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Después de mandar el desayuno a Melanie, Scarlett envió a Prissy en busca de la señora Meade y se sentó con Wade para tomar el desayuno a su vez. Pero hoy no sentía apetito. Entre su nerviosa inquietud y el pensar que había llegado el momento para Melanie y su involuntario estremecimiento al sentir el cañón, no podía probar bocado. El corazón le latía de un modo extraño: con regularidad durante unos minutos; luego, golpeando tan fuerte y rápidamente que casi le hacía daño en al estómago. La pesada papilla de maíz se le pegaba a la garganta como cola, y jamás antes le había parecido tan repulsiva la mezcla de grano tostado y batatas que pasaba por café. Aquello, sin azúcar ni crema, era amargo como la hiél, y el sorgo que se empleaba «para endulzar» no lo mejoraba mucho. Después del primer sorbo, apartó la taza. Si no le sobraran razones, hubiera odiado a los yanquis simplemente porque le impedían tomar verdadero café con azúcar y mantequilla.

Wade estaba más tranquilo que de costumbre y ni siquiera elevaba hoy las quejas que cada mañana le sugería la papilla, que le desagradaba tanto. Comía en silencio las cucharadas que se llevaba a la boca y tragaba ruidosos buches de agua para pasarlas mejor. Sus dulces ojos oscuros, grandes y redondos como monedas de dólar, seguían todos los movimientos de su madre con una infantil turbación, como si los temores escondidos de ella se le hubiesen contagiado. Cuando hubo terminado, Scarlett le envió a jugar al patio trasero de la casa y le contempló mientras cruzaba la hierba dirigiéndose a su lugar de juegos, sintiendo verdadero alivio.

Luego se levantó y permaneció indecisa al pie de la escalera. Debía subir con Melanie y procurar distraer su mente de la preocupación por la prueba que la esperaba. ¡Tenía que haber elegido precisamente aquel día para dar a luz... y para hablar de muerte!

Tomó asiento en el escalón inferior y procuró serenarse. Se preguntaba cuál habría sido el resultado de la lucha del día anterior y del mismo día. ¡Era extraño que se diese una gran batalla a pocos kilómetros de allí y no se conociera el resultado! ¡Qué rara la tranquilidad de aquel barrio extremo de la ciudad en contraste con el tumulto del día de la batalla en Peachtree Creek!

La casa de tía Pittypat era una de las últimas en el extremo norte de la ciudad, y ahora que la batalla se mantenía en algún lugar hacia el sur no quedaban en las inmediaciones del edificio refuerzos que cruzasen a paso redoblado, ni ambulancias, ni tambaleantes filas de heridos que volviesen a la población.

Pensó que probablemente esas escenas se repetirían ahora al sur de la ciudad y agradeció a Dios no encontrarse allí. Por otra parte, nadie, excepto los Merriwether y los Meade, residían ahora en aquel extremo de la ciudad, y ello la hizo sentirse sola y abandonada. Hubiera deseado tener a su lado a tío Peter, quien no habría dejado de ir al Cuartel General para traer noticias. De no ser por Melanie, ella misma hubiera ido al centro en busca de informes, pero no podía hacerlo hasta que llegara la señora Meade. Pero ¿por qué no venía la señora Meade? ¿Y qué sería de Prissy?

Se levantó, salió a la terraza y escrutó las cercanías, buscando con los ojos a quienes esperaba. Sin embargo, la casa de los Meade quedaba oculta en un recodo umbroso de la calle y Scarlett no distinguió a nadie. Después de largo rato, apareció Prissy sola, andando tan perezosamente como si no tuviese nada que hacer en todo el día, ondulando sus faldas de lado a lado y volviendo la cabeza sobre el hombro para ver el efecto que ello producía. —¡Qué calma traes, hija mía! —gruñó Scarlett cuando Prissy abrió la puerta del jardín—. ¿Qué dice la señora Meade? ¿Vendrá pronto?

—No estaba —dijo Prissy.

—¿Adonde ha ido? ¿Cuándo vuelve?

—Escuche —repuso Prissy, complaciéndose en dosificar sus palabras, pronunciándolas poco a poco para dar más importancia a su mensaje—. La cocinera dice que la señora Meade ha salido muy temprano de mañana porque el señorito Phil ha recibido un balazo y la señora Meade ha ido en el coche, con el viejo Talbot y Betsy, para traerlo a casa. La cocinera dice que está muy grave y que probablemente la señora Meade no podrá venir.

Scarlett la miró fijamente, sintiendo deseos de sacudirla con violencia. Los negros gozaban siempre que podían ser portadores de malas noticias.

—Bien; no te quedes ahí como una estúpida. Vete a casa de la señora Merriwether y dile que venga o que mande a su mamita. ¡Rápido! —No está, señora Scarlett. He estado en su casa al venir para pasar un rato con su mamita. Y ha salido. La casa está cerrada. Deben de estar todos en el hospital.

