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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 14.
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Sigue aquí la receta precisa para la salsa de sabrosa carne,
Llamada Indolencia, que muchos toman preferentemente y la hallan dulce:
Primero vigila los bocados, como un sabueso, Bien mezclados con las bofetadas,
Revuélvelo con aceite de elogios, Y espuma vil de laudables mentiras. Y sírvelo caliente: las varas en que debes ponerlo han de ser Los zapatos de los hombres muertos(1).
La consulta del señor Bulstrode a Harriet pareció surtir el efecto deseado por el señor Vincy, pues temprano a la mañana siguiente llegó una carta que Fred pudo llevar al señor Featherstone como el testimonio exigido.

El anciano caballero guardaba cama debido al frío, y puesto que Mary Garth no se hallaba en el salón, Fred subió directamente y le entregó la carta a su tío, quien, incorporado cómodamente por unos almohadones, pudo disfrutar como de costumbre de su concepción de la sabiduría consistente en desconfiar de la humanidad y frustrarla. Se caló las gafas para leer la carta, frunciendo los labios y torciendo las comisuras.

Atendiendo a las circunstancias no me negaré a manifestar mi convicción..., ¡bah!, ¡vaya palabra finolis! Parece un subastador..., de que Frederic no ha obtenido adelantos monetarios sobre donaciones prometidas por el señor Featherstone..., ¿prometidas? ¿quien ha dicho que yo haya prometido nada? Añadiré los codicilos que me parezca oportuno...,y que habida cuenta la índole de tal procedimiento, es ilógico presuponer que un joven de sentido común y empuje lo intentara... ¡Ah, pero ojo! ¡El caballero no dice aquí que tú seas un joven de sentido común y empuje! En cuanto a mi intervención en un comentario de tal naturaleza, afirmo rotundamente que jamás hice afirmación alguna respecto de que tu hijo haya pedido prestado dinero sobre cualquier propiedad que se derivara por defunción del señor Teatherstone.
(1) En inglés, «estar en los zapatos del difunto» significa «heredan».

¡Dios mío! ¡«Propiedad», «derivara», «defunción»! El abogado Standish no es nada a su lado. No hablaría más fino si quisiera algo. Bien -llegado este punto el señor Featherstone miró a Fred por encima de las gafas al tiempo que le devolvía la carta con gesto despectivo-, no pensarás que me crea ni una sola palabra sólo por que Bulstrode lo pone muy bien por escrito ¿no?

Fred se sonrojó.

-Usted quería esa carta. Yo diría que tan válida es la negación del señor Bulstrode como la autoridad que le dijo a usted lo que él niega.

-Absolutamente. No dije que me creyera ni lo uno ni lo otro. Y ahora, ¿qué esperas? -dijo el señor Featherstone con brusquedad y sin quitarse las gafas, pero escondiendo las manos entre las sábanas.

-No espero nada, señor -a duras penas se reprimió Fred para no dar rienda suelta a su irritación-. Vine a traerle la carta. Si quiere, me despido ya.

-Aún no, aún no. Toca la campanilla, quiero que venga Missy.

Una criada acudió a la llamada.

-¡Que venga Missy! -dijo el señor Featherstone con impaciencia-. ¿Quién la mandaría marcharse? -siguió en el mismo tono cuando Mary entró.

-¿Por qué no te has quedado sentada aquí hasta que te dijera que te fueras? Quiero el chaleco. Te dije que lo dejaras siempre encima de la cama.

Mary tenía los ojos enrojecidos como si hubiera estado llorando. Era patente que el señor Featherstone pasaba por uno de sus peores momentos esa mañana, y aunque Fred tenía ahora la perspectiva de recibir el muy necesario regalo económico, hubiera preferido ser libre para poder encararse con el viejo tirano y decirle que Mary Gath era demasiado buena como para tener que estar a sus órdenes. Aunque Fred se había levantado cuando ella entrara en el cuarto, apenas se había fijado en él y parecía nerviosa, como recelando de que el viejo lanzara contra ella algún objeto, aunque nunca tuvo que temer peor cosa que sus palabras. Cuando fue hacia una percha para coger el chaleco, Fred se la acercó diciendo: -Permíteme.

