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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 46.
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Pues no podemos haber aquello que queremos, queramos aquello que podremos.
(Refrán español.)

Mientras Lydgate, convenientemente casado y con el hospital bajo su control luchaba contra Middlemarch por la reforma médica, Middlemarch era cada vez más consciente de la lucha nacional por otro tipo de reforma.

Para cuando el proyecto de Lord John Russell(1) se estaba debatiendo en la Cámara de los Comunes, en Middlemarch cundía una nueva animación política así como una nueva definición de los partidos que, caso de que se convocaran nuevas elecciones, podría mostrar un claro cambio en el escenario. Y algunos ya habían pronosticado este suceso, manifestando que el Parlamento actual nunca llevaría adelante una ley de reforma electoral. Esto era lo que Will Ladislaw le subrayaba al señor Brooke como motivo de alegría por aún no haber medido sus fuerzas en las asambleas municipales.

-Las cosas crecerán y madurarán como si fuera un año de cometa -dijo Will-. Ahora que ya se ha iniciado el tema de la reforma, la temperatura del público subirá astronómicamente. Es probable que haya otra elección dentro de poco y para entonces, Middlemarch tendrá más ideas en la cabeza. Ahora lo que tenemos que hacer es ponernos a trabajar en el Pioneer y en las reuniones políticas.

(1) Ministro del gobierno de Lord Grey (formado tras la dimisión del duque de Wellington) que fue el encargado de presentar en la Cámara de los Comunes el 1 de marzo de 1831 la Ley de Reforma.

-Cierto, Ladislaw; haremos algo nuevo de la opinión aquí -dijo el señor Brooke-. Pero quiero mantenerme independiente respecto de la reforma, ¿sabe? No quiero ir demasiado lejos. Quiero seguir la línea de Wilberforce y Romilly y trabajar en la emancipación de los negros, el derecho penal y ese tipo de cosas. Pero naturalmente apoyaré a Grey.

-Si está de acuerdo con el principio de la reforma, debe estar preparado para aceptar lo que la situación ofrezca -dijo Will-. Si todo el mundo barre hacia adentro frente a los demás, todo el asunto se demoraría.

-Sí, sí, estoy de acuerdo con usted y comparto su punto de vista. Yo lo enfocaría así. Apoyaré a Grey. Pero no quiero alterar el equilibrio de la constitución y pienso que Grey tampoco.

-Pero eso es lo que quiere el país -dijo Will-. De lo contrario no tendrían sentido las asociaciones políticas o cualquier otro movimiento que sepa lo que se trae entre manos. El país quiere una Cámara de los Comunes que no esté lastrada por representantes de los terratenientes sino por gente que represente otros intereses. En cuanto a luchar por una reforma fuera de esto es como pedir un poquito de una avalancha que ya ha empezado a anunciarse con los truenos.

-Eso está muy bien Ladislaw: así es como debe presentarse. Póngalo por escrito. Debemos empezar a reunir documentos sobre el sentir del país así como del destrozo de las máquinas y la inquietud general.

-Respecto a los documentos -dijo Will-, cabe todo en una tarjeta de cuatro centímetros. Bastan unas cuantas hileras de cifras para deducir de ellas la miseria, y unas cuantas más demostrarán el paso al que va creciendo la determinación política de la gente.

-Bien: amplíe un poco eso, Ladislaw. Es una buena idea: publíquelo en el Pioneer. Ya sabe, exponga las cifras y deduzca las miserias; y ponga otras cifras y deduzca... y así. Usted sabe presentar las cosas. Burke, cuando pienso en Burke no puedo evitar desear que alguien tuviera un municipio de los comprados para dárselo a usted, Ladislaw. Porque ya sabe, usted nunca conseguiría que le eligieran. Y siempre vamos a estar necesitados de talento en la Cámara: ya podemos reformar como queramos que siempre precisaremos talento. Eso de la avalancha y los truenos; realmente sonaba un poco a Burke. Es el tipo de cosa que quiero..., ya sabe, no tanto ideas como la manera de expresarlas.

-Eso de los municipios comprados sería algo estupendo -dijo Ladislaw-, si estuvieran siempre en buenas manos y hubiera siempre un Burke disponible.

