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Hacía ya casi seis años de la partida de David Faux rumbo a las Indias Occidentales cuando se dijo que la tienda vacante en la plaza del mercado de Grimworth la había ocupado un desconocido de tez cetrina y corbata beige cuya primera aparición había causado cierta agitación en la barra del Woolpack, adonde había ido a esperar la diligencia.

Para un ojo avispado, Grimworth era un buen lugar donde instalar un comercio. En aquel momento no había competencia; los anglicanos disponían de pañero y tendero propios; los disidentes tenían los suyos; y los dos o tres carniceros encontraban un mercado rápido para sus piezas para asar sin necesidad de aludir directamente a las creencias religiosas, si bien la esposa del párroco tenía encargadas las mollejas de ternera y los riñones de cordero, mientras que el señor Rodd, el ministro baptista, había pedido que, mientras fuera compatible con la atención a los otros clientes, se le reservaran las manitas de cordero. Y era probable que el lugar siguiera creciendo, ya que los fideicomisarios del legado del señor Zephaniah, estimulados por la reciente visita de los comisionados, estaban empezando a gastar los fondos acumulados desde hacía mucho tiempo en la reconstrucción de la Escuela de Batas Amarillas , que iba a ampliarse a gran escala, ya que el testador no había dispuesto ninguna restricción sobre el plan de estudios, sino únicamente sobre la bata.

Los tenderos de Grimworth no tenían una opinión unánime en relación con las ventajas prometidas por esta perspectiva de incremento de población y comercio, puesto que eran hombres de cierta fortuna que preferían llevar sus negocios con tranquilidad, estar seguros de la clientela y poder calcular los beneficios al mínimo detalle. Hasta la fecha, las familias de la parroquia de Grimworth habían considerado una cuestión de honor comprar el azúcar y la franela en las mismas tiendas en que sus padres y madres lo habían comprado antes que ellos; pero si los recién llegados introducían la competencia en el comercio y atraían las miradas femeninas con piezas de tela dispuestas en pliegues en forma de abanico y rematadas con flores artificiales, otorgándoles un encanto artificial (porque ¿en qué figura humana un traje tendría la caída de un abanico, o qué cabeza femenina era como un ramillete de ásteres?), y si los nuevos tenderos iban a llenar los escaparates con montones de pasas y azúcar, y hacerlos atractivos con contrastes y etiquetas, ¿qué seguridad tenía entonces Grimworth de que el espíritu errático en la compra, una vez introducido, no terminara por llevarse a las familias más importantes al mayor mercado de Cattleton, donde los negocios se hacían a base de beneficios pequeños y rápidos, todo estaba a la última moda y se podían comprar mercancías de todo género muy bien de precio?

Dado que éste era el punto de vista predominante entre los comerciantes de Grimworth, la incertidumbre sobre la naturaleza del negocio que el cetrino desconocido estaba a punto de emprender en la tienda vacía reforzó, en cierta medida, los temores de los menos optimistas. Si iba a vender tejidos, era probable que un individuo pálido como aquél trabajara con artículos chillones y de poca calidad: algodones estampados y muselinas que dejarían el tinte en la tina de lavar, e hilo mediocre, lleno de nudos, y franela que no tardaría en parecer gasa. Si de comestibles se trataba, entonces era de esperar que ninguna madre de familia confiara los tés a un tendero que no hubiera puesto a prueba. Se había sabido que, en algunas parroquias, los comerciantes promocionaban sus productos con ases escondidos en la manga: cuando la gente venía de no se sabía dónde, no había manera de saber qué podían llegar a hacer. Era una pena que el señor Moffat, el subastador y agente comercial, hubiera muerto sin haber dejado sucesor en el negocio, y el fideicomisario de la señora Cleve debería haber sido más sensato y no haberle alquilado la tienda a un desconocido. Ni siquiera el descubrimiento de que se estaban instalando unos hornos en el local y que la tienda se estaba adaptando para convertirse en un negocio de pastelería y repostería, hasta la fecha desconocido en Grimworth, fue suficiente para inclinar la balanza en favor del recién llegado, aunque la tabernera del Woolpack lo defendiera calurosamente y dijera que le parecía un joven muy inteligente y, por lo que podía deducir, de muy buena familia; en realidad, seguro que mejor que la de muchos otros.

