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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 43.
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Esta figura es muy valiosa: se labró con amor
Hace años en el más fino marfil;
Nada amanerada, pura y noble de líneas
De una generosa feminidad que siempre encaja.
Ésa también es porcelana suntuosa; mayólica
De hábil diseño, que complace a los ojos exigentes:
Su sonrisa, lo veis, es perfecta -¡maravillosa
Como simple loza fina! ornamento de mesa
Que se presta a coronar el lugar más lujoso.

Dorothea no solía salir de casa sin su esposo, pero de vez en cuando iba sola en el carruaje a Middlemarch para hacer compras o pequeñas obras de caridad como le sucede a cualquier dama de cierta posición cuando vive a tres millas de la ciudad. Dos días después de la escena en el paseo de los tejos decidió utilizar una de aquellas oportunidades para intentar ver a Lydgate y saber por él si su marido había experimentado algún desalentador cambio de síntomas que estuviera ocultándole a ella, así como si había insistido en conocer toda la verdad sobre su salud. Se sentía casi culpable pidiendo información a otro, pero el horror al desconocimiento, el horror a esa ignorancia que pudiera impulsarla a cometer injusticias y crueldades se impuso a todo escrúpulo. Estaba segura de que en la mente de su esposo se había producido una crisis: al día siguiente mismo había iniciado un nuevo sistema para ordenar las notas, incorporándola inusitadamente a la realización de su plan. La pobre Dorothea necesitaba hacer acopio de paciencia.

Eran alrededor de las cuatro cuando se puso en camino hacia la casa de Lydgate en Lowick Gate deseando, ante la duda de encontrarle en casa, haberle escrito de antemano. Y, efectivamente, había salido.

-¿Está la señora Lydgate en casa? -preguntó Dorothea que no creía haber visto antes a Rosamond, pero recordó en ese momento la boda. Sí, la señora Lydgate estaba en casa.

-Hablaré con ella si me lo permite. ¿Quiere preguntarle si puede recibir a la señora Casaubon unos minutos? Cuando la criada se hubo marchado para transmitir el recado, Dorothea oyó sonidos musicales a través de una ventana abierta -unas notas con voz masculina y a continuación un piano haciendo trémolos. Pero estos se interrumpieron bruscamente y la criada regresó diciendo que la señora Lydgate estaría encantada de ver a la señora Casaubon. Cuando se abrió la puerta del salón y Dorothea entró, se produjo un contraste no infrecuente en la vida rural cuando las costumbres de los diferentes rangos sociales estaban menos entremezcladas que ahora. Que sean los expertos quienes definan exactamente la tela que vestía Dorothea en aquellos templados días de otoño, esa fina lana blanca, suave al tacto y la mirada. Siempre parecía recién lavada y oler a hierba, y siempre tenía una hechura como de túnica con mangas pasadas de moda. Pero de haber aparecido ante un público como Imogen o la hija de Catón, el vestido habría sido el apropiado; la elegancia y la dignidad se encontraban en las extremidades y el cuello de Dorothea; y en torno al cabello sencillamente partido en dos y los ojos cándidos, la amplia y redonda papalina que era en aquellos tiempos parte del sino de las mujeres, no resultaba un tocado más extraño que la curvatura dorada a la que llamamos halo. En cuanto al público presente en aquella ocasión, dos personas, ninguna heroína dramática hubiera sido esperada con más interés que la señora Casaubon. Para Rosamond era una de esas divinidades locales que no se mezclaba con los mortales de Middlemarch y cuyos más mínimos indicios de conducta o aspecto merecían su estudio; además, a Rosamond le gustaba que la señora Casaubon tuviera la oportunidad de estudiarla a ella. ¿De qué sirve ser exquisita si los mejores jueces no te ven? Y, puesto que Rosamond había recibido los mayores elogios en casa de Sir Godwin Lydgate estaba muy segura de la impresión que podía causar entre personas de buena cuna. Dorothea extendió la mano con su acostumbrada amabilidad y sencillez y miró con admiración a la hermosa esposa de Lydgate, consciente de que un poco más atrás había un caballero de pie, pero viéndole simplemente como una figura que llevaba una levita. El caballero estaba demasiado ocupado con la presencia de una mujer como para detenerse a pensar en el contraste entre ambas, contraste que hubiera resultado llamativo para un observador sereno. Ambas eran altas y sus ojos estaban al mismo nivel, pero imagínense la infantil hermosura rubia de Rosamond y maravilloso peinado de trenzas, con un vestido azul claro de una hechura y un corte que ninguna modista podría verlo sin emocionarse, un amplio cuello bordado del que cabía esperar que cuantos lo vieran conocerían el precio, las manos menudas realzadas con anillos y esa actitud entre controlada y tímida que es el sustituto caro de la sencillez.

