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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 38.
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Cest beaucoup que le jugement des hommes sur les actions humaines; tot ou tard il devient efficace.
(GuIZOT.)

Sir James Chettam no podía ver con satisfacción los nuevos rumbos del señor Brooke, pero era más fácil discrepar que impedir. Sir James justificó su llegada, a comer un día en casa de los Cadwallader diciendo: -No puedo decirles lo que quiero delante de Celia, podría dolerla. No estaría bien que lo hiciera.

-Ya sé a qué se refiere, ¡el Pioneer de Tipton Grange! -espetó la señora Cadwallader, casi sin dejar terminar a su amigo-. Es espantoso, esto de dedicarse a comprar pitos y tocarlos para que todos los oigan. Sería mucho más discreto y soportable quedarse en la cama todo el día jugando al dominó como el pobre Lord Plessy.

-Veo que están empezando a atacar a nuestro amigo Brooke en el Trumpet -dijo el rector, reclinándose hacia atrás y sonriendo tranquilamente, como hubiera hecho de ser él el atacado-. Corren muchos comentarios sarcásticos contra un terrateniente que vive a menos de cien millas de Middlemarch, que recibe sus rentas y no hace inversiones.

-Me gustaría que Brooke dejara eso -dijo Sir James, frunciendo característicamente el ceño en señal de molestia.

-Entonces, ¿de verdad que va a ir nominado? -preguntó el señor Cadwallader.

-Vi a Farebrother ayer -es bastante liberal, apoya a Brougham(1) y el Conocimiento Util; es lo peor que conozco de él- y me dijo que Brooke está montando un partido bastante fuerte. Bulstrode, el banquero, es su hombre principal. Pero opina que Brooke saldría mal parado en una nominación.

-Exacto -dijo Sir James con énfasis-. He estado investigando en el asunto, pues antes nunca he sabido nada acerca de la política de Middlemarch... siendo mi labor el condado. En lo que Brooke confía es en que escuchen a Oliver porque es partidario de Peel. Pero Hawley me dice que si acaban mandando a un liberal será Bagster, uno de esos candidatos de Dios sabe dónde, pero absolutamente opuesto a los ministros y un avezado parlamentario. Hawley es un poco rudo, se olvidó que hablaba conmigo. Dijo que si Brooke quería que le acribillaran, había formas más baratas de conseguirlo que presentándose a las elecciones.
-Les advertí a todos -dijo la señora Cadwallader, gesticulando con las manos-. Le dije a Humphrey hace mucho que, el señor Brooke va a hacer el ridículo. Y ya lo hace.

-Bueno, se le podía haber ocurrido casarse -dijo el rector-. Eso hubiera sido aún peor que un leve flirteo con la política.

-Puede que lo haga después -dijo la señora Cadwallader-, cuando salga de todo esto lleno de gota.

-Lo que más me importa es su dignidad -dijo Sir James-. Claro está que me importa tanto más por la familia. Pero va siendo mayor y no me gusta pensar que se expone. Van a sacar todo lo que encuentren contra él.

-Supongo que es inútil intentar persuadirle -dijo el rector-. Hay en Brooke una mezcla muy rara de obstinación y mutabilidad. ¿Le ha tanteado sobre el tema?

-Pues no -respondió Sir James-. Me da apuro que parezca que doy órdenes. Pero he estado hablando con este joven Ladislaw al que Brooke está convirtiendo en un factótum. Parece lo bastante listo como para cualquier cosa. Pensé que sería interesante saber lo que piensa y no está de acuerdo con que Brooke se presente en esta ocasión. Creo que le convencerá; puede que evitemos la nominación. -Ya veo -dijo la señora Cadwallader-. El miembro

(1) Henry Brougham (1778-1868), político radical británico.

independiente no se sabe aún los discursos de memoria. -Pero..., este Ladislaw..., otro asunto enojoso -dijo Sir James-. Ha venido a cenar un par o tres veces a casa (por cierto, que usted le conoce) como huésped de Brooke y pariente de Casaubon; pensábamos que sólo estaba aquí de paso. Y ahora me lo encuentro en boca de todos en Middlemarch como director del Pioneer. Corren rumores de que es un escritor de panfletos, un espía extranjero... qué sé yo. -A Casaubon no le gustará eso -dijo el rector.

