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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 31.
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¿Cómo conocerás el tono de esa Gran campana, demasiado grande Para que tú la muevas?
Deja que Sólo una flauta toque junto al bien Templado metal: escucha cerca Hasta que la nota cabal fluya,
Un torrente de plata: entonces la Gran campana temblará; entonces la
Masa con mil ondas concurrentes Responderá en un suave sonido.

Esa noche, Lydgate habló de la señora Casaubon con la señorita Vincy, recalcando el fuerte sentimiento que parecía tener aquella por ese hombre formal y estudioso treinta años mayor que ella.

-Pues claro que adora a su marido -dijo Rosamond, insinuando la idea de forzosa continuación que el científico consideró la más bonita en una mujer, pero pensando al mismo tiempo que no era tan triste ser dueña de Lowick Manor con un marido que probablemente moriría pronto-. ¿Cree usted que es muy hermosa?

-Es ciertamente hermosa, pero no lo había pensado -dijo Lydgate.

-Me imagino que sería poco profesional -dijo Rosamond, regalándole con sus hoyuelos-. Pero ¡cuánto se extiende su consulta! Hace poco creo que le llamaron los Chettam, y ahora los Casaubon.

-Sí -dijo Lydgate, con tono de admisión obligada-. Pero la verdad es que no me gusta atender a estas personas tanto como a los pobres. Los casos son más monótonos y hay que aguantar más remilgos y escuchar tonterías con mayor atención.

-No más que en Middlemarch, y por lo menos se atraviesan grandes pasillos y se huele a rosas -dijo Rosamond.

-Eso es cierto, Mademoiselle de Montmorenci -dijo Lydgate, inclinando levemente la cabeza hacia la mesa y levantando con el dedo índice el delicado pañuelo de Rosamond que asomaba por su bolsito como para disfrutar de su aroma mientras la miraba con una sonrisa.

Pero este delicioso asueto con el que Lydgate merodeaba en torno a la flor de Middlemarch no podía continuar indefinidamente. No resultaba más posible encontrar un aislamiento social en esa ciudad que en otra, y dos personas que flirteaban persistentemente no podían en modo alguno escapar de «los diversos enredos, pesos, golpes, encontronazos, empujones, que, adustamente, hacen que las cosas sigan». Todo lo que hacía la señorita Vincy tenía que comentarse y en este momento tal vez fuera más conspicua para sus admiradores y sus críticos, puesto que la señora Vincy, tras una pequeña resistencia, se había marchado con Fred a pasar una temporada a Stone Court, no habiendo otra forma de, simultáneamente, complacer al viejo Featherstone y vigilar a Mary Garth, quien, a medida que Fred se iba curando, parecía una nuera menos tolerable.

La tía Bulstrode, por ejemplo, venía un poco más a menudo a Lowick Gate para ver a Rosamond ahora que se encontraba sola. Pues la señora Bulstrode tenía auténticos sentimientos fraternales por su hermano y, aunque siempre opinó que podía haber hecho mejor boda, sus hijos tenían todos sus parabienes. La señora Bulstrode mantenía con la señora Plymdale una larga e íntima amistad. Coincidían casi plenamente en las sedas, la hechura de la ropa interior, la porcelana y el clero; se confiaban sus pequeños problemas domésticos y de salud, y diversos puntitos de superioridad por parte del señor Bulstrode, a saber, una seriedad más definida, un mayor respeto por la mente, y, a veces, una casa fuera de la ciudad, dotaba su conversación de color sin que ello las separara. Eran ambas mujeres bien intencionadas que conocían muy poco sus propios motivos.

Ocurrió que la señora Bulstrode, en una visita matutina a la señora Plymdale, dijo que no podía detenerse más porque iba a ver a la pobre Rosamond.

-¿Por qué dices «pobre Rosamond»? -preguntó la señora Plymdale, una mujer de ojos redondos y facciones agudas, como un halcón amansado.

