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A la mañana siguiente, mientras desayunaban, Pittypat estaba llorosa y Melanie en silencio. Scarlett tenía un aire provocativo.

—No me importa lo que digan. Sé que he hecho ganar más dinero para el hospital que todas las demás... con todas las antiguallas que han vendido.

—Pero ¿qué importa el dinero, tesoro mío? —gemía Pittypat, retorciéndose las manos—. Yo no podía creer lo que veían mis ojos... ¡Pensar que el pobre Charles murió apenas hace un año...! Y ese tremendo capitán Butler poniéndote en evidencia... ¡Es una persona horrible, Scarlett! La prima de la señora Whiting, una tal señora Coleman, cuyo marido vino de Charleston, me ha contado que es la oveja negra de una familia muy buena. ¡Oh! ¿Cómo es posible que semejante individuo haya salido de la familia Butler? Nadie lo recibe en Charleston: tiene una pésima reputación y hay también una historia con una muchacha..., algo horrible que ni siquiera la señora Coleman sabía bien. —No creo que sea tan horroroso —interrumpió Melanie dulcemente—. Parece un caballero; y si se piensa en el valor que demuestra forzando el bloqueo...

—No es nada valiente —rebatió Scarlett con perversidad, poniéndose un poco de miel en la tostada—. Lo hace para ganar dinero. Me lo ha dicho él. No le importa nada la Confederación y dice que perderemos la guerra. Pero baila divinamente.

Las otras dos mujeres habían enmudecido de horror. —Estoy cansada de estar en casa y no quiero permanecer más en ella. Si anoche se habló de mí, mi reputación está desprestigiada; de modo que no me importa nada de lo que puedan decir.

No pensaba que esta idea procedía de Rhett Butler. ¡Era tan simple y se adaptaba tan bien a sus sentimientos!

—¿Qué dirá tu madre cuando lo sepa? ¿Qué pensará de mí? Una fría turbación se apoderó de Scarlett al pensar en la consternación de Ellen cuando conociese la escandalosa conducta de su hija. Pero cobró valor al pensar en los cuarenta kilómetros de distancia que separaban a Atlanta de Tara. Ciertamente Pittypat no diría nada a Ellen, para no quedar mal como acompañante. Si Pittypat no decía nada, Scarlett estaba salvada.

—Creo —respondió Pittypat— que haré bien en escribir a Henry sobre este asunto... Aunque me fastidia hacerlo... Él es el único pariente que tenemos, y le rogaré presente sus quejas al capitán Butler... Dios mío..., si Charles viviese... ¡No debes hablar más con ese hombre, Scarlett!

Melanie estaba sentada en silencio, con las manos cruzadas. Los buñuelos se enfriaban en su plato. Se levantó y, situándose detrás de Scarlett, le pasó los brazos alrededor del cuello.

—Tesoro —le dijo—, no te preocupes. Comprendo que lo que hiciste anoche es un gesto valeroso y que aportará una gran ayuda al hospital. Y, si alguien intenta decir una palabra en contra tuya, se las verá conmigo. No llores, tía Pitty. Es doloroso para Scarlett no figurar en nada: piensa que es una niña. —Y jugueteó levemente con los negros cabellos de Scarlett—. Quizás hagamos bien todas en ir de vez en cuando a alguna reunión. Hemos sido demasiado egoístas permaneciendo encerradas en nuestro dolor. Vivir en tiempo de guerra es diferente. Cuando pienso en todos los soldados que están en esta ciudad, lejos de sus familias y sin amigos con los que pasar el tiempo..., y en los convalecientes que están en condiciones de dejar la cama, pero no lo suficiente bien para incorporarse a su regimiento... Sí, hemos sido egoístas. Deberíamos albergar a tres convalecientes en casa, como todos, y algunos de los soldados que están aquí de servicio deben venir a comer los domingos. Vamos, Scarlett, no te inquietes. La gente no murmurará cuando comprenda... Nosotras sabemos que tú querías a Charles.

Scarlett estaba bien lejos de sentir inquietud, y las dulces manos de Melanie entre sus cabellos la irritaban. Sentía deseos de echar hacia atrás la cabeza y gritar: «¡Oh, cuántas historias!», porque guardaba vivo recuerdo de cómo los miembros de la Guardia Nacional, la Milicia y los soldados del hospital se habían disputado el placer de bailar con ella la noche anterior.