-Es cierto que Ladislaw lleva sangre extranjera -continuó Sir James-. Espero que no se meta en opiniones extremas y arrastre a Brooke.

-Es un jovenzuelo peligroso, ese señor Ladislaw -dijo la señora Cadwallader-, con sus canciones de ópera y su lengua ágil. Una especie de héroe bironiano, se me antoja como un conspirador amoroso. Y a Tomás de Aquino no le gusta. Eso lo vi el día en que llegó el cuadro.

-No quisiera tocar el tema con Casaubon -dijo Sir James-. Tiene más derecho que yo a intervenir. Pero es un asunto incómodo, se mire por donde se mire. ¡Vaya personaje para cualquiera con parientes decentes! ¡Un tipo de periódico! Sólo hay que fijarse en Keck, que dirige el Trumpet. Le vi el otro día con Hawley. Tengo entendido que escribe bien, pero es un ser tan impresentable que ojalá hubiera estado del otro lado.

-Pero ¿qué se puede esperar de esos periodicuchos de divulgación de Middlemarch? -preguntó el rector-. Dudo que se pueda encontrar un hombre de gran estilo escribiendo sobre temas que le importan relativamente poco, y además por un sueldo de miseria.

-En efecto, eso es lo incómodo de que Brooke haya puesto en una situación así a alguien relacionado con la familia. Personalmente, creo que Ladislaw hace el tonto aceptando.

-Aquino tiene la culpa -dijo la señora Cadwallader-. ¿Por qué no se afanó para que hicieran attaché a Ladislaw o le enviaran a la India? Así es cómo las familias se deshacen de los retoños incómodos.

-No sabemos el alcance que puede tener esto -dijo inquieto Sir James-. Pero si Casaubon no dice nada ¿qué voy a hacer yo?

-Mi querido Sir James -dijo el rector-, no le demos demasiada importancia a esto. Es muy probable que acabe muriéndose solo. Dentro de uno o dos meses Brooke y el joven Ladislaw se cansarán el uno del otro. Ladislaw volará, Brooke venderá el Pioneer y todo seguirá como siempre.

-Hay una buena baza; y es que no le apetezca ver cómo se le esfuma el dinero -dijo la señora Cadwallader-. Si conociera los gastos electorales se podría asustar. No sirve de nada emplear con él palabras grandilocuentes como «desembolso». Yo no le hablaría de flebotomía. Le tiraría por la cabeza un cubo de sanguijuelas. Lo que nos disgusta a nosotros, los auténticos tacaños, es que nos chupen las perras.

-Y tampoco le gustará que le saquen los trapos sucios -dijo Sir James-. Ya han empezado con cómo lleva sus tierras. Y a mí me resulta muy doloroso. Es un incordio en tus propias narices. Pienso que estamos obligados a cuidar al máximo nuestras tierras y a nuestros arrendatarios, sobre todo en estos tiempos difíciles.

-Tal vez el Trumpet le induzca a un cambio y salga algo bueno de todo eso -dijo el rector-. Yo me alegraría. Oiría gruñir menos a la hora de cobrar mis diezmos. No sé lo que haría si no existiera un pago en metálico como sustituto del diezmo en Tipton.

-Quiero que tenga un hombre como Dios manda que le lleve sus asuntos... quiero que coja de nuevo a Garth -dijo Sir James-. Hace doce años que se deshizo de Garth y desde entonces todo ha ido mal. Estoy pensando en contratar a Garth yo mismo; ha hecho unos planes espléndidos para mis construcciones y Lovegood no da la talla. Pero Garth no se volvería a encargar de la hacienda de Tipson salvo que Brooke lo dejara absolutamente todo en sus manos.

