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La puerta principal estaba ligeramente entreabierta, y Scarlett entró sin aliento y se detuvo un instante bajo los irisados colgantes de la lámpara. A pesar de tanta iluminación, la casa estaba muy tranquila, no con la serena tranquilidad del sueño, sino con un silencio cansado y vigilante, que tenía algo de presagio. Scarlett vio, con una mirada, que Rhett no estaba en el salón ni en la biblioteca y su corazón se estremeció. ¿Y si no estuviera en casa? ¿Si estuviera con Bella? ¿O en cualquiera de los otros sitios en que pasaba las noches cuando no volvía a cenar? No había contado con eso.

Empezaba a subir las escaleras para ir en su busca, cuando vio que la puerta del comedor se hallaba cerrada. Su corazón se contrajo de vergüenza, a la vista de la puerta cerrada, recordando cuántas noches, en aquel último verano, él había estado allí solo, sentado, bebiendo, hasta emborracharse de tal modo, que tenía que venir Pork para llevarlo a la cama. Había sido suya la culpa, pero ahora cambiaría. ¡Todo iba a ser distinto de ahora en adelante!... «¡Pero, Dios mío, no dejes que esté demasiado embriagado esta noche! Si está demasiado embriagado, no me creerá y se reirá de mí, y eso me destrozará el corazón».

Quedamente abrió una rendija en la puerta del comedor y atisbo por ella. Rhett estaba sentado delante de la mesa, hundido en su silla, con una botella llena delante, de él, con el tapón puesto, los vasos limpios. ¡Gracias a Dios, no había bebido! Scarlett empujó la puerta, conteniéndose para no correr hacia él. Pero, cuando Rhett levantó la vista y la miró, algo en su mirada la paralizó en el umbral, y detuvo las palabras que iban a salir de sus labios.

La miraba imperturbable, con los ojos negros fatigados y sin brillo alguno. Aunque Scarlett traía el cabello deshecho y colgando sobre los hombros, y su pecho se levantaba agitadamente, y las faldas tenían salpicaduras de barro hasta las rodiEas, el rostro de Rhett no reflejó el menor asombro ni interrogación, ni sus labios hicieron la menor mueca de burla. Estaba hundido en la silla, con el traje arrugado y desaliñado. Todos sus rasgos proclamaban la ruina de una gran figura y el abotagamiento de un hermoso rostro. La bebida y la disipación habían hecho su obra en aquel perfil de medalla, y ahora no era ya la cabeza de un joven príncipe pagano en oro recién acuñado, sino la de un César de cobre, cansado, y decadente y gastado por el prolongado uso. Él la miró, tal como estaba allí, con la mano en el corazón; la miró tranquila, casi amistosamente, y esto la asustó.

—Ven y siéntate —dijo—. ¿Ha muerto?

Scarlett asintió con la cabeza y avanzó hacia él, vacilante, llena de inseguridad ante esta nueva expresión de su rostro. Sin levantarse, Rhett empujó una silla con el pie y Scarlett se dejó caer en ella. Hubiera querido que no hablase tan pronto de Melanie. No quería hablar de ella ahora, revivir la agonía de la última hora. Tenían todo el resto de la vida para hablar de Melanie. Y, en cambio, a ella le pareció, poseída ahora del deseo de gritarle: «¡Te quiero!», que no había más que aquella noche, aquella hora, para decirle a Rhett lo que bullía en su mente. Pero vio algo en el rostro de Rhett que la contuvo, y de repente sintió vergüenza de hablar de amor cuando el cuerpo de Melanie aún no había acabado de enfriarse.

—¡Dios le dé su eterno descanso! —dijo él, sombrío—. Era la única persona verdaderamente buena que he conocido.

—¡Oh, Rhett! —exclamó Scarlett llorando, pues sus palabras le hacían recordar con demasiada viveza todas las cosas buenas que Melanie había hecho por ella—. ¿Por qué no fuiste conmigo? Fue terrible... ¡y te he necesitado tanto!

—No hubiera podido soportarlo —dijo Rhett sencillamente, casi en un susurro.

Y permaneció un momento en silencio. Luego habló haciendo un esfuerzo, y dijo lentamente:

—Una verdadera gran señora.

Su sombría mirada miró más allá de ella. En sus ojos había la misma expresión que viera Scarlett la noche de la caída de Atlanta, cuando él le anunció que se marchaba con las tropas. La sorpresa de un hombre que ya no espera de sí mismo nada bueno y de repente se descubre lealtades y emociones insospechadas y se siente en ridículo ante el descubrimiento.

