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Tal vez no esperara el lector que el señor Faux regresara de las Indias Occidentales a los pocos años de llegar y se estableciera en su antiguo negocio, como un hombre corriente que nunca hubiera viajado. Pero cosas como ésta suceden en la vida. Desde el momento en que, como sabemos, los hombres cambian de cielos y ven nuevas constelaciones sin que por ello se transforme su alma, bien puede suceder que algunas veces no cambien de actividad en nuevas circunstancias.

Sin duda, este resultado también contradecía las expectativas de David. Como bien sabrás, había albergado esperanzas de tener una carrera brillante entre «los negros»; pero fuera porque habían visto ya demasiados hombres blancos o por cualquier otro motivo, no lo reconocieron de inmediato como un ser humano de categoría superior; además, no había princesa alguna entre ellos. En Jamaica nadie deseaba mantener a David por el mero placer de su compañía; y los méritos ocultos de un hombre que tan bien los conoce se apreciaban tan poco allí como en la decadente sociedad del Viejo Mundo. De manera que con las oscuras insinuaciones que lanzaba David en el Oyster Club sobre la vida de placeres sultánicos que había llevado en las lujosas Indias, a mi parecer, en realidad, no se hacía ningún bien; según creo, tuvo que trabajar para ganarse el pan y volvió a cocinar, ya que, al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Había tramado varios planes ingeniosos para burlar a personas de gran fortuna y escasas facultades; pero nunca encontró ni a las personas adecuadas ni las circunstancias oportunas. Las artimañas de David para enriquecerse sin trabajar al parecer no guardaban relación con el mundo que lo rodeaba, a diferencia de las recetas de pastelería. Es posible dar por buenas muchas monedas malas de medio penique o de media corona, pero me parece que no se conoce el caso de que se haya dado por medio penique o media corona un soberano. Un tahúr puede hacer buenos negocios en este mundo: es innegable que puede llegar a tener una buena carrera, si se atreve a desafiar las consecuencias; pero David era demasiado tímido para ser un tahúr o aventurarse en ningún sentido entre las trampas de la ley. No se atrevía a robar a nadie más que a su madre, de manera que tuvo que replegarse en su valor personal y conformarse con dar de vez en cuando medio penique falso o, para hablar con más precisión, pasar por buen cocinero y repostero. Porque, a pesar de algunas lecturas y observaciones, no podía conseguir dinero de otro modo; más aún, incluso encontró en sí mismo la capacidad de extender su habilidad en esta dirección y ocuparse de toda forma de cocina; mientras tanto empezó a advertir que no era capaz de brillar en otras ramas del trabajo humano. El Destino era demasiado fuerte para él; había creído que podría dominarlo y para ello había cruzado el mar; pero el Destino lo atrajo, le ató un delantal y, tras arrebatarle otros recursos, lo puso a cocinar pasteles y pastas en una cocina de Kingston. Empezó a mostrarse sumiso con él, puesto que lo recompensaba con ganancias aceptables; pero las calenturas y las fiebres miliares, y otros males que aquejan a los cocineros en los climas ardientes crearon en él ansias de regresar a su tierra natal; de manera que tomó de nuevo el barco con los ahorros de seis años, esta vez con una idea clara de cuáles eran las intenciones del Destino respecto a su carrera. Si se me pregunta con insistencia si todo el dinero con el que se había instalado en Grimworth procedía de puros y simples ahorros, me veré en la necesidad de confesar que obtuvo algunas cantidades gracias a su caritativo silencio sobre algunas fechorías ajenas. En conjunto, puesto que su apellido no iba asociado a ninguna perspectiva prometedora, y puesto que un nuevo bautismo parecía un buen principio para una nueva vida, David Faux consideró oportuno llamarse a sí mismo Edward Freely.

¡Y hete aquí que, frente a todo pronóstico, el nombre de David Faux parecía estar vinculado a ciertos beneficios! ¿Debía rechazarlos, en su condición de próspero hombre de negocios? Aquella decisión podría ponerlo en contacto con su familia de nuevo, y no sentía el menor anhelo en esa dirección; además, tenía poca fe en que ese «algo que le resultará de provecho» pudiera ser considerable. Por otra parte, todo beneficio, por pequeño que sea, resulta agradable, y la promesa le pareció tan sorprendente en este caso que estimuló su curiosidad. Al final, pesó más uno de los platillos de la balanza y se decidió a escribir al abogado y, en resumidas cuentas, la correspondencia terminó en una cita para una reunión entre David y su hermano mayor en el despacho del señor Strutt, después de que el vago «algo» se hubiera definido como una herencia de su padre de ochenta y dos libras con tres chelines.