-Y tiene razón -dijo el rector-. Garth es una persona independiente, un tipo original y sencillo. En una ocasión, cuando me estaba valorando algo, me dijo sin rodeos que el clero no solía saber una palabra de negocios y que enfollonaban cuando se entrometían. Pero me lo dijo con el mismo respeto y sosiego que si estuviera hablando de marineros. Haría de Tipton una parroquia distinta si Brooke le permitiera organizarla. Cómo me gustaría que, con ayuda del Trumpet, consiguiera usted eso.

-Si Dorothea se hubiera quedado junto a su tío hubiera habido alguna oportunidad -dijo Sir James-. Con el tiempo hubiera ido teniendo ascendencia sobre él y siempre le inquietó el estado de la hacienda. Tenía unas ideas magníficas sobre todo. Pero ahora Casaubon la absorbe por completo. Celia se queja mucho. Apenas conseguimos que cene con nosotros desde que su marido tuvo aquel ataque -Sir James concluyó con aire de repulsa compasiva, y la señora Cadwallader se encogió de hombros como indicando que no era probable que ella viera nada nuevo en ese sentido.

-¡Pobre Casaubon! -dijo el rector-. Fue un mal ataque. Me pareció que estaba muy abatido cuando le vi el otro día en casa del arcediano.

-La verdad es que -continuó Sir James, poco inclinado a prolongar el tema de los «ataques»-, Brooke no tiene mala intención ni hacia sus arrendatarios ni hacia nadie más, pero sí está dado a recortar gastos de aquí y allí.

-Aunque, bien mirado, eso es una bendición -dijo la señora Cadwallader-. Eso le ayuda a encontrarse a sí mismo por las mañanas. Puede que no tenga claras sus propias opiniones, pero tiene muy claro lo de su bolsillo.

-No creo que un hombre pueda enriquecerse tacañeando en sus tierras -dijo Sir James.

-Bueno, como de las demás virtudes, se puede abusar de la tacañería; no es bueno adelgazar tus propios cerdos -dijo la señora Cadwallader, quien se había levantado para mirar por la ventana-. Pero hable de un político independiente y allí que aparece.

-¿Quién, Brooke? -preguntó su esposo.

-Sí. Tú, Humphrey acósale con el Trumpet y yo le echaré las sanguijuelas. Y usted, Sir James, ¿qué hará?

-La verdad es que, dada nuestra relación, no me gustaría enzarzarme con él; es todo tan desagradable. ¿Por qué no se comportará la gente como caballeros? -dijo el bueno del baronet, sintiendo que era éste un programa sencillo e inteligible para el bienestar social.

-Así que aquí están todos -dijo el señor Brooke, pasando despaciosamente a darles la mano-. Pensaba pasar por su casa, Chettam. Pero es muy agradable encontrarles a todos aquí. Bien, ¿y qué piensan de todo esto? Va un poco rápido todo, ¿no? Gran verdad la de Lafitte2, «Desde ayer, ha transcurrido un siglo». Al otro lado del agua están en el siglo siguiente. Van más rápido que nosotros.

-Pues sí -dijo el rector, cogiendo el periódico-. Aquí tenemos al Trumpet que le acusa de quedarse atrás, ¿lo ha visto?

-¿Cómo? Pues no -respondió el señor Brooke, dejando apresuradamente los guantes dentro del sombrero y calándose el monóculo. Pero el señor Cadwallader retuvo el periódico y dijo, sonriendo con los ojos:

-¡Mire, mire! Todo esto trata de un terrateniente que vive a menos de cien millas de Middlemarch que cobra sus propias rentas. Dicen que es el hombre más retrógrado del condado. Supongo que usted les habrá enseñado esa palabra desde el Pioneer.

-Ese es Keck, un analfabeto. ¡Retrógrado! ¡Vaya, vaya! ¡Es estupendo! Piensa que significa destructivo; quieren hacerme pasar por un destructor -dijo el señor Brooke, con esa alegria que normalmente se ve animada por la ignorancia del adversario.

