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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 33.
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Cierra sus ojos y corre la cortina;
Y meditemos todos.
(2 Enrique VI.)

Esa noche después de las doce, Mary Garth tomó el relevo en la habitación del señor Featherstone, velándole sola durante el resto de la noche. A menudo elegía voluntariamente esta tarea, en la que encontraba cierto gusto a pesar de la impertinencia del anciano cuando requería sus atenciones. Había ratos en los que podía permanecer absolutamente quieta disfrutando del silencio exterior y la tenue luz. El fuego rojizo con su suave movimiento audible era como una existencia solemne, apaciblemente independiente de las mezquinas pasiones, los ridículos deseos, los afanes tras las bagatelas inciertas que a diario provocaban el desdén de Mary. A Mary Garth le gustaban sus propios pensamientos y podía distraerse bien sentada en la penumbra con las manos sobre el regazo; habiendo tenido pronto fuertes razones para creer que no era probable que las cosas se resolvieran para su propia satisfacción particular, no perdía el tiempo asombrándose y disgustándose por ello. Además, ya había aprendido a tomarse la vida como una comedia y había adoptado la generosa, que no orgullosa, decisión de no hacer un papel mezquino o traicionero. Mary bien podía haberse convertido en una cínica de no haber tenido unos padres a los cuales respetaba, así como un pozo interno de gratitud, pozo que estaba tanto más lleno, puesto que había aprendido a no hacer peticiones irracionales.

Esta noche repasaba, como solía hacer, las escenas de la jornada y a menudo sus labios esbozaban una sonrisa de diversión ante las rarezas que su imaginación convertía en aún más exóticas: la gente era tan ridícula en sus ilusiones, portadores inconscientes de sus gorros de bufón, creyendo que sus mentiras eran opacas mientras que las de los demás eran transparentes, haciendo de sí mismos la excepción a todo como si, cuando todo el mundo estaba amarillo por la luz de la lámpara ellos solos fueran los que seguían sonrosados. Sin embargo, a los ojos de Mary existían ciertas ilusiones que no le resultaban del todo cómicas. Interiormente estaba convencida, aunque carecía de otros motivos que su atenta observación de la personalidad del anciano Featherstone, de que pese a su gusto por la compañía de los Vincy, era probable que éstos resultaran igual de desengañados que cualquiera de los parientes a los cuales había mantenido a distancia. Era bastante el desprecio que Mary sentía ante la evidente inquietud de la señora Vincy de que ella y Fred estuvieran a solas, lo cual no impedía que se inquietara por cómo afectaría a Fred si resultara que su tío le dejaba tan pobre como siempre. Mary podía hacer de Fred el blanco de sus burlas en su propia presencia, pero le disgustaban sus necedades cuando estaba ausente.

Pese a todo, la señorita Garth disfrutaba con sus pensamientos: una mente joven y fuerte a la que no desequilibra la pasión saca provecho de conocer la vida y observa con interés su propio vigor. Mary poseía mucha alegría interior.

Su pensamiento no se veía empañado por solemnidad o patetismo alguno respecto del anciano encamado; es más fácil simular que sentir tales sentimientos respecto de una anciana criatura cuya vida, aparentemente, no es más que un retazo de vicios. Siempre había visto el lado más desfavorable del señor Featherstone: él no estaba orgulloso de ella y sólo le era útil. El inquietarse por un alma que constantemente está regañando debe quedar para los santos que habitan la tierra y Mary no se contaba entre ellos. Jamás le había devuelto una palabra dura y le había atendido fielmente, pero eso era lo máximo. Al anciano Featherstone tampoco le preocupaba en absoluto su alma y se había negado a ver al señor Tucker al respecto.

Esta noche no había gruñido ni una sola vez y durante la primera hora o dos permaneció extraordinariamente quieto hasta que por fin Mary le oyó toquetear el manojo de llaves contra la caja de hojalata que mantenía siempre en la cama junto a sí. Alrededor de las tres dijo, con sorprendente nitidez.

-Missy, ¡ven aquí!

Mary obedeció y encontró que ya había sacado la caja de debajo de las ropas, aunque solía pedir que se lo hicieran, y seleccionado la llave. Abrió con ella la caja y sacando de su interior otra llave la miró fijamente con ojos que parecían haber recobrado toda su agudeza y dijo:

-¿Cuántos de ellos están en la casa?
-¿Se refiere a sus propios parientes, señor? -preguntó Mary, avezada en la forma de hablar del anciano. Este hizo un gesto afirmativo con la cabeza y Mary prosiguió-: El señor Jonah Featherstone y el joven Cranch están durmiendo aquí.

-Ya, ya; se pegan ¿verdad? y seguro que los demás vienen a diario... Solomon y Jane y los pequeños, ¿no? ¿Vienen a espiar y a contar y a calcular?

-No vienen todos cada día; el señor Solomon y la señora Waule vienen a diario, y los demás con frecuencia.

El anciano escuchó con una mueca en el rostro mientras la joven hablaba y cuando acabó dijo desfrunciendo el gesto.

-Más tontos ellos. Escucha, Missy. Son las tres de la madrugada y estoy en pleno uso de mis facultades. Conozco todas mis posesiones, dónde tengo colocado el dinero y todo lo demás. Y he dispuesto todo para poder cambiar de idea y hacer al final lo que me plazca. ¿Me oyes, Missy? Estoy en mi sano juicio.

-¿Y bien, señor? -preguntó Mary quedamente.

El anciano bajó la voz con aire astuto.
-He hecho dos testamentos, y voy a quemar uno. Haz lo que te diga. Esta es la llave de mi cofre de hierro que está ahí en el armario. Empuja fuerte al lado de la placa de cobre en la parte superior hasta que suene como un cerrojazo; entonces podrás meter la llave en la cerradura y girarla. Ve y hazlo, y saca el papel de encima -ÚLTIMA VOLUNTAD-, en letras grandes.

-No, señor -dijo con firmeza-. No puedo hacer eso.

-¿Que no puedes hacerlo? Te lo estoy ordenando -dijo el anciano, quebrándosele la voz ante el asombro que le producía esta resistencia.

-No puedo tocar su cofre de hierro ni su testamento. Debo negarme a hacer cualquier cosa que me expusiera a la sospecha.

-Te repito que estoy en mi sano juicio. ¿Es que no voy a poder hacer lo que quiera al final? Hice dos testamentos a propósito. Coge la llave.

-No, señor, no lo haré -dijo Mary con mayor decisión aún. Su repulsión iba en aumento.

-Te digo que no hay tiempo que perder.

-No puedo evitarlo, señor. No permitiré que el fin de su vida enturbie el principio de la mía. No tocaré ni el cofre ni el testamento -se alejó un poco de la cama.

El anciano permaneció un rato con la mirada vácua, manteniendo la llave recta y separada del resto que había en la anilla. Luego, a sacudidas espasmódicas empezó a vaciar con su huesuda mano izquierda la caja de latón que tenía ante él.

-¡Missy! -empezó a decir, entrecortadamente-, ¡mira! ¡Coge el dinero, los billetes y el oro, mira, cógelo, es todo para ti, haz lo que te digo!

Hizo un esfuerzo, extendiéndole la llave lo más posible, y de nuevo Mary retrocedió.

-No tocaré ni su llave ni su dinero. Le ruego no vuelva a pedírmelo. Si lo hace tendré que llamar a su hermano. Dejó caer la mano y por primera vez en su vida Mary vio al anciano Peter Featherstone empezar a llorar como un niño. Con el tono más suave del que fue capaz dijo: -Le ruego que guarde su dinero, señor -y volvió a su sitio junto al fuego, esperando que esto le convenciera de que era inútil insistir. Al cabo de unos momentos el anciano se repuso y dijo animadamente:

-Bueno, pues llama al jovenzuelo. Llama a Fred Vincy. El corazón de Mary comenzó a latirle más deprisa. Varias ideas se le agolparon en la mente respecto de lo que pudiera implicar el quemar un segundo testamento. Tenía que tomar deprisa una difícil decisión.

-Le llamaré si me permite que vengan también el señor onah y otros.

-Nadie más, digo. El jovenzuelo. Haré lo que me plazca. -Espere a que sea de día, cuando todos estén despiertos. O déjeme que llame a Simmons ahora para que vaya en busca del abogado. Puede estar aquí en menos de dos horas.

-¿El abogado? ¡Y para qué quiero yo un abogado! Nadie lo sabrá... digo que nadie lo sabrá. Haré lo que quiera. -Déjeme que llame a alguien más, señor -persuadió Mary. Le disgustaba su situación, a solas con el anciano que parecía mostrar un extraño brote de nerviosa energía que le permitía hablar y hablar sin verse atacado por la tos habitual; sin embargo Mary no quería forzar innecesariamente la negativa que le alteraba-. Le ruego me permita llamar a alguien más.

-Déjame en paz. Mira Missy, coge el dinero. No volverás a tener la ocasión. Hay casi doscientas, hay más en la caja, y nadie sabe cuánto había. Cógelo y haz lo que te digo.

Mary, de pie junto al fuego, vio cómo se proyectaba la luz rojiza sobre el anciano, incorporado sobre los almohadones, la mano huesuda extendiendo la llave, el dinero desparramado ante él sobre la colcha. Jamás olvidó esa visión de un hombre queriendo hacer su voluntad hasta el final. Pero la forma en la que había expuesto el ofrecimiento del dinero la empujó a hablar con mayor decisión.

-Es inútil. No lo haré. Guarde el dinero. No lo tocaré. Haré cualquier otra cosa para aliviarle, pero no tocaré ni su llave ni su dinero.

-¡Cualquier otra cosa... cualquier otra cosa! -dijo el anciano Featherstone, con ronca ira, que, como si de una pesadilla se tratara, intentaba que fuera enérgica y sin embargo apenas se oía-. No quiero nada más. Ven aquí..., ven aquí. Mary se le acercó con cautela, conociéndole demasiado bien. Le vio soltar las llaves y intentar coger el bastón mientras la miraba como una hiena envejecida, los músculos del rostro distorsionados por el esfuerzo de la mano. La chica se detuvo a una distancia segura.

-Déjeme darle un poco de cordial -dijo suavemente-, e intente controlarse. Quizá se duerma. Y mañana, a la luz del día, podrá hacer lo que quiera.

Peter Featherstone elevó el bastón a pesar de que ella estaba fuera de su alcance y lo lanzó con un gran esfuerzo que no era más que impotencia. El bastón cayó por el borde de la cama. Mary lo dejó allí y regresó a su silla junto al fuego. Pasado un rato le llevaría el cordial. La fatiga le haría pasivo. Iba llegando el momento más frío de la madrugada, el fuego se apagaba y a través de la rendija de las cortinas de moaré podía ver la luz, tamizada por el estor. Tras poner unos leños en el fuego y echarse una toquilla por los hombros se sentó, confiando en que ahora se durmiera el señor Featherstone. Si se le acercaba podía seguir con su irritabilidad. No había vuelto a decir nada después de tirar el bastón, pero había visto cómo cogía las llaves y ponía la mano derecha sobre el dinero. Sin embargo no lo guardó y Mary pensó que se estaba durmiendo.

Pero el recuerdo de lo que había pasado empezó a inquietarla más de lo que la había inquietado la realidad, y se interrogó sobre aquellos actos que habían surgido de forma tan imperativa, excluyendo toda duda en el momento crítico.

Al poco, los leños secos produjeron una llamarada que iluminó cada rincón y Mary vio que el anciano yacía tranquilo con la cabeza ligeramente ladeada. Se le acercó con paso silencioso y pensó que tenía el rostro inusitadamente inmóvil. Pero al instante, los vaivenes de las llamas alumbrando todos los objetivos la hicieron dudar. El palpitar de su corazón perturbaba tanto sus sentidos que incluso cuando le tocó y escuchó su respiración, no pudo fiarse de sus conclusiones. Se dirigió a la ventana y descorrió suavemente las cortinas y los estores de forma que la tenue luz cayera sobre la cama.

Al momento siguiente corrió hacia la campanilla y la hizo sonar enérgicamente. Pronto no hubo duda de que Peter Featherstone había muerto, la mano derecha sujetando las llaves y la izquierda reposando sobre un montón de billetes y monedas de oro.