Melanie era la persona cuya defensa menos deseaba Scarlett en el mundo. Que pensase en defenderse a sí misma, y si aquellas viejas brujas tenían ganas de arañar..., ¡bah, no tenía por qué ocuparse de ellas! Había en el mundo demasiados oficiales apuestos para molestarse por lo que dijeran cuatro viejas.

Pittypat se enjugaba los ojos, algo calmada por las palabras de Melanie, cuando Prissy entró con una carta.

—Para usted, señora Melanie. La ha traído un negrito.

—¿Para mí? —dijo Melanie, asombrada, rasgando el sobre.

Scarlett estaba comiendo sus buñuelos, sin ocuparse de nada, hasta que el llanto de Melanie le hizo alzar la cabeza y ver a la tía Pittypat que se llevaba la mano al corazón.

—¡Ha muerto Ashley! —gritó la solterona, echando la cabeza hacia atrás y dejando caer los brazos inertes.

—¡Oh, Dios! —exclamó Scarlett, sientiendo helársele la sangre.

—¡No, no! —gritó Melanie—. ¡Pronto tráeme las sales, Scarlett! Vamos, querida tía Pitty, ¿te encuentras mejor? Respira así, profundamente. No, no es Ashley. Siento mucho haberte asustado; lloraba porque me siento feliz... —Abrió el puño que tenía cerrado y se llevó a los labios algo que lanzó un destello. Scarlett vio que era un anillo de oro—. ¡Soy tan feliz! —Y empezó nuevamente a llorar—. Lee, lee —dijo, señalando la carta, que había caído al suelo—. ¡Oh, qué simpático, qué bueno!

Scarlett, sombrada, recogió la carta y leyó estas líneas escritas por una mano firme y viril:

—«La Confederación puede tener necesidad de la sangre de sus hombres; pero no pide aún la del corazón de sus mujeres. Acepte, apreciada señora, esta muestra de respeto por su sacrificio y no crea que su acción ha sido inútil, porque este anillo ha sido rescatado por diez veces su valor. Capitán Rhett Butler.»

Melanie se puso el anillo y lo miró con ternura.

—¿No te dije que era un caballero? —añadió, volviéndose a Pittypat, con una sonrisa que brillaba en su rostro inundado en lágrimas—. Sólo un hombre lleno de delicadeza y de sensibilidad podía comprender que se me había destrozado el corazón... Mandaré en su lugar mi cadena. Tía Pitty, debes escribirle invitándole a cenar el domingo, para que yo pueda darle las gracias.

En la excitación del momento, nadie pensó que el capitán no había restituido también el anillo nupcial de Scarlett. Pero ella lo notó con despecho. Sabía que el gesto del capitán no fue dictado por su delicadeza. Quería ser invitado a casa de Pittypat y había encontrado, hábilmente, el medio.

«Me he disgustado mucho al conocer tu reciente conducta», escribía Ellen. Scarlett, que leía apoyada en la mesa, arrugó la frente. Las malas noticias corrían rápidamente. En Savannah y en Charleston siempre había oído decir que la gente de Atlanta era muy chismosa y que se ocupaba de los asuntos ajenos más que la de cualquier otra ciudad del Sur; ahora estaba convencida de ello. La rifa se había realizado la noche del lunes y hoy era jueves. ¿Cuál de las viejas brujas se había tomado la molestia de escribir a Ellen? Por un momento sospechó de Pittypat, pero abandonó inmediatamente este pensamiento. La pobre Pittypat tenía demasiado temor a ser reprendida por haber permitido aquella locura de Scarlett, y sería la última en notificar a Ellen el resultado de su escasa vigilancia. Más bien sería la señora Merriwether.

«Me resisto a creer que hayas podido comprometer tu dignidad y educación. Pasaré por alto la incorrección de aparecer en público estando de luto, realizando así tu deseo de ayudar al hospital. ¡Pero bailar, y con un hombre como el capitán Butler! He oído hablar mucho de él (¿y quién no ha oído otro tanto?) y también la semana pasada me escribió Pauline, diciendo que es un individuo de pésima reputación, despreciado hasta por su familia de Charleston, excepción hecha, naturalmente, de su desgraciada madre. Es un truhán que se ha aprovechado de tu inocencia para ponerte en ridículo y deshonrarte públicamente, a ti y a tu familia. ¿Cómo ha podido la tía Pittypat descuidar así su deber hacia ti?»