—¡Así has tardado! Cuando yo te mande a algún sitio no tienes que ir a pasar ratos con nadie, sino ir adonde te digan. ¿Lo entiendes?

Vete...

Se detuvo y se devanó el cerebro pensando. ¿Qué amigos quedaban que pudiesen serle útiles? ¡Ah, la señora Elsing! Aunque no simpatizara mucho con ella, sentía gran afecto por Melanie.

—Vete a casa de la señora Elsing, explícaselo todo bien, y dile que haga el favor de acudir. Y ahora, Prissy, escúchame. El niño de la señorita Melanie está a punto de llegar y puede que hagas falta de un momento a otro. Así que date prisa y vuelve en seguida.

—Sí señora —repuso Prissy, bajando y poniéndose en marcha a paso de tortuga.

—¡De prisa!

—Sí, señora.

Prissy apresuró el paso imperceptiblemente y Scarlett volvió a entrar en la casa. Vaciló otra vez antes de subir para reunirse con Melanie. Tenía que explicarle el motivo de que no acudiese la señora Meade, y la noticia de que Phil estaba gravemente herido seguramente la impresionaría desagradablemente. Diría una mentira cualquiera, pues...

Entró en el aposento de Melanie y vio que el servicio del desayuno estaba intacto. Melanie yacía acostada de lado, con la cara muy blanca.

—La señora Meade estaba en el hospital, pero va a venir la Elsing —explicó Scarlett—. ¿Te sientes mal?

—No mucho —mintió Melanie—. ¿Cuánto tiempo tardó tu Wade en venir al mundo?

—Muy poco —afirmó Scarlett con una calma que se hallaba lejos de sentir—. Yo estaba en el patio y apenas me dio tiempo para entrar en casa. Mamita dijo que aquella facilidad era escandalosa... que ni que yo hubiese sido una negra.

—Espero ser yo también como una negra —dijo Melanie, esbozando una sonrisa que desapareció al punto, sustituida por una mueca de dolor.

Scarlett miró las estrechas caderas de Melanie y dudó mucho de que el final fuera feliz; pero dijo, tranquilizadora:

—¡Bah; no es tan terrible como crees!

—Ya sé que no. Pero temo ser un poquitín cobarde. Dime: ¿viene pronto la señora Elsing?

—En seguida. Bajo a por agua fresca para lavarte. Hace mucho calor.

Dedicó el menos tiempo posible a coger el agua, saliendo a la puerta a cada instante para ver si volvía Prissy. Pero, como no se veía ni rastro de ella, subió al cuarto de Melanie, le lavó el sudoroso cuerpo y peinó su negra cabellera.

Pasada una hora, sintió en la calle un característico pisar de pies de negro, y, mirando por la ventana, distinguió a Prissy, que volvía lentamente, ondulando la falda como antes y moviendo afectadamente la cabeza como si se hallase ante un vasto e interesado público.

«Un día voy a hacer pedazos a esta rapaza», pensó Scarlett con ira, bajando a toda prisa las escaleras para encontrarla.

—La señora Elsing está en el hospital. Van a llegar en el primer tren muchos soldados heridos. La cocinera estaba preparando la comida para llevársela. Y dice...

—No me importa lo que diga —repuso Scarlett, a punto de estallar—. Ponte un delantal limpio y vete a llevar una nota mía al hospital. Se la darás al doctor Meade, y si no está, al doctor Jones o a otro médico cualquiera. Y sí esta vez no corres te desuello viva.

—Sí, señora.

—Y pide noticias de la batalla a cualquiera de ellos. Si no saben nada, vete a la estación y pregunta a los conductores del tren de heridos si se lucha en Jonesboro o cerca de allí.

—¡Dios mío, señora Scarlett! —exclamó Prissy, con súbita expresión de terror en su negro rostro—. ¿No estarán los yanquis en Tara?

—No lo sé. Ya te digo que preguntes.

—¡Dios mío, señora! ¿Estarán allí? ¿Harán algo a mamá?

Y Prissy comenzó a gritar desesperadamente, añadiendo un nuevo desasosiego a la inquietud que ya experimentaba Scarlett.

—¡Basta de gritos! ¡No vaya a oírte la señorita Melanie! ¡Y ponte el delantal! ¡Pronto!

Así espoleada, Prissy se dirigió apresuradamente hacia la parte posterior de la casa, mientras Scarlett garabateaba una rápida nota en la última carta de Gerald, último trozo de papel que tenían. Al doblarla de modo que su nota saltase a la vista, distinguió las palabras de Gerald: «Tu madre... tifus... bajo ningún pretexto... vengas a casa.» Casi rompió a llorar. De no ser por Melanie, hubiera vuelto a casa en aquel mismo momento, aunque le costase hacer todo el camino a pie.

