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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 17.
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El administrativo sonrió y dijo,
La promesa era una linda doncella, Pero al ser pobre se murió soltera.

El reverendo Camden Farebrother, a quien Lydgate fue a ver al día siguiente por la tarde, vivía en una vieja casa parroquial de piedra lo bastante venerable como para estar en consonancia con la iglesia a la que daba. Todo el mobiliario de la casa era, asimismo, viejo, pero en otro grado: el del padre y abuelo del señor Farebrother. Había sillas pintadas de blanco, con dorados y guirnaldas y restos de seda roja adamascada un poco abierta. Había grabados de retratos de presidentes de la cámara de los Lores y otros abogados célebres del siglo pasado; y había también enormes espejos que los reflejaban, así como pequeñas mesas de satín y sofás que parecían la prolongación de incómodas sillas, todo ello destacando contra la oscura madera que revestía las paredes. Tal era la fisonomía del cuarto de estar al que pasó Lydgate, donde le recibieron tres señoras también obsoletas y de marchita pero auténtica respetabilidad. Estas eran la señora Farebrother, canosa madre del vicario, llena de volantes y pañuelos de delicada pulcritud, erguida y vivaz y aún en los sesenta; la señorita Noble, su hermana, una diminuta viejecita de aspecto más dócil y volantes y pañuelos decididamente más usados y remendados; y la señorita Winifred Farebrother, la hermana mayor del vicario, bien parecida como él, pero apocada y encogida como suelen ser las mujeres solteras cuyas vidas transcurren en una ininterrumpida sumisión a sus mayores. Lydgate no había esperado encontrarse con un grupo tan pintoresco. Sabedor tan sólo de que el señor Farebrother estaba soltero, había supuesto que le pasarían a un refugio donde el principal mobiliario probablemente consistiera en libros y colecciones de objetos naturales. El propio vicario parecía tener un aspecto bastante distinto, como suele ocurrirles a muchos hombres cuando sus conocidos les ven por primera vez en sus propios hogares, llegando algunos a parecer actores geniales representando el papel mal adjudicado de cascarrabias en una obra nueva. No era éste el caso del señor Farebrother, que aquí se mostraba más apaciguado y silencioso, siendo su madre el principal orador, mientras él intercalaba de cuando en cuando un comentario moderador y humorístico. Era evidente que la anciana señora estaba acostumbrada a indicarles a sus acompañantes lo que debían opinar y no considerar seguro ningún tema que ella no dirigiera. Contaba con solaz para esta función al verse atendida en todas sus pequeñas necesidades por la señorita Winifred. Entretanto, la diminuta señorita Noble portaba en el brazo una pequeña cesta en la que introducía un poco de azúcar que previamente había dejado caer como por error en el platito, mirando furtivamente después alrededor y volviendo de nuevo a la taza de té con un inocente ruido como el que pudiera hacer un diminuto y tímido cuadrúpedo. Ruego que nadie piense mal de la señorita Noble. Esa cesta guardaba los pequeños ahorrillos que hacía de la comida más manejable, y estaban destinados a los hijos de sus amistades pobres entre quienes se paseaba las mañanas que hacía bueno, pues el proteger y cuidar a toda criatura necesitada le producía un placer tan espontáneo que casi lo consideraba como un amable vicio al que era adicta. Tal vez fuera consciente de que la tentaba robar a quienes poseían mucho a fin de podérselo dar a quienes no poseían nada y llevaba en su conciencia la culpabilidad de ese deseo reprimido. ¡Hay que ser pobre para apreciar el lujo de dar!

La señora Farebrother saludó al invitado con alegre formalidad y precisión y al punto le hizo saber que no solían requerir ayuda médica en esa casa. Había educado a sus hijos en el gusto por la franela y la frugalidad, considerando la ausencia de este último hábito la principal razón para que la gente precisara de los médicos. Lydgate abogó en favor de aquellos cuyos padres se habían atiborrado, pero la señora Farebrother opinaba que ese era un punto de vista peligroso: la naturaleza era más justa, pues de otro modo le sería fácil a cualquier villano alegar que debería haberse colgado a sus antepasados en lugar de a él. Si los que tenían padres y madres malvados eran también malvados, se les colgaba por eso. No hacía falta retroceder hasta donde no se ve.