A Will no le desagradó la comparación elogiosa, aunque proviniera del señor Brooke; es un tanto exasperante para la condición humana el ser consciente de expresarse mejor que otros y que jamás se nos reconozca y, ante la general ausencia de admiración, incluso el casual rebuzno de sorpresa en el momento oportuno es muy consolador. Will pensaba que sus refinamientos literarios sobrepasaban los límites de la percepción de Middlemarch; no obstante empezaba a entusiasmarle el trabajo del que en un principio se había dicho a sí mismo con indiferencia, «¿Por qué no?», y estudiaba la situación política con el mismo ardor que antaño dedicara a la métrica o al medievalismo. Es innegable que de no ser por el deseo de encontrarse donde estuviera Dorothea y tal vez no saber qué otra cosa hacer, Will no se hubiera hallado en aquellos momentos rumiando sobre las necesidades del pueblo inglés o criticando la calidad de los hombres de Estado. Probablemente se encontrara deambulando por Italia, esbozando argumentos para algún drama, ensayando con la prosa y encontrándola demasiado árida, ensayando el verso y encontrándolo demasiado artificial, empezando a copiar «trocitos» de cuadros antiguos, abandonándolo porque «no valían» y exponiendo que, después de todo, lo más importante era aumentar la propia cultura mientras que en cuanto a la política simpatizaría efusivamente con la libertad y el progreso en general. A menudo nuestro sentido de la obligación debe aguardar la aparición de un trabajo que ocupe el lugar del diletantismo y nos haga sentir que la calidad de nuestras acciones no nos puede resultar indiferente.

Ladislaw había aceptado su parcela de trabajo si bien éste no era ese algo indeterminado y excelso que soñara como lo único que merecería un esfuerzo sostenido. Su personalidad le hacía animarse con facilidad ante temas que estaban visiblemente relacionados con la vida y la acción y su facilidad para rebelarse ayudaba a que brillara el espíritu por lo público que en él yacía. A pesar del señor Casaubon y de haberse visto desterrado de Lowick, era bastante feliz, obteniendo muchos conocimientos nuevos de una forma viva y con fines prácticos, y haciendo célebre el Pioneer hasta Brassing (no importaba la pequeñez del área, lo que en él aparecía no era peor que gran parte de lo que se extiende por el mundo entero).

Había veces en que el señor Brooke resultaba irritante, pero la impaciencia de Will se veía aliviada repartiendo su tiempo entre visitas a Tipton Grange y reclusiones en su alojamiento de Middlemarch, lo cual daba variedad a su vida.

-Corre un poco las fronteras -se decía a sí mismo-, y el señor Brooke podría estar en el Gobierno, y yo de subsecretario. Ese es el orden lógico de las cosas: las olas pequeñas hacen a las grandes y son del mismo patrón. Estoy mejor aquí que llevando el tipo de vida para la que me habría educado el señor Casaubon, donde toda la labor estaría determinada por un precedente demasiado rígido contra el que reaccionar. No me interesan ni el prestigio ni un sueldo alto.

Como Lydgate dijera de él, Will Ladislaw era una especie de bohemio que disfrutaba bastante con la sensación de no pertenecer a ninguna clase: su situación le proporcionaba la sensación de una aventura romántica así como la agradable convicción de provocar cierta sorpresa donde quiera que fuera. Ese disfrute se había visto empañado cuando advirtió un distanciamiento entre él y Dorothea en su fortuito encuentro en casa de Lydgate, y su irritación se dirigió contra el señor Casaubon que había declarado de antemano que Will perdería casta. -Nunca he tenido casta -hubiera dicho, si la profecía se hubiera hecho en su presencia, y la presta sangre hubiera aparecido y desaparecido de su piel transparente como un suspiro. Pero una cosa es disfrutar con el desafío y otra que nos gusten sus consecuencias.

Entretanto, la opinión de la ciudad respecto del nuevo editor del Pioneer tendía a confirmar el punto de vista del señor Casaubon. El parentesco de Will en esa distinguida área, al igual que sucediera con Lydgate, no sirvieron de ventajosa presentación, y si se rumoreaba que el joven Ladislaw era primo o sobrino del señor Casaubon, también se decía que «el señor Casaubon no quería saber nada de eso».

-Brooke le está apadrinando -dijo el señor Hawley-, porque eso es justo lo que nadie en su sano juicio hubiera esperado. Casaubon, pueden estar seguros, tiene toda la razón para rechazar a un joven cuya educación ha pagado. Es típico de Brooke, una de esas personas que alabarían a un gato para vender un caballo.

