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Entre las múltiples fatalidades que pueden acompañar a la flor del deseo juvenil tal vez no se haya tomado en suficiente consideración la de optar ciegamente por la dedicación profesional a la pastelería. Cómo podría saber el hijo de un pequeño propietario rural británico, alimentado con tocino y bolitas de masa, que el estómago humano llega a saciarse alguna vez, incluso cuando se halla en un paraíso de frascos de cristal llenos de peladillas y confites de color de rosa, y que el tedio vital puede alcanzar grados extremos en los que los bollos de ciruela a discreción pierden todo atractivo. Y cómo va a prever, a la tierna edad en que un confitero le parece un auténtico príncipe al que todo, el mundo debe envidiar -que desayuna mostachones, come merengues, cena roscones y llena las horas intermedias con azúcar cande o caramelitos de menta-, el día en que tome triste conciencia y advierta que la profesión de pastelero carece de influencia social y no es la más propicia para una ambición pujante. Conocí a un hombre, el cual resultó tener talento metafísico, que en pleno optimismo juvenil había emprendido inconscientemente una carrera como profesor de baile, y podrá imaginar el lector el uso que de este error inicial hicieron sus adversarios, que se sintieron obligados a advertir a las gentes contra su doctrina de lo Inconcebible. No pudo el hombre dejar de dar clases de baile porque con ellas se ganaba el pan, y la metafísica no le habría dado ni para la sal de la hogaza. Exactamente lo mismo sucedió con David Faux y el negocio de la pastelería. Su tío, mayordomo de la gran casa cercana a Brigford, se encariñó con él desde la primera infancia y, precisamente con ocasión de una visita a su tío, bastó un día para que las confiterías de esa brillante ciudad estimularan la tierna imaginación del muchacho. David regresó a casa con la grata ilusión de que un pastelero tenía que ser, a un tiempo, el más feliz y el más destacado de los hombres, puesto que las cosas que hacía no sólo eran las más hermosas de contemplar sino las mejores para comer, y personajes como el mismo alcalde encargaban siempre grandes cantidades para su placer personal; así que, cuando su padre declaró que debía buscar oficio, David escogió profesión sin vacilar un momento y, con una impetuosidad producto de la golosinería, se entregó a la pastelería de manera irrevocable. Sin embargo, no tardó en perder la afición por lo dulce y se tornó indiferente; y mientras tanto fue conociendo cosas nuevas y su ambición tomó nuevas formas, que difícilmente podían colmarse en el ámbito que su juvenil ardor había escogido. Pero ¿qué podía hacer? Era un joven de gran actividad mental y, por encima de todo, dotado de ingenio; pero sus facultades no parecían destacar gran cosa en ningún otro medio que en el del azúcar cande, las conservas y la repostería. Dígase lo que se quiera sobre la identidad del proceso de razonamiento en todas las ramas del pensamiento, o sobre las ventajas de abordar sin prejuicios el equilibrio entre mantequilla y harina, así como del calor que debe aplicarse a la repostería: lo cierto es que no es ésa la mejor manera de prepararse para el puesto de primer ministro; además, dada la imperfecta organización de la sociedad actual, existen las barreras sociales. David podía inventar pastelillos deliciosos y tenía una amplia visión de la cuestión azucarera; pero en otros sentidos cargaba, sin duda, con el lastre de la falta de conocimientos y de capacidad práctica, y el mundo está organizado de manera tan inconveniente que la vaga conciencia de ser un individuo magnífico no es garantía de éxito en ninguna empresa.