Prissy salió a la carrera, oprimiendo la carta en la mano, y Scarlett volvió con Melanie, meditando sobre una mentira plausible que explicase la ausencia de la señora Elsing. Pero Melanie no preguntó. Yacía de espaldas, la faz tranquila y plácida, y su aspecto calmó a Scarlett por un rato.

Se sentó y se esforzó en hablar de cosas sin importancia; pero el pensar en Tara y en una posible victoria de los yanquis la hería cruelmente. Imaginó a Ellen moribunda, a los yanquis entrando en Atlanta, quemándolo todo, matando a todos. Entretanto, el lejano tronar del cañón persistía, invadiendo sus oídos con olas rumorosas y estremecedoras. Finalmente le faltaron fuerzas para hablar y permaneció mirando por la ventana la calle calurosa y tranquila y las inmóviles y polvorientas frondas de los árboles. Melanie estaba silenciosa también, pero a intervalos el dolor contraía su serena faz.

Después de cada acceso de dolor decía siempre: «La verdad es que no es tan grave»; pero Scarlett no ignoraba que mentía. Y ella hubiera preferido un dolor clamoroso a aquel resignado sufrimiento. Comprendía que era su deber compadecer a Melanie, pero no lograba sentir por ella una sola chispa de simpatía. Su mente estaba demasiado desgarrada con su propia angustia.

En una ocasión miró airadamente el rostro de la parturienta, desfigurado por el dolor, y se preguntó por qué había de ser precisamente ella quien estuviera con Melanie en aquel momento concreto. ¡Ella, que no tenía nada en común con Melanie, que la odiaba y que hubiera deseado su muerte! Pero quizás aquel deseo quedase cumplido antes de la noche. Un frío y supersticioso terror la invadió al pensarlo. Desear la muerte de alguien traía mala suerte, casi tan mala como maldecir a otro. «Al que echa maldiciones le caen en la cabeza», solía decir Mamita. Oró, angustiada, pidiendo que no muriese, e inició una charla febril y trivial, casi sin darse cuenta de lo que decía. Melanie le puso la mano en la muñeca.

—No te esfuerces en hablar, querida. Ya sé lo preocupada que estas. Siento causarte tanta molestia.

Scarlett calló, pero distaba mucho de sentirse tranquila. ¿Qué pasaría si ni el doctor ni Prissy llegaban a tiempo? Se dirigió a la ventana, miró a la calle y volvió a sentarse de nuevo.

Pasó una hora y después otra. Se acercaba el mediodía y el sol ardoroso estaba ya muy alto. Ni un soplo de aire agitaba las hojas polvorientas. Los dolores de Melanie se hacían más agudos. El sudor impregnaba su cabellera y se le pegaba el camisón al cuerpo por muchos lugares. Scarlett secaba su rostro en silencio, sintiendo el alma roída por el temor. ¡Dios mío, si el niño llegara antes de aparecer el doctor! ¿Qué haría? No tenía ni la menor idea de cómo debía comportarse en momentos así. Durante varias semanas había temido aquella emergencia.

Había contado con Prissy para resolver el problema, si no había médico a mano, ya que ella conocía todo lo concerniente a la situación, según le había repetido con insistencia. Pero ¿dónde estaba Prissy y por qué no venía? ¿Por qué no llegaba tampoco el médico? Se asomó de nuevo a la ventana. Volvió a prestar oído y se preguntó si sería o no imaginación suya la impresión de que el cañoneo se apagaba a lo lejos. Y si estaba más lejos, significaba que se combatía más cerca de Jonesboro, y entonces...

Al fin, vio a Prissy que llegaba por la calle a paso rápido; Scarlett se asomó a la ventana. Prissy miró, vio a su ama y abrió la boca para gritar. Viendo el pánico escrito en la menuda faz negra, y temiendo que alarmase a Melanie gritando a voz en cuello malas noticias, Scarlett se apresuró a llevarse un dedo a los labios y se retiró de la ventana.

—Voy a traer más agua fresca —dijo, contemplando las oscuras ojeras de Melanie y tratando de sonreír.

Salió a toda prisa del cuarto, después de cerrar la puerta tras de sí.

Prissy, jadeante, se hallaba en el primer escalón.

—¡Están luchando en Jonesboro, señora! Los nuestros están perdiendo. ¡Dios mío, señora Scarlett! ¿Qué les pasará a mamá y a Poke? ¿Qué nos pasará si vienen los yanquis? ¡Dios mío!

Scarlett le puso una mano en la gimiente boca.

—¡Cállate, por amor de Dios!