Y ciertas rarezas de Will, más o menos poéticas, parecían darle la razón al señor Keck, director del Trumpet, cuando decía que Ladislaw, de saberse la verdad, no sólo sería un espía polaco, sino un demente, lo cual explicaría la rapidez y soltura sobrenaturales de su parlamento cuando se subía al estrado, cosa que hacía a la menor oportunidad hablando con una facilidad que contrastaba con la solidez inglesa en general. A Keck le asqueaba ver a un jovenzuelo de rubio y rizado cabello levantarse y perorar durante horas contra instituciones «que existían desde que él estaba en la cuna». Y en un editorial del Trumpet Keck caracterizó el discurso de Ladislaw en un mitin a favor de la reforma como «la agresividad de un energúmeno, un miserable esfuerzo por envolver con la brillantez de los fuegos artificiales la osadía de afirmaciones irresponsables y la pobreza de unos conocimientos que resultaban de lo más improvisados y quincallosos».

-Vaya artículo bramador el de ayer, Keck -dijo el doctor Sprague, con intenciones sarcásticas-. Pero, ¿qué es un energúmeno?

-Un término que surgió durante la Revolución Francesa -dijo Keck.

Este aspecto peligroso de Ladislaw se comparó con extrañeza con otros hábitos suyos que se convirtieron en tema de comentario. Sentía un cariño, medio artístico medio afectuoso, por los niños pequeños -cuanto más pequeños fueran (con tal de que se sostuvieran sobre unas piernecillas razonablemente activas) y cuanto más estrafalaria su vestimenta, más le gustaba a Will sorprenderlos y agradarlos: Sabemos que en Roma solía deambular por los barrios pobres, y en Middlemarch no le abandonó ese gusto.

De alguna forma había reunido a una caterva de pintorescas criaturas, chavales destocados, con sus pantalones raídos y parcas camisas por fuera, niñas que se sacudían el pelo de los ojos para mirarle, y hermanos guardianes a la madura edad de siete años. Había llevado a esta tropa en excursiones, gitanos al bosque de Halsell en la época de las nueces, y desde que llegara el frío, habían ido, un día claro, a recoger ramas para una fogata en la hondonada de la colina, donde les preparó un pequeño banquete de pan de jengibre e improvisó unos títeres con marionetas de fabricación casera. Esta era una rareza. Otra era que, en las casas donde tenía confianza, solía tenderse cuan largo era sobre la alfombra mientras hablaba, actitud en la que le encontraban a menudo los visitantes ocasionales, para quienes semejante irregularidad confirmaba las nociones sobre su peligrosa mezcla de sangres y relajamiento general.

Pero los discursos y artículos de Will le encomendaban entre aquellas familias a quienes el nuevo rigor de la división de los partidos habían colocado del lado de la reforma. Le invitaban a casa del señor Bulstrode, pero aquí no se podía tumbar en la alfombra y la señora Bulstrode opinaba que su forma de referirse a los países católicos, como si existiera una tregua con el Anticristo, ejemplificaba la natural inclinación de los hombres intelectuales por el error.

Sin embargo, en casa del señor Farebrother, a quien la ironía de los sucesos había alineado con Bulstrode en la política nacional, Will se convirtió en un favorito de las damas, sobre todo de la diminuta señorita Noble, a quien, manifestando otra de sus rarezas, acompañaba cuando se la encontraba, con su cestita, en la calle, ofreciéndole el brazo ante toda la ciudad e insistiendo en escoltarla en sus visitas, a las que distribuía los pequeños hurtos que de su propia ración de dulces hacía.

Pero la casa que visitaba con mayor frecuencia y la alfombra sobre la que más yacía era la de Lydgate. Los dos hombres no se parecían en nada, pero coincidían en mucho. Lydgate era brusco, pero no irritable, y pasaba por alto las jaquecas de la gente sana; y Ladislaw no solía malgastar sus susceptibilidades en quienes no las apreciaban. Con Rosamond, por otro lado, se enfadaba y se mostraba avieso, a menudo descortés incluso, ante la sorpresa de ésta, no obstante lo cual, se le iba haciendo gradualmente indispensable para su entretenimiento por acompañarla al piano, por su amena conversación y su ausencia de preocupaciones serias, las cuales; a pesar de toda la ternura y tolerancia de su marido, a menudo hacían que sus modales resultaran insatisfactorios para la señora Lydgate y confirmaran su antipatía por la profesión médica.