Como bien sabrá el lector, David contaba con que lo desheredaran; y así habría sido si no hubiera nacido, como tantos otros hijos indiferentes, de padres buenísimos, cuya conciencia los hacía escrupulosos ahí donde personas mucho más instruidas se sienten justificadas con frecuencia para dejarse arrastrar por la indignación. La buena de la señora Faux nunca pudo olvidar que había traído a ese hijo mal preparado a un mundo en ese estado total de indefensión que excluía cualquier elección por su parte; y, de un modo u otro, tenía la sensación de que el hecho de que anduviera por mal camino sería culpa de su padre y de su madre si se apartaban, por poco que fuera, de sus deberes de padres. El concepto que tenía de estos deberes no era muy elevado ni sutil, pero incluía darle la parte que le correspondía de la prosperidad familiar; porque cuando un hombre posee un poco de dinero honrado, ¿acaso es probable que robe? Dejar al hijo delincuente sin un chelín era como entregarlo a sus malas tendencias. No; era mejor restar de su parte las veinte guineas que había robado y sumar las tres que su madre siempre había considerado que le correspondían; y, aunque se había escapado y, tal vez, había huido allende los mares, era preferible que, a pesar de todo, se le concediera el dinero y quedara en reserva para su posible regreso. El señor Faux estaba de acuerdo con la opinión de su mujer y escribió un codicilo a su testamento con tiempo suficiente para morir con la conciencia tranquila. Sin embargo, durante mucho tiempo su familia creyó que, probablemente, David nunca volvería a aparecer; y el hijo mayor, que tenía a Jacob a su cargo, pensaba con frecuencia que era un poco injusto que tal vez David estuviera muerto y, no obstante, al no estar su muerte confirmada, su herencia no llegara a su heredero legítimo. Pero, en este estado de cosas, un vecino aportó el testimonio contrario -es decir, que David estaba todavía vivo y en Inglaterra- al asegurar que, durante un viaje a Cattleton, lo había visto en una calesa conducida por un hombre recio sentado a su lado. Podía «jurar que era David», aunque «no podía saber por qué, puesto que no tenía señal distintiva alguna; pero tampoco las tenía un perro blanco y eso no impedía que la gente lo distinguiera de otro perro blanco». Fue este incidente el que había conducido al anuncio.

Naturalmente, la herencia se pagó tras revelar unos pocos datos en relación con la situación real de David. Rogó que saludaran a su madre en su nombre y que le dijeran que esperaba poder visitarla de vez en cuando; pero en aquellos momentos sus negocios y su inminente matrimonio le impedían viajar. Su hermano le contestó con sinceridad.

-Madre puede decidir lo que quiera sobre tus visitas pero, por mi parte, no quiero volver a verte por casa. Cuando la gente toma un nombre nuevo, es mejor que trate con sus nuevas amistades.

David se guardó el insulto junto con las ochenta y dos libras con tres y volvió a su casa con sensación de triunfo por lo fáciles que habían sido los trámites que lo habían enriquecido de ese modo. No tenía intención de ofender a su hermano reclamando más reconocimiento fraternal y regresó satisfecho al personaje de Edward Freely, el huérfano, vástago de una familia grande pero reducida, con un tío excéntrico en las Indias Occidentales. (He insinuado ya que estaba algo familiarizado con la literatura de ficción; y, puesto que era un hombre práctico, habrá advertido ya el lector que había aplicado tal forma de conocimiento a fines prácticos.)