Sin duda, fue todo un despliegue de luz y color, casi como si un arco iris hubiera bajado repentinamente a la plaza del mercado, cuando, una buena mañana, quitaron los postigos de la nueva tienda y los dos escaparates mostraron sus adornos. A un lado estaban los abigarrados matices de las carnes atadas y mechadas, dispuestas junto a brillantes hojas verdes, el castaño claro de las empanadas glaseadas, los ricos tonos de las salsas y las frutas en conserva, encerradas tras un velo de cristal: un conjunto que habría hecho brotar lágrimas de los ojos de un pintor holandés; y, por otra parte, predominaban los más delicados rosados, blancos, amarillos y ocres en los abundantes caramelos, golosinas, galletas y baños de azúcar que, a los ojos de una persona biliosa, podrían haberse fundido rápidamente en un paisaje feérico al estilo de la última época de Turner. ¡Qué espectáculo para los ojos de los niños de Grimworth! Aquel día casi se les olvidó ir a comer, ya que sus apetitos estaban absortos en imaginarios confites de ciruela; y me parece que, aunque el mismo Polichinela hubiera instalado su templete en la plaza del mercado, no habría conseguido apartarlos de los escaparates, ante los que se habían detenido en una gradación de estatura y fuerza, ya que los más grandes y fuertes estaban más cerca, y los pequeños, en las filas extremas, desde donde alzaban los ojos y la boca bien abiertos hacia las altas hileras de jarras, como pajaritos a la hora de comer.

Las personas de edad proferían exclamaciones de desprecio y burla ante el alboroto por la locura del nuevo tendero que exhibía tantos productos que no se podían conservar; sin duda, se acercaba la Navidad, pero ¿qué ama de casa de Grimworth no se avergonzaría de poner en su mesa alimentos que no fueran caseros? No, no. El señor Freely, tal como se llamaba a sí mismo, se engañaba si creía que el dinero de Grimworth iba a volar hacia sus bolsillos de aquella manera.

Edward Freely era el nombre que brillaba en letras doradas sobre fondo azul mazarino, encima de la puerta de la nueva tienda, un nombre de ecos generosos que podría haber pertenecido al protagonista poco previsor y dadivoso de una vieja comedia, feliz de descargar una lluvia de peladillas, como si fuera un nuevo maná, entre la joven generación plantada delante de los escaparates. Pero el señor Freely era un hombre que mantenía sus impulsos debidamente subordinados: sostenía que el deseo de dulces y pasteles sólo debía satisfacerse en proporción directa a la capacidad de compra. Si el más chiquitín de todo Grimworth hubiera acudido a él con medio penique en su diminuto puño, tras hacer sonar la moneda se habría limitado a darle la parte equivalente en azúcar cande. No era hombre que engañara al más pequeño: lo decía con frecuencia, sin dejar de señalar al mismo tiempo que le gustaba la honradez y, además, que tenía el corazón muy tierno, aunque él no mostrara los sentimientos, como otros hacían.

Fuera en recompensa de tal virtud o de acuerdo con algún orden lógico más oculto, el negocio del señor Freely, a pesar de los prejuicios, empezó con auspicios favorables. En gran medida, gracias a que la señora Chaloner, la esposa del párroco, fue una de las primeras clientes de la tienda, ya que le pareció justo animar a un nuevo parroquiano que se había presentado decorosamente en la iglesia; y le pareció que el señor Freely era un joven encantador y cortés, y sorprendentemente civilizado para tratarse de un pastelero; y, además, con buenos principios, pues al darle útiles consejos sobre los distintos tipos de azúcar le había dejado ver con detalle la falta de honradez de otros comerciantes. Por otra parte, había estado en las Indias Occidentales y había visto la mismísima finca que fuera propiedad del pobre abuelo de la señora Chaloner; y había dicho que los misioneros eran la única causa del descontento de los negros: sin duda, era un joven observador. La señora Chaloner pidió galletas de vino y aceitunas, y dio a entender al señor Freely que su tienda le parecía muy conveniente. Lo mismo hicieron la esposa del doctor y la señora Gate, la del gran molino de cardadura, que, puesto que recibía visitas frecuentes de amistades de categoría, probablemente consumía grandes cantidades de ratafías y mostachones.

Las matronas menos aristocráticas de Grimworth al principio parecieron propensas a justificar la confianza que sus maridos habían puesto en ellas de que nunca pagarían un porcentaje de beneficios en galletitas, en lugar de hacerlas ellas mismas, ni darían el vacuo espectáculo de un gobierno doméstico excesivamente pródigo comprando tajadas de carne atada cuando invitaban a cenar a un vecino. Sin embargo, me corresponde la tarea de narrar la corrupción gradual de las costumbres de Grimworth desde su simplicidad primitiva: triste tarea si no estuviera animada por la perspectiva de la hermosa peripecia o caída gracias a la cual acabó frenándose el avance de la corrupción.