-Muchas gracias por permitirme interrumpirla -dijo Dorothea al punto-. Tengo mucho interés en ver al señor Lydgate, si es posible, antes de volver a casa y pensé que tal vez usted pudiera indicarme dónde encontrarle, o incluso permitir que le espere aquí si no fuera a tardar.

-Está en el hospital nuevo -dijo Rosamond-; no sé lo que puede tardar, pero puedo mandar a buscarle.

-¿Me permite que vaya yo? -dijo Will Ladislaw adelantándose. Ya había cogido el sombrero antes de que Dorothea entrara. Ella se sonrojó, sorprendida, pero extendió la mano con una sonrisa de inconfundible alegría al tiempo que dijo:

-No sabía que fuera usted; no pensé que le vería aquí. -¿Quiere que vaya al hospital y le diga al señor Lydgate que desea verle? -preguntó Will.

-Será más rápido enviarle el carruaje -dijo Dorothea-, si es usted tan amable de darle el recado al cochero. Will se encaminaba a la puerta cuando Dorothea, cuya mente había recorrido en un instante muchos recuerdos entrelazados, se volvió con rapidez y dijo:

-Iré yo misma, gracias. Quiero perder el menor tiempo posible antes de regresar a casa. Iré al hospital para ver allí al señor Lydgate. Le ruego me disculpe, señora Lydgate. Le quedo muy agradecida.

Evidentemente había pensado en algo de pronto y abandonó la habitación apenas consciente de cuanto la rodeaba, de que Will le abrió la puerta y le ofreció el brazo para acompañarla hasta el carruaje. Dorothea se lo cogió, pero no dijo nada. Will, por su parte, se sentía incómodo y desgraciado y no supo qué decir. La ayudó a subir en silencio, se despidieron, y Dorothea se marchó.

Durante los cinco minutos que duró el trayecto hasta el hospital tuvo tiempo de reflexionar sobre cosas que le eran completamente nuevas. Su decisión de marcharse así como la preocupación al salir obedecían a una repentina sensación de que habría una especie de engaño si voluntariamente se permitía cualquier nueva comunicación con Will de la que no podía informar a su marido, máxime cuando el hablar con Lydgate ya era algo a ocultar. Eso era lo único que explícitamente tenía en el pensamiento; pero también la había empujado una vaga inquietud. Ahora que se encontraba a solas en el carruaje, oyó las notas masculinas y el piano que acompañaba, interiorizó lo que le había pasado un poco desapercibido en el momento, y se encontró asombrándose ante el hecho de que Will Ladislaw pasara el tiempo con la señora Lydgate en ausencia de su marido. A continuación no pudo dejar de recordar que también había pasado algún tiempo con ella en parecidas circunstancias de manera que ¿por qué iba a haber nada malo en ello? Pero Will era pariente del señor Casaubon y alguien con quien ella debía mostrarse amable. Sin embargo, había habido señales que tal vez ella debiera haber interpretado como indicaciones de que al señor Casaubon le disgustaban las visitas de su primo en su ausencia. «Quizá haya estado equivocada en muchas cosas», se dijo la pobre Dorothea mientras le caían las lágrimas que tuvo que secar con rapidez. Se sentía confusamente infeliz, y la imagen de Will, tan clara antes, quedó misteriosamente tocada. Pero el carruaje se detuvo ante la verja del hospital y pronto se halló caminando por el césped con Lydgate, recuperando sus sentimientos la fuerza que la había impulsado a aquella entrevista.

