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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 15.
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Dejaste los ojos negros, y dices Que los ojos azules no te atraen:
Sin embargo hoy pareces más extasiado Que antaño cuando te vimos.
Oh, yo sigo a la bella más bella Por los nuevos albergues del placer;
Huellas por aquí y ecos por allá Me guían hacia mi tesoro.
¡Mira! ¡Ella vuelve - inmortal juventud Labrada en estatura mortal,
Fresca como la luz de las estrellas –
Con su variado nombre: Naturaleza!

Gran historiador, como insistía en denominarse, que tuvo la fortuna de morir hace ciento veinte años y por ende ocupar su lugar entre los colosos bajo cuyas inmensas piernas se observa caminar nuestra viva mezquindad, presume de sus profusos comentarios y digresiones como la parte de su obra menos imitable, y en especial de esos capítulos primeros de los sucesivos libros de su historia, durante los cuales parece acercar su butaca el proscenio y charlar con nosotros con la robusta facilidad de su magnífico inglés. Pero Fielding(1) vivía cuando los días eran más largos (pues el tiempo, al igual que el dinero, se mide por nuestras necesidades), cuando las tardes de verano eran extensas, y el reloj tictaqueaba despacioso en las noches de invierno. Nosotros, tardíos historiadores, no debemos seguir su ejemplo, pues si lo hiciéramos, es probable que nuestra charla fuera inconsistente y apremiante, como si la pronunciáramos desde un taburete en una pajarería. Personalmente, me resulta tan laborioso desenredar ciertos destinos humanos y ver cómo se tejen y entretejen, que toda la luz de que dispongo debo concentrarla en esta tela de araña y no dispersarla sobre esa tentadora gama de pertinencias denominada universo.

(1) Henry Fielding (1707-54), novelista inglés, autor, entre otras obras, de Joseph Andrews (1742) y Tom Jones (1749).

De momento he de dar a conocer mejor a quien le interese al nuevo habitante Lydgate, pues ello les ha resultado difícil incluso a quienes le han tratado más desde su llegada a Middlemarch. Sin duda todo el mundo admitirá que a un hombre se le puede dar bombo y alabar, se le puede envidiar, ridiculizar, contar con él como un instrumento, enamorar (o al menos seleccionarle como futuro marido) y sin embargo continuar siendo virtualmente un desconocido o conocido tan sólo como una amalgama de signos sobre los que sus vecinos puedan hacer falsas suposiciones. No obstante, imperaba, por lo general, la impresión de que Lydgate no era del todo un médico rural común, y en el Middlemarch de la época dicha impresión significaba que se esperaban grandes cosas de él, pues cada uno de los médicos de cabecera era extraordinariamente listo y poseedor de ilimitada habilidad en el tratamiento y conocimiento de las enfermedades más caprichosas o rebeldes. La prueba de su inteligencia era del superior orden intuitivo, y descansaba sobre la convicción inamovible de sus pacientes femeninas, irrefutable a cualquier objeción salvo la de que a sus intuiciones otras igualmente fuertes oponían resistencia: es decir, aquellas damas que consideraban médicamente válido a Wrench y «el tratamiento reforzante», consideraban totalmente errado a Toller y «el sistema debilitante». Pues no habían desaparecido aún los tiempos heroicos de las ventosas y las copiosas sangrías, y menos todavía los tiempos de la teoría absoluta, cuando uno se refería a la enfermedad en general por algún maligno nombre y se la trataba correspondientemente sin ninguna contemplación -de llamarse, por ejemplo, insurrección, no se combatía con cartuchos de fogueo, sino que de inmediato se hacía brotar la sangre. Todo médico reforzante o debilitante era «listo» en opinión de alguien, que es cuanto se puede decir de cualquier talento vivo. Nadie había osado adelantar que el señor Lydgate pudiera saber tanto como el doctor Sprague o el doctor Minchin, los únicos dos facultativos que ofrecían alguna confianza cuando el peligro era extremo y cuando la mínima esperanza valía una guinea. No obstante, repito, cundía la impresión general de que Lydgate era algo bastante distinto a los demás profesionales de Middlemarch. Y era cierto. Contaba tan sólo veintisiete años, edad a la que muchos hombres no son del todo corrientes, tienen la esperanza de triunfar y están decididos a no claudicar, pensando que Mammon jamás les pondrá el bocado en la boca ni montará su lomo, sino que Mammon, de tener algo que ver con él, tirará de su carro.