-Mi madre es como el viejo Jorge III-dijo el vicario-, le disgusta la metafísica.

-Me disgusta lo que está mal, Camden. Lo que yo digo es, aférrate a unas cuantas verdades nudas y crudas y cuadra a éstas todo lo demás. Cuando yo era joven, señor Lydgate, no había ese problema de lo que está mal o bien. Nos sabíamos el catecismo y con eso bastaba; nos sabíamos el credo y el deber. Todo creyente respetable tenía las mismas opiniones. Pero hoy en día, aunque cites el mismísimo devocionario te pueden contradecir.

-Pues eso debe divertir mucho a quienes gustan de mantener su propio punto de vista -dijo Lydgate.

-Pero mi madre siempre cede -dijo el vicario astutamente.

-No, Camden, no debes confundir al señor Lydgate respecto a mí. Jamás sería tan poco respetuosa con mis padres como para renunciar a lo que me enseñaron. A la vista está lo que sucede cuando se cambia. Si cambias una vez, ¿por qué no veinte?

-Puede haber argumentos de peso para cambiar una vez y no haberlos para cambiar veinte -dijo Lydgate, divertido con la decidida anciana.

-Me perdonará usted, pero si se trata de argumentos, éstos nunca faltan cuando un hombre carece de constancia mental. Mi padre jamás cambió; sus sermones predicaban la moral sencilla y sin razonamientos, y era un buen hombre... pocos habrá mejores. Cuando me traiga a un buen hombre hecho de razonamientos, yo le traeré una buena cena a base de leerle el libro de cocina. Esa es mi opinión, y supongo que el estómago de cualquiera me dará la razón.

-En lo de la cena, seguro, madre -dijo el señor Farebrother.

-La cena o el hombre, es todo lo mismo. Tengo casi setenta años, señor Lydgate y me baso en la experiencia. No es probable que me encandile con luces nuevas, aunque aquí, como en todas partes, haya muchas. Han entrado junto con esas mezclas de tela que ni lavan bien ni duran nada. No era así en mi juventud: un feligrés era un feligrés y un clérigo, se lo puedo asegurar, era por lo menos un caballero. Pero hoy en día puede no ser más que un disidente, y querer arrinconar a mi hijo con la excusa de la doctrina. Pero quienquiera que desee arrinconarle, señor Lydgate, me enorgullezco de decir que está a la altura de cualquier predicador de este reino, por no hablar de esta ciudad, que tiene un ínfimo rasero por el que medirse. Esa al menos es mi opinión, pues nací y me crié en Exeter.

-Las madres nunca son parciales -dijo el señor Farebrother sonriendo-. ¿Qué crees que dice de él la madre de Tyke?

-¡Ah, pobrecillo! ¿Qué dirá su madre? -dijo la señora Farebrother, cortada momentáneamente su mordacidad por su confianza en los juicios maternos-. Pues ten por seguro que a sí misma se dice la verdad.

-¿Y cuál es la verdad? -preguntó Lydgate-. Tengo curiosidad por saberla.

-Pues nada malo en absoluto -dijo el señor Farebrother-. Es una persona diligente; creo que ni muy instruida ni muy sabia... porque no estoy de acuerdo con él.

-¡Pero Camden! -dijo la señorita Winifred-. Griffin y su esposa me decían hoy mismo que el señor Tyke les había dicho que no tendrían más carbón si te iban a oír predicar.

La señora Farebrother dejó a un lado el punto que había reanudado tras su exigua ración de té y tostada y miró a su hijo como diciendo «¿Has oído eso?». La señorita Noble dijo «¡Pobres! ¡Pobres!», refiriéndose probablemente a la doble pérdida del sermón y el carbón. Pero el vicario contestó pacíficamente:

-Eso es porque no son mis feligreses. Y no creo que mis sermones les compensen una carga de carbón.

-Señor Lydgate -dijo la señora Farebrother que no podía dejar pasar esto-, no conoce usted a mi hijo. Siempre se subestima. Yo le digo que está subestimando al Dios que le hizo, y que le hizo un excelente predicador.

-Esa debe ser una indirecta para que me lleve al señor Lydgate al despacho, madre -dijo el vicario riendo-. Le prometí enseñarle mi colección -añadió, dirigiéndose a Lydgate-, ¿quiere que vayamos?