Scarlett miró a su tía a través de la mesa. La pobre señora había reconocido la letra de Ellen y su boquita estaba apretada con una expresión de miedo, igual a la de un niño que teme una regañina y espera alejarla con las lágrimas.

«Tengo el corazón destrozado pensando que has olvidado tu buena educación. Pensé reclamarte inmediatamente a casa; pero dejaré esta decisión a tu padre. Él estará en Atlanta el viernes para hablar con el capitán Butler y para acompañarte aquí. Temo que sea muy severo contigo, a pesar de mis súplicas. Espero y ruego que haya sido sólo la juventud y tu falta de juicio lo que haya permitido una actitud tan descarada. Nadie desea más que yo servir a nuestra Causa y estoy contenta de que mis hijas tengan los mismos pensamientos, pero una conducta tal...»

Continuaba en el mismo tono, pero Scarlett no terminó la lectura. Esta vez estaba verdaderamente asustada. No se sentía ya audaz y temeraria. Se sentía acobardada y culpable como cuando tenía diez años y echó a Suellen una tostada untada de manteca por encima de la mesa. Las ásperas amonestaciones de su madre, siempre tan dulce, y el pensar que su padre venía expresamente a hablar con el capitán Butler, la angustiaban grandemente. Ahora comprendía la gravedad de su acción. Gerald sería severo. Antes sabía evitar los castigos sentándose en sus rodillas, haciéndose la gatita y acariciándole.

—¿No... no son malas noticias? —balbuceó Pittypat.

—Papá llega mañana para castigarme —dijo Scarlett apenada.

—Pnssy, búscame las sales —susurró Pittypat, retirando la silla de la mesa donde estaba su plato medio vacío—. Siento..., me parece que me voy a desmayar.

—Están dentro del bolsillo de sus enaguas —dijo Prissy, que giraba alrededor de Scarlett previendo un drama sensacional que la habría llenado de alegría.

Ver a Gerald enfadado era siempre una cosa divertida, siempre que su ira no recayese sobre ella. Pitty rebuscó en su falda y se llevó el frasquito a la nariz.

—Vosotras debéis permanecer junto a mí y no dejarme sola ni un minuto —exclamó Scarlett—. Papá os quiere tanto que si estáis conmigo no me dirá tantas historias.

—No podré —dijo Pitty débilmente y poniéndose en pie—. Me... me siento mal. Debo ir a acostarme. Estaré acostada mañana, todo el día. Presentadle mis excusas.

«¡Bellaca!», pensó Scarlett, mirándola irritada.

Melanie vino en su socorro, aunque pálida y asustada ante la perspectiva de encontrarse ante el furibundo señor O'Hara.

—Yo... te ayudaré a explicarle lo que has hecho por el hospital. Ciertamente lo comprenderá.

—No, no comprenderá —se lamentó Scarlett—. ¡Me moriré si tengo que volver a Tara en desgracia, como amenaza mamá!

—¡No, no puedes volver a casa! —exclamó Pittypat, prorrumpiendo en llanto—. Si tú te vas, me veré obligada..., sí, obligada a rogar a Henry que resida con nosotras, y tú sabes que con Henry yo no puedo vivir. Además, ¡me pone nerviosa el estar de noche en casa, sola con Melanie, con tantos extranjeros en la ciudad! ¡Tú eres tan valiente que contigo no me importa que no haya un hombre en casa!

—¡No, no puedes irte a Tara! —dijo Melanie, que parecía a punto de llorar—. Ésta es ahora tu casa. ¿Qué haremos sin tí?

«Te alegrarías de que me fuera si supieras lo que verdaderamente pienso de ti», dijo para sí Scarlett, descontenta, deseando que fuera otra persona en lugar de Melanie la que le ayudara a hacer frente a las amenazas de Gerald. Era fastidioso ser defendida por una persona que le resultaba tan antipática.

—Quizá debamos aplazar la invitación del capitán Butler —propuso Pitty.

—¡Imposible! ¡Sería el colmo de la descortesía! —exclamó Melanie desolada.