Se había quedado huérfano recién terminada su segunda enseñanza en un buen colegio privado. Su padre, militar, había asegurado poco el porvenir de sus tres hijos y cuando el niño Tertius pidió que se le diera una educación médica, les pareció más fácil a sus tutores concederle su petición y colocarle de aprendiz con un médico rural que oponerse a causa de la dignidad familiar. Era uno de esos insólitos chicos que pronto sienten una inclinación fija y deciden que hay algo determinado en la vida que les atrae por sí mismo y querrían hacer, y no porque sus padres se dedicasen a ello. La mayoría de quienes nos dedicamos a un tema que nos gusta, recordamos como el primer atisbo rastreable de nuestra afición una mañana o una tarde en la que nos encaramamos a un taburete para alcanzar un volumen novel, o escuchamos boquiabiertos a un orador nuevo o, por simple falta de libros, comenzamos a escuchar nuestras propias voces interiores. Algo parecido le sucedió a Lydgate. Era un chico ágil, y, aún acalorado tras jugar, solía tumbarse en un rincón, hallándose a los cinco minutos enfrascado en la lectura del primer libro que encontrara a mano. Si resultaba ser Rasselas o Gulliver, tanto mejor, pero le servían igualmente el diccionario de Bailey, o la Biblia con los apócrifos. Le era necesario leer algo cuando no estaba montando el pony, corriendo y cazando o escuchando la conversación de los varones. Esto ya era así cuando tenía diez años, edad a la que ya había leído Chrysal, o Las aventuras de una guinea, que ni era comida de niños ni pretendía pasar por tal, habiéndosele ya también ocurrido que los libros eran lo bueno y que la vida era una fruslería. Sus estudios en el colegio no habían modificado significativamente esa opinión, pues aunque había seguido las enseñanzas sobre los clásicos y las de matemáticas, no sobresalió en ellas. Se decía de él que Lydgate podía hacer lo que quisiera, pero que hasta el momento no había querido hacer nada extraordinario. Era un vigoroso animal con una rápida comprensión, pero ninguna chispa había encendido en él pasión intelectual alguna. El conocimiento se le antojaba algo muy superficial y de fácil adquisición y, a juzgar por las conversaciones de sus mayores, parecía tener ya en su haber más de lo que precisaría en su vida de adulto. Probablemente no fuera éste un resultado excepcional de la enseñanza cara en esos tiempos de las levitas de talle alto y otras modas que aún no han vuelto. Pero durante unas vacaciones, el día húmedo le condujo hasta la pequeña biblioteca familiar, de nuevo en busca de algún libro que contuviera para él alguna novedad. ¡Vana ilusión!, salvo que bajara una polvorienta hilera de volúmenes de tapas grises de papel y manchadas etiquetas, los tomos de una vieja enciclopedia que nunca había perturbado. Estaban en el estante más alto y se subió a una silla para cogerlos. Pero abrió el volumen que sacó primero; a veces tendemos a leer en actitudes improvisadas, precisamente en situaciones en la que parece incómodo hacerlo. La página por la que abrió llevaba el título de Anatomía y el primer párrafo que atrajo su mirada era sobre las válvulas del corazón. No estaba muy familiarizado con ningún tipo de válvula, pero sabía que valvae eran puertas plegables y por esta rendija entró una luz repentina, sorprendiéndole con su primera clara noción de un mecanismo asaz preciso en el cuerpo humano. Una educación liberal le había proporcionado en el colegio la libertad para leer los pasajes más osados de los clásicos, pero sin mellar su imaginación con otros prejuicios ulteriores a una sensación general de secreto y obscenidad en relación a su estructura interna, de forma que, por lo que a él hacía, el cerebro estaba contenido en unas pequeñas bolsas en las sienes, y no tenía mayor interés en entender cómo le circulaba la sangre que en saber cómo se utilizaba el papel en lugar del oro. Pero había llegado el instante de la vocación y antes de bajarse de la silla descubrió un mundo nuevo por amor de un presentimiento de infinitos procesos que rellenaban los inmensos espacios vedados a su visión por esa ignorancia llena de palabras que él había tomado por conocimiento. Desde ese momento Lydgate sintió nacer una pasión intelectual.

