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Cuando Scarlett pudo salir de nuevo, hizo a Lou oprimirla en su corsé, con tal fuerza que las cintas estallaban. Después se pasó una medida de cinta alrededor de la cintura.

—Veinte pulgadas —gruñó—; eso es lo que los niños hacen a la figura.

Tenía la cintura tan ancha como tía Pittypat, tan ancha como Mamita.

—Apriétalas más, Lou. A ver si puedes reducírmela a ocho pulgadas y media, o no podré ponerme ninguno de mis trajes.

—Rompería los cordones, señorita Scarlett —dijo Lou—. Se le ha ensanchado la cintura y no se puede remediar.

«Sí que se puede remediar —pensó Scarlett, mientras descosía furiosa los costados del traje para sacarle unas pulgadas—; nunca más tendré otro hijo.»

Desde luego, Bonnie era muy linda y un orgullo para Rhett y para ella, y Rhett la adoraba. Pero no volvería a tener otro niño. Cómo se arreglaría para conseguirlo, eso no lo sabía. Porque no podía manejar a Rhett como había manejado a Frank. Rhett no le tenía miedo. Iba a ser difícil con Rhett, que tan entusiasmado estaba con la niña, y que seguramente, aunque él dijese que si tuviese un hijo lo ahogaría, querría tener uno al año siguiente. ¡Pues no tendría ni niño ni niña! ¡Ya era bastante para una mujer tener tres hijos!

Cuando hubo hilvanado las deshechas costuras, Lou las cosió; peinó y vistió a Scarlett, llamó un coche y su ama salió en él para el almacén de maderas. Por el camino se fue animando y olvidó por completo la perdida línea, porque iba a ver a Ashley, a examinar los libros con él. Y, si tenía un poco de suerte, lo vería a solas. No lo había visto desde bastante antes del nacimiento de Bonnie, pues no había querido hacerlo cuando su embarazo era muy visible; así que había echado mucho de menos el contacto diario con él y también la actividad de su negocio de maderas mientras estaba enclaustrada. Desde luego, ahora Scarlett no necesitaba trabajar. Podría vender muy fácilmente las serrerías y emplear el dinero en valores para Wade y Ella. Pero tal cosa significaría ver a Ashley muy rara vez y eso siempre en sociedad y rodeados de multitud de gente. Y el trabajar al lado de Ashley era su mayor placer.

Cuando llegó al almacén examinó con interés las grandes pilas de madera y el gran número de clientes que se agolpaban entre ellas hablando con Hugh Elsing. Y había seis troncos de mulas, y varios vagones que los negros estaban cargando. «¡Seis troncos! —pensó con orgullo—. ¡Y todo esto lo he hecho yo sola!» Ashley salió a la puerta del pequeño despacho, con los ojos iluminados por la alegría de volver a verla, le dio la mano para ayudarla a bajar del coche y la condujo al despachito como si fuera una reina.

Pero parte de su alegría se desvaneció al indinarse sobre los libros de su serrería y compararlos con los de Johnnie Gallegher. Ashley casi no había hecho más que gastos y Johnnie tenía a su favor una respetable suma. Se abstuvo de hacer comentarios mientras contemplaba las dos páginas. Ashley leyó en su rostro.

—Lo siento muchísimo, Scarlett. Lo único que quisiera decirte es que me gustaría que me dejases contratar a negros libres en lugar de emplear penados. Creo que me arreglaría mejor.

—¡Negros! ¡Pero su jornal nos arruinaría! Los penados son desecho barato. Si Johnnie consigue todo esto con ellos...

Los ojos de Ashley miraron por encima de su hombro algo que ella no podía distinguir, y la alegría desapareció en su rostro.

—Yo no puedo manejar a los presidiarios como hace Johnnie; yo no sé conducir hombres.

—¡Por los clavos de Cristo! Johnnie es una maravilla para eso. Pero tú, Ashley tienes un corazón tan blando... Debías hacerlos trabajar a la fuerza. Johnnie me ha contado que cada vez que uno de ésos quiere dejar el trabajo te dice que está enfermo y tú le das un día de permiso. ¡Santo Dios, Ashley, ése no es modo de hacer dinero! Un par de latigazos cura cualquier enfermedad...

—¡Scarlett, Scarlett, no sigas; no puedo soportar oírte hablar de esa nanera! —exclamó Ashley, mirándola tan duramente, que la dejó sin habla—. ¿No comprendes que son hombres, algunos de ellos enfermos, destrozados, miserables, y...? ¡Oh, querida, no puedo soportar ver cómo te ha hecho cambiar a ti, que antes eras tan suave...!

