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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 9.
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PRIMER CABALLERO:
Una tierra antigua en oráculos antiguos
Se llama «sedienta de la ley»: todo su esfuerzo fue tras el orden y la regla perfecta.
Decid, ¿dónde están ahora esas tierras?
SEGUNDO CABALLERO:
¡Cómo!, donde yacen desde años... en las almas humanas.

La actitud del señor Casaubon respecto a la dote fue altamente satisfactoria para el señor Brooke, y los preliminares de la boda se desarrollaron apaciblemente, acortando las semanas de noviazgo. La novia debía ver su futuro hogar e indicar cualquier cambio que deseara se llevara a cabo en él. Las mujeres mandan antes del matrimonio a fin de poder tener después apetito para la sumisión. Y, verdaderamente, los errores que nosotros los mortales femeninos y masculinos cometemos cuando usamos de nuestra libertad podrían hacer que nos sorprendiéramos del aprecio en que la tenemos.

Una mañana gris pero seca de noviembre, Dorothea fue a Lowick en compañía de su tío y de Celia. El hogar del señor Casaubon era la casa solariega. Muy cerca, visible desde algunas partes del jardín, quedaba la pequeña iglesia, con la vieja casa parroquial enfrente. Al inicio de su carrera, el señor Casaubon sólo había disfrutado de los beneficios, pero la muerte de su hermano le había. proporcionado también la casona. Tenía un pequeño parque, con algún que otro hermoso roble aquí y allí y una avenida de tilos hacia la fachada suroeste, con una zanja entre el parque y la zona de recreo, de forma que desde las ventanas del cuarto de estar la vista recorría ininterrumpidamente una loma de césped hasta que los tilos culminaban en un llano de cereales y pastos que con frecuencia parecían fundirse en un lago a la puesta del sol. Este era el lado alegre de la casa, pues el sur y el este tenían un aspecto bastante melancólico incluso en las mañanas más claras. Los terrenos aquí estaban más encerrados, los parterres mostraban cierto descuido y grandes grupos de árboles, en especial de sombríos tejos, habían crecido desmesuradamente a menos de diez metros de las ventanas. El edificio de piedra verdosa era de estilo tradicional inglés, no feo, pero de ventanas pequeñas y aspecto triste: el tipo de casa que requiere niños, muchas flores, ventanas abiertas y los pequeños detalles de cosas alegres para convertirlo en un hogar gozoso. En este final de otoño, con exiguos restos de amarillentas hojas cayendo lentamente sobre los oscuros árboles de hoja perenne y en una quietud carente de sol, la casa ofrecía asimismo un aspecto de declive otoñal, y el señor Casaubon, cuando hizo su aparición, no poseía frescor alguno que este entorno pudiera realzar.

«¡Dios mío!», se dijo Celia para sí misma. «Estoy segura que Freshitt Hall hubiera sido mucho más agradable que ésto.» Recordó la sillería blanca, el pórtico con columnas y los arriates cuajados de flores, a Sir James dominándolo todo con una sonrisa, cual príncipe saliendo del encantamiento en medio de un rosal, con un pañuelo metamorfoseado prestamente a partir de los pétalos de más delicado aroma. ¡Sir James, cuya conversación resultaba tan agradable, siempre sobre cosas de sentido común y no de sapiencia! Celia poseía esos gustos livianos y femeninos que hombres serios y trabajadores a veces prefieren en sus esposas. Felizmente, la inclinación del señor Casaubon había sido distinta, pues poca oportunidad habría tenido con Celia. Por el contrario, Dorothea consideró la casa y los terrenos todo cuanto pudiera desear. las oscuras estanterías llenas de libros de la larga biblioteca, las alfombras y las cortinas de colores mitigados por el tiempo, los curiosos mapas antiguos y vistas de pájaros en las paredes del pasillo, con aquí y allí un viejo jarrón debajo, no la deprimían y se le antojaban más animados que las escayolas y los cuadros de Tipton Grange que su tío había ido trayendo a casa, hacía tiempo, de sus viales, probables exponentes de las ideas que en tiempos fuera absorbiendo. Para la pobre Dorothea los severos desnudos clásicos y las burlonas obras renacentistas y lorregianas resultaban dolorosamente inexplicables, escudriñadoras de sus concepciones puritanas, pues jamás la habían enseñado cómo entrelazarlas con su vida. Pero evidentemente, los dueños de Lowick jamás habían sido viajeros, y los estudios sobre el pasado del señor Casaubon no se llevaban a cabo mediante tales ayudas. Dorothea recorrió la casa con una deliciosa emoción. Todo le parecía santificado: éste iba a ser su hogar de desposada y miraba con ojos llenos de confianza al señor Casaubon cuando él llamaba su atención sobre algo en particular y le preguntaba si quería hacer algún cambio. Agradeció toda apelación a su gusto, pero no encontró nada que cambiar. Los esfuerzos del señor Casaubon por ser absolutamente cortés y por mostrar un cariño formal no tenían para ella defecto alguno. Rellenaba todos los huecos con perfecciones no manifestadas, interpretándole tal y como ella interpretaba las obras de la providencia, y disculpando aparentes disensiones con su propia sordera ante armonías más sublimes. Y son muchos los huecos que quedan en las semanas de noviazgo que una fe amorosa rellena con alegre seguridad.