No nos asusta repetir una y mil veces cómo llega un hombre a enamorarse de una mujer y a casarse con ella o, por el contrario, verse fatalmente apartado de ella. ¿Se deberá acaso a un exceso de poesía o de estupidez que jamás nos cansemos de describir lo que el rey Jacobo denominaba «forma y belleza» de la mujer, o de escuchar el tañer del instrumento del viejo trovador y sin embargo estemos relativamente poco interesados en ese otro tipo de «forma y belleza» que debe cortejarse con laborioso pensamiento y paciente renuncia a los pequeños deseos? Asimismo, en la historia de esta pasión, el desarrollo varía; a veces es el matrimonio glorioso, otras la frustración y la despedida final. Y no es infrecuente que la catástrofe vaya unida a la otra pasión cantada por los trovadores. Pues entre la multitud de hombres de mediana edad que prosiguen sus vocaciones en un recorrido diario que les viene tan determinado como el nudo de sus corbatas, existe un buen número que tuvieron en tiempos la intención de moldear sus propios hechos y cambiar un poco el mundo. Casi nunca se cuentan ni a sí mismos la historia de cómo se convirtieron en uno del montón, listos para el embalaje al por mayor; tal vez el entusiasmo vertido en generosos trabajos no retribuidos se enfrió tan imperceptiblemente como otros amores de juventud hasta que un día su ser de antaño caminó, como un fantasma, por su antiguo hogar haciendo que el mobiliario nuevo pareciera cadavérico. ¡Nada en el mundo más sutil que el proceso de su paulatino cambio! En un principio lo inhalaron sin saberlo; tal vez tú y yo contribuyéramos a infectarles con parte de nuestro aliento cuando proferimos nuestras disciplinadas falsedades o expusimos nuestras necias conclusiones; tal vez llegó con las vibraciones de una mirada femenina.

Lydgate no tenía intención de convertirse en uno de esos fracasos y en él cabía fundar mayores esperanzas, puesto que su interés científico pronto adoptó la forma del entusiasmo profesional. Tenía una fe juvenil en su sustentante trabajo que no iba a verse sofocada por esa iniciación denominada sus «días de aprendiz» y aportó a sus estudios en Londres, Edimburgo y París la convicción de que la profesión médica tal como debía ser, era la mejor del mundo, representando el más perfecto intercambio entre la ciencia y el arte y ofreciendo la alianza más directa entre la conquista intelectual y el bien social. La personalidad de Lydgate exigía esta combinación, pues era un ser emotivo con un sentido muy real del compañerismo que resistía todas las abstracciones de un estudio especial. No sólo le interesaban los «casos», sino John y Elizabeth, especialmente Elizabeth.

