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Cuando Prissy hubo partido, Scarlett, fatigada, entró en el piso bajo y encendió la lámpara. La casa abrasaba, como si aún conservase entre sus paredes todo el ardor del día. Parte del embotamiento de Scarlett se había disipado y ahora su estómago reclamaba alimento. Recordó que no había comido nada desde la noche anterior, excepto una cucharada de papilla. Empuñó la lámpara y pasó a la cocina. El fuego se había apagado, pero la estancia se hallaba sofocantemente caldeada aún. Encontró medio panecillo de harina de maíz y lo mordió con avidez mientras miraba en torno buscando otra cosa. En la olla había quedado un resto de papilla, que devoró con un cucharón de cocina sin esperar a ponerlo en el plato. La papilla estaba espantosamente sosa, pero tenía demasiada hambre para reparar en ello. A la cuarta cucharada, el calor de la cocina le pareció tan insoportable que salió con la lámpara en una mano y un trozo de pan en la otra y se dirigió al vestíbulo. Sabía que debía subir y permanecer junto a Melanie. Si pasaba algo, estaría demasiado débil para gritar. Pero la idea de volver a aquella habitación donde había pasado tales horas de pesadilla le resultaba intolerable. No, no volvería allí aunque Melanie estuviese muriéndose. No quería regresar a aquel dormitorio. Colocó la lámpara en el alféizar de la ventana y salió al porche. Allí hacía mucho más fresco, aunque un tibio calor impregnaba la noche. Se sentó al pie de las escaleras en el círculo de luz proyectado por la lámpara y continuó mordiendo el pan de maíz.

Cuando lo hubo terminado, recuperó parte de sus fuerzas, y con ellas sintió también una nueva punzada de temor. Oía un lejano rumor calle abajo, pero ignoraba en absoluto su significado. Nada lograba percibir en concreto, salvo un murmullo confuso que se elevaba y decaía. Se esforzó en oír, poniendo en ello tal tensión física que a poco tuvo todos los músculos doloridos. Ansiaba, más que nada en el mundo, oír un ruido de cascos de caballo, y ver los indolentes ojos de Rhett, siempre tan seguro de sí mismo, burlándose de los temores de ella. Rhett los llevaría a alguna parte, no sabía adonde. Ni le importaba.

Mientras aguzaba los oídos en dirección a la ciudad, un débil resplandor brilló sobre los árboles, asombrándola. Lo miró y lo vio aumentar. El oscuro color del cielo se convirtió en rosado y luego en rojo. Súbitamente, una inmensa lengua de fuego se elevó hacia el firmamento por encima de los árboles. Scarlett dio un salto. Su corazón volvía a latir desordenadamente.

¡Habían llegado los yanquis, sin duda! Seguro que ya estaban allí y habían incendiado la ciudad. Las llamas parecían proceder de la zona este del centro de Atlanta. Se elevaban más cada vez, ensanchándose sin cesar ante los aterrados ojos de la joven. Debía de estar ardiendo toda una manzana. Una débil y cálida brisa que acababa de empezar a soplar llevaba a su olfato el olor del humo.

Subió las escaleras y se asomó a las ventanas de su cuarto para ver mejor. El cielo tenía un ominoso color cárdeno y grandes espirales de humo negro se elevaban sobre las llamas y pendían sobre ellas como pesadas nubes. Ahora el olor del humo era más acusado. La mente de Scarlett vagaba incoherentemente ora calculando cuánto tardarían las llamas en llegar a la calle Peachtree y quemar su casa, ora cuánto tardarían los yanquis en descubrirla, ora adonde debía ir o qué debía hacer. Todos los demonios del infierno parecían aullar en sus oídos. Y en su cerebro se mezclaban tal pánico y confusión que hubo de apoyarse en el alféizar para sostenerse.

«Tengo que pensar —se repetía—. Tengo que pensar.» Pero los pensamientos no acudían a su mente, antes bien huían de ella como pájaros asustados. Mientras se apoyaba en el alféizar, una ensordecedora explosión atronó sus oídos, más fuerte que cualquier cañón que hubiese oído nunca. Una gigantesca llama cubrió el cielo. Siguieron otras explosiones. La tierra tembló y los cristales de la ventana retumbaron y cayeron despedazados en torno a ella.

El mundo parecía un infierno de ruido, llamas y temblores de tierra. Las explosiones continuaban, atronando los oídos. Torrentes de chispas se alzaban al cielo y descendían lentamente, perezosas, entre nubes de humo coloreadas de un matiz sangriento. Creyó oír una débil llamada en el cuarto contiguo; pero no se movió. Ahora no tenía tiempo para pensar en Melanie. Ni para reparar en nada, salvo en el temor que sentía infiltrarse en sus venas tan rápido como las llamas que contemplaba. Era como una niña loca de miedo y hubiera deseado poder ocultar la cabeza en el regazo de su madre para eludir aquel espectáculo. ¡Si al menos estuviese en casa! En casa, con mamá...

Distinguió, en medio de aquellos ruidos que quebrantaban sus nervios, un sonido distinto: el de pasos apresurados que trepaban los escalones de tres en tres. Después oyó una voz que aullaba como un perro perdido. Prissy irrumpió en el cuarto, corrió hacia Scarlett y le asió el brazo en un apretón con el que parecía arrancarle trozos de carne. —¡Los yanquis! —gritó Scarlett.

—No; son los nuestros —repuso Prissy jadeante, hundiendo profundamente las uñas en el brazo de Scarlett—. Están incendiando la fundición, el depósito de material del Ejército y los almacenes. ¡Dios mío, señorita Scarlett! ¡Hay setenta carros de balas de cañón y pólvora! ¡Por Dios! ¡Vamos a volar todos!

Y rompió en agudos chillidos, oprimiendo tanto el brazo de Scarlett que ésta gritó de dolor y de ira, mientras se quitaba de encima la mano.

¡Los yanquis no habían llegado todavía! Aún había tiempo de huir. Procuró, aunque atemorizada, reunir todas sus fuerzas.

«Si no me domino —pensó—, me pondré a gritar como un gato escaldado.» Y el ver el abyecto terror de Prissy la reanimó. La sujetó por los hombros y la sacudió con violencia.