Esta dificultad se imponía con cierta insistencia sobre David Faux, incluso cuando todavía era aprendiz. Su alma se henchía de la impaciente sensación de que debía llegar a ser alguien importante; de que, en su caso, se descartaba por completo la posibilidad de tener que aceptar un destino mezquino, tal como hacían otros hombres: desdeñaba la idea de resignarse a seguir en la media. Estaba convencido de que nada en él lo aproximaba al tipo medio: incluso una persona como la señora Tibbits, la lavandera, se daba cuenta, y probablemente prefería su ropa a la de los demás. En aquella época, se dedicaba a pesar galletitas de jengibre; pero aquella anomalía no podía continuar. Ninguna situación que no fuera agradable en grado sumo para la carne y halagadora para el espíritu podía ser buena para David Faux. Si le hubiera tocado en suerte vivir tiempos como los actuales y hubiera gozado de las ventajas de un Instituto de Mecánica , sin duda habría elegido la literatura y se habría dedicado a escribir reseñas; pero no había recibido una educación humanista. Había leído algunas novelas de la biblioteca de préstamo cercana, e incluso había comprado la historia de Inkle y Yarico que le había hecho sentir mucha pena por el pobre señor Inkle; de manera que sus ideas tal vez no se desdijeran de una vocación literaria; pero su ortografía y su dicción eran excesivamente poco convencionales.

Cuando un hombre no es apreciado adecuadamente en su país o no se encuentra cómodo en él, sus pensamientos tienden a buscar, de manera natural, climas extranjeros; y la imaginación de David no cesaba de girar en torno a los confines de sus conocimientos geográficos, buscando un país en el que un joven caballero de tez pálida, boca sin labios y cabello corto y grueso pudiera ser recibido con el hospitalario entusiasmo que tenía derecho a esperar. Dado que tenía la idea de que América era un continente con mayoría de población negra, le pareció el destino más propicio para un inmigrante que, para empezar, poseía el notorio y fácilmente reconocible mérito de la blancura; y esta idea fue tomando posesión de él con tanta fuerza que Satán aprovechó la oportunidad para sugerirle que podría emigrar en circunstancias más cómodas si se hacía con un poco de dinero de la caja de su patrón. Pero este espíritu maligno, cuyo entendimiento ha sido, a mi entender, sobreestimado en muchas ocasiones, en ésta le hizo perder el tiempo. Sin duda, a David le habría gustado tener algún dinero de su amo en el bolsillo, si hubiera estado seguro de que el amo sería el único en sufrir las consecuencias; pero era un joven prudente y estaba decidido a no correr riesgos por cuenta propia. De manera que siguió en su puesto durante todo el aprendizaje sin incurrir en ninguna falta de honradez que pudiera ser descubierta, y postergó el plan de emigrar a una ocasión futura. Y las circunstancias en las que lo llevó acabo fueron las siguientes. Tras pasar en casa un par de semanas compartiendo el pan familiar, empleó el tiempo libre en evaluar un hecho que, para él, era de extrema importancia: a saber, que su madre tenía una pequeña cantidad de guineas ahorradas con esfuerzo, producto de las ganancias extraordinarias recibidas cuando era doncella, y que las guardaba en el rincón de un cajón, donde su ajuar infantil llevaba veinte años, desde que su hijo David empezara a andar, con una vaga promesa de llegar a ser patizambo que no se había cumplido por entero. Faux padre había dicho a su hijo con franqueza que no esperara de él que lo introdujera en el mundo de los negocios: dado que tenía siete hijos y uno de ellos era un idiota muy sano y bien desarrollado que consumía a diario masas de unas ocho pulgadas de diámetro, mucho sería si a su muerte heredaban cien por cabeza. En esas circunstancias, ¿qué podía hacer David? Sin duda, era una situación difícil la de verse obligado a coger el dinero de su madre; pero no veía otra manera de conseguirlo, y no era razonable esperar que un joven con sus méritos tuviera que afrontar dificultades que podían soslayarse. Además, tomar algo que pertenece a tu madre no es robo: ella no te denunciará. Y David se portaba muy bien con su madre; la consolaba hablando bien de sí mismo, asegurándole que nunca caería en los vicios que veía en otros jóvenes de su edad y declarando que era especialmente partidario de la honradez. Si su madre le hubiera dado veinte guineas como premio a su noble carácter, seguro que no se las habría robado y la situación habría sido mucho más agradable para él. Sin embargo, para una cabeza activa como la de David, la astucia no carecía de encanto: era una ocupación francamente interesante la de familiarizarse furtivamente con las muescas de la sencilla llave de su madre (en nada parecida a las de la patente Chubb) y hacerse con otra que realizara la misma función; y, al mismo tiempo, idear una pequeña argucia dramática a fin de escapar a toda sospecha y no poner en peligro el centenar que podría llegar a cobrar a la muerte de su padre, y que le sería bien útil en el improbable caso de que no amasara una gran fortuna en las Indias.

