó, pero de súbito le asaltó la idea de que el teniente no podía ser tan estúpido como para buscarse su animosidad ocasionándole a él un fastidio tan trivial. Sin duda se ocultaba algo más profundo detrás de aquello. Una sospecha germinó en su mente y Tarzán sacó el rifle de la funda. Abrió la recámara y comprobó que el cargador estaba al completo. Luego examinó el revólver. Realizada aquella precaución preliminar escrutó las laderas y cimas de los montes circundantes, así como las bocas de las diversas gargantas... estaba firmemente resuelto a que no le sorprendiesen con la guardia baja.

El sol fue bajando y bajando en el cielo, sin que se apreciara el menor indicio de que volvían los espahís. Por último, las sombras envolvieron el valle. Tarzán tenía demasiado amor propio para regresar al campamento sin haber concedido a las patrullas un amplio plazo para que regresaran al valle, que era el tácito punto de concentración. Cuando cerró la noche se sintió más a salvo de cualquier posible ataque, ya que la oscuridad era una circunstancia en la que se sentía a gusto. Sabía que nadie era capaz de acercársele tan cautelosamente como para eludir la sensibilidad y agudeza de sus alertados oídos; además contaba también con los ojos, cuya mirada podía atravesar las tinieblas nocturnas; y con el olfato, que igualmente podía percibir en el aire la presencia de un enemigo incluso aunque se encontrara abastante distancia.

De modo que daba por supuesto que corría escaso peligro y eso le proporcionó tal sensación de seguridad que se quedó dormido, con la espalda apoyada en el tronco del árbol.

Su sueño debió de prolongarse varias horas, ya que cuando súbitamente le despertó el resoplido y el piafar del asustado caballo, el resplandor de una luna llena iluminaba el valle. Y allí, a menos de diez pasos de él, vio la causa del terror de su montura.

Soberbio, majestuoso, vibrante y extendida la airosa cola, con los brillantes ojos clavados en su presa, se erguía Numa el adrea, el león negro. Un leve estremecimiento de alegría hormigueó por el sistema nervioso de Tarzán. Era como volver a encontrar a un viejo amigo, tras largos años de separación. Durante un momento se mantuvo rígido mientras disfrutaba del magnífico espectáculo que ofrecía el' señor del desierto.

Pero Numa se agazapaba ya para saltar. Muy despacio, Tarzán se echó el rifle a la cara. Nunca, en toda su vida, había matado a un animal grande con arma de fuego, hasta aquel momento siempre se valió del venablo, de las flechas envenenadas, de la cuerda, del cuchillo o simplemente de las manos. Lamentó de modo instintivo no disponer de sus flechas y de su cuchillo... se hubiera sentido más seguro con ellos.

Numa tenía ya todo el cuerpo aplastado contra el suelo, sólo presentaba la cabeza. Tarzán hubiera preferido disparar ligeramente ladeado, porque no ignoraba que, de vivir un par de minutos o incluso nada más que uno, el león podía ocasionar un daño tremendo. A espaldas de Tarzán, el caballo temblaba de pánico. Con enorme cautela, el hombre mono dio un paso lateral... Numa sólo le siguió con los ojos. Tarzán dio otro paso. Y otro más. Numa siguió inmóvil. En su nueva posición, el hombre mono podía ahora disparar sobre un punto situado entre el ojo y la oreja.

Tarzán curvó el dedo en torno al gatillo y, al mismo tiempo que sonaba el disparo, Numa saltó. Simultáneamente, el empavorecido caballo realizó un frenético esfuerzo para escapar, rompió la cuerda que lo trababa y salió disparado desfiladero abajo, hacia el desierto.

Un hombre corriente no habría podido escapar a las aterradoras garras de Numa cuando el león saltaba desde una distancia tan corta, pero Tarzán no era un hombre corriente. Las necesidades de la supervivencia en un medio tan hostil como la selva virgen habían adiestrado los músculos de Tarzán, desde la más tierna infancia, acostumbrándolos a actuar con la rapidez del rayo. Por muy veloz que fuese el adrea, Tarzán lo era mucho más, así que el enorme felino se estrelló contra el tronco del árbol cuando esperaba caer sobre la blanda carne del hombre. Tarzán de los Monos se encontraba ya dos pasos a la derecha de la fiera, desde donde donde disparó otro proyectil sobre el cuerpo del león. El impacto derribó al adrea de costado, donde quedó dando zarpazos al aire y emitiendo feroces rugidos.

El hombre mono hizo fuego dos veces más, en rápida sucesión, y, finalmente, el adrea quedó inmóvil y no volvió a rugir. No fue monsieur Jean Tarzán, sino Tarzán de los Monos, quien posó el fiero pie encima del cuerpo de la salvaje presa y, elevando el rostro hacia la luna llena, lanzó al aire, a pleno volumen de su poderosa voz, el escalofriante alarido retador de los de su tribu: el grito del mono macho que acaba de matar a un adversario. Y las salvajes criaturas de las montañas se detuvieron sorprendidas y temblaron ante aquella nueva y terrible voz, mientras en el terreno bajo del desierto los hijos de las soledades salían de sus tiendas de piel de cabra y dirigían la vista hacia la sierra, al tiempo que se preguntaban qué nuevo y sanguinario flagelo llegaba dispuesto a arrasar sus rebaños.

A ochocientos metros del valle en que se erguía Tarzán, una veintena de figuras cubiertas de blanca chilaba, armadas con largas espingardas de siniestro aspecto, detuvieron su marcha e intercambiaron entre sí miradas interrogadoras. Pero en vista de que el grito no se repetía, reanudaron su subrepticia marcha silenciosa en dirección al valle.

Tarzán casi estaba absolutamente seguro de que Gernois no albergaba la menor intención de regresar a buscarle, pero no conseguía imaginar el objetivo que pudiera perseguir el teniente dejándole abandonado allí, ya que eso no le impedía a Tarzán volver al campamento. Huido su corcel, el hombre-mono llegó a la conclusión de que sería una bobada permanecer en las montañas, así que echó a andar hacia el desierto.

No había hecho más que entrar en los confines del desfiladero cuando la primera de las figuras vestidas de blanco irrumpió en el valle por el extremo opuesto. Los miembros del grupo dedicaron unos instantes al examen de la depresión del terreno, protegidos por unos peñascos que los ocultaban a la vista. Cuando se convencieron de que no había nadie se decidieron a bajar. Detrás de un árbol, a un lado, tropezaron con el cadáver del adrea. Entre exclamaciones a media voz, se arremolinaron en torno al león muerto. Al cabo de un momento, reanudaron su apresurada marcha por la cañada que también estaba atravesando Tarzán a escasa distancia por delante de ellos. Los árabes avanzaban cautelosa y silenciosamente, al abrigo de todos los peñascos tras los que pudieran ocultarse, como hacen los hombres que andan al acecho de un hombre.