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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 13.
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PRIMER CABALLERO:
¿Cómo clasificas a tu hombre: mejor Que muchos, o, pareciendo mejor, Peor bajo esa capa? ¿Como a un santo o un villano, peregrino o hipócrita?

SEGUNDO CABALLERO:
Aún mejor. Dime cómo clasificas tu riqueza de libros, la apilada reliquia de los tiempos. Bien pudieras Seleccionarlos por tamaño o cubierta: Vitela, altura, y común becerro Apenas darán más diversidad que todos los títulos dispuestos Hábilmente para clasificar a los autores que no has leído.
Como resultado de lo que oyera de labios de Fred, el señor Vincy decidió hablar con el señor Bulstrode en su despacho privado en el Banco a la una y media, hora en la que solía estar libre de visitas. Pero alguien había entrado a la una y el señor Bulstrode tenía tanto que decirle que las probabilidades de que la entrevista concluyera en media hora eran escasas. El banquero tenía una oratoria fluida, pero también copiosa y empleaba una considerable cantidad de tiempo en breves y meditabundas pausas. No hay que imaginar que su enfermizo aspecto fuera del tipo amarillento y de cabello oscuro: su tez era clara, el pelo castaño algo canoso, los ojos de un gris claro y la frente ancha. Hombres de voz potente denominaban murmullo a su tono comedido y a veces sugerían que era inconsistente con la franqueza, aunque no parece existir motivo para que un hombre vociferante no tenga inclinaciones de esconderlo todo salvo su propia voz, a no ser que se pueda demostrar que la Sagrada Escritura ha colocado en los pulmones la sede del candor. El señor Bulstrode poseía, asimismo, al escuchar, una deferente y obsequiosa actitud y una mirada aparentemente penetrante y atenta que hacía que quienes se consideraban dignos de que se les escuchara dedujeran que esperaba sacar un enorme provecho de sus disertaciones. A otros que no esperaban causar una gran impresión les disgustaba que esta especie de linterna moral les enfocara. Cuando no te enorgullece tú bodega no resulta emocionante ver que tu huésped levanta la copa para examinar el vino a la luz. Las alegrías de esta índole quedan reservadas para el mérito consciente. Por ende, la solícita atención del señor Bulstrode no resultaba agradable a los publícanos y pecadores de Middlemarch; unos achacaban esta atención a que era un fariseo, otros a que era un evangelista. Entre ellos, los razonadores menos superficiales querían saber quiénes habían sido su abuelo y su bisabuelo, observando que veinticinco años atrás nadie en Middlemarch había oído hablar de un Bulstrode. Para su actual visita, Lydgate, la escrutadora mirada resultaba indiferente; simplemente se formó una opinión poco favorable de la constitución del banquero y concluyó que poseía una ávida vida interior pero gozaba poco de las cosas tangibles.

-Le quedaré muy agradecido si se pasa por aquí de vez en cuando, señor Lydgate -observó el banquero tras una breve pausa-. Si, como me atrevo a esperar, tengo el privilegio de encontrarle un coadjutor eficaz en el interesante asunto de la dirección del hospital, habrá muchos temas que habremos de discutir en privado. Respecto del nuevo hospital, que está casi terminado, tendré en cuenta lo que acaba de decir sobre las ventajas de que sea un lugar especial para las fiebres. La decisión he de tomarla yo, pues aunque lord Medlicote ha donado el terreno Y la madera para el edificio no tiene intención de dedicarle al objeto su atención personal.

-Pocas cosas hay que valgan más el esfuerzo en una ciudad de provincias como ésta -dijo Lydgate-. Un buen hospital para las fiebres además de la vieja enfermería podría ser el núcleo de un colegio médico, cuando entren en vigor las reformas sobre la medicina. ¿Y qué contribuiría más a la educación médica que la extensión por todo el país de colegios así? Cualquier hombre de provincias con una pizca de civismo y unas cuantas ideas debe hacer cuanto pueda por evitar que se fugue a Londres todo lo que es poco mejor que común. Cualquier objetivo profesional que merezca la pena a menudo encuentra en las provincias un campo más amplio si no más rico.