Fue la joven señora Steene, la esposa del veterinario, la primera en ceder a la tentación. Me temo que había recibido una educación excesiva para la condición social que le había tocado en la vida, puesto que sabía de memoria muchos fragmentos de Lalla Rookh, El corsario y El sitio de Corinto , lo que había producido en ella cierto disgusto por las tareas domésticas y una implacable decepción al descubrir que, desde su matrimonio, el señor Steene había perdido todo interés por el bulbul y ahora prefería conversar sobre la naturaleza del esparaván con cualquier tosco vecino, y se enfadaba si el pudding quedaba acuoso. En realidad, no era más que un veterinario de botas altas que llegaba con hambre a la hora de cenar, semejante tan sólo en la irritabilidad de su carácter a un noble convertido en corsario por desprecio a su raza, o a un renegado con turbante y media luna. ¡Y el desprecio es algo muy distinto cuando calza botas altas!

Este hombre brutal organizó una cena por Nochebuena, en la que esperaba ver empanadas de carne picada en la mesa. La señora Steene preparó la carne picada y durante la mañana dedicó gran cantidad de mantequilla, harina fina y trabajo a la confección de una hornada de pequeñas empanadas; pero, al salir del horno, estaban tan apelmazadas que se echó a temblar con sólo pensar en el momento en que su marido las viera en la mesa de la cena. Estaba segura de que se pondría furioso; y delante de todo el mundo; y ella no podría contenerse y se echaría a llorar: ¡era tan terrible pensar que había llegado a esa situación, después del bulbul y de todo lo demás! De repente, cruzó su pensamiento a toda velocidad la idea de que, por una vez, podía mandar a buscar una bandeja de empanadas de carne a la tienda de Freely: sabía que tenía. Pero ¿qué haría con las dieciocho empanadas que le habían salido como un mazacote? Oh, no merecía la pena pensar en eso; era muy caro, la verdad, hacer empanadas si una no sabía si iban a salir bien: era mucho mejor comprarlas hechas. Pagabas un poco más, pero no corrías el riesgo de desperdiciar nada.

Tal era el sofisma que seguía el razonamiento de esta joven equivocada. La señora Steene mandó a buscar las empanadas y, siento tener que añadir, embarulló las cuentas de la casa para ocultar el hecho a su marido. Ese fue el segundo escalón que bajó en su camino de descenso, y todo porque la joven no se encontraba en armonía con sus circunstancias, ansiaba la presencia de renegados y bulbules y se veía sometida a las exigencias de un veterinario al que le gustaban las empanadas de carne. El tercer escalón consistió en endurecerse contándoselo todo a la señora Mole, su amiga íntima, que ya lo había adivinado y que ulteriormente, con el razonamiento de que «otras personas» lo hacían, la animó a comprar la gelatina en molde en lugar de poner en práctica sus habilidades. La infección se fue propagando; no tardó en formarse una camarilla en Grimworth partidaria de «comprar en Freely»; y muchos maridos, a los que se tuvo en la oscuridad sobre este punto durante cierto tiempo, comían a dos carrillos inocentemente tartas por las que pagaban un beneficio del cien por cien y, con la misma inocencia, estimulaban la falsedad en sus medias naranjas alabando la repostería. Otros, más astutos, guiñaban el ojo ante la frecuente aparición, en los días de lavado o en las cenas improvisadas, de una sabrosa carne de ternera que halagaba su paladar más que los restos fríos con los que se contentaban antes. Toda ama de casa que «hubiera comprado en Freely» sentía una alegría secreta cuando detectaba similar perversión en sus vecinas, y pronto sólo dos o tres matronas a la antigua se mantuvieron firmes en la protesta contra la progresiva pérdida de moral, y anunciaban a los vecinos que iban a cenar a su casa: «No puedo ofrecerles carnes de Freely, o pasteles de queso de Freely; en nuestra casa todo es casero; no sé si será de su gusto esta repostería sencilla». Incluso el médico, cuya cocinera no era competente; el coadjutor, que no tenía cocinera; y el agente de minas, que era un gran bon vivant, empezaron a confiar en Freely para gran parte de sus cenas cuando deseaban ofrecer una invitación de cierta calidad. En definitiva, el negocio de la fabricación de los manjares más caprichosos estaba pasando rápidamente de las manos de doncellas y amas de casa, en el seno de la familia, a convertirse en una especialidad comercial.

No ignoro que este proceso recibe el nombre de curso imparable de la civilización, división del trabajo y demás calificativos, y que podría decirse que así las doncellas y matronas tendrán ocasión de dejar la cocina para contribuir de otro modo al progreso de la sociedad. Sin embargo, resultaba que en Grimworth, que, sin duda, era un lugar humilde, las doncellas y matronas no sabían hacer nada mejor con las manos que cocinar; ni siquiera aquellas que habían hecho siempre pasteles pesados y dulces correosos. Así resultó que el progreso de la civilización en Grimworth sólo se manifestó en el empobrecimiento de los hombres, la ociosidad chismosa de las mujeres y el incremento de la prosperidad del señor Edward Freely.