Esta profesión incluía otro atractivo: necesitaba de una reforma y por tanto daba la oportunidad de rechazar con indignada decisión el lustre banal y demás monsergas de las que estaba rodeada y de dotar a quien la ejerciese de las verdaderas, si bien no exigidas, aptitudes. Marchó a estudiar a París decidido a que, al regresar, se establecería como internista en alguna ciudad de provincias y se opondría a la división irracional entre el conocimiento médico y quirúrgico en beneficio de su propia búsqueda científica, así como del progreso en general; se mantendría fuera del alcance de las intrigas de Londres, de sus celos y servilismos sociales y alcanzaría la fama, como Jenner(2), paulatinamente, por el valor individual de su trabajo. Pues ha de recordarse que era ésta una época oscura y que a pesar de las venerables instituciones que se esforzaban laboriosamente por garantizar la pureza de los conocimientos a base de extenderlos poco y de excluir el error por mor de una severa exclusividad respecto a los honorarios y los nombramientos, sucedía que jóvenes ignorantes se veían promocionados en la ciudad y muchos más obtenían el derecho legal para ejercer la medicina en amplias zonas rurales. Además, el prestigio público del que gozaba el Colegio de Médicos, que sancionaba la costosa y enrarecida instrucción médica obtenida por quienes se licenciaban en Oxford y Cambridge, no impedía la enorme prosperidad del curanderismo, pues, dado que la práctica profesional consistía principalmente en recetar muchas medicinas, el público dedujo que estaría mejor servido con una mayor cantidad de medicamentos aún, siempre que se pudieran obtener a bajo precio, y de ahí que ingiriera grandes cantidades cúbicas de remedios recetados por la ignorancia desaprensiva carente de titulación. Teniendo en cuenta que la estadística todavía no había propiciado un cálculo respecto del número de médicos ignorantes o hipócritas que forzosamente han de existir en los albores de toda reforma, Lydgate estimó que el cambio en las unidades era el modo más directo de modificar los totales. Tenía la intención de ser una unidad que inclinara la balanza hacia ese creciente cambio que un día se haría notar apreciablemente sobre la media, y, entretanto tener el placer de contribuir ventajosamente a las vísceras de sus pacientes. Pero su objetivo no era tan sólo ejercer con más genuinidad de lo que era común. Sus ambiciones eran mayores y estaba enardecido con la posibilidad de llegar a descubrir la prueba de una concepción anatómica y añadir un eslabón a la cadena de los descubrimientos.
(2) Edward Jenner (1749-1823), descubridor de la vacuna.

¿Se os antoja incongruente que un médico de Middlemarch soñara con ser un descubridor? La mayoría de nosotros sabemos poco de los grandes innovadores hasta el momento en que llegan a formar parte de las constelaciones y ya rigen nuestros destinos. Pero acaso Herschels(3), por ejemplo, que «rompió las barreras de los cielos», ¿no tocó durante un tiempo el órgano de una iglesia de provincias y dio lecciones de música a tardos pianistas? Cada uno de estos Brillantes tuvo que andar por la tierra entre vecinos que tal vez apreciaban más su porte y su vestimenta que aquello que le otorgaría el derecho a la fama eterna; cada uno tuvo su pequeña historia local salpicada de pequeñas tentaciones y sórdidas preocupaciones que compusieron la fricción de su curso hacia la compañía final con los inmortales. Lydgate no estaba ajeno a los peligros de estas fricciones, pero tenía sobrada confianza en su decisión de evitarlas en la medida de lo posible. Tenía veintisiete años y creía poseer experiencia. Y no iba a permitir que el contacto con el éxito aparatoso y mundano de la capital provocara su vanidad, sino que viviría entre gentes que no rivalizaran con esa búsqueda de la gran idea que debía ser una finalidad gemela al asiduo ejercicio de su profesión. Existía una fascinación en la esperanza de que ambas metas se iluminaran mutuamente: la minuciosa observación y deducción que constituía su trabajo diario, el uso del microscopio para completar su criterio en casos especiales, redondearía su pensamiento como instrumento de más amplia indagación. ¿No era ésta la típica preeminencia de su profesión? Sería un buen médico de Middlemarch, y eso mismo le mantendría en la senda de la investigación trascendental. Hay un punto en esta etapa particular de su carrera en el que tiene derecho a reclamar nuestra aprobación; no tenía la intención de imitar esos modelos filantrópicos que sacan provecho de encurtidos envenenados para mantenerse al tiempo que denuncian la adulteración o tienen acciones en los lugares de apuestas a fin de poder tener el sosiego necesario para representar la causa de la moralidad pública.
(3) Sir William Herschel (1738-1822), astrónomo inglés de origen alemán, descubridor del planeta Urano.

En su caso, tenía la intención de comenzar algunas reformas determinadas que estaban absolutamente a su alcance y eran mucho menos problemáticas que la demostración de una concepción anatómica. Una de estas reformas era actuar con firmeza, respaldado por la fuerza de una reciente decisión legal y sencillamente recetar sin dispensar los medicamentos o percibir porcentaje alguno de los farmacéuticos. Esto constituía una innovación para quien había elegido adoptar el estilo del internista en una ciudad rural y sería tenido por ofensiva crítica por sus colegas de profesión. Pero Lydgate también pensaba innovar en cuanto a los tratamientos y era lo suficientemente prudente como para saber que la mejor garantía para el ejercicio honrado, según sus criterios, era deshacerse de las tentaciones sistemáticas que favorecían lo contrario.