Las tres damas se lamentaron. Al señor Lydgate no deberían llevárselo de esta manera precipitada, sin permitirle aceptar otra taza de té: la señorita Winifred tenía té en abundancia en la tetera. ¿Por qué tenía Camden tanta prisa por llevarse a la visita a su cubil? Allí no había más que bichos en vinagre y cajones atestados de polillas y moscones y un suelo sin alfombra. El señor Lydgate debía disculpar todo ello. Mucho mejor sería jugar a las cartas. En resumidas cuentas, estaba claro que sus mujeres podían idolatrar al vicario como el rey de hombres y predicadores y sin embargo pensar que estaba muy necesitado de su ayuda. Lydgate, con la acostumbrada supeficialidad del joven soltero, se preguntó cómo el señor Farebrother no les había demostrado lo contrario.

-Mi madre no está acostumbrada a que tenga visitas que se puedan interesar por mis aficiones -dijo el vicario al abrir la puerta de su despacho, que realmente estaba tan carente de comodidades para el cuerpo como habían insinuado las señoras, salvo que se exceptuaran una pipa corta de porcelana y una caja de tabaco.

-Los hombres de su profesión no suelen fumar -dijo. Lydgate sonrió al tiempo que asentía con la cabeza. -Ni los de la mía tampoco, supongo. Oirá a Bulstrode y compañía esgrimir esa pipa en mi contra. No saben lo contento que se pondría el demonio si la dejara. -Entiendo. Tiene usted un temperamento vivo y necesita un sedante. Yo soy más amazacotado y me volvería ocioso con ella. Abrazaría el ocio y en él me estancaría concienzudamente.

-Y usted pretende dárselo todo a su trabajo. Yo tengo diez o doce años más que usted y he llegado a un compromiso. Alimento una o dos debilidades, no sea que se pongan a vociferar. Mire -prosiguió el vicario abriendo varios cajones pequeños-, creo que he hecho un estudio exhaustivo de la entomología de este distrito.

Voy a continuar con la fauna y la flora, pero al menos de momento he hecho a fondo los insectos. Somos singularmente ricos en ortópteros; no sé si... ¡Ah! Ha cogido usted ese tarro de cristal y está observando eso en vez de mis cajones. No le interesan mucho estas cosas, ¿verdad?

-No al lado de este hermoso monstruo anencéfalo. Nunca he tenido mucho tiempo para dedicarme a la historia natural. Pronto me interesé por la estructura, y es lo que más directamente cae dentro de mi profesión; tampoco tengo entretenimientos al margen de ella, que ya me ofrece todo un mar en el cual nadar.

-¡Ah! Es usted un ser feliz -dijo el señor Farebrother, girando sobre los talones y empezando a llenar la pipa. No sabe usted lo que es necesitar tabaco espiritual para contrarrestar malas enmiendas de textos antiguos o pequeños artículos sobre una variedad de Aphis brassicae con la conocida firma de Philomicron, para el Tivaddler's Magazine; o un sesudo tratado sobre la entomología del Pentateuco incluidos todos los insectos que no se mencionan, pero que probablemente encontraron los israelíes al cruzar el desierto; una monografía de la hormiga, tal y como se trató por Salomón, mostrando el acuerdo entre el Libro de Proverbios y el resultado de la investigación moderna. ¿No le importa que le fumigue?

A Lydgate le sorprendió más la franqueza de estas palabras que el significado implícito: que el vicario no se sentía del todo a gusto en su profesión. La meticulosa organización de cajones y baldas y la estantería repleta de libros caros ilustrados le hicieron pensar de nuevo en las ganancias a las cartas y aquello a lo que iban destinadas. Pero comenzaba a desear que la construcción verdadera fuera aquella que de todo hacía el señor Farebrother. La franqueza del vicario no parecía del tipo repulsivo que procede de la mala conciencia que intenta adelantarse al juicio extraño, sino la manifestación de un deseo por la máxima autenticidad. No debía estar ajeno a la sensación de que esta libertad de expresión pudiera parecer prematura, pues al pronto dijo:

-Aún no le he dicho, señor Lydgate, que tengo sobre usted la ventaja de conocerle mejor que usted a mí. ¿Recuerda a Trawley, con quien compartió su apartamento en París durante un tiempo? Nos escribíamos y me contó mucho sobre usted. No tenía la certeza cuando llegó usted de que fuera la misma persona. Me alegró mucho descubrir que sí. Pero no olvido que usted no ha tenido el beneficio de un prólogo similar con respecto a mí.