En primer lugar, habló abiertamente de su intención de partir en breve hacia Liverpool y embarcarse allí rumbo a América; tal decisión causó en su madre cierto dolor ya que, después de Jacob el idiota, por ningún otro hijo tenía su corazón mayor apego que por el más joven, David. En segundo lugar, le pareció que el domingo por la tarde, cuando todos estuvieran en la iglesia, a excepción de Jacob y el vaquero, se presentaría una oportunidad tan favorable para los hijos que quisieran apoderarse de las guineas de su madre que casi parecía que la misma Providencia lo hubiera previsto con tal fin. En especial, el tercer domingo de Cuaresma, porque Jacob había estado ausente al menos dos días en una de sus ocasionales correrías; y David, que era un joven tímido, sentía un temor y un odio considerables hacia Jacob, hombre corpulento que vagaba habitualmente con una horca en la mano.

Así pues, nada podía ser más fácil para David aquel domingo por la tarde que anunciar que no iba a la iglesia porque debía tomar el té en casa del señor Lunn, cuya bonita hija, Sally, era un antiguo amor suyo y, cuando los asistentes a la ceremonia religiosa se encontraran ya a distancia prudencial, sacar las guineas de la caja de madera y meterlas en una pequeña bolsa de lona; nada más fácil que comunicar al vaquero que salía y que vigilara la casa por temor a las posibles incursiones de los vagabundos domingueros. David pensó que también sería fácil llegarse a un bosquecillo y enterrar la bolsa en un hoyo cavado y previamente cubierto bajo las raíces de un viejo fresno hueco. Y, en efecto, encontró el agujero sin un momento de duda, lo descubrió y, cuando estaba a punto de dejar caer en él suavemente la bolsa, le sorprendió el rumor de un cuerpo grande que caminaba hacia él emitiendo algo parecido a un balido; de tal manera que, en tanto que caballero dotado de gran capacidad para el engaño, y por tanto sólo bien preparado para lo esperado, en lugar de arrojar la bolsa con suavidad, la soltó de modo tal que se volcó y ésta vomitó las brillantes guineas. En ese mismo instante levantó la vista y vio a su querido hermano Jacob cerca de él, con las brillantes y lisas puntas de la horca adelantándose una yarda a su propio cuerpo y un pie al de David. (Un docto amigo, al que en una ocasión narré esta historia, me señaló que era la conciencia de culpa de David lo que hacía formidables esas puntas, y que el mens nil conscia sibi impide a un bieldo causar terror. Esta idea me pareció tan valiosa que obtuve su permiso para utilizarla, siempre que suprimiera su nombre.) Sin embargo, David no perdió por completo la calma, porque en ese caso se habría desplomado en el suelo o habría dado un salto hacia atrás; en cambio, aguardó inmóvil y sonrió a Jacob, el cual movió la cabeza de arriba abajo y dijo:

-¡Zape, David! -de un modo penosamente equívoco.