Entretanto, Will Ladislaw estaba incómodo y conocía bien la razón. Sus oportunidades para coincidir con Dorothea eran escasas y por primera vez surgía una en la que se encontraba en desventaja. No se trataba tan sólo, como hasta ahora, de que ella no se interesara exclusivamente por él, sino de que esta vez ella le había visto en circunstancias en las que él no parecía interesarse exclusivamente por ella. Se sintió a mayor distancia, inserto en el grupo de personas de Middlemarch que no formaban parte de la vida de Dorothea. Pero eso no era culpa suya: era lógico que desde que se alojó en la ciudad hubiera ido haciendo cuantas amistades pudiera, ya que su posición requería que lo conociera todo y a todos. Lydgate era indudablemente la persona más interesante del vecindario, a su mujer le gustaba la música, y merecía la pena visitarla. Aquella era la historia de la situación en la que Diana había descendido demasiado inesperadamente sobre quien la idolatraba. Era desconsolador. Will era consciente de que de no ser por Dorothea no estaría en Middlemarch y sin embargo, su situación allí amenazaba con separarle de ella con esas barreras de la habitualidad que resultan más perniciosas para la perseverancia del interés mutuo que la distancia entre Roma y Gran Bretaña. Era muy fácil desafiar los prejuicios sobre rango y posición social que adoptaban la forma de una carta tiránica del señor Casaubon; pero los prejuicios, como los cuerpos olorosos, tienen una doble existencia tanto sólida como sutil -sólidos como pirámides, sutiles como el vigésimo eco de un eco o como el recuerdo del aroma de los jazmines que un tiempo impregnó la oscuridad. Y Will tenía un temperamento que captaba muy finamente las sutilezas: alguien de percepción más tosca no hubiera sentido, como él, que por primera vez, había surgido en la mente de Dorothea cierta sensación de incomodidad en la libertad de trato que hacia él sentía y que el silencio que les acompañó hasta que subió al carruaje tenía un punto de frialdad. Quizá Casaubon, con su odio y sus celos, le hubiera estado insinuando a Dorothea que Will se hallaba por debajo de ella socialmente. ¡Maldito Casaubon!

Will regresó al salón, cogió el sombrero y dijo con irritación mientras avanzaba hacia la señora Lydgate que se había sentado junto a su mesa de trabajo:

-Es fatal que te interrumpan la música o la poesía. ¿Puedo volver otro día para terminar Lungi dal caro tiene? -Me dejaré enseñar con gusto -respondió Rosamond-. Pero estoy segura de que reconocerá que fue una interrupción muy hermosa. Le envidio su amistad con la señora Casaubon. ¿Es muy inteligente? Lo parece.

-Pues la verdad, no había pensado en ello -dijo Will malhumorado.

-Eso mismo me respondió Tertius cuando le pregunté si era hermosa. ¿En qué piensan ustedes los caballeros cuando están con la señora Casaubon?

-En ella misma -dijo Will, no reacio a provocar un poco a la encantadora señora Lydgate-. Cuando uno ve a una mujer perfecta, no se piensa en sus atributos... sólo se es consciente de su presencia.

-Me sentiré celosa cuando Tertius vaya a Lowick -dijo Rosamond, provocando sus hoyuelos y hablando con alegre frivolidad-. Cuando vuelva le pareceré una insignificancia.

-Hasta ahora, no parece que ese haya sido el efecto surtido en Lydgate. La señora Casaubon difiere demasiado de otras mujeres para que puedan comparársele.

-Veo que es usted un devoto admirador suyo. Supongo que la ve a menudo.

-No -dijo Will, casi con mala cara-. La admiración suele ser algo más teórico que práctico. Pero la estoy practicando en exceso ahora mismo... debo marcharme, aunque no quiera.

