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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 16.
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Todo lo que se adora en la mujer Encuentro en tu bello sexo:
Pues sólo la mujer puede aportar Lo bello y lo agradable.
(SIR CHARLES SEDLEY.)

El tema de si el señor Tyke debía ser nombrado capellán retribuido en el hospital era un tópico emocionante para los vecinos de Middlemarch y Lydgate oyó hablar de él en términos que arrojaron mucha luz sobre el poder que el señor Bulstrode ejercía en la ciudad. Era evidente que el banquero era un dirigente, pero había un partido de oposición e incluso entre quienes le apoyaban había algunos que dejaban entrever que su ayuda era un acuerdo y manifestaban sinceramente su impresión de que el esquema general de las cosas, y en especial los percances del comercio, exigían que se le pusiera una vela al diablo.

El poder del señor Bulstrode no obedecía simplemente al hecho de ser un banquero rural conocedor de los secretos financieros de la mayoría de los comerciantes de la ciudad y con potestad para tocar las fuentes de su crédito; estaba reforzado por una magnanimidad presta y severa a un tiempo: presta a conceder favores y severa en la observación de resultados. Había acaparado, como suelen hacer en sus puestos los hombres industriosos, una parte mayoritaria en la administración de las instituciones benéficas de la ciudad y sus caridades privadas eran tanto diminutas como abundantes. Se tomó grandes molestias para poner de aprendiz al hijo de Tegg el zapatero y vigilaba estrechamente sus idas a la iglesia; defendía a la señora Strype, la lavandera, de la injusta exacción de Stubb a cuenta de su zona de secado y escudriñaba cualquier calumnia contra ella. Sus pequeños préstamos privados eran numerosos, pero investigaba a fondo las circunstancias tanto antes como después. Esta es la forma en la que un hombre va acumulando poder, sobre las esperanzas y los temores de sus vecinos, así como la gratitud de éstos, y el poder, una vez se infiltra en esa sutil región, se propaga, extendiéndose fuera de toda proporción a sus medios externos. Era un principio para el señor Bulstrode el adquirir el máximo poder posible, a fin de poderlo emplear para gloria de Dios. Pasaba por grandes conflictos espirituales y discusiones consigo mismo para ajustar sus motivos y clarificarse a sí mismo qué era lo que requería la gloria de Dios. Pero, como ya hemos visto, no siempre se apreciaban correctamente sus motivos. Muchas eran las mentes obtusas de Middlemarch, cuyas balanzas reflexivas sólo podían pesar las cosas a bulto y éstas tenían la fuerte sospecha de que puesto que el señor Bulstrode, con lo poco que comía y bebía, y las preocupaciones que tenía, no disfrutaba como ellos de la vida, la sensación de dominio debía proporcionarle una especie de festín de vampiro. El tema de la capellanía surgió en torno a la mesa del señor Vincy cuando Lydgate cenaba allí y observó que la relación de parentesco con el señor Bulstrode no impidió la libertad de comentarios incluso por parte del propio anfitrión, aunque sus razones en contra del arreglo propuesto descansaban únicamente sobre su objeción a los sermones del señor Tyke, que eran todo doctrina, y su preferencia por el señor Farebrother, cuyos sermones estaban exentos de ese tinte. Al señor Vincy le gustaba lo suficiente la idea de que el capellán tuviera un sueldo, siempre y cuando fuera Farebrother quien lo recibiera, personaje bueno donde lo hubiera y el mejor predicador del mundo, además de amigable.

-¿Qué línea adoptará usted, pues? -preguntó el señor Chichely, el oficial de juzgado, gran compañero de caza del señor Vincy.

-Estoy encantado de no ser ahora uno de los directivos. Votaré porque remitan el asunto a la Dirección y a la junta Médica. Despositaré sobre sus hombros, doctor, parte de mi responsabilidad -dijo el señor Vincy, mirando primero al doctor Sprague, el médico más antiguo de la ciudad y después a Lydgate, que estaba sentado enfrente-. Así que los señores médicos deben consultar qué tipo de negra poción recetarán ¿no Lydgate?