Una de las cualidades de Lydgate era poseer una voz habitualmente grave y sonora, pero capaz de tornarse queda y suave en el momento oportuno. Su aspecto destilaba cierto arrojo, una intrépida expectativa de éxito, una confianza en sus propias fuerzas e integridad fortalecida por un desprecio por obstáculos mínimos y seducciones de las cuales no había tenido experiencia. Pero esta altiva franqueza se hacía entrañable merced a una expresión de sincera buena voluntad. Tal vez al señor Bulstrode le gustara tanto más por la diferencia de tono y modales que había entre ambos; al menos le gustaba más, como le sucedía a Rosamond, por no ser de Middlemarch. ¡Se pueden iniciar tantas cosas con una persona nueva! Incluso se puede empezar a ser un hombre mejor.

-Con mucho gusto le proporcionaré a su ímpetu mayores oportunidades -respondió el señor Bulstrode-. Me refiero a que, caso de que un mayor conocimiento apoyara la decisión, le confiaría la superintendencia de mi nuevo hospital, pues estoy decidido a no permitir que nuestros dos médicos arruinen algo de tanta envergadura. Me veo alentado a considerar su llegada a esta ciudad como una indicación de que mis esfuerzos, hasta el momento muy entorpecidos, se van a ver recompensados con una abierta bendición. Respecto a la antigua enfermería, hemos ganado el primer tanto: su elección. Y ahora confío en que usted no rehuirá incurrir en los celos y la desaprobación de sus compañeros profesionales y se presente como reformador.

-No presumo de valentía -dijo Lydgate sonriendo-, pero reconozco que me gusta la lucha y poco me importaría mi profesión si no pensara que en ella, como en los demás campos, se pueden encontrar y aplicar mejores métodos.

-El nivel de su profesión en Middlemarch es bajo, mi estimado caballero -dijo el banquero-. Me refiero a conocimientos y ejercicio, no a posición social, pues la mayoría de nuestros médicos de aquí están emparentados con ciudadanos respetables del lugar. Mi propia salud precaria me ha obligado a prestar cierta atención a los recursos paliativos que la divina misericordia ha puesto a nuestro alcance. He consultado a las eminencias de la metrópoli y estoy tristemente al tanto del retraso con el que lidia la asistencia médica en nuestras provincias.

-Sí, con las actuales leyes y formación médica, debemos conformarnos con tropezar de vez en cuando con un facultativo discreto. Respecto de las cuestiones superiores que determinan el principio de un diagnóstico..., la filosofía de la prueba médica..., cualquier atisbo sobre ellas sólo puede proceder de una cultura científica de la que nuestros médicos rurales no suelen tener mayor noción que Perico de los palotes.

El señor Bulstrode, inclinado y con la mirada fija, no encontró del todo adaptada a su comprensión la forma que Lydgate había dado a su asentimiento. En tales circunstancias, cualquier hombre prudente cambia de tema y se adentra en terreno en el que sus propias dotes pueden resultar de más provecho.

-Me doy cuenta de la peculiar inclinación de la habilidad médica por los medios materiales. Sin embargo, señor Lydgate, espero que no discrepemos en el sentir acerca de una medida en la que no es probable que usted se involucre activamente, pero en la que su solícita anuencia es una ayuda para mí. Confío en que usted admita en sus pacientes la existencia de intereses espirituales.

-Por supuesto. Pero esas palabras tienden a encubrir diferentes significados para diferentes mentes. -Precisamente. Y en estos temas, una enseñanza equivocada es tan nefasta como una ausencia de instrucción. Un punto que tengo mucho interés en afianzar es una nueva reglamentación respecto de la asistencia clerical en la vieja enfermería. El edificio está en la parroquia del señor Farebrother. ¿Conoce usted al señor Farebrother?

-Le he visto. Me dio su voto. Debo pasar a darle las gracias. Parece un personaje muy vivo y agradable. Y tengo entendido que es un naturalista.

-El señor Farebrother es un hombre penosamente doloroso de contemplar. Yo diría que no hay un clérigo en este país que posea mayor talento -el señor Bulstrode hizo una pausa y su aspecto se tornó meditativo.

-Hasta el momento no me ha apenado el descubrimiento de ningún desmedido talento en Middlemarch -dijo Lydgate con llaneza.

-Lo que deseo -prosiguió el señor Bulstrode, con semblante aún más serio- es que la asistencia al hospital del señor Farebrother sea sustituida por el nombramiento de un capellán, el señor Tyke para ser exactos, y que no se pida otra ayuda espiritual.