-Creo que conoce el significado de la palabra. Aquí hay un par de puyazos «Si hubiéramos de describir a un hombre retrógrado en el peor sentido de la palabra, diríamos que se trata de alguien que se creía un reformador de nuestra constitución, mientras que todos los intereses de los que es responsable se derrumban: un filántropo que no soporta que se cuelgue a un granuja, pero a quien no le importa que cinco honrados arrendatarios medio se mueran de hambre; un hombre que clama contra la corrupción y arrienda sus tierras a un alquiler exorbitante; que se desgañita en contra de los distritos podridos y no le importa que cada parcela de sus tierras tenga la verja rota; un hombre muy predispuesto hacia Leeds y Manchester, sin duda, accedería a cualquier número de representantes que pagaran sus encaños de sus bolsillos; pero es reacio a hacer un pequeño descuento en el arrendamiento y así ayudar al terrateniente a comprar ganado, o a hacer desembolsos para reparaciones a fin de paliar las inclemencias del tiempo en un granero o hacer que la casa de alguno de sus arrendatarios parezca un poco menos la de un jornalero irlandés. Pero todos conocemos la definición que del filántropo da el bromista: alguien cuya caridad aumenta en proporción directa al cuadrado de la distancia.»

(2) Jacques Lafitte (1767-1844), uno de los dirigentes de la revolución de 1830 en Francia.

Y continua igual. Lo que sigue va demostrando el tipo de legislador que será un filántropo -concluyó el rector, dejando el periódico y uniendo las manos detrás de la nuca mientras observaba al señor Brooke con aire de divertida neutralidad.

-Vaya, eso si que es bueno -dijo el señor Brooke cogiendo el periódico e intentando encajar la crítica con la misma facilidad que su vecino, pero ruborizándose y sonriendo con nerviosismo- eso de desgañitarse en los distritos podridos..., jamás en mi vida he hecho un discurso sobre los distritos podridos. Y en cuanto a desgañitarme y todo eso, esa gente no entiende la buena sátira. La sátira, ¿saben? debe ser cierta hasta un punto. Recuerdo que dijeron eso en The Edinburgh..., debe ser cierta hasta un punto.

-Eso de las verjas es un tiro certero -dijo Sir James, con cautela-. Dagley se me quejaba el otro día de que no tenía una verja como Dios manda en toda la finca. Garth se ha ingeniado un nuevo modelo de verja, me gustaría que lo probara. Parte de la madera debería emplearse así.

-Usted se dedica a la agricultura como capricho, Chettam -dijo el señor Brooke, simulando ojear las columnas del Trumpet. Es su entretenimiento, y no le importan los gastos.

-Tenía entendido que el deporte más caro del mundo era presentarse a parlamentario -dijo la señora Cadwallader-. Dicen que el último candidato fracasado de Middlemarch..., ¿era Giles, no ...?, se gastó diez mil libras y no lo consiguió porque no sobornó lo bastante. ¡Qué pensamiento tan amargo!

-Alguien comentaba -dijo el rector riendo-, que en materia de sobornos East Retford no era nada comparado con Middlemarch.

-Nada de eso -dijo el señor Brooke-. Los conservadores sobornan: Hawley y su banda sobornan con cenas, hacaladitos calientes y todo eso; y traen borrachos a los votantes a las urnas. Pero en el futuro no se van a salir con la suya..., en el futuro, ni hablar. Estoy de acuerdo en que Middlemarch está un poco retrasado..., van un poco atrasados. Pero les educaremos, haremos carrera de ellos. Los mejores están de nuestra parte.

-Hawley dice que tiene usted de su lado a gente que le perjudicará -interpuso Sir James-. Dice que Bulstrode el banquero le perjudicará.

-Y que si le acribillan -interpuso la señora Cadwallader- la mitad de los huevos podridos se deberían al odio que sienten por su hombre de comité. ¡Santo cielo! ¡Piense lo que debe ser que le acribillen a uno por opiniones equivocadas! ¡Y creo recordar una historia acerca de alguien a quien simulaban aupar y luego le dejaron hundirse en el basurero a propósito!