El corazón de David latía audiblemente y, si hubiera tenido labios, éstos habrían palidecido; pero la actividad mental del joven, en lugar de paralizarse, se vio estimulada. Mientras rezaba para sí (siempre rezaba cuando estaba muy asustado) -«¡Sálvame esta vez y no volveré a ponerme en peligro!»-, metía la mano en el bolsillo para buscar una caja de caramelos amarillos que se había traído de Brigford, junto con otras exquisiteces de naturaleza igualmente transportable, como medio para congraciarse con una belleza orgullosa, en concreto, con la de la señorita Sarah Lunn. Al pobre Jacob nunca le habían ofrecido golosinas semejantes, porque David no era un joven que malgastara confites y caramelos para placer de personas de las que nada esperaba. Pero un idiota con intenciones equívocas y una horca en la mano bien merece tantos mimos y halagos como si fuera Luis Napoleón. Entonces David, con una celeridad adecuada a la ocasión, sacó la caja de caramelos amarillos, levantó la tapa e hizo una pantomima con la boca y los dedos destinada a indicar que estaba encantado de ver a su querido hermano Jacob y que aprovechaba la ocasión para ofrecerle un pequeño regalo que le resultaría especialmente agradable al paladar. Jacob no era un idiota profundo y, dentro de ciertos límites, sabía escoger el bien y rechazar el mal: cogió un caramelo, para probarlo, y lo chupo como si fuera un filosofo; después, en un estado de éxtasis ante su sabor nuevo y complejo, tan grande como el de Calibán ante el vino de Trínculo , soltó una risita, acaricio a su repentinamente caritativo hermano y le tendió la mano para que le diera más; porque, a pesar de los ataques de rabia, Jacob no era fiero ni innecesariamente rapaz. El valor de David fue regresando y dejo de rezar; echo una docena de caramelos en la palma de Jacob e intento mostrarse muy afectuoso. Se felicito de haber proyectado ir a ver a la señorita Sally Lunn aquella tarde y de que, como consecuencia, llevara consigo aquellas exquisiteces propiciatorias: sin duda, era un hombre con suerte; en realidad, era muy probable que la Providencia fuera más partidaria de él que de otros aprendices y, puesto que debía ser interrumpido, qué caramba, era preferible un idiota que cualquier otra clase de testigo. Por primera vez en su vida, David pensó en las ventajas de los idiotas.

En cuanto a Jacob, había tirado la horca al suelo y se había tendido al lado de ésta, totalmente abandonado al placer sin precedentes de tener cinco caramelos en la boca a la vez; parpadeaba y hacía ruidos de satisfacción gustativa. No había dado la menor señal de haber visto las guineas pero, al sentarse, había apoyado su gran mano derecha sobre ellas y, sin darse cuenta, la mantenía en esa posición, absorto en la sensación de su paladar. ¡Ojalá siguiera ocupado con los caramelos y no viera las guineas antes de que David pudiera taparlas! Aquélla era la mayor esperanza de David; porque Jacob conocía la existencia de las guineas de su madre; había formado parte de su común experiencia, cuando eran niños, que les permitieran contemplar aquellas hermosas monedas y agitar la caja que las contenía en días de fiesta y vacaciones, y, de las escasas experiencias de Jacob con el dinero, probablemente ésta era la más memorable.

-Mira, Jacob -dijo David con tono insinuante, tendiéndole la caja-. Te los daré todos. ¡Corre! ¡Date prisa! Que no venga alguien y se los quede.