-Y ahora, mi querida Dorothea, quisiera que me complacieras indicándome qué habitación desearías tener como tu gabinete -dijo el señor Casaubon, demostrando que su conocimiento de la naturaleza femenina era lo suficientemente amplio como para incluir ese requisito.

-Eres muy amable al haber pensado en eso -dijo Dorothea-, pero te aseguro que preferiría que todas estas cosas las decidieras por mí. Estaré mucho más feliz aceptando todo tal cual está, tal y como tú estás acostumbrado a tenerlo, o como tú mismo decidas que esté. No tengo motivos para desear otra cosa.

-Pero Dodo -dijo Celia-, ¿no te gustaría la habitación del mirador de arriba?

El señor Casaubon las condujo allí. El mirador daba a la avenida de tilos; los muebles eran todos de un azul apagado y de la pared colgaba un grupo de miniaturas de damas y caballeros con el pelo empolvado. Un tapiz sobre una puerta también mostraba un mundo verde y azul con un ciervo en medio. Las sillas y las mesas eran de patas finas y fáciles de volcar. Era una habitación en la cual uno se podía imaginar al fantasma de una dama bien encorsetada volviendo de nuevo al escenario de su costura. Una endeble estantería contenía volúmenes en dozavo de literatura remilgada en piel, como Punto final del mobiliario.

-Sí -dijo el señor Brooke-, ésta sería una bonita habitación una vez se le pusieran cortinas nuevas y sofás, y todo eso. De momento, está un poco desnuda.

-No, tío -dijo Dorothea con prontitud-. Le ruego no hable de cambiar nada. Hay tantas otras cosas en el mundo que precisan cambio... me gustaría dejar esto como está. Y a ti te gustan así, ¿no? -añadió, mirando al señor Casaubon-. Quizá ésta fuera la habitación de tu madre cuando era joven.

-Lo era -dijo, con su lenta inclinación de cabeza. -Esta es tu madre -dijo Dorothea, que se había vuelto para mirar el conjunto de miniaturas-. Es como aquel retrato pequeñito que me trajiste, sólo que mejor, diría yo. ¿Y quién es ésta de aquí?
-Su hermana mayor. Eran, como tú y tu hermana, las únicas hijas del matrimonio que, como ves, está aquí encima. -La hermana es bonita -dijo Celia, sugiriendo que tenía una impresión menos favorable de la madre del señor Casaubon. Constituía una nueva revelación para la imaginación de Celia, que el señor Casaubon procediera de una familia que en su momento había sido joven... y en la que las señoras llevaban collares.

-Es un rostro peculiar -dijo Dorothea, examinándolo con atención-. Esos profundos ojos grises un poco juntos..., la delicada nariz irregular con una especie de ondulación..., y todos los rizos empolvados cayendo hacia atrás. En conjunto me parece peculiar, más que bonita. No hay ni siquiera un aire de familia entre ella y tu madre.

-No. Y tampoco su suerte fue parecida.