Su mirada melancólica se fijó por encima del hombro de Scarlett, como si pudiese ver a Melanie atravesar silenciosamente la habitación dirigiéndose hacia la puerta. En la mirada de despedida de sus ojos no había pena ni dolor; sólo sorpresa de sí mismo, sólo un conmovedor revivir de emociones muertas desde la infancia. Y dijo de nuevo:

—¡Una verdadera gran señora!

Scarlett se estremeció y la esperanza abandonó su corazón. Y también el suave calor, la luz que la había traído a casa como con alas en los pies. Comprendía a medias lo que pasaba en la mente de Rhett al decir adiós a la única persona del mundo a quien respetaba, y se desoló de nuevo, con una espantosa sensación de vacío que no era tan sólo personal. No podía comprender ni analizar por completo lo que él experimentaba, pero le parecía como si ella también hubiese oído el susurro de unas faldas sedosas que la rozaban en una última caricia. A través de los ojos de Rhett veía pasar no una mujer, sino un símbolo, la mujer suave, borrosa, pero firme como el acero, con quien el Sur había construido su hogar durante la guerra y a cuyos orgullosos y amantes brazos había vuelto en la derrota.

Los ojos de Rhett miraron a Scarlett y su voz cambió. Ahora era indiferente y fría.

—De modo que ha muerto... Una suerte para ti, ¿verdad?

—¡Oh! ¿Cómo puedes decir esas cosas? —gritó ella, dolorida, con los ojos llenos de lágrimas—. Bien sabes cuánto la quería yo.

—No, no puedo decir que lo supiese. ¡Completamente inesperado! Y te hace honor, considerando tu pasión por la gentuza, que al fin la apreciases.

—¿Cómo puedes hablar así? ¡Ya lo creo que la apreciaba! Tú no. Tú no la conocías como yo. No eras tú el que tenía por qué conocerla. .. Lo buena que era...

—¿De veras? Tal vez no.

—Pensaba en todo el mundo, excepto en sí misma... ¡Pero si sus últimas palabras se refirieron a ti!

Los ojos de Rhett relampaguearon. Se volvió hacia Scarlett.

—¿Qué dijo?

—¡Oh, no! ¡Ahora no, Rhett!

—Di meló.

Su voz era fría; la mano que le puso en la muñeca le hizo daño. Ella no quería decírselo. No era así como había pensado iniciar la conversación sobre su amor. Pero la mano de él era imperiosa.

—Dijo... Dijo... «Sé buena para el capitán Butler. ¡Te quiere tanto!»

Él la miró y soltó su muñeca. Bajó los párpados y su cara se tornó totalmente inexpresiva. De repente se levantó, se dirigió a la ventana, levantó las cortinas y miró hacia afuera con atención, como si hubiera algo más que ver que la niebla cegadora.

—¿Dijo algo más? —preguntó sin volver la cabeza.

—Me pidió que velase por el pequeño Beau, y yo le dije que lo haría como si se tratase de mi mismo hijo.

—¿Qué más?

—Dijo... Ashley... Me encargó que velara también por Ashley.

Él quedó unos momentos en silencio y luego rió quedamente.

—Es conveniente tener la autorización de la primera mujer, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir?

Rhett se volvió y, aun en su desconcierto, Scarlett se sorprendió al ver que no había burla en la expresión de su marido. Su rostro no reflejaba el menor interés; parecía el rostro de un hombre que está viendo representar el último acto de una comedia poco entretenida.

—Creo que estoy hablando bastante claro. Melanie ha muerto. Tú, desde luego, tienes toda la evidencia que puedas desear para divorciarte de mí y no te queda la buena fama suficiente para que un divorcio pueda perjudicarte. Y no tienes en absoluto ninguna religión; así que la Iglesia importa poco. De modo que... Ashley y los sueños se convierten en realidad con las bendiciones de Melanie. Sí, eso es.

—¿Divorciarme? —gritó ella—. ¡No, no!

Sin darse cuenta de lo que decía, se levantó de un salto y, corriendo hacia él, lo cogió del brazo.

—¡Oh, estás equivocado, terriblemente equivocado! Yo no me quiero divorciar... Yo...

Se detuvo porque no podía encontrar otras palabras.