-Como hombre de medicina no debería tener nada que opinar sobre el tema salvo que conociera al señor Tyke, e incluso entonces sería menester que conociera el tipo de trabajo que realizaba -Lydgate sonrió, pero se había propuesto ser circunspecto.

-Evidentemente no puede usted de momento entrar de lleno en las ventajas de esta medida. Pero -y aquí el señor Bulstrode comenzó a puntualizar sus palabras con énfasis- es probable que se remita el tema a la junta médica de la enfermería, y lo que confío en poder pedirle, en aras a la colaboración mutua que ahora aguardo con placer, es que usted, por su parte, no se deje influir por mis oponentes en este asunto.

-Espero no tener nada que ver en las disputas clericales -dijo Lydgate-. La senda que he elegido es trabajar bien en mi propia profesión.

-Mi responsabilidad, señor Lydgate, es más amplia. Para mí, es un deber sagrado, mientras que tengo motivos para afirmar que para mis oponentes el asunto constituye la ocasión para satisfacer un talante de oposición mundana. Pero no renunciaré ni un ápice en mis convicciones, ni dejaré de identificarme con esa verdad que una malvada generación odia. Me he consagrado a la mejora de los hospitales, pero le confesaré abiertamente, señor Lydgate, que los hospitales no me ofrecerían interés alguno de pensar que en ellos no tenía lugar más que la curación de enfermedades mortales. Tengo otros motivos para mi actuación y no lo ocultaré, aunque ello me acarrease la persecución -la voz del señor Bulstrode se había convertido en un sonoro y agitado susurro al pronunciar estas palabras.

-Ahí diferimos de opinión -dijo Lydgate. No lamentó que en este momento se abriera la puerta y fuera anunciando el señor Vincy. Este personaje rubicundo y sociable se le antojaba más interesante desde que conociera a Rosamond. No es que, al igual que ella, hubiera estado tejiendo un futuro en el que sus suertes estuvieran unidas, pero es lógico que un hombre recuerde con placer a una joven agradable y esté dispuesto a cenar allí donde pueda verla de nuevo. Antes de que partiera, el señor Vincy le había hecho a Lydgate esa invitación sobre la que «no tenía prisas», pues durante el desayuno Rosamond había mencionado que creía que a su tío Featherstone le había caído en gracia el nuevo médico.

A solas con su cuñado, el señor Bulstrode se sirvió un vaso de agua y abrió una caja de sandwiches.

-No consigo convencerte de que adoptes mi régimen, ¿verdad Vincy?

-No, no. Ese sistema no me merece ninguna buena opinión. La vida necesita de acolchado -dijo el señor Vincy, incapaz de omitir su teoría portátil-. Sin embargo -prosiguió, subrayando la palabra como para desviar trivialidades-, el motivo de mi visita era hablarte de un asuntillo del granuja de Fred.

-Ese es un tema, Vincy, sobre el que tú y yo deberemos discrepar tanto como sobre la dieta.

-Confío en que esta vez no -el señor Vincy había resuelto mantener el buen humor-. Se trata de un capricho del viejo Featherstone. Alguien ha estado pergeñando una historia con mala idea y se la ha contado al anciano para intentar indisponerle con Fred. Le tiene en gran estima y es probable que le deje algo; es más, le ha dicho a Fred más o menos abiertamente que tiene pensado dejarle su tierra, y eso encela a la gente.

-Vincy, he de repetir que no obtendrás mi beneplácito respecto de cómo has educado a tu hijo mayor. Fue por pura vanidad mundana que le destinaste para la Iglesia y con una familia de tres hijos y cuatro hijas no había justificación alguna para que dedicaras dinero a una costosa educación que no ha fructificado en otra cosa que la de darle extravagantes hábitos de indolencia. Ahora estás cosechando las consecuencias.

El señalar los errores ajenos era una obligación que pocas veces rehuía el señor Bulstrode, pero el señor Vincy no estaba igualmente inclinado á la paciencia. Cuando un hombre tiene la perspectiva inmediata de ser alcalde y, en aras al comercio, está dispuesto a adoptar una postura firme en la política general, tiene, naturalmente, una conciencia de su importancia en el marco de las cosas que parece tener que difuminar las cuestiones de índole privada. Y este reproche en particular le irritaba más que ningún otro. Para él, era absolutamente superfluo el que se le dijera que cosechaba las consecuencias. Pero sentía el cuello bajo el yugo de Bulstrode y aunque acostumbraba a disfrutar dando coces, tenía interés en reprimir este desahogo.