-¡Estate quieto! Tráelo tú, Missy y ponlo aquí -dijo el señor Featherstone-. Y ahora vuelve a marcharte hasta que te llame -añadió, cuando tuvo el chaleco a su lado. Era costumbre en él sazonar su placer en demostrar su aprecio por una persona siendo particularmente desagradable con otra, y Mary siempre se encontraba a mano para proporcionar el condimento. Cuando venían a verle sus propios parientes la trataba mejor. Lentamente, sacó del bolsillo del chaleco un manojo de llaves y también lentamente sacó de entre las sábanas una caja de hojalata.

-Esperas que te dé una pequeña fortuna, ¿verdad? -dijo, mirando por encima de sus gafas y deteniéndose en el acto de levantar la tapa.

-En absoluto, señor. Usted tuvo la generosidad el otro día de decir que me haría un regalo, de lo contrario, ni que decir tiene que no habría pensado siquiera en el tema -pero Fred era de carácter esperanzado y se había hecho la idea de una suma justamente lo bastante cuantiosa como para redimirle de cierta ansiedad. Cuando Fred se endeudaba, siempre le parecía harto probable que algo, no era preciso que concibiera el qué, sucedería que le permitiría pagar a su debido tiempo. Y ahora que el acontecimiento providencial parecía avecinarse, hubiera resultado un absurdo imaginarse que la dádiva sería inferior a la necesidad, tan absurdo como una fe que creía en medio milagro por falta de fortaleza para creer en el milagro entero.

Las manos cuajadas de venas palparon uno tras otro numerosos billetes, volviendo a alisarlos después, mientras Fred permaneció recostado en la silla por no parecer ansioso. Se tenía por un caballero y le disgustaba agasajar a un anciano por su dinero. Finalmente el señor Featherstone le miró de nuevo por encima de las gafas y le ofreció un pequeño fajo de billetes. Fred vio nítidamente que había tan sólo cinco por los estrechos bordes que asomaban. Bueno, quizá cada uno fuera de cincuenta libras. Los cogió diciendo:

-Le estoy muy agradecido, señor -y se dispuso a guardarlos aparentando no demostrar interés por su valor. Pero esto no pareció convenir al señor Featherstone, quien le observaba atentamente.

-Vamos, ¿es que no te vas a molestar en contarlo? Aceptas dinero como un lord, supongo que lo pierdes también como tal.

-Creí que a caballo regalado no se le miraba el diente, señor. Pero estaré encantado de contarlo.

Sin embargo, Fred no estuvo tan encantado después de contar los billetes. Representaban el absurdo de ser una cantidad menor de la que su esperanza había decidido que sería. ¿Qué puede significar la adecuación de las cosas si no es su adecuación a las expectativas del hombre? Cuando esto falla, el absurdo y el ateísmo se abren a sus espaldas. La desilusión de Fred fue enorme cuando descubrió que en su mano sólo sostenía cinco billetes de veinte y no le auxilió en su desencanto el que hubiera participado de la educación universitaria del país. Sin embargo, y al tiempo que su hermoso rostro cambiaba rápidamente de expresión, dijo:

-Es usted muy generoso.

-¡Y tanto! -dijo el señor Featherstone, cerrando la caja con llave, volviéndola a guardar y quitándose concienzuda y despaciosamente las gafas, añadiendo, como si la meditación interior le hubiera convencido aún más:

-Ya lo creo que soy muy generoso.

-Le aseguro, señor, que le estoy muy agradecido -respondió Fred, que había tenido tiempo de recobrar su aire desenfadado.

-Y debes estarlo. Quieres pintar algo en este mundo y supongo que Peter Featherstone es el único en quien puedes confiar -los ojos del anciano brillaban con una satisfacción curiosamente entremezclada por la conciencia de que este apuesto joven confiaba en él y por la necedad del apuesto joven al obrar así.

-Así es. No nací con oportunidades magníficas ante mí. Pocos hombres se deben haber visto tan obstaculizados como yo -dijo Fred, sorprendiéndose ante su propia virtud, habida cuenta de lo mal que se le trataba-. La verdad es que resulta muy duro tener que montar un jamelgo y ver cómo otros, con la mitad de criterio, despilfarran en malas compras Dios sabe qué montoneras de dinero...