Él la cogió por la barbilla, le volvió la cara hacia la luz y la miró intensamente a los ojos. Ella le devolvió la mirada con el corazón en los ojos, con los labios temblorosos al intentar hablar. Pero no podía reunir las palabras porque estaba procurando encontrar en el rostro de él alguna respuesta, algún destello de esperanza, de alegría. Seguramente ahora había comprendido. Pero lo único que encontró fue la mirada blanda e inexpresiva que la había defraudado tantas veces. Rhett le soltó la barbilla y, volviéndose, se dirigió de nuevo a su silla y se dejó caer en ella con el mentón hundido en el pecho y los ojos dirigidos a Scarlett con una mirada indiferente.

Scarlett lo siguió, entrelazando las manos, nerviosa, y permaneció de pie ante él.

—Estás equivocado —dijo por fin encontrando las palabras—. Rhett, hoy, cuando lo supe, volví a casa corriendo desolada todo el camino, para decirte... Vida mía, yo...

—Estás cansada —klijo él, sin dejar de mirarla—. Es mejor que te vayas a la cama.

—Pero tengo que decirte...

—Scarlett —repuso Rhett lentamente—, no deseo oír nada.

—Pero no sabes lo que voy a decir.

—Querida mía, está claramente escrito en tu cara. Alguien o algo te ha hecho comprender que no es digno que te cases con el viudo de la que ha sido tu mejor amiga. Y esto mismo ha hecho aparecer ante ti mis encantos a una luz nueva y atractiva —suspiró ligeramente—. Y no vale la pena hablar de eso.

Scarlett lo miró con asombro. Desde luego, siempre había leído en ella con suma facilidad. Antes, esto le molestaba; pero ahora, después del primer momento de asombro al comprobar su transparencia, su corazón se llenó de júbilo y alivio. Rhett sabía, Rhett comprendía, y ello simplificaba su labor. No había necesidad de hablar. Era natural que estuviera amargado por su prolongado abandono, era natural que desconfiase de su repentino cambio. Tendría que convencerlo a fuerza de cariño, de demostraciones de amor, y ¡qué agradable resultaría!

—Querido, voy a decírtelo todo —contestó, poniendo las manos en el brazo de su butaca e inclinándose hacia él—. ¡He estado tan equivocada, he sido tan loca!

—Scarlett, no sigas de ese modo. No te humilles ante mí. No puedo soportarlo. Déjanos alguna dignidad, deja algo a salvo de nuestro matrimonio. Evítanos esto último.

Scarlett se enderezó bruscamente. ¿Evítanos esto último? ¿Qué quería decir con «esto último»? ¿Último? ¡Eso era lo primero! ¡Su principio!

—Pero tengo que decirte —empezó rápidamente, como si temiera que le tapase la boca con la mano imponiéndole silencio—. ¡Oh, Rhett! ¡Te quiero tanto, amor mío! Debo de quererte desde hace muchos años, y he sido tan idiota que no lo he sabido. Rhett, tienes que creerme.

Rhett, en pie ante ella, la miró con una mirada que le atravesó el cerebro. Scarlett vio en sus ojos que la creía, pero vio también que aquello le interesaba muy poco. ¡Oh! ¿Iría a mostrarse ruin? ¿Iría a atormentarla? ¿Iría a pagarle con su misma moneda?

¡Oh, te creo! —dijo Rhett por fin—. Pero ¿qué hay de Ashley Wilkes?

—Ashley —contestó Scarlett, con un gesto de impaciencia—. Yo... yo creo que hace ya siglos que no me importa un ardite. Era... Bueno, era un traje que yo había hecho y se lo había colocado cuando yo era una chiquilla. Yo creo que nunca me habría preocupado por él si hubiera sabido cómo era en realidad. Es una criatura tan floja, de tan poco espíritu, a pesar de toda su charlatanería sobre la verdad y el honor y...

—No —dijo Rhett—. Si quieres verlo como realmente es, debes verlo rectamente. Es simplemente un caballero caído en un mundo al que no pertenece, procurando hacer algo bueno en él con las leyes del mundo al que él pertenecía.

—¡Oh, Rhett! No perdamos el tiempo hablando de él. ¿Qué nos importa Ashley ahora? ¿No te alegras de saber... Quiero decir, ahora que yo...

Al encontrarse sus ojos con los cansados de Rhett, Scarlett empezó a tartamudear, azorada, como una jovencita con su primer pretendiente. Si él la ayudase un poco... Si le tendiese los brazos para poder llorar agradecida en ellos y reclinar la cabeza contra su pecho... Con sus labios contra los de él podría decirle mucho más que con todos aquellos balbuceos. Pero al mirarlo se dio cuenta de que Rhett no lo hacía por venganza. Estaba impávido, como si nada de lo que ella había dicho tuviera la menor importancia. —¿Si me alegro? —dijo—. Habría yo dado gracias a Dios de rodillas por oír antes esto que me estás diciendo. Pero ahora no tiene importancia.