¿Qué ocurriría si llegaban los yanquis, si entraban en Tara? Pero rechazó aquel pensamiento con energía para ocuparse sólo de la urgencia inmediata. Si pensaba en aquellas cosas, rompería a gritar y llorar como Prissy. .

—¿Y el doctor Meade? ¿Por qué no ha venido?

—No lo he visto, señora Scarlett.

—¿Cómo que no?

—No estaba en el hospital. Ni la señora Merriwether ni la Elsing. Un hombre me dijo que el doctor estaba en los vagones con los heridos que llegaban de Jonesboro; pero yo, señora, he tenido miedo de ir adonde están los vagones... porque hay muchos moribundos... Me asustan los muertos...

—Pero ¿y los demás médicos?

—¡Dios mío, señora! No he encontrado ni uno que leyera su nota. Todos andan corriendo por el hospital como locos. Uno me dijo: «¡Vete al diablo! No vengas hablando de niños que nacen cuando hay aquí tantos hombres que mueren. Busca una mujer cualquiera que os ayude.» Y entonces fui a ver si encontraba quien me diera noticias de la batalla, como usted me mandó, y...

—¿Dices que el doctor Meade está en la estación?

—Sí, señora. Él...

—Ahora escúchame bien. Voy a buscarlo. Tú, entretanto, estáte con la señora Melanie y haz todo lo que te diga. Pero, si se te escapara una sola palabra acerca de dónde se está librando el combate, te vendo, tan seguro como hay Dios. Tampoco le digas que no pueden venir los demás médicos. ¿Has comprendido?

—Sí, señora.

—Limpíate los ojos, coge un cántaro de agua fresca y vete arriba. Tienes que refrescar a la señora Melanie. Dile que me he ido a buscar al doctor Meade.

—¿Ha llegado el momento, señora Scarlett? —No lo sé, pero me temo que sí. Tú lo sabrás. Sube. Scarlett cogió de la consola su ancho sombrero de paja y se lo puso. Se miró al espejo y maquinalmente se arregló algunos mechones de cabello, pero sin verse en realidad. Aunque todo su cuerpo sudaba, la acometían helados escalofríos que irradiaban de su interior hasta sus mejillas y hasta las puntas de los dedos. Salió presurosa, bajo el sol ardiente, cegador, deslumbrante. Mientras bajaba de prisa por la calle Peachtree, el calor hacía latir sus sienes con violencia. A lo lejos, en la calle, percibió un confuso vocerío cuya intensidad aumentaba y disminuía. Al llegar ante la casa de los Leyden, comenzaba a jadear, a causa de lo ajustado que llevaba el talle; pero no aminoró el paso. El rumor de voces se hizo más intenso.

Desde la casa de los Leyden hacia Five Points, la calle presentaba una viva actividad: la actividad de un hormiguero que acaba de ser destruido. Negros de aterrorizados rostros corrían arriba y abajo de la calle, y en los porches había niños blancos que lloraban, sin que nadie los atendiese. La calle estaba llena de furgones militares y de ambulancias cargadas de heridos, así como de coches colmados de maletas y enseres. Muchos jinetes afluían en confusión por las calles laterales, camino del cuartel general de Hood. Frente a la casa de los Bonnet, vio al viejo Amos que sacudía las riendas del caballo de sus amos y que la saludó abriendo mucho los ojos.

—¿Todavía no se va, señora Scarlett? Nosotros ya nos marchamos. La señora está haciendo el equipaje. —¿Adonde os vais?

—¡Sabe Dios! Los yanquis están al llegar.

Ella echó a andar, presurosa, sin despedirse siquiera. ¡Los yanquis estaban al llegar! Ante Wesley Chapel se detuvo para tomar aliento y dejar que se calmase su palpitante corazón. Sí no se tranquilizaba, acabaría desmayándose. Mientras permanecía apoyada en una farola vio subir a la carrera, por Five Points, a un oficial a caballo. En un arranque, se precipitó en medio de la calle y le hizo señas con la mano. —¡Párese, haga el favor!

Él frenó tan rápidamente que el caballo se levantó sobe sus patas traseras. En la faz del hombre se leían profundas muestras de la fatiga y urgencia que le acuciaban; pero, con todo, se quitó inmediatamente el sombrero gris. —¿Señora?

—Dígame: ¿es cierto que los yanquis están al llegar? —Me temo que sí. —¿Lo sabe o no?

—Sí, señora. Lo sé. Hace media hora ha llegado al Cuartel General un despacho del frente de Jonesboro.

—¿De Jonesboro? ¿Está usted seguro?

—Estoy seguro. Es inútil inventar mentiras piadosas. El mensaje era del general Hardee, y decía: «He perdido la batalla y estoy en plena retirada.»

—¡Oh, Dios mío!

La oscura faz de aquel hombre cansado no exteriorizó emoción alguna. Aflojó las bridas del caballo y se caló el sombrero.