Lydgate, dado al sarcasmo en cuanto a la supersticiosa fe de la gente en la eficacia de «la futura ley» cuando a nadie le interesaba el mal estado de la patología, a veces anegaba a Will con preguntas molestas. Una velada de marzo, Rosamond, con un vestido de color cereza y cuello de plumón, se encontraba sentada a la mesa del té; Lydgate acababa de llegar cansado del trabajo y estaba sentado en un butacón junto al fuego, una pierna doblada sobre el brazo y el ceño un tanto fruncido mientras sus ojos recorrían las columnas del Pioneer; su mujer, que había notado su estado de ánimo, procuraba no mirarle y daba gracias al cielo interiormente por no tener un temperamento depresivo. Will Ladislaw yacía sobre la alfombra contemplando distraídamente el palo de las cortinas y tarareaba en voz muy baja las notas de IUhen first I saw thy face; mientras el perro de aguas, también tumbado pero con escasa elección de sitio, observaba por entre sus patas al usurpador de la alfombra con fuerte si bien silencioso reparo.

Al traerle Rosamond la taza de té a Lydgate, éste tiró el periódico y le dijo a Will, que se había levantado y se dirigía hacia la mesa:

-No sirve de nada que infle usted a Brooke y le presente como un terrateniente reformador, Ladislaw. Cada día le sacan más los colores en el Trumpet.

-No importa; los que leen el Pioneer no leen el Trumpet -respondió Will, tomándose el té y paseando de un lado a otro-. ¿Acaso cree usted que la gente lee con vistas a su propia conversión? Si fuera así tendríamos una vengativa pócima bruja... «Mezcle, mezcle, mezcle, mezcle. Quien pueda mezclar que mezcle.» Y nadie sabría qué partido acabaría tomando.

-Farebrother dice que no cree que Brooke saliera elegido, aunque llegara esa oportunidad: los mismos que dicen estar de su parte se sacarían de la manga a otro en el momento oportuno.

-No se pierde nada por probar. Es bueno tener parlamentarios residentes.

-¿Por qué? -preguntó Lydgate que era muy dado al empleo de esas palabras molestas con tono cortante.

-Representan mejor la estupidez local -dijo Will riendo y sacudiendo la cabeza rizada-, y el vecindario consigue que se comporten lo mejor posible. Brooke no es mala persona, pero ha hecho cosas buenas en sus tierras que no habría hecho de no ser por este señuelo parlamentario.

-No sirve para hombre público -dijo Lydgate con desdeñosa firmeza-. Decepcionaría a cuantos contaran con él: eso lo veo en el hospital. Sólo que allí, Bulstrode sostiene las riendas y le empuja.

-Eso depende del rasero que se ponga para los hombres públicos -dijo Will-. Sirve para la ocasión; cuando la gente se ha decidido como lo está haciendo ahora, no necesitan un hombre, sólo quieren un voto.

-Así son ustedes los escritores políticos, Ladislaw... alaban una medida como si fueran la cura universal y alaban a hombres que son parte misma de la enfermedad que precisa de la cura.

-¿Y por qué no? Los hombres pueden contribuir a hacerse desaparecer de la faz de la tierra sin saberlo -dijo Will que podía encontrar razones de improviso sin haber pensado en la pregunta previamente.

-Eso no es excusa para fomentar la supersticiosa exageración de esperanza de esta medida en particular; ayudar a la masa a que se la trague y enviar al Parlamento papagayos votantes que sólo sirven para conseguir que se apruebe la ley. Usted lucha contra la corrupción y no hay nada más corrupto que hacer creer a la gente que se puede curar la sociedad mediante una artimaña política.

-Eso está muy bien, mi querido amigo. Pero la cura tiene que empezar por algún sitio y suponga que las mil cosas que degradan una población no se pudieran reformar nunca si no se empieza por ésta en concreto. Fíjese en lo que dijo Stanley(2) el otro día, que la Cámara llevaba demasiado tiempo entretenida en pequeños problemas de soborno, investigando si éste o aquel votante ha recibido una guinea cuando todo el mundo sabe que los escaños se venden al por mayor. Esperar a que los agentes públicos sean sabios y conscientes... ¡un cuerno! La única conciencia en la que se puede confiar es el sentimiento masivo de injusticia de una clase, y la mejor sabiduría es la que equilibra los derechos. Mi lema es

(2) Miembro del gabinete de Lord Grey.

¿cuál es el lado perjudicado? Apoyo a quien apoye los derechos de los perjudicados y no al virtuoso mantenedor del perjuicio.