La Escuela de Batas Amarillas fue una doble fuente de ingresos para el calculador pastelero, que abrió un comedor para los trabajadores de categoría superior de la escuela nueva y satisfizo a los alumnos del viejo colegio concediendo gran importancia al departamento de golosinas. Cuando pienso en cisnes dulces y otras ingeniosas formas blancas que rompían los dientecillos de aquella pujante generación, tengo el placer de recordar que, según se dice, los jóvenes, cuyos huesos todavía no están formados, necesitan cierta cantidad de alimentación calcárea; pues he observado que estas exquisiteces tienen un sabor inorgánico que las haría altamente recomendables para aquella joven dama que conocía el Spectator que tomaba de postre boquillas de pipa.

En cuanto al pastelero mismo, fue abriéndose camino gradualmente en los hogares de Grimworth, al igual que sus mercancías, a pesar de cierto rechazo inicial. De un modo u otro, acogerlo como invitado parecía exigir justificación, al igual que comprar sus productos. En primer lugar, era un desconocido y, por tanto, objeto de recelo; en segundo lugar, el negocio de la pastelería era tan nuevo en Grimworth que todavía no se había determinado qué puesto ocupaba en la escala social. No había duda con los pañeros y tenderos, cuando procedían de familias antiguas y buenas de Grimworth, como el señor Luff y el señor Prettyman: éstos se trataban con los Palfrey, que cultivaban sus propias tierras, jugaban con alguna frecuencia al whist con el doctor y trataban con cierta condescendencia al comerciante de maderas, que en fechas recientes había empezado a negociar también con carbón y había comprado muebles nuevos; pero la tradición no arrojaba luz alguna sobre la cuestión de si un repostero debía ser admitido en este alto nivel de respetabilidad o debía considerarse que sus iguales estaban entre los carniceros y los panaderos. Que fuera soltero obraba en su favor y quizás habría bastado para inclinar la balanza aunque las pretensiones personales de Edward Freely hubieran sido totalmente insignificantes. Sin embargo, lejos de ello, pronto resultó evidente que era un joven notable, que había visitado las Indias Occidentales y había visto muchas maravillas por mar y tierra, de manera que podía embelesar los oídos de las Desdémonas de Grimworth con historias de peces extraños, especialmente tiburones, que había apuñalado justo a tiempo tras lanzarse valientemente por la borda en el preciso momento en que el monstruo se volvía para devorar al pinche del cocinero; o las terribles fiebres que había padecido en una tierra donde el viento sopla a la vez de todos los cuadrantes; de tostadas cortadas directamente de árboles del pan; de cangrejos de tierra que arrancaban dedos de los pies; de los grandes honores que le rendían en tanto que hombre de amplios conocimientos, y por ello particularmente necesario en un clima tropical, y de una heredera criolla que había derramado amargas lágrimas por su partida. Sabemos bien que semejante talento para la conversación puede compensar algún defecto en el color de la tez; y el joven Towers, cuyas mejillas tenían un delicado tono rosado, realzado por la línea de un bigote oscuro, quedaba francamente eclipsado por la presencia del cetrino señor Freely. Tan excepcional pastelero daba realce a su negocio y bien podía acelerar el pulso de algún corazón sin compromiso.

Como es natural, los padres y madres reconocían los méritos del recién llegado con mayor lentitud y prudencia.

-Es un individuo entretenido -dijo el señor Prettyman, el muy respetable tendero. (La señora Prettyman, de soltera señorita Fothergill, tenía una hermana casada con un comerciante de telas de Londres.)-. Es un individuo entretenido; y no pongo reparos en que forme parte del Oyster Club; pero es un poquito demasiado aficionado a darse aires. Reconozco que es singularmente instruido, pero ¿cómo es que se fue a las Indias? Me gustaría tener respuesta a esta pregunta. No es propio de un pastelero. No me gusta la gente que ha estado en ultramar si no puede dar una explicación convincente de por qué se fue. Cuando la gente se marcha tan lejos es porque tiene poco crédito cerca de su casa; ésa es mi opinión. Aunque tiene un buen ron; pero, por todo lo dicho, no quiero ser íntimo suyo.