—Déjate de sandeces y habla con sentido común. ¿No ves que no vienen los yanquis, necia? ¿Has visto al capitán Butler? ¿Qué dice? ¿Viene?

Prissy dejó de gritar, pero sus dientes seguían castañeando. —Sí, señora. Lo encontré, por fin, en un bar, como usted me dijo. Y él...

—No importa dónde le encontraras. ¿Viene? ¿Le has dicho que traiga su caballo?

—Dice que los nuestros le han requisado el caballo y el coche para las ambulancias.

—¡Dios mío! —Pero va a venir. —¿Y qué te ha dicho?

Prissy había recuperado el aliento y parte del dominio de sí misma, pero sus ojos continuaban girando sin cesar.

—Déjeme explicarlo, señora. Lo encontré en un bar. Lo llamé y salió. Y cuando me vio y le empecé a hablar, llegaron los soldados y prendieron fuego a un almacén de la calle Decatur, y entonces me cogió de la mano y me llevó corriendo hasta Five Points y me dijo: «¿Qué pasa? Habla pronto.» Y yo le dije que usted decía que el capitán Butler viniera pronto con el caballo y el coche. Y que la señora Melanie había tenido un niño y que usted quería irse a otra ciudad. Y él dijo: «¿Adonde?» Y yo le dije: «No lo sé; pero quiere huir de los yanquis y quiere irse con usted.» Y él rió y dijo que los soldados se ha; bían llevado su caballo.

Scarlett sintió que la abandonaban las tuerzas. La postrera esperanza se desvanecía. ¿Cómo era tan tonta que no había pensado en que el Ejército, al retirarse, se llevaría todos los animales y vehículos de la ciudad? Por un momento se sintió tan abrumada que no entendió lo que le decía Prissy; pero luego procuró recuperar la presencia de ánimo para oír el resto de la explicación.

—Luego dijo: «Di a la señorita Scarlett que esté tranquila. Yo procuraré robar un caballo del Ejército, aunque tenga que ser el último que quede en Atlanta. Y eso que hasta hoy no he robado ninguno.» Y dijo también: «Dile que robaré un caballo aunque me peguen un tiro.» Y luego se rió otra vez y dijo: «Vete a casa corriendo.» Pero antes de que me moviera hubo un ruido horroroso: ¡Booom! Y yo entonces me asusté muchísimo y él me dijo que no era nada, y que los soldados hacían estallar las municiones para que los yanquis no las cogieran. —¿Va a venir? ¿Va a traer un caballo? —Eso ha dicho.

Scarlett emitió un profundo suspiro de alivio. Si había algún modo de procurarse un caballo, Rhett Butler lo encontraría. Rhett era un hombre espabilado. Bien podía perdonárselo todo si los sacaba de aquel apuro. ¡SaCharles de aquello! Y con Rhett no había nada que temer. El los protegería. Había que agradecer a Dios la ayuda de Rhett. La perspectiva de la salvación le devolvió su sentido práctico.

—Despierta a Wade, vístele y mete algo de ropa de cada una de nosotras en el baúl pequeño. No digas a la señora Melanie que nos vamos. Aún no. Envuelve al pequeño en un par de toallas resistentes y no te olvides de coger también su ropa.

Prissy seguía cogida a sus faldas y en sus ojos apenas se veía más que lo blanco de las órbitas. Scarlett le dio un empujón y se soltó.

—¡De prisa! —gritó. Y Prissy huyó como un conejo asustado.

Scarlett comprendió que debía subir para tranquilizar a Melanie, que debía estar aterrada y fuera de sí por los atronadores ruidos que se sucedían sin cesar y por el rojo resplandor que iluminaba el cielo. El fragor y el aspecto de todas las cosas parecían presagiar el fin del mundo.

Pero aún se sentía incapaz de volver a aquella habitación. Se precipitó escaleras abajo, con la vaga intención de empaquetar las porcelanas de tía Pittypat y la poca plata que ésta había dejado allí al irse a Macón. Pero al llegar al comedor sus manos estaban tan temblorosas que dejó caer tres platos, que se destrozaron. Salió al porche, escuchó, regresó al comedor y ahora dejó caer al suelo la plata, con vivo tintineo. Se le deslizaba de las manos cuanto cogía. En su prisa, resbaló en la alfombra y cayó al suelo; pero se levantó tan rápidamente que ni siquiera notó el dolor del golpe. Arriba se oía a Prissy corriendo como un animal salvaje y el sonido la enloqueció, pensando que corría sin objeto.

Salió por duodécima vez a la terraza, pero ya no reanudó su inútil empeño. Se sentó. Le era imposible empaquetar nada. Imposible hacer nada mientras le latiese el corazón de aquel modo, esperando a Rhett. Parecía que pasaban horas y él no llegaba. Al fin oyó, lejano en el camino, el chirriar de unos ejes desengrasados y un lento e inseguro pisar de cascos. ¿Por qué no se apresuraba Rhett? ¿Por qué no hacía trotar el caballo?

Los sonidos se aproximaban. Se incorporó y llamó a Rhett por su nombre. Luego lo vio, en las sombras, saltar del pescante de un pequeño vehículo. Oyó el rechinar de la verja y vio que él se aproximaba. Cuando estuvo cerca, la luz de la lámpara le mostró claramente. Vestía tan elegante como si fuera a un baile: chaqueta y pantalón de hilo blanco de excelente hechura, chaleco gris de seda, con bordados, y camisa finamente plisada. Llevaba el ancho sombrero panamá muy ladeado y en el cinturón ostentaba dos pistolas de duelo, de largo cañón y puño de marfil. Los bolsillos de su chaqueta iban pesadamente cargados de municiones.

Avanzó por el sendero con el paso elástico de un salvaje, erguida la hermosa cabeza como la de un príncipe pagano. Los peligros de la noche, que colmaran de pánico a Scarlett, obraban en él como un estímulo. En su rostro moreno se transparentaba una ferocidad reprimida a duras penas, una crueldad que habría atemorizado a Scarlett si en aquellos momentos hubiese tenido serenidad bastante para notarla.