Transcurrida algo más de una semana del regreso de ese fructífero viaje, tras fijar la fecha de matrimonio con Penny, se acordó que la señora Palfrey superara su reticencia a salir de casa y ella y su marido llevaran a sus dos hijas a examinar la futura morada de la pequeña Penny y decidir qué disposiciones podían tomarse para acoger a la novia. El señor Freely quería que tuviera una casa tan bonita y cómoda que no envidiara siquiera a la esposa de un comerciante de lanas. Por supuesto, la sala situada sobre la tienda sería el salón principal; pero también el salón que había detrás debía convertirse en un alojamiento adecuado para la linda Penny, la cual, por supuesto, desearía estar cerca de su marido, aunque el señor Freely declaró que había decidido que nunca permitiría que su esposa atendiera en la tienda. Las decisiones sobre los muebles del salón se dejaron para el final, porque el grupo debía tomar en él el té; y, hacia las cinco, allí se sentaron todos delante de los mejores bollos y panecillos de mantequilla, mientras la pequeña Penny se sonrojaba y sonreía, con el cabello recogido pulcramente y un vestido azul que mostraba sus pequeños hombros blancos, mientras le preguntaban una opinión que nunca daba. Deseaba en secreto tener un adorno especial para la chimenea, pero no se atrevía a mencionarlo. Sentada junto a su amarillento y marchito enamorado, el cual, a pesar de que todavía no había alcanzado los treinta años, tenía ya patas de gallo en los ojos, temblaba ante la buena suerte que había tenido al casarse con un hombre tan viajado... ¡y antes que su hermana Letty! La bella Letitia tenía un aire orgulloso y despectivo, pensaba que su futuro cuñado era una persona odiosa y estaba enfadada con su padre y su madre por permitir que Penny se casara con él. ¡Pobrecita Penny! Parecía una cereza tierna a punto de que la arrancara con los dientes una boca sin labios. ¿Acaso ningún liberador vendría a salvar a aquella cereza de boca semejante?

-Qué aire de familia tienen usted y el almirante, señor Freely -señaló la señora Palfrey, que contemplaba el retrato de familia por primera vez-. ¡Es maravilloso! Y es sólo un tío abuelo. ¿Se parece usted al resto de su familia, por lo que sabe?

-No podría decírselo -contestó el señor Freely con un suspiro-. Gran parte de mi familia tiene una opinión demasiado elevada de sí misma para tenerme en cuenta.

En ese momento se oyó en la tienda un extraordinario alboroto, como si un pesado animal anduviera por ella bufando enfadado, y después se oyó cómo un frasco de cristal se hacía añicos mientras la voz del aprendiz gritaba «Patrón», muy asustada.

El señor Freely se puso de pie, inquieto y asombrado, y se apresuró a acudir a la tienda, seguido por los cuatro Palfrey, que se detuvieron en la puerta del salón, paralizados de asombro al ver a un hombre grande vestido con un blusón, con una horca en la mano, que corría hacia el señor Freely gritando:

-¡Zavy, Zavy, mano Zavy!

Era Jacob y, durante un momento, David perdió la calma. Tuvo la sensación de que lo detenían por haber robado las guineas de su madre. Se quedó helado y tembló bajo el abrazo de su hermano.

-Vaya, ¿qué pasa aquí? -preguntó el señor Palfrey, adelantándose desde la puerta-. ¿Quién es?

Jacob le contestó diciéndole una y otra vez:

-Soy Zacob, el mano Zacob, enido a ver a Zavy -hasta que el hambre lo empujó a soltar el abrazo y coger una gran empanada que se llevó a la boca.

Llegado a aquel punto, la inventiva de David había empezado a regresar, pero era una tarea muy difícil para su prudencia dominar la rabia y el odio hacia el pobre Jacob.

-No sé quién es: debe de estar bebido -dijo en voz baja al señor Palfrey-. Pero es peligroso con esta horca. Seguro que no quiere soltarla. -Se contuvo a tiempo de revelar una intimidad excesiva con las costumbres de Jacob y añadió-: Vigílelo mientras voy a buscar a un agente de policía. –Y salió corriendo de la tienda.

-Caramba, ¿y de dónde sales, muchacho? -preguntó el señor Palfrey, dirigiéndose a Jacob en tono conciliador.

Jacob se comía la empanada a grandes bocados y miraba a su alrededor las demás cosas buenas de la tienda, mientras sujetaba la horca con el brazo izquierdo y ponía esa mano sobre algunos bollos. Se encontraba en la extraña situación de aquel que recupera a un amigo largo tiempo ausente y lo encuentra más rico que nunca en precisamente aquello que le había hecho ganar su aprecio.