—Acompáñame a mi habitación. Me siento mal —gimió Pitty—.

¡Oh, Scarlett! ¿Cómo has podido dar lugar a esto?

Pittypat estaba en cama cuando llegó Gerald la tarde del siguiente día. Pitty le repitió muchas veces, a través de la puerta cerrada, lo mucho que sentía estar indispuesta, y dejó a las dos muchachas asustadas presidir la mesa durante la cena.

Gerald observaba un silencio amenazador, a pesar de haber besado a Scarlett y pellizcado las mejillas de Melanie afectuosamente, llamándola «primita». Scarlett hubiera preferido imprecaciones, gritos y acusaciones. Fiel a su promesa, Melanie permaneció adherida a las faldas de Scarlett, como una sombra; Gerald era demasiado hidalgo para reñir a su hija delante de ella. Scarlett se vio obligada a reconocer que Melanie se portaba muy bien, mostrándose como si no hubiese ocurrido nada, y hasta consiguiendo que Gerald conversara de otras cosas después de la cena.

—Quiero saber qué pasa por la comarca —dijo Melanie, mirándole con una alegre sonrisa—. India y Honey escriben raramente, y sé que usted está al corriente de todo lo que allí sucede. Háblenos del casamiento de Joe Fontaine.

Gerald se pavoneó ante el halago y dijo que la boda se había celebrado sin festejos, «no como las vuestras», porque Joe disponía de pocos días de permiso. Sally, la pequeña Munroe, estaba bellísima. No, no recordaba cómo iba vestida. Pero oyó decir que no tenía un vestido «para el segundo día».

—¿De veras? —dijeron las muchachas escandalizadas.

—Es natural, desde el momento en que ella no disfrutó de una segunda vez —explicó Gerald con una gran risotada que interrumpió al pensar que estas observaciones no eran aptas para oídos femeninos.

Esta risa levantó el espíritu de Scarlett e hirió la delicadeza de Melanie.

—Porque Joe volvió a Virginia a la mañana siguiente —añadió enseguida Gerald—. No hubo ni visitas ni bailes. Los gemelos Tarleton están en casa.

—Lo sabíamos. ¿Se han curado?

—No han sido heridos gravemente. A Stuart le dieron un tiro en la rodilla, y otro a Brent en la espalda. ¿Os habéis enterado de que han sido citados en la orden del día por su valor? —No; ¡cuéntenos!

—Son unos calaveras... los dos. Creo que en ellos debe haber sangre irlandesa —prosiguió Gerald, satisfecho—. No recuerdo qué es lo que han hecho, pero Brent ahora es teniente.

Scarlett estaba contenta de saber sus hazañas; contenta como una propietaria en cierto modo. Una vez que un hombre había sido su admirador, estaba convencida de que seguía perteneciéndole, y todas las buenas acciones de él la honraban.

—También he oído decir que os están olvidando a las dos. Parece que Stuart empezó a cortejar en Doce Robles.

—¿Honey o India? —preguntó Melanie excitada, mientras Scarlett abría mucho los ojos, casi indignada.

—India, naturalmente. ¿No le hacía ya la corte antes de que esta coqueta niña mía le guiñase el ojo?

—¡Oh! —exclamó Melanie, turbada por la expresión de Gerald. —Además de esto, el joven Brent ha empezado a rondar Tara. Scarlett no encontró palabras que decir. Las acciones de sus admiradores le parecieron casi un insulto. Se acordaba especialmente de cómo se habían enfurecido los dos gemelos cuando ella les dijo que se iba a casar con Charles. Stuart hasta amenazó con matar a Charles, a Scarlett, a él mismo, o a los tres. Fue una cosa divertidísima.

—¿Suellen? —dijo Melanie con una leve sonrisa—. Creía que el señor Kennedy...

—¿Aquél? —dijo Gerald—. Frank Kennedy sigue siendo muy cauteloso. Tiene miedo de su sombra. Si no se decide a hablar, le preguntaré cuáles son sus intenciones. No, se trata de mi pequeña. —¿Carreen?

—¡Pero si es una niña! —exclamó ásperamente Scarlett, recobrando la palabra.

—Tiene casi un año más que tú cuando te casaste —dijo Gerald—. ¿Envidias quizás a tu hermana tu antiguo pretendiente?