-Sé poco de cualquiera de los dos -dijo Lydgate-, pero por lo general los nombramientos suelen ser con demasiada frecuencia un asunto de amistad personal. El hombre más adecuado para determinado puesto no es siempre el mejor o el más agradable. Hay ocasiones en las que, de quererse una reforma, habría que jubilar a todos esos tipos estupendos a quienes todo el mundo aprecia, excluyéndoles del tema. El doctor Sprague, considerado el médico de más «peso», si bien solía decirse que el doctor Minchin tenía más «penetración», despojó su rostro amplio y fuerte de toda expresión y dirigió su mirada a la copa de vino mientras Lydgate hablaba. Todo cuanto respecto de este joven no era problemático y predictible (como por ejemplo cierto alarde de ideas extranjeras y una inclinación por remover lo que sus mayores habían ya organizado y olvidado) resultaba decididamente desagradable para un médico cuya reputación estaba consolidada desde hacía treinta años por un tratado sobre la meningitis, al menos una copia del cual, marcada como «propia», estaba encuadernada en piel. Personalmente comprendo bastante al doctor Sprague, pues la autosatisfacción es un tipo de propiedad desgravada que molesta ver devaluada.

El comentario de Lydgate no encontró eco entre la concurrencia. El señor Vincy opinó que, de hacerse las cosas a su gusto, no pondría en ningún puesto a gente desagradable.

-¡Al diablo con sus reformas! -dijo el señor Chichely-. No hay mayor farsa en el mundo. Jamás se oye hablar de reforma que no sea un truco para colocar a gente nueva. Espero, señor Lydgate, que no sea usted uno de los hombres del Lancet, una revista que pretende arrebatarle mi función a la profesión legal. Sus palabras parecen apuntar a eso.

-Nadie está menos de acuerdo con Wakley(1) que yo -interrumpió el doctor Sprague-; es un ser mal intencionado que sacrificaría la respetabilidad de la profesión, que todos saben que depende de los Colegios de Londres, en aras a su propia notoriedad. Hay hombres a quienes no les importa que les pongan verdes con tal de que se hable de ellos. Pero hay veces que Wakley tiene razón -añadió sentenciosamente el doctor-. Podría mencionar uno o dos puntos en los que tiene razón.

-Bueno -dijo el señor Chichely-. No culpo a nadie por defender su negocio, pero yendo al grano, me gustaría saber cómo va un oficial de la corona a juzgar las pruebas si carece de formación jurídica.
(3) Thomas Wakley (179-1862), médico fundador de The Lancet, la más prestigiosa revista médica británica.

-En mi opinión -dijo Lydgate-, la formación jurídica sólo hace más incompetentes a los hombres en aquellos temas que requieren conocimientos de otra índole. La gente habla de pruebas como si de verdad se pudieran pesar en una balanza por una justicia ciega. Nadie puede juzgar la validez de una prueba en determinado tema salvo que conozca ese tema bien. En un examen postmortem, un abogado no es de mayor utilidad que una vieja. ¿Cómo puede saber cómo actúa un veneno? Es como decir que la métrica enseña a medir la producción de patatas.

-Supongo que sabe usted que no es competencia del oficial llevar a cabo el postmortem, sino tomar nota del testimonio del médico, ¿no? -dijo el señor Chichely con cierto desprecio.

-Quien a menudo es tan ignorante como el propio oficial -dijo Lydgate-. Los asuntos de jurisprudencia médica no se debieran confiar al azar de un conocimiento serio por parte del testimonio médico, y el oficial no debiera ser alguien que cree que la estricnina destruye las capas del estómago si resulta que así le informa un facultativo ignorante.

Lydgate había olvidado que Chichely era el oficial de su Majestad y terminó ingenuamente con la pregunta. -¿No está de acuerdo conmigo, doctor Sprague? -Hasta cierto punto..., y respecto a distritos muy poblados y en la metrópolis -dijo el doctor-. Pero espero que transcurran muchos años antes de que esta parte del país pierda los servicios de mi amigo Chichely, aunque fuera nuestro mejor colega quien le sustituyera. Estoy seguro de que Vincy estará de acuerdo conmigo.