-No me habías hablado de ella -dijo Dorothea. -Mi tía hizo una boda poco afortunada. Nunca la conocí. Dorothea se sorprendió un poco, pero consideró que no sería delicado pedir en ese momento información que el señor Casaubon no ofrecía y se dirigió a la ventana para admirar la vista. El sol había traspasado el gris y la avenida de tilos proyectaba ya sombras.

-¿No querríais dar un paseo ahora? -dijo Dorothea. -Y seguro que te gustaría ver la iglesia -dijo el señor Brooke-. Es una iglesia muy graciosa. Y el pueblo. Cabe todo en una nuez. Seguro que te encanta, Dorothea, pues las casitas son como una fila de asilos..., pequeños jardincillos, alhelíes y ese tipo de cosas.

-Sí, sí -dijo Dorothea, mirando al señor Casaubon-. Me gustaría verlo todo -no había podido obtener de él nada más gráfico respecto a las casitas de Lowick que un «no están mal».

Pronto se encontraron en un camino de grava flanqueado por márgenes de hierba y grupos de árboles, siendo éste el camino más corto a la iglesia según indicara el señor Casaubon. Hubo una pausa ante la pequeña verja que daba paso al cementerio mientras el señor Casaubon iba a la cercana casa parroquial en busca de la llave. Celia, que se había quedado un poco rezagada, se acercó cuando vio que el señor Casaubon se había ido y dijo con su sereno estilo entrecortado que siempre parecía contradecir la sospecha de cualquier intención maliciosa:

-¿Sabes, Dorothea? Vi a alguien bastante joven subiendo por uno de los senderos.

-Y eso, Celia, ¿es muy sorprendente?

-Puede que haya un jardinero joven, ¿por qué no? -dijo el señor Brooke-. Le dije a Casaubon que debía cambiar de jardinero.

-No, no era un jardinero -dijo Celia-; era un caballero con un cuaderno de dibujo. Tenía el pelo rizado y de color castaño claro. Sólo le vi de espaldas. Pero era bastante joven.

-Tal vez fuera el hijo del coadjutor -dijo el señor Brooke-. ¡Ah! Ahí está Casaubon, y le acompaña Tucker. Va a presentártelo. Aún no conoces a Tucker.

El señor Tucker era el coadjutor de mediana edad, uno de los «clérigos inferiores» a quienes normalmente no les faltan hijos. Pero tras las presentaciones, la conversación no condujo a preguntas respecto a su familia y la sorprendente aparición juvenil quedó olvidada por todos salvo por Celia. Interiormente se negaba a creer que los rizos castaños y figura delgada pudieran tener relación alguna con el señor Tucker, quien era tan mayor y apergaminado como se esperaba que fuera el coadjutor del señor Casaubon; sin duda un hombre excelente que iría al cielo (Celia no quería carecer de principios), pero con unas desagradables comisuras de los labios. Celia pensó con tristeza en el tiempo que debería permanecer en Lowick como dama de honor, donde seguramente el coadjutor no tendría hermosos hijitos que, al margen de los principios, pudieran entretenerla.

El señor Tucker resultó de inestimable ayuda en su paseo, y tal vez el señor Casaubon no había carecido de visión en este punto, pues el coadjutor pudo responder a todas las preguntas de Dorothea acerca de la gente del pueblo y otros parroquianos. Todo el mundo, la aseguró, disponía de medios en Lowick: no había habitante en las casitas de renta baja que no tuviera un cerdo, y los pequeños jardines traseros estaban todos bien cuidados. Los chavales llevaban buena pana, las chicas hacían de apañadas sirvientas o trenzaban paja en sus casas. Aquí no había telares, ni disidentes, y aunque la disposición general tendía más al ahorro que a la espiritualidad, no había mucho vicio. Las aves de corral eran tan numerosas que el señor Brooke observó:

-Veo que sus granjeros dejan algo de cebada para que las mujeres espiguen. Los pobres de aquí pueden tener una gallina en la olla, como el buen rey francés solía desear para toda su gente. Los franceses comen muchas aves..., aves escuálidas, ¿saben?

-Creo que ese es un deseo muy mezquino -dijo Dorothea con indignación-, ¿es que los reyes son tales monstruos que semejante deseo deba considerarse una virtud real?