-Porque es mona y la han educado con inconsciencia. Ya sabes, la madre siempre tuvo esa superficialidad que me hace temer por los hijos.

-Bueno, Harriet, si he de serte sincera -dijo la señora Plymdale con énfasis-, debo decirte que cualquiera imaginaría que tú y el señor Bulstrode estaríais encantados con lo ocurrido, pues habéis hecho todo lo posible por favorecer al señor Lydgate.

-Selina, ¿qué quieres decir? -preguntó con sorpresa la señora Bulstrode.

-No es que no lo agradezca por Ned -respondió la señora Plymdale-. Porque, aunque podría mantener a una mujer así mejor que muchos, yo preferiría que se fijara en otra. De todos modos, las madres nos preocupamos, pues hay jóvenes que podrían verse abocados a la mala vida por una mujer así. Y además, si tuviera que hablar, diría que no me gusta que vengan extraños a nuestra ciudad.

-No sé qué decirte, Selina -dijo la señora Bulstrode, con cierto énfasis-, el señor Bulstrode fue un forastero aquí en un momento. Y Abraham y Moisés también lo fueron, y se nos exhorta a ser amables con los de fuera. Y muy en especial -añadió tras una ligera pausa-, cuando son intachables.

-No hablaba en sentido religioso, Harriet. Hablaba como madre.

-Selina, estoy segura de que jamás me habrás oído decir nada en contra de que una sobrina mía se casara con tu hijo.

-Bueno, es el orgullo de la señorita Vincy; estoy convencida de que sólo es eso -dijo la señora Plymdale, que jamás antes había hablado con Harriet con tanta sinceridad sobre este tema-. No había ningún joven en Middlemarch que fuera lo bastante bueno para ella: se lo he oído decir a su madre. Pienso que eso no es un espíritu cristiano. Pero ahora, por lo que tengo oído, ha encontrado a un hombre tan orgulloso como ella.

-¿No me estarás queriendo decir que hay algo entre Rosamond y el señor Lydgate? -dijo la señora Bulstrode, mortificada al descubrir su propia ignorancia.

-Pero, ¿es posible que no lo sepas, Harriet? -Bueno..., salgo tan poco. Y no me gusta el chismorreo; por eso me llega poco. Tú ves a tanta gente que yo no frecuento... Tu grupo de amistades es bastante diferente del nuestro.

-Bueno, pero tratándose de tu propia sobrina y del gran favorito del señor Bulstrode..., ¡y seguro que tuyo también, Harriet! En algún momento incluso llegué a pensar que se lo tenías destinado a Kate, cuando fuera un poco mayor.

-No creo que por el momento haya nada serio -dijo la señora Bulstrode-. Mi hermano me lo hubiera dicho. -En fin, cada uno es como es, pero tengo entendido que no hay nadie que vea juntos a la señorita Vincy y al señor Lydgate sin hablar de su compromiso. De todos modos, no es asunto mío. ¿Recojo el patrón de los mitones?

Tras esto, la señora Bulstrode se dirigió a casa de su sobrino con un nuevo peso sobre su mente. Iba muy bien vestida, pero observó con más pesar que en otras ocasiones que Rosamond, que acababa de entrar y la recibió aún con traje de paseo, iba casi igual de costosamente ataviada. La señora Bulstrode era una versión femenina y más pequeña de su hermano, y no poseía en absoluto la palidez de su esposo. Tenía una mirada franca y no usaba de la circunlocución.

-Veo que estás sola, hija -dijo cuando entraron juntas en la salita, echando una ojeada severa a la habitación. Rosamond estaba segura de que su tía tenía algo especial que decir y se sentaron cerca la una de la otra. Sin embargo, el encañonado del gorrito de Rosamond era tan bonito que resultaba imposible no desear uno igual para Kate, y los ojos de la señora Bulstrode recorrieron el círculo encañonado a medida que hablaba.

-Acabo de oír algo acerca de ti, Rosamond, que me ha sorprendido mucho.