-Por supuesto; denme un oficial que sea buen cazador -dijo el señor Vincy jovialmente.

-Y en mi opinión, con un abogado se está más seguro. Nadie puede saberlo todo. La mayoría de las cosas son «inspiraciones de Dios». Y en cuanto a envenamiento, lo que se precisa es conocer la ley. Venga, ¿les parece que nos reunamos con las señoras?

Era la opinión de Lydgate que Chichely bien pudiera ser el oficial sin prejuicios respecto de las capas del estómago, pero no había sido su intención ser indiscreto. Esta era una de las dificultades de moverse entre la buena sociedad de Middlemarch: era peligroso insistir en que para cualquier cargo remunerado, el conocimiento era un requisito. Fred Vincy le había llamado pedante y ahora el señor Chichely se sentía inclinado a llamárselo también, sobre todo cuando en el salón le vio intentando agradar a Rosamond, a quien había monopolizado fácilmente en un téte-à-téte, ya que la señora Vincy se encontraba sentada a la mesa del té. No delegaba ninguna función doméstica en su hija y el sonrosado y amable rostro de esta matrona con sus cintas rosas demasiado volátiles flotando en torno al hermoso cuello y su alegre actitud para con marido e hijos era sin duda uno de los grandes atractivos de la casa de los Vincy, atractivos que facilitaban el enamorarse de la hija. El punto de vulgaridad poco pretenciosa e inofensiva de la señora Vincy hacía resaltar aún más el refinamiento de Rosamond, mayor del que Lydgate había esperado.

Por descontado que un pie pequeño y unos hombros bien moldeados contribuyen a la impresión de buenos modales, y el comentario oportuno parece extraordinario cuando va acompañado de una exquisita curvatura de los labios y los párpados. Y Rosamond sabía hacer comentarios oportunos, pues era inteligente con esa clase de inteligencia que abarca todos los tonos menos el humorístico. Felizmente, jamás bromeaba y ésta constituía tal vez la caracterización más decisiva de su talento.

Ella y Lydgate entraron pronto en conversación. Él lamentó no haberla oído cantar el otro día en Stone Court. El único placer que se otorgara a sí mismo durante la última parte de su estancia en París había sido escuchar música.

-Probablemente haya usted estudiado música -dijo Rosamond.

-No; conozco los trinos de múltiples pájaros, y muchas melodías de oído; pero me deleita la música que desconozco totalmente, aquella sobre la que no tengo noción me llega más. ¡Qué necio es este mundo que no goza más con este placer que tiene a su alcance!

-Sí, y encontrará a Middlemarch muy mudo musicalmente. Apenas hay ningún músico bueno. Yo sólo conozco a dos caballeros que canten bien.

-Supongo que es la moda el cantar canciones cómicas con ritmo, dejándole a uno que proporcione la música, algo así como si se golpeara un tambor.

-Ha oído usted al señor Bowyer -dijo Rosamond con una de sus parcas sonrisas-. Pero estamos hablando mal de nuestros vecinos.

Lydgate casi olvidó que debía mantener la conversación al pensar en la hermosura de Rosamond, su vestido del más pálido azul celeste, ella misma inmaculadamente rubia, como si los pétalos de alguna gigantesca flor se acabaran de abrir desvelándola, al tiempo que, sin embargo, esta infantil palidez demostraba tanta elegancia y dominio. Desde que conociera a Laure, Lydgate había perdido todo el gusto por el silencio de grandes ojos; la vaca sagrada ya no le atraía y Rosamond era totalmente su antónimo. Pero se sobrepuso.

-Espero que me permitirá escuchar algo de música esta noche.

-Le permitiré escuchar mis intentos, si quiere -dijo Rosamond-. Seguro que papá insistirá en que cante. Pero temblaré ante usted que ha oído a los mejores cantantes en París. Yo he oído a pocos; sólo he estado en Londres en una ocasión. Pero nuestro organista de St. Peter es un buen músico y sigo estudiando con él.