-No sirve de nada, Bulstrode, remover el pasado. No soy tu modelo de hombre ni pretendo serlo. No pude preverlo todo en el negocio; no había mejor negocio en Middlemarch que el nuestro y el chico era listo. Mi pobre hermano estaba en la Iglesia y hubiera prosperado, había ascendido ya, y de no ser por aquella fiebre estomacal que se lo llevó ahora sería deán. Opino que estaba justificado en lo que intenté hacer con Fred. Y si de religión se trata, creo que no debemos pretender ir tan sobre seguro, hay que confiar un poco en la providencia y ser generosos. Es un sano sentimiento británico intentar elevar un poco a tu familia, y en mi opinión, es el deber de un padre procurar darles buenas oportunidades a sus hijos.

-Sólo deseo actuar como tu mejor amigo, Vincy, cuando digo que lo que acabas de exponer no es más que una sarta de memeces inconsistentes y triviales.

-Está bien -dijo el señor Vincy, coceando a pesar de las resoluciones-, nunca he presumido de ser otra cosa que mundano y, lo que es más, no veo a nadie que no lo sea. Supongo que tú no llevas tus negocios sobre principios que denominas no mundanos. La única diferencia para mí es que una mundanidad es un poco más honrada que la otra.

-Este tipo de discusión no conduce a nada, Vincy -dijo el señor Bulstrode, quien, habiéndose terminado el sandwich, se había arrellanado en la silla y se cubría los ojos como si estuviera cansado-. Habías venido por algo más concreto.

-Sí. En resumen, la cuestión en que alguien le ha dicho al viejo Featherstone, citándote a ti como autoridad, que Fred ha estado pidiendo o intentando pedir dinero prestado avalando con sus perspectivas de tierra. Estoy convencido de que tú no has dicho semejante sandez. Pero el vejete insiste en que Fred le lleve un mentís de tu puño y letra, o sea una pequeña nota diciendo que tú no te crees ni una palabra de todo esto de haber pedido dinero prestado o intentarlo siquiera, de una forma tan tonta. Supongo que no tendrás objeción.

-Perdóname, pero sí la tengo. No tengo en absoluto la certeza de que tu hijo, en su irreflexión e ignorancia, por no emplear palabras más severas, no haya intentado obtener dinero exponiendo sus posibilidades futuras, o incluso de que alguien no haya sido lo bastante necio como para abastecerle en base a tan desdibujada presunción; hay mucho préstamo negligente de dinero en el mundo, además de otras insensateces.

-Pero Fred me ha dado su palabra de honor de que jamás ha pedido dinero prestado bajo el simulacro de que heredará la tierra de su tío. No es un mentiroso. No intento hacerle pasar por mejor de lo que es..., me he enfadado mucho y nadie puede decir que apruebo lo que hace. Pero no es un mentiroso. Y yo diría, aunque puedo equivocarme, que no hay religión que impida a alguien pensar lo mejor de un joven cuando no tienes otros datos. Mala clase de religión me parecería la tuya si le pusieras trabas negándote a decir que no piensas peor de él de lo que tienes buenas razones para creer.

-No estoy seguro de estarle haciendo un bien a tu hijo allanándole el camino hacia la futura posesión de las propiedades de Featherstone. No puedo considerar la riqueza como una bendición para quienes la utilizan solamente como una cosecha en este mundo. Te disgusta escuchar estas cosas, Vincy, pero me siento obligado en esta ocasión a decirte que no tengo motivos para propiciar una disposición de propiedad como ésta a la que aludes. No rehuyo decirte que ello no contribuirá al bienestar eterno de tu hijo ni a la gloria de Dios. ¿Por qué, entonces habrías de esperar que yo firmara esta especie de declaración que no tiene más finalidad que la de perpetuar una necia predilección y asegurar una necia donación?

-Lo único que te puedo responder a eso es que si pretendes impedir que nadie, salvo los santos y los evangelistas, tengan dinero, deberías renunciar a ciertas asociaciones provechosas -exclamó el señor Vincy con total llaneza-. Tal vez sea para mejor gloria de Dios, pero desde luego no es para mayor gloria del comercio de Middlemarch que Plymdale use esos tintes azules y verdes que obtiene de la fábrica de Brassing y que pudren la seda. Quizá si la gente supiera que una parte tan grande de los beneficios se destinaban a la mayor gloria de Dios, les gustaría más. No es que me importe mucho eso, aunque podría armar un buen lío si quisiera.