-Por favor, vuelva cualquier tarde: al señor Lydgate le gustará escuchar la música y yo no la disfruto tanto sí no está él.

Cuando su marido estuvo de vuelta, Rosamond, de pie ante él y cogiéndole con ambas manos las solapas dijo: -El señor Ladislaw estaba cantando conmigo cuando llegó la señora Casaubon. Parecía molesto. ¿Crees que le disgustó que le viera en nuestra casa? ¿Acaso tu posición no es incluso mejor que la suya... cualquiera que sea su parentesco con los Casaubon?

-No, no; si estaba realmente molesto debía ser por otra cosa. Ladislaw es una especie de bohemio; le traen sin cuidado los oropeles.

-Con la excepción de la música, no siempre resulta muy agradable. ¿A ti te gusta?

-Sí, creo que es un buen tipo; un tanto descentrado y frívolo, pero agradable.

-¿Sabes? Creo que adora a la señora Casaubon. -¡Pobrecillo! -dijo Lydgate sonriendo y pellizcando las orejas de su esposa.

Rosamond sentía que empezaba a conocer muchas cosas del mundo, sobre todo al descubrir, lo que para ella resultaba inconcebible de soltera salvo como tragedia nebulosa con trajes de otra época, que las mujeres, incluso después del matrimonio, podían conquistar y esclavizar a los hombres. En aquellos tiempos, las jovencitas de las zonas rurales, incluso las que se educaban con la señora Lemon, leían poca literatura francesa posterior a Racine, y la prensa no había arrojado sobre los escándalos de la vida su magnífica iluminación actual. No obstante, la vanidad, pudiendo trabajar todo el día sobre la mente de una mujer, puede, de pequeñas insinuaciones, levantar abundantes edificios, sobre todo si la insinuación se refiere a la posibilidad de conquistas indefinidas. ¡Qué delicioso, cautivar desde el trono del matrimonio, con un marido como príncipe consorte a tu lado, él mismo un súbdito más, mientras los cautivos levantan una desesperanzada mirada, perdiendo probablemente el sueño, y mejor aún si perdían además el apetito! Pero por el momento las románticas ideas de Rosamond se centraban principalmente en su príncipe consorte y le bastaba con disfrutar de su segura sumisión. Cuando dijo «¡Pobrecillo!», preguntó con juguetona curiosidad:

-¿Por qué dices eso?

-Porque, ¿qué va a hacer un hombre cuando se enamora de una de vosotras, sirenas? Pues solamente descuidar su trabajo y acumular facturas.

-Estoy segura de que tú no descuidas tu trabajo. Siempre estás en el hospital o visitando pacientes pobres, o pensando en las peleas de algún médico; y cuando estás en casa te afanas con el microscopio y los frascos. Confiesa que todo eso te gusta más que yo.

-¿No tienes la ambición de que tu marido sea algo más que un médico de Middlemarch? -preguntó Lydgate, reposando las manos sobre los hombros de su esposa y mirándola con tierna seriedad-. Haré que te aprendas mi pasaje favorito de un viejo poeta:

¿Por qué alborota tanto nuestro orgullo para ser
Y ser olvidado? ¿Qué bien hay comparable a éste:
Enaltecer la palabra, y con ello
Enaltecer la lectura para deleite del mundo?

Lo que quiero, Rosy, es enaltecer la palabra, y escribir yo mismo lo que he hecho. Y para hacer eso, cariño, un hombre tiene que trabajar.

-Pues claro que quiero que hagas descubrimientos: nadie desea más que yo que alcances una buena posición en un lugar mejor que Middlemarch. No puedes decir que te haya obstaculizado tu trabajo nunca. Pero no podemos vivir como ermitaños. ¿No estarás descontento conmigo, no Tertius?

-No, cariño, en absoluto. Estoy totalmente contento. -Pero, ¿qué quería preguntarte la señora Casaubon?

-Quería preguntarme por la salud de su esposo. Pero creo que va a ser muy generosa con nuestro nuevo hospital: creo que nos va a dar doscientas libras al año.