-Cuénteme lo que vio en Londres.

-Muy poco -alguien más ingenuo hubiera contestado «¡Todo!». Pero Rosamond era más hábil-. Cosas corrientes que siempre gustan a las incultas chicas de campo.

-¿Se considera una inculta chica de campo? -dijo Lydgate con acentuada e involuntaria admiración que hizo que Rosamond se sonrojara de placer. Pero permaneció seria y volvió un poco el esbelto cuello, levantando la mano hasta tocar las hermosas trenzas, un gesto habitual en ella tan gracioso como el movimiento de las patas de un gatito. Y no es que Rosamond se pareciera lo más mínimo a un gatito: era una sílfide, capturada joven y educada por la señora Lemon.

-Le aseguro que mi mente está por cultivar -contestó al punto-. En Middlemarch paso. No temo hablar con nuestros ancianos vecinos. Pero usted me asusta.

-Una mujer educada casi siempre sabe más que nosotros los hombres, aunque sus conocimientos sean de índole diferente. Estoy seguro de que usted me podría enseñar miles de cosas, igual que un ave exquisita podría enseñarle a un oso si existiera entre ellos un idioma común. Afortunadamente entre los hombres y las mujeres existe un lenguaje común y de ese modo los osos pueden instruirse.

-¡Ahí está Fred empezando a tocar! Debo ir a impedirle que destroce los nervios de todos ustedes -dijo Rosamond dirigiéndose al otro lado de la estancia donde Fred, tras abrir el piano por deseo de su padre para que Rosamond les deleitara, tocaba Cherry Ripe patéticamente con una mano. Hombres muy hábiles que han pasado sus exámenes hacen en ocasiones estas cosas no menos que el suspenso Fred.

-Fred, te ruego que pospongas hasta mañana tus prácticas; vas a hacer que el señor Lydgate enferme -dijo Rosamond-. Tiene oído, ¿sabes?

Fred se rió y siguió hasta el final de su melodía. Rosamond se volvió a Lydgate y sonriendo levemente dijo:

-Comprobará que los osos no siempre se dejan enseñar.

-¡Pues venga, Rosy! -dijo Fred levantándose del taburete y girándolo para subírselo con campechana anticipación de disfrute-. Danos primero unas melodías animadas.

Rosamond tocaba admirablemente. Su maestro en la escuela de la señora Lemon (cercana a una ciudad de memorable historia que tenía sus reliquias en iglesia y castillo) había sido uno de esos excelentes músicos que se encuentran dispersos por nuestras provincias, digno de compararse con algún notable Kapellmeister de un país que ofrece mejores condiciones de celebridad musical. Rosamond, con el instinto del intérprete, había captado su forma de tocar y llevaba a cabo la interpretación de la noble música del maestro con la precisión del eco. Oírla por primera vez, resultaba asombroso. De los dedos de Rosamond parecía fluir un alma oculta; y de hecho así era, puesto que las almas continúan viviendo en ecos perpetuos y toda hermosa expresión incluye una actividad originaria, aunque sólo sea la del intérprete. Lydgate quedó embrujado y empezó a creer que Rosamond era algo excepcional. Al fin y al cabo, pensó, no debe sorprendernos encontrar extrañas conjunciones de la naturaleza en circunstancias aparentemente desfavorables: doquiera que se den, siempre dependen de condiciones que no son evidentes. Permaneció sentado mirándola y no se levantó a alabarla; eso, ahora que era más profunda su admiración, se lo dejaba a los demás.

Cantaba menos espectacularmente, pero con técnica, y resultaba agradable, como una tonadilla perfectamente afinada. Cierto que cantó Meet me by the moonlight y I've been roaming, pues los mortales han de compartir las modas de su época y sólo los antiguos pueden ser eternamente clásicos. Pero Rosamond también sabía cantar bien Black-eyed Susan o las cancioncillas de Haydn, o Voi, che sapete o Batti, batti(2): tan sólo quería saber lo que le gustaba a su público.