Tal vez aquellos fueran tiempos más alegres que los actuales para el observador y el teórico; tendemos a pensar que la mejor época del mundo fue aquella en la que América empezaba a descubrirse, aquella en la que un aguerrido marinero, aunque fuera un náufrago, podía aterrizar en un reino nuevo y, en torno a 1829, los oscuros territorios de la Patología constituían una buena América para un animoso y joven aventurero. La mayor ambición de Lydgate era contribuir a ampliar la base científica y racional de su profesión. Cuanto más se interesaba por aspectos especiales de la enfermedad, como por ejemplo la naturaleza de la fiebre o las fiebres, más se le agudizaba la necesidad por ese conocimiento fundamental de la estructura que justo a principios de siglo se había visto iluminada por la breve y gloriosa carrera de Bichat(4), que murió cuando contaba tan sólo treinta y un años, pero que, como otro Alejandro, dejó un reino suficientemente grande para muchos herederos. Ese gran francés fue el primero en concebir que los cuerpos humanos, considerados fundamentalmente, no son asociaciones de órganos que se pueden entender estudiándolos primero por separado y luego, como si dijéramos, federalmente, sino que habían de considerarse como constituidos por ciertos entramados o tejidos, de los cuales se componen los diversos órganos -cerebro, corazón, pulmones y otros- igual que las distintas partes de una casa se construyen con diferentes proporciones de madera, hierro, piedra, ladrillo y demás, teniendo cada material su composición y proporción peculiar.

(4) Frangois Bichat (1771-1802), pionero francés de la patología anatómica.

Está claro que nadie puede entender y calcular la estructura completa o sus partes, sus debilidades y remiendos, desconociendo la naturaleza de los materiales. Y la concepción ideada por Bichat, con su estudio detallado de los distintos tejidos, influyó forzosamente en las cuestiones médicas, como lo haría la aparición de la luz de gas en una calle oscura iluminada con faroles de aceite, mostrando nuevas conexiones y realidades de estructura ocultas hasta el momento que debían tenerse en cuenta a la hora de considerar los síntomas de las enfermedades y el efecto de los medicamentos. Pero los resultados que dependen de la conciencia y la inteligencia humanas avanzan con lentitud, y ahora, a finales de 1829, gran parte del ejercicio de la medicina seguía pavoneándose o arrastrándose por las viejas sendas, y aún quedaba trabajo científico por hacer como consecuencia directa del de Bichat. Este gran vidente no fue más allá de considerar los tejidos como las últimas realidades del organismo vivo, lo que marcaba el límite del análisis anatómico: quedaba para otra mente el decir: ¿acaso no tienen estas estructuras una base común de la cual proceden todas, igual que el tafetán, la gasa, el raso, el tul y el terciopelo que provienen todas del capullo de seda? Aquí habría otra luz, como de gas exhídrico, que mostraría el meollo de las cosas y revisaría anteriores explicaciones. Lydgate estaba enamorado de esta secuencia del trabajo de Bichat, que ya vibraba bajo muchas corrientes del pensamiento europeo y anhelaba demostrar las relaciones más íntimas de la estructura viva y ayudar a definir con mayor exactitud él pensamiento del hombre respecto del orden verdadero. El trabajo no estaba concluido, tan sólo preparado para aquellos que sabían usar la preparación. ¿Cual era el tejido primitivo? Así es cómo Lydgate planteaba la cuestión que no era exactamente la forma exigida por la agazapada respuesta, pero esta falta de tino en la elección de la palabra adecuada ya les ocurre a muchos videntes. Confiaba, para iniciar su investigación, en los tranquilos intervalos que cuidadosamente aprovecharía y en las múltiples ideas fruto de la dedicación diligente no sólo del escalpelo, sino del microscopio que la investigación había vuelto a emplear con renovado entusiasmo y garantía. Este era, pues, el plan de Lydgate para el futuro: hacer un limitado y buen trabajo para con Middlemarch y una gran labor para con el mundo.