David, que no había estudiado la psicología de los idiotas, no era consciente de que no es posible manipularlos con temores imaginarios. Jacob cogió la caja con la mano izquierda, pero no vio la necesidad de salir corriendo. ¿Acaso un joven dispuesto a sentar las bases de su fortuna apropiándose de las guineas de su madre podía ver su camino obstaculizado por una pesadilla como aquélla? Ya llegaría el momento en que Jacob moviera la mano derecha para levantar la tapa de la diminuta caja, y entonces David aprovecharía para barrer las guineas hacia el agujero con la mayor habilidad y rapidez, y después se sentaría encima. ¡Ah, no! De nada sirve tener intuición cuando tratas con un idiota: no se puede calcular así su conducta. La mano derecha de Jacob se entretenía cogiendo y lanzando cosas al azar; de repente, agarró las guineas como si fueran otros tantos guijarros y alzó la mano con un gesto que prometía esparcirlas sobre una lejana zarza, como si fueran semillas, cuando, por un impulso u otro -probablemente, debido a una sensación insólita-, la mano se detuvo, descendió hacia la rodilla y se abrió lentamente bajo la atenta mirada de los apagados ojos del idiota. David empezó a rezar otra vez pero desistió en cuanto se le ocurrió otra idea mejor.

-¡Madre! ¡Las ineas! -exclamó el inocente Jacob. Después, mirando a David, preguntó-: ¿La caja?

-¡Chitón! -dijo David, aplicando todo su ingenio para salir de aquel grave aprieto-. ¡Mira, Jacob! -Cogió la cajita de la mano de su hermano y la vació de caramelos; devolvió a Jacob una mitad, pero se guardó la otra. Después le tendió la caja vacía y dijo-: ¡Aquí tienes la caja, Jacob! ¡La caja de las guineas! -y, muy suavemente, fue introduciendo en ella las monedas que Jacob tenía en la mano.

Jacob no puso reparos a la operación; al contrario, las guineas tintineaban de modo tan agradable al caer que deseaba volver a oír su sonido y, cogiendo la caja, empezó a agitarla alegremente. David, aprovechando la oportunidad, depositó el resto de los caramelos en el suelo y los cubrió rápidamente de tierra.

-¡Mira, Jacob! -dijo finalmente. Jacob dejó de agitar las monedas y miró hacia el agujero, mientras David empezaba a escarbar en la tierra, como con la incierta esperanza de encontrar algo. Cuando los caramelos quedaron a la vista, los cogió de uno en uno y se los fue dando a Jacob.

-¡Chitón! -dijo en un sonoro susurro-. No se lo digas a nadie, todos para Jacob. Sssst. Pon las guineas en el agujero, ¡luego saldrán así! -Para completar la lección, cogió una moneda y, mientras la metía en el agujero, dijo-: Pones esto. -Después, sacando el último caramelo-: Sale esto -explicó, poniéndolo en la hospitalaria boca de Jacob.

Jacob volvió la cabeza hacia un lado, miró primero a su hermano y después el agujero, como un mono pensativo, y, finalmente, dejó la caja con las guineas en el hoyo con gran decisión. David se apresuró a añadir todas las demás que estaban desperdigadas, puso la tapa en la caja y la cubrió bien de tierra mientras decía en el tono más persuasivo posible:

-Mañana las sacas, Jacob; ¡todas para Jacob! ¡Chitón!

Jacob, para el que su hermano, que hasta aquel momento se había mostrado siempre indiferente, se había convertido súbitamente en una especie de dulce fetiche, acarició el mejor abrigo de David con dedos pringosos y lo abrazó mientras emitía la mezcla de risa y gorjeo con que acostumbraba a expresar las menores pasiones. Y, si hubiera querido dar un bocado a la mejilla de su caritativo hermano, David se habría visto obligado a soportarlo.

Y aquí debo detenerme para señalar al lector la cortedad de miras de la astucia humana. Este ingenioso joven, David Faux, creyó que su malicia había triunfado en el momento en que asoció, en la rudimentaria mente de su hermano, el sabor de los caramelos amarillos con su persona. Pero todavía tenía que aprender que es terrible ganarse el cariño de un idiota cuando no estás dispuesto a devolvérselo: especialmente, un idiota con una horca, sin duda un amigo difícil de quitarse de encima con malos modos.