Su padre contempló la concurrencia, deleitándose con su admiración. Su madre estaba sentada, como una Niobe antes de sus tormentos, con su hija menor sobre el regazo, subiendo y bajando la mano de la criatura al compás de la música. Y Fred, pese a su escepticismo general respecto de Rosy, escuchaba su música con absoluta devoción, deseando que con su flauta pudiera hacer lo mismo. Fue la fiesta familiar más agradable de cuantas había visto Lydgate desde que llegara a Middlemarch. Los Vincy tenían esa predisposición al disfrute, ese rechazo a la ansiedad y ese creer en la vida como una fiesta que hacía de una casa así una excepción en la mayoría de las ciudades pequeñas de esa época, en la que el evangelismo había arrojado cierta sospecha de plaga-infección sobre las escasas diversiones que llegaban hasta las provincias. En casa de los Vincy siempre se jugaba al whist y las mesas de cartas se encontraban ahora dispuestas haciendo que parte de la concurrencia se sintiera íntimamente impaciente con la música. Antes de que ésta concluyera entró el señor Farebrother, un hombre de unos cuarenta años, bien parecido y de anchos hombros, pero por lo demás menudo, cuyo traje estaba harto desgastado; todo el brillo residía en sus ágiles ojos grises. Llegó como un agradable cambio de luz, cogiendo a la pequeña Louisa con paternal arrumaco cuando la señorita Morgan la sacaba de la habitación, saludando a todo el mundo con alguna frase especial y condensando más conversación en diez minutos de la que se había mantenido durante toda la velada. Reclamó de Lydgate el cumplimiento de una promesa de pasar a verle.
(2) Arias de las óperas de Mozart Las bodas de Fígaro y Don Giovanni, respectivamente.

-Verá, no puedo liberarle de su palabra porque tengo unos cuantos escarabajos que enseñarle. Nosotros los coleccionistas nos interesamos por todo ser recién llegado hasta que ha visto cuanto tenemos por enseñarle.

Pero pronto se dirigió hacia la mesa de whist, frotándose las manos y diciendo:

-¡Bueno venga, seriedad! ¿Señor Lydgate? ¿Que no juega? Es usted demasiado joven y ligero para este tipo de cosas.

Lydgate se dijo a sí mismo que el clérigo, cuyas destrezas le resultaban tan dolorosas al señor Bulstrode, parecía haber encontrado un refugio agradable en este hogar ciertamente no erudito. Medio lo entendía: el buen humor, la belleza de jóvenes y mayores y la disposición para pasar el tiempo sin exigencias sobre la inteligencia podían hacer atractiva la casa para gentes sin ocupación especial en sus horas libres.

Todos estaban exultantes y contentos salvo la señorita Morgan que parecía amodorrada, aburrida y resignada y, en definitiva, como solía decir la señora Vincy, justo el tipo de persona para ser institutriz. Lydgate no tenía la intención de hacer muchas visitas de este tipo. Eran una manera lamentable de perder la noche y proponía disculparse y marcharse en cuanto hubiera hablado un poco más con Rosamond.

-Estoy segura de que los de Middlemarch no le gustaremos -dijo Rosamond, una vez se hubieron asentado los jugadores de cartas-. Somos muy sosos y usted está acostumbrado a cosas bien distintas.

-Supongo que todas las ciudades de provincias son muy parecidas -dijo Lydgate-. Pero sí he comprobado que uno siempre cree que la ciudad propia es la más insulsa de todas. Me he propuesto aceptar Middlemarch tal y como es y me complacería mucho que la ciudad hiciera lo mismo conmigo. Lo cierto es que aquí he encontrado encantos mayores de lo que esperaba.

-Se refiere a los paseos a caballo hacia Tipton y Lowick; a todo el mundo le gustan -dijo Rosamond con sencillez.

-No, me refiero a algo mucho más cercano. Rosamond se levantó y tocándose la redecilla dijo:

-¿Le gusta bailar? No estoy muy segura de que los hombres inteligentes bailen.

-Bailaría con usted si me lo permitiera.