—¿No tiene importancia? ¿Qué estás diciendo? ¡Ya lo creo que tiene importancia! Rhett, a ti te importa, ¿verdad? Tiene que importarte. Melanie dijo que te importaba.

—Sí, y tenía razón, con arreglo a lo que ella supo. Pero, Scarlett, ¿no se te ha ocurrido nunca pensar que el amor más infinito puede disiparse?

Ella lo miró atónita, con la boca abierta.

—El mío se ha disipado —continuó Rhett—. Contra Ashley Wilkes y tu loca obstinación, que te hacía aferrarte como un perro a cualquier cosa que creías desear... Mi amor se disipó, te lo repito.

—Pero el amor no puede acabarse así.

—¿Y el tuyo por Ashley?

—Yo nunca amé realmente a Ashley.

—Pues entonces lo fingías muy bien... hasta esta noche, Scarlett. No te lo estoy echando en cara, acusándote, reprochándote. Ese tiempo pasó. Así, evítame tus disculpas y tus explicaciones. Si eres capaz de escucharme durante un minuto sin interrumpirme, puedo explicarte lo que quiero decir. Aunque Dios sabe que no veo la necesidad de las explicaciones. ¡La verdad está tan clara!

Scarlett se sentó. La cruda luz del gas caía sobre su rostro, pálido y asombrado. Miraba a los ojos que conocía tan bien y que tan poco conocía, escuchaba aquella voz tranquila pronunciando palabras que al principio no tenían ningún significado. Era la primera vez que le hablaba de aquel modo, como un ser humano a otro, como hablaban las demás personas: sin petulancias, burlas o enigmas.

—¿Se te ocurrió alguna vez pensar que yo te amaba todo lo que un hombre puede amar a una mujer? ¿Que te amaba desde muchos años antes de conseguirte? Durante la guerra me marché para intentar olvidarte, pero no pude y tuve que volver. Después de la guerra me arriesgué a ir a la prisión sencillamente por volver a verte. Te quería tanto, que creo que hubiera matado a Frank Kennedy si no se hubiera muerto oportunamente. Te quería, pero no podía dejártelo saber. ¡Eres tan cruel con los que te quieren, Scarlett! Coges su amor y lo sostienes sobre sus cabezas como un látigo.

De todo esto, sólo el hecho de que él la quería tenía algún significado para ella. Ante el débil eco de pasión que sonaba en la voz de Rhett, el placer y la alegría se apoderaron de ella. Scarlett sentada, sin respirar apenas, escuchando, esperando.

—Sabía que no me querías cuando me casé contigo. Sabía lo de Ashley. Pero estaba tan loco, que creí que conseguiría hacer que me quisieras. Ríete si te parece, pero deseaba cuidarte, mimarte, darte todo cuanto desearas. Deseaba casarme contigo y protegerte y concederte todo lo que pudiera hacerte feliz, lo mismo que hacía con Bonnie. ¡Habías tenido que luchar tanto, Scarlett! Nadie sabía mejor que yo todo lo que habías pasado, y deseaba que cesaras de luchar y me dejaras a mí luchar por ti. Quería que jugases como una niña, una niña valiente, asustada, terca. Creo que aún eres una niña. Nadie más que una niña podría ser tan tenaz y tan insensible.

Su voz era cansada y tranquila, pero había un no sé qué en ella que le hacía recordar algo. Había oído una voz como ésta en alguna otra crisis de su vida. ¿Dónde había sido? La voz de un hombre que se enfrentaba con el mundo, sin sentimiento, sin titubeos, sin esperanza.

Pero ¿cómo?... ¡Había sido Ashley, en la huerta de Tara, hablando de la vida y de sus trabajos, con un cansancio tranquilo que revelaba en su timbre más decisión que desesperada amargura! Entonces la voz de Ashley la había hecho estremecerse temerosa, oyendo cosas que no podía comprender; pero ahora la voz de Rhett hacía latir su corazón. Su voz, sus gestos más que sus palabras, la perturbaron, le hicieron comprender que su alegría de un momento antes había sido prematura. Algo iba mal, terriblemente mal. Lo que fuese, no podía saberlo; pero escuchaba desesperada, con los ojos clavados en el bronceado rostro de Rhett, esperando oír palabras que disiparasen sus temores.