Era en esta época un hombre feliz: tenía veintisiete años, ningún vicio fijo, la generosa determinación de que sus hechos fueran beneficiosos e ideas en la mente que hacían que la vida resultara interesante, todo ello al margen del culto a la carne de caballo y otros ritos místicos de caro mantenimiento que las ochocientas libras que le restaron tras el pago por la clientela no hubieran cubierto durante mucho tiempo. Estaba en esa línea de salida que hace de la carrera de muchos hombres un buen tema de apuesta, caso de existir caballeros dados a esa diversión que pudieran apreciar las complicadas probabilidades de una meta ardua, así como todos los posibles contratiempos y adelantos de la circunstancia, todas las sutilezas del equilibrio interno mediante las cuales un ser nada y consigue su objetivo o de lo contrario se lo lleva la corriente. Incluso con un detallado conocimiento del carácter de Lydgate, el riesgo seguiría ahí, pues también el carácter es un proceso y un desarrollo. El hombre, tanto como el médico de Middlemarch y el descubridor inmortal, se estaba aún forjando y existían defectos y virtudes con capacidad de disminución o expansión. Espero que los defectos no constituyan una razón para que retiréis de él vuestro interés. ¿Acaso no existe entre los amigos que apreciamos uno u otro que sea un poco demasiado autosuficiente y desdeñoso, cuya mente privilegiada no esté ligeramente salpicada de vulgaridad, a quien primitivos prejuicios no hagan apocado aquí o impositivo allí, o cuyas mejores energías tiendan a decantarse por el canal equivocado por influjo de requerimientos pasajeros? Se puede alegar todo esto en contra de Lydgate, pero, al fin y al cabo, son las perífrasis de un predicador cortés, que habla de Adán y no desea mencionar cosas dolorosas a quienes llenan los bancos. Los defectos específicos de los cuales se destilan estas delicadas generalidades tienen una fisonomía, dicción, acento y muecas diferenciables que llevan a cabo sus papeles en diversos dramas. Nuestras vanidades son tan diferentes como nuestras narices; no todos los orgullos son iguales, sino que varían con las minucias de nuestra hechura mental tanto como diferimos los unos de los otros. El orgullo de Lydgate era del tipo arrogante; nunca resultaba ni simple ni impertinente, sino que era colosal en sus reivindicaciones y amablemente desdeñoso. Se desvivía por los necios, pues le daban pena y se sentía muy seguro del nulo poder que sobre él podían ejercer. Durante su estancia en París incluso se le había ocurrido unirse a los sansimonianos(5) a fin de volverles en contra de alguna de sus propias doctrinas. Todos sus defectos llevaban el sello de familia, y eran los de un hombre poseedor de un buen barítono, cuya ropa le caía bien y que aun en sus gestos más comunes tenía el aire de una innata distinción. ¿Dónde, pues, yacían las manchas de vulgaridad?, pregunta una joven enamorada de esa elegancia despreocupada. ¿Cómo podía existir algún rastro de vulgaridad en un hombre tan bien educado, tan ambicioso de distinción social, tan generoso y poco corriente en sus puntos de vista respecto a sus deberes sociales? Pues con idéntica facilidad con la que se encuentra necedad en un genio si se le coge a traspié en el tema equivocado o de la misma manera que muchos hombres con la mejor voluntad para hacer progresar el milenio social podrían no estar positivamente inspirados al imaginarse sus placeres más livianos, incapaces de ir más allá de la música de Offenbach o de la brillante chispa de la última parodia. Las manchas de vulgaridad de Lydgate residían en la textura de sus prejuicios, la mitad de los cuales, a pesar de la amabilidad y las nobles intenciones, eran los mismos que se encuentran en los hombres corrientes que pueblan el mundo; esa elegancia mental perteneciente a su ardor intelectual no penetraba su sensibilidad y su criterio respecto al mobiliario, a las mujeres, o al deseo de que se supiera (sin que él lo dijera) que provenía de mejor cuna que otros médicos rurales. No era su intención

(5) Seguidores de las doctrinas sociales y económicas del conde de Saint-Simon (1760-1820, cuyos análisis de la importancia de la producción en las nuevas sociedades industriales influyeron en Comte y Marx.