Este tipo de velada sospecha nubló la visión de las cualidades del señor Freely en las cabezas más maduras de Grimworth durante los primeros meses de su residencia en el lugar. Pero, en cuanto el pastelero dejó de ser novedad, también dejaron de serlo las sospechas, y la gente se cansó de insinuar cosas sobre él, especialmente a medida que su importancia y su prosperidad iban en aumento. El señor Freely estaba convirtiéndose en persona de influencia en la parroquia; se le consideraba útil para cuidar a los pobres, ya que soportaba con gran firmeza el dolor ajeno: según declaraba, esa firmeza se debía a su gran benevolencia; siempre hacía lo que era bueno para la gente a largo plazo. Incluso el señor Chaloner lo había escogido como coadjutor porque era un hombre muy útil y en todo lo relacionado con los asuntos de la iglesia compartía más opiniones con él que los antiguos parroquianos. El señor Freely acudía regularmente a la iglesia, pero algunas veces en el Oyster Club se permitía conversaciones más libres, en las que hacía algo más que insinuar que en las Indias Occidentales había llevado una vida de recreo propia de un sultán, mientras movía la cabeza y sonreía con amargura, tal como hacen los hombres cuando dan a entender que están de vuelta de todo en un mundo que les parece ya carente de sabor.

Durante cierto tiempo prestó atención por igual a todas las representantes del bello sexo, combinando las galanterías de un caballero atento con una severidad en la crítica al físico y a los modales de las bellas ausentes que tendía a estimular, en el corazón femenino, el deseo de conquistar la aprobación de tan exigente juez. En lo que respectaba a los encantos y virtudes femeninas, nada que se alejara de la perfección bastaba para encender el ardor del señor Freely, que se había familiarizado en las Indias Occidentales con las bellezas más exuberantes y deslumbrantes. Podría parecer increíble que un pastelero poseyera ideas y conversación tan semejantes a las de personas de categoría social superior, pero debe recordarse que no sólo había trabajado, sino que también era patizambo y tenía un rostro cetrino de rasgos menudos, de manera que la misma naturaleza lo había marcado como exigente entendido en el bello sexo.

Sin embargo, al final pareció evidente que Cupido había encontrado una flecha más afilada que las otras y que ésta había atravesado el corazón del señor Freely. Se convirtió en tema de conversación entre los jóvenes de Grimworth. Pero ¿de veras era amor? ¿No sería más bien ambición? La señorita Fullilove, la hija del comerciante de maderas, estaba bastante segura de que si ella fuera la señorita Penny Palfrey se andaría con prudencia; no era buena señal que un hombre picara tan alto para buscar esposa. Porque no era otra que la señorita Penélope Palfrey, hija segunda del señor Palfrey, que cultivaba sus propias tierras, quien había atraído la especial mirada del señor Freely y había conquistado su exigencia; y no era de extrañar; porque quizá lo Real nunca se había acercado tanto al Ideal, tal como se exhibiría en la más delicada figura de cera, como en la figura de la linda Penélope. Su rubísimo cabello no se rizaba naturalmente, lo reconozco, pero los brillantes y prietos tirabuzones eran unos tubos diminutos y lisos, tan perfectos que daban ganas de meter el meñique y poner a prueba su suave elasticidad. Los llevaba recogidos, porque en aquellos tiempos, cuando la sociedad era más sana que ahora, las jóvenes llevaban el cabello recogido hasta mucho después de cumplir los veinte años, y Penélope todavía no había cumplido los diecinueve. Como el ideal de cera, tenía ojos redondos y azules, orificios nasales redondos en su naricita, y los dientes que se le supondrían al ideal, si alguna vez los mostraba. En conjunto, era pequeña, redonda y tan pulcra como una margarita doble rosa y blanca; y con la misma falta de malicia; porque espero que no sea muestra de malicia en una linda damisela de diecinueve años pensar que le gustaría tener un galán y estar comprometida, cuando su hermana mayor ya llevaba año y medio en situación semejante. Sin duda, el joven Towers iba por la casa; pero Penny estaba convencida de que sólo quería ver a su hermano, porque nunca tenía nada que decirle y nunca le ofrecía el brazo, y siempre se mostraba tan torpe como silencioso.

No era improbable que los encantos de Penny hubieran hecho mella en el señor Freely, que los había sometido a observación en la iglesia, pero éste tenia que progresar un poco socialmente antes de poder aproximarse a ellos; e, incluso después de que las familias de Grimworth lo recibieran cordialmente, debía recorrer un largo camino antes de conversar con Penny fuera de los encuentros ocasionales en casa del señor Luff. No era fácil ser invitado a Long Meadows, la casa de los Palfrey; porque aunque el señor Palfrey había perdido dinero durante los últimos años, y aún no se había recuperado del todo de la terrible peste del ganado que le había obligado a pedir un préstamo, su familia estaba lejos de considerarse al mismo nivel que los viejos comerciantes con los que trataba. Las personas del más elevado rango, incluso los reyes y las reinas, deben tratar con alguien, y los iguales de los grandes son escasos. Eran especialmente escasos en Grimworth, que, como he señalado antes, era una parroquia humilde que los índices geográficos mencionaban con la más desdeñosa brevedad. Incluso los personajes locales destacados quedaban muy atrás de los de su mismo rango en otras partes de este reino. Las puertas de la granja del señor Palfrey tenían la pintura desconchada, y los senderos del jardín hacía tiempo que estaban cubiertos de hierbajos. Sin embargo, su padre había recibido el tratamiento de Squire y había sido respetado por la anterior generación de Grimworth como hombre que podía permitirse beber demasiado en su propia casa.