—¡Era tan evidente que estábamos hechos el uno para el otro! Tan evidente que yo era el único hombre entre tus conocidos que podía amarte después de saber cómo eras realmente, dura y ávida y sin escrúpulos, pomo yo. Te quería y corría la suerte. Creí que Ashley se borraría de tu imaginación. Pero —Rhett se encogió de hombros— probé todo lo que se me ocurrió y nada hizo efecto. ¡Y te amaba tanto, Scarlett! Sólo con que me hubieses dejado, te habría querido tan dulce y tan tiernamente como nunca amó un hombre a una mujer. Pero no podía dejar que lo averiguases porque sabía que me creerías débil y tratarías de usar mi amor contra mí. Y siempre, siempre, Ashley estaba allí. Me volvía loco. No podía sentarme todas las noches frente a ti a la mesa sabiendo que hubieras querido que Ashley estuviera allí en mi sitio. Y no podía estrecharte en mis brazos por la noche y saber... Bueno, todo esto ya no tiene ninguna importancia. Ahora me pregunto por qué me dolía aquello tanto. Eso fue lo que me llevó a Bella. Hay un grosero placer en estar con una mujer que lo ama a uno con todo el corazón y que lo respeta por ser un caballero, aun cuando esa mujer sea una prostituta ignorante. Nunca has sido un sedante para mí, querida mía.

—¡Oh, Rhett! —empezó Scarlett, entristecida al oír el nombre de Bella. Pero él le impuso silencio y continuó:

—Y luego, aquella noche, cuando te subí en brazos, pensé, esperé..., esperé tanto, que tenía miedo de verte a la mañana siguiente, por temor a haberme equivocado y que no me quisieras. Tenía tanto miedo a que te rieras de mí, que salí y me embriagué. Y cuando volví me temblaban las piernas, y, si tú hubieras dado un solo paso a mi encuentro o me hubieras demostrado cariño de algún modo, creo que te hubiera besado los pies; pero no lo hiciste.

—¡Oh, Rhett! Yo ya te quería entonces, pero te mostrabas tan odioso... Yo ya te quería. Yo creo que..., sí, entonces debió ser la primera vez que me di cuenta de que te quería. Nunca volví a ser feliz pensando en Ashley después de aquello; pero te mostrabas tan odioso, que yo...

—Es verdad —dijo él—. Parece que hayamos estado jugando al escondite. Pero ahora ya no tiene importancia. Sólo te lo cuento para que no hagas cabalas sobre todo esto. Cuando estuviste enferma y yo tenía la culpa, yo no me separé de la puerta, esperando que me llamases. Pero no me llamaste. Comprendí lo loco que había sido y que todo había terminado.

Se detuvo y miró por encima de ella a lo lejos, lo mismo que Ashley solía hacer, viendo algo que ella no podía divisar. Ella sólo podía contemplar, en silencio, su rostro atormentado.

—Pero entonces estaba Bonnie, y comprendí que, al fin y al cabo, no se había acabado todo. Me gustaba pensar que Bonnie eras tú, hecha otra vez niña, antes de que la guerra y la miseria te hubiesen marcado. ¡Se parecía tanto a ti, tan voluntariosa, tan valiente, tan alegre y tan llena de ingenio! Y a ella podía mimarla y educarla mal, lo mismo que hubiera querido mimarte a ti. Pero no era como tú... Ella me quería. Podía recoger el amor que tú rechazabas y dárselo a ella, y esto era una bendición para mí... Cuando se marchó, se lo llevó todo.

De repente Scarlett sintió compasión de Rhett, una compasión tan grande que borraba su propio dolor y su temor de lo que aquellas palabras pudiesen significar. Era la primera vez en su vida que sentía compasión por alguien sin experimentar desprecio al mismo tiempo, porque era la primera vez que había estado próxima a comprender a otro ser humano. Y podía comprender, sí, su desolación, y su orgullo, tan obstinado como el de ella, que le había impelido confesar su amor, por miedo a una repulsa.

—¡Vida mía! —dijo acercándose a él con la esperanza de que él alargase los brazos y la sentase sobre sus rodillas—. Vida mía, lo siento mucho; pero yo te compensaré de todo. Podemos ser muy felices, ahora que sabemos la verdad, y ¡Rhett..., mírame, Rhett! Pueden venir otros hijos, no como Bonnie..., pero... —Gracias; no —dijo Rhett, como si rehusase un pedazo de pan—. No quiero exponer mi corazón por tercera vez.

—Rhett, no digas esas cosas. ¡Oh! ¿Qué podría yo decir para hacerte comprender? Ya te he dicho lo muchísimo que lo siento.