—¡Un momento, señor! ¿Qué debemos hacer?

—No puedo decirlo, señora. El ejército evacuará Atlanta en breve.

—¿Nos dejan abandonados a los yanquis?

—Temo que sí.

El caballo, espoleado, saltó como impulsado por un resorte, y Scarlett quedó sola en medio de la calle, hundida hasta los tobillos en el denso polvo.

Los yanquis llegaban, el ejército partía, los yanquis llegaban... ¿Qué debía hacer? ¿Huir? No, no podía huir. Allí estaba Melanie, en cama, aguardando la llegada de su hijo. ¿Por qué tendrían hijos las mujeres? Si no fuese por Melanie, ella, con Wade y Prissy, se esconderían en los bosques y los yanquis no los encontrarían. Pero no podía llevarse a Melanie a los bosques. Ahora no. Si hubiese tenido su hijo antes, incluso el día precedente, acaso habrían podido montar en una ambulancia, salir de la ciudad y esconderse en cualquier sitio. Pero ahora... Ahora debía encontrar al doctor Meade y volver a casa con él. Acaso él apresurara el nacimiento del niño. Se recogió las faldas y corrió calle abajo; sus pies se movían al ritmo de la frase que repetía en su mente: «Los yanquis llegan, los yanquis llegan.»

Five Points rebosaba de gente que miraba de un lado a otro con extraviados ojos, así como de furgones, ambulancias, carretas de bueyes, carros cargados de heridos. Surgía de la multitud un sordo rumor, semejante al romper del mar en la orilla.

Un extraño espectáculo impresionó sus ojos. Muchas mujeres llegaban del ferrocarril cargadas con jamones. A su lado se apresuraban niños pequeños tambaleándose bajo el peso de grandes recipientes de melaza. Numerosos muchachos llevaban sacos de patatas o trigo. Un viejo transportaba un pequeño barril de harina en un carro de mano. Hombres, mujeres y niños, blancos y negros, todos con la faz congestionada, se apresuraban por la calle cargados con sacos, paquetes y cajones de víveres, más víveres que cuantos ella había podido ver en un año. La muchedumbre abrió pronto camino dando paso a un coche. Era una victoria sobre cuyo pescante iba la elegante y delicada señora Elsing, con las riendas en una mano y el látigo en la otra. Tenía muy pálido el rostro y sus largos cabellos grises pendían, despeinados, sobre la espalda, mientras fustigaba al caballo como una furia. En el asiento posterior del coche iba Melissy, su mamita negra, que aferraba un grasiento trozo de tocino con una mano, mientras con la otra y con los pies procuraba sujetar las cajas y maletas apiladas a su alrededor. Un saco de guisantes secos se había reventado y el contenido se derramaba por la calle. Scarlett llamó a gritos a la Elsing, pero el vocerío de la muchedumbre apagó su voz y el coche continuó su loca carrera.

Durante un momento no pudo comprender lo que todo aquello significaba. Luego, acordándose de que los depósitos de intendencia estaban próximos al ferrocarril, imaginó que el Ejército debía haberlos abierto al pueblo para que éste salvase lo que pudiera antes de que llegaran los yanquis.

Se abrió camino vivamente a través de la gente, adelantó a la cargada e histérica multitud que se aglomeraba en Five Points y corrió tan de prisa como pudo hacia la estación. En medio de las ambulancias en confusión, entre nubes de polvo, vio médicos y camilleros inclinándose, levantando cuerpos, apresurándose. ¡Gracias a Dios que iba a encontrar en breve al doctor Meade! Pero al doblar la esquina del hotel Atlanta, pudo ver por completo la estación y las vías, y se sintió anonadada.

Bajo el sol implacable, tendidos hombro con hombro, o cabeza con pies, yacían cientos de hombres heridos, sobre los rieles, sobre los andenes, en interminables filas bajo las cocheras. Muchos estaban rígidos y silenciosos, pero otros muchos se retorcían, gimientes, bajo el ardoroso sol. Por doquier, enjambres de moscas cubrían a los hombres, zumbando y rozando sus rostros. Por todas partes había sangre, vendajes sucios, gemidos, blasfemias de dolor, mientras los camilleros transportaban hombres. Un olor revuelto de sangre, sudor, excementos y cuerpos sucios se alzaba en el aire caluroso, produciendo una fetidez que despertó náuseas en Scarlett. Los hombres encargados de las ambulancias se apresuraban de un lado a otro, entre las postradas y patéticas figuras de los heridos, y con frecuencia cargaban con algunos que sacaban de las apretadas filas, mientras los demás los contemplaban fijamente, esperando que llegase su turno.