Tal vez la de enterrar las guineas parezca una tosca argucia al lector, impropia de un joven inteligente. Pero, si todo hubiera salido como David había calculado, el lector habría considerado que el plan era digno de su talento. Las guineas habrían seguido a salvo en la tierra mientras se descubría el robo y David, con la calma del que se sabe inocente, se habría quedado en casa, reacio a despedirse de su querida madre mientras ésta lloraba la pérdida; hasta que al final, la víspera de su marcha, David las habría desenterrado en la más estricta soledad y se las habría llevado sin contratiempo alguno. Pero habrás advertido que David no había contado con recibir visitas o, para ser más exactos, no había contado con su hermano imbécil, individuo de carácter tan inestable y fluctuante que me pregunto si no habría desconcertado incluso a los protagonistas de Balzac, cuya intuición tan a sus anchas se desenvuelve en el futuro.

Llegado a este punto, David tenía claro que sólo le quedaba una alternativa: debía renunciar a las guineas, devolviéndolas furtivamente al cajón de su madre (lo que no dejaba de presentar ciertas dificultades); o debía dejar tras de sí algo más que una sospecha y partir a la mañana siguiente sin comunicárselo a nadie y con las guineas en el bolsillo. Porque, si anunciaba su partida, sabía que su madre insistiría en sacar de la caja de guineas las tres que le había prometido que le correspondían; en realidad, en su plan original, había previsto que el robo se descubriera en circunstancias que no pusieran en entredicho su inocencia; pero ahora no es necesario explicar que aquel plan tan bien urdido se había frustrado por completo. Aunque David hubiera sido capaz de sobornar a Jacob con caramelos toda la vida, no hay secreto posible con un idiota. Ni siquiera se atrevió a ir a tomar el té a casa del señor Lunn porque, si lo hubiera hecho, habría perdido de vista a Jacob, el cual, en su impaciencia por obtener la cosecha de caramelos, podría haber escarbado otra vez en busca de la caja mientras él estaba ausente y habérsela llevado a casa, haciéndole perder al mismo tiempo su reputación y las guineas. ¡No! Durante el resto del día no debía pensar en nada más ni hacer otra cosa que engatusar a Jacob e impedir que hiciera nada malo. Fue una tarde inquieta y cansada para David; sin embargo, no se atrevió a irse a dormir sin atarse un cordel entre el pulgar y el dedo gordo del pie para asegurarse de que se despertaba continuamente; porque tenía intención de levantarse con el primer rayo del alba y estar ya lejos antes de la hora del desayuno. Estaba convencido de que su padre lo dejaría sin un chelín, pero ¿qué más daba? Un joven tan notable como él seguro que sería bien recibido en las Indias Occidentales: en los países extranjeros siempre hay resquicios para entrar, incluso para los gatos. Era probable que alguna princesa Yarico quisiera que se casara con ella y le regalara grandes joyas nada más verlo; tras lo cual no tendría que casarse con ella, a menos que él quisiera. David había tomado la decisión de no volver a robar, ni siquiera a la gente que lo apreciaba: era una manera desagradable de hacer fortuna en un mundo en el que podía sorprenderte algún hermano. Tales alarmas no sentaban bien a la constitución de David y había sentido tantas náuseas que seguro que su hígado se había visto afectado. Además, le habría herido sobremanera que el mundo no tuviera de él un buen concepto: siempre había querido ser un personaje y que lo consideraran merecedor de los mejores asientos y los mejores bocados.