-¿Y que es, tía? -los ojos de Rosamond también recorrían el amplio cuello bordado de su tía.

-Casi no me lo puedo creer... que estés comprometida sin que yo lo sepa..., sin que tu padre me lo haya dicho -aquí, la vista de la señora Bulstrode descansó finalmente sobre Rosamond que se sonrojó vivamente y dijo:
-No estoy comprometida, tía.

-Pues entonces, ¿cómo es que todo el mundo lo dice? ¿Por qué es la comidilla de toda la ciudad?

-Lo que diga la ciudad no creo que tenga mucha importancia -dijo Rosamond, internamente complacida.

-Hija mía, has de ser más prudente y no menospreciar de ese modo a tus vecinos. Recuerda que has cumplido los veintidós y que no heredarás ninguna fortuna: no creo que tu padre te pueda dejar nada. El señor Lydgate es muy culto y muy listo, sé el atractivo que eso ejerce. A mí misma me gusta hablar con hombres así, y tu tío le encuentra muy útil. Pero su profesión aquí no es lucrativa. Está claro que esta vida terrena no lo es todo, pero los médicos no suelen tener puntos de vista realmente religiosos; tienen demasiado orgullo intelectual. Y tú no estás preparada para casarte con un hombre pobre.

-El señor Lydgate no es un hombre pobre, tía. Está muy bien relacionado.

-Me dijo él mismo que no tenía dinero.

-Eso es porque está acostumbrado a gente que tiene un tipo de vida muy alto.

-Mi querida Rosamond, no debes pensar en llevar un tipo de vida muy alto.

Rosamond bajó la vista y jugueteó con su bolsito. No era una joven impetuosa ni de respuestas cortantes, pero pensaba vivir como quisiera.

-Así que, ¿es cierto? -dijo la señora Bulstrode, mirando con atención a su sobrina-. Estás pensando en el señor Lydgate y hay algo entre vosotros, aunque tu padre no lo sepa. Sé sincera, Rosamond. ¿Te ha hecho el señor Lydgate alguna proposición?

La pobre Rosamond se sentía muy incómoda. Había estado muy tranquila respecto de los sentimientos e intenciones de Lydgate, pero ahora que su tía le planteaba esta pregunta le disgustaba no poder contestar «Sí». Su orgullo se sintió herido, pero vino en su auxilio su control habitual.

-Le ruego que me disculpe, tía. Prefiero no hablar de ello.

-Confío, hija, en que no entregarás tu corazón a un hombre sin un futuro claro. ¡Piensa en las dos excelentes proposiciones que sé que has recibido y que has rechazado! Una sigue en tus manos, si no la desperdicias. Conozco a una belleza que al obrar así acabó casándose mal. El señor Ned Plymdale es un joven agradable, hay quien incluso le considera bien parecido. Es hijo único además, y un negocio grande como el suyo es mejor que una profesión. No es que el matrimonio lo sea todo. Me gustaría que buscaras el reino de Dios en primer lugar. Pero una joven debe poder controlar su corazón.

-Nunca se lo daría al señor Ned Plymdale, aunque así fuera. Ya le he dicho que no. Si amara a alguien, amaría al momento y para siempre -dijo Rosamond, con sentido de heroína romántica y haciendo bien el papel.

-Ya veo, hija -dijo la señora Bulstrode, su voz llena de tristeza y levantándose para marcharse-. Has entregado tu amor sin ser correspondida.

-En absoluto, tía -dijo Rosamond con vehemencia. -¿Así pues, estás segura de que el señor Lydgate siente algo serio por ti?

Rosamond tenía las mejillas encendidas y se sentía mortificada. Permaneció callada y su tía se marchó tanto más convencida.

