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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 25.
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El amor no busca complacerse,
No tiene ningún cuidado de sí mismo,
Sino que por el otro da su dicha,
Y transforma en cielo lo que es infierno.
El. amor............................ sólobusca complacerse,
Y al otro hace esclavo por su dicha, Disfruta al anular la paz del otro,
Y transforma el cielo en un infierno.
(W. BLAKE, Cantos de experiencia.)

Fred Vincy quería llegar a Stone Court en un momento en que Mary no le esperara y que su tío no estuviera abajo, en cuyo caso quizá pudiera encontrarla sentada sola en el gabinete de paredes de madera.

Dejó en el patio el caballo para evitar hacer ruido con la gravilla de la puerta principal y entró en la habitación sin otro aviso que el ruido del picaporte. Mary estaba en su esquina habitual riéndose con los comentarios de la señora Piozzi (1) sobre Johnson y levantó la vista con la sonrisa aún en los labios. Fue desapareciendo cuando vio que Fred se la acercaba en silencio, deteniéndose ante ella y apoyando el codo en la repisa de la chimenea con aspecto enfermo. Ella también permaneció en silencio, interrogándole con la mirada.

-Mary -comenzó-, soy un inútil y un rufián.

-Yo diría que con uno de esos epítetos bastaría -dijo Mary, intentando sonreír, pero algo alarmada.

-Sé que no volverás a pensar bien de mí. Me considerarás un mentiroso. Y deshonesto. Pensarás que no me importaste ni tú ni tus padres. Siempre piensas de mí lo peor.

(1) La señora Piozzi, antes señora Thrale, fue amiga del gran escritor inglés Samuel Johnson (1709-84), sobre el que publicó un libro de anécdotas que es con toda probabilidad el que está leyendo Mary Garth.

-No negaré que si me das razones para ello creeré todo eso de ti. Pero, por favor, dime enseguida qué has hecho. Prefiero saber la dolorosa verdad que figurármela.

-Debía dinero, ciento sesenta libras. Le pedí a tu padre que firmara un pagaré. Pensé que no le importaría. Estaba convencido de poder pagar yo mismo el dinero y lo he intentado por todos los medios. Y he tenido tan mala suerte..., un caballo me ha salido mal..., que sólo puedo pagar cincuenta libras. Y no puedo pedirle el dinero a mi padre, no me daría un centavo. Y mi tío me dio cien hace poco. ¿Qué puedo hacer, pues? Y ahora tu padre no tiene liquidez y tu madre tendrá que darle las noventa y dos libras que ha ahorrado y dice que se necesitarán también tus ahorros. Ya ves que...

-¡Pobre madre! ¡Pobre padre! -dijo Mary, los ojos llenos de lágrimas e intentando reprimir un sollozo.

Miraba al frente, Fred olvidado, haciéndose cargo de la situación en su hogar. El también guardó silencio unos minutos, sintiéndose más apesadumbrado que nunca.

-Por nada del mundo hubiera querido herirte, Mary -dijo finalmente-. Nunca me perdonarás.

-¿Qué importancia tiene el que yo te perdone? -repondió Mary vehementemente-. ¿Acaso le devolvería eso a mi madre el dinero perdido que lleva cuatro años ganándose con las clases para poder mandar a Alfred con el señor Hanmer? ¿Te parecería bien todo eso si te perdonara?

-Puedes decirme lo que quieras, Mary. Me lo merezco.

-No quiero decir nada. Mi ira no tiene ninguna utilidad -se secó las lágrimas, puso el libro a un lado y se levantó para coger la costura.

Fred la siguió con la vista, con la esperanza de que sus miradas se encontraran y poder así hallar un acceso a su implorante penitencia. Pero no, Mary pudo evitar perfectamente levantar la vista.

-Claro que me importa que se esfume el dinero de tu madre -dijo, cuando ella se encontró sentada de nuevo cosiendo con rapidez-. Quería preguntarte, Mary ¿no crees que el señor Featherstone, si le dijeras lo de poner a Alfred de aprendiz, adelantaría el dinero?

-A mi familia no le gusta mendigar, Fred. Preferimos ganarnos el dinero trabajando. Además, dices que hace poco que el señor Featherstone te ha dado cien libras. No suele hacer regalos; a nosotros no nos los ha hecho nunca. Estoy segura de que mi padre no le pedirá nada, y aunque se lo pidiera yo, no serviría de nada.

-Me siento tan mal, Mary, tan mal... Si lo supieras me tendrías lástima.

-Hay otras cosas que inspiran más lástima. Pero los egoístas siempre creen que su propia incomodidad es lo más importante del mundo. Veo eso a diario.

-No es justo llamarme egoísta. Si supieras lo que hacen otros jóvenes, sabrías que disto mucho de los peores.

-Sé que quienes gastan mucho dinero sin saber cómo pagarán, tienen que ser unos egoístas. Siempre están pensando en lo que pueden obtener para sí mismos y no en lo que otros pueden perder.