—¿Quién crees que me ha cambiado?

—Voy a decírtelo y no tengo ningún derecho. Pero voy a decírtelo. Tu... Rhett Butler. Todo lo que él toca lo emponzoña. Y te ha cogido a ti, que eras tan dulce, tan generosa, tan buena, a pesar de todo tu atolondramiento, y ha hecho de ti esto... Endurecerte, embrutecerte con su contacto.

—¡Oh! —murmuró Scarlett, luchando con la culpable alegría de ver que Ashley la quería tan profundamente que aún podía creerla dulce y buena. Gracias a Dios, echaba a Rhett la culpa por su manera de ganar dinero. Desde luego, Rhett no tenía nada que ver con eso y la culpa era toda de ella, pero, después de todo, que le achacasen otro delito poco daño podía hacerle.

—Si fuera cualquier otro hombre no me importaría tanto, pero ¡Rhett Butler! He visto lo que ha hecho de ti. Sin que te dieras cuenta, ha torcido tus sentimientos, encauzándolos por el mismo camino por donde van los suyos. ¡Oh, sí! Yo no debía decir esto; me salvó la vida y soy agradecido, pero ¡ojalá hubiera sido cualquier otro hombre y no él! No tengo derecho a hablarte así, pero...

—¡Oh, Ashley, sí tienes derecho; ningún otro hombre lo tiene!

—Te digo que no puedo aguantar el ver cómo tus delicadezas las ha cambiado él en brusquedades, el saber que tu belleza y tu encanto están entre las manos de un hombre que... ¡Cuando pienso que te toca, que...!

«Va a besarme —pensó Scarlett, como en éxtasis—. Y no habrá sido mía la culpa.» Se inclinó hacia él. Pero él se hizo atrás súbitamente, cual si se diese cuenta de que había dicho demasiado, que había expresado cosas que nunca tuvo intención de decir.

—Te pido mil perdones, Scarlett. He... he insinuado que tu marido no es un caballero, y mis propias palabras demuestran que yo, desde luego, no lo soy. Nadie tiene derecho a hablar a una esposa de su marido. No tengo ninguna excusa, excepto, excepto... —balbuceó, y su voz se convirtió en un susurro. Ella esperó conteniendo el aliento.

—No tengo excusa de ninguna clase.

Durante todo el camino de vuelta a su casa, la imaginación de Scarlett galopaba locamente. Absolutamente ninguna excusa... excepto que la amaba. Y la imagen de ella en los brazos de Rhett despertó en él una indignación que nunca hubiera creído posible. Bien; Scarlett podía comprenderlo. Si no fuese por la certidumbre de que sus relaciones con Melanie eran, necesariamente como de hermano y hermana, su propia vida hubiera sido un tormento. Y los abrazos de Rhett la embrutecían. Bien; si Ashley lo creía así, ella podía pasarse muy bien sin esos abrazos. Se imaginó lo dulce y romántico que sería para los dos el guardarse mutua fidelidad físicamente, aunque estuviese cada uno casado con otra persona. La idea se adueñó de su imaginación, y se complació en ella. Y, además, presentaba su lado práctico: eso significaría que ya no habría de tener más hijos.

Cuando llegó a casa y despidió el coche, algo de la excitación que la había poseído al lado de Ashley se desvaneció al enfrentarse con el proyecto de decirle a Rhett que deseaba alcobas separadas y todo lo que esto significaba. Sería difícil. Y, por otra parte, ¿cómo se arreglaría para decirle a Ashley que se había negado a su esposo en atención a sus deseos? ¿Para qué podía servir un sacrificio si nadie se enteraba de él? ¡Qué carga eran el pudor y la delicadeza! ¡Si pudiese hablarle a Ashley con la misma franqueza con que lo hacía a Rhett! Bien; no importaba. Ya se arreglaría para darle a entender la verdad a Ashley.

Subió y, abriendo la puerta del cuarto de los niños, encontró a Rhett sentado al lado de la camita de Bonnie, con ella en brazos y enseñándole a Wade el contenido de sus bolsillos. ¡Qué suerte que a Rhett le gustasen los niños y se entendiese tan bien con ellos! ¡Algunos padrastros son tan desagradables para los hijos de otros matrimonios...!

—Quiero hablarte —dijo bruscamente al entrar en su habitación.

Valía más provocar una explicación cuando la decisión de no tener más hijos estaba firme en ella y cuando el amor de Ashley le daba fuerzas.

