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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 18.
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En el mundo las más altas esperanzas
Comparten las fortunas más escasas:
Pechos heroicos que respiran mal aire
Pueden envenenarse; o al faltarles
Limones al cruzar el Ecuador,
Pueden languidecer por escorbuto.

Trancurrieron algunas semanas tras esta conversación antes de que el asunto de la capellanía adquiriera para Lydgate una importancia práctica, y sin confesarse a sí mismo el motivo, pospuso la decisión de a qué bando otorgaría su voto. Realmente el tema le hubiera resultado de todo punto indiferente -es decir, habría optado por el lado más conveniente dando su voto sin titubeo para el nombramiento de Tyke- de no haber sentido por el señor Farebrother un afecto personal.

Y su afecto por el vicario fue creciendo a medida que aumentaba su conocimiento de él. El hecho de que, adentrándose en la posición de Lydgate como un recién llegado que había de afianzarse sus propios objetivos profesionales, el señor Farebrother se hubiera tomado la molestia de ahuyentar más que obtener su interés, era muestra de una delicadeza y generosidad inusuales que la naturaleza de Lydgate apreció vivamente. Estaba en consonancia con otros puntos en el comportamiento del señor Farebrother que eran excepcionalmente admirables y asemejaban su carácter a esos paisajes del sur que parecen divididos entre una grandeza natural y una dejadez social. Pocos hombres habrían sido tan cariñosos y atentos con su madre, tía y hermana cuya dependencia de él había moldeado su vida de forma bastante incómoda; pocos hombres que sienten la presión de pequeñas necesidades están tan noblemente decididos a no disfrazar sus deseos inevitablemente interesados con pretextos de mejores motivos. En estos asuntos era consciente de que su vida resistiría el escrutinio más meticuloso y tal vez esa conciencia le animaba a desafiar un poco la crítica severidad de personas cuyas intimidades celestiales no parecían mejorar sus hábitos usuales, y cuyos elevados objetivos no eran requeridos para justificar sus acciones. Además, sus sermones eran ingeniosos y con sustancia, como los de la Iglesia de Inglaterra en su buena época, y los daba sin libro. Iba a escucharle gente que no pertenecía a su parroquia y puesto que el llenar la iglesia siempre resultaba la parte más difícil de entre las funciones de los clérigos, ésta constituía otra razón para un despreocupado sentido de superioridad. Además, era un hombre agradable, de buen temperamento, ingenio ágil, franco, sin muecas de amargura contenida u otros aderezos que convierten a la mitad de nosotros en un castigo para nuestros amigos. Lydgate le tenía un gran aprecio y deseaba su amistad.