—Querida, eres tan chiquilla... Crees que con decir: «Lo siento», todos los errores y las heridas de años pasados pueden remediarse, borrarse de la imaginación todo el veneno de las viejas heridas... Toma mi pañuelo, Scarlett. Nunca, en ningún disgusto de tu vida, he visto que usaras pañuelo.

Scarlett cogió el pañuelo, se sonó y volvió a sentarse. Era evidente que Rhett no la iba a tomar en sus brazos. Empezaba a ser de toda evidencia que todo su discurso sobre el hecho de haberla querido no significaba nada. Era una historia de tiempos antiguos que Rhett consideraba como si no le hubiese ocurrido a él. Y esto era terrible. Rhett la miró casi amablemente, un tanto acusativo.

—¿Cuántos años tienes, querida? Nunca me lo has dicho.

—Veintiocho —contestó Scarlett, con voz apagada por el pañuelo.

—No son muchos. Eres muy joven para haber ganado todo el mundo y perdido tu alma, ¿verdad? No te asustes. No me refiero al fuego eterno que te espera por tu asunto con Ashley. Estoy hablando en sentido figurado. Siempre, desde que te conozco, has deseado dos cosas: a Ashley y ser lo suficientemente rica para mandar a todo el mundo a freír espárragos. Bueno, pues ya eres bastante rica, y le has dicho al mundo lo que has querido, y has conseguido a Ashley, si lo deseas. Pero todo eso no parece ser bastante todavía.

Scarlett estaba asustada, aunque no por temor al fuego del infierno. Estaba pensando: «Rhett es mi alma y lo estoy perdiendo. Y, si lo pierdo nada más me importa. No; ni amigos, ni dinero, ni nada. Si lo tuviese a él, ya no me importaría volver a ser pobre. Ya no me importaría volver a tener frío, ni siquiera hambre. Pero esto no puede significar... ¡Oh, no puede!».

Se secó los ojos y dijo, desesperada:

—Rhett, si alguna vez me has querido tanto, debe de quedar en tu alma algo para mí.

—De todo ello sólo encuentro que quedan dos cosas, y son las dos que tú más odias: compasión y un extraño sentimiento de benevolencia.

¡Compasión, benevolencia! «¡Oh, Dios mío!», pensó ella con desaliento. Cualquier cosa menos piedad y benevolencia. Siempre que había sentido esas dos emociones por alguien, iban mano a mano con el desprecio. Él la despreciaba también, por lo tanto. Cualquier cosa sería preferible a eso. Aun la cínica frialdad de los días de la guerra, la locura de embriaguez que se había apoderado de él la noche en que la había subido en brazos por las escaleras haciéndole daño con sus fuertes dedos, o las ásperas palabras que ahora comprendía habían encubierto un amargo amor. ¡Cualquier cosa antes que la indiferente benevolencia que se leía en su rostro!

—Entonces..., entonces, ¿quieres decir que yo lo he destrozado todo... que tú ya no me quieres nada en absoluto?

—Así es.

—Pero —repitió Scarlett tercamente, como una niña que cree que exponer su deseo es conseguirlo—, pero yo te quiero.

—Ésa es tu desgracia.

Scarlett lo miró rápidamente para comprobar si había ironía en sus palabras; mas no era así. Estaba simplemente exponiendo un hecho. Pero era un hecho que ella aún no podía admitir. Lo miró con ojos implorantes que ardían con obstinación desesperada, y la dura línea de la mandíbula que se marcó a través de su suave mejilla era la mandíbula de Gerald.

—No seas tonto, Rhett; yo puedo hacer...

Rhett levantó la mano con ademán de horror y sus cejas negras se elevaron formando los dos arcos sardónicos de antaño.

—No hagas ese gesto tan obstinado, Scarlett. Me asustas. Veo que estás haciendo la transferencia de tus tempestuosos amores de Áshley a mí, y temo por mi libertad y mi paz. No, Scarlett, no quiero ser perseguido como lo fue el infortunado Ashley. Además, me voy a marchar.

La mandíbula de Scarlett tembló hasta que consiguió encajar los dientes para afirmarla. ¡Marcharse! ¡No, todo menos eso! ¿Cómo iba a poder vivir sin él? Todos se habían alejado de ella, todos los que le importaban, excepto Rhett. Rhett no podía irse... Pero ¿cómo podría retenerlo? Era impotente contra su fría determinación y sus indiferentes palabras.