La linda Penny no era ciega al hecho de que el señor Freely la admiraba, y estaba segura de que era él quien le había enviado una bella tarjeta por San Valentín; pero su hermana parecía considerarlo tan poca cosa (todas las jóvenes piensan que son poca cosa los caballeros con los que no están comprometidas) que Penny no se atrevía a hablar de él, y temblaba y se sonrojaba cuando lo veía, pensando en la tarjeta, que era muy ardiente y que, aunque se sentía culpable, sabía de memoria. Un hombre que había estado en las Indias y conocía tan bien el mar le parecía una especie de personaje público, casi como Robinson Crusoe o el capitán Cook; y Penny siempre había deseado que su marido fuera un individuo notable, como esos que aparecían en las Questions de Mangnall , con cuya lista de seres inmortales se había familiarizado durante el año pasado en un internado. Sólo le parecía raro que un hombre tan destacado fuera pastelero y cocinero, y esta anomalía inquietaba en gran medida los sueños de Penny. Sabía que sus hermanos se burlaban de los hombres que no sabían montar bien a caballo y los llamaban inútiles; pero sus hermanos eran muy toscos y carecían de la capacidad de contar anécdotas que hacía del señor Freely una compañía tan encantadora. Era muy buena persona, pensaba, porque le había oído decir un día en casa del señor Luff que deseaba cumplir siempre con su deber, fuera cual fuere el lugar al que lo destinara la vida: y sabía mucha poesía, porque un día le había repetido un verso de una canción. Se preguntaba si serían suyas las palabras que aparecían en la tarjeta de San Valentín. Terminaban de la siguiente manera:

Sin ti, dolor es vivir

pero contigo sería dulce morir.

¡Pobre señor Freely! Penny estaba segura de que su padre pondría objeciones, seguro que sí, porque siempre llamaba al señor Freely «el individuo de la ciruela en dulce». Oh, aquellos obstáculos al amor eran muy crueles; y todo porque el señor Freely era pastelero. Bueno, Penny le sería fiel y, puesto que el que fuera pastelero le daba oportunidad de mostrar su fidelidad, se alegraba de ello. Edward Freely era un nombre bonito, más que John Towers. El joven Towers le había ofrecido una rosa que se había quitado del ojal, sonrojándose mucho; pero ella la rechazó y pensó con entusiasmo en lo mucho que se alegraría el señor Freely si supiera de su firmeza de espíritu.

¡Pobre pequeña Penny! Los días eran tan largos entre las margaritas de una granja de ganado y el pensamiento es tan activo; ¿cómo era posible que el drama interior no fuera inicio del exterior? He conocido señoritas, mucho mejor educadas y con un conocimiento más amplio del mundo gracias a la lectura instruida, por no hablar de literatura y bordados elaborados, que han tejido para sí, igual que Penny, un capullo de alegrías y penas imaginarias. Su hermana mayor, Letitia, que poseía un estilo de belleza más orgulloso y una ambición más mundana, estaba prometida a un comerciante de lanas que venía desde Cattleton para verla; y todo el mundo sabe que a un comerciante de lanas le corresponde un alto rango y algunas veces llega a conducir una calesa con dos caballos. Las ambiciones de Letty eran cada día más elevadas y Penny no se atrevía hablar con su altiva hermana de las penas que albergaba, ni se atrevió nunca a proponerle que pasaran por la tienda del señor Freely a comprar caramelos de regaliz, aunque había allanado el camino diciendo que tenía un ligero dolor de garganta. De modo que tuvo que pasar delante de la tienda, por el otro lado de la plaza del mercado, y reflexionar, con un suspiro contenido, que, tras aquellas jarras de color blanco y rosa, alguien pensaba en ella con ternura sin saber lo reducido del espacio que los separaba.