-Cualquiera puede tener mala suerte, Mary, y no poder pagar cuando pensaba. No hay mejor hombre en el mundo que tu padre y sin embargo se metió en líos.

-¿Cómo te atreves a hacer comparaciones entre tú y mi padre, Fred? -dijo Mary con profunda indignación-. Nunca tuvo problemas por pensar en su propio placer, sino porque pensaba constantemente en el trabajo que hacía para los otros. Y ha sufrido y trabajado mucho para reparar las pérdidas.

-Y tú piensas que yo nunca seré hombre de bien, Mary. No es generoso pensar lo peor de un hombre. Cuando tienes ascendencia sobre él creo que podrías utilizarla para mejorarle, pero tú jamás haces eso. Me marcho -dijo Fred con desaliento-. No te volveré a hablar de nada. Siento mucho los problemas que he causado.

Mary había dejado la labor y levantó la vista. A menudo hay algo de maternal incluso en un amor juvenil, y la dura experiencia de Mary había dotado a su naturaleza de una impresionabilidad bien diferente de la ingenua dureza que llamamos feminidad aniñada. Las últimas palabras de Fred suscitaron en ella una angustia instantánea, algo parecido a lo que experimenta una madre ante los imaginados sollozos o lamentos del hijo travieso y tunante, que puede perderse y dañarse. Y cuando al levantar los ojos su mirada encontró la de Fred, taciturna y deprimida, su compasión por él se impuso a la rabia y sus demás preocupaciones.

-Fred, pareces enfermo. Siéntate un momento. No te vayas aún. Déjame decirle al tío que estás aquí. Se pregunta cómo no te ha visto en toda la semana -Mary hablaba precipitadamente, pronunciando las palabras que le salían primero sin saber muy bien cuáles eran, pero diciéndolas en un tono a medias entre la calma y la súplica y levantándose como para ir en busca del señor Featherstone. Fred se sintió como si las nubes se hubieran disipado y llegara un rayo de luz, y dio unos pasos deteniendo su salida.

-Una palabra, Mary, y haré lo que sea. Dime que no pensarás de mí lo peor, que no te das del todo por vencida conmigo.

-Cualquiera diría que me es muy grato pensar mal de ti -dijo Mary con tristeza-. Como si no me resultara muy doloroso verte hecho un frívolo y un ocioso. ¿Cómo puedes ser tan despreciable, cuando otros trabajan y se esfuerzan y hay tantas cosas por hacer; cómo puede ser tan inútil para nada útil? Y con tantas dotes como tienes, Fred, podrías valer mucho.

-Intentaré ser lo que quieras, Mary, si me dices que me quieres.

-Me avergonzaría de decir que quiero a un hombre que depende siempre de los demás, y ha de confiar en lo que otros harían por él. ¿Qué va a ser de ti cuando tengas cuarenta años? Serás como el señor Bowyer, supongo, igual de indolente, viviendo en el salón de la señora Beck, gordo y desaliñado, esperando que alguien te invite a cenar y pasándote la mañana aprendiendo una canción cómica, bueno, en tu caso tocando la flauta.

Mary había iniciado una sonrisa en cuanto hubo hecho la pregunta sobre el futuro de Fred (las almas jóvenes son cambiantes) y antes de concluir, su semblante irradiaba picardía. Para Fred, el hecho de que Mary pudiera burlarse de él suponía el término del dolor, y con una sonrisa pasiva intentó cogerle la mano. Pero ella se encaminó con presteza a la puerta y dijo:

-Avisaré al tío. Tienes que verle, aunque sólo sea un momento.

Fred pensó íntimamente que su futuro estaba a salvo de que se cumplieran las irónicas profecías de Mary, al margen de ese «lo que quieras» que estaba dispuesto a hacer en cuanto ella lo definiera. Ante Mary, nunca se atrevía a abordar el tema de sus expectativas respecto del señor Featherstone, y ella siempre las ignoraba, como si todo dependiera de él mismo. Pero si alguna vez llegara a heredar las propiedades, ella tendría que reconocer el cambio que supondría en la situación de Fred. Todo esto le cruzó por la mente de forma un tanto vaga antes de subir a ver a su tío.

Se quedó muy poco, disculpándose con la excusa de estar resfriado, y Mary no volvió a aparecer antes de que se marchara. Pero así que iba hacia su casa empezó a tomar conciencia de que, más que melancólico, estaba enfermo.

Cuando Caleb Garth llegó a Stone Court, poco después del anochecer, Mary no se sorprendió, aunque era infrecuente que encontrara el tiempo para visitarla y no gustaba de tener que hablar con el señor Featherstone.

Por otro lado, el anciano se sentía incómodo con un cuñado al que no podía molestar, no le importaba que le consideraran pobre, no tenía nada que pedirle y entendía más que él de las cosas de la tierra y las minas. Pero Mary estaba segura de que sus padres querrían verla y de no haber venido su padre, hubiera pedido permiso para ausentarse un par de horas al día siguiente. Después de discutir de precios con el señor Featherstone durante el té, Caleb se levantó para despedirse y dijo: -Mary, quisiera hablar contigo.