Melanie enrojeció; no estaba habituada a aquella franqueza. Hizo señas a Peter para que trajese la torta de batatas. Buscó frenéticamente otro tema de conversación que fuese un poco menos personal y que apartase al señor O'Hara del motivo de su viaje. No consiguió encontrar nada; pero Gerald, una vez que empezaba a hablar, no tenía necesidad de otro estímulo, sino de auditorio. Habló de los latrocinios del comisariado comarcal, que todos los meses aumentaba sus peticiones; de la estúpida actitud de Jefferson Davis y de la bajeza de los irlandeses que se habían enrolado en el ejército yanqui por el vil dinero.

Cuando llevaron el vino a la mesa y las dos muchachas se levantaron para dejarle beber solo, Gerald echó una mirada severa a su hija y le ordenó que se quedara unos minutos. Scarlett dirigió una mirada desesperada a Melanie, la cual volvió la carita, impotente, y salió cerrando suavemente la puerta.

—¡Conque sí, señorita! —mugió Gerald sirviéndose una copa de oporto—. ¡Tienes un magnífico modo de obrar! ¿Buscas ya otro maridó, siendo una viuda tan reciente?

—No grites tanto, papá. Los criados...

—Están ya al corriente, y todos conocen nuestra desgracia; tu pobre madre se ha tenido que meter en cama, y a mí me falta valor para mantener la frente alta. Es una vergüenza. No, gatita, es inútil que trates de venir esta vez con lagrimitas —añadió rápidamente y con cierto pánico en la voz, viendo que Scarlett empezaba a hacer pucheros—. Te conozco, has coqueteado hasta en el funeral de tu marido. No llores. Esta noche no diré más porque tengo que ver a ese valiente capitán Butler, que tan poco respeta la reputación de mi hija. Pero mañana por la mañana... Vamos, no llores. No sirve de nada. Puedes estar segura de que te llevaré mañana a Tara, antes que nos deshonres otra vez. No llores, tesoro. Mira lo que te he traído. ¿No es un regalo bonito? ¡Mira, te digo! ¿Cómo has podido armar todo este enredo, obligándome a venir aquí, con todo lo que tengo que hacer? ¡Vamos..., no llores!

Melanie y Pittypat hacía rato que se habían ido a dormir; pero Scarlett estaba despierta en la templada oscuridad, con el corazón angustiado y lleno de temor. ¡Dejar Atlanta precisamente ahora que la vida empezaba, y encontrarse frente a Ellen! Preferiría morir antes que mirar a la cara a su madre. Sí, morir en este momento; así todos se arrepentirían de ser tan malos con ella. Estuvo dando vueltas en la cama y hundiendo la cabeza en las almohadas, hasta que del camino silencioso llegó un rumor a sus oídos. Era un ruido extrañamente familiar, aunque indistinto. Saltó afuera del lecho y se acercó a la ventana. El camino, con sus árboles frondosos, estaba oscuro bajo un cielo estrellado. El rumor se acercó: crujir de ruedas, pisar de caballos y voces. De pronto sonrió al oír una voz en la que se mezclaban dialecto y whisky, que ella conocía y que cantaba Peg en un coche descubierto. No era día de audiencia en Jonesboro, pero Gerald volvía a casa en las mismas condiciones que allí. Vio la sombra oscura de una calesa detenerse delante de la casa y que de ella descendían dos figuras confusas. Venía alguien con él. Dos sombras se detuvieron delante de la cancela; oyó el girar de la cerradura y, después, la voz de Gerald.

—Ahora oirá El lamento de Roberto Emmet; es una canción que debería conocer; se la enseñaré.

—Tendré mucho gusto en aprenderla —respondió su acompañante, en cuya voz melosa se sintió una risa sofocada—. Pero no ahora, señor O'Hara.

«¡Oh, Dios mío, es ese horrible Butler!», pensó Scarlett, muy irritada en el primer momento. En seguida se repuso. Por lo menos no se habían batido en duelo. Y debían estar en relaciones muy amistosas cuando volvían juntos a casa y en aquellas condiciones.

—La quiero cantar, y usted me escuchará; de lo contrario, le disparo un tiro, porque le tengo por un orangista.

—No soy orangista, soy charlestoniano.