En las cosas mundanas e indiferentes el señor Bulstrode solía hacer lo que su mujer le pedía y ésta, ahora, sin explicar las razones, le solicitó que descubriera en su próxima conversación con el señor Lydgate si tenía la intención de casarse pronto. El resultado fue una rotunda negativa. Al ser interrogado por su mujer, el señor Bulstrode descubrió que el señor Lydgate había hablado como no lo haría ningún hombre que tuviera una relación que pudiera terminar en boda. La señora Bulstrode sintió que recaía sobre ella una grave obligación y pronto se las arregló para tener con Lydgate un téteà-téte durante el cual pasó de la salud de Fred, la sincera preocupación que tenía por la familia tan grande de su hermano, a comentarios generales sobre los peligros que acechaban a los jóvenes respecto a sus futuros. Los hombres jóvenes eran a menudo alocados y defraudaban, daban poco a cambio del dinero que en ellos se había invertido y las jóvenes estaban expuestas a un sinfín de circunstancias que podían interferir con sus perspectivas.

-Sobre todo si posee grandes atractivos y sus padres reciben a mucha gente en casa -dijo la señora Bulstrode-. Los caballeros les dedican su atención, acaparándola para sí mismos, por el mero placer del momento, y eso aleja a los demás. Creo, señor Lydgate, que es una gran responsabilidad interferir en las perspectivas de una joven -llegado este punto, la señora Bulstrode clavó los ojos en Lydgate con evidente advertencia si no reproche.

-Por supuesto -respondió Lydgate mirándola fijamente a su vez-. Por otro lado, un hombre tiene que ser muy imbécil para tener la idea de que no debe dirigirse a ninguna joven no sea que se enamore de él o que los demás piensen que así debe ser.

-Señor Lydgate, conoce usted bien las ventajas que usted tiene. Sabe que nuestros jóvenes no pueden competir con usted. Cuando frecuenta usted una casa, puede entorpecer el que la joven se plantee un futuro deseable al impedir que acepte alguna propuesta, caso de que los demás llegaran a hacérsela.

A Lydgate le halagó menos su ventaja sobre los Orlandos de Middlemarch de lo que le molestó el percatarse del significado de las palabras de la señora Bulstrode. Ella, por su parte, creyó haber hablado con toda la efectividad necesaria y que al utilizar la altisonante palabra «entorpecen» había echado un digno manto sobre un conjunto de particularidades que seguían siendo bien evidentes.

Lydgate estaba algo irritado; con una mano se echó el pelo hacia atrás, con la otra se palpó distraídamente el bolsillo del chaleco, y a continuación se inclinó para llamar al diminuto spaniel negro que tuvo el acierto de rechazar sus vacuas carantoñas. No hubiera resultado apropiado marcharse porque acababa de comer con otros invitados y terminaba de tomar el té. Pero la señora Bulstrode, convencida de que se había hecho entender, cambió de conversación.

Creo que los Proverbios de Salomón han omitido decir que, al igual que el paladar irritado tiende a encontrar los granos de arena, la mala conciencia tiende a escuchar insinuaciones. Al día siguiente, al despedirse de Lydgate en la calle, el señor Farebrother supuso que se volverían a encontrar por la noche en casa de los Vincy. Lydgate respondió con aspereza que no, que tenía trabajo por delante y debía dejar de salir por la noche.

-¿Es que le van a atar al mástil y se está usted tapando los oídos? -dijo el vicario-. Bueno, si no tiene intención de que le conquisten las sirenas, hace bien en tomar a tiempo las debidas precauciones.

Días antes, Lydgate hubiera hecho caso omiso de estas palabras, interpretándolas tan sólo como la manera usual del vicario de decir las cosas. Pero ahora parecían incluir una indirecta que confirmaba la impresión de que había estado haciendo el ridículo y comportándose como para inducir al error. No a un error por parte de la propia Rosamond, quien, estaba convencido, interpretaba todo con la superficialidad que él pretendía. Al fin y al cabo, tenía un tacto y una perspicacia exquisitas en cuanto a todo lo tocante al comportamiento, pero la gente entre la que convivía era zafia y entrometida. No obstante, el error no debía proseguir. Decidió, y mantuvo su decisión, no ir a casa de los Vincy salvo por asuntos profesionales.