-¡Bueno! -exclamó Rosamond, con una leve risa de disculpa-, sólo iba a decir que de vez en cuando damos un baile y quería saber si se sentiría ofendido si le invitáramos a venir.

-No, si se diera la condición que he mencionado. Concluida esta charla, Lydgate pensaba en marcharse, pero al dirigirse a la mesa de whist le interesó el juego del señor Farebrother, que era extaordinario, así como su rostro, una chocante mezcla de astucia y docilidad. A las diez sirvieron la cena (tales eran las costumbres de Middlemarch) y se bebió ponche; pero el señor Farebrother sólo tomó un vaso de agua. Iba ganando, pero no parecía existir motivo para que terminara la renovación de fichas, y Lydgate finalmente se despidió.

Pero como aún no eran las once, decidió caminar en la fría noche hacia la torre de St. Botolph, la iglesia del señor Farebrother, que, a la luz de las estrellas, se destacaba negra, cuadrada y maciza. Era la iglesia más antigua de Middlemarch; el beneficio, sin embargo, era tan sólo una vicaría de apenas cuatrocientas libras anuales. Lydgate había oído hablar de eso y se preguntó si al señor Farebrother le preocuparía el dinero que ganaba a las cartas al tiempo que pensaba «Parece un ser muy agradable, pero quizá Bulstrode tenga sus buenas razones». Muchas eran las cosas que se le simplificarían a Lydgate si Bulstrode resultara por lo general tener razón. «¿Y a mí que más me da su doctrina religiosa si con ella aporta buenas ideas? Hay que servirse de aquellas mentes que encontramos.»

Estos fueron los primeros pensamientos de Lydgate así que se alejaba de la casa del señor Vincy, debido a lo cual me temo que muchas damas no le consideren dignas de su atención. Rosamond y su música sólo ocuparon un segundo lugar en sus pensamientos y aunque, cuando le llegó el turno a ella, su imagen le acompañó durante el resto del paseo, no sintió agitación ni sensación alguna de que una nueva corriente hubiera entrado en su vida. No podía casarse aún; no deseaba hacerlo hasta dentro de unos años y por tanto no estaba dispuesto a recrearse con la idea de estar enamorado de una joven a la que casualmente admiraba. Y admiraba mucho a Rosamond; pero no creía que esa demencia que le asediara una vez con Laure se volviera a dar con respecto a otra mujer. De todos modos, si de enamorarse se hubiera tratado, no hubiera habido ningún peligro con una persona como esta señorita Vincy, poseedora del tipo de inteligencia que uno desea en las mujeres: educada, dócil, abocada a colmar todas las delicadezas de la vida y todo ello encerrado en un cuerpo que expresaba esto con un vigor demostrativo que excluía la necesidad de más pruebas. Lydgate estaba convencido de que, si se casaba alguna vez, su esposa irradiaría feminidad, esa feminidad que ha de catalogarse junto con las flores y la música, ese tipo de hermosura que es virtuosa por naturaleza, pues ha sido moldeada exclusivamente para los gozos puros y delicados.

Pero puesto que no tenía intención de casarse en los próximos cinco años, su tarea más acuciante ahora consistía en estudiar el libro nuevo de Louis(3) sobre la fiebre, que le interesaba especialmente, ya que había conocido a Louis en París y había seguido muchas demostraciones anatómicas a fin de verificar las diferencia específica entre las fiebres tíficas y tifoideas. Se fue a casa y leyó hasta altas horas de la madrugada aportando a este estudio patológico una visión mucho más exigente de los detalles y las relaciones de lo que nunca había creído necesario aplicar a las complejidades del amor y del matrimonio, siendo estos temas en los que se creía harto versado a través de la literatura y de la sabiduría tradicional que se va transmitiendo por vía oral en la conversación genial de los hombres. La fiebre, por el contrario, poseía condiciones oscuras, y le forzaba a ese delicioso trabajo de la imaginación que no es mera arbitrariedad, sino el ejercicio de la fuerza disciplinada; le forzaba a combinar y construir con clara visión de las probabilidades y una obediencia total al conocimiento, y además, en una alianza más enérgica con la imparcial naturaleza, le forzaba a mantenerse al margen para poder inventar pruebas mediante las cuales evaluar su propio trabajo.