Regido por este sentimiento, continuó aplazando el tema de la capellanía y convenciéndose de que no sólo no era en realidad de su incumbencia, sino de que era harto improbable que llegara a importunarle exigiendo su voto. A petición del señor Bulstrode, Lydgate estaba trazando los planes para los arreglos internos del nuevo hospital, y los dos hombres a menudo intercambiaban opiniones. El banquero presuponía siempre que podía contar en general con Lydgate como colaborador, pero no hacía mención especial a la próxima decisión entre Tyke y Farebrother. Sin embargo, cuando por fin se hubo reunido la junta General del hospital y Lydgate advirtió que el asunto de la capellanía se había pasado a un consejo de directores y médicos, que se reuniría el siguiente viernes, tuvo la incómoda sensación de que habría de tomar postura en esta trivial cuestión de Middlemarch. No podía obviar la voz interna que le decía que Bulstrode era el presidente de gobierno y que el asunto de Tyke constituía un tema para ser o no ser ministro. Tampoco podía evitar un disgusto igualmente pronunciado por renunciar a la perspectiva del cargo. Pues su observación confirmaba constantemente la creencia del señor Farebrother de que el banquero no perdonaría una oposición. «¡Malditos sean sus politiqueos!», se dijo tres mañanas seguidas durante el proceso meditativo de afeitarse cuando había empezado a sentir que debía llevar a cabo un juicio de conciencia sobre el tema. Era cierto que se podían argumentar cosas válidas contra la elección del señor Farebrother: tenía ya demasiados asuntos entre manos, sobre todo si se tenía en cuenta la cantidad de tiempo que invertía en ocupaciones no clericales. Por otro lado, el que el vicario jugara tan obviamente por dinero, si bien disfrutando del juego, pero con un evidente gusto por algún fin que perseguía, constituía una sorpresa repetida de continuo y perturbaba la estima de Lydgate. En teoría, el señor Farebrother abogaba por lo deseable de todos los juegos, y decía que el ingenio de los ingleses estaba estancado debido a la carencia de los mismos, pero Lydgate estaba convencido que de no ser por el dinero hubiera jugado mucho menos. Había un billar en el Dragón Verde que ciertas madres y esposas inquietas consideraban la máxima tentación de Middlemarch. El vicario era un jugador de billar de primera y aunque no solía frecuentar el Dragón Verde, corrían rumores de que a veces había estado allí de día y había ganado dinero. Y en cuanto a la capellanía, no fingía importarle salvo por las cuarenta libras. Lydgate no era ningún puritano, pero no le gustaba el juego y siempre había considerado una mezquindad ganar dinero con ello. Tenía, además, un ideal de vida que hacía que le resultara odiosa esta sumisión de la conducta a la ganancia de pequeñas sumas de dinero. Hasta este momento de su vida, sus necesidades se habían visto cubiertas sin problema alguno y su primer impulso era siempre el de ser generoso con las medias coronas como cosas sin importancia para un caballero. jamás se le había pasado por la mente ingeniarse un plan para la obtención de esas medias coronas. Siempre había sabido de una manera general que no era rico, pero nunca se había sentido pobre y no tenía facultad para imaginarse el papel que juega la falta de dinero a la hora de determinar las acciones de los hombres. El dinero no había sido nunca una motivación para él, y por ende no estaba preparado para disculpar esta deliberada persecución de pequeñas ganancias. Le resultaba de todo punto repulsivo y nunca calculó la proporción entre los ingresos del vicario y sus gastos más o menos necesarios. Era incluso posible que no hubiera hecho estos cálculos ni siquiera en su propio caso.

Y ahora, cuando había llegado el momento de votar, este repulsivo dato del señor Farebrother resaltaba más que antes. ¡Uno sabría mucho mejor lo que hacer si el carácter de las personas fuera más consistente y, sobre todo, si nuestros amigos fueran invariablemente idóneos para cualquier función que desearan emprender! Lydgate estaba convencido de que de no haber habido objeción válida alguna contra el señor Farebrother, hubiera votado por él, tuviera Bulstrode la opinión que tuviera sobre el tema; no era su intención ser el vasallo de Bulstrode. Por otro lado, estaba Tyke, hombre entregado por completo a su menester clerical, que era el simple coadjutor de una pequeña capilla perteneciente a la parroquia de St. Peter, y tenía tiempo para otras obligaciones. Nadie tenía nada que decir en contra del señor Tyke excepto que no le soportaban y sospechaban que era un hipócrita. Lo cierto era que, desde su punto de vista, Bulstrode estaba absolutamente justificado.