Lydgate intuyó cierta delicadeza de sentimiento, pero no comprendió la extensión.

-Por cierto -dijo-, ¿qué ha sido de Trawley? Le tengo perdido por completo. Estaba muy interesado en los sistemas sociales de los franceses, y hablaba de marcharse a algún lugar remoto para fundar una especie de comunidad pitagórica. ¿Lo ha hecho?

-En absoluto. Ejerce en un balneario alemán y se ha casado con una paciente rica.

-Entonces, y hasta el momento, mis ideas se sostienen mejor -dijo Lydgate con una despectiva sonrisa-. Trawley insistía en que la profesión médica era un sistema inevitable de embaucamiento. Yo mantenía que el fallo estaba en los hombres..., los hombres que se pliegan a las mentiras y la necedad. En lugar de predicar desde fuera contra la farsa quizá fuera más útil establecer desde dentro un aparato desinfectante. Resumiendo, cito mi propia conversación, tenga por seguro que el sentido común estaba de mi lado.

-Pero su plan es bastante más difícil de llevar a cabo que una comunidad pitagórica. No sólo tiene en su contra su propio Adán original, sino todos los descendientes del mismo que forman la sociedad que le rodea a usted. Yo he pagado doce o trece años más que usted, ¿sabe? por el conocimiento que tengo de las dificultades. Pero... -el señor Farebrother se detuvo un instante y añadió- está de nuevo observando ese tarro de cristal. ¿Quiere que hagamos un cambio? No lo tendrá sin un trueque justo.

-Tengo unos gusanos de mar -estupendos especímenes- en alcohol. Y además le puedo añadir lo último de Roben Brown, Observaciones microscópicas sobre el polen de las plantas; si no lo tiene ya.

-Bueno, visto lo mucho que anhela el monstruo, podía pedir un precio más alto. Suponga que le pidiera que examinara todos mis cajones y diera su beneplácito a todas mis nuevas especies -mientras hablaba de este modo el vicario deambulaba por la estancia pipa en boca, volviendo una y otra vez a los cajones a los que observaba con ternura-. Esa sería una buena disciplina, ¿sabe? para un joven médico que ha de complacer a sus pacientes de Middlemarch. Recuerde que ha de aprender a aburrirse. Sin embargo, puede llevarse el monstruo por lo que usted mismo diga.

-¿No le parece que la gente sobrestima la necesidad de complacer las necedades de todo el mundo hasta que se ven despreciados precisamente por los mismos necios a quienes contemplan? -dijo Lydgate, acercándose al señor Farebrother y mirando distraídamente a los insectos clasificados con esmero con los nombres debajo en letra exquisita-. El camino más corto es demostrar lo que uno vale, y así la gente tiene que soportarte, tanto si les adulas como si no.

-No puedo estar más de acuerdo. Pero se ha de estar seguro de valer y, además hay que mantenerse independiente. Muy pocos hombres pueden hacer eso. O bien uno se desengancha del todo y se convierte en un inútil o se pone los arneses y va mucho por donde los compañeros de yugo te llevan. Pero ¡mire estos delicadísimos ortópteros!

Lydgate tuvo, después de todo, que prestar cierta atención a cada uno de los cajones mientras el vicario, al tiempo que se reía de sí mismo, insistía en la exhibición.

-A propósito de lo que dijo de los arneses -comenzó Lydgate cuando se hubieron sentado-. Determiné hace algún tiempo tener que ver cuanto menos posible con ellos. Por eso decidí no intentar nada en Londres, al menos durante bastantes años. No me gustó lo que vi cuando estudiaba allí; demasiados pajarracos y engaño obstructor. En las zonas rurales las gentes tienen menos pretensión de sabiduría y hay menos compañerismo, pero por esa misma razón inciden menos en el amour propio de uno. Se hace menos mala sangre y puede seguir su propio curso más silenciosamente.