-Zacob, el mano Zacob. Quiero a Zavi, mano Zavi -dijo en cuanto el señor Palfrey consiguió atraer su atención-. Zavi volvió de las Indias, se llevó las ineas de madre. ¿Dónde está Zavi? -añadió, mirando a su alrededor y después, volviéndose a los otros con aire de interrogación, desconcertado por la desaparición de David.

-Qué raro -señaló el señor Palfrey a su esposa y a sus hijas-. Parece decir que Freely es su hermano que ha vuelto de las Indias.

-¡Qué simpático pariente para nosotros! -dijo Letitia con aire sarcástico-. Lo encuentro muy parecido al señor Freely. Tiene el mismo tipo de nariz y los ojos del mismo color.

La pobre Penny estaba a punto de echarse a llorar.

En aquel momento, el señor Freely volvió a entrar en la tienda sin el agente de policía. En las escasas yardas recorridas había tenido tiempo y tranquilidad suficientes para adquirir una visión más amplia de las consecuencias, y se había dado cuenta de que el que se llevaran a Jacob al asilo de pobres o al calabozo como si fuera un desconocido molesto podría tener efectos desagradables si su familia se tomaba la molestia de ir a buscarlo. Debía resignarse a medidas más pacientes.

-Lo he pensado mejor -dijo, haciendo un gesto con la mano al señor Palfrey y susurrándole mientras Jacob les daba la espalda-: es un pobre tonto, quizá venga a buscarlo su familia. No me importa darle un poco de comer y dejar que pase la noche aquí. Se le ha metido en la cabeza que me conoce: los idiotas tienen fantasías de ésas. Quizá se vaya dentro de una hora o dos y no arme más alboroto. Yo soy un hombre bondadoso y no me gustaría que trataran mal a este infeliz.

-Caramba, si es capaz de comer por valor de un soberano en un santiamén -dijo el señor Palfrey, pensando que el señor Freely era de una generosidad excesiva.

-Eh, Zavi, vuelves? -exclamó Jacob, dando a su querido hermano otro abrazo, que aplastó al señor Freely contra el mango de la horca.

-Ajá -dijo el señor Freely sonriendo, plenamente dispuesto al asesinato: sólo le faltaba el valor. Deseó que los bollitos tuvieran arsénico.

-¿Ineas de madre? -preguntó Jacob, señalando una jarra de cristal con caramelos amarillos, situada junto al escaparate-. Dame.

David no osó hacer otra cosa que coger la jarra de cristal y darle un puñado a Jacob. Lo acogió en la bata, que extendió para que cupieran más.

«En todo caso, eso lo mantendrá tranquilo», pensó David, y vació el frasco. Jacob esbozó una amplia sonrisa e hizo una mueca de entusiasmo.

-Es usted muy bueno con este desconocido, señor Freely -dijo Letitia; y a continuación, cuando David se sumó al grupo situado en el salón, añadió con desprecio-: Me parece que no lo trataría mejor si fuera su verdadero hermano.

-Siempre he pensado que era un deber ser bondadoso con los idiotas -dijo el señor Freely, esforzándose en tratar el asunto desde el punto de vista más moral-. Bien podríamos haber salido idiotas también nosotros, cualquiera podría ser idiota, en lugar de poseer todos los sentidos.

-No sé de dónde sacaríamos entonces comida para todos -señaló la señora Palfrey examinando la cuestión como un ama de casa.

-Sentémonos todos y terminémonos el té -dijo el señor Freely-. Dejemos tranquila a esa pobre criatura.

Volvieron a entrar en el salón; pero Jacob no pareció apreciar la amabilidad de que lo dejaran solo, siguió inmediatamente a su hermano y se sentó a la mesa con la horca plantada en el suelo.

-Bien -dijo la señorita Letitia, poniéndose en pie-. No sé si quiere quedarse usted, madre; pero yo me iré a casa.

-Oh, yo también -dijo Penny, terriblemente asustada de Jacob, que había empezado a mirarla moviendo la cabeza y sonriendo.

-Bueno, me parece que lo mejor será que nos vayamos, señor Palfrey -dijo la madre, levantándose más despacio.

El señor Freely, cuyo rostro había amarilleado francamente durante la última media hora, no se opuso a la propuesta. Deseaba que volvieran a verse «en circunstancias más felices».

-Pues a mí me parece que ese hombre es su hermano -dijo Leticia cuando estaban todos de camino a casa.