Ella retrocedió y se llevó la mano a la boca, sintiendo ganas de vomitar. Era horrible. Había visto heridos en los hospitales, así como en el jardín de tía Pitty después del combate de Peachtree Creek, pero nada como esto. Nada como aquellos cuerpos hediondos y ensangrentados expuestos al sol abrasador. ¡Aquello era un infierno de ruidos, hedores, dolor y prisa! ¡Sobre todo prisa! ¡Los yanquis llegaban...!

Con enérgica resolución avanzó entre los heridos, tratando de distinguir entre las figuras en pie la del doctor Meade. Pero no podía buscarlo con la vista, porque, de no andar muy cuidadosamente, se exponía a pisotear a algún pobre soldado. Se recogió las faldas y procuró caminar, entre ellos, hacia un grupo de hombres que daban órdenes a los enfermeros.

Mientras andaba, febriles manos asían su vestido y voces angustiadas suplicaban.

—¡Agua, señora! ¡Agua, señora! ¡Por amor de Dios, agua!

El sudor le corría a torrentes por el rostro mientras procuraba desasir su falda de aquellas manos convulsas. Temía desmayarse si pisaba a alguno de aquellos hombres. Anduvo entre muertos, entre hombres que crispaban sus manos sobre sus cuerpos lleno de sangre coagulada, hombres con los uniformes acribillados y por entre cuyas barbas, rígidas por la sangre seca, surgían de sus mandíbulas rotas sonidos inarticulados que sin duda significaban:

—¡Agua, agua!

Sí no encontraba pronto al doctor Meade, acabaría sufriendo un ataque de nervios. Miró hacia el grupo de hombres que estaban bajo la marquesina, y gritó, tan fuerte como pudo:

—¡Doctor Meade! ¿Está ahí el doctor Meade?

Un hombre se separó del grupo y la miró. Era el doctor. Iba en chaqueta y arremangado. Tenía el pantalón y la camisa enrojecidos como los de un carnicero, y hasta en la punta de su barba gris de tonos metálicos había sangre. Su rostro parecía el de un hombre borracho de ira impotente, de fatiga y de ardiente compasión. Sobre su rostro, sucio y cubierto de polvo, el sudor describía largos surcos. Pero su voz sonaba tranquila y resuelta cuando habló a Scarlett.

—¡Gracias a Dios que llega usted! Todas las manos nos son útiles. Ella, por un instante, lo miró turbada, soltando las faldas, que fueron a caer sobre el rostro de un herido, quien se esforzó débilmente en librar su cara de aquel torbellino de tela. ¿Qué quería decir el doctor? El polvo de las ambulancias cubría su faz, abrasándola, y el hedor colmaba sus narices como un líquido asqueroso. —¡De prisa, niña! ¡Venga!

Volvió a recogerse las faldas y se acercó a él, tan de prisa como pudo, entre los montones de heridos. Puso una mano en el brazo del doctor y lo sintió tembloroso de cansancio, aunque su rostro no mostrase signos de debilidad.

—¡Tiene que acompañarme, doctor! —exclamó—. Melanie va a tener el niño.

Él la miró como si no pudiese comprender aquellas palabras. Un hombre que yacía a los pies de Scarlett, con la cabeza apoyada en la mochila, rió, bonachón, al escucharla.

—¡Al menos nacen algunos! —comentó, jocoso. Ella, sin mirarlo, sacudió el brazo del doctor. —¡El niño de Melanie, doctor! ¡Tiene usted que venir! Los... los... No era ocasión de andar con rodeos, pero resultaba duro hablar así ante cientos de extraños que la oían.

—Los dolores son intensos ya. Haga el favor de venir. —¡Un niño! ¡Dios mío! —tronó el doctor, mientras en su faz se pintaba súbitamente un odio y una ira no dirigidos a Scarlett ni a nadie, sino a un mundo en el que cabía que ocurriesen semejantes cosas—. ¿Está usted loca? ¿Cómo voy a abandonar a estos hombres que están muriendo a centenares? No voy a dejarlos por un condenado niño. Busque a alguna mujer que la ayude. Llame a la mía.

Scarlett abrió la boca para explicar la razón de que la señora Meade no acudiese, y volvió a cerrarla en el acto. El doctor ignoraba que su propio hijo estaba herido. Se preguntó si Meade habría continuado allí de saberlo, y algo en su interior le dijo que, aunque Phil se hallase moribundo, su padre habría seguido en aquel lugar, prestando sus auxilios a aquella masa de heridos, en vez de a uno solo.

—Tiene usted que venir, doctor. Recuerde que dijo que iba a pasar un mal rato.

Pero ¿era realmente ella quien pronunciaba aquellas indelicadas palabras en semejante infierno de calor y gemidos? —¡Se morirá si usted no acude!