El señor Bulstrode esperó un poco antes de contestar. -Me duele mucho oírte hablar así, Vincy. No espero que comprendas los motivos de mis acciones..., no es cosa fácil tejer un sendero de principios en medio de las complicaciones del mundo..., y aún lo es menos señalarles la hebra con claridad a los descuidados y despectivos. Te ruego que recuerdes que me extralimito en mi tolerancia hacia ti por ser el hermano de mi esposa y que no es de recibo que te quejes de que yo te niego la ayuda material para conservar la posición social de tu familia. He de recordarte que no ha sido tu prudencia o tu buen juicio lo que te ha permitido mantener tu puesto en el comercio.

-Probablemente no, pero tú aún no has salido perdiendo con mi negocio -dijo el señor Vincy, harto molesto (cosa que raras veces se demoraba pese a sus resoluciones previas)-. Y no me explico cómo esperabas que nuestras familias no hicieran piña cuando te casaste con Harriet. Y si ahora has cambiado de opinión y quieres que mi familia vaya a menos, pues dilo. Yo no he cambiado. Sigo siendo el sencillo feligrés que era antes de que surgieran las doctrinas. Acepto el mundo tal y como lo encuentro, tanto en el comercio como en lo demás, y me basta con no ser peor que mis vecinos. Pero si quieres que vayamos a menos, dilo. Sabré mejor cómo actuar.

-Estás desbarrando. ¿Acaso ibas a ir a menos por no tener esta carta sobre tu hijo?

-Tanto si es así como si no, considero mezquino por tu parte el negarte. Puede que tal comportamiento obedezca a un sentimiento religioso, pero desde fuera da una impresión de cicatería y de perro del hortelano. Para el caso podías calumniar a Fred; es casi lo mismo, visto que te niegas a decir que no proviene de ti la calumnia. Este tipo de cosas, este ánimo tiránico de querer hacer de obispo y banquero por doquier, es lo que hace que el nombre de uno apeste.

-Vincy, si te empeñas en pelearte conmigo, será muy penoso para Harriet además de para mí -dijo el señor Bulstrode, un poco más inquieto y pálido que de costumbre.

-Yo no quiero pelear. En interés propio y quizá tuyo también, debemos mantener la amistad. No te guardo rencor y no tengo peor opinión de ti que de otras personas. Un hombre que medio se mata de hambre y reza en familia y todo eso que haces tú debe creer en su religión, cualquiera que ésta sea. Podrías sacarle el mismo jugo a tu capital jurando y maldiciendo, muchos lo hacen. A ti te gusta ser el amo, eso no hay quien lo niegue; incluso en el cielo tendrás que ser el centro de atención, y si no, aquello te gustará poco. Pero eres el marido de mi hermana y debemos hacer piña. Y si conozco a Harriet, lo considerará culpa tuya si nos peleamos por un quítame esas pajas y te niegas a hacerle un favor a Fred. Y yo tampoco lo llevaría muy bien. Lo considero ruin.

El señor Vincy se levantó, comenzó a abrocharse el abrigo y miró fijamente a su cuñado, insinuando que exigía una respuesta concreta.

No era la primera vez que el señor Bulstrode había empezado reprendiendo al señor Vincy y concluía viéndose desfavorablemente reflejado en el espejo burdo y poco halagador que la mente del fabricante presentaba a las luces y sombras más sutiles de sus congéneres, y tal vez su experiencia hubiera debido advertirle de cómo concluiría la escena. Pero una fuente bien alimentada es generosa con su agua incluso cuando llueve, momento en el que resulta peor que inútil. Una buena fuente de reprimenda suele ser igualmente irrefrenable.

No era el estilo del señor Bulstrode acceder de inmediato como resultado de incómodas sugerencias. Antes de cambiar de rumbo, necesitaba dar forma a sus motivos y acomodarlos a sus exigencias habituales. Finalmente dijo:

-Déjame reflexionar un poco, Vincy. Comentaré el tema con Harriet. Seguramente te envíe una carta.

-Muy bien. En cuanto puedas, por favor. Espero que todo esté resuelto antes de que nos veamos mañana.