Sus negros ojos bailaban como si le divirtiera todo aquello, como si aquel ruido que perforaba los oídos y aquel horrible resplandor fueran meras ficciones para asustar niños. Ella se precipitó a su encuentro, con el rostro muy pálido y los ojos verdes llameantes cuando Rhett subió la escalera.

—Buenas noches —dijo él con su voz acariciadora, mientras se quitaba el sombrero con gallardo ademán—. Magnífica temperatura, ¿eh? He oído decir que tiene usted interés en hacer una excursión.

—Si empieza usted a bromear, no volveré a hablarle en mi vida —repuso ella con voz temblorosa.

—¡No querrá decir que tiene miedo!

Rhett fingió sorpresa y sonrió de un modo que despertó en Scarlett el deseo de arrojarle por las escaleras.

—¡Sí lo tengo! Estoy muerta de miedo, y si tuviese usted siquiera el seso de un pájaro estaría asustado también. Pero no nos queda tiempo para hablar. Tenemos que irnos de aquí.

—A sus órdenes... Pero ¿adonde cree que podemos ir? Me he llegado hasta aquí por simple curiosidad, para saber adonde se proponía dirigirse. No cabe encaminarse al norte ni al sur, ni al este ni al oeste. Los yanquis lo rodean todo. Sólo hay un camino que los yanquis no hayan cortado todavía y por él se retira nuestro Ejército. Además, no permanecerá mucho tiempo libre. La caballería del general Steve Lee está librando una acción de apoyo de retaguardia en Rough and Ready, a fin de dejar libre esa ruta el tiempo suficiente para que las tropas se retiren. Si seguimos el camino de MacDonough, que es al que me refiero, detrás de las tropas, éstas nos quitarán el caballo, y eso que no vale gran cosa. Me ha costado mucho trabajo robarlo... Así, pues, ¿adonde quiere ir?

Ella escuchaba sus palabras casi sin oírlas y temblando. Pero al escuchar aquella pregunta comprendió en el acto adonde deseaba ir, adonde había deseado ir todo aquel día. ¡No existía más que un lugar para ella!

—Quiero ir a casa —dijo. —¿A casa? ¿Se refiere a Tara? —Sí, sí: a Tara. ¡Démonos prisa, Rhett! Él la miró como si la tomara por loca.

—¿A Tara? ¡Dios mío, Scarlett! ¿No sabe que se ha luchado todo el día en Jonesboro? Se ha luchado dieciséis kilómetros arriba y otros tantos abajo del camino de Rough and Ready, y hasta en las calles de Jonesboro... Puede que ahora los yanquis estén en Tara y en todo el condado. ¡Cualquiera sabe en qué lugar del contorno se encuentran! ¡No puede usted ir a su casa! ¡No puede usted cruzar las líneas del ejército yanqui!

—¡Me iré a casa! —gritó ella—. ¡Lo conseguiré! —No sea tonta —dijo Rhett, con voz rápida y recia—. No puede ir. Aun sin caer en poder de los yanquis, tenga en cuenta que los bosques están llenos de rezagados y desertores de ambos ejércitos. Y muchos de nuestros soldados todavía se están retirando de Jonesboro. Nos quitarían el caballo tan pronto como los mismos yanquis. No hay más que una probabilidad: seguir a las tropas camino de MacDonough abajo y rogar a Dios que no nos vean en la oscuridad. Pero no ir a Tara. Incluso si llega allí, no encontrará usted más que ruinas quemadas. No la dejaré irse a su casa. Es una locura.

—¡Quiero ir a casa! —insistió ella, con voz desgarrada que concluyó en un grito—: ¡Me iré! ¡No puede usted impedírmelo! ¡Quiero ir a casa! ¡Quiero ver a mamá! ¡Le mataré si trata de impedírmelo! ¡Me iré a casa!

La prolongada tensión la hizo estallar al fin en lágrimas de terror e histerismo. Golpeó con los puños el pecho de Rhett y volvió a gritar:

—¡Me iré! ¡Me iré! ¡Aunque tenga que andar a pie todo el camino!

De pronto se encontró en los brazos de Rhett, con la húmeda mejilla reclinada en su plisada camisa, con sus nerviosas manos entre las de él. Las manos de Rhett acariciaron entonces suavemente su revuelto cabello y su voz sonó, también suave y amable. Tan amable y suave, tan exenta de mofa, que no parecía la voz de Rhett Butler, sino la de algún desconocido, de un hombre que olía a coñac, a tabaco y a caballos, olores agradables a Scarlett porque le recordaban a Gerald.

—Ea, ea, querida, no llore —dijo él, dulcemente—. Irá a su casa, mi niña valiente. No llore. Irá a su casa.

Scarlett sintió un contacto en sus cabellos y pensó vagamente, en su confusión, que acaso fueran los labios de Rhett. Él se mostraba tan tierno, tan infinitamente afectuoso, que Scarlett hubiera permanecido, gustosa, toda la vida entre sus brazos. Con tan fuertes brazos en torno a ella no podía ocurrirle mal alguno.

Él sacó un pañuelo del bolsillo y le secó las lágrimas.

—Ahora suénese como una niña obediente —dijo, con una insinuación de sonrisa en los ojos— y dígame qué quiere hacer. Tenemos que apresurarnos.

Ella, sumisa, se sonó, temblorosa aún, pero no supo qué decirle. Rhett, viendo cómo temblaban los labios de la joven y la expresión de súplica de sus ojos, tomó la iniciativa.

—¿Ha nacido ya el niño de la señora Wilkes? Sería peligroso hacerle recorrer cuarenta kilómetros en ese vehículo destartalado. De modo que valdría más dejarla en casa de la señora Meade.

—Los Meade no están en casa. Y no puedo abandonarla.

—Muy bien. Irá en el carromato. ¿Dónde está esa papanatas que tiene usted a su servicio?

—Haciendo el baúl.

—¿El baúl? No se puede llevar un baúl en ese coche. Apenas cabremos todos en él, y tiene las ruedas en tal estado que se desprenderán a la primera ocasión. Llámela y dígale que ponga en el coche el colchón de pluma más pequeño que haya en la casa.