-Y si deseaba para ellos una gallina escuálida -dijo Celia-, no sería muy bueno. Pero quizá su deseo era que tuvieran aves gordas.

-Sí, pero la palabra se ha caído del texto, o tal vez estuviera subauditum, es decir, presente en la mente del rey, pero no pronunciada -dijo el señor Casaubon, sonriendo e inclinándose hacia Celia, quien al pronto se hizo atrás, porque no soportaba que el señor Casaubon parpadeara tan cerca de ella.
Dorothea se sumió en un silencio durante el camino de regreso a la casa. Sentía cierta desilusión, de la que se avergonzaba un poco, de que no le quedara nada por hacer en Lowick. Durante unos minutos contempló la posibilidad, que hubiera preferido, de que su hogar se hubiera encontrado en una parroquia que contuviera una mayor parcela de la misería de mundo, de forma que hubiera tenido más obligaciones activas.
(1) Disidentes o no-conformistas: confesiones protestantes fuera de la Iglesia Anglicana.

Pero a continuación, recurriendo al futuro que realmente se abría ante ella, dibujó un cuadro de una mayor devoción a los objetivos del señor Casaubon, donde le aguardaban nuevos deberes. Muchos podrían aparecérsele con la obtención de los mayores conocimientos que la compañía de su esposo proporcionaría.

El señor Tucker se despidió pronto de ellos, habiendo de atender a trabajos clericales que no le permitían comer en Lowick Hall. Así que entraban al jardín por la pequeña verja, el señor Casaubon dijo:

-Pareces un poco triste, Dorothea. Confío en que estés contenta con lo que has visto.

-Siento algo que quizá sea tonto y equivocado -respondió Dorothea, con su franqueza habitual-. Casi desearía que la gente necesitara que se hiciera algo más por ella. He conocido tan pocas maneras de ser útil en algo. Claro que mi noción de la utilidad debe ser muy reducida. Debo aprender nuevas formas de ayudar a las personas.

-Por supuesto -dijo el señor Casaubon-. Cada situación tiene sus obligaciones correspondientes. Confío en que la tuya, como dueña de Lowick, no dejará incumplido ningún anhelo.

-Eso puedo asegurarlo -dijo Dorothea con convicción-. Pero no creas que estoy triste.

-Me alegro. Y ahora, si no estás cansada, regresaremos a la casa por otro camino que el que vinimos.

Dorothea no estaba en absoluto cansada, y se hizo una pequeña circunvalación hasta llegar a un hermoso tejo, la principal gloria hereditaria de los terrenos a este lado de la casa. Así que se acercaron a él, vieron una figura, conspicua sobre un fondo oscuro de árboles perennes, que estaba sentada en un banco, dibujando el vetusto árbol. El señor Brooke, que caminaba delante con Celia, volvió la cabeza y dijo: -¿Quién es ese joven, Casaubon?

Se había acercado ya mucho cuando el señor Casaubon respondió:

-Es un joven pariente mío, un primo segundo. De hecho, es el nieto -añadió mirando a Dorothea- de la señora cuyo retrato has estado mirando, mi tía Julia.

El joven había dejado a un lado el cuaderno y se había levantado. Su pelo fosco y castaño, así como su juventud, le identificaron al momento con la aparición de Celia. -Dorothea, permíteme presentarte a mi primo, el señor Ladislaw. Will, ésta es la señorita Brooke.

El primo se encontraba ahora tan cerca que, cuando alzó su sombrero, Dorothea pudo ver un par de ojos grises bastante juntos, una delicada nariz irregular con una pequeña ondulación y el pelo cayendo hacia atrás. Pero había también una boca y un mentón de aspecto más prominente y amenazador que el perteneciente a la miniatura de la abuela. El joven Ladislaw no sintió la necesidad de sonreír como si gustara de esta presentación a su futura prima segunda y sus parientes, sino que mantuvo cierto aire de amohinada disconformidad.

-Veo que es usted un artista -dijo el señor Brooke, cogiendo el cuaderno de apuntes y ojeándolo con su característica informalidad.

-No, simplemente dibujo un poco. No hay ahí nada digno de ver -dijo el joven Ladislaw, sonrojándose quizá más por irritación que modestia.