Se ha alabado a muchos hombres como imaginativos debido a su profusión de indiferentes dibujos o narraciones baratas: informes de nimias cosas que ocurrían en orbes lejanas, retratos de Lucifer como un ser feo con alas de murciélago y destellos fosforescentes encaminándose a ejecutar sus maldades, o desmedidos desenfrenos que parecen reflejar la vida en un sueño enfermizo.

(3) Pierre Louis (1787-1872), médico e investigador francés.

Pero estos tipos de inspiración le resultaban a Lydgate vulgares y vinosas si las comparaba con la imaginación que revela las acciones sutiles innaccesibles a cualquier lente, y que hay que rastrear en la oscuridad exterior por largos senderos de secuencia necesaria iluminada por la luz interior, que es el último refinamiento de la energía, capaz de bañar incluso los átomos etéreos en su espacio iluminado idealmente. Por su parte, había desechado todas esas invenciones baratas en las que la ignorancia se encuentra cómoda y capaz; estaba enamorado de esa ardua invención que es el mismísimo centro de la investigación, enmarcando el objetivo provisionalmente y corrigiéndolo hasta lograr más y más precisión de relación. Quería traspasar la oscuridad de esos diminutos procesos que preparan los gozos y las miserias humanas, esos invisibles callejones sin salida que son los escondrijos predilectos de la angustia, la manía y el crimen, ese equilibrio y transición delicada que determinan el desarrollo de la conciencia feliz o infeliz.

Cuando dejó el libro a un lado, estiró las piernas hacia las ascuas de la chimenea y entrelazó las manos detrás de la nuca en el agradable resplandor de la emoción que surge cuando el pensamiento pasa del examen de un objeto específico a la embriagadora sensación de su conexión con el resto de nuestra existencia (como si tras nadar vigorosamente se tumbara de espaldas y flotara con el reposo de la fuerza inagotada), Lydgate experimentó un triunfal gozo en sus estudios y algo próximo a la lástima por aquellos hombres menos afortunados que no eran de su profesión.

«Si de chaval no hubiera optado por esto», pensó, «podría haber acabado haciendo cualquier tipo de trabajo borreguero y viviendo siempre con anteojeras. No hubiera sido feliz con ninguna profesión que no exigiera el máximo esfuerzo intelectual al tiempo que me mantenía en estrecho contacto con mis vecinos. No hay nada como la profesión médica para eso; tienes esa elitista vida científica que toca el horizonte, y también la amistad de los carcamales de la parroquia. Para un clérigo es un poco más difícil; Farebrother parece ser una excepción».

Este último pensamiento le hizo recordar a los Vincy y las imágenes de la velada. Flotaban placenteramente por su pensamiento, y al coger la vela asomó a sus labios esa incipiente sonrisa que suele acompañar los gratos recuerdos. Era una persona ardiente, pero por el momento su ardor estaba absorbido por el amor a su trabajo y la ambición de hacer de su vida un factor reconocido en la mejora de la vida de la humanidad, como otros héroes de la ciencia que no tuvieron otra cosa con la que empezar más que un oscuro ejercicio rural de la profesión.