Mientras meditaba cosas de este tenor sobre el brillante futuro que tenía en perspectiva, David, con ayuda del cordel, esperaba alerta las primeras luces para levantarse y partir. Como es natural, sus hermanos eran madrugadores, pero él debía adelantárseles al menos hora y media, y la ventana de la pequeña habitación que ocupaba daba sobre el montador, de manera que podía salir por ella sin la menor dificultad. Jacob, el horrible Jacob, tenía la mala costumbre de levantarse antes que los demás, para saciar el hambre vaciando el tazón de leche que se le «preparaba debidamente»; pero últimamente había tomado por costumbre dormir en el pajar y, si se acercaba a la casa, sería por el camino contrario al que tomaría David para marcharse. No hacía falta pensar en Jacob; sin embargo, David era lo bastante generoso para dedicarle una maldición -lo único que dedicaba de modo gratuito-. Hizo rápidamente un hatillo de ropa y no tardó en bajar con paso ligero por los escalones del montador y recorrer rápidamente los campos hacia el bosquecillo. No le costaría más de dos minutos hacerse con la caja; podía distinguir el árbol bajo el cual estaba enterrada gracias a la franja pálida de donde había saltado la corteza, aunque la luz del amanecer era más tenue en el bosquecillo. Pero ¿qué... bollo frito era aquel cuerpo grande con un bastón plantado a su lado, a los pies del fresno? David hizo una pausa, aunque no para decidir cuál era la naturaleza de la aparición, ya que no había tenido la felicidad de dudar ni por un momento de que el bastón era la horca de Jacob, sino para hacer acopio de las fuerzas necesarias para dirigirse a su hermano con un tono oportunamente melifluo. Jacob estaba absorto escarbando en la tierra y no había oído que David se acercaba.

-¡Eh, Jacob! -dijo David con un sonoro susurro, en el preciso momento en que la cajita salía del agujero.

Jacob levantó la vista y, al distinguir a su dulce hermano, asintió con la cabeza y le sonrió en la suave luz de manera tal que a David le pareció un demonio triunfante. Si hubiera sido persona de carácter impetuoso, habría arrancado la horca del suelo y habría empalado a aquel demonio fraternal. Pero David no tenía nada de impetuoso; era un joven muy dado a calcular las consecuencias, costumbre que, según se dice, es fundamento de la virtud. Pero, de un modo u otro, en él no producía ese efecto: calculaba si la acción podría tener consecuencias negativas para él o si sólo perjudicaría a los demás. En el primer caso, se mostraba muy prudente cuando se trataba de satisfacer sus deseos inmediatos; pero, en el segundo, se arriesgaba con mucho más valor.

-Dámela, Jacob -dijo, agachándose y dando unas palmaditas a su hermano-. Vamos a ver.

Jacob, que encontraba que la tapa estaba demasiado dura, tendió la caja a su hermano con total confianza. David la abrió y negó con la cabeza mientras Jacob metía un dedo y sacaba una guinea para probar si la metamorfosis en golosinas era completa y satisfactoria.

-No, Jacob; es demasiado pronto, demasiado pronto -dijo David después de que probara la guinea-. Dámela; iremos y la enterraremos en otro sitio, por ahí -añadió, señalando vagamente a lo lejos.

David enroscó la tapa mientras Jacob, con aire grave, se ponía de pie y cogía la horca. Después, al ver el hatillo de David, lo agarró, como un perro terranova demasiado obsequioso, lo ensartó en el bieldo y se lo echó al hombro con aire triunfal mientras acompañaba a su hermano y la caja fuera del bosquecillo.

¿Qué podía hacer David? Habría sido fácil mirar a Jacob con el ceño fruncido, darle una patada y ordenarle que se marchara; pero habría preferido dar antes una patada a un toro. Jacob estaba tranquilo mientras lo trataban con indulgencia; pero ante la menor muestra de ira se volvía completamente rebelde y era propenso a ataques de furia que lo convertían en un peligro aun sin horca. No había otra manera de dominarlo que la amabilidad o la astucia. David probó la vía de la astucia.

-Anda, Jacob -dijo, en cuanto salieron del bosquecillo, señalando la casa-: ve a buscarme una pala: una pala. Pero dame el hatillo -añadió mientras intentaba cogerlo de donde estaba colgado en lo alto de la horca, apoyada en el alto hombro de Jacob.