Scarlett no acertaba a moverse. Rhett asió con fuerza su brazo y algo de la vitalidad que animaba su cuerpo pareció transmitirse al de ella. ¡Si pudiese sentirse tan indiferente y serena como él! Rhett la empujó hasta el vestíbulo; pero ella continuó allí, mirándole con expresión desvalida. Los labios de Butler murmuraron burlones:

—¿Conque ésta es la heroica joven que me aseguraba no temer a los hombres ni a Dios?

Rompió a reír y soltó el brazo de Scarlett. Ella le miró con odio.

—No tengo miedo —dijo.

—Sí lo tiene. De aquí a un minuto se desmayará. Y yo no llevo frasquito de sales.

Ella golpeó el suelo con el pie, incapaz de encontrar otro modo de expresar su ira y, sin pronunciar palabra, cogió una lámpara y subió las escaleras en silencio. El la siguió de cerca y Scarlett oyó su queda sonrisa. Aquella risa le recorrió la espina dorsal. Entró en el cuarto de Wade y lo halló a medio vestir, acurrucado en los brazos de Prissy, sollozando e hipando quedamente. Prissy lloriqueaba. El colchón de Wade era pequeño, y Scarlett le ordenó que lo bajase al coche. Prissy se desasió del niño y obedeció. Wade la siguió por las escaleras, interrumpidos sus sollozos por el interés que despertaban en él los acontecimientos.

—Venga —dijo Scarlett, dirigiéndose a la puerta de Melanie. Y Rhett la siguió, sombrero en mano.

Melanie yacía muy quieta, con la sábana hasta la barbilla. Su rostro estaba mortalmente pálido, pero sus ojos, hundidos y rodeados de surcos oscuros, estaban serenos. No mostró sorpresa al ver a Rhett en su alcoba, pareciendo aceptarlo como un hecho natural. Se esforzó en sonreír débilmente, pero la sonrisa expiró antes de alcanzar las comisuras de sus labios.

—Nos vamos a Tara —explicó Scarlett rápidamente—. Están llegando los yanquis. Rhett nos llevará. No hay más remedio, Melly.

Melanie trató de asentir débilmente con la cabeza, e hizo un ademán mostrando al pequeño. Scarlett cogió al niño y lo envolvió presurosamente en una tupida toalla. Rhett se acercó al lecho.

—Procuraré no lastimarla —dijo tranquilo, plegando la sábana en torno a Melanie—. Intente pasar los brazos alrededor de mi cuello.

Melanie lo intentó, pero sus brazos cayeron, inertes. Él se inclinó, deslizó un brazo bajo sus hombros y otro bajo sus piernas y la levantó con delicadeza. Melanie no lanzó un solo grito, pero Scarlett pudo ver que se mordía los labios y que su rostro palidecía aún más.

Scarlett alzó la lámpara para alumbrar a Rhett y se dirigió hacia la puerta. En aquel momento Melanie señaló la pared con fatigado ademán.

—¿Qué pasa? —preguntó amablemente Rhett.

—Por favor —repuso Melanie, esforzándose en señalar—. Charles...

Rhett la miró creyendo que deliraba, pero Scarlett comprendió y se sintió irritadísima. Sabía que Melanie quería el retrato de Charles .que colgaba de la pared, debajo de su espada y su pistola. —Por favor —susurró Melanie otra vez—. La espada... —Ah, bueno —repuso Scarlett. Y después de alumbrar a Rhett, que bajaba con cuidado las escaleras, volvió atrás y descolgó la espada y la pistola. Ambas cosas, unidas al niño y a la lámpara, resultaban embarazosas. Era muy típico de Melanie eso de ocuparse en recoger las cosas de Charles, estando todos a dos dedos de la muerte y con los yanquis pisándoles los talones.

Cuando descolgaba la fotografía, dirigió una ojeada al rostro de Charles. Los grandes ojos oscuros de él se cruzaron con los suyos. Scarlett se detuvo un momento para examinar la fotografía. Aquel hombre había sido su esposo, había compartido su lecho por algunas noches y le había dado un hijo con sus mismos ojos oscuros y dulces. Y, sin embargo, ella apenas podía recordarle.

El niño que llevaba en brazos crispaba los puñitos y lloraba quedamente. Ella le dirigió una mirada. Por primera vez se dio cuenta de que era hijo de Ashley, y lamentó con todas las energías que conservaba que no fuese de ella, de ella y de Ashley...

Prissy llegó trepando por las escaleras y Scarlett le entregó el niño. Bajaron a la carrera. La lámpara proyectaba inciertas sombras en las paredes. Scarlett vio un sombrero en el vestíbulo y se lo puso precipitadamente, anudándose las cintas bajo la barbilla. Era el sombrero de luto de Melanie y no se ajustaba bien a su cabeza, pero no recordaba bien dónde había dejado el suyo.

Salió del edificio y bajó las escaleras de la terraza, sosteniendo la lámpara y esforzándose en que el sable no le golpease las piernas. Melanie estaba recostada en el asiento trasero del coche y a su lado se hallaban Wade y el niñito envuelto en la toalla. Prissy subió y lo cogió en brazos. El coche era muy pequeño y de bordes muy bajos. Las ruedas, inclinadas hacia dentro y vacilantes, parecían prontas a desprenderse al primer movimiento. Scarlett miró el caballo y se le afligió el corazón. Era un animal pequeño y esquelético, con la cabeza colgante, casi entre los remos delanteros. Tenía el lomo lleno de mataduras y señales de los arneses y respiraba como no hubiera respirado ningún caballo sano.

—No es un animal magnífico, ¿eh? —rió Rhett—. Da la impresión de que se nos va a morir entre las varas. Pero es el mejor que pude encontrar. Algún día le contaré con todo detalle cómo y dónde lo robé y lo poco que me faltó para que me asestaran un tiro al hacerlo. Nada sino mi adhesión a usted podía decidirme a semejante cosa, es decir, a convertirme en ladrón de caballos a estas alturas de mi vida... En ladrón de caballos... ¡y de qué caballo! Permítame ayudarla a subir.

Le cogió la lámpara y la posó en el suelo. El pescante del coche era una simple y estrecha tabla de lado a lado. Rehtt levantó a Scarlett y la encaramó al pescante.