-Letty, eso es muy desagradable por tu parte -dijo Penny, echándose a llorar.

-¡Tonterías! -dijo el señor Palfrey-. Freely no tiene ningún hermano, lo ha dicho muchísimas veces; es huérfano; no tiene nada más que tíos, uno, por lo menos. ¿Qué más da lo que diga un idiota? ¿Qué necesidad tiene Freely de contar mentiras?

Letitia alzó la barbilla y se calló.

El señor Freely, cuando se quedó a solas con su afectuoso hermano Jacob, meditó sobre la posibilidad de engatusarlo, sacarlo de la ciudad a la mañana siguiente temprano y hacer que lo llevaran a Gilsbrook antes de que revelara más secretos. Pero era difícil. Advertía con claridad que, si era él quien se llevaba a Jacob, su ausencia, sumada a la desaparición del desconocido, convencería a todos de que se trataba de un pariente, o lo obligaría a tomar el peligroso rumbo de inventar una historia para explicar su desaparición y su ausencia simultáneas. David gimió. En algunas ocasiones la falsedad parece poco oportuna. Tal vez habría sido más astuto no haber contado nunca esas hábiles mentirijillas sobre sus tíos, ensalzándolos o no; porque los Palfrey eran personas simples y compartían los prejuicios populares contra la mentira. Y aunque, en esta ocasión, pudiera sacar de ahí a Jacob, ¿qué garantía tenía de que no volvería otra vez, ahora que sabía el camino? ¡Oh, guineas! ¡Oh, caramelos! ¡Qué dignos de envidia eran aquellos que nunca habían robado a su madre y nunca habían dicho mentirijillas! David pasó la noche sin dormir mientras Jacob roncaba a su lado. ¿Aquél era el resultado de viajar a las Indias y adquirir una combinación de anécdotas y experiencia?

Se levantó al romper el día, como en otra ocasión anterior en que también temió a Jacob, e intentó por todos los medios despertar a su fatal hermano de su profundo sueño; no se atrevía a hacer ruido, porque el aprendiz dormía en la casa y lo contaría todo. Pero Jacob no quería despertarse. Rechazó con los puños la desconocida causa de alteración, se dio media vuelta y roncó de nuevo. Tenía que dejar que se despertara como quisiera. David, con la frente cubierta de sudor frío, tuvo que reconocer que aquel día no podría librarse de Jacob.

Antes de mediodía, el señor Palfrey acudió a Grimworth movido por la natural curiosidad de averiguar cómo su futuro yerno se había librado de aquel desconocido al que trataba con tanta benevolencia. Encontró una multitud en torno a la tienda. A aquellas alturas, todo Grimworth había oído contar que a Freely se le había pegado un idiota que lo llamaba «hermano Zavy»; y los más jóvenes del pueblo parecían considerar al singular desconocido una fuente inagotable de fascinación, mientras los vecinos se dejaban caer uno por uno para interesarse por el incidente.

-¿Y por qué no lo envía al asilo? -preguntó el señor Prettyman-. Va a terminar peleándose con él delante de los niños, y le devorará. El asilo es el mejor lugar para él; que lo vaya a buscar allí su familia, si es que tiene.

-Esa será su opinión, señor Prettyman -dijo David, con el ánimo debilitado por la tortura de su posición.

-¡Vaya! ¿Entonces es su hermano? -dijo el señor Prettyman, mirando a su vecino Freely con dureza.

-Todos los hombres son nuestros hermanos, de especial los idiotas -dijo el señor Freely, que, como muchos otros hombres viajados, no dominaba su lengua materna.

-Vamos, vamos: si es su hermano, diga la verdad, hombre -dijo el señor Prettyman, cada vez más receloso-. No se avergüence de quien es sangre de su sangre.

El señor Palfrey estaba presente y también observaba a Freely. A cualquier hombre le resulta difícil creer en las ventajas de decir una verdad que revelará que se ha comportado como un mentiroso. En aquel momento crítico, David se acobardó y no se atrevió a caer en desgracia ante los ojos de su futuro suegro.

-Señor Prettyman -dijo-, sus comentarios me parecen un insulto. No tengo motivo alguno para no estar orgulloso de quienes son sangre de mi sangre. Si este pobre hombre fuera mi hermano en grado mayor que cualquier otro hombre, lo diría.