Rosamond se entristeció mucho. La inquietud producida por las preguntas de su tía fue creciendo hasta que, transcurridos diez días sin haber visto a Lydgate, se convirtió en terror ante el vacío que pudiera avecinarse, en el presentimiento de esa fácil y fatídica esponja que tan económicamente absorbe las esperanzas de los mortales. El mundo tendría para ella una nueva monotonía, como la paramera que, por obra del mago, quedara convertida en un vergel por un breve espacio de tiempo. Empezó a saborear la acidez del amor no correspondido y a pensar que ningún otro hombre podría ser la ocasión de edificaciones tan maravillosas como las que ella había ido construyendo y disfrutando durante los últimos seis meses. La pobre Rosamond perdió el apetito y se sentía tan triste como Ariadna, como una Ariadna sobre el escenario, abandonada junto a sus cajas llenas de trajes sin esperanza de un carruaje.

Hay en el mundo multitud de mezclas maravillosas, todas denominadas amor, que reclaman el privilegio de una ira sublime que es la excusa para cualquier cosa (en la literatura y en el drama). Afortunadamente, a Rosamond no se le ocurrió llevar a cabo ningún acto desesperado: se trenzó el pelo con la elegancia de siempre y se mantuvo orgullosamente tranquila. Su deducción más optimista era que su tía Bulstrode había intervenido de alguna forma para impedir las visitas de Lydgate; cualquier cosa era preferible a una indiferencia espontánea por parte de él. Cualquiera que considere diez días un tiempo demasiado breve, no para adelgazar o perder la razón u otros efectos medibles de la pasión, sino para el circuito espiritual de alarmantes conjeturas y desilusión, ignora lo que puede pasar por la mente de una joven durante sus momentos de elegante ocio.

Pero al décimoprimer día, sin embargo, Lydgate se disponía a abandonar Stone Court cuando la señora Vincy- le pidió que le hiciera saber a su marido que la salud del señor Featherstone había sufrido un marcado cambio y que deseaba fuera allí ese mismo día. Lydgate podía haber ido al almacén, o podía haber escrito un mensaje en la hoja de su cuaderno de bolsillo y dejarla en la puerta. Sin embargo, estos sencillos métodos no parecieron ocurrírsele, de lo cual podemos deducir que no tenía grandes inconvenientes en pasarse por casa del señor Vincy a una hora en la que éste no estaba en casa, y dejar el recado con la señorita Vincy. Un hombre puede, por diversos motivos, negarse a dispensar su compañía, pero tal vez ni siquiera un sabio se sentiría complacido ante el hecho de que nadie le echara de menos. Sería una forma elegante y fácil de enlazar los hábitos nuevos con los antiguos, de cruzar con Rosamond alguna juguetona palabra respecto de su resistencia a la disipación y su firme decisión de abstenerse incluso de los dulces sonidos. Debe admitirse, asimismo, que especulaciones momentáneas respecto de las posibles causas de las insinuaciones de la señora Bulstrode habían conseguido entretejerse, como pequeños y aferrados pelillos, en la trama más sustancial de su pensamiento.