-Vamos, vamos, esto está muy bien. Yo me dediqué un poco a esto en tiempos, ¿sabe? Esto, por ejemplo, esto es lo que yo llamo algo hermoso, hecho con lo que nosotros solíamos llamar brío -el señor Brooke les mostró a las dos chicas un dibujo grande, a color, de un terreno pedregoso y árboles, con un lago.

-No puedo juzgar estas cosas -dijo Dorothea, no con frialdad, pero sí con presta desaprobación ante el llamamiento que se le había hecho-. Ya sabe, tío, que nunca consigo ver la belleza de esos cuadros que usted dice merecen tantas alabanzas. Es un lenguaje que yo no entiendo. Supongo que hay alguna relación entre los cuadros y la naturaleza que yo soy demasiado ignorante para sentir, igual que tú ves lo que significa una frase en griego que a mí no me dice nada -Dorothea alzó la vista hacia el señor Casaubon, quien inclinó hacia ella la cabeza, mientras el señor Brooke decía, sonriendo calmosamente:

-¡Dios mío! ¡Qué diferentes son las personas! Tú debiste recibir una mala instrucción, porque esto es justamente lo apropiado para las chicas..., el dibujo, las bellas artes, y todo eso. Pero a ti te dio por dibujar planos; y ese tipo de cosas. Espero que venga a mi casa y allí le enseñaré lo que yo hice en esta línea -continuó, volviéndose hacia el joven Ladislaw, que hubo de ser extraído de su preocupada observación de Dorothea.

Ladislaw se había hecho la idea de que tenía que ser una chica desagradable, puesto que se iba a casar con Casaubon, y lo que acababa de decir acerca de su estupidez respecto a los cuadros hubiera confirmado esa opinión, incluso de haberla creído sincera. En cualquier caso, interpretó sus palabras como un juicio velado y tuvo la certeza de que consideraba sus dibujos detestables. Su disculpa contenía demasiada inteligencia: se estaba riendo tanto de su tío como de él mismo. Pero, ¡qué voz! Era como la voz de un alma que hubiera vivido en un arpa eólica. Esta tenía que ser una de las inconsistencias de la naturaleza. No podía haber ningún tipo de pasión en una chica que se casaba con Casaubon. Pero arrancó de ella la vista y agradeció la invitación del señor Brooke con una inclinación.

-Repasaremos juntos mis grabados italianos -continuó ese bondadoso caballero-. Tengo un sinfín de ellos, que no he mirado desde hace años. Uno se oxida en esta parte del país, ¿sabe? No usted, Casaubon, usted sigue con sus estudios, pero a mí se me van la ideas..., de no usarlas. Ustedes los jóvenes deben guardarse de la indolencia. Yo he sido demasiado indolente; hubo un tiempo en que habría podido llegar a cualquier parte.

-Esa es una admonición oportuna -dijo el señor Casaubon-, pero ahora pasemos a la casa, no sea que las jóvenes damas estén cansadas de estar de pie. Cuando se hubieron dado la vuelta, el joven Ladislaw se sentó para continuar su dibujo, y al hacerlo, su rostro adquirió una expresión de diversión que fue en aumento a medida que proseguía su labor hasta que finalmente echó hacia atrás la cabeza y estalló en una carcajada. En parte fue la recepción de su propia producción artística lo que le divirtió, en parte, la idea de su serio primo como novio de aquella muchacha, y en parte la definición del señor Brooke del lugar que hubiera podido ocupar de no ser por el impedimento de la indolencia. El sentido del absurdo del señor Ladislaw iluminó sus facciones de forma muy agradable: era el puro disfrute de lo cómico, sin mezcla alguna de burla o de vanagloria.
-¿Qué piensa hacer su sobrino en la vida, Casaubon? -dijo el señor Brooke así que prosiguieron.

-Se refiere a mi primo... no mi sobrino ¿no? -Sí, sí, primo. Como profesión, digo.

-La respuesta a esa pregunta es dolorosamente incierta. Al terminar sus estudios en Rugby no quiso ir a una universidad inglesa, donde yo le hubiera mandado con gusto, y eligió lo que debo considerar como una forma anómala de estudio en Heidelberg. Y ahora quiere volver al extranjero, sin ninguna meta específica, salvo el vago propósito de lo que él denomina cultura, en preparación para no sabe bien qué. Se niega a escoger una profesión.