Pero cualquiera que fuera el lado hacia el que se inclinara Lydgate, encontraba algo que le rechinaba, y, siendo hombre orgulloso, le desesperaba tener que pasar por ello. Le disgustaba frustrar sus objetivos propios indisponiéndose con Bulstrode; le disgustaba votar en contra de Farebrother y contribuir a privarle de función y sueldo; y se le ocurrió la pregunta de si las cuarenta libras adicionales no liberarían al vicario de la innoble preocupación de ganar a las cartas. Además, a Lydgate le disgustaba saber que al votar por Tyke estaría votando del lado que más le convenía a él mismo. Pero ¿sería el resultado realmente conveniente para él? La gente opinaría que sí, alegando que se granjeaba el favor de Bulstrode a fin de hacerse importante y prosperar. Y entonces, ¿qué? Sabía que, por su parte, le hubiera importado un bledo la amistad o enemistad del banquero si sólo fueran sus perspectivas personales las que se vieran afectadas. Lo que verdaderamente le interesaba era un medio para su trabajo, un vehículo para sus ideas; y al fin y al cabo, ¿no debía anteponer a todo lo demás relacionado con esta capellanía la obtención de un buen hospital donde pudiera demostrar las distinciones específicas de la fiebre y comprobar los resultados terapéuticos? Lydgate sentía por primera vez los kilos de la presión obstaculizadora de los pequeños condicionantes sociales, así como su frustrante complejidad. Al término de su debate interno, cuando se disponía a salir camino del hospital, su esperanza yacía en la posibilidad de que la argumentación pudiera de alguna manera arrojar un nuevo aspecto sobre el tema, haciendo inclinar la balanza de forma que la necesidad de votar quedara excluida. Pienso que también confiaba un poco en la energía que producen las circunstancias, un sentimiento repentino que nos invade cálidamente y facilita la decisión cuando el debate a sangre fría no había hecho sino dificultarla. Fuera como fuera, no se confesó a sí mismo claramente de qué lado votaría, al tiempo que resentía el sometimiento al que se veía obligado. Hubiera parecido de antemano una ridícula muestra de mala lógica el que él, con sus claras resoluciones de independencia y su selecta finalidad, se encontrara desde el principio a manos de nimias alternativas, cada una de las cuales le resultaba repugnante. Ya desde sus días de estudiante había planeado de modo muy diferente su acción social.

Lydgate partió tarde, pero el doctor Sprague, los otros dos médicos y varios de los directivos habían llegado pronto; el señor Bulstrode, tesorero y presidente, se encontraba entre los que aún faltaban. La conversación parecía indicar que el tema era problemático, y que Tyke no tenía tan asegurada la mayoría como se había supuesto generalmente. Sorprendentemente, los dos médicos resultaron ser unánimes, o, mejor dicho, aunque tenían pensamientos diferentes, concurrieron en la acción. El doctor Sprague, curtido y de peso, era, como todos habían previsto, un defensor del señor Farebrother. El doctor era más que sospechoso de carecer de religión, pero Middlemarch toleraba esta deficiencia como si se hubiera tratado de un presidente de la Cámara de los Lores. Es más, es probable que su peso profesional fuera por ello tanto mayor al imperar la eterna asociación entre la sabiduría y el principio del mal, incluso entre las pacientes que tenían las ideas más severas respecto de los volantes y los sentimientos. Tal vez fuera esta negación del doctor lo que motivara el que sus vecinos le llamaran tozudo y poco ingenioso, condiciones de textura que también se consideraban favorables al almacenamiento de criterios relacionados con las medicinas. En cualquier caso, lo cierto es que si cualquier hombre de medicina hubiera llegado a Middlemarch con la fama de poseer claros puntos de vista religiosos, de inclinarse por la oración y de manifestar una piedad activa, hubiera habido una presunción general contra su capacidad médica.

En este punto, y profesionalmente hablando, era una suerte para el doctor Minchin el que sus simpatías religiosas fueran, más que una adhesión a principios particulares, de orden general y de índole tal que otorgaban una distante sanción médica a todo sentimiento serio, fuera anglicano o disidente. Si el señor Bulstrode insistía, como era su costumbre, en la doctrina luterana de la justificación como lo que sostiene o derrumba una religión, el doctor Minchin, a su vez, estaba convencido de que el hombre no era una mera máquina o una conjunción fortuita de átomos; si la señora Wimple insistía en una providencia particular en relación con sus males estomacales, el doctor Minchin, por su parte, gustaba mantener abiertas las ventanas mentales y se oponía a límites fijos; si el cervecero unitario bromeaba con el credo atanasiano, el doctor Minchin citaba el Ensayo sobre el hombre de Pope(1). Le molestaba el estilo anecdotario un tanto ligero en el que se complacía el doctor Sprague, prefiriendo las citas bien avaladas y gustando del refinamiento de todo tipo. Era de todos conocido que tenía algún parentesco con un obispo y ocasionalmente pasaba sus vacaciones en el «palacio».