—Rhett —dijo sin preámbulos, cuando éste hubo cerrado tras sí la puerta de la alcoba—. He decidido no tener más hijos.

Si le sobresaltó la inesperada declaración, él no lo demostró en absoluto. Se sentó en una butaca muy cómodamente y se echó hacia atrás.

—Cariño, como ya te dije antes de que naciera Bonnie, me es igual que tengas un hijo o veinte.

¡Qué mal intencionado era cortando la cuestión tan en seco, como si el motivo por el que vienen los niños al mundo no tuviera nada que ver con su llegada!

—Me parece que tres son suficientes. No pretendo tener uno cada año.

—Parece un número bastante razonable.

—Sabes muy bien —se detuvo azorada y sus mejillas enrojecieron—. Sabes muy bien lo que quiero decir.

—Lo sé. Creo también que te darás cuenta de que puedo divorciarme de ti, si me niegas mis derechos maritales.

—¡Serías tan villano como para hacer semejante cosa! —gritó, indignada. Nada ocurría como ella lo tenía planeado—. Si tuvieras una chispa de caballerosidad, serías lo suficientemente... Mira: Ashley Wilkes y Melanie no pueden tener hijos y...

—¡Vaya con el caballerito Ashley! —dijo Rhett, mientras sus ojos brillaban extrañamente—. Por favor, continúa.

Scarlett, desorientada por sus réplicas, se sentía turbada y no sabía ya qué decir. Ahora comprendía lo loca que había sido su esperanza de arreglar amistosamente un asunto tan importante, sobre todo con un sucio egoísta como Rhett.

—Has estado en el almacén de madera esta tarde, ¿verdad?

—¿Qué tiene que ver una cosa con otra?

—¿Te gustan los perros, verdad, Scarlett? ¿Los prefieres en la perrera o en el pesebre?

La alusión resbaló sobre ella, que estaba en el colmo de la indignación y del despecho.

Él se levantó quedamente y, acercándose a su mujer, la cogió por la barbilla, obligándola a levantar la cabeza.

—¡Qué chiquilla eres! Has vivido con tres hombres y aún no has comprendido el carácter del hombre. Pareces creer que todos son como señoras viejas que han pasado ya la edad crítica.

Le pellizcó la barbilla juguetonamente y luego la soltó, se separó de ella y, levantando las cejas, la miró fríamente.

—Compréndeme bien, Scarlett; si tu lecho tuviera aún algún encanto para mí, ni cerrojos ni súplicas me podrían apartar de él. Y no me avergonzaría de nada de lo que hiciese, porque hice contigo un pacto, un pacto que yo he respetado y tú ahora estás violando. Puedes guardar tu casto lecho, querida mía.

—¿Pretendes darme a entender —gritó Scarlett, furiosa— que no te importa...?

—¿No te has cansado tú de mí? Pues los hombres se cansan más fácilmente que las mujeres. Guarda tu santidad, Scarlett. Me tiene sin cuidado. No importa. —Se encogió de hombros con una mueca—. Afortunadamente, el mundo está lleno de lechos y en casi todos los lechos hay alguna mujer.

—¿Quieres decir que serías capaz...?

—Desde luego, inocentita mía. Lo maravilloso es que haya esperado tanto tiempo. Nunca he considerado la fidelidad como una virtud.

—Cerraré mi puerta todas las noches.

—¿Para qué te vas a molestar? Si te desease, ningún cerrojo me impediría entrar.

Se volvió como si el asunto estuviera terminado y salió de la alcoba. Scarlett le oyó volver al cuarto de los niños, donde fue recibido con gritos de alegría. Se sentó bruscamente. Ya había conseguido lo que quería. Eso era lo que deseaban Ashley y ella. Pero no la hacía feliz. Su vanidad sufría, y estaba disgustada, mortificada de ver que Rhett lo había tomado con tanta tranquilidad, que no la quería, que la había puesto en el mismo nivel que a otras mujeres en otros lechos...

Le gustaría encontrar una forma delicada de hacerle saber a Ashley que ella y Rhett no eran ya en realidad marido y mujer. Pero ahora comprendía que era imposible. Era un enredo terrible y casi lamentaba haberse decidido a hablar. Echaría mucho de menos las largas conversaciones, tan divertidas, que mantenía con Rhett por las noches, mientras la chispa de su cigarro brillaba en la oscuridad. Echaría de menos el consuelo de sus brazos cuando se despertaba asustada soñando que estaba corriendo entre la niebla.

De repente se sintió muy desgraciada y, recostando la cabeza en el brazo de la butaca, rompió a llorar.