—Tanto peor. Tengo dos cuñadas en Charleston, y sé qué clase de gente son ustedes.

«¿Querrá ahora despertar a todos los vecinos?», pensó Scarlett, aterrorizada, buscando su bata. Pero ¿qué podía hacer? No podía bajar a aquellas horas y arrastrar a su padre adentro.

Gerald, que se había agarrado a la cancela, echó la cabeza hacia atrás y entonó el Lamento con voz de bajo profundo. Scarlett apoyó los codos en el alféizar y escuchó sonriendo involuntariamente. La canción era bonita... si su padre no hubiese desentonado... Era una de sus favoritas, y por un momento siguió la sutil melancolía de los versos que decían:

Lejana está La tierra donde duerme el joven héroe,

cercanos están los suspiros de amor...

La canción terminó, y ella oyó movimiento en las habitaciones de Pittypat y de Melanie. ¡Pobrecillas! Ciertamente debían estar descompuestas. No estaban acostumbradas a tratar hombres tan viriles y violentos como Gerald. Al terminar la canción, las dos sombras se fusionaron recorriendo el jardincito y subieron la escalinata. Se oyó un golpe discreto en la puerta.

«Me tocará bajar —pensó Scarlett—. Después de todo, es mi padre, y la pobre Pitty moriría antes que ir.» Por otra parte, no quería que la servidumbre viese a Gerald en aquellas condiciones. Si Peter trataba de acostarle, podía suceder alguna desgracia; sólo Pork sabía cómo tratarle.

Se puso la bata tapándose bien hasta el cuello, encendió la vela y se apresuró a bajar las escaleras y cruzar el vestíbulo. Colocando la vela sobre un cofre, abrió la puerta, y a la luz oscilante vio a Rhett Butler, sin un cabello fuera de su sitio, que sostenía a su padre, rechoncho y pequeño. El Lamento fue evidentemente el canto del cisne de Gerald, el cual estaba completamente abandonado en los brazos de su compañero. Tenía el pelo enmarañado, la corbata torcida y en la camisa manchas de licor.

—Su padre, creo —dijo el capitán Butler, cuyos ojos brillaban alegremente en su rostro moreno. Y le dirigió una mirada que pareció atravesar la ligera bata.

—Llévelo adentro —replicó ella brevemente, confusa por su vestimenta y furiosa contra Gerald, que la exponía a la burla de aquel hombre.

Rhett levantó a Gerald.

—¿Debo ayudarla a subirlo? Para usted es imposible; pesa mucho.

Ella abrió la boca, asombrada de la audacia de esa proposición. ¿Qué habrían pensado Pittypat y Melanie si el capitán Butler hubiese subido?

—¡No, por el amor de Dios! Déjelo aquí, en el saloncito, sobre aquel diván.

—¿Debo quitarle los zapatos?

—No. Ya ha dormido en otras ocasiones con ellos.

Se habría mordido los labios después de haber dicho esto, oyendo reír a Butler mientras extendía las piernas de Gerald.

—Le ruego que ahora se marche.

Butler atravesó el oscuro vestíbulo y recogió el sombrero que había dejado caer en el umbral.

—La veré el domingo, en la cena —dijo, y se fue, cerrando la puerta sin estrépito.

Scarlett se levantó a las cinco y media, antes de que la servidumbre entrase en la casa para preparar el desayuno, y bajó silenciosamente a la planta baja. Gerald estaba despierto, estrujándose la cabeza entre las manos como si quisiera exprimirse el cráneo. Alzó los ojos furtivamente al sentirla entrar. Al moverlos le dolieron y emitió un gemido.

—¡Caramba!

—La has hecho buena, papá —empezó Scarlett en voz baja, pero irritadísima—. Venir a casa a esas horas y despertar a toda la vecindad con tus cánticos.

—Pero ¿he cantado?

—¡Cómo! Has despertado a todos cantando el Lamento.

—No me acuerdo de nada.

—Los vecinos se acordarán mientras vivan; igual que tía Pitty y Melanie.

—¡Virgen de los Dolores! —se lamentó Gerald, pasándose la lengua sobre los secos labios—. Todos mis recuerdos se confunden después de la partida de cartas. —¿Qué partida?