—Me voy a marchar. Pensaba decírtelo cuando volvieses de Marietta.

—¿Me abandonas?

—No te sientas esposa abandonada y dramática, Scarlett. No te va ese papel. ¿No quieres divorcio, ni siquiera separación? Bueno, entonces volveré lo bastante frecuentemente para evitar las murmuraciones.

—¡Condenadas murmuraciones! —gritó enfadada—. ¡Te quiero! Llévame contigo.

—No —respondió decidido.

Por un momento, Scarlett estuvo a punto de echarse a llorar como una chiquilla. Se hubiera tirado al suelo, maldecido, chillado y pataleado. Pero un resto de orgullo y de sentido común la hizo contenerse. Pensó: «Si lo hago, se limitará a mirarme, o se reirá de mí. No debo chillar, no debo suplicar, no debo hacer nada que me exponga a su desprecio. Debe respetarme aunque..., aunque no me quiera». Levantó la barbilla, y se esforzó por preguntar con tranquilidad.

—¿Adonde piensas ir?

Los ojos de Rhett brillaron al contestar:

—Tal vez a Inglaterra, o a París. Tal vez a Charleston, a intentar hacer las paces con mi gente.

—Pero si los odias. Te he oído muy a menudo reírte de ellos.

—Me sigo riendo —dijo él, encogiéndose de hombros—. Pero ya he llegado al final de mi vida aventurera, Scarlett. Tengo cuarenta y cinco años, la edad en que un hombre empieza a conceder algún valor a las cosas que en la juventud trató tan a la ligera. La unión de la familia, el honor, la tranquilidad, tienen raíces demasiado hondas. ¡Oh, no me estoy retractando, no me arrepiento de ninguno de mis actos! Me he dado la gran vida. Una vida tan excelente, que ahora empieza a perder sabor y necesito algo distinto. No, nunca he pensado en cambiar más que las manchas de la piel, pero quiero conseguir la apariencia exterior de la respetabilidad. La respetabilidad ajena, querida mía. La tranquila dignidad que puede tener la vida, vivida entre gentes distinguidas. Cuando viví esa vida, no aprecié su sereno encanto.

De nuevo Scarlett parecía encontrarse en la huerta de Tara. Había la misma mirada en los ojos de Rhett que había brillado entonces en los de Ashley. Las palabras de Ashley resonaban en sus oídos tan claramente como si no fuera Rhett el que estaba hablando. Recordaba fragmentos de frases: «Una simetría, una perfección de arte griego», repitió, como un papagayo.

Rhett exclamó:

—¿Por qué dices eso? Es precisamente lo que yo quería decir.

—Es algo que oí a Ashley hace mucho tiempo, en aquellos días.

Él se encogió de hombros y la luz desapareció de sus ojos.

—¡Siempre Ashley! —dijo. Y permaneció un momento en silencio—. Scarlett, cuando tengas cuarenta y cinco años, acaso comprenderás de qué estoy hablando, y entonces tal vez, también tú, estarás cansada de seres amanerados, modales fingidos y emociones baratas. Pero lo dudo. Yo creo que siempre te sentirás más atraída por el brillo que por el oro... Sin embargo, no puedo esperar tanto para cerciorarme... Y tampoco deseo esperar. No me interesa. Me voy a errar por viejas ciudades, y viejas regiones, donde tal vez quede algo de los viejos tiempos... Soy tan sentimental como todo eso. Atlanta es demasiado nueva para mí.

—Basta —dijo Scarlett de pronto.

Apenas había oído nada de lo que él había dicho. Desde luego no lo había entendido. Pero comprendió que no podría soportar por más tiempo con serenidad el sonido de su voz cuando ya no quedaba amor en él.

Rhett se detuvo y la miró asombrado.

—Comprendes lo que estaba diciendo, ¿verdad? —preguntó, poniéndose en pie.

Scarlett le tendió las manos con las palmas hacia arriba, con el ademán que desde las más remotas edades ha indicado súplica, y su corazón se reflejaba en su rostro.

—No —exclamó—. Lo único que sé es que no me quieres y que te marchas. ¡Oh, amor mío! Si tú te marchas, ¿qué va a ser de mí?

Por un momento, Rhett vaciló como si se preguntase si no sería mejor una mentira piadosa que la verdad desnuda. Luego se encogió de hombros.