Mientras se recogía la falda, pensó que sería admirable ser hombre y tan fuerte como Rhett. Con Rhett a su lado no temía nada, ni al ruido, ni al fuego, ni a los yanquis.

El saltó al pescante junto a ella y empuñó las riendas.

—¡Aguarde! —gritó Scarlett—. He olvidado cerrar la puerta.

Rhett rompió en una carcajada y agitó las riendas sobre el lomo del caballo.

—¿De qué se ríe?

—De usted..., que quiere encerrar a los yanquis fuera... —dijo él.

El caballo arrancó, despacio y a la fuerza. La lámpara seguía encendida en la acera, proyectando en torno suyo un circulillo de luz amarillenta que iba empequeñeciéndose a medida que se alejaban.

Rhett dirigió el caballo hacia poniente por la calle Peachtree y el traqueteante coche comenzó a dar tumbos en la calle desigual con una violencia que arrancó a Melanie un gemido rápidamente sofocado. Oscuros árboles se entrelazaban sobre sus cabezas, las sombrías casas silenciosas se alineaban a ambos lados y las blancas empalizadas de los cercados brillaban débilmente como filas de piedras sepulcrales. La estrecha calzada era como un tenebroso túnel a través de cuya densa bóveda de hojas penetraba el lúgubre resplandor rojizo del cielo, haciendo correr ante el coche sombra tras sombra, que se agitaban como enloquecidos espectros. Cada vez era más intenso el olor a humo, y la cálida brisa traía en sus alas un caos de sonidos procedentes del centro de la ciudad: gritos, rodar de los pesados carros militares y pisar de innumerables pies en marcha. En el momento en que Rhett hacía embocar al caballo otro camino lateral, una nueva e imponente explosión desgarró el aire y una especie de monstruoso cohete de llamas y humo se elevó en el cielo.

—Debe ser el último convoy de municiones —opinó Rhett, tranquilo—. ¿Cómo no se lo han llevado esta mañana, esos necios? Tenían tiempo sobrado. En fin, peor para nosotros... Creo que rodeando el centro de la ciudad podremos evitar el fuego y la multitud ebria de la calle Decatur y llegaremos al extremo sudoeste de la ciudad sin peligro. Pero en todo caso hemos de cruzar la calle Marietta, y la explosión última o mucho me engaño o ha ocurrido precisamente allí.

—¿Es preciso que... que atravesemos el fuego? —balbuceó Scarlett.

—Si nos damos prisa, no —repuso Rhett.

Y saltando del coche desapareció en la oscuridad de un patio. Al volver llevaba en la mano una pequeña rama de árbol con la que golpeó inflexiblemente al lastimado lomo del animal. El caballo inició un desesperado trote, jadeando penosamente, y el coche adelantó entre tumbos que lanzaban a los viajeros unos contra otros, como trigo agitado en una criba. El niño gemía, Prissy y Wade gritaban y se asían a los lados del carromato, pero Melanie no emitió un solo quejido.

Cerca de la calle Marietta empezaron a aclararse los árboles. Altas llamas se elevaban sobre los edificios iluminando calles y casas con un resplandor más intenso que la luz del día, creando monstruosas sombras que se retorcían como velas desgarradas en las vergas de un navio que zozobra.

Los dientes de Scarlett rechinaban sin cesar, pero era tal su terror que ni siquiera lo advertía. Tenía frío y tiritaba, a pesar de que el calor de las llamas casi les quemaba los rostros. Se encontraba en el infierno. De haber podido recuperar las fuerzas que faltaban a sus piernas temblorosas, habría saltado del coche y huido, enloquecida, por la calle oscura que habían seguido, para buscar de nuevo refugio en casa de la tía Pittypat. Se acercó más a Rhett, oprimió su brazo con temblorosos dedos y le miró, ansiosa de palabras, de consuelo, de algo que la tranquilizase. En el crudo resplandor bermejo que los envolvía, el moreno perfil de Rhett se destacaba neto, como la cabeza de una moneda antigua, hermoso, decadente y cruel. Cuando ella le tocó, se volvió. Sus ojos brillaban con una luz tan temible como la del fuego. A Scarlett le pareció alborozado y desdeñoso, como si gozara la situación, como si acogiese con alegría el infierno al que se acercaban.

—Mire —le dijo él, poniendo la mano sobre una de las largas pistolas que llevaba a la cintura—, si alguien se acerca al caballo por su lado, dispare sobre él. ¡Ya le interrogaremos más tarde! Pero no vaya, en su turbación, a disparar sobre el caballo.

—Yo tengo... tengo una pistola —murmuró ella, oprimiendo el arma que llevaba en el regazo, completamente segura de que si viese la muerte cara a cara el susto le impediría oprimir el gatillo. —¿Sí? ¿Dónde la ha cogido? —Es la de Charles. —¿Charles? —Sí. Mi marido...

—¿Es posible, querida, que haya tenido usted alguna vez marido? —susurró él, riendo suavemente. ¿Por qué no tendría más seriedad? ¿Por qué no se apresuraría más?

—¿Cómo podría, si no, tener un hijo? —repuso, irritada.

—Hay otros medios... sin necesidad de marido.

—¿Quiere usted callar y darse prisa?

Pero Rhett tiró bruscamente de las riendas. Estaban muy cerca de la calle Marietta, a la sombra de un almacén no alcanzado aún por las llamas.

—¡De prisa! —no tenía otra palabra en la mente—. ¡De prisa! ¡De prisa!

—Soldados —dijo Rhett.

El destacamento bajaba por Marietta, entre los edificios incendiados a paso lento, con fatiga, los fusiles puestos de cualquier modo, gachas las cabezas, demasiado cansados para redoblar la marcha, demasiado cansados para reparar en la vigas que se desprendían a derecha e izquierda y en el humo que los envolvía. Iban tan haraposos que no se distinguía a los oficiales de los soldados, salvo, cuando, aquí y allá, se advertía un sombrero con el ala levantada y sujeta por un distintivo coronado por las letras C.S.A. Muchos iban descalzos y algunos llevaban vendada la cabeza o un brazo. Pasaron sin mirar a los lados, tan silenciosos que, a no ser por el rumor de sus pisadas, se los hubiera podido tomar por espectros.