-Supongo que no tiene más medios que los que usted le proporciona.

-Siempre le he dado a él y a sus parientes razones para saber que le proporcionaría, con moderación, lo que fuera necesario para adquirir una educación esmerada y establecerse dignamente. Por tanto, estoy obligado a cumplir las expectativas -dijo el señor Casaubon, colocando su conducta en el plano de la mera rectitud, rasgo de delicadeza que Dorothea observó con admiración.

-Está sediento de viajes; tal vez resulte ser un Bruce o un Mungo Park(2) -dijo el señor Brooke-. Yo mismo tuve esa idea durante una temporada.

-No, no siente inclinación por la exploración o la ampliación de la geognosia: ese sería un propósito determinado que yo podría, en cierta medida, aprobar, si bien no le felicitaría por escoger una carrera que con tanta frecuencia termina en una muerte prematura y violenta. Pero dista tanto de desear un conocimiento más exacto de la superficie de la tierra que dijo preferir no conocer los orígenes del Nilo, y que debieran existir regiones desconocidas destinadas a ser cotos de caza para la imaginación poética.

-Bueno, algo de miga tiene eso -dijo el señor Brooke, cuya mente era del todo imparcial.

-Me temo que sólo sea parte de su imprecisión general y su poca disposición por la minuciosidad en cualquier aspecto, lo que sería un mal augurio para él en toda profesión, civil o sagrada, incluso llegado el caso de que se sometiera lo suficiente a la costumbre normal de elegir una.

(2) James Bruce (1730-94) y Mungo Park (1771-1806), famosos exploradores.

-Quizá tenga escrúpulos conscientes fundamentados en su propia incapacidad -dijo Dorothea, que se afanaba por encontrar una explicación favorable-. Porque la ley y la medicina son profesiones muy serias para asumir, ¿verdad? Las vidas y los destinos de las personas dependen de ellos.

-Sin duda; pero me temo que la aversión de mi joven pariente Will Ladislaw por estas vocaciones está fundamentalmente determinada por una repulsión a la aplicación sostenida o a ese tipo de conocimientos que son necesarios instrumentalmente, pero que no resultan inmediatamente atractivos o seductores para quienes gustan de autocomplacerse. Le he insistido sobre lo que Aristóteles dijo con admirable brevedad, que para la consecución de cualquier labor considerada como un fin, debe haber un ejercicio previo de muchas energías o aptitudes adquiridas de orden secundario, que exigen paciencia. Le he remitido a mis propios manuscritos, que representan el esfuerzo de años, preparación para un trabajo aún por culminar. Pero en vano. Al pulcro razonamiento de esta índole responde llamándose a sí mismo Pegaso, y toda forma de trabajo ordenado «arneses».

Celia se rió. Le sorprendió que el señor Casaubon pudiera decir algo divertido.

-Bueno, quién sabe, tal vez resulte ser un Byron, un Chatterton, un Churchill, o algo así, nunca se sabe -dijo el señor Brooke-. ¿Va a dejarle que se vaya a Italia, o donde sea que se quiera ir?

-Sí; me he avenido a proporcionarle una cantidad razonable para un año o así; no pide más. Le dejaré que le tantee la prueba de la libertad.

-¡Qué bueno eres! -dijo Dorothea, alzando gozosa la vista hacia el señor Casaubon-. Es un noble gesto. Después de todo, las personas pueden encerrar alguna vocación que ellos mismos ignoran, ¿no es cierto? Pueden parecer indolentes y débiles porque están creciendo. Creo que debemos tener paciencia los unos con los otros.

-Supongo que será el hecho de que te vas a casar lo que te hace considerar buena la paciencia -dijo Celia en cuanto ella y Dorothea se encontraron a solas quitándose los abrigos.

-¿Me estás queriendo decir, Celia, que soy muy impaciente?

-Pues sí, cuando la gente no hace y dice lo que tú quieres -desde su compromiso matrimonial Celia había perdido un poco el miedo a «decirle cosas» a Dorothea; la inteligencia le parecía más patética que nunca.