Y era cierto que, cuando el negocio lo permitía, el señor Freely pensaba mucho en Penny. Pensaba que su belleza se podía comparar con los dulces mas bonitos; le parecía una muchacha de carácter sumiso, dispuesta a atenderlo como si fuera una negra y a guardar un silencio aterrorizado cuando el hígado lo volviera irritable; y consideraba que la familia Palfrey era casi la mejor de la parroquia con hijas casaderas. En conjunto, la consideraba digna de convertirse en la señora de Edward Freely, especialmente porque sería necesario aplicar cierto ingenio para conseguirla. El señor Palfrey era capaz de azotar con el látigo a un pretendiente a la mano de su hija demasiado osado; y, además, tenía tres hijos altos: estaba claro que un pretendiente se encontraría en desventaja con semejante familia, a menos que los viajes y una perspicacia natural le hubieran proporcionado ingenio suficiente para compensar. Y lo primero que se le ocurrió al respecto fue que el señor Palfrey pondría menos objeciones si supiera que la familia Freely estaba muy por encima de la suya. Se había comportado con tonta modestia al ocultar hasta el momento que una rama de los Freely poseía una casa solariega en Yorkshire y al encerrar el retrato de su tío abuelo, el almirante, en lugar de colgarlo ahí donde debían estar los retratos de familia: sobre la chimenea, en el salón. Cuando el almirante Freely, Caballero de la Orden del Baño, ocupó el lugar destacado que le correspondía, se vio que sólo tenía un brazo y un ojo, en lo que se asemejaba al heroico Nelson, mientras que unos rasgos pálidos e insignificantes confirmaban la relación entre él y su sobrino nieto.

A continuación, se apoderó del señor Freely el deseo incontenible de poseer la receta para el cerdo adobado de la señora Palfrey, ya que estaba en todas las bocas que era superior al suyo, tal como él mismo le comunicó en una carta muy halagadora que le llevó el mozo de los recados. La señora Palfrey, como otros genios, se guiaba más por su instinto que por las normas y no tenía recetas; en realidad, despreciaba a las personas que las utilizaban y señalaba que la gente que preparaba conservas siguiendo las recetas de un libro debía atenerse a pesos y medidas y tonterías como ésas; en cuanto a ella, los pesos y medidas los tenía en la punta de los dedos y de la lengua, y para las cosas secas como harina y especias usaba puñados y pellizcos; para los líquidos, tenía una jarrita, lo más adecuado para medir mucho o poco, porque cualquiera sabía lo que era una taza de té, y seguro que necesitaba cinco jarritas de tamaño mediano para un galón. Los conocimientos de este tipo son como los colores de Tiziano: algo difícil de comunicar; y como la señora Palfrey, en otros tiempos notablemente hermosa y a la sazón robusta y asmática, casi nunca salía de su casa, apenas podía impartir su enseñanza oral en otro lugar que no fuera Long Meadows. Ni siquiera una matrona es insensible al halago, y la perspectiva de recibir a un visitante cuyo principal objetivo fuera escuchar su conversación no carecía de encanto para ella. Puesto que no existía receta alguna que enviar en respuesta a la humilde petición del señor Freely, pidió a su hija Penny que le escribiera una nota diciéndole que su madre se alegraría de verlo y de hablar con él sobre las conservas de cerdo cualquier día que quisiera pasar por Long Meadows. Penny obedeció con mano temblorosa, pensando en las cosas maravillosas que sucedían en este mundo.

De esta manera, el señor Freely se introdujo en la casa de los Palfrey y, a pesar de la tendencia del sector masculino de la familia a burlarse un poco de él por «paliducho» y patizambo, consolidó su posición como invitado asiduo y aceptado. Cuando se encontraron un domingo en la casa, el joven Towers lo miró con disgusto cada vez mayor y, en secreto, deseó probar con él su hurón, como si fuera una alimaña que el valioso animal pudiera manejar con energía y vigor. Sin embargo -qué ciegos son los padres algunas veces-, ni el señor ni la señora Palfrey sospecharon que Penny tuviera nada que ver con un comerciante de dudosa categoría en tan marchita flor de la juventud. Pensaban que el joven Towers la miraba con buenos ojos y que, probablemente, algún día fuera ése un buen partido; pero Penny era una niña en aquel momento. Y, mientras tanto, Penny iba imaginando las circunstancias en las que el señor Freely se le declararía: quizá bajo la hilera de ciruelos, cuando estuvieran en el jardín antes de tomar el té; quizá por carta, en cuyo caso, ¿cómo empezaría ésta? ¿«Mi querida Penélope»? ¿«Estimada señorita Penélope»? ¿O directamente, sin «querida» ni nada, como parecía lo más natural cuando las personas se sentían un poco violentas? De todos modos, fuera como fuere la proposición, no la aceptaría sin el consentimiento de su padre: siempre sería fiel al señor Freely, pero no desobedecería a su padre. Porque Penny era una buena chica, aunque algunas de sus amigas pensaran más tarde que no decía mucho en su favor que no hubiera sentido una repugnancia instintiva por el señor Freely.