—Scarlett, nunca he sido de esas personas que recogen los pedazos rotos, los pegan y luego se dicen a sí mismos que la cosa compuesta está tan bien como la nueva. Lo que está roto, roto está. Y prefiero recordarlo como fue, nuevo, a pegarlo y ver después las señales de la rotura durante toda mi vida. Acaso, si yo fuera más joven... —suspiró—. Pero soy demasiado viejo para creer en sentimentalismos, equivalentes a pasar una esponja y volver a empezar. Soy demasiado viejo para soportar la carga de mentiras corteses, que nacen de vivir en continua desilusión. No podría vivir contigo y mentirte, y mucho menos podría mentirme a mí mismo. Quisiera que me pudiese importar adonde vas o lo que quieres. Pero no puedo.

Lanzó un suspiro y dijo con suave indiferencia:

—Querida mía, no se me da un ardite.

Scarlett, muda, le oyó subir las escaleras, sintiendo que la iba a asfixiar aquel dolor que sentía en la garganta. Con el ruido de pasos, que moría en el vestíbulo, moría la última cosa por la que valía la pena vivir. Sabía que no había apelación. Que ninguna razón desviaría a aquel frío cerebro de su veredicto. Sabía que había pensado cada una de las palabras que había dicho, por muy a la ligera que algunas de ellas hubieran sido pronunciadas. Lo sabía porque sentía en él algo fuerte, implacable, todas las cualidades que en vano buscara en Ashley.

Jamás había comprendido a ninguno de los dos hombres a quienes había amado, y así los había perdido a los dos. Ahora tenía una vaga sensación de que, si hubiera comprendido a Ashley, nunca lo habría amado y de que si hubiera comprendido a Rhett nunca lo habría perdido. Pensó, desolada, que no había comprendido nunca a nadie en el mundo.

Sentía un piadoso embotamiento de la mente; un embotamiento que —lo sabía por larga experiencia— daría pronto paso a un dolor agudo, lo mismo que los destrozados tejidos divididos por el bisturí del cirujano atraviesan un instante de insensibilidad antes de que comience su tortura.

«No quiero pensar en esto ahora —se dijo, ceñuda, evocando su antiguo conjuro mágico—. Me volveré loca si pienso ahora en que lo pierdo. Pensaré en ello mañana.»

«Pero —gritaba su corazón, rechazando el conjuro y comenzando a dolerle— no puedo dejarle marchar. Tiene que haber algún medio para impedirlo.»

—No quiero pensar en esto ahora —repitió en voz alta, procurando encontrar un baluarte contra la marea ascendente del dolor—. Yo... En fin, yo mañana me iré a Tara. —Y se sintió aliviada.

Había ido otra vez a Tara medrosa y derrotada y había salido de entre sus acogedores muros fuerte y armada para la victoria. Lo que había conseguido una vez, sin saber cómo, lo conseguiría, Dios mediante, de nuevo. ¿De qué modo? No lo sabía. No quería discurrir sobre ello ahora. Lo único que quería era tener un espacio abierto en el cual respirar a su gusto, un lugar tranquilo para cicatrizar sus heridas, un refugio en el que trazar su plan de campaña. Pensó en Tara y sintió como si una mano tibia y suave acariciase su corazón. Creía ver la casa blanca dándole la bienvenida a través de las rojizas hojas otoñales; percibir la suave inquietud del crepúsculo posarse sobre ella como una bendición; advertir la caída del rocío sobre los campos de arbustos verdes, maculados de copos blanquecinos; ver el crudo color de la tierra roja y la sombría beüeza de los pinos oscuros en las lejanas colinas.

Se sintió vagamente reconfortada, y algunos de sus locos pesares, de sus heridas, quedaron desvanecidos. Permaneció un momento recordando pequeños detalles: la avenida de oscuros cedros que conducía a Tara, los macizos jazmines, el vivo verdor de las plantas sobre los muros blancos, las cortinillas blancas que revoloteaban en las ventanas. Y Mamita estaría allí. De repente anheló ver a Mamita con ansia, como anhelaba, cuando era una niña pequeñita, reclinar su cabeza en el robusto pecho, sentir la curtida y negra mano acariciando su cabello. Mamita: el último eslabón con los tiempos pasados...

Con el espíritu de su raza, que se niega a reconocer la derrota, aun cuando la mire fijamente, cara a cara, Scarlett levantó la cabeza. Atraería de nuevo a Rhett. Estaba convencida de que lo conseguiría. No había habido un solo hombre al que no hubiese subyugado cuando se lo había propuesto.

«Pensaré en todo esto mañana, en Tara. Allí me será más fácil soportarlo. Sí: mañana pensaré en el medio de convencer a Rhett. Después de todo, mañana será otro día.»

FIN

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