—Mírelos bien —dijo la voz burlona de Rhett— y así podrá contar a sus nietos que vio usted la retaguardia de la Gloriosa Causa en retirada.

Repentinamente ella lo detestó, lo detestó de tal modo que por un momento aquel impulso superó a su miedo, lo convirtió en pequeño e insignificante. Sabía que su salvación y la de los demás del coche dependía de Rhett únicamente, pero lo detestaba por burlarse de aquellas huestes andrajosas. Pensó en Charles, muerto, y en Ashley, que podía estarlo, y en todos los hombres jóvenes, alegres y valerosos que yacían en sus tumbas, y olvidó que en otro tiempo ella incluso los había tomado por locos. No articuló palabra, pero la ira y la aversión brillaban en sus ojos mientras contemplaba fijamente a Rhett.

Al fin pasó el último de los soldados, una figura menuda que iba en la postrera fila, arrastrando el fusil por el suelo. Se tambaleó, se detuvo y miró a los otros con su rostro sucio, embotado por la fatiga como el de un sonámbulo. Era tan bajo como Scarlett, hasta el punto de que su fusil parecía tan alto como él, y su cara mugrienta no tenía señal de barba. Scarlett, acongojada, pensó que debía de tener dieciséis años como máximo. Sin duda pertenecía a la Guardia Territorial, e incluso era muy posible que hubiese dejado el colegio para unirse a las tropas.

Mientras le miraba, las rodillas del muchacho se doblaron lentamente y su cuerpo se desplomó en el polvo. Dos hombres se separaron en silencio de la última fila y se dirigieron hacia él. Uno, alto y esquelético, con negra barba que le llegaba hasta la cintura, entregó su fusil y el del muchacho al otro hombre. Luego se echó el caído al hombro, con tanta facilidad como si se tratara de un juego de manos. A continuación echó a andar tras la columna, curvados los hombros bajo el peso, mientras el agotado muchacho se enfurecía como un niño atormentado por los mayores, y gritaba:

—¡Maldito seas! ¡Bájame! ¡Bájame! ¡Puedo andar solo! El barbudo no contestó y desapareció con su carga tras un recodo de la calle.

Rhett permanecía con las riendas flojas en la mano, mirándolos con una extraña expresión de disgusto en su rostro moreno. Luego sonó un crujir de vigas cercanas y Scarlett vio una delgada lengua de fuego elevarse sobre el tejado del almacén a cuya sombra se hallaban. En el acto, las llamas se elevaron hacia el cielo, triunfales como banderas y pendones de combate. El humo ardiente se introdujo en su nariz. Wade y Prissy empezaron a toser. El niño emitió débiles sonidos quejumbrosos.

—¡Por el amor de Dios, Rhett! ¿Está usted loco? ¡De prisa, de prisa!

Rhett no contestó, pero descargó la rama sobre las costillas del animal con una fuerza feroz que hizo dar un salto al caballo. A toda la velocidad que el animal podía sostener, cruzaron entre tumbos y saltos la calle Marietta. Ante ellos, en la calle estrecha y corta que conducía a la vía férrea, se abría un túnel rodeado por el fuego que consumía los edificios de ambos lados. Se precipitaron por él. Un resplandor más brillante que una docena de soles hirió sus ojos, un intenso calor les abrasó la piel y oleadas de ruidos de hundimientos y roturas llegaron a sus oídos durante un prolongado rato. Pareció que transcurría una eternidad mientras atravesaban el fuego. Luego se hallaron otra vez de pronto en la semioscuridad.

Al bajar por la calle y al cruzar los carriles férreos, Rhett golpeaba maquinalmente al caballo. Su rostro estaba contraído y como ausente, como si hubiese olvidado dónde se hallaba. Sus anchos hombros se inclinaban hacia delante y la barbilla sobresalía como si se encontrara absorto en desagradables pensamientos. El calor del incendio hacía correr surcos de sudor por su frente y sus mejillas, pero no se ocupaba de secarlo. Entraron por una bocacalle, luego por otra, doblaron y anduvieron de un callejón a otro hasta que Scarlett perdió completamente la orientación. El crepitar de las llamas se apagó tras ellos. Rhett callaba y seguía golpeando al animal con regularidad. El resplandor del cielo empezaba a disiparse y el camino era tan oscuro y amedrentador que Scarlett hubiera oído con gusto cualquier palabra de Rhett, aunque fuera injuriosa o insultante. Pero él no hablaba.

Sin embargo, aunque él callase, Scarlett agradecía al cielo el consuelo de su presencia. Era tranquilizador llevar un hombre a su lado, poder estrecharse a él y sentir el contacto de su duro brazo, sabiendo que él se interponía entre ella y los mil inconcretos terrores que la rodeaban, aunque se limitara a ir sentado y silencioso, mirando fijamente ante sí.

—¡Oh, Rhett! —murmuró, apretando su brazo—. ¿Qué hubiéramos hecho sin usted? ¡Cuánto me alegro de que no haya estado en el Ejército!

El volvió la cabeza y la miró de un modo que la hizo soltarle el brazo y echarse hacia atrás. Ahora en aquellos ojos no había burla. Miraban sin doblez, con una expresión semejante al disgusto y la estupefacción. Adelantó el labio inferior y volvió nuevamente la cabeza. Marcharon largo tiempo en un silencio sólo interrumpido por los débiles llantos del pequeño y por las quejas de Príssy. Cuando se sintió incapaz de soportar más tiempo aquel sonido, Scarlett se volvió y pellizcó a la negra fuertemente, haciéndola prorrumpir en un alarido desaforado antes de caer en una aterrada mudez.

Rhett hizo doblar al caballo en ángulo recto y al rato se hallaron en una carretera ancha y lisa. Las oscuras formas de las casas se distanciaban más cada vez, y el bosque se extendía como un muro a los lados del camino.

—Ya estamos fuera de la ciudad —dijo Rhett, conciso, aflojando las riendas— y en el camino principal que lleva a Rough and Ready.