El separó rudamente de su brazo la mano de Scarlett y le habló como si apenas hubiese oído ni comprendido lo que decía. —¿Morir? Sí: van a morir todos estos hombres. No hay vendas, ni quinina, ni cloroformo, ni pomadas... ¡Oh, Dios mío, si tuviésemos algo de morfina! ¡Algo de morfina para los más graves! ¡Un poco de cloroformo! ¡Malditos sean los yanquis, malditos!

—¡Al infierno con ellos, doctor! —dijo el hombre tendido, con los dientes brillantes entre la barba.

Scarlett comenzó a temblar. Lágrimas de horror llenaron sus ojos. El doctor no iba a acompañarla, Melanie moriría y ella lo había deseado. ¡El doctor no la acompañaba!

—¡En nombre de Dios, doctor, venga!

El doctor Meade se mordió los labios, su mandíbula se endureció y su rostro se tornó insensible.

—Procuraré ir, hija, pero no puedo asegurarlo. Lo procuraré en cuanto despache a todos estos hombres. Los yanquis llegan y las tropas están evacuando la ciudad. No sé qué se va a hacer con los heridos. No hay trenes, porque la línea de Macón ha sido cortada... Procuraré ir. Márchese ahora y no me mortifique. Recibir un niño no es cosa del otro mundo. Corte el cordón...

Se volvió, porque alguien acababa de tocarle el brazo, y comenzó a dar instrucciones, señalando a uno u otro de los heridos. El hombre que yacía a sus pies miró, compasivo, a Scarlett. Ella se volvió; el doctor la había olvidado.

Se abrió camino velozmente entre los heridos y tornó a la calle Peachtree. El doctor no iría. ¡Tendría que arreglárselas sola! ¡Menos mal que Prissy sabía todo lo referente al parto! Le dolía la cabeza del calor y sentía que el corpino, húmedo de sudor, se le pegaba al cuerpo. Notaba el cerebro y los pies embotados, como en una pesadilla de ésas en que se quiere correr y no se consigue. Pensó en el largo camino hasta casa y le pareció interminable.

De nuevo las palabras «los yanquis llegan» comenzaron a sonar, monótonas, en su mente. Su corazón latió más rápido y sus músculos reaccionaron. Caminó a toda prisa entre la multitud, que ahora llenaba de tal modo Five Points que no había un solo hueco en las estrechas aceras, y hubo de caminar por la calzada. Pasaban largas hileras de soldados cubiertos de polvo y rendidos de fatiga. Eran millares de hombres sucios y barbudos, con los fusiles colgados al hombro, que marchaban a paso rápido por la calle. Desfilaron cañones cuyos conductores fustigaban con tiras de cuero a las esqueléticas muías. Furgones de intendencia con los toldos desgarrados recorrían las calles. Pasaban interminables líneas de jinetes levantando nubes de polvo. Jamás había visto tantos soldados juntos. ¡Retirada, retirada! El Ejército abandonaba la ciudad. Lo veía completamente claro.

Las apresuradas filas la obligaron a apartarse a la atestada acera. Sintió un fuerte vaho de whisky barato. Cerca de la calle Decatur se veían entre la multitud mujeres llamativamente vestidas, cuyos adornos chillones y caras pintadas ponían entre el gentío una discordante nota festiva. La mayoría iban ebrias, y los soldados de cuyos brazos se colgaban estaban más ebrios aún. Scarlett distinguió, en un vistazo, una cabeza de rojos rizos, vio a Belle Watling y oyó su estridente risa aguardentosa. Belle iba del brazo de un soldado manco que avanzaba dando tumbos.

Después de abrirse camino entre la multitud con dificultad y rebasada la manzana siguiente a Five Points, notó que el gentío disminuía eri parte. Entonces se recogió las faldas y echó a correr. Ante Wesley Chapel se sintió sin aliento, mareada y con el pecho oprimido. El corsé le cortaba literalmente las costillas. Se dejó caer en la escalinata de la iglesia y sepultó la cabeza en sus manos, en espera de poder respirar más fácilmente. Necesitaba respirar hondo, necesitaba que su corazón dejase de saltar, de latir impetuoso, de sonar como un redoble de tambor. ¡Oh, si hubiese tenido alguien a quien recurrir en aquel enloquecido lugar!

Jamás había afrontado sola cosa alguna en toda su vida. Siempre había tenido alguien que hiciese las cosas por ella, que se preocupase por ella, que la protegiera y la mimara. Era increíble que ahora estuviera en tal situación. Ni un amigo ni un vecino para ayudarla. Antes siempre había tenido amigos, vecinos, hábiles manos de voluntariosos esclavos a su disposición. Y ahora, en este momento de tanta necesidad, no tenía a nadie. Le resultaba increíble que pudiese estar completamente sola, tan asustada y al mismo tiempo tan lejos de su hogar.