Una figura alta oscureció la puerta y David, alzando los ojos en esa dirección, vio a su hermano mayor, Jonathan, en el umbral.

-Me quedo con Zavy -gritó Jacob al ver él también a su hermano mayor; después corrió tras el mostrador y se agarró a David.

-¡Vaya! ¿Está aquí? -dijo Jonathan Faux, avanzando-. Mi madre no dice nada si pasa tanto tiempo fuera, pero yo debo cuidarlo. Y me ha parecido que sería muy probable que hubiera venido a verte, porque hemos estado hablando de ti últimamente y de dónde vivías.

David vio que no había escapatoria; esbozó una sonrisa espectral.

-¡Vaya! ¿Es pariente suyo, señor? -preguntó el señor Palfrey a Jonathan.

-Ajá, es el inocente de mi hermano, claro que sí -dijo el sincero Jonathan-. Mucho trabajo y dinero, es lo que nos cuesta, en lo que come y otras cosas, pero debemos soportar la carga que nos corresponde.

-¿Y se llama usted Freely, no es así? -preguntó el señor Prettyman.

-Quiá, me llamo Faux, no sé nada de Freelys -dijo Jonathan de manera cortante-. Vamos-añadió, dirigiéndose a David-: debo dar noticias a la madre de Jacob. ¿Me lo llevo conmigo o te ocuparás tú de enviarlo a casa?

-Llévatelo, si consigues que me suelte -dijo David débilmente.

-Entonces, este caballero que se dedica al ramo de la repostería, ¿es su hermano, señor mío? -preguntó el señor Prettyman con la sensación de que en aquella ocasión era necesario utilizar un lenguaje formal.

-Por mí como si no lo fuera -dijo Jonathan, incapaz de reprimir un impulso de indignación que nunca se había permitido satisfacer-. Se escapó de casa hace años con buenas razones en el bolsillo: imagino que ya no quería que nadie lo reconociera como pariente.

El señor Palfrey salió de la tienda; sentía su orgullo demasiado herido por haber permitido que lo engañaran para interesarse por los detalles. Lo que más le urgía era llegar a su casa y decirle a su hija que Freely era un pobre ladronzuelo, probablemente un granuja, y que su compromiso se había roto.

El señor Prettyman se quedó, hasta cierto punto, complacido en su interior porque nunca había cedido ante Freely, y ahora vería el señor Chaloner a qué clase de individuo había puesto por encima de otros parroquianos más antiguos. Consideraba que le correspondía a él (el señor Prettyman) conocer, en interés de la parroquia, todo lo que se pudiera saber sobre el «intruso». Si las cosas seguían así, acabaría instalándose en Grimworth gente venida de los penales de Australia.

Pronto resultó evidente que Jacob no dejaría a su hermano David más que a la fuerza. Aquél comprendía con la claridad del cerebro más inteligente que Jonathan lo devolvía a la leche desnatada, las masas de manzana, las habas y el cerdo. Y en la tienda de su hermano había encontrado un paraíso. Era cosa difícil emplear la fuerza contra Jacob, porque llevaba pesadas botas con clavos, y si le hubieran arrebatado la horca, habría recurrido sin vacilar a las patadas. Sólo el recurso a la astucia para atarlo de pies y manos podía ponerlos a salvo.

-Que se quede -dijo David, con desesperada resignación, asustado ante todo por la idea de que se produjeran mayores disturbios en la tienda, lo que no haría más que llamar la atención sobre sí mismo-. Vete y mañana quizá pueda llevarlo conmigo a Gilsbrook. Me seguirá a toda prisa, imagino -añadió con un gemido contenido.

-Muy bien -dijo Jonathan ásperamente-. No veo por qué no te iba a dar a ti molestias y gastos, como a todos los demás. Pero ocúpate de traerlo pronto y sano y salvo, o madre no descansará.

Tras llegar a este acuerdo, el señor Prettyman rogó al señor Jonathan Faux que fuera a comer algo con él, invitación francamente aceptable; y, puesto que el honrado Jonathan no tenía nada de que avergonzarse, es probable que fuera muy franco en su comunicación con el cortés pañero, el cual, con el objetivo de conseguir el bien de la parroquia, se apresuró a sonsacar toda la información que pudo obtener sobre Freely. Puede bien imaginar el lector que la reunión de aquella noche en el club del Woolpack resultó inusitadamente animada. Todos los miembros estaban impacientes por demostrar que nunca les había gustado Freely, tal como se hacía llamar. Pero el nombre verdadero era Faux, ¿no? Más adecuado sería que se llamara Fraude. La mayoría expresaba el deseo de ver cómo lo echaban de la ciudad entre abucheos.