-Sí..., bueno..., usted ha arrancado bien; tiene la profesión adecuada, el trabajo en el que se siente más capacitado. Hay quienes se equivocan y se arrepienten demasiado tarde. Pero no debe estar demasiado seguro de poder mantener su independencia.

-¿Se refiere a lazos familiares? -dijo Lydgate, imaginándose que estos ejercieran demasiada presión sobre el señor Farebrother.

-No del todo. Por supuesto que complican muchas cosas. Pero una buena esposa, una buena y sólida mujer, puede ayudar mucho a un hombre y posibilitar el que sea más independiente. Tengo un feligrés, un hombre estupendo, que apenas habría salido adelante como lo ha hecho de no ser por su mujer. ¿Conoce a los Garth? No creo que fueran pacientes de Peacock.

-No; pero hay una señorita Garth en casa del viejo Featherstone, en Lowick.

-Es su hija; una chica estupenda.

-Es muy callada... apenas me he fijado en ella.

-Pues le aseguro que ella sí se ha fijado en usted.

-No entiendo -dijo Lydgate, por no decir «Por supuesto».

-Bueno, le toma la medida a todo el mundo. La preparé para la confirmación, es una de mis favoritas.

El señor Farebrother dio unas cuantas chupadas en silencio al no mostrar Lydgate mayor interés por los Garth. Finalmente el vicario dejó a un lado la pipa, estiró las piernas y dirigió su viva mirada a Lydgate diciendo con una sonrisa:
-Pero nosotros los de Middlemarch no somos tan dóciles como nos cree. Tenemos nuestras intrigas y nuestros partidos. Yo por ejemplo, soy un hombre de partido, y Bulstrode también. Si me vota a mí ofenderá a Bulstrode.

-¿Qué hay en contra de Bulstrode? -dijo Lydgate con énfasis.

-No dije que hubiera nada en su contra salvo eso. Si vota contra él, le convertirá en su enemigo.

-No creo que eso deba importarme -dijo Lydgate con altanería-, pero parece tener buenas ideas respecto de los hospitales e invierte grandes sumas en cosas de utilidad pública. Podría serme de gran ayuda a la hora de llevar a cabo mis ideas. En cuanto a sus puntos de vista religiosos... bueno, como dijo Voltaire, los conjuros pueden destruir a un rebaño de corderos si van unidos a cierta cantidad de arsénico. Busco al hombre que proporcionará el arsénico y no me preocupo por sus conjuros.

-Muy bien, pero entonces no debe ofender al hombre del arsénico. A mí no me ofenderá -dijo Farebrother, sin afectación alguna-. No convierto mi propia conveniencia en obligación ajena. Me opongo a Bulstrode por muchas razones. No me gusta el grupo al que pertenece: es un conjunto romo e ignorante que se afana más por incomodar a sus vecinos que por mejorarles. Su sistema es una especie de pandilleo mundano-espiritual; consideran al resto de la humanidad como un cadáver maldito que ha de alimentarles a ellos para alcanzar el cielo. Pero -añadió sonriendo-, no digo que el nuevo hospital de Bulstrode sea una mala cosa; y en cuanto a que quiera desplazarme del antiguo, bueno..., si piensa que soy un enredón, no hace más que devolverme el cumplido. Tampoco soy un pastor modélico, sólo un discreto arreglo provisional.

Lydgate no estaba seguro en absoluto de que el vicario se estuviera difamando. Un pastor modélico, como un médico modélico, debería considerar su profesión la mejor de mundo y entender el conocimiento como mero alimento para su patología y terapéutica moral. Se limitó a preguntar:

-¿Qué razones aduce Bulstrode para sustituirle? -Que no predico sus opiniones..., que él denomina religión espiritual, y que no dispongo de mucho tiempo. Ambas afirmaciones son ciertas. Claro que podría sacar el tiempo y sí que agradecería las cuarenta libras. Esa es la verdad del asunto. Pero dejémoslo. Sólo quería decirle que si vota por su hombre del arsénico, no tiene por qué cortar conmigo. No puedo prescindir de usted. Es usted una especie de circunavegante que ha venido a establecerse entre nosotros y mantendrá viva mi fe en las antípodas. Y ahora cuénteme de París.