Sin embargo, éste era prudente y deseaba estar seguro del terreno que pisaba. Sus puntos de vista sobre el matrimonio no eran totalmente sentimentales y estaban tan mezclados con las consideraciones sobre lo que sería ventajoso para un hombre en su posición como si su educación hubiera costado una suma considerable. No era él hombre dado a enamorarse de la persona equivocada; de manera que se aplicó tanto a granjearse el favor de los padres como a asegurarse el afecto de Penny. La señora Palfrey no había sido insensible al halago, y su marido, puesto que también era un ser mortal, era de esperar que no fuera inmune al ron, ese excelente ron jamaicano que el señor Freely esperaba que le enviaran regularmente de la isla. No fue fácil conseguir que el señor Palfrey entrara en el salón situado detrás de la tienda, donde la suave luz del callejón iluminaba los rasgos del heroico almirante; sin embargo, una tarde, cuando estaba a punto de marcharse de Grimworth en dirección a su casa, el aspirante a enamorado consiguió convencerlo para que cenara un poco de ternera atada, que, después de la conserva de cerdo de la señora Palfrey, le parecería la mejor comida fría posible.

A partir de ese momento, el señor Freely estuvo seguro de su éxito: al encontrarse en privado con un hombre lo bastante mayor para ser su padre, y puesto que estaba solo en el mundo, fue natural que le abriera su corazón sobre temas que no podía mencionar ante cualquiera, en especial, todo lo relacionado con las esperanzas que tenía puestas en su tío de Jamaica, que no tenía hijos, y que quería a su sobrino Edward más que a nadie en este mundo, aunque se había sentido tan herido cuando éste salió de Jamaica que lo amenazó con no darle ni un chelín. Sin embargo, desde entonces le había escrito para manifestarle su total perdón y, aunque era un caballero anciano y excéntrico e incapaz de dar ningún dinero en vida, Edward Freely podía enseñarle al señor Palfrey la carta que demostraba con total claridad quién sería el heredero del afectuoso tío. El señor Palfrey llegó a ver la carta y no pudo dejar de admirar el espíritu de un sobrino que declaraba que aquellas esperanzas tan brillantes no suponían para él ningún cambio de conducta; trabajaría en su humilde negocio y seguiría labrándose una modesta fortuna. Si algún día heredaba las propiedades de Jamaica, pues bienvenidas fueran. En realidad, no era sorprendente para un miembro de la familia Freely heredar una finca, teniendo en cuenta las tierras que había poseído en tiempos pasados... Mejor dicho, las que todavía poseía la rama de Northumberland. ¿No quería tomar otro vasito de ron? ¿Y examinar el balance del año anterior? El señor Freely era un hombre preocupado por poseer virtudes personales y no deseaba vanagloriarse de su familia, tal como otros harían.

Sabemos con qué facilidad puede conducirse al gran Leviatán cuando está sujeto de la nariz por un anzuelo o de las mandíbulas por una cuerda . El señor Palfrey era un hombre grande pero, como Leviatán, su propia masa actuaba en contra de sí mismo en cuanto tomaba una decisión. No era un hombre voluble que cambiara fácilmente de opinión. Suficiente. Antes de transcurridos dos meses, había aprobado el matrimonio del señor Freely con su hija Penny y, tras haber dado con una fórmula por la que podía justificarlo, alejó todas las dudas y objeciones, incluso las propias. La fórmula era la siguiente: «No soy hombre que meta la cabeza en un lugar antes de saber adónde conduce».

La pequeña Penny estaba muy orgullosa y nerviosa, pero no se sentía tan feliz como había creído que estaría cuando se comprometiera. Se preguntaba si al joven Towers le importaría mucho, porque últimamente no había pasado por su casa, y hermana y hermanos se mostraban más inclinados a la burla que a la comprensión. En Grimworth no se hablaba de otra cosa. Todos los hombres ensalzaban la buena suerte del señor Freely; en tanto que las mujeres, con la tierna solicitud característica de su sexo, deseaban que el matrimonio saliera bien.

Mientras los asuntos se encontraban en ese momento triunfal, una mañana el señor Freely observó que un tallador de piedra que había estado desayunando en el comedor se había olvidado un periódico. Era la Gazette de determinada región del país no del todo desconocida para el señor Freely, de manera que sintió cierta curiosidad y le echó un vistazo, en especial a los anuncios. Un suave rubor recorrió su rostro al leerla. La causa era el siguiente mensaje: «Si David Faux, hijo de Jonathan Faux, domiciliado antiguamente en Gilsbrook, se presenta en la oficina del señor Strutt, abogado de Rodham, tendrá noticia de algo que le resultará de provecho».

-¡Padre ha muerto! -exclamó el señor Freely involuntariamente-. ¿Me habrá dejado algo en herencia?