La señorita Vincy se encontraba a solas, y se sonrojó tanto cuando entró Lydgate que él se sintió correspondientemente turbado, y en lugar de las guasas previstas empezó inmediatamente a hablar del motivo de su visita, rogándola casi con formalidad, que le diera el recado a su padre. Rosamond, que en un principio pensó que iba a recobrar la felicidad, se sintió profundamente herida por la actitud de Lydgate. Había perdido el color y asintió con frialdad sin añadir una palabra innecesaria, el ganchillo que sostenía entre las manos permitiéndola evitar mirar a Lydgate por encima de la barbilla. En todos los fracasos, los principios son la mitad del total. Tras dos minutos de silencio durante los cuales movió la fusta sin articular palabras, Lydgate se levantó para marcharse y Rosamond, nerviosa por la pugna que mantenía entre su mortificación y el deseo de no demostrarla, dejó caer la cadeneta como sorprendida, levantándose mecánicamente. Lydgate se agachó para recoger la labor. Cuando se enderezó se encontraba muy cerca de un hermoso rostro sobre un largo y hermoso cuello que había estado acostumbrado a ver moverse con el perfecto control de la elegancia autocomplacida. Pero ahora, al levantar la vista, vio cierto temblor que le emocionó por lo desconocido y le hizo observar a Rosamond con inquietud. En este instante era tan natural como lo fuera a los cinco años: notó que le brotaban las lágrimas y era inútil intentar hacer otra cosa que no fuera dejar que permanecieran como agua sobre una flor azul, o dejar que corrieran.

Ese momento de espontaneidad fue el toque sutil de cristalización que convirtió el flirteo en amor. Recordad que el hombre ambicioso que miraba esas no-me-olvides bajo el agua era afectuoso e imprudente. No supo dónde fue a parar la cadeneta; una idea había traspasado los recovecos internos, con el milagroso efecto de despertar el poder del amor apasionado enterrado en ellos, no en un sepulcro sellado, sino en un molde frágil y fácilmente rompible. Sus palabras fueron desmañadas y abruptas, pero el tono las tornó en una ardiente y suplicante confesión.

-¿Qué sucede? Está disgustada. Por favor, dígame por qué.

A Rosamond no la habían hablado antes en ese tono. No estoy segura de que supiera cuales fueron las palabras, pero miró a Lydgate y las lágrimas le corrieron por las mejillas. No podía existir respuesta más clara que ese silencio y Lydgate, olvidándose de todo, dominado totalmente por la ternura que le invadió ante la repentina certeza de que esta dulce criatura dependía de él para su felicidad, la rodeó con sus brazos, envolviéndola suave y protectoramente -estaba acostumbrado a la suavidad con los débiles y atormentados- y besó cada una de las dos gruesas lágrimas. Fue una extraña manera de llegar a un entendimiento, pero fue rápida. Rosamond no se enfadó, pero se echó hacia atrás levemente con temblorosa felicidad y Lydgate se pudo sentar junto a ella y hablar menos inconexamente.

Rosamond hizo su pequeña confesión y él derrochó palabras de agradecimiento y ternura con impulsiva profusión. Abandonó la casa a la media hora, un hombre comprometido, cuya alma ya no le pertenecía a él sino a la mujer a quien se había atado.

Volvió por la noche para hablar con el señor Vincy quien, recién llegado de Stone Court, estaba seguro de que no tardaría en conocer el finamiento del señor Featherstone. La feliz palabra «finamiento», que se le había ocurrido oportunamente, había elevado su espíritu incluso por encima de su nivel nocturno normal. La palabra ajustada siempre supone poderío y comunica su exactitud a nuestros actos. Considerado como un finamiento, la muerte del anciano Featherstone tomaba un aspecto meramente legal, de forma que el señor Vincy podía quitarle seriedad al hecho y enfocarlo jovialmente sin ni siquiera tener que recurrir a la intermitente muestra de solemnidad. ¿A quién le ha sorprendido alguna vez un testador? ¿Quién ha hecho un himno al título de propiedad sobre bienes inmuebles? El señor Vincy se sentía esa noche inclinado a enfocarlo todo jovialmente; llegó a comentarle a Lydgate que Fred había sacado, después de todo, la constitución familiar y pronto volvería a ser el tipo sano de siempre; y cuando se le pidió la aprobación para el compromiso de Rosamond, la concedió con asombrosa facilidad, pasando de inmediato a los comentarios generales sobre lo deseable que para los jóvenes, tanto hombres como mujeres, era el matrimonio y, aparentemente, deduciendo de todo ello lo conveniente de un poco más de ponche.