El doctor Minchin tenía unas manos dulces, la tez pálida y un contorno redondeado, indiferenciable en su aspecto de un dócil clérigo. Por el contrario, el doctor Sprague era innecesariamente alto, los pantalones se le arrugaban en las rodillas y mostraban un exceso de bota en una época en la que los tirantes parecían necesarios para cualquier porte digno; se le oía entrar y salir, subir y bajar, como si hubiera venido a ver el techado. Resumiendo, tenía peso y se podía esperar de él que lidiara con una enfermedad y la venciera mientras que quizá el doctor Minchin fuera más capaz de detectarla agazapada y la circunvalara. Disfrutaban más o menos por igual del miterioso privilegio de la reputación médica y ocultaban con gran protocolo el desdén que cada uno sentía por la técnica del otro. Considerándose a sí mismos como instituciones de Middlemarch, estaban prestos a unirse contra todo innovador y contra cualquier no profesional dado a la intromisión. En este punto, ambos coincidían en su aversión por el señor Bulstrode, si bien el doctor Minchin nunca había mostrado abiertamente una hostilidad conta él y jamás había manifestado una opinión contraria a la suya sin elaboradas explicaciones a la señora Bulstrode, quien había descubierto que tan sólo el doctor Minchin entendía su constitución. Un

(1) Alexander Pope (1688-1744), poeta inglés. Su Ensayo sobre el hombre, poema filosófico en pareados heroicos, apareció en 1732-4.

profano que indagaba la conducta profesional de los médicos, y constantemente imponía sus propias reformas (aunque importunaba menos a los dos doctores que a los médicos boticarios que atendían a los mendigos por contrato) era no obstante ofensivo al orificio nasal profesional como tal; y el doctor Minchin participó plenamente del pique contra Bulstrode, animado por la aparente determinación de éste por patrocinar a Lydgate. Los facultativos sin titulación asentados desde largo tiempo, el señor Wrench y el señor Toller, estaban en este momento de pie, en amistoso coloquio aparte, coincidiendo en que Lydgate era un mequetrefe dispuesto a servir los intereses de Bulstrode. Con amigos que no fueran de la profesión ya habían estado de acuerdo en alabar al joven médico que había llegado a la ciudad al retirarse el señor Peacock sin más recomendación que sus propios méritos y el fundamento para una sólida formación profesional que se desprendía del hecho de que, aparentemente, no había malgastado su tiempo con otras ramas del saber. Quedaba claro que Lydgate, al no dispensar medicamentos, tenía la intención de acusar a sus iguales, así como de difuminar el límite entre su propio rango profesional y el de los doctores, quienes, en interés de la profesión, se sentían obligados a mantener las distintas escalas. Sobre todo frente a un hombre que no había asistido a ninguna de las dos universidades inglesas y disfrutaba de la ausencia del estudio anatómico y práctico que en ellas se impartía, llegando con una pretensión de experiencia en Edimburgo y París donde la observación pudiera ser abundante, pero desde luego poco fiable.

Y así sucedió que en esta ocasión a Bulstrode se le identificó con Lydgate y a Lydgate con Tyke, y dada esta variedad de nombres intercambiables para la cuestión de la capellanía, diferentes mentes pudieron llegar al mismo criterio respecto de ella. Nada más entrar, el doctor Sprague comunicó llanamente al grupo reunido «Voto por Farebrother. Y por supuesto un sueldo. ¿Por qué negárselo al vicario? Bien poco tiene. Y ha de asegurar su vida, mantener la casa y dispensar las caridades propias de un vicario. Póngale cuarenta libras en el bolsillo y no harán ningún mal. Farebrother es un buen hombre, con el mínimo necesario del párroco para poder serlo.»