¡Pobre Lydgate! O tal vez ¡pobre Rosamond! Cada uno vivía en un mundo desconocido para el otro. No se le había ocurrido a Lydgate que él pudiera ser tema de afanosa meditación para Rosamond, quien no tenía ninguna razón para pensar en su matrimonio como una perspectiva distante, ni estudios patológicos que alejaran su mente de ese hábito pensativo, esa interna repetición de miradas, palabras y frases que compone una gran parte de la vida de muchas jóvenes. No había sido su intención mirarla ni hablar con ella con más de la inevitable porción de admiración y alabanza que un hombre debe a una mujer hermosa. Es más, le parecía que, por temor a caer en la grosería de manifestar su enorme sorpresa ante la habilidad de Rosamond, había silenciado casi demasiado el disfrute que experimentara con su música. Pero Rosamond había anotado cada mirada y cada palabra, que consideraba como los incidentes iniciales de un romance preconcebido, incidentes que van cobrando valor a partir del desarrollo y clímax previstos. En las fantasías de Rosamond no era preciso imaginarse muchas cosas respecto de la vida interior del héroe ni de sus ocupaciones serias en el mundo. Por descontado que tenía una profesión y era inteligente además de lo bastante bien parecido, pero lo más atractivo de Lydgate era su buena cuna, que le diferenciaba de los admiradores de Middlemarch y presentaba el matrimonio como una posibilidad de subir de rango y acercarse un poco más a esa condición celestial sobre la tierra en la que no tendría nada que ver con el vulgo y tal vez, al fin, la asociara a parientes semejantes a la gente de la región que miraban a los vecinos de Middlemarch por encima del hombro. Formaba parte integrante de la inteligencia de Rosamond el distinguir con mucha sutileza el más leve aroma de rango, y cuando en una ocasión vio a las señoritas Brooke acompañando a su tío en las sesiones judiciales del condado sentadas junto a la aristocracia, las había envidiado, a pesar de sus trajes sencillos.

Si se considera increíble que el imaginarse a Lydgate como un hombre de buena familia pudiera producir espasmos de satisfacción relacionados de alguna manera con la sensación de que Rosamond estuviera enamorada de él, habré de rogar que se utilice con mayor efectividad la capacidad de comparación, y se considere si la tela roja y las charreteras no han tenido nunca influencias de esa índole. Nuestras pasiones no viven aisladas y encerradas en habitaciones, sino que, vestidas con su pequeño guardarropas de ideas, traen sus provisiones a la mesa común, de la cual se nutren y alimentan según el apetito.

Rosamond estaba entregada por completo no exactamente a Tertius Lydgate tal y como era él, sino a su relación con ella, y era comprensible que una chica que estaba acostumbrada a oír que todos los jóvenes podrían estar, estarían o estaban enamorados de ella, pensara que Lydgate no sería una excepción. Sus palabras y miradas tenían más significado para ella porque le importaban más: pensaba en ellas con diligencia y con la misma diligencia atendía esa perfección de aspecto, comportamiento, sentimientos y otras elegancias que hallarían en Lydgate el pretendiente más adecuado de entre los que hasta el momento había conocido.

Pues Rosamond, aunque jamás haría nada que le resultara desagradable, era trabajadora, y ahora más que nunca se aplicaba a sus dibujos de paisajes y carros y retratos de amigos, a sus prácticas de música y a responder, desde por la mañana hasta por la noche, a su ideal de la dama perfecta, teniendo siempre un público en su propia conciencia, con el ocasional y bienvenido añadido de un público externo variable compuesto por las numerosas visitas que iban a la casa. También encontraba tiempo para leer las mejores e incluso las no mejores novelas y recitaba bastantes poesías de memoria. Su poema predilecto era Lalla Rookh(4).

(4) Obra del poeta irlandés Thomas Moore (1779-1852). Se trata de una serie de cuentos orientales en verso publicada en 1817 y que alcanzó una gran popularidad en la primera mitad del siglo xix.

«¡Lo mejor del mundo! ¡Dichoso el que se la lleve!» era el sentimiento de los caballeros mayores que visitaban a los Vincy. Y los jóvenes rechazados consideraban intentarlo de nuevo, como es costumbre en las ciudades rurales donde el horizonte no se ve poblado de rivales. Pero la señora Plymdale pensaba que a Rosamond se la había educado hasta límites ridículos, pues ¿de qué servían tantos remilgos si quedarían a un lado en cuanto se casara? Por otro lado, su tía Bulstrode, que sentía una fidelidad fraternal por la familia de su hermano, deseaba dos cosas para Rosamond: que fuera un poco más seria y que encontrara un marido cuya fortuna estuviera de acuerdo con los hábitos de su sobrina.