El señor Freely no se aventuró a salir por la puerta aquel día, porque sabía que Jacob saldría con él y era muy probable que arrastraran un cortejo de seguidores juveniles. Envió recado para reservar la calesa del Woolpack a una hora temprana al día siguiente; pero el patrón no mantuvo el encargo en riguroso silencio. Se informó al señor Freely de que no podían darle la calesa hasta las siete; y los vecinos de Grimworth eran madrugadores. Quizá aquella mañana concreta estaban más despiertos que de costumbre; porque, cuando animaron a subir a Jacob a la calesa con su hermano David, con una bolsa de dulces en la mano, los habitantes del mercado se asomaban ya por puertas y ventanas, y a la vuelta de la esquina había incluso una asamblea de aprendices y escolares que, al pasar, les gritaron de un modo que Jacob interpretó como alegre y amistoso y les contestó moviendo la cabeza y con una gran sonrisa. «¡Viva, David Faux! ¿Cómo está tu tío?», fue su saludo matutino. Como otros comentarios mordaces, no estaba del todo improvisado.

Ni siquiera este escarnio público resultó tan aplastante para David como la horrible idea de que, aunque ahora consiguiera devolver a Jacob a su casa, nunca estaría seguro de que no volviera, como una avispa al tarro de la miel. Mientras David viviera en Grimworth, pendería sobre él la posibilidad de que Jacob regresara. Pero ¿podría seguir viviendo en Grimworth, convertido en objeto de burlas, rechazado por los Palfrey, tras haberse deleitado con la conciencia de que era un pastelero próspero y envidiado? A David le gustaba que lo envidiaran; le importaba menos que lo amaran.

Pronto se resolvieron sus dudas sobre este asunto. El ánimo de Grimworth se obstinó en situarse contra él y sus viandas y, como la nueva escuela se había terminado, se cerró el salón. Aunque no hubiera habido otros motivos, habría bastado el apego a los Palfrey, esa respetable familia que vivía en la parroquia desde tiempos inmemoriales, para que las gentes adineradas declinaran los bienes de Freely. Además, se había fugado con las guineas de su madre: ¿quién podía saber qué más había hecho en Jamaica o en otros lugares antes de llegar a Grimworth para infiltrarse con engaños en el seno de las familias? Las mujeres se estremecían. Empezó a suscitar las más terribles sospechas: los ojos verdes y las piernas zambas tenían aspecto criminal. Al párroco le desagradaba la presencia de un hombre que se había impuesto sobre su voluntad; y todos los chicos que no podían permitirse comprar en la rienda gritaban «David Faux» cuando pasaban por delante. Sin duda, nadie estaba dispuesto a pagar nada por el «fondo de comercio» del negocio del señor Freely, y se vería obligado a marcharse sin un peculio tan deseable para sufragar los gastos de una mudanza.

A los pocos meses, la tienda de la plaza quedó en alquiler y David Faux, alias Edward Freely, se había ido: nadie sabía qué rumbo había tomado. Así se puso freno a la desmoralización de las mujeres de Grimworth. La joven señora Steene renovó sus esfuerzos para confeccionar empanadas ligeras y, cuando al final consiguió preparar una hornada tan excelente que el señor Steene la miró con complacencia mientras se las comía, diciendo que eran las mejores que había probado en su vida, pensó menos en bulbules y renegados. En los pechos de las amas de casa matroniles resucitaron los secretos de la buena cocina, y las hijas volvieron a sentir deseos de que las iniciaran en ellos.

Imagino que alegrará saber al lector que las telas que la linda Penny había comprado para preparar su matrimonio con el señor Freely le resultaron tan útiles para la boda con el joven Towers como si hubieran estado destinadas expresamente a esta última ocasión. Porque la tez de Penny no se había alterado y el azul siempre sienta bien.

Aquí termina la historia de David Faux, pastelero, y de su hermano Jacob. Y en ella vemos, según creo, un admirable ejemplo de las formas inesperadas bajo las que la gran Némesis se esconde.

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