-¡Vaya, vaya!, doctor -dijo el anciano señor Powderell, un ferretero jubilado de cierta posición, resultando su interjección algo a medio camino entre una risotada y una desaprobación parlamentaria-, hemos de dejarle decir. Pero lo que debemos considerar no son los ingresos de nadie, sino las almas de los pobres enfermos -y llegado este punto el tono de voz y el rostro del señor Powderell denotaban un sincero patetismo-. El señor Tyke es un auténtico predicador del Evangelio. Votaría en contra de mi propia conciencia si no le diera un voto, de verdad.

-No creo que los oponentes al señor Tyke le hayan pedido a nadie que vote en contra de su propia conciencia -dijo el señor Hackbutt, un rico curtidor de palabra fácil cuyas lentes relucientes y pelo hirsuto se volvieron con cierta severidad hacia el inocente señor Powderell-. Pero a mi juicio, nos concierne a nosotros, como directivos, considerar si estimaremos nuestra única incumbencia llevar a cabo proposiciones que surgen de una sola fuente. ¿Hay algún miembro del comité que pueda afirmar que hubiera contemplado la idea de destituir al caballero que siempre ha ejercido aquí la función de capellán, de no haberle sido ello sugerido por partidos cuya disposición consiste en considerar cada una de las instituciones de esta ciudad como una maquinaria para imponer sus propios puntos de vista? No critico los motivos de nadie; que queden entre él mismo y un Poder más alto; pero sí afirmo que aquí están funcionando unas influencias que son incompatibles con la verdadera independencia, y que son circunstancias que los caballeros que así se comportan no podrían permitirse avalar, ni moral ni financieramente, las que dictan un servilismo rastrero. Yo mismo soy un lego, pero he dedicado una cantidad nada despreciable de atención a las divisiones de la Iglesia y...

-¡Al demonio con las divisiones! -interrumpió el señor Frank Hawley, abogado y administrativo que raras veces solía asistir a las juntas, pero que ahora se presentaba precipitadamente fusta en mano-. No tenemos nada que ver con eso aquí. Farebrother ha estado haciendo el trabajo -el que había- sin cobrar, y si va a haber un sueldo debe dársele a él. Me parece una mala pasada quitárselo a Farebrother.

-Creo que sería más procedente, entre caballeros, que los comentarios no tuvieran un tinte personal -dijo el señor Plymdale-. Yo votaré por el nombramiento del señor Tyke, pero de no haberlo insinuado el señor Hackbutt, no hubiera sabido que yo era un Servil Rastrero. -Rechazo cualquier personalización. Dije expresamente, si me permiten repetirlo, o incluso terminar lo que quería decir...

-¡Ah, aquí llega Minchin! -dijo el señor Frank Hawley, ante lo que todos se olvidaron del señor Hackbutt a quien embargó un sentimiento de la inutilidad que en Middlemarch suponía poseer dotes superiores-. Venga, doctor. Debo asegurarme de que está del lado apropiado ¿eh?

-Así lo espero -dijo el doctor Minchin, saludando a unos y a otros-. Al precio que sea para mis sentimientos. -Si hay por aquí algún sentimiento creo que debería ser por el hombre al que se destituye-dijo el señor Frank Hawley. -Confieso que también me tira el otro lado. Tengo divididos mis afectos -dijo el doctor Minchin, frotándose las manos-. Considero al señor Tyke un hombre ejemplar, ninguno hay mejor, y creo irreprochables las razones para proponerle. Por lo que a mí respecta, desearía poder darle mi voto. Pero me veo obligado a hacer un análisis del caso que da preponderancia a los derechos del señor Farebrother. Es un hombre de paz, un predicador competente y lleva más tiempo entre nosotros.

El anciano señor Powderell observaba, triste y silencioso. El señor Plymdale se ajustó inquieto la corbata.