—Ese muchacho, Butler, sostenía ser el mejor jugador de poker en...

—¿Cuánto has perdido?

—¡Bah! Seguramente he ganado. Tomar unas copas me ayuda a jugar.

—Mira a ver la cartera.

Como si cada movimiento le resultara doloroso, Gerald sacó la cartera y la abrió. Estaba vacía; él la miró con desolador estupor.

—Quinientos dólares —dijo—. Tenía que comprar ropa para mamá a los burladores del bloqueo; y ahora no me queda ni dinero para pagar el viaje de vuelta.

Al mirar con indignación la cartería vacía, a la mente de Scarlett acudió una idea que tomó forma rápidamente.

—Me has rebajado ante toda la ciudad. Nos has deshonrado a todos.

—Calla la boca, gatita. ¿No ves que tengo la cabeza a punto de estallar?

—¡Venir a casa borracho con un hombre como el señor Butler, cantar con toda la fuerza de tus pulmones y perder el dinero!

—Ese hombre es muy hábil en las cartas para ser un caballero. Él...

—¿Qué dirá mamá cuando lo sepa?

Gerald levantó la cabeza con repentino temor.

—¡No vayas a decírselo a mamá! ¿Eh?

Scarlett no respondió, pero apretó los labios.

—Piensa que será un disgusto para ella. ¡Es tan buena!

—¡Y pensar, papá, que anoche dijiste que yo había deshonrado a la familia! ¡Yo, por un mísero baile, para ganar un poco de dinero para los soldados! ¡Oh! ¿Quieres hacerme llorar?

—No, no llores —rogó Gerald—. Sería más de lo que mi pobre cabeza puede soportar; y te aseguro que me está estallando.

—Y has dicho que yo...

—¡Gatita, gatita, no te ofendas por lo que ha dicho tu pobre viejo papá, que no pensaba una palabra y no comprendía nada. Reconozco que eres una hija buena y bienintencionada; eso es verdad.

—¿Y quieres llevarme a casa contigo?

—No, tesoro, no quiero hacer eso. Era sólo para hacerte rabiar. No dirás nada a mamá acerca del dinero que he perdido, ¿verdad?"

—No —respondió Scarlett—, si me dejas quedar aquí y le dices que todo han sido chismorreos de esas viejas brujas.

Gerald miró con tristeza a su hija y le dijo:

—Pero eso es un chantaje...

—¡... Y anoche fue un verdadero escándalo!

—¡Bah! —empezó él, halagándola—. Olvidemos todo esto. ¿No crees que una señora simpática como Pittypat debe tener en casa un poco de aguardiente?

Scarlett se volvió y cruzó de puntillas el vestíbulo silencioso, hasta llegar al comedor para coger la botella de aguardiente, que ella y Melanie llamaban en secreto «botella de los vahídos» porque Pittypat tomaba siempre un sorbo de ella cuando su delicado corazón la hacía desmayarse o fingir el desmayo. En su rostro estaba escrito el triunfo: no mostraba ni rastro de. vergüenza por el tratamiento poco filial usado con Gerald. Ahora, si alguien más escribiese a Ellen con mala intención, Gerald sabría tranquilizarla. Y ella podía permanecer en Atlanta. Y hacer todo lo que quisiera, dada la debilidad de Pittypat. Abrió el armario de los licores y permaneció un instante con la botella y el vaso estrechados contra su pecho.

Tuvo una gran visión de excursiones y meriendas a orillas del río que corría a lo largo de Peachtree Creek y de banquetes en Stone Mountain, reuniones y bailes, giras en coche y cenas dominicales. Ella sería, como en otros tiempos, el centro de atracción de una multitud varonil. ¡Y los hombres se enamoraban tan fácilmente después de haber sido atendidos en el hospital! Ahora ya no le desagradaría cuidarlos. ¡Los hombres se dejaban conducir por las narices de tan buena gana cuando estaban enfermos! Caían a los pies de una bella muchacha como las peras de Tara caían sólo con mover el árbol cuando estaban maduras.

Volvió hacia su padre con el licor vivificante, dando gracias a Dios de que la famosa cabeza O'Hara no hubiese sido capaz de resistir la bebida inmoderada de la noche anterior; y repentinamente se preguntó hasta qué punto Rhett Butler sería extraño a lo acaecido.