pensar por el momento en mobiliario alguno, pero cuando así lo hiciera, era de temer que ni la biología ni los planes de reforma le elevarían por encima de la vulgaridad de creer que existiría una incompatibilidad si sus muebles no eran los mejores. En cuanto a las mujeres, ya en una ocasión se había visto arrastrado por una impetuosa locura, que determinó sería la última, puesto que el matrimonio en un periodo lejano no sería impetuoso. Para quienes quieran comprender a Lydgate es conveniente que conozcan el caso de impetuosa locura, puesto que puede servir de ejemplo del abrupto cambio de pasión al que era susceptible, unido a la caballerosa amabilidad que le convertía en moralmente entrañable. La historia se resume en pocas palabras. Ocurrió mientras estudiaba en París y justo en el momento en que, sobreponiéndose a su otra labor, se encontraba ocupado con unos experimentos galvánicos. Una noche, cansado de sus experimentos e incapaz de extraer los datos que precisaba, dejó que las ranas y los conejos descansaran de las misteriosas y pesadas descargas a las que se veían misteriosamente sometidos y partió a concluir el día en el teatro Porte Saint Martin donde se representaba un melodrama que ya había visto en diversas ocasiones, atraído no por el ingenioso trabajo de los coautores, sino por una actriz que apuñalaba a su amante confundiéndole con el perverso duque de la obra. Lydgate estaba enamorado de esta artista como se enamoran los hombres de la mujer con quien jamás esperan hablar. Era de Provenza, de ojos oscuros, perfil griego y forma redondeada y majestuosa, con ese tipo de belleza que incluso en la juventud refleja una dulce madurez y con una voz como un suave arrullo. Llevaba poco tiempo en París y tenía una virtuosa reputación; su esposo trabajaba con ella en la obra haciendo el papel del infortunado amante. Sus dotes de artista eran puramente «discretas», pero el público estaba satisfecho. El único solaz de Lydgate en esa época era ir a ver a aquella mujer, de la misma manera que se hubiera tumbado un rato bajo el suave viento del sur en un campo de violetas, sin perjuicio de su galvanismo, el cual retomaría en breve. Mas esta noche el antiguo drama incluía una nueva catástrofe. En el momento en que la heroína había de simular el apuñalamiento de su amante y él debía caerse al suelo elegantemente, la esposa clavó la daga de verdad en el marido, quien cayó muerto. Un penetrante grito recorrió el teatro y la provenzal se desmayó; la obra exigía un grito y un desmayo, pero éste fue auténtico en esta ocasión. Lydgate saltó y trepó al escenario sin saber cómo, y ayudó activamente, conociendo personalmente a su heroína al encontrarle una contusión en la cabeza y levantarla dulcemente entre sus brazos. París se conmovió con la historia de esta muerte; ¿sería un asesinato? Algunos de los más ardientes admiradores de la actriz se sentían inclinados a creer en su culpabilidad, razón por la cual les gustó aún más (tal era el gusto de la época), pero Lydgate no se contaba entre éstos. Abogó vehementemente por su inocencia y la distante pasión impersonal que despertaba en él su belleza se tornó ahora en devoción y preocupación por la suerte de la actriz. La idea del asesinato era absurda; no se descubrió motivo alguno, pues la pareja parecía adorarse mutuamente y existían precedentes de que un traspié accidental había acarreado graves consecuencias. La investigación legal concluyó con la puesta en libertad de Madame Laure. Para entonces Lydgate la había visto en varias ocasiones y cada vez la encontraba más adorable. Hablaba poco, lo que constituía un encanto añadido. Era melancólica y parecía agradecida; bastaba con su presencia, como ocurre con la luz del atardecer. Lydgate estaba loco por su afecto y celoso, no fuera que otro hombre se lo granjeara y le pidiera que se casara con él. Pero en lugar de reanudar su contrato con el Porte Saint Martin, donde hubiera sido tanto más popular debido al fatal episodio, se marchó de París sin previo aviso, abandonando su pequeña corte de admiradores. Tal vez nadie indagara por su paradero largo tiempo salvo Lydgate, para quien la ciencia se detuvo al imaginarse a la triste Laure, afligida por el dolor, vagabundeando sin hallar un consolador fiel. Pero las artistas ocultas no resultan tan difíciles de hallar como otros datos escondidos y Lydgate no tardó en recabar la información de que Laure había tomado la ruta de Lyons. Finalmente la encontró actuando con mucho éxito y con el mismo nombre en Aviñón, más majestuosa que nunca en el papel de madre desvalida con su criatura en brazos. Habló con ella tras la representación, fue recibido con la misma paz que se le antojaba hermosa como las claras profundidades del agua y obtuvo permiso para visitarla al día siguente, cuando estaba decidido a decirle que la adoraba y a pedirle que se casara con él. Sabía que era como el repentino impulso de un demente, poco acorde incluso con sus habituales debilidades. ¡Daba igual! Estaba decidido a hacerlo. Era como si existieran dos seres en él y debían aprender a acoplarse el uno al otro y soportar los mutuos impedimentos. Es curioso que algunos de nosotros, con ágil visión alternativa, veamos más allá de nuestro encaprichamiento, e incluso mientras dura nuestro desvarío, contemplemos la espaciosa llanura donde nos aguarda, detenido, nuestro ser más estable. El haberse acercado a Laure con cualquier galanteo que no fuera reverencialmente afectuoso hubiera constituido sencillamente una contradicción de todos los sentimientos que por ella sentía.