-Espero que no esté poniendo al señor Farebrother como modelo de lo que debe ser un clérigo -dijo el señor Larcher, el eminente transportista, quien acababa de entrar-. No es que le tenga ninguna inquina, pero creo que en estos nombramientos le debemos algo al público, por no hablar de cosas superiores. En mi opinión, Farebrother es demasiado relajado para un clérigo. No quiero sacar a relucir aquí cosas contra él, pero los cierto es que le sacará el máximo partido a una escasa dedicación.

-¡Lo cual es considerablemente mejor que dedicarle demasiada -dijo el señor Hawley, notorio en esa parte del condado por su mala lengua-. Los enfermos no soportan tantos rezos y sermones. Y esa especie de religión metodista es mala para el espíritu... ¡y hasta para las entrañas! -añadió, volviéndose atolondradamente hacia los cuatro facultativos allí reunidos.
Pero la entrada de tres caballeros a quienes se saludó más o menos cordialmente impidió cualquier respuesta. Eran el reverendo Edward Thesiger, rector de St. Peter, el señor Bulstrode y nuestro amigo el señor Brooke de Tipton, que recientemente había accedido a que se le incluyera en la junta directiva, pero que nunca anteriormente había asistido, obedeciendo el hecho de hacerlo ahora a las exhortaciones del señor Bulstrode. Lydgate era el único que quedaba por llegar.

La gente procedió a sentarse bajo la presidencia del señor Bulstrode, pálido y contenido como de costumbre. El señor Thesiger, evangelista moderado, deseaba el nombramiento de su amigo, el señor Tyke, hombre capaz y entregado, el cual, al oficiar en una capilla sufragánea, tenía un exiguo número de almas que curar, lo que le dejaba amplio tiempo para su nuevo quehacer. Era deseable que se abordaran capellanías de este tipo con ferviente intención: eran oportunidades especiales para la influencia espiritual; y aunque era bueno que se les asignara un sueldo, ello requería una vigilancia más escrupulosa, no fuera que el cargo se convirtiera en una mera cuestión de ingresos. La actitud del señor Thesiger desprendía una correción tan serena que los objetores tan sólo pudieron renegar en silencio.

El señor Brooke creía que todos iban de buena fe en el asunto. No había participado personalmente en las cuestiones de la enfermería, pese a que tenía un gran interés por todo aquello que supusiera un beneficio para Middlemarch, y estaba encantado de reunirse con los caballeros presentes para cualquier tema público, -«cualquier tema público, ¿saben?» -repitió el señor Brooke, con el característico gesto de cabeza con el que acostumbraba a mostrar su perfecto entendimiento de las cosas-. Estoy muy ocupado como juez de paz, recabando pruebas documentales, pero considero que mi tiempo está a disposición del público y, en definitiva, mis amigos me han convencido de que un capellán con sueldo, con sueldo, ¿saben?, es algo muy positivo, y me alegro de poder venir a votar por el nombramiento del señor Tyke, quien, tengo entendido, es un hombre intachable, apostólico, elocuente y todas esas cosas, y yo sería el último en privarle de mi voto en estas circunstancias.

-Me da la impresión, señor Brooke, de que le han atiborrado con una parte de la cuestión -dijo el señor Frank Hawley, que no temía a nadie y era un conservador sospechoso de intenciones electoralistas-. Parece desconocer que uno de nuestros hombres de mayor valía lleva haciendo las funciones de capellán aquí durante años sin cobrar nada y que se propone al señor Tyke para sustituirle.

-Perdóneme, señor Hawley -dijo el señor Bulstrode-. Al señor Brooke se le ha informado ampliamente respecto del carácter y situación del señor Farebrother.

-Informado por sus enemigos -espetó el señor Hawley.

-Confío en que no haya hostilidades personales involucradas en esto -dijo el señor Thesiger.

-Pues juro que las hay -fue la respuesta del señor Hawley.