¡Su hogar! ¡Oh, quién estuviese en él, con o sin yanquis! ¡En él, aun con Ellen enferma! Añoró la dulce faz de Ellen, los fuertes brazos de Mamita en torno a su cuello.

Mareada aún, se incorporó y reanudó la marcha. Cuando estuvo ante su casa vio a Wade columpiándose en la puerta del jardín. Cuando el niño distinguió a Scarlett, arrugó el semblante y comenzó a llorar, mostrándole un dedo desollado. —¡Pupa! —sollozó—. ¡Pupa!

—¡Calla, calla, calla! ¡Calla o te pego! Vete al patio para hacer bollos con tierra mojada y no te muevas de allí.

—¡Wade tiene hambre! —sollozó el niño, metiéndose en la boca el dedo lastimado.

—No me importa. Vete al patio.

Miró hacia arriba y vio a Prissy en la ventana, con el disgusto y el terror pintados en el semblante. Aquella expresión se mudó en otra de alivio al divisar a su señora. Scarlett le indicó que bajase y entró en la casa. ¡Qué fresco estaba el vestíbulo! Se desanudó el sombrero y lo lanzó sobre la mesa, mientras se pasaba el antebrazo por la frente sudorosa. Oyó abrirse la puerta de arriba y un quejido bajo y lloroso, como de agonía, hirió sus oídos. Prissy bajó las escaleras de tres en tres.

—¿Ha venido el doctor? —El doctor no puede venir.

—¡Dios mío, señora! La señora Melanie está mal, muy mal. —El doctor no puede venir. Nadie puede venir. Tú recibirás al niño y yo te ayudaré.

Prissy abrió la boca y agitó la lengua, pero no dijo una palabra. Miró a Scarlett de reojo, agitó los pies y todo su menudo cuerpo pareció convulsionarse.

—¡No hagas estupideces! —gritó Scarlett, enfurecida al ver su necia expresión—. ¿Qué pasa?

Prissy retrocedió hacia las escaleras. —¡Por Dios, señora!

Y en sus ojos muy abiertos se pintaban el terror y la vergüenza. —¿Qué hay?

—¡Por Dios, señora Scarlett! Necesitamos al médico. Yo... yo, señora, no sé nada sobre eso de recibir niños. Mamá no me permitió nunca que viera cómo se hacía.

El aire escapó de los pulmones de Scarlett en un impulso de horror que sintió antes de que la rabia la invadiera. Prissy, a su vez, respiró profundamente y trató de huir; pero Scarlett la sujetó.

—¿Qué dices, negra embustera? Me has asegurado que sabías todo lo necesario acerca de un parto. ¡Dime la verdad!

Y la sacudió con tal furia que la rizada cabeza se bamboleó como ebria.

—¡Era mentira, señora Scarlett! ¡No sé cómo se me ocurrió una mentira así! Una vez quise ver cómo nacía un niño, y mamá me echó de la habitación.

Scarlett la miró fijamente y Prissy retrocedió, esforzándose en soltarse. Por un momento, su mente se negó a aceptar la verdad; pero cuando al fin comprendió que Prissy no entendía más de aquello que ella misma, la cólera la inflamó. No había maltratado a un esclavo en toda su vida, pero ahora abofeteó la negra mejilla con toda la fuerza de su fatigado brazo. Prissy lanzó un grito penetrante, más de terror que de sufrimiento, y empezó a retorcerse y agitarse para librarse de la garra de Scarlett.

Mientras gritaba, cesó el gemido que sonaba en el segundo piso y, un momento después, la voz débil y temblorosa de Melanie llamó: —¿Eres tú, Scarlett? ¡Ven, por favor! Scarlett soltó el brazo de Prissy y ésta se dejó caer en los escalones, lloriqueando. Scarlett permaneció inmóvil por un momento, mirando hacia arriba, escuchando el apagado gemido que había comenzado de nuevo. Y mientras se hallaba en tal posición le pareció que un yugo ceñía su cuello, que una pesada carga oprimía su nuca y que aquella carga aumentaría apenas pisara el primer peldaño.

Se esforzó en recordar cuanto habían hecho Mamita y Ellen con ocasión del nacimiento de Wade, pero el recuerdo de los dolores de aquel momento oscurecía todo lo demás, en una niebla confusa. Pudo, al fin recordar algo y habló a Prissy rápidamente, con acento autoritario:

—Enciende el fogón y pon a hervir agua en una olla. Trae todas las toallas que puedas encontrar y la bala de algodón. Y las tijeras. Y no me vengas con el cuento de que no lo encuentras. Tráelo todo, y pronto. ¡Corre!

Hizo incorporarse a Prissy y la envió a la cocina de un empujón. Luego, con aire sombrío, comenzó a subir las escaleras. Resultaba difícil decir a Melanie que ella y Prissy iban a encargarse de todo.