Pero Jacob se mostró tan poco dispuesto a obedecer como una avispa a dejar un cuenco con azúcar. Cerca de David se sentía próximo a los caramelos: soltó una risita y frotó la espalda de su hermano mientras alzaba el hatillo hasta dejarlo fuera de su alcance. Conteniendo un gemido, David cambió de táctica y empezó a andar todo lo deprisa que pudo. No era prudente entretenerse. Quizá Jacob se cansara de seguirlo o, en cualquier caso, tal vez David pudiera zafarse de él. Si llegaban a la lejana carretera, era posible que los adelantara una diligencia; David subiría, tras haberle quitado el hatillo con alguna añagaza, y entonces Jacob podría aullar y blandir la horca todo lo que quisiera. Entre tanto, se vio fatalmente obligado a ser muy amable con aquel ogro y a pedir para él un abundante desayuno cuando se detuvieron en una posada junto a la carretera. Llevaban ya tres horas de camino y David estaba cansado. ¿Acaso no iba a pasar nunca un carruaje?, se preguntaba. En el curso de las dos horas siguientes no pasó ni un solo coche, hasta que, de repente, apareció el carro de un transportista que se dirigía a la ciudad más próxima. ¡Si pudiera escaparse, aunque fuera dejando atrás el hatillo, y subir al carro sin Jacob! Pero había un nuevo obstáculo. Jacob acababa de descubrir un resto de azúcar cande en uno de los bolsillos de la levita que llevaba su hermano; y, desde ese momento, no soltaba la prenda, quizá con la esperanza de que, tarde o temprano, saliera de ahí más azúcar. Cualquiera que haya llevado levita comprenderá el cuidado que debe poner un hombre para no alejarse a toda prisa cuando alguien lo agarra por los faldones. David deseaba que lo recibieran bien los desconocidos, pero no lo tratarían igual si a la levita le faltaba un faldón.

Sintió que lo cubría un sudor frío. No quería andar más: subiría al carro y dejaría que Jacob subiera con él. Se le ocurrió una idea alentadora: tras un desayuno tan abundante, seguro que Jacob se dormía en el carro; y es fácil adivinar que David pretendía agarrar el hatillo, saltar y quedar libre. Sus esperanzas se cumplieron en parte: Jacob se durmió en el carro, pero en extraña postura: estrechando a su querido hermano entre sus brazos; y cada vez que David intentaba moverse, el abrazo se cerraba con la fuerza de una cariñosa boa constrictor.

-Ese inocente te quiere mucho -comentó el transportista, pensando que, probablemente, David era un hermano afectuoso y deseando hacerle un cumplido.

David gruñó. Los caminos del robo no siempre son deleitosos. ¡Oh!, ¿por qué le había tocado en suerte tener un hermano idiota? ¿Por qué el mundo estaba hecho de tal manera que un hombre no podía llevarse las guineas de su madre cómodamente? David se sumió en hosca meditación.

Una comida abundante a mediodía para Jacob, pero escasa para él, ya que tenía poco apetito. En lugar de comer, se dedicó a hacer que Jacob bebiera cerveza; porque, a través de su generosidad, divisaba una esperanza. Jacob cayó profundamente dormido, por fin, y esta vez no estrechó a David entre los brazos; éste pagó la cuenta, cogió el hatillo y se marchó. A la media hora estaba en la diligencia que llevaba a Liverpool con la sonrisa de un perverso triunfante. Se había librado de Jacob, iba camino de las Indias, donde una crédula princesa lo esperaba. No robaría nunca más, pero tampoco lo necesitaría; quedaría tan claro que los merecía que la gente le haría regalos de buen grado. Debía olvidar ya la idea de heredar de su padre, pero no era probable que deseara esa nimiedad; y, aunque quisiera, caramba: era ya una compensación pensar que, separado de su familia, estaría alejado de Jacob, más terrible que una gorgona o demogorgona para sus temerosos ojos. ¡Gracias a Dios, nunca tendría que volver a ver a Jacob!

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