-Caballeros -dijo el señor Bulstrode con tono moderado-, se puede exponer muy brevemente el fondo de la cuestión y si alguno de los presentes alberga alguna duda de que cada uno de los caballeros que está a punto de votar no ha sido bien informado, puedo resumir las consideraciones que deberían pesar en cada lado.

-No creo que valga la pena -dijo el señor Hawley-. Supongo que cada uno sabe a quién piensa votar. Cualquiera que pretenda hacer justicia no espera hasta el último momento para oír las dos partes de la cuestión. No tengo tiempo que perder y propongo que se vote inmediatamente la cuestión.

Siguió una breve pero acalorada discusión antes de que cada persona escribiera «Tyke» o «Farebrother» en un papel y lo introdujera en un vaso de cristal; entretanto, Bulstrode vio entrar a Lydgate.

-Observo que los votos están igualados por el momento -dijo el señor Bulstrode con voz clara y cortante. Y, levantando la mirada hacia Lydgate añadió:

-Falta aún un voto de calidad. Es el suyo, señor Lydgate; ¿tendrá la bondad de escribirlo?

-Asunto concluido -dijo el señor Wrench levantándose-. Todos conocemos el voto del señor Lydgate.

-Sus palabras parecen encerrar algún significado especial, caballero -dijo Lydgate, algo provocadoramente y manteniendo el lápiz en el aire.

-Sólo quiero decir que se espera de usted que vote con el señor Bulstrode. ¿Considera eso ofensivo?

-Puede que lo sea para otros. Pero no por ello dejaré de votar con él.

Lydgate inmediatamente escribió «Tyke».

Y así el reverendo Walter Tyke se convirtió en el capellán de la Enfermería y Lydgate continuó trabajando con el señor Bulstrode. Lo cierto es que no estaba seguro de que Tyke no fuera el candidato más idóneo y sin embargo su conciencia le decía que de haber estado completamente libre de influencias indirectas debía haber votado por el señor Farebrother. El asunto de la capellanía se convirtió para él en un recuerdo doloroso, como un caso en el que el raquítico ambiente de Middlemarch había podido más. ¿Cómo puede estar nadie satisfecho de una decisión tomada entre semejantes alternativas y en semejantes circunstancias? No más satisfecho de lo que puede estar con su sombrero, que ha escogido de entre aquellas formas que le ofrecen los recursos de la época y que en el mejor de los casos lleva con una resignación fundamentalmente alimentada por la comparación.

Pero el señor Farebrother le siguió tratando con la misma cordialidad de antes. El carácter del publicano y del pecador no resultan siempre incompatibles con el del moderno fariseo, pues la mayoría de nosotros apenas vemos con mayor claridad los fallos de nuestra conducta que los fallos de nuestros argumentos o lo aburrido de nuestros chistes. Pero el vicario de St. Botolph se había librado por completo del más leve tinte de fariseísmo y por mas de admitirse a sí mismo que era demasiado parecido a los demás hombres, se había vuelto asombrosamente diferente a ellos en esto: podía disculpar a los otros por menospreciarle y juzgar su conducta con imparcialidad incluso cuando obraban en contra de él.

-El mundo me ha podido, lo sé -dijo un día a Lydgate-. Pero es que no soy un hombre poderoso..., nunca seré un hombre famoso.La elección de Hércules es una fábula bonita, pero Pródicoz le pone la tarea fácil al héroe, como si el sofista contemporáneo de Sócrates bastara con las primeras resoluciones. Otra historia dice que llegó a sostener la roca, poniéndose finalmente la camisa de Neso. Supongo que una buena resolución podría mantener a un hombre en el buen camino si la resolución de los demás le ayudara.

La conversación del vicario no era siempre estimulante. Se había librado de ser un fariseo, pero no se había librado de esa parca estimación de nuestras posibilidades a la que llegamos un tanto precipitadamente como deducción del propio fracaso. Lydgate opinaba que existía en el señor Farebrother una lamentable enfermedad de la voluntad.