Mary llevó una vela a otro amplio salón, carente de fuego, y depositando la débil luz sobre una mesa de caoba oscura se volvió hacia su padre y rodeándole el cuello con los brazos le besó con una expresividad infantil que le cautivó, dulcificándose la expresión de sus pobladas cejas igual que le ocurre a un perro grande y hermoso cuando se le acaricia. Mary era su hija predilecta y, por mucho que dijera Susan y por razón que tuviera en todos los demás asuntos, Caleb consideraba natural que Fred o cualquier otro quisieran a Mary más que a las demás chicas.

-Tengo algo que decirte, hija -dijo Caleb con su habitual titubeo-. No son muy buenas noticias, pero bueno, podían ser peores.

-¿De dinero, padre? Creo que sé lo que es.

-¿Sí? ¿Y cómo puede ser eso? Verás, he vuelto a ser un necio y firmé un pagaré que vence ahora. Tu madre tendrá que poner sus ahorros, eso es lo peor, y aún así no habra suficiente. Necesitábamos ciento veinte libras. Tu madre tiene noventa y dos y yo no tengo nada en el banco, y ella piensa que tú tendrás algunos ahorros.

-Sí, sí. Tengo más de veinticuatro libras. Supuse que vendrías, padre, así que las tengo aquí. ¡Mire! ¡Qué hermosura de billetes!

Mary sacó del bolsito los billetes doblados y se los dio a su padre.

-Pero hija, ¿cómo...? Sólo necesitamos dieciocho, toma guárdate el resto, hija..., pero... ¿cómo lo sabías? -dijo Caleb, a quien, en su invencible indiferencia por el dinero, empezaba a preocuparle sobre todo la relación que el asunto podría tener con los sentimientos de su hija.

-Fred me lo contó está mañana. -¡Ah! ¿Vino a propósito?

-Creo que sí. Estaba muy disgustado.

-Me temo que Fred no sea de fiar, Mary -dijo el padre, con titubeante ternura-. Sus intenciones son mejqres que sus actos, quizá. Pero sería una lástima que la felicidad de alguien dependiera de él. Tu madre piensa lo mismo.

-Y yo también, padre -dijo Mary sin levantar la vista, pero acercando a su mejilla el dorso de la mano de su padre.
-No es mi intención entrometerme, hija. Pero temí que hubiera algo entre tú y Fred y quería advertirte. Porque, verás, Mary -la voz de Caleb se volvió aún más tierna; había estado moviendo el sombrero de acá para allá sobre la mesa y mirándolo, pero finalmente posó los ojos sobre su hija-, una mujer, por mucho que valga, tiene que llevar la vida que su marido le proporcione. Tu madre ha tenido que aguantar muchas cosas por mi culpa.

Mary acercó a sus labios la mano de su padre y le sonrió. -Bueno, bueno, nadie es perfecto, pero -el señor Garth sacudió la cabeza como en ayuda de que salieran las palabras- lo que estoy pensando es lo que debe ser para una esposa cuando no está nunca segura de su marido, cuando éste no tiene el principio inculcado que le haga temer más hacerles daño a otros que sentirse él mismo incómodo. Ese es, en definitiva, Mary, el quid del asunto. Los jóvenes sé encariñan antes de saber lo que es la vida y les basta con estar juntos para que sea una fiesta. Pero pronto llegan los días laborables, hija. De todas formas, tú tienes más sentido común que la mayoría y no se te ha criado entre algodones. Puede que no haya motivo para que diga esto, pero un padre tiembla por su hija y tú estás sola aquí.

-No tema por mí, padre -dijo Mary, mirando a su padre a los ojos con seriedad-. Fred se ha portado siempre muy bien conmigo; tiene buen corazón y es afectuoso; y a pesar de su autocomplacencia no es falso. Pero nunca me comprometeré con alguien que no sea independiente y que vaya pasando el tiempo a la espera de que otros le solucionen el porvenir. Usted y mi madre me han hecho demasiado orgullosa para eso.

-Bien, bien. Entonces me tranquilizo -dijo el señor Garth cogiendo el sombrero-. Pero me resulta muy duro marcharme con tus ahorros, hija.

-¡Padre! -dijo Mary con profundo reproche-. Llévales también todo mi cariño a los de casa -fueron sus últimas palabras antes de que su padre cerrara la puerta.

-Supongo que tu padre ha venido a por tus ahorros -dijo el anciano señor Featherstone con su habitual facultad para las suposiciones desagradables, cuando Mary regresó junto a él-. Le debe costar hacer cuadrar las cuentas, me figuro. Ahora eres mayor de edad; deberías guardarte lo que ahorras.

-Considero a mis padres la mejor parte de mí misma, señor -dijo Mary con frialdad.

El señor Featherstone refunfuñó: no podía negar que lo que se espera de una chica normal como ella es que sea útil, de forma que pensó en otra respuesta, lo suficientemente desagradable como para ser siempre oportuna.

-Si Fred Vincy viene mañana, no le entretengas charlando. Déjale que suba a verme.