-Bueno, pues ahora ya te puedes comprar un buen caballo. Calculo que ochenta libras te bastarán para eso y aún te quedarán veinte para sacarte de cualquier pequeño embrollo -dijo el señor Featherstone con una pequeña risita.

-Es usted muy generoso -dijo Fred con aguda percepción del contraste entre sus palabras y sus sentimientos. -Soy bastante mejor tío para ti que el finolis de Bulstrode. No creo que saques mucho de sus especulaciones. He oído que tiene bien agarrado a tu padre.

-Mi padre nunca me dice nada de sus asuntos, señor. -Ahí muestra buen juicio. Pero hay quien los descubre sin que él diga nada. Ése si que jamás te podrá dejar ni un céntimo; seguramente morirá sin testar, es justo ese tipo de hombre, por mucho que le hagan alcalde de Middlemarch. Pero aunque seas el mayor, tampoco sacarás mucho de que muera sin hacer testamento.

Fred pensó que el señor Featherstone estaba siendo más desagradable que nunca; cierto que jamás le había dado una cantidad tan grande de dinero junta anteriormente.

-¿Destruyo, entonces, esta carta del señor Bulstrode? -dijo Fred levantándose con la carta como para echarla al fuego.

-Adelante, adelante. Yo no la quiero. A mí no me supone ningún dinero.

Fred llevó la carta al fuego y la atravesó enérgicamente con el atizador. Estaba deseando salir de la habitación, pero sentía vergüenza ante sí mismo y también ante su tío de marcharse tan precipitadamente tras embolsarse el dinero. En ese mismo instante entró el administrador de la granja con informes para el amo y, para alivio indescriptible de Fred, aquél le despidió encomendándole que volviera pronto a visitarle.

Su prisa se debía no sólo a querer librarse de su tío, sino a que también quería encontrar a Mary Garth. Estaba en su lugar acostumbrado junto al fuego, con la costura entre las manos y un libro abierto en la mesita a su lado. Tenía ahora los ojos un poco menos enrojecidos y había recobrado su usual compostura.

-¿Me necesitan arriba? -preguntó al entrar Fred, haciendo ademán de levantarse.

-No; a mí me han dicho que me fuera porque llegó Simmons.

Mary volvió a sentarse y prosiguió con su labor. Le trataba con mayor indiferencia que de costumbre: no sabía la tierna indignación que por ella sintiera Fred arriba.

-¿Puedo quedarme aquí un ratito, Mary, o te aburriré? -Siéntate, por favor -dijo Mary-. No me aburrirás ni mucho menos tanto como el señor John Waule que estuvo aquí ayer y se sentó sin preguntarme.

-¡Pobrecillo! Creo que está enamorado de ti.

-No estoy al tanto de ello. Y me resulta de lo más odioso en la vida de una mujer el que siempre haya de haber alguna presunción de enamoramiento entre ella y cualquier hombre que se muestre agradable y a quien le esté agradecida. Hubiera pensado que al menos yo podría quedar al margen de todo eso. No tengo motivos para la necia vanidad de suponer que todo el que se me acerca está enamorado de mí.

Mary no tenía la intención de demostrar sentimiento alguno, pero a su pesar concluyó con un tono trémulo de contrariedad.

-¡Al diablo con John Waule! No era mi intención enojarte. No sabía que tuvieras motivos para estarle agradecida. Olvidé que consideras un gran favor el que alguien apague una vela por ti -Fred también tenía su orgullo y no estaba dispuesto a dejar traslucir que sabía muy bien lo que había provocado esta salida de tono de Mary.

-Pero si no estoy enojada..., salvo con cómo es el mundo. Sí que me gusta que se me hable como si tuviera sentido común. A menudo se me antoja que entiendo un poquito más de lo que jamás oigo de labios incluso de jóvenes que han ido a la universidad -Mary se había recobrado y una soterrada y contenida risa agradable impregnaba sus palabras.

-No me importa cuán jocosa puedas estar a mi costa esta mañana -dijo Fred-. Tenías un aspecto tan triste cuando entraste en la habitación esta mañana. Es una vergüenza que te quedes aquí dejándote tiranizar de esa forma.