-Todas esas generalidades sobre un caso particular no son más que peticiones de principios, Ladislaw. Cuando yo digo que apoyo la dosis que cura no quiere decir que apoye el uso del opio en un caso determinado de gota.

-No estoy haciendo peticiones de principios sobre el tema que nos incumbe, a saber, si no se debe intentar nada hasta encontrar hombres inmaculados con quienes trabajar. ¿Acaso elegiría usted ese plan? Si hubiera un hombre que le sacara a usted adelante una reforma médica y otro que se opusiera, ¿preguntaría usted cuál tenía mejores razones o incluso mejor cabeza?

-Bueno, naturalmente -dijo Lydgate viéndose acorralado por una maniobra que con frecuencia había usado él mismo-, si uno no trabajara con los hombres que tiene a mano, las cosas se estancarían. Suponiendo que fueran ciertas las peores opiniones que recorren la ciudad respecto de Bulstrode, eso no convertiría en menos cierto el hecho de que posee el sentido común y la decisión para hacer lo que yo creo que debe hacerse en los temas que conozco y me interesan más; pero es en lo único que le apoyo -añadió Lydgate con bastante orgullo, recordando los consejos del señor Farebrother-. En los demás aspectos no me interesa nada; no lo alabaría por ningún motivo personal, me cuidaría mucho de hacerlo.

-¿Me está queriendo decir que yo alabo a Brooke por motivos personales -dijo Will Ladislaw, enojado y volviéndose bruscamente. Por primera vez se sentía molesto con Lydgate; tal vez debido también a que se hubiera negado a un examen profundo respecto del desarrollo de sus relaciones con el señor Brooke.

-En absoluto -respondió Lydgate-. Me limitaba a explicar mis propias acciones. Quería decir que un hombre puede trabajar por un determinado fin con otros cuyos motivos y planteamientos en general sean ambiguos siempre y cuando esté muy seguro de su independencia personal y de que no trabaja por intereses propios, tanto de posición como de dinero.

-En ese caso, ¿por qué no hace extensiva esa liberalidad a los demás? -dijo Will, aún molesto-. Mi independencia personal es tan importante para mí como para usted la suya. No tiene usted mayores razones para imaginar que yo espero algo personal de Brooke de las que yo tengo para imaginar que usted las tiene con respecto a Bulstrode. Supongo que los motivos son cuestiones de honor... nadie los puede probar. Pero en cuanto a la posición y el dinero en el mundo -concluyó Will echando la cabeza hacia atrás-, creo que está muy claro que ese tipo de consideraciones no me condicionan.

-Me malinterpreta usted, Ladislaw -dijo Lydgate, sorprendido. Preocupado con su propia defensa no había tenido en cuenta lo que Ladislaw podía inferir y aplicarse a sí mismo-. Le pido perdón por haberle molestado indeliberadamente. Es más, debo atribuirle un romántico desprecio por sus propios intereses mundanos. Sobre la cuestión política, me refería simplemente a los perjuicios intelectuales.

-¡Pero qué desagradables están los dos esta noche! -dijo Rosamond-. No me explico por qué se ha tenido que hablar de dinero. La política y la medicina ya son temas molestos de discusión, y pueden hacer que se sigan peleando con todo el mundo y entre ustedes por ellos.

Rosamond tenía un aspecto neutral al decir esto mientras se levantaba para tocar la campanilla y se dirigía a su mesa de trabajo.

-¡Pobre Rosy! -dijo Lydgate, extendiéndole la mano al pasar junto a él-. Las disputas no divierten a los querubines. Toca algo. Dile a Ladislaw que cante contigo.

Cuando Will se hubo marchado, Rosamond le preguntó a su marido:

-¿Qué te puso de mal humor, Tertius?

-¿A mí? Era Ladislaw el que estaba de mal humor. Es como un pedazo de yesca.

-Quiero decir antes de eso. Algo te había molestado ya antes de entrar, y parecías enfadado. Y eso te hizo discutir con el señor Ladislaw. Me duele mucho cuando estás así, Tertius.

-¿De verdad? Pues entonces soy un bruto -dijo Lydgate, acaricándola arrepentido.

-¿Qué te había amohinado? -Bueno, cosas externas..., asuntos.

En realidad era una carta que insistía en el pago de una cuenta por los muebles. Pero Rosamond esperaba un hijo y Lydgate quería evitarle cualquier preocupación.