—¡Apresúrese! ¡No se detenga!

—¡Dejemos respirar un poco al animal! —Y luego, volviéndose, a ella, preguntó en voz baja—: ¿Sigue usted resuelta a esa locura, Scarlett?

—¿A qué locura?

—A intentar llegar a Tara. Es un suicidio. La caballería de Steve Lee y el ejército yanqui están entre usted y Tara.

¡Dios! ¿Iría él a negarse a llevarla a Tara después de todo lo sufrido aquel terrible día?

—¡Sí, sí! ¡Apresúrese, Rhett! El caballo no está fatigado.

—Espere, espere un momento. No se puede ir a Jonesboro por este camino. Tampoco por la línea del ferrocarril. Se ha estado combatiendo todo el día arriba y abajo de Rough and Ready. ¿Conoce usted otra carretera, camino o sendero que salga de Rough and Ready o de Jonesboro?

—¡Sí! —exclamó Scarlett, aliviada—. Si podemos llegar hasta Rough and Ready, conozco desde allí un camino de coches que arranca de la carretera de Jonesboro y recprre varios kilómetros entre los campos. Papá y yo solíamos utilizarlo. Desemboca muy cerca de la finca de los Macintosh, que está sólo a kilómetro y medio de Tara.

—Bien. Entonces acaso pueda usted pasar sin novedad Rough and Ready. El general Steve Lee ha estado todo el día cubriendo la retirada. Tal vez los yanquis no estén allí aún. Quizá pueda usted llegar si los soldados de Lee no le quitan el caballo. —¿Llegar... yo?

—Sí, usted —dijo Rhett, con voz áspera. —Pero, Rhett... ¿No nos lleva... usted? —No. Yo los dejo aquí.

Ella dirigió en torno una mirada enloquecida. Vio el cielo lívido que se elevaba sobre ellos, los negros árboles que los encerraban, por ambos lados, como entre los muros de una prisión, las asustadas figuras que iban en el asiento trasero... y al fin le miró a él. ¿Se habría vuelto loca? ¿Habría oído mal?

Rhett sonreía. Ella podía ver sus blancos dientes brillando a la débil luz y en sus ojos la antigua expresión burlona. —¿Que nos deja? Y ¿adonde se va? —Me voy, hija mía, a unirme al Ejército.

Ella suspiró, con irritación y alivio. ¿Por qué elegiría Rhett semejante momento para bromear? ¡Al Ejército! ¡Después de cuanto había dicho sobre los necios que se lanzaban a perder la vida arrastrados por el son del tambor y las buenas palabras de los oradores, sobre aquellos necios que corrían a la muerte mientras los hombres sensatos podían ganar dinero!

—¡Lo estrangularía por el susto que me ha dado! ¡Ande, vamos! —No bromeo, querida. Y siento que no acoja usted con alborozo mi heroico sacrificio. ¿Qué ha sido de su patriotismo, de su amor a nuestra Gloriosa Causa? En este momento, lo oportuno sería decirme que debo volver con mi escudo o encima de él. Pero démonos prisa, porque necesito tiempo para dirigirle un elocuente discurso antes de irme a la guerra.

La voz melosa sonaba irónica en sus oídos. Se burlaba de ella y, además, se burlaba de sí mismo. ¡Hablaba de patriotismo, de escudos, de discursos elocuentes! No era posible que pensase hacer lo que decía. Era imposible que hablase con tanta naturalidad de abandonarla allí, en aquel camino oscuro, con una mujer que acaso estuviera moribunda, con un recién nacido, una estúpida muchacha negra y un niño asustado, dejándola marchar a lo largo de kilómetros y kilómetros de campos de batalla, con rezagados y yanquis y fuego, y Dios sabía qué más.

Una vez, a los seis años, Scarlett se había caído de un árbol, desplomándose sobre el estómago. Recordaba muy bien el terrible intervalo que pasó antes de que su cuerpo recobrase la respiración. Ahora, mientras miraba a Rhett, se sintió, como entonces, anonadada, sin aliento, con una espantosa náusea.

—¡Bromea usted, Rhett!

Asió su brazo. Sintió caer en su muñeca las lágrimas que el terror arrancaba a sus ojos. Rhett tomó la mano de Scarlett y la besó jovial.

—Egoísta hasta el fin, ¿eh, querida? Pensando sólo en salvar su piel y no en la heroica Confederación. ¡Pero figúrese cómo se elevará la moral de nuestras tropas al verme aparecer entre ellas a última hora! —Y su voz sonaba con maliciosa ternura.

—¡Rhett! —suplicó ella—. ¿Cómo puede hacer esto conmigo? ¿Por qué me abandona?

—¿Por qué? —rió él, siempre jovial—. Acaso por ese fondo de sentimentalismo que anida en el alma de todos nosotros, los meridionales. Acaso..., acaso porque me siento avergonzado... ¿Quién sabe?

—¿Avergonzado? ¡Dejarnos aquí solas y desamparadas, eso sí que debería hacerle morir de vergüenza...!

—¡Querida Scarlett! No está usted desamparada. Una persona tan egoísta y resuelta como usted no está desamparada nunca. Si llega a hallarse entre los yanquis, ellos serán quienes necesiten ayuda contra usted.

Saltó repentinamente del coche y ante la mirada atónita de ella, dio la vuelta al vehículo y se acercó a su lado.

—Apéese —ordenó.

Scarlett lo miró. El la cogió por debajo de los brazos resueltamente y la puso en tierra, a su lado. Asiéndola con fuerza, la hizo apartarse varios pasos del coche. El polvo y los pedruscos llenaron las zapatillas de Scarlett, lastimando sus pies. La oscuridad, quieta y cálida, la envolvía como en un sueño.

—No le pido que me comprenda ni me perdone. Me tiene sin cuidado, puesto que yo mismo no me perdonaré nunca esta estupidez. Me indigno contra mí mismo al pensar que aún resta tanto quijotismo en mí. Pero nuestro hermoso Sur necesita de todos sus hombres. ¿No dijo lo mismo nuestro valiente gobernador Brown? Sea como fuere, me voy a la guerra.

Y rompió a reír, con una risa fresca y sonora que despertó los ecos de los oscuros bosques.