-Bueno, tengo una vida cómoda... si comparo. He intentado ser profesora, pero no me va: me gusta demasiado divagar. Creo que cualquier dificultad es preferible a la de simular que haces aquello por lo que te pagan y sin embargo no hacerlo. Aquí puedo llevar a cabo todo igual de bien que cualquier otra persona, incluso mejor que algunas..., como por ejemplo Rosy. Aunque ella es justo el tipo de hermosa criatura a quien encierran con los ogros en los cuentos de hadas.

-¡Rosy! -exclamó Fred con tono de profundo escepticismo fraternal.

-¡Vamos, Fred! -dijo Mary con firmeza-. No tienes derecho a ser tan crítico.

-¿Te estás refiriendo a algo en particular, ahora mismo? -No, me refiero a algo en general, siempre.

-Ya. Que soy indolente y extravagante. Lo que ocurre es que no estoy hecho para ser pobre. No hubiera sido mal tipo de ser rico.

-Hubieras cumplido con tu obligación en una profesión a la que no le plujo a Dios llamarte -dijo Mary riendo. -No hubiera podido cumplir como clérigo igual que tu no puedes cumplir como institutriz. Deberías tener un poco de compañerismo ahí, Mary.

-Yo nunca he dicho que debieras ser clérigo. Hay otros tipos de trabajo. Me parece muy mísero el que no te decidas por algo y actúes en consecuencia.

-Y así lo haría si... -Fred se cortó y se levantó, apoyándose en la chimenea.

-¿Si estuvieras seguro de que no ibas a tener fortuna alguna?

-No dije eso. Quieres pelearte conmigo. No debieras dejarte influir por lo que otros dicen de mí.

-¿Cómo iba a querer pelearme contigo? Me estaría peleando con todos mis libros nuevos -dijo Mary levantando el pequeño volumen de la mesa-. Por travieso que seas con los demás, conmigo eres bueno.

-Porque me gustas más que cualquier otra persona. Pero sé que me desprecias.

-Pues sí..., un poco -dijo Mary con una sonrisa y asintiendo con la cabeza.

-Tú admirarías a un tipo estupendo que tuviera doctas opiniones de todo.

-Pues sí -Mary cosía con rapidez y parecía provocativamente dueña de la situación. Cuando una conversación vira contra nosotros, lo único que hacemos es hundirnos más y más en la ciénaga de la torpeza. Y esto es lo que sentía Fred.

-Supongo que las mujeres no se enamoran nunca de alguien a quien han conocido siempre, bueno, quiero decir, a quien conocen desde que tienen recuerdo. Los hombres sí.

Siempre es un tipo nuevo el que llama la atención de una mujer.

-A ver -dijo Mary, frunciendo maliciosamente las comisuras de los labios-. Debo remontarme a mi experiencia. Tenemos a Julieta, que parece constituir un ejemplo de lo que dices. Pero por otro lado, Ofelia probablemente conociera a Hamlet desde hacía tiempo; y Brenda Troil conocía a Mordaunt Merton desde que eran niños; claro que al parece haber sido un joven encomiable; Minna parece aún más enamorada de Cleveland(2), que era un extraño. Waverley era nuevo para Flora Maclvor(3), pero ella no se enamora de él. . Y luego están Olivia y Sophia Primrose(4), y Corinne(5) que se puede decir que se enamoran de desconocidos. En total, mi experiencia resulta un tanto entremezclada.

Mary dirigió a Fred una mirada no exenta de cierta picardía que le resultó entrañable, si bien los ojos no eran más que claras ventanas donde la observación se posaba sonriente. Fred era una persona afectuosa y al tiempo que crecía se había ido enamorando de su compañera de juegos a pesar de esa participación suya en la educación universitaria del país que había disparado su concepto del rango y la renta.

-Cuando a un hombre no le aman, es inútil que diga que podría ser mejor, que podría hacer cualquier cosa de tener la seguridad de entonces ser amado.

-No me sirve en absoluto el que diga que podría ser mejor. Tal vez, quizá, acaso..., son adverbios despreciables. -No veo cómo puede un hombre servir de mucho si no tiene una mujer que le quiera.

-Yo diría que la bondad debería ir por delante del enamoramiento.

-Tú sabes que eso no es verdad, Mary. Las mujeres no aman a los hombres por su bondad.

-Quizá no. Pero si les aman, no piensan que sean malos. -No es justo que digas que yo soy malo.

(2) Brenda Troil y los tres nombres siguientes son personajes de la novela de Sir Walter Scott El Pirata (1822).
(3) Personajes ambos de la novela de Sir Walter Scott Waverley (1814).
(4) Hijas del protagonista en la novela de Oliver Goldsmith El vicario de Vakefield (1766).
(5) Protagonista de la novela del mismo título de Madame de Stáel (1807).

-No dije nada en absoluto de ti.

Jamás serviré para nada, Mary, si no me dices que me amas, si no prometes que te casarás conmigo..., bueno, cuando sea que pueda casarme.

-Aunque te quisiera, no me casaría contigo. Y lo que nunca haría sería prometértelo.

-Eso es una maldad, Mary. Si me quieres, deberías prometerme que te casarías conmigo.

-Muy al contrario. Maldad sería casarme contigo aunque te amara.

-Te refieres a mi situación actual, sin posibilidades de mantener a una esposa. Eso lo entiendo; pero sólo tengo veintitrés años.

-Respecto al último punto cambiarás. Pero no estoy demasiado segura acerca de otros cambios. Mi padre dice que no deberían existir los hombres perezosos y mucho menos deberían casarse.

-¿Acaso debo entonces volarme la tapa de los sesos? -No; pienso que, en general, harías mejor aprobando tus exámenes. Le he oído decir al señor Farebrother que es escandalosamente fácil.

-Eso está muy bien. Todo es fácil para él. Y no es que la inteligencia tenga nada que ver en esto. Soy diez veces más listo que gente que aprueba.

-¿Jesús! -dijo Mary, incapaz de reprimir su sarcasmo-. Eso explica que haya coadjutores como el señor Crowse. Divide tu inteligencia por diez y el cociente... Jesús!, basta para licenciarse. Pero eso sólo demuestra que tú eres diez veces más indolente que el resto.

-Bueno, y si aprobara ¿te avendrías a que no entrara en la Iglesia?

-Lo que yo quiera que tú hagas no es la cuestión. Supongo que tendrás una conciencia propia. Bueno aquí llega el señor Lydgate. Debo ir a decírselo a mi tío.

-Mary -dijo Fred, cogiéndole la mano mientras ésta se levantaba-, si no me das ningún tipo de esperanza iré a peor en lugar de a mejor.

-Pues no te daré ninguna esperanza -dijo Mary sonrojándose-. A tu familia no le gustaría y a la mía tampoco. ¡Mi padre lo consideraría una infamia si aceptara a un hombre que se endeuda y no trabaja!

Fred se sintió herido y le soltó la mano. Missy caminó hacia la puerta, pero una vez allí se dio la vuelta y dijo: -Fred, siempre has sido tan bueno y generoso conmigo. No soy una ingrata, pero no vuelvas a hablarme de esto nunca.

-Está bien -dijo Fred enfurruñando, cogiendo el sombrero y la fusta. Sus mejillas encendidas contrastaban con la palidez de su rostro. Como muchos jóvenes aguerridos e indolentes, ¡estaba muy enamorado de una joven corriente y sin dinero! Pero con la tierra del señor Featherstone de telón de fondo y con la convicción de que a pesar de lo que Mary dijera, se interesaba por él, Fred no estaba del todo desesperado.

Al llegar a casa le dio a su madre cuatro billetes de veinte y le pidió que se los guardara.

-No quiero gastarme ese dinero, madre. Tengo que pagar una deuda, así que guárdalo fuera de mi alcance. -Dios te bendiga, hijo -dijo la señora Vincy. Adoraba a su hijo mayor y a la pequeña, una criatura de seis años, a quienes los demás consideraban sus hijos más traviesos. Las madres no siempre se equivocan en sus preferencias: son las que mejor pueden juzgar cuál es el hijo cariñoso y de buen corazón. Y Fred quería mucho a su madre. Tal vez fuera su cariño hacia otra persona también lo que le impulsaba a desear tomar medidas contra su tendencia a gastarse las cien libras. El acreedor a quien debía ciento sesenta tenía en su poder una garantía aún más sólida en la forma de una factura firmada por el padre de Mary.