-¿Ha venido desde París para encontrarme? -le preguntó al día siguiente, sentada frente a él con los brazos cruzados y observándole con la asombrada mirada de un animal rumiante por domar-. ¿Son así todos los ingleses?

-Vine porque no podía vivir sin tratar de verla. Está sola; la quiero; quiero que acceda a ser mi esposa. Esperaré, pero quiero que me prometa que se casará conmigo y con nadie más.

Laure le miró en silencio, con melancólico fulgor en los hermosos ojos hasta que Lydgate se sintió embargado por una certeza desbordante y se arrodilló junto a ella.

-Le diré una cosa -dijo ella, con su voz arrullante y manteniendo los brazos cruzados-. Me escurrí de verdad.

-Lo sé, lo sé -dijo Lydgate con desaprobación-. Fue un fatal accidente, un terrible golpe del destino que me unió aún más a usted.

De nuevo Laure hizo una pausa y a continuación dijo lentamente:

-Lo hice a propósito.

Lydgate, fuerte como era, palideció y tembló; parecieron transcurrir unos momentos antes de que se levantara y se alejara un poco de ella.

-Entonces, habría algún secreto -dijo finalmente casi con vehemencia-. Debió ser cruel con usted y le odiaba.

-¡Qué va! Me tediaba; era demasiado cariñoso; quería vivir en París y no en mi tierra y eso no me gustaba. -¡Dios santo! -gimió Lydgate con horror-. ¿Y planeó su asesinato?

-No lo planeé; se me ocurrió durante la representación y lo hice a propósito.

Lydgate permaneció mudo e inconscientemente se puso el sombrero mientras la miraba. Vio a esta mujer, la primera a quien había entregado su juvenil ardor, entre la multitud de necios criminales.

-Es usted un joven bueno -dijo Laure-. Pero me disgustan los maridos. Nunca tendré otro.

Tres días más trade Lydgate volvía a encontrarse con su galvanismo en sus aposentos de París, con la convicción de que las ilusiones habían terminado para él. La enorme bondad y confianza en poder mejorar la vida humana le salvaron de los efectos endurecedores. Pero ahora que tenía tanta experiencia tenía más motivos que nunca para fiarse de su juicio. A partir de aquí mantendría para con las mujeres un punto de vista estrictamente científico, sin abrigar otras esperanzas que las que estuvieran justificadas de antemano.

Era improbable que nadie en Middlemarch tuviera de Lydgate una idea como la que aquí se ha esbozado levemente, y los respetables vecinos del pueblo no estaban más dados que la mayoría de los mortales a un intento de exactitud por representarse aquello que no caía dentro de sus propias experiencias. No eran sólo las jóvenes vírgenes de la ciudad, sino las hombres de encanecidas barbas quienes con frecuencia se afanaban por lucubrar cómo podrían atraer hacia sus propios fines al nuevo personaje, satisfechos con un precario conocimiento respecto de cómo le había ido moldeando la vida para ese fin. De hecho, Middlemarch contaba con engullir a Lydgate y asimilarle con harta comodidad.