—«No pude amarte, querida, más de cuanto amé al honor.» Linda frase, ¿verdad? Seguramente bastante mejor que cuanto pudiera ocurrírseme a mí en estos momentos. Porque yo la amo, Scarlett, a pesar de todo lo que le dije en la terraza aquella noche, el mes pasado.

Su acento era acariciador, y sus manos, cálidas y fuertes, se deslizaban por los desnudos brazos de Scarlett.

—La amo, Scarlett, porque ambos nos parecemos mucho. Somos,, querida, unos renegados y unos picaros egoístas. A ninguno de ambos nos importa un comino que el mundo entero se vaya al diablo, siempre que nosotros quedemos salvos y cómodos.

Ella oía su voz en la oscuridad, pero sin comprender bien el sentido de lo que decía. Su mente procuraba esforzarse en admitir la dura verdad de que él iba a dejarla allí, sola, cerca de los yanquis. Pensó: «Me deja, me deja»; pero no se sintió trastornada.

Entonces los brazos de él rodearon sus hombros y su cintura y ella sintió el contacto de sus músculos robustos y la presión de los botones de la chaqueta de Rhett contra su pecho. Una cálida oleada de sentimiento, miedo y estupor descendió sobre ella, abstrayendo su mente del lugar, la ocasión y las circunstancias. Sintióse débil como una muñeca rota. ¡Y eran tan agradables los brazos de Rhett!

—¿No ha rectificado usted a propósito de lo que le dije el mes pasado? No hay nada como el peligro y la muerte para prestar a estas cosas un estímulo más. Sea patriota, Scarlett, y piense que puede hacer que un soldado vaya a la muerte colmado de dulces memorias.

Su bigote cosquilleaba la boca de Scarlett mientras la besaba lentamente, como si sus labios cálidos tuviesen toda la noche para acariciarla. Charles no la había besado nunca así. Tampoco los besos de los Tarleton ni los Calvert le habían producido esta sensación de calor y de frío, estos temblores de ahora... Rhett inclinó hacia atrás el busto de Scarlett y sus labios descendieron hasta la garganta y luego hasta donde un broche cerraba su corpino. —¡Querida! —murmuró—. ¡Querida!

Scarlett distinguió en la oscuridad la silueta del coche y oyó la voz temblorosa de Wade.

—¡Mamá! ¡Wade tiene miedo!

La fría razón volvió bruscamente a su mente vacilante y oscurecida y recordó lo que había olvidado por un momento: que estaba asustada, que Rhett la iba a abandonar. Sí: aquel maldito desvergonzado la abandonaba. Y, para colmo, tenía la impudicia de hacerla apartarse a un lado del camino e injuriarla con sus infames proposiciones. La rabia y el odio la inundaron. Con un fuerte tirón se desprendió de sus brazos. —¡Desvergonzado! —gritó. Y trató de recordar los más groseros insultos que Gerald dirigía a Lincoln, a los Macintosh y a los mulos tercos, pero las palabras oportunas no acudían a su cerebro—. ¡Abyecto, cobarde, canalla!

Y como no lograba hallar otras palabras más insultantes, alzó la mano y le abofeteó con todas sus fuerzas. Él retrocedió un paso y se llevó la mano a la cara.

—¡Ah! —exclamó quedamente.

Por un momento permanecieron mirándose en la oscuridad. Scarlett oyó la pesada respiración de Rhett y la suya propia, jadeante como después de una carrera.

—¡La gente tiene razón, mucha razón! ¡No es usted un caballero!

—¡Qué inoportuna es usted, querida! —repuso él.

Scarlett comprendió que se reía, y tal idea la enfureció más.

—¡Vayase! ¡Vayase ahora mismo! ¡Márchese en el acto! Y no quiero volver a verle nunca más. ¡Ojalá lo alcance una bala de cañón y le vuele en mil pedazos! Yo...

—No hace falta que siga. Imagino lo que pretende decirme. Cuando yo haya, muerto en aras de la patria, espero que le remuerda su conciencia.

Scarlett le oyó reír mientras él se daba la vuelta y se dirigía al coche. Cuando volvió a oír su voz, era cortés y respetuosa, como siempre que se dirigía a Melanie.

—Señora Wilkes...

La asustada voz de Prissy contestó desde el coche:

—¡Dios mío, capitán Butler! La señorita Melanie se ha caído atrás en el asiento y se ha desmayado.

—¿No está muerta? ¿Respira?

—Sí, señor. Respira.

—Mejor así. Si estuviera consciente, dudo de que sobreviviera a tanta congoja. Cuídala, Prissy. Toma este dinero para ti y procura no ser más tonta de lo que ya eres.

—Sí, señor. Gracias.

—Adiós, Scarlett.

Ella se dio cuenta de que Rhett se volvía y la miraba, pero permaneció silenciosa. El odio le impedía proferir una palabra. Oyó sus pasos sobre los guijarros del camino y vio por un momento sus anchos hombros destacados en la oscuridad. Luego desapareció. Oyó aún sus pisadas durante un rato y después se desvanecieron en las tinieblas. Volvió lentamente al coche, con las piernas temblorosas.

¿Por qué se había ido, por qué desaparecía en las sombras, camino de la guerra, por servir a una causa perdida, en un mundo desquiciado? ¿Por qué hacía aquello Rhett, el Rhett que amaba el placer, las mujeres y los licores, las buenas comidas y los blancos lechos, las ropas de fino hilo y los buenos zapatos, el hombre que detestaba al Sur y ridiculizaba a los necios que se batían por él? Y he aquí que ahora sus botas de charol le conducían hacia un áspero camino en el que el hombre corría con incansable paso y en el que la fatiga, las heridas y la angustia pululaban como lobos aullantes... Y al fin de aquel camino estaba la muerte. Rhett no necesitaba haberlo seguido. Era rico, vivía bien, estaba seguro. Pero se había ido, dejándola sola en una noche negra como la misma ceguera, con el ejército yanqui entre ella y su casa. Recordó todos los insultos que hubiera querido dirigirle, pero ya era tarde. Apoyó la cabeza en el inclinado cuello del caballo y rompió a llorar.