-Acribillarle a uno no es nada comparado con que le encuentren sus puntos débiles -dijo el rector-. Confieso que eso es lo que me asustaría si los clérigos tuviéramos que presentarnos a elecciones para que nos eligieran. Me asustaría que sacaran a relucir todos los días que voy de pesca. Vive Dios que creo que el misil más fuerte que pueden lanzar contra uno es la verdad.

-El hecho es -dijo Sir James- que si uno quiere entrar en la vida pública debe estar preparado para las consecuencias. Debe estar a prueba de toda calumnia.

-Mi querido Chettam, todo eso está muy bien -dijo el señor Brooke-. Pero, ¿cómo se consigue estar a prueba de toda calumnia? Debería leer historia: fíjese en el ostracismo, la persecución, el martirio y todo eso. Siempre les ocurre a los mejores. ¿Qué era aquello de Horacio...?, fíat justitia, ruat... o algo así.

-Exactamente -dijo Sir James, algo más acalorado que de costumbre-. Lo que quiero decir con estar a prueba de toda calumnia es poder presentar el hecho como refutación de la misma.

-Y no constituye martirio el pagar las facturas en las que ha incurrido uno mismo -dijo la señora Cadwallader. Pero fue el evidente malestar de Sir James lo que más conmovió al señor Brooke:

-Bueno, Chettam, ya sabe... -dijo levantándose cogiendo el sombrero y apoyándose en el bastón-, usted y yo tenemos sistemas diferentes. Usted es partidario de emplear dinero en las tierras. Yo no pretendo decir que mi sistema sea bueno en todas las circunstancias..., no en todas las circunstancias.

-De cuando en cuando se debía hacer una nueva valoración -dijo Sir James-. Las devoluciones están bien a veces, pero yo prefiero una correcta valoración. ¿Usted, Cadwallader, qué opina?

-Estoy de acuerdo con usted. Si fuera Brooke callaría al Trumpet inmediatamente encargándole a Garth una nueva valoración de las fincas y dándole cante blanche en cuanto a verjas y reparaciones; ese es mi punto de vista de la situación política -dijo el rector, ensanchando el pecho al introducir los pulgares en las mangas del chaleco y riéndose.

-Eso quedaría muy bien -dijo el señor Brooke-. Pero me gustaría que me dijera de otro terrateniente que haya mareado menos que yo a sus arrendatarios con los atrasos. Dejo que se queden los arrendatarios antiguos. Soy insólitamente comprensivo. Tengo mis propias ideas y las pongo en práctica. Siempre se tacha de excéntrico e inconsistente al que hace eso. Cuando cambie de forma de actuar, seguiré mis ideas.

Tras lo cual el señor Brooke recordó que había olvidado enviar un paquete desde Tipton Grange y se despidió precipitadamente de todos.

-No quise tomarme libertades con Brooke -dijo Sir James-. Veo que se ha molestado. Pero lo que dice de los arrendatarios antiguos, lo cierto es que ninguno nuevo arrendaría las fincas en los términos actuales.

-Me da la impresión de que con el tiempo se le puede convencer -dijo el rector-. Pero tú Elinor ibas por un lado y nosotros por otro. Tú querías echarle para atrás asustándole con los gastos y nosotros pretendíamos asustarle para que incurriera en ellos. Es mejor dejarle que intente ser famoso y que vea que su reputación como terrateniente le obstruye el camino. No creo que ni el Pioneer, ni Ladislaw, ni los discursos de Brooke les importen un bledo a los habitantes de Middlemarch. Pero sí importa que los parroquianos de Tipton estén cómodos.

-Perdón, pero sois vosotros dos quienes estáis equivocados -dijo la señora Cadwallader-. Deberíais haberle demostrado que pierde dinero con su mala gestión, y entonces hubiéramos ido al unísono. Si le subís al carro de la política, os aviso de las consecuencias. El subirse a un palo y